sábado, 28 de diciembre de 2013

CIEN PISCINAS

CIEN PISCINAS

Setenta y cuatro.  Aspiro, doblo las piernas, me empujo con los pies en el muro y me deslizo con sensación de pez  prehistórico. El agua son manchas azules y parches de sol  bailando sobre cuadrículas de cerámica. Fastidia el cloro,  un poco los reflejos de la luz, pero al aproximarme al muro opuesto, pronuncio mentalmente "setenta y cinco,"  olvido las molestias y calculo  que volveré en otras veinte brazadas al mismo límite azul y repetiré el ritual controlando la respiración sobre la guía blanca incrustada en el fondo, vaya y venga,  vaya y venga, hasta cumplir las cien piscinas.  Cien tramos de doce metros sacando la cabeza a un lado para tomar aire. Una brazada sí, otra no. Empujando el tiempo y el líquido para atrás. Reconstruyendo el orden del cuerpo. Imaginando que los músculos  de los hombros se ensanchan, se fortalecen, que la barriga disminuye.  
No me han molestado los oídos. Luis Fernando me trajo los tapones que le encargué. Con esos tornillos plásticos diseñados por speedo para acomodarse en el pabellón de las orejas recupero el bienestar acuático, esa dicha de antiguo batracio convertido en caminante tras millones de años buscando el alimento. ¿Qué pasaría? ¿en qué mar estaría mi antepasado que le faltó el sustento y se aventuró al pantano, a la sabana, al bosque? ¿O sería un tsunami que lo sacó de un golpe y lo dejó lejos de la orilla revolcándose en un charquito?  Al llegar a ochenta y tres siento un vacío. Uy, es cierto: nadar da hambre. Uno suda y suda, pero no se da cuenta. El agua absorbe los líquidos que expele el cuerpo. Brazos, piernas en continuo movimiento. Brazadas y patadas. Axilas imperceptiblemente inquietas. Sudor sin olor. Sensación de habilidad y limpieza. ¿Cuántas piscinas durará mi combustible? ¿Ciento cincuenta? No debo exagerar. Pararé justo en las cien. Hace apenas tres días que comencé la rutina. El veinticinco de diciembre fueron treinta, ayer sesenta y cinco y hoy llegaré a cien. Es una meta simbólica. Hasta el treinta y uno mantendré esta cifra. Que a los cincuenta y nueve años, después de un infarto pueda susurrarme que hago cien piscinas sin ahogarme es un buen indicio de la salud.  Debes hacer ejercicio y comer bien, me dice la doctora Roa. Y no olvides los medicamentos. Odio las pepas, pero hasta ahora me las tomo. El cuerpo me dirá cuando podré disminuir la dosis. Que debo primero hacerme exámenes, me dijo Pacho cuando le comenté mi intención. Habría que hacer una ecografía, tomar los niveles de colesterol, en fin. Esta mañana desayuné huevos batidos. Hice una tortilla a la que le eché anillos de cebolla frita con ají. Sin revolverla en el fuego la doblé. Era como una empanada, deliciosa. La dispuse sobre la arepa y el queso campesino. No quise tomar chocolate. Solamente cuando me prepara para hacer largas caminatas por las colinas de Damasco, tomo la bebida de los dioses. Estaría echando pedos en el agua. El café es suficiente. Sin azúcar, por supuesto. No me importa que tenga cafeína. Un estimulante para tanto esfuerzo es buen compañero para el ritmo del corazón. Las pulsaciones de mi ritmo cardíaco y las revoluciones de los brazos me dan una sensación matemática que hace bloques geométricos con el número de piscinas. Esta sensación perdura hasta que vuelvo a tomar conciencia del cuerpo, cuando un pequeño eructo reemplaza la aspiración del aire. Llevo un buen rato nadando. Debo estar envuelto en sudor. 
Imposible discernir el olor del huevo y la cebolla en mi sudor. Deben disolverse en el cloro. Uy, 
siquiera no bebemos el agua de la piscina.  Cómo será la mezcolanza de sabores de sobrinos en primera y segunda generación con la de todos estos tíos y tías estrenando tercera edad. Cada cual sudando y meando con una mezcla química de caprichos alimenticios empacados en papel celofán con las recetas tradicionales de la abuela. Hemos comido sancocho, fríjoles, asados, y esta noche tendremos ceviche.  De nuevo tengo hambre.   Tan pronto termine la rutina, iré a la cocina, abriré la nevera, me serviré un vasado de jugo de mango, o de toronja. Siempre hay jugos en la finca de mi hermano. Desde niño dije que a los cincuenta y siete estudiaría medicina. No era mi profesión, pero como decía mi mamá "sirve para todo y no sirve para nada", entonces por qué no dedicarle unos cuantos años a cada profesión que se atraviese.  A los cincuenta y siete me dio un infarto. El cuerpo, entonces, se me volvió la mesa de disección donde aprendo anatomía. Las pastillas que debo tomar para la presión, el colesterol, la paciencia, para prevenir los posibles coágulos que obstaculicen la circulación de la sangre en mis arterias. Me choco con un balón plástico azul. Un gran balón que Sally trajo de regalo a la finca para que la gente hiciera gimnasia. Pilatos, o algo así, le dicen. Nombre extraño para unos ejercicios de gimnasia. De la biblia a la piscina. Me interrumpe el ritmo. La saco a un borde de la piscina, al parar siento la respiración agitada, cuando vuelvo a mover los brazos y me pongo en posición de flotación pareciera desaparecer el cansancio. Falta poco. Acelero, recuerdo la voz de la hermana Inés Cecilia hablándonos en el salón del kínder: hay que tener voluntad, hay que perseverar, noventa y ocho, aumento el ritmo, oigo la voz de la doctora Roa, no puedes exagerar, no debes sobrepasarte en el esfuerzo, oigo la voz de una especie de dios retador con tono de locutor de radio que me dice, dale, dale, reventate, ya vas a llegar. Dale, dale, y llego. Cien.



