jueves, 22 de junio de 2017

EL CALDO PARAO- Tercera entrega del Taller de la Memoria


La abuela se devolvió para Neiva después de toda una vida vendiendo “Caldo Parao”. Cuando llegó con sus hermanas huyendo de la violencia en el Tolima, ella fue la primera en poner un puesto callejero para vender sopita en las noches. Su marido no estaba de acuerdo conque ella trabajara, pero con qué derecho protestaba si él no conseguía más que lo suficiente para emborracharse y poner problema. La mujer se emberracó, consiguió una carreta, compró ollas y víveres en la galería  y puso su puesto ambulante de comida. Con el tiempo, el negocio se creció y las bandejas se llenaron de tamales, morcilla, pollo cocido y carne asada. La plata alcanzó para construir  pacientemente cuatro casitas en  un rincón de la loma a un par de cuadras detrás de la iglesia. Hoy, el callejón imperceptible parece un pueblito abandonado. Los únicos habitantes de lo que fuera el barrio familiar son Willi, el nieto que levanta su rancho en un lote vecino a la casita naranja donde vivió la abuela, Estefanny  su compañera, mamá de su bebé Juan, y su hermanito Kalep.  Como Bienestar Familiar cerró el jardín infantil que había en el barrio y los maestros de la educación pública están en huelga,  los cuatro llegan puntuales a la biblioteca donde tiene la sede el Taller de la Memoria.  
-->



Mientras el niñito corretea bajo las mesas, y el bebé juega con un celular -que pereciera hecho con garantía contra guarapazos y mordiscos-, o  se amamanta o sueña o llora,  Willy y Estefanny  se quiebran la cabeza tratando de encontrar la estructura adecuada para hacer el retrato documental de la abuela  con las huellas que  dejó entre los comensales que la visitaban y  los familiares que heredaron el ventorrillo; mientras editan se preguntan a dónde irán a parar los puestos del caldo parao que por el momento el alcalde permite funcionar en el parque principal en medio del estruendo de merengues y reggaetones que lo invaden cada noche.


martes, 20 de junio de 2017

EL CAUCHO... Taller de la Memoria- entrega 2

- Lo puse Osiris y a su hermanita Isis. Esos son nombres egipcios. A mí me gusta mucho eso de las culturas antiguas,- dijo el viejo.

Osiris sonrió, y los brackets metálicos de sus dientes  brillaron con el reflejo de la luz de los leds que iluminaban tenuemente el comedor de la finca. Esta gente vive actualizada, pensé: están equipados con pantallas de energía solar que durante el día alimentan una batería.  El joven cultivador de caucho me miró como preguntándome ¿Qué le parece mi papá, profe? ¿Será que sí sirve para personaje del documental?

-¿Que si sirve...?- 

En media hora, en un monólogo lento y lucido,  mientras Osiris con  Fabio y Jefferson, sus compañeros de curso, alistaban tres linternas y una escopeta y se preparaban para salir a cazar una babilla en la cañada -invisible en esa noche de un Caquetá sin luna- don Esteban me había contado la escapada de su casa en El Socorro, Santander, a la edad de ocho años; sus primeras aventuras como mano de obra infantil, su vida de músico al regresar a su casa a los doce, su servicio militar por  todos los rincones de Antioquia desde  Medellín hasta Urabá pasando por Urrao; de sus andanzas como parrandero, tomatrago y trabajador de lo que fuera entre plantaciones de tabaco y fincas ganaderas por toda Colombia antes de emigrar a Venezuela donde conoció a su mujer, la mamá de mi alumno, que hace ya treinta y pico de años se trajo para el Caguán; me había hablado de la Biblia, de las virtudes prácticas y técnicas de su hijo, de la coca, los raspachines y el enriquecimiento ilícito, de  la guerrilla, de  las plantas para mantener en orden la presión sanguínea y, ante todo, de gerontología, su nueva obsesión.  Las referencias al cuerpo y a la  salud,  su desprecio a las farmacéuticas multinacionales,  la alimentación sana y las transformaciones de la energía  son y serán su obsesión ahora que es consciente de su desgaste y no está dispuesto a convertirse al final de sus días en una carga para su familia. 

Cuando me fui a dormir los muchachos no habían regresado de la cañada.

Al día siguiente, al abrir los ojos no vi ninguna babilla en el  piso. Vi una casa amplia construida con grandes tablones, rodeada de árboles frutales y plantas tropicales, envuelta en un revoloteo de pájaros y gallinas y pavas y conejos. Mientras la mamá nos preparaba el desayuno en un horno de carbón, Fabio grababa los quehaceres del viejo y de su hijo. 

En el cortometraje documental que haremos, con énfasis en el retrato de un  personaje cargado de memoria,  Osiris quiere hablar de ese hombre que años atrás sembró un bosque de caucho pensando en el futuro de su hijo. 

¿Habrá un material más maleable que su padre?








-->

viernes, 16 de junio de 2017

EL TALLER DE LA MEMORIA . Primera entrega, junio 16 de 2017



La memoria es una iguana curiosa

husmeando entre una roca y la pared.

. I .

Me encuentro en San Vicente del Caguán, en el Caquetá, dictando un taller de iniciación al documental para jóvenes entre 15 y 25 años. Durante los próximos días estaré subiendo al blog fotos y comentarios sobre esta apasionante aventura de conocimiento y creación. 

Empiezo con una foto y una frase que podrían considerarse un pleonasmo, pero que profundizando en su textura, la del texto y la de la foto, son una propuesta de enlace entre imagen y palabra que abre otros espacios de exploración sensorial y de creación: de sentido a partir de los límites.

. II . 


