lunes, 1 de julio de 2013

LA LLORONA Y LA TORRE EIFFEL.


Al llegar a Medellín, rodando por la Avenida Oriental, me sentí huérfano. Tras unos días de preproducción por la región de Urabá -desde Turbo hasta  Dabeiba  pasando por Apartado, Chigorodó, Carepay  Mutatá-, sentí  que venía impregnado con el síndrome de “La llorona”. No hablo del espanto, sino del tramo del cañón del Ríosucio después de Dabeiba, la puerta a la selva chocoana, el indomable, estrecho, húmedo y oscuro tramo bordeado de precipicios tapizados con una vegetación tropical, exhuberante;  repleto con estruendos de chicharras y  lamentaciones de camioneros varados en la vía bajo la amenaza del relámpago, los derrumbes, el paludismo y la presencia imborrable de los actores del conflicto. Tras haber injuriado a los paracos y a los mafiosos, a las guerrillas y al ejército  por sus destrozos humanos en la zona durante esta larga y abominable guerra, a los paisas industriales, ganaderos y bananeros que fueron incapaces de respetar la selva y la tumbaron para llenarla de vacas y banano, solo banano y codicia; de maldecir a la madre Laura, nuestra santa prometida,  por el desastre cultural propiciado con sus misiones  a las comunidades emberas;  de hijueputear a la selección Colombia de fútbol derrotada por Venezuela en una pantalla grande de un estadero barato de Dabeiba,  caí en cuenta que pasaría los ”días santos” en la ciudad de mi infancia. Mucha negación acumulada en el viaje. Hasta los aeropuertos que fui a visitar, pues en ellos estaban mis recuerdos de centenas de aterrizajes cuando estudiaba o trabajaba como aviador, habían desaparecido. El de Turbo se lo comió el mar, el de Chigorodó es un parque de recreo, el de Mutatá una urbanización loteada a antiguos trabajadores de las caucheras o a desplazados de la zona; hasta el de Santafé de Antioquia, donde hice mi primer vuelo solo,  aparte de inundarlo el río, fue loteado en parcelas  para pudientes de Medellín entre quienes  no quiere decir nada la palabra “los halcones”. Mejor dicho, regresé sin  pistas,  quedé despistao…

Y en la bella villa ya no hay padres ni casa, los hermanos están de vacaciones y el edificio donde vivimos no existe. Parezco un bambuco viejo o un valsecito ecuatoriano, le dije al retrovisor, y tuve un súbito antojo de que llegara la noche para toparme con otros brillos aunque fueran los ecos de las luces de la infancia. Cuáles brillitos: era un alud de neones: La Torre Eiffel de mi abuelo.  No recuerdo cuándo la  desmontaron. Tenía cinco pisos de alto y por lo menos cuatro metros de ancho en su base. Estaba sujetada al edificio por unas estructuras metálicas incrustadas al  tercer piso donde vivían mis abuelos, y al cuarto, el apartamento de “nosotros”. De la terraza, en el quinto, salía un cable metálico que le daba vuelta a la cabecita de la estructura, para que   en caso de zafarse, uno nunca sabe, la sujetara como a un ahorcado. Que mejor  quede  bamboleándose y no vaya a caerle a alguien encima.  

En París Moda, cuando llegaba la semana santa, había que cerrar las puertas y organizar las filas de clientes, pues todas las señoras de Medellín querían hacer la romería de los monumentos de las iglesias estrenando ropa de paño y ampollas en la planta del pie entre el zapato nuevo. Aquí  llaman monumentos unos arreglos de flores y cirios que le hacen al Jesucristo  sentenciado a muerte entre el jueves y el viernes santo.  Las señoras esperaban pacientes observando sus futuros atuendos exhibidos por las maniquíes de ojos verdes enormes  pintados a mano, pronunciadas  pestañas negras o pardas  incrustadas en la piel de yeso color piel, casi rosada, que la clientela  veía blancas, por supuesto,  y unas manos moldeadas con gestos muy estilizados, más bien deformes, unidas al brazo por unas muñecas ajustables que un importador italiano le vendió al viejo Oliverio convenciéndolo  de que era lo más sofisticado en la moda europea que siempre va de la mano del  arte moderno.  A  quién comprarle el ajuar sino a mi abuelo que tenía diploma de sastre de París y era tan devoto que tenía  la costumbre de viajar a Tierra Santa en vacaciones, o al santuario de Fátima o al de Guadalupe de brazo de doña Ernestina, mi abuela,  su señora, que era presidente de la Legión de María y, a pesar de lo renga, y de la hinchazón de sus rodillas,  recorría cada año, con redoble de bandas de guerra,  la procesión del Sagrado Corazón desde el parque de Boston hasta el de Bolívar. En la noche, los  neónes jugaban con el nombre del almacén de mi abuelo y,  si uno cerraba los ojos antes de dormir, era tal el resplandor que entraba por las ventanas  que se veían parches rojos, azules y blancos cambiando de color entre  los párpados.

¿Adónde llevarían ese anuncio luminoso que marcó más mis sueños de infancia que la enorme torre original, la de París, con la que conviví sin pena ni gloria más de doce años en mi juventud profesional?  El edificio fue derribado. En el lugar donde mi abuelo tuvo su éxito como costurero,  hoy hay un supermercado Éxito, propiedad de una multinacional  francesa. El clima de Medellín es tan caliente que no hay beata capaz de ponerse un traje de paño. Las maniquíes tienen un parecido a las muchachitas que pululan por las calles corriendo en sus motos y hoy soy yo quien deambula por estas calles perfumadas con un olor rancio a incienzo y bazuco, arrastrando un retumbar de tambores y un cierto desprecio a la memoria de una abuela que debe estar en los infiernos compartiendo fuego con una tal madre Laura que malgastó su tiempo embutiéndole el catolicismo a los indios emberas en las cercanías de Dabeiba.  El estrén de semana santa, las visitas a los monumentos, las ampollas en los pies y las luces bailarinas de la torre Eiffel de mi abuelo reposan en el olvido de Medellín. A lo mejor eran una premonición del impacto que tendría ese viaje a Urabá donde ya no queda uno solo de los aeropuertos donde solía aterrizar en las arduas jornadas de vuelo durante  mi vida de co- piloto. Pero son ya tantos años lejos de Medellín y tantas las escalas de mis vuelos sin avión por este país que poco a poco he aprendido a improvisar aterrizajes en las lagunas imprevistas de la memoria.

Medellín, marzo 27 de 2013
Diego García-Moreno
He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.