martes, 25 de febrero de 2014

NO IMPORTA

Cuando el techo es el destino de las miradas
Y no se descubren gnomos ni caballos ni nubes en sus manchas
Cuando  se pierde la llave de la cerradura de la mandíbula
Y el silencio se instala en los trenes y en el lecho
Cuando  el mar olvida sus mareas
Y los delfines se regalan a las redes
Cuando el sol dice no más
y huye tapándose los ojos los oídos y las sombras
Cuando no hay afanes ni nostalgias
No importa el color del velo
No importa el pantano en los pies
No importa la espina en el vientre
No importa
Nada
No importa


Diego García moreno, Bogotá,  25 de febrero de 2014

lunes, 24 de febrero de 2014

3.SANTIAGO. (Diario V a SA, enero 2014)

No recuerdo ninguna imagen de la capital de Chile... O tal vez una… improbable, difusa: humo, aviones sobrevolando el Palacio de la Moneda. Allende, o mejor, las gafas cuadradas de Allende sobre una nariz bordeada por un bigote, sobre una boca que habla y dice que sólo la sacarán muerto. Un bombazo.

-Concha de tu madre, tamos retrasados, pu.-  Y corra. Recoja y cierre la casa. Adiós Tunquén. Acelérele que el entierro es a las doce. Llamada va, llamada viene. La Claudia afana. El Gonzalo clama por ropa limpia. Que tomes un taxi, que llames a Carmen Gloria para que te recoja, discúlpame. Acelere, dele. Los pinos secos, los incendios activos, los viñedos ahí, bien ordeñaditos. Las montañas  cerca de Santiago ya son Afganistán, rubias, áridas. La bruma oculta la cordillera. Y la gran autopista nos vomita en un cementerio de Santiago. Corre y cámbiate la ropa, hombre. Nos vemos después.

Santiago, Jacques, Diego… no lo había pensado: es mi ciudad. Llegamos por la puerta de atrás…¿o será la principal?: el cementerio. Parque del recuerdo. Qué lástima. Me hubiera encantado conocer el tradicional, el de pabellones y mausoleos. Conformémonos. A lo mejor para el difunto a quien Gonzalo y su familia y sus amigos vienen a despedir está más cómodo en este resort, cancha de golf, jardín, campo de paz o del recuerdo, como los llaman aquí allá y en todas partes del mundo. Sally y yo caminamos sobre el prado entre las tumbas, buscamos sombras bajo cerezos rojos y robles firmes bajo el calor insoportable. Somos turistas de año nuevo mientras viejitos noeles sobre bicicletitas de alambre pedalean sobre las lápidas de niños muertos. Dos horas dura la ceremonia. Gonzalo aparece purificado. ¿Vamos?  Tiene afán y nosotros hambre. Siempre tiene afán.
Nos han dicho que Lonely planet es la biblia del viajero. ¿Cómo conocer en dos días una gran capital? Nos recomienda el Mercado Central para almorzar. Gonzalo aprueba. Eso no está lejos de la Moneda, está al lado del río y de todo.  Chao. Tomen un taxi, No, caminaremos. Descendemos del auto en una esquina del barrio Providencia. 
-Para que no se pierdan, del lado oriental siempre está la cordillera.- Como en Bogotá, pues.



"Nos despedazaron, nos ahogaron, nos envenenaron..." reza la placa en una capilla. Los abortos hablan y un destacamento de carabineros se prepara para trabajar. A dónde llegamos, my god. El prejuicio de que estoy en una ciudad dominada por el Opus Dei y los milicos no va a desaparecer tan fácilmente... y de que hay mucho billete, tampoco. La arquitectura ray-ban con vidrios azules y grises, los centros comerciales con bancos y agencias de celulares dominan el paisaje. De repente aparece un Neruda sudoroso que endereza la balanza. 












Devoramos cuadras y cuadras  de comercio “clean” por la  calle Providencia hasta que llegamos a la Plaza Italia y comienza una gran alameda, amable, ¡verde!, adornada  con esculturas solemnes, de estética dudosa.  Buscamos caras bonitas entre transeúntes y parejas que se besan bajo los árboles. No vinieron hoy, ya aparecerán.  Sally siente una molestia en su pie. Los zapatos nuevos aprietan demasiado. Ya casi llegamos, querida. Ya casi. Solo falta el monumento a la aviación y un parque largo, El museo de Bellas Artes y el de Arte contemporáneo con su caballito de Botero  en el sendero y otro parque  muy largo, enorme, paralelo al río que en la estación desciende casi seco de la cordillera… y así, tras dos horas de camino, llegamos al Mercado Central.













A la sombra, bajo una estructura de Eiffel, nos premiamos con un almuerzo suculento. Sally pide camarones ecuatorianos, son langostinos, y  yo, corvina con mousse de jaiba. Una botella de vino blanco. Sonreímos. Nos sentimos contentos. Solos.  



Estamos en otro país, hemos cambiado “el chip”. Foto va, y foto viene. Son las cinco de la tarde. Por una calle popular, peatonalizada, entre  baratijas y espectáculos callejeros nos dirijimos hacia la Plaza de Armas y de ahí hacia La Moneda.  Qué gentío. Cuánta vitrina de  Falabella se ha ido apropiando de los edificios republicanos. Señor, tiene su bolso abierto. Ponga atención que están robando mucho. No se preocupe, señora, venimos de Colombia. La Plaza de Armas está en obra. Es un parque lleno de construcciones burocráticas, de Iglesias y decorado con esculturas feas. ¿Por qué tanta escultura fea? No nos detengamos busquemos la moneda. Empatemos mi memoria con el lugar donde ocurrió el desastre. Llegamos a la gran avenida del libertador O higgins.. Estaciones de metro. Carabineros y vendedores.