Encontré este escrito en la alacena del computador. Data de hace un año, pero podría ser de hoy. Estoy en la finca de mi hermano, en la misma piscina, y aunque no estén los sobrinos, escucho su algarabía. 

lunes, 4 de noviembre de 2013

HACE UN AÑO- IN memoriam de PROYECTANDO MEMORIA











Hace un año dábamos un paso y caíamos en noviembre
cruzábamos los umbrales de los cementerios
y mirábamos  los panteones a los ojos
acariciábamos la cal y espantábamos las moscas
que tantos temores despertaban en mi madre
cantábamos melodías esculpidas en el lamento
y pronunciábamos palabras que las ánimas escuchaban sorprendidas

¿De dónde vienen estos humanos precavidos
que añoran menguar los dolores de la ausencia?
Hace un año dábamos un paso
y caíamos en noviembre
Caminábamos esquivando tumbas y oráculos
esparciendo espigas que creíamos vivas
repitiendo No hay derecho No hay derecho

 No hay derecho
a no tener un Nombre inscrito en la piedra
para que  el sol  en su paciencia  ingiera
borre absorba  diluya
No hay derecho
No hay derecho a que si mi muerte fue la más infame
de inmediato o en la mañana siguiente
sin fecha y sin nombre
mi cuerpo haya sido desmembrado
y con mi cabeza se hayan divertido
y la hubiesen maltratado con muchos gritos de júbilo
mucho sudor
muchas piernas
no hay derecho
 a que mi sangre haya quedado impregnada en el hule
que envuelve el pie  maloliente de un justiciero
en el preámbulo de  su propia ausencia

Hace un año dábamos un paso y caíamos en noviembre
Halados por hilos de autocompasión
traíamos micrófonos y sillas
muchas historias y un proyector
memorias de la selva y cantos de otros tiempos
nos acompañaban poetas y bomberos
pieles de muchos colores y saberes
En noviembre de hace un año vimos florecer
las íntimas auras boreales 
y de cada fosa  en cada columbario
de cada corredor de cada osario
sentimos la emanación de un suspiro y un destello
un reposo para el duelo
¿por qué, cuándo, adónde?
Hace un año dimos un paso y caímos en noviembre.


