viernes, 2 de agosto de 2013

EL SALÓN VERDE y los olores.





El calor y el deseo de mantener viva la euforia en el festival nos llevó al mediodía a traspasar el portón de la cantina. El pesado olor a  cocktel de orines de varón en el  Salón Verde amenazó con salirse a la calle, pero era una masa densa que apenas se reacomodaba en el espacio en función del volumen ocupado por los clientes.  Mientras el patrón sacaba una gran botella de mezcal sin marca y  nos llenaba hasta el borde los vasos, el olor se nos fue adheriendo a la ropa, sin remedio. La foto desteñida de principios del siglo veinte que mostraba a unos obreros con gran sombrero ingiriendo cerveza adornaba la respiración del muchacho que dormía su borrachera reclinado en una mesa. Roberto de Zubiría fijó su vista en la rockola  buscando inútilmente algún tema conocido. No había caso. Salomón Simhon, con gesto de asco afirmó que todas las cantinas huelen a puros meados,  ingirió veloz  su copa y salió a buscar la luz, el aire. Yo tomé tres fotos, traté de compartir una sonrisa con los dos cuates hinchas del América que de pie ingerían tequila a carcajadas, pero ni siquiera se percataron de mi presencia, dejaron que su comunicación hacia nosotros fuera el olor al que tanto le habían aportado durante años y años.
-Vamos a casa y nos tomamos el otro, propuso la novia de Roberto.


           



Volvimos al solazo. Nos alejamos del mercado. Subimos con la respiración alterada los irregulares escalones del callejón que serpenteaba la loma entre cajones de colores superpuestos, portones  y ventanas inesperadas. Llegamos a una pequeña plazoleta desde donde se divisa la ciudad crecida sobre las minas, los irregulares barrios de la ladera opuesta , el techo del mercado y la torre del reloj traída de  los talleres Eiffel de París. El sol quemaba mi frente desprotegida. Quién tuviera una cachucha para salvar esta calva.  Las sombras de los cables de la luz eran líneas que pintaban electrocardiogramas en las paredes y soporte de palomas aturdidas. Miré y tomé fotos. Los barrios en las laderas de Guanajuato son laberintos verticales donde se amontonan caprichosos módulos de colores. Supuse que dentro de un siglo los barrios populares del sur de Bogotá y las comunas de Medellín serán semejantes a la fantasía urbanística de Guanajuato. Las colmenas de ladrillo nacidas en las laderas de la montaña quebrando las leyes de la gravedad y desafiando los desastres naturales se habrán convertido en la piel de la tierra. Sus dueños las revocarán y las pintarán de colores. Los americanos y los chinos ricos querrán venir a vivir en estas tierras pacíficadas por el hastío de la guerra y comprarán dos, tres, cuatro pisos o unidades, que unidas darán pie a fabulosas mansiones con múltiples balcones, terrazas y divisas en su interior. Y, seguramente en la esquina donde se inicia el camino irregular que los irriga habrá una cantina verde que mantendrá como privilegio el olor a coktail de orines de varón, pues por mucho que cambie la humanidad, las secreciones guardan su memoria original y esa curiosa particularidad de marcar un territorio.
- A ver, pues, compadres, ¡brindemos por Guanajuato! 











He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.