lunes, 15 de febrero de 2010

San Valentín

¿Fechas? ¿Qué te dice una fecha? Ahí va una...:

Febrero 15.

Ayer fue día de San Valentín. El día del boleteo americano. Cartitas con corazones colorados circularon de mano en mano. Esta celebración al igual que el "jalouín" no hace parte de mi memoria cultural, pero sí de la de Tomás. Él cayó a fondo y se pasó quince días preparando tarjetitas para toda la clase, diecisiete, mas la de la tía, la de la mamá, los primos, el papá... La técnica preferida se la enseñó Sally: pintar el corazoncito con colbón y rociarlo con escarcha brillante. Plateada, dorada, verde. Y escribía con su letrita de principiante "amor, de Tomás, para..." Por supuesto que el rosado fue el color dominante de los fondos. C’est la vie. Si no va a conocer el correo aéreo, pues el “imeil” lo borró del mapa, no está mal que le quede un recuerdito de la correspondencia manual aunque sea pintando vísceras idealizadas.

Desde hace varios días habíamos quedado en celebrar la efemérides con unos amigos de Sally que hacían una corta escala en Chicago en su viaje from New York to Honolulu. Caren, su esposo Neil y Zack su hijo llegarían a las siete y media de la noche al aeropuerto Midway y pasarían la noche en el hotel Marriot. Nosotros los recibiríamos en el aeropuerto e iríamos juntos a tomarnos un trago y a comer algo en el restaurante del hotel. Sally estaba ansiosa por contarle todo a sus más queridos amigos. A las siete y media estábamos allí. Veinte minutos por el highway desde nuestra caverna en el noroeste cercano al down town de Chicago hasta el aeródromo de los vuelos internos en el south side. Sally y Tomás se bajaron y me pidieron que esperara en el "loading zone", la zona destinada a recoger ,"pick up", los pasajeros rápidamente y que si la policía no me dejaban estacionar, que permaneciera girando en el "loop" del aeropuerto. La gendarme sopló su pito en el instante que mi señora y mi hijo corrieron hacia la puerta del edificio huyéndole al frío. Y con histérica convicción me hacía señas con su mano experta, nos hacía señas a todos los autos que repetíamos la misma peregrinación de buena voluntad, para que continuáramos, que no nos detuviéramos. Parecía querer decirnos que luego del 11 de septiembre todos somos sospechosos y en su otra mano tenía el arma eficaz de las contravenciones. Suavecito dejé deslizar el auto y me aparqué al final de la rampa donde presentía que había salido de la vista de la dama. Pero otra mujer del mismo color, la misma edad, un poco más gorda, y de gafas, apareció de las penumbras y sopló con vehemencia su pito. ¡Cómo soplan las mujeres del sur! Chicago siempre ha generado buenos músicos de jazz ¿no? Tenía el ánimo en alto. Bueno, giremos. Di siete vueltas. La primera en paz, con el radio encendido bajo la excusa "tengo que escuchar hablar en inglés todo el tiempo". Es una vergüenza que después de tantos ires y venires por este país, mi inglés sea un desastre. “Loro viejo no aprende a hablar,” decía mi abuelo. Yo estoy empezando la vida, la juventud es una actitud. Me detuve frente a la mujer del pito. La miré a los ojos. Los infló al tiempo que sus mejillas y pitó. Le sonreí y volvió a pitar enfurecida. Aceleré como un adolescente. Movió su mano como un ventilador. La segunda y tercera vuelta fueron giros resignados, o mejor, camuflados. No quise que ninguna de ellas me reconociera. El oído se había acostumbrado al inglés noticioso de NPR. Afganistán está lleno de locos traumatizados por la guerra. El borde de Camboya y Tailandia infestado de tuberculosis. Colombia al borde de una guerra. Una comisión internacional se halla en el Caguán tratando de reestablecer las conversaciones de paz entre el gobierno y la guerrilla de las Farc. EN. PI. AR. ¡mpeorar!. National Public Radio... Comencé a entorpecer el tráfico y a sentirme incómodo. Sally y Tomás aparecieron tras el cuarto giro a confirmar lo que ya no cuenta. El avión está retrasado. Ya lo sé. Sigue girando. Sigue. ¿Será un círculo o una espiral? ¿Estaré descendiendo en el tiempo o acaso floto? Al terminar la séptima vuelta, cuarenta y tres minutos después de nuestra primer stop frente a las policías, cuando ya estaba dispuesto a aceptar mi destino: que atropellaría las viejas bullosas con una simple presión de mi pie derecho, que les haría comer las frías latas azules de mi Buick y aceptaría sin protestas un vuelo especial hacia la base prisión de Guantánamo donde a las seis de la tarde de todos los días mi sombra tropical se alargaría como un bulto hacia el oriente y compartiría la fila india con los talibanes naranjados en su retorno a la celda subterránea donde conversaría con los cangrejos y haría el amor con los mosquitos y mandaría para la mierda a todos los mariners de origen latino y a los infiernos a los de todas las razas que decidieron castigar nuestras actitudes de límpida venganza... cálmate hombre, ya van a llegar, no es para tanto. Ya no soportaba más tanta presión de mi vida de trompo cuando, tras la grúa que atrapa los carros que sus dueños abandonan para correr al terminal para ver si llegaron sus queridos, divisé los gestos sonrientes de las siluetas de Sally y Tomás y nuestros amigos en tránsito para Honolulu. No más guerras. Hoy es el día de San Valentín. Amémonos todos los amigos lejos de las islas de este mundo en el frío acogedor de Chicago. ¿Vamos al hotel?