Diego García Moreno 
Bogotá, noviembre 2013











viernes, 25 de octubre de 2013

¡VAMOS A JUGAR MUÑECAS!











Vamos a Jugar muñecas
Saquemos vestuarios y gestos
cámara y recuerdos
propuestas y gritos de silencio
un paisaje y un amuleto
un micrófono y muchos ojos.
¡Hay que eliminar ese brillo,
no te sobreactúe
cierra la boca,
¿sientes la luz?
córrete un poco, más hacia tu izquierda
ahí

mírala, mírala, no
bajes la vista
ahora, corre, más rápido, fíjate en las marcas.
Y de pronto todos más sensibles
más alérgicos, más violentos,
más rencorosos y débiles.
Llegó la merienda, vengan a almorzar
la cena está lista, corten,
retomamos en un rato.
¡Vamos a jugar muñecas¡
Préstame tu cuerpo, préstame tus ojos

déjame llenar de luces tu dolor
de sobresaltos tus risas
de brumas tu miseria
de puñaladas tu amor
de persecuciones tu honor
Vamos a jugar muñecas en un exterior día
o en el  interior desconcertante de la noche






jueves, 3 de octubre de 2013

EL PALACIO DE LOS DEPORTES

Las despertadas a deshoras, las más anormales, casi siempre han tenido que ver con mi hijo. En este caso, me tocó a las cuatro de la mañana  salir corriendo hacia el PALACIO DE LOS DEPORTES donde estaba citado por el comando de reclutamiento número 1 del ejército. Tomás cumplió 18 años y debe estar dispuesto a prestar el servicio militar. Pero el muchacho no puede ir. Está en Nueva York estudiando para DJ, perdón está estudiando producción musical. Nada raro que a la hora en que yo me  congelaba de frío en la quinta esperando un taxi para ir con la fotocopia de su grado de bachiller, el certificado de la escuela y la copia del tiquete de avión, él estuviera iniciando su tanda en un subterráneo de Brooklyn, o acariciando el amanecer en su apartamento del low ouest side haciéndole ajustes a la "canción"  que estrenará el próximo viernes en un "toque".

Desde el taxi ví el gentío. Me bajé frente a la reja de entrada y tuve que  caminar por lo menos dos cuadras para incorporarme a la cola... en realidad fueron como tres porque la cola había girado sobre sí misma y crecía en sentido contrario. A mil la fotocopia, a mil. ¿A mil? Si son a cien.  A mil el sobre de manila ¿A mil? Los vendedores hacían su diciembre sin ninguna competencia. De pronto, todo el mundo comenzó a correr hacia la puerta y, claro, los mayores, las mamás y papás  que venían a presentarse  en nombre de sus hijos porque estaban en el exterior o porque tenían parcial en la universidad, casi perecemos aplastados por esa avalancha juvenil que sin calentar músculos se lanzó a ganarse el derecho a entrar de primero.
¡Qué irrespeto, qué vergüenza, qué grosería!
¿Y dónde están los militares para que organicen esto?
Protestábamos  los cuchos y corríamos parejo. Competíamos con los muchachos que siempre nos ganaban.  En su mayoría, ellos habían llegado en grupos, entre amigos, con el parche del colegio,  lo que convertía el madrugón en una especie de fiesta tétrica, pues supongo que lo único que esperaba la mayoría era que les dieran su libreta y los dejaran volver a su facultad o a su parche. ¡Qué caspa sería madrugar año y medio en el monte! Aunque uno no sabe... hay algunos que hasta se regalan, me contaron por ahí. 


