domingo, 9 de marzo de 2014

Variaciones sobre una foto en Waynapichu.

Variación Número UNO


¡Vos si hablás mierda!  Me pareció normal encontrar en un correo esta especie de afirmación insulto. Claro, es pura invención.  ¿Qué iba yo a decirles con respecto a esa foto? ¿Que subí a Machupichu y era tan puro el aire, tan sublime la sensación de altura, tan cercana la presencia de los dioses del pasado y del futuro que no pude más que encaramarme al púlpito a conversar con ellos haciendo la más ridícula de las poses? NO, qué va. Cómo iba a engañarlos.  Simplemente llegué extenuado y preocupado por la bajada. Vea, hombre, recuerdo que me dijo el cardiólogo cuando le conté que estaba subiendo semanalmente al santuario de Monserrate, ¿usted cree que a su edad semejante ejercicio le va a servir a su corazón? Ese esfuerzo lo que le va a dañar son las rodillas cuando baje.  ¡En la cima del Waynapichu sentí temor. Fui consciente de la debilidad de mis meniscos, temí por mis ligamentos rotos! Entonces imaginé que abajo había una piscina, un lago, un charco fenomenal y me dije “este es el momento, salta!”. Revisé el catálogo de imágenes de clavadistas en Acapulco o en los juegos olímpicos de cualquier parte y traté de imitarlos. Me relajé, respiré profundo, abrí los brazos, y salté al vacío. No hablo mierda: ¡salté! Manteniendo siempre los brazos extendidos, como un apacible gallinazo, pude comprobar que la velocidad y la resistencia del aire son el soporte del vuelo, que un simple movimiento de la muñeca puede redirigir la trayectoria de la caída, que las corrientes ascendentes provenientes del cañón del Urubamba me invitaban a mantenerme suspendido en las alturas. Abrí los ojos, levanté suavemente el cuello y mi cuerpo nave cambió de rumbo, se niveló, se sostuvo en esa masa de aire tierna y fría, placentera, empezó a planear. ¡Estoy volando, coño, volando! Esta sensación es  igual a la que tantas veces he sentido en sueños. Pero eran sueños. Ahora es  real, vuelo. Logro controlar los giros, me aproximo en picada a los copos de los árboles, siento el roce de su respiración y vuelvo a ganar altura, me atrevo a rasgar el velo de un manto de nubes que aun dormita sobre la cima de la cordillera. Acricio la bruma, vuelo. Vuelo y de repente tiemblo, el aire se encabrita, corcobeo, pierdo la estabilidad y me nublo.  Soy atacado por una conflagración de sombras,  una imprevista turbulencia me lanza contra unos cuerpos oscuros pesados que me lanzan picotazos,  que agitan sus grandes plumas y con sus garras rasgan mi piel, y vociferan: ¡Intruso, fuera, largo de aquí, vete!  Sin saber cómo, agitando mis brazos, lanzando patadas y mordiscos, logro alejarme del  asalto de los cóndores, pero pierdo la condición de ave y entro en barrena, doy vueltas y caigo, caigo, giro sin control y caigo en cuenta que lo logré, que fui capaz, que estoy en lo alto, sobre la cima de Waynapichu y que desde este montículo, con mis brazos abiertos, mis rodillas firmes, sin temblar, abro los ojos, veo las ruinas incas allá, entre nubes y no soy capaz de decir sino “¡qué hijueputa belleza!”.


Diego García Moreno. Variaciones sobre una foto en Waynapichu.

Marzo 9 de 2014
He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.