Saludos cálidos de rigor. No les conté nada. Yo era un americano medio más. Un amigo. Nos dirigimos al hotel Marriot más cercano al aeropuerto. A una milla se encontraba un conjunto de hoteles iguales, construidos al mismo tiempo, con variaciones imperceptibles entre el clásico contemporáneo amarilloso, y el clásico actual prefabricado. El Holiday, el Marriot, el Sofitel y otros que no recuerdo, y rodeados de MacDonalds, Fridays y White Castles y Burger Kings, la perfección práctica para un encuentro rápido, un sueñito corto, una piecita barata, en fin. Descendimos las livianas valijas. Flotaban como ellos en sus propósitos de veraneantes hibernales. Que compraron casa en Hawai, ¿no? Si. ¿Van a venir? Les encantará. Es a lo alto, al lado del volcán. Dudé. Recordé la catástrofe del nevado del Ruiz. Los volcanes, uno nunca sabe. Me arde el estómago del hambre, ¿vamos? Todos tenían hambre. Lo mejor es Fridays, ¿cierto? Ninguna duda.

En fila india entramos a Fridays. Al empujar la puerta que contenía el aire recalentado en el invierno, se vino una bocanada de gritos, humo de cigarrillo, un aroma de carne asada y cerveza procesada en vientres humanos, y la mirada desalentada de docenas de parejas negras con vestido dominguero sentadas en el hall haciendo fila por un puesto. Incrédulos, nos miramos. ¿Si la autopista está vacía y la noche en el sur de Chicago se presiente desolada, qué patraña inesperada nos preparó el destino? Debe ser una bandada de aviones recién llegada del África con el noble propósito de conocer la nieve, deben ir para los juegos olímpicos de invierno, o van a una reunión étnica en Alaska. “Cuál.” como diría mi hermano Alvaro, el marquetero. Son novios. Puras parejitas de enamorados pagando su promesa. Corazones rosaditos celebrando el San Valentín. Que si esperamos cuarenta y cinco minutos tendremos derecho a una mesa dice la mesera que nos atiende y grita nombres por el micrófono. Y los parlantes vociferan como locutoras de aeropuerto practicando de afán un manual para graduarse de sargento: Miller, your table is ready!!!!, Budweiser, va a perder su puesto! Porter, to the right! Clinton! Bush! Powell! MacNamara y Lincoln!!! Parecía llamar a los vivos y a los muertos. Y como nadie contestaba gritaba más fuerte. Y sin vacilar, como un buen equipo, sin ninguna seña entre nosotros, corrimos al auto.

Vámonos a otro sitio. Hacia el Chicago impuro. Hacia los mejicanitos del sur. Comeremos burritos con taquitos y quesadillas y mole. Nunca más una hamburguesa gringa, un perro, un barbiquiú ahumado de los “fraidis”... Repletitos de esperanza y sonrientes, volvimos a encontrarnos en las calles desoladas de Illinois, en los alrededores del Midway, donde una cuadra es una milla y un lote vacío tiene la dimensión de un potrero enorme de Los Llanos Orientales con garzas azules enflechadas y sin prisa. Mirá, por allá hay un letrero. La pericia del chofer había olvidado las lentas cavilaciones de hacía un rato. Tomás era el único traidor. Que vamos a MacDonald. ¡No¡ respondíamos en coro y sonreíamos. Blaaaa... replicaba con su voz de niño. Y ahí estaba, imponente y sustancioso, el gran restaurante mejicano. "Feliz día Lupe" habían escrito en su vitrina con escarcha artificial con aroma de chipotle. No tuve tiempo de cruzar la puerta. Sally y el cortejo transeúnte estaba ya de vuelta, que es una fiesta privada. Que vayamos a Los Panchos, recomendó el mesero. Que está a allí no más, meritos trescientos metros. Y allí llegamos en un brinco.

Era un enorme restaurante con escenario y televisiones, adornado como era de suponer con centenas de corazones, repleto de familias concentradas en el aturdidor aullido de los compadres en la escena. Y como hay música, las quesadillas son a diez dólares y las cervezas a cinco. Vaya el silencio que ninguno interrumpía. Una miradita para Sally, una ojeada a Caren. Y ella que se levanta a pedir la carta, la de verdad. ¿Mande? What? Que no, le replica el macho, pos que hay músicos y hay que pagar el arte... Mierda, si los mariachis hacen más baratos los aguardientes en Colombia. ¿O no es así, mi querida esposa? De nuevo en fila india, hacia el hotel. En silencio. Ya deben haber pasado los cuarenta y cinco minutos. Volvamos a Fridays.

La noche se volvió más fría entre el auto y el contraplano de la puerta. El otro ángulo de las mismas parejas que esperaban y el olor del tabaco y la algarabía que se había vuelto un puñal en el ombligo, un martillo en nuestras sienes. San Valentín es sólo una vez al año y quienes por amor allí estaban, no querían desperdiciarlo. Sus pieles africanas habían palidecido un poco y sus ojos silenciosos simplemente esperaban. Pero no nosotros que comenzábamos a ladrar y a mirarnos sin cariño. Llevamos a los amigos en tránsito para Honolulú hasta su cuarto. La despedida fue sencilla y sin muchos comentarios. Esa noche de tanto amor y amistad nos encontramos en el auto, de regreso a casa por la Highway 94, masticando papitas de MacDonald mientras Tomás agradecía la suerte de digerir esa delicia de carne artificial, descolorida, que como sus compañeritos del colegio, consideraban la mejor maravilla de la vida.

Diego García-Moreno
Chicago, marzo 2002
He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.