Fueron cuatro avalanchas antes de entrar al "campus" del Palacio de los deportes. Qué pomposo nombre para este desorden. Con la puerta controlada, una interminable fila india fue conformándose bajo el temor del regaño de tres soldados que a empezaron a recorrerla.
-¡Los papás para afuera. Se salen los papás!
Pero si a mi me había dicho un sargento en la oficina que si el hijo estaba fuera trajera los papeles y me presentara porque si no lo consideraban remiso y tendría que pagar una multa.
Me mantuve en la fila con mi cabellera blanca húmeda todavía.
Y el señor por qué permanece ahí?
Soy padre con hijo en el exterior.
Ah, este señor sí sabe donde está parado. Se puede quedar.
Y la cola se movió. Había transcurrido una hora y media desde mi llegada.
Entramos al coliseo. A los muchachos los tenían ordenados, sentados por grupos en las gradas.
En la cancha se encontraban varias mesas rotuladas cada una con 4 o 5 letras.  Aquella será la mía. F-G-H-I, pensé. Me imaginé como me vería sentado en las gradas entre trescientos briosos muchachos. 
-¿Y el señor qué hace aquí?
-Soy papá de hijo en el exterior.
-Trajo los documentos?
-Si señor.
-Pase a firmar el acta.
El sobre de mil no me lo pidieron. ¡El perro estafador! Ese man debe haberse ganado como un millón en la mañana... no te preocupes por eso. Que vivan los vivos. Y entregué la fotocopia de la cédula y la del tiquete de avión que había hecho en casa. Esos manes si son muy astutos, hasta planta de corriente eléctrica tenían. 
-No vaya a botar este papel ni por el berraco y vaya en unos diez días a la oficina de reclutamiento para que le den las instrucciones sobre la continuación del proceso, me dijo un sargento. Firme aquí. 

En mi cabeza empezaron a sonar las músicas de mi hijo. Ví como todos los chicos y los milicos se ponían de pie y bailaban al son del TUNSTÁ TUNSTÁ TUNSTÁ o el CHIS PÚN- CHISPÚN  newyorkino, y abandoné con tono marcial el recinto repitiéndo: Tomás ya no es remiso, Tomás ya no es remiso...

Afuera la cola era tres veces más grande que antes. ¿Y ahora qué? pensé. Simplemente han prolongado la decisión de llevárselo o no para el ejército. Recordé los avionsotes hércules en el aeropuerto de Florencia Caquetá descargando muchachitos camuflados de la guerra y recargando muchachitos nuevos camuflados para la guerra. 

-Oh, my god, ¿será que en la próxima madrugada me dirán que el alto mando de las fuerzas armadas colombianas consideró importantísimo que mi hijo prosiga con sus estudios de TUNSTÁ TUNSTÁ en Norteamérica, o que han decidido repatriarlo para que modernice la guardia presidencial? 

"¡Señor, en tus manos colocamos este madrugón que ya pasó y la mañana que llega!" 



