viernes, 22 de febrero de 2013

LA JAQUECA


Tenía siete años cuando me atacaron por primera vez los brillos. Son los mismos cristales fosforescentes que bailan en primer plano. Se desplazan, se modifican, inventan mosaicos de colores y me impiden ver. Eran las siete de la noche. No distinguía en mi plato las papas ni el arroz, el cuadro del sagrado corazón eran unos parches de luz sangrienta, mi madre una presencia descompuesta. Comencé a llorar. Me estoy quedando ciego, dije. Calma, calma, me pedía ella, mientras acariciaba mi frente. Veinte minutos después habían desaparecido los brillos, pero el dolor de cabeza era insoportable. Me maltrataba el resplandor de las bombillas, los reflejos, la iluminación. Cualquier ruido se convertía en un estruendo. Cualquier grito de un juego de niños se volvía algarabía, herida, punzón.  Parecía que sobre mi cráneo un angelito barroco, semidesnudo, se había acomodado para golpear la sien.  Con un martillo golpeaba y golpeaba marcando el bombeo del corazón. Sigue siendo igual. Por fortuna no estaba solo.  Luis Fernando, mi hermano, me consoló: "A mí me da algo parecido" y dijo la palabra. Escuché por primera vez la incómoda palabra. La afección duró dos o tres días, como ahora. Me dieron aspirinas y agüitas de hierbas. Desde entonces me acompaña el temor de ser atacado de nuevo por esa palabra que conjuga la ceguera y el dolor, me aterra tener que tropezarme con ese vocablo que asocio con un estruendo, con un derrumbe, con una quebrazón de vasos en la poceta: jaqueca.
febrero 20 de 2013
Bogotá.
He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.