miércoles, 4 de mayo de 2011

DE LA AREPA A LA PEPA...Un sábado, un mes después...


¿Qué te cuénto...?
Por ejemplo. Un sábado cualquiera post- infartum.: Acuéstate el viernes temprano porque tienes toma de sangre en ayunas. Seis de la mañana en la ducha. No te se ocurra comer nada. No estás autorizado a conducir, pero ya te sientes bien, se quitó el mareíto, la nube en la cabeza. Hay que estar a las siete haciendo cola en el dispensario. Señorita, de nuevo por el nivel de INR, sí estoy tomando anticoagulantes, warfarina, señorita. La fecha prevista es para el lunes, señor. Si, pero como me pusieron tan temprano la cita con el cardiólogo y necesitamos el resultado antes, lo podemos hacer desde hoy, es ya la quinta muestra. Ok. Espere en la salita. Leo el periódico. Detenidos en Londres una pareja de actores que simulaba la boda real disfrazados en zombies. Se cayeron todas las carreteras de Colombia. Investigado el alcalde por procesos ilegales en contratación. Su hermano detenido, los Nule en la Picota. Falcao es el Messi colombiano. Señor García, su turno. Señorita ¿puedo tomar una foto cuando me saque la sangre? Estoy siguiendo audiovisualmente el rumbo de mi vida tras un infarto. Se pone pálida la enfermera. Tan raro usted. Es que vengo aquí dos veces por semana y quiero guardar un recuerdo. Tomo anticoagulantes. ¿Para toda la vida? No sé. Click. Le aviso. Click. Saca la aguja. Click.
Pase a las once y media. Gracias, señorita. Debería recoger una autorización para una consulta con la dietista. Entro a la oficina de permisos. Diecisiete personas antes que yo. Ya hay broncas entre clientes y oficinistas. Que yo hablo así y si no le gusta, no es mi problema. Respete. Siempre es lo mismo. Pacientes que se ofuscan porque les niegan sus citas con el especialistas, sus biopsias, sus scanners. Yo no puedo hacer nada. Es decisión del médico, de la junta, de un evaluador invisible que nunca está y casi siempre lo niega todo. Me provoca hacerle dúo a la paciente. Me callo. A lo mejor pierdo el control y me da otro infarto, o me agarra bronca la empleada y no atiende mi solicitud. En la televisión muestran cómo se amaestran perros. Cruzo una sonrisa con una pareja que ha detectado la tensión en el ambiente. Leo más periódico. Es sábado, sobredosis de promociones de autos. Dudo, esto será largo. Tengo que reclamar el copidogrel. La pastilla que siempre, hasta el final de mis días tendré que tomar. Repito mi frase preferida "si comí arepas todos los días durante mis primeros veinticinco años, ahora debo aprender a tomar pepas todos los días... de la arepa a la pepa", Me río solo. Llego a la farmacia. Espero. Me atienden. No señor, como esta droga fue aprobada por el comité científico y es muy cara, debe reclamarla en la cien con diecinueve. Mierda, estoy en la séptima con 53. Por fortuna tengo el auto. Estoy en ayunas. ¿Comer algo? No. En marcha. Bogotá de trancones matinales, verpertinos y nocturnos. Calma. Debes aprender la paciencia. La circunvalar húmeda. Los cerros húmedos. La voz de la locutora en la radio congestionada. Amparito Grisales siempre húmeda ha seleccionado sus canciones preferidas. Tiembla con sus recuerdos se humedece con el potrillo Aguilar, se inyectó no sé cuál droga para mantener la humedad de su piel. ¿Dónde parqueo? Es la Bogotá moderna, cara, un estacionamiento libre. Un Pomona, de una. Parqueo, espero no me cobren. No compraré nada. Cruzo la calle caminando, soy imprudente. Peligro de morir atropellado. Me flagelo, soy culpable. Alcanzo la calle. Pido la droga, necesita fotocopia de la autorización. Cien pesos la fotocopia. Me entregan la droga. Me autorizaron 3 meses pero sólo me entregan las correspondientes a 28 días. Que debo volver a la oficina por otra autorización. Lo haré, tengo un mes. Regresaré, regresaré. Y regreso a casa. Busco la caja de las drogas.

Saco el pastillero y comienzo a depositar en cada alacenita, desayuno, mediamañana, almuerzo, noche, la dosis de pepas que debo tomar cada día. Omeoprazol, Lovastatina, copidogrel, warfarina, aspirina, lozartan... y el omega tres, el omega tres, elomegatres. Son apenas las nueve y cuarto. Ya estoy fatigado. Debo descansar un rato porque me falta el gimnasio. Debo caminar 40 minutos sobre la banda, o montar en bicicleta, o en ese aparato que no recuerdo el nombre, debo cumplir mis tareas de recuperación física, debo, debo, debo estar paciente, no excitarme, no acalorarme, no modificar mi curva rítmica. Y así, así va el día de un sábado normal, un mes después del infato que me sorpendió en la ruta al regreso de Miami. Beso.
He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.