Bogotá, octubre 3 de 2013-
Diego García Moreno

martes, 1 de octubre de 2013

LAS PALMAS DE CERA



HE VISTO 
PALMAS 
DE CERA
SALIR
DE SUS 
MADRIGUERAS

APUNTARLE 
AL CIELO 
CON 
MIRADA
 GRIS
Y

CON SU
SABIDURÍA 
VERTICAL
PONER 
A TEMBLAR 
LA RIGIDEZ 
DEL CEMENTO






Bogotá, octubre 1 de 2013


domingo, 22 de septiembre de 2013

LOS SUEÑOS DE LA SELVA




Todas las mañanas al levantarme sonreía y le decía a Alirio "No, ¡qué belleza de sueños los que tuve anoche". Mis sueños en los cambuches del camino Andaquí, tras las extenuantes caminadas por la selva, entre la lluvia y el pantano, tras los escarpados y resbaladizos ascensos y descensos, fueron de ensueño. En el día, muchas veces sentí que era incapaz de soportar el peso del morral, que no podría levantar una vez más la rodilla para dar un nuevo paso en esa loma interminable,  que ese corazón frágil que ya se había infartado una vez ya no era capaz de absorber el oxígeno que agitadamente inhalaban mis pulmones y que volvería a fallar en cualquier momento, pero era imposible detener la marcha; me inventé un estribillo que repetía sin cesar: "este es el primer paso, este fue el primer paso, este será el primer paso" y recomenzaba "este es el primer paso...", trataba de borrar el tiempo y mantener el cuerpo en un estado de presente permanente, era como una especie de estimulante que pretendía engañar al desgaste de fuerzas que consumía las últimas calorías que me dio el trozo de panela  o la cucharada de leche condensada que Erasmo nos repartíó una hora antes; era un esfuerzo continuo por controlar la fatiga pues  sabía que no había donde reposar, que no era posible hacer marcha atrás, que no era ni siquiera imaginable convertirse en un lastre para que los baquianos ágiles y fuertes alzaran con  mis ochenta kilos con destino a una tumba o un hospital. Cuántas veces me sentí desfallecer y rodar por un despeñadero sin fondo porque no lograba mantener estable el talón de mis botas pantaneras, las "venus "ecuatorianas que ilustran los noticieros cuando muestran el infortunio de los secuestrados retenidos por guerrilleros o paracos, pero vaya a saberse qué ángel se encargó de protegerme para que pudiera llegar al campamento en la noche y, bajo la carpa  de plástico negro que levantaban en cinco minutos don Ismael, el Zorro, y el Gumarra,  comenzara una fiesta de visiones donde todos los buenos amigos y los espacios hermosos que he visto en la vida se entremezclaran conformando una ciudad ideal donde pasaría mis próximos años. Extraño y deslumbrante premio. Defensa de la vida y de las células que entremezclan la fascinación de un paisaje apenas tocado por la presencia humana, ese manto verde lleno de fantasías botánicas que el ojo ciudadano apenas ve, con las innumerables visiones de arquitecturas, personajes y colores encontrados a lo largo de la vida.





lunes, 16 de septiembre de 2013

VUELO AL SUR

¡

El avión giró hacia el sur, y  Bogotá apareció desnuda. Hubiese podido decir "¡qué belleza!¡qué ciudad tan pujante!¡Cómo crece!", pero, por el contrario, sentí pánico. Esta enorme costra me aterroriza. Bendije la existencia de los límites naturales que frenan el paso arrollador de la peste humana que cubre la faz de la tierra con cemento, asfalto, acosos y ladrillos. La sabana ha desaparecido, por fortuna,  los cerros orientales  están allí, como una muralla,  conteniendo, ojalá por mucho tiempo, el paso arrollador de la urbe.


El avión siguió con rumbo sur hacia Florencia, Caquetá, sobrevolando el río Magdalena sobre el Huila .
Abajo están los cultivos. que alimentan los habitantes de la urbe. La tierra domada por el hombre. Me provoca volver a decir, qué belleza, qué empuje, que capacidad de dominar la tierra. Vuelvo a sentir espanto. La naturaleza virgen es historia del pasado.



Aterrizando en Florencia. Voy hacia Belén de los Andaquíes y de allí partirmos en expedición a recorrer el camino Andaquí. De Acevedo  hasta Belén. Atravesaremos el parque Andaquí en el límite del Caquetá con el Huila. Un trozo de selva virgen que algunos humanos se han empeñado en proteger. Espero reconciliar este espanto con el arrollador impacto que provoca la naturaleza. Espero traer muchas imágenes y crónicas para continuar con este oficio de bloguero.

