lunes, 18 de mayo de 2009

El efecto Moravia

Terminado el corto "Moravia y el mar" quedaron muchas preguntas pendientes. Viajé entonces la semana pasada a Medellín con el propósito de abrirle un cauce a las posibles respuestas. Aproveché que me faltaba grabar algunos cuadros de Beatriz González para darle ocupación a mi viaje. Por otro lado estaba el día de las madres y una recaída de mi padre. Medellín familia, historia, oficio, amigos. Un plan de trabajo bastante cargado y un propósito firme de amasar tantas referencias. Por fortuna, del lado familiar la situación no era alarmante. A pesar de que mi padre demacrado se encontró conmigo en el comedor y no me reconoció, todo fue normal. Después de decirle quién era ese extraño sentado desayunando arepa con huevo en la mesa de su casa, durante los cuatro días siguientes me saludó por el nombre. Y hasta el último día le dije: estás de buen semblante. Claro, ha comido, contestó mi madre. Por el lado del proyecto Beatriz González, el asunto se deslizó sobre ruedas. Grabé cuadros en ricas mansiones de El Poblado. Todos sus propietarios parecían orgullosos de saber que sus cuadros saldrían en una película. Y se abrió la posibilidad de hacer la premiére de la peli en el nuevo Museo de Arte Moderno de Medellín en la primera semana de octubre. Y en el caso de Moravia son muchos los tópicos que se trataron. Por un lado me enteré, con mucha sorpresa y alegría, que los chicos del barrio, en especial Yeison, el líder cultural que trabaja en el Centro para el Desarrollo Cultural había realizado tres proyecciones más de La Balada del Mar no visto y del cortito Moravia y el mar. Me contó que en todas las sesiones hubo una gran participación de la gente y que los viejos reaccionaban contando y contando anécdotas de aquellas épocas cuando su barrio era un enorme basurero. Memoria, recuerdo, presencia del pasado en el presente. Pero no todo puede quedarse allí. Los dos cortos fabricaron un detonador en el tiempo, pero el tiempo sigue generando el drama. Ese drama que encierra los secretos del crecimiento de Medellín, esa ciudad que me trae y me lleva y llevo y traigo en mis películas me pide a gritos que siga contando esa historia comenzada hace 25 años. El viaje a Medellín, a Moravia tenía un propósito esencial, detectar el cómo continuar. Por dónde, con quién. Todos los habitantes de Moravia saldrán de esa montaña barrio volcán basurero. Unos están siendo reubicados en las laderas alejadas de la ciudad. Los han llevado a unos bloques multifamiliares en los confines del nuevo metro cable de San Javier, en La Huerta, o en Pajarito; otros son reubicados en los edificios que se encuentran a unos mil metros hacia el norte, entre los barrios de ladrillo que surgieron de igual manera que moravia, por el desplazamiento, la violencia, el destierro de otros barrios o municipios del Chocó, de Urabá, de Antioquia... pobreza, paramilitarismo, guerrilla, violencia, llenaron ese borde del río de ciudadanos sedientos de un espacio. Pero cómo contar esta historia... El viaje a Medellín me dio pistas. Me volvió a llevar a la vieja obsesión planteada por la Balada del mar no visto: el camino al mar, al horizonte. El río, siempre el río. El cauce, el fluír de la vida y el tiempo. Todo lo que siga tendrá que mantener el principio del poema que encontró en la búsqueda de una salida al encerramiento a la desesperanza. Tal vez es misión imposible. Pero las obsesiones humanas es lo que quiere contar la nueva película. Vienen palabras que inspiran como por amor a moravia, pero falta el mar, entonces es mejor decir, armar a moravia, calmar a moravia, cualquier cosa así... ya el tiempo dirá. Ahora me tocará escribir el proyecto, buscar financiación, seguir, seguir, seguir....
He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.