 Ambiente de capital que adorna su presente y maquilla cicatrices del pasado. Y allí, entre cercas y letreros está la Moneda. Es más pequeña de lo que imaginaba. Menos pomposa.  Están remodelando  su exterior. Será una zona verde con fuentes. La imagen borrosa en mi memoria se sobrepone a esta arquitectura de apariencia apasible. Entre la bruma salen de nuevo los aviones y descargan sus bombas.  Veo a Allende en ese balcón  mirando por última vez la ciudad, dejando a un lado su arma y levantando la mano para decir adiós. ¿Qué actitud colocar ante un monumento cargado con tanta desgracia histórica? Pinochet está muerto por la gracia de Dios, pero el vaho del  desastre permanecerá para siempre aunque le pinten de verde el piso donde se esparció la sangre. Tomémonos una foto, querida. Somos turistas. Recordamos que estamos invitados a cenar donde Carmen Gloria.


-¿Habrá un teléfono público por aquí? Le preguntamos a un carabinero.
-¿Y el señor no tiene celular?  
y el viaje continuará...

lunes, 17 de febrero de 2014

2.Diario de viaje a Suramérica. Enero 2014. El aterrizaje.

Tunquén, enero 2 de 2014.

Al  salir de la aduana del aeropuerto, un señor me miró a los ojos mientras repetía la palabra “Gonzalo, Gonzalo…”. Tiene que ser él, supuse. “¿Viene de parte del señor Justiniano?”  Si, señor. Bienvenido a Chile.  Los llevaré hasta el Algarrobo. Es al lado del mar, a  hora y media de aquí.  Allí don Gonzalo los recogerá para llevarlos a Tunquén.

Por una autopista adornada con anuncios de teléfonos celulares y bancos multinacionales, muy bien señalizada, nos dirigimos hacia el mar. Todo está seco. Es el peor verano en décadas.  Cruzamos un túnel y apareció un valle repleto de viñedos.  Esta enorme fábrica de vino es una tentación. Ay, Dios, que no me vaya a molestar la gota.

Otro túnel y vinieron los extensos bosques de pino y eucaliptus. Que a nadie se le ocurra encender un fósforo. Nos desviamos de la ruta a Valparaíso y en la terminal del Algarrobo nos esperaba Gonzalo, mi compañero de la escuela de cine,  mi amigo grande, cabezón, apasionado, acelerado y terco.

Llegamos a Tunquén. Abrazos para su  familia y los amigos. Por fin conozco a Claudia, su mujer. Tanto que hemos oído hablar el uno del otro durante décadas y apenas nos encontramos.  Sally fue directo a la cama y yo directo a lo que vinimos: a conversar tomando pisco y mirando el mar.


Bienvenido a Afganistán, me dice Carmen Gloria.  Qué gusto verte.  Y comienzan los relatos. Hay que resumir treinta años de ausencia y recordar. Desde que nos separamos en París hasta hoy. El trabajo y los hijos, las películas y los proyectos. Colombia y sus mil mierderos, la dictadura chilena y sus vergüenzas,  los planes para el viaje, el TLC y las economías florecientes, la alimentación transgénica y los desastres de la minería a cielo abierto.  Todo. El Pacífico brama. En la lejanía, un gran barco decora el paisaje. Florecitas de colores y un pasto reseco rodean la casa . Tunquén es una bahía limitada por grandes piedras.  No hay palmeras. Largas olas llegan hasta la playa. Un gallinazo sobrevuela el amplio arenero. Un estero une el mar con las montañas cubiertas de pinos y eucaliptus.  Se ven algunas carpas y puntitos que caminan cargando planchas para surfear. Estamos lejos del trópico, querida. Estamos lejos, Qué bueno.
Un amigo de Gonzalo ha muerto y todos tendrán que ir mañana al cementerio. Los fantasmas vienen a acompañarnos.  Brindamos por Claudio, que en paz descanse. Por Juan Marcos que sigue pidiéndonos desde la eternidad que contemos su historia. Sumando piscos sour, convenimos que escribiremos un guión sobre sus últimos días. Desde sus misteriosos encuentros premonitorios, hasta su fallecimiento en el accidente de un avión lleno de artistas cerca al aeropuerto de Madrid.

A las cuatro de la tarde descendemos al mar por un sendero forrado con un pasto que desprende unos chuzos que se pegan y atraviesan la suela de las sandalias. Maldiciendo logramos llegar al extenso arenero. Bastó tocar el mar con la punta del dedo gordo para desistir. Yo no me baño aquí ni loco, es helado. Sally, heroica, se dio su zambullida y salió tiritando. Me recosté y caí dormido un cuarto de hora
.





Cuando regresamos, los otros habitantes de la casa habían partido hacia Santiago, pero a los pocos minutos llegó una visita que avivó la rumba: borrachos, eufóricos, un par de vecinos con pisco y guitarra en mano llegaron buscando compañeros para continuar celebrando el nuevo año… y los encontraron. “La fuma de ayer, ya se me pasó, esta es otra fuma que hoy traigo yo….” Borrón.
 y el paseo continuará....

He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.