viernes, 6 de septiembre de 2013

MIRADAS QUE MATAN. Alerta en el DF




El de la izquierda tenía la corbata metida entre el segundo y el tercer botón de la camisa. Cuando fui a tomar la foto, la sacó y colocó su mano izquierda en el bolsillo del pantalón, al lado del revólver.  Los tres cargaron con pistolas sus ojos y las fijaron en nosotros  dejando en claro que no teníamos por qué mirarlos y mucho menos fotografiarlos. Dos atacaban, el tercero guardaba la retaguardia. Simulé que tomaba una foto a mi amiga. Ese trozo de perfil al lado derecho del cuadro comprueba que la dirección de mi lente delataba lo precario de mis intenciones.  Al ver estos varones me pareció que se nos venía encima la imagen del Méjico que desde hace algunos años fabrica y nos produce tanto espanto. Dudé en publicarla.  A ciencia cierta, no sé si son narcos, detectives, un acaudalado señor con sus guardaespaldas o qué. Opté por deformarles la cara y dejar intacta su mirada que con los días guarda el mismo gesto amenazante, violento. 

Diego García Moreno 
México DF julio 2013

jueves, 5 de septiembre de 2013

NEIVONADAS- Los espanta-en-sueños




Neiva esta llena de esculturas dramáticas, tormentosas. En su obsesión por alabar sus mitos y leyendas y la pujanza de sus gentes, sus administradores de turno han llenado las plazoletas y el malecón con unos muñecos gigantescos que ordenados en las alacenas del imaginario conforman una  brigada de "espanta-en-sueños". 
Algunos, ya sean caballos, novillos o jinetes, se desbocan, se desgañitan, se hernian tratando de demostrar su energía y otros se hacen espantosos tratando de provocar espanto. Imagino la dicha de los escultores al recibir la autorización para soltarle la rienda a sus alaridos plásticos.  Afortunados ellos que comparten su sensibilidad con el panteón de sus mecenas. 

El de malas es uno que va a tener que soportar los embates de esas figuras en una o en muchas de las tantas pesadillas que aún faltan.


lunes, 2 de septiembre de 2013

EL HOLTER Y LA MARACA



-Señorita, que la doctora Roa me recetó un examen de esos en que le monitorean a uno el corazón  durante 24 horas... 
-Sí, un holter. ¿De qué empresa de salud? 
-Aliansalud... 
-Ok. Puede ser el 14 de agosto a las 9 am. 

Pues...bueno. Acepté, pero dudé porque ese era el día de mi cumpleaños. Y justo celebrar los 60 repleto de electrodos y cables sin poder tomarme ni un trago ni moverme a mis a anchas me pareció algo incómodo. Volví a llamar a la señorita, le dije que me iba de la ciudad, que si podía cambiarme la fecha.  ¿Para el 27? Listo.  Cuatro días antes del día previsto para la fiesta que decidimos hacer con Sally para celebrar mi aniversario. Es perfecto. 

Tras dictar un taller de cine en Neiva y de regresar como turista por el desierto de la Tatacoa esquivando los bloqueos de las carreteras en mitad del paro agrario, un aparatico registró la información eléctrica de mi bomba vital durante 24 horas.  Tiempo suficiente para recordar en continuidad  la presencia del corazón, eso que tanto enfatizaba en la voz en off de la película que con el mismo nombre realicé hace ya casi siete años: "Aunque muchas veces olvide que tengo un corazón... su latido siempre me acompaña..." 

Aún no me han dado el resultado. Se trata de saber si tengo arritmia. Dos años y medio después de un infarto es bueno averiguarlo, me dijo la doctora.  Siento que a pesar de su renguera, pues la puntica se quedó tiesa, mi corazón está funcionando mejor que nunca; sé que me toca tomar  no sé cuántas pepas diariamente e ir al gimnasio siquiera cinco veces a la semana, que tengo que ser relativamente juicioso y tratar de no ofuscarme tanto, lo sé, lo sé, pero también sé que este juego de vivir es un problemita musical y que es maravilloso colocarle una maraca como acompañamiento cada que se pueda porque cuando uno cree que lo que hace es escuchar el corazón, él mismo se la pasa atento de tus acciones y está dispuesto a bailar al ritmo de todos los estímulos que le enviamos desde el exterior. Por el momento me conformo con saber que se acompasa con el currulao y los sones, con los boleros, las cumbias y las guacharacas. Esperemos a ver qué nos dice el misterioso holter.

