viernes, 21 de junio de 2013

EL MONO, EL OSO Y AMPARITO.


Cuando era copiloto debía mantener bien lustrados mis zapatos.  No importaba que tuviera que salir de la cabina a verificar en la plataforma empantanada del aeropuerto de Bahía Solano si las cajas de pescado que llevábamos para Medellín estaban bien atadas con cabuya o si la señora de Puerto Berrío, a quien le había encargado la carne, me la había empacado con doble bolsa plástica para que no chorreara sangre en la bodega del avión. "El Mono" sabía que la presentación de la tripulación debía ser impecable sin importar el destino de los vuelos ni el número de caballos de fuerza de los motores de  la nave: por eso recorría todos los rincones de la terminal de Medellín buscando señores vestidos de negro y galones dorados en las mangas del saco para ofrecerles sus servicios. Habíamos hecho un pacto por mensualidades y me esperaba  puntualmente  para embolármelos en el descanso que nos daban entre el vuelo a Otú y el de Urabá. Les sacaba el barro y el polvo que traían las lluvias y las sequías a esas pistas medio salvajes en los territorios del más allá.  

Hace un par de años, en El zócalo de Méjico me encontré "El Oso",  una especie de torre de control con aspecto de trono en la que se lustran los zapatos los señores que van al trabajo y los turistas curiosos. A diferencia de "El Mono" que se sentaba en un pequeño banquito y acurrucado pasaba el cepillo o el trapo untado de betún negro y luego le sacaba lustre con un pañito o un fieltro, "El Oso", opto por llamar así al lustrabotas mejicano, hacía su trabajo de pie  pues el zapato del cliente descansaba a la altura de su pecho y cuando estaba vacía esa especie de torre de control en la que se encaramaba el cliente, se sentaba a esperar en una cómoda silla de oficina. 

No ascendí a ese mirador privilegiado. Desde que opté por calzar siempre unos comodísimos zapatos de gamusa y piso sintético no requiero de sus servicios. Pero sí me vinieron recuerdos de Amparito, una lustrabotas poeta que filmé mientras recorría las oficinas ministeriales del Barrio La Candelaria, sacándole brillo a los botines de los funcionarios bogotanos mientras les recitaba el último poema que le había compuesto a su descompuesta ciudad. 

Sí, no volví a volar ni a lustrarme los zapatos. Pero, como cardiópata profesional que me he vuelto, me llama la atención la relación existente entre el corazón y los lustrabotas: El Mono ejercía el oficio de corazón; El oso colocaba su objeto de trabajo frente a su corazón, y Amparito le sacaba brillo a los zapatos siguiendo la pulsación de las palabras que le dictaba su corazón.

Diego García Moreno @
Bogotá, junio 21 de 2013

He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.