lunes, 2 de enero de 2012

Amanecer 2012

Fuí al amanecer del primer día a la tienda del barrio. Era tal la carraspera en mi garganta tras las desgañitadera cantando en la velada de fin de año que no solicité a la tendera una bolsa de arepas, un quesito, y seis huevos; el indice de mi mano derecha habló por sí solo. Ella entendió, acató, empacó los productos en una bolsita plástica y me despidió con un saludo: feliz año. Fue en ese momento cuando me percaté del extraño paisaje en los estantes. Era de colores pero no tenía letras. Los empaques habían perdido sus rótulos. Las botellas de cerveza, los arroces, las pastas, los quesos y los caramelos, todos los empaques de harinas, analgésicos, azúcares, papeles higiénicos y sales, reposaban en sus anaqueles sin ninguna inscripción de marca que los diferenciara. Estoy grave, pensé. Hice el balance de las copas ingeridas en la víspera pero no eran tantas. Miré alrededor para ver si me percataba de la presencia de algún ciudadano alado cubierto con una túnica de seda o condecorado con aureolas o cuernos, pero tampoco. Deshice mi tendencia a conjeturar sobre mi repentino viaje a la sala de espera de los juzgados celestiales. La señora sonrió al ver mi desconcierto. Señor, no se preocupe, recuerde que estamos en el 2012. Ah, claro, me dije. Corrí entonces a empacar y a buscar en el computador un tiquete que me llevara en dirección contraria al avance del tiempo. Es cuestión de desenvolver meridianos. Había un cupo en una nave de una empresa sin nombre. La pagué con una tarjeta en blanco y aquí estoy, volando hacia el pasado. A tal velocidad que me mantengo en el límite. Logro desde mi ventanilla ver los nombres de las cosas como eran antes, justo en el instante en que empiezan a disolverse en el vacío. ¿Hasta cuándo alcanzará el combustible de mi nave? ¿A quién le pasarán la factura de este esfuerzo? Un pasajero olvidó en el asiento contiguo un sobre. No puedo contener mi curiosidad y abro. En un papel blanco una inscripción en tinta transparente encabezada con una dedicatoria a mi nombre dice: felices fiestas y próspero año nuevo. Oprimo un botón para que me atienda una azafata. Como nadie viene a prestarme ayuda, me dirijo por el corredor de la nave vacía hasta la cabina y vaya sorpresa, no hay tripulación ni instrumentos. Recuerdo que algún día fui piloto y me siento en la silla del comandante. ¡Es tan cómoda! Siento un placer inmenso y me duermo. Una brisita helada me despierta. Estoy en la hamaca, en la finca de mi hermano. Los sobrinos juegan todavía con los regalos que hace ocho días les trajo el niño. Llaman a desayunar. Mi madre me dice feliz año. Veo a Sally en otra hamaca que me saluda, hello honey, y un radio, el insoportable radio que anoche anunciaba cantando con sonsonete: faltancincopalasdoce, está empecinado en recordarnos la lista de quemados por motivo de la pólvora. Será mejor que duerma otro ratico. Y pienso en los amigos. Ojalá hayan tenido una buena transición. Que el destino los proteja, que los arcanos del 2012 los lleven con fina calma por su camino. Un abrazo, querid@s amig@s.
He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.