sábado, 31 de agosto de 2013

EL MEGATERIO






A raíz del paro agrícola tuve que aplazar de nuevo el sueño de conocer a San Agustín. Como la carretera estaba cerrada por las manifestaciones de los campesinos desvié la ruta hacia Villavieja, el pueblo vecino al desierto de la Tatacoa. Y fue allí en medio de la plaza donde ví por primera vez el Megaterio. Erguido, con la vista dirigida hacia alguna presa distante, con las brazos levantados y sus manitos caídas, como relajadas, esperando para actuar en el momento justo. Estaba al lado del tronco de una ceiba, protegido, o contenido por un inocente cerco de metal de un metro de altura.













Los señores que conversaban  en el parque (desempleados diría mi tía Amparo) me dijeron que la escultura representaba a un antecesor del oso que vivió por aquí hace muchos miles de años, en época de mamuts y mastodontes. Era un animalote con una cola grandota y una dentadura bien fina y afilada, con un cuerpo mucho más alto que el de un elefante.








Chepe, el guía que se nos ofreció para  hacernos el tour por el desierto, me dijo que Villavieja es una ciudad bastante particular: " No tiene plaza de mercado y su héroe es un monstruo prehistórico."

Algunos días después he deseado hacerle a Chepe un comentario acerca de su afirmación:
 ¿No te parece que Colombia se está volviendo también muy rara?  Queremos acabar con sus plazas de mercado y nuestros héroes actuales se parecen cada vez más a monstruos prehistóricos. 
Para la muestra un botón:  mira el caso del "gran colombiano"....




Bogotá, agosto 30 de 2013

diego garcía moreno 

jueves, 29 de agosto de 2013

TRICICLOS Y CACEROLAS








A mi oficina llegó el estruendo. La noche empezaba con un concierto de cacerolas. Apagué el computador y salí. Dos niños apostaban carreras de triciclo en el profundo y pálido corredor del tercer piso. 





El gentío se había tomado  la carrera séptima, no había circulación de carros. Me encontré inesperadamente con Susana Carrié, Bátori y María Amaral. Susana tenía ruana y tomaba fotos. Bátori hacía ruido con dos tapas de ollas. María los acompañaba y afirmaba que era mucha gente espontánea. Sin hablar, espontáneo, me uní a la manifestación y nos dirigimos a la Plaza de Bolívar. 

 A diferencia de cualquier manifestación que recuerde, caminábamos rapidísimo.  Imaginé el largo corredor urbano, en la penumbra,  repleto de triciclos. Los manifestantes ocupaban un cuarto del área de la plaza frente al congreso.




El ruido daba la sensación de inundar todo la ciudad, el país. Los cacerolaceros eran en su mayoría jóvenes. Algunos emocionados gritaban que el pueblo unido jamás será vencido. Un habitante del sector me dijo "falta un líder".  Entre el gentío perdí de vista a mis amigos. 






Al libertador le habían puesto sombrero y una ruanita con un letrero identificándolo como boyacense. Me encontré con la Búnker, la fotógrafa. Tienes el don de la ubicuidad, me dijo. En la tarde había visto en facebook unas fotos en  las que yo aparecía en el Huila.  Ella le solicitó a alguien que nos tomara una frente al libertador campesino.  El Bo-yaco-lívar. La envió por su celular a las redes con el mensaje "Del desierto de la tatacoa, al concierto de cacerolas". Habían muchas pancartas y banderas rojas y de Colombia. En un letrero se protestaba contra las papas a la francesa. En otro contra el TLC. En otro contra las multinacionales. En otro contra el presidente.  Somos ateos, no creemos en los santos. 








Algunos manifestantes repartían la alarma: vienen tanquetas, hay militares con fusiles. Nos están rodeando. Atentos, atentos. Pasen la voz. Algunos intérpretes de ollas habían acompasado el ritmo. Tatatá, tacataca y algunos bombos hacían pum, pumpumpúm. Nos mirábamos y decíamos como María que somos muchos.  Nos sentimos espontáneos, solidarios, sensibles. Ya, suficiente. Tengo hambre. Marcha atrás. Ya todos nos desahogamos.  Sin que nos hubieran lanzado gases lacrimógenos, regresamos a casa. Le dije a Sally que la cacerolada había estado fantástica. Encendí la tele para ver las noticias de las nueve. El presidente, en Tunja,  pedía perdón a los agricultores por los abusos de los agentes del ESMAD,  aplaudió las protestas con cacerolas, "eso sí es saber protestar sin violencia" y aseguraba que mañana se iniciarán los diálogos en una mesa de trabajo.



La mamá salió al corredor y dio un ultimátum a los niños: Me guardan ya esos triciclos. Rigoberto Urán quedó de cuarto en la etapa de la vuelta a España y los patinadores arrasaban en los mundiales de patinaje. Calenté una arepa, le puse encima una gran tajada de queso campesino envuelto en hoja de plátano. Hay muchas maneras de pedalear, pensé.


Diego García Moreno.


Bogotá, agosto 27 de 2013

domingo, 25 de agosto de 2013

NEIVACILACIONES - las esperas...


Una mujer dispone su culo descomunal  en el sillín de una motoneta, bosteza y espera a su marido a la sombra de una ceiba madura. La licra fucsia del pantalón amansa sus carnes fofas y disimula la monotonía del entorno. Se avecina el viento.
Un leve crujido de guadua se disfraza de bambú, 
un pétalo de guayacán rosado tirita en el cemento, 
un indigente mendiga de mesa en mesa. 
Un tejedor de atarrayas contrapuntea nudos de nylon en la red y calla. 
Un pescador ofrece bagres y bocachicos a una señora de grandes nalgas que regatea el precio de las cuchas, el capaz y los barbudos.
El brazo del río Magdalena que bordea a Neiva se desliza en su cauce ignorando  la ribera, los samanes, la escultura de caballos desbocados,   la cachama  moribunda que boquea en el piso de una canoa.
Un varón se encabrita, se levanta y putea al indigente que mendiga y escupe y le maldice su avaricia. La figura deforme del mohán,  un gigante de color cafe oscuro, patas atroces, bigote espinoso y erizado, que esconde una construcción donde un teleférico eléctrico averiado dormita, ignora por principio  los detalles del día.   Al parecer, en las mañanas, mientras las mujeres del restaurante barren la terraza, el ritual del malecón es siempre el mismo.


No muy  lejos de allí, en el parque, a la sombra de un grupo escultórico  que recrea en metal una comparsa de sanjuanero y pretende alegrar por siempre los días y las noches de la ciudad bambuquera de Colombia, una mujer madura, con un culo descomunal dispuesto en el borde de una fuente vacía, espera a que el coloso que antecede a los danzantes le arroje el mundo  a cualquier transeúnte para irse a prepararle el almuerzo a su marido. El cielo se indispone y amenaza con una lluviecita pendeja. 

Entre tenis chiviados, balones plásticos, chancletas chinas, ventiladores y medias de colores, una mendiga ciega indispone a los compradores con un gesto de dolor que produce envidia al domador de la res de metal que se desgañita en el parque. El cargador de camisetas chinas refunfuña y desprecia, las palomas practican desbandadas aeróbicas en torno a una mujer de  culo descomunal que asienta su espera en una banca de cemento.

Baratijas, esculturas y oficios,  mitos, agresiones, calor  y una naturaleza que pareciera resistir a los embates de las modas y el tiempo. Sin embargo, sobre las motos y las sillas, los voladizos de cemento y las piedras al borde del río, unos culos enormes esperan.   
He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.