La memoria es al tiempo lo que el agua es a la luz 


Río Caguán vista hacia el occidente  desde el puente  de San Vicente del Caguán.

. III .

¡Cuántas cosas pueden pasar por un puente! 


¡Cuántas cosas pueden pasar en un puente!


Todas las historias de l@s chic@s cinétic@s
(palabra compuesta por la suma de cine+ética: cine-ético: documental)
están marcados por el tiempo que dividió este puente.

Para los Fabios, abuelo y nieto, su construcción:
Fabio el abuelo  fue uno de los trabajadores paisas que cimentó el nuevo tiempo con la memoria de hachas y avemarías que trajeron  los colonos.

Para ella, la reina, hija del presente, el puente es el espacio de exhibición de la belleza que representa:
El Caquetá que baila y tirita, que se tala y se ordeña que se  rebela y se  desangra y se integra
y a gritos pregona suspiros y mendiga que la quieran.

 El agua sigue arrastrando tiempo mientras el sol teje sus ciclos, su costumbre:
Amanecer hacia el este, atardecer  al oeste.
 Bajo el puente han pasado los colores de la vida amazónica
y los tintes rojos de una guerra que se extingue...?

Vecinos y recuerdos caminan o bailan sobre el puente .

Nosotros nos unimos a la construcción de la memoria lanzando cables  para colgar recuerdos, empatamos imágenes y palabras como tablones de una tarima que aprendará a mecerse
al ritmo que le impongan las urgencias.

miércoles, 7 de junio de 2017

LAS HERRAMIENTAS DE TRABAJO


Detrás, el fuselaje de un C-45, un beechcraft D-18s en el que trabajé entre 1973 y 1975 en la empresa Cessnyca. La foto es de hace 4 años, cuando estaba empecinado en sacar adelante mi proyecto documental "Memorias de un Copiloto". Un ex-compañero aviador me contó de su existencia y me desplacé con mi sony XL1 hasta el potrero cementerio donde el sol, la lluvia y el viento... el óxido, esporádicos vándalos y el olvido lo desmantelan lentamente, día tras día. Vestido de piloto, aquel compañero, que había aceptado ser uno de los personajes del documental, tomó la foto con su celular y me la envió por instagram. A pesar de haber ganado una ayuda a la escritura, hasta hoy no he podido conseguir los fondos para realizar el documental. Actualmente toda mi energía está compartida entre la docencia en la Enacc, la puesta en ruta del Taller de la Memoria en el Caquetá, y la realización de la película "Cantos de Piedra" sobre el escultor Hugo Zapata. Por fortuna, este nueva película navega con buen viento y espero tenerla lista para finales de este año. 

Esta foto apareció ayer entre un arrume de archivos de fotos de familia. Decidí inmediatamente hacerla pública en "mi biografía" de FB. Es, de una parte, un agradecimiento a las herramientas que me han pagado "la papita" en la vida; de otra, una constancia del extraño rumbo que la brújula del azar ha programado a mis andanzas; y, tal vez, un compromiso público, un empujón de las olas del destino, para que mi terquedad no abandone ese relato que tantas noches reaparece como un sueño recurrente, ataviado a veces con color de pesadilla y, en otras, con la claridad contundente de una voz que me repite "Esa historia hay que contarla".

martes, 30 de mayo de 2017

EL CIRCO DE PIEDRAS

Recojo piedras cuando salgo de paseo
Piedras que entre millones de  piedras
Dispersas en el camino me solicitan u obligan a recogerlas
Su materia su color su forma su azarosa disposición ante mi vista
Hacen que me incline las coja las sienta las inspeccione las viva las disfrute
Piedras que caben y no rompen el bolsillo
o no incomodan la mochila o se camuflan en el morral

Convertidas  en recuerdo de un momento en algún paisaje
Las traigo a mi apartamento y las coloco sobre la mesa de la sala
Donde se han vuelto un arrume de piedras
Un reblujo un desorden una porcelana posmoderna


A veces algún invitado fija la vista en alguna de ellas
Cógela siéntela inspecciónala vívela disfrútala
Aprovecho para contarle de dónde viene y por qué la recogí
Respiramos un aroma de selva o de mar o de camino en la montaña
A veces coincidimos en la apreciación de su valor
A veces el amigo descubre en ella nuevos dones
A veces hay un suspiro una admiración y casi nunca un desprecio


Hoy me cansé de verlas solas en el tumulto
Las volví equilibristas  de un circo sin carpa
Soportes inestables de una torre frágil
Nadie pregunta de dónde vienen ni por qué las recogí
Sólo inquietan su capacidad de soportar el peso
La combinación del color que hacen con su vecina del piso alto
La hendidura donde mora el vientre de una esfera rugosa
La incertidumbre que traería un soplo de viento inesperado
La hecatombe  provocada por un tropiezo de mi pie contra una pata de la mesa.

Diego García Moreno.
Bogotá, mayo 30 de 2017

-->
     
                     



jueves, 25 de mayo de 2017

LAS CUENTAS PENDIENTES. In memoriam de ADRIANA ESCOBAR

A principios de marzo fui a Medellín a grabar unas imágenes para mi nuevo documental sobre Hugo Zapata, el artista de las piedras. Temprano en la mañana llamé a saludar a mi amiga Adriana Escobar. Tenía una cuenta pendiente con ella. Chateando me había hecho un reclamo porque se enteró de que en diciembre estuve de paso por la ciudad y no me detuve en su apartamento para darle un abracito. Sos un mal amigo. No, querida. Fue un cruce fugaz rumbo a La Pintada en Navidad. Afanes familiares, vos sabés.  Débil disculpa, cuenta pendiente. Como no tenía grabación en la mañana, era una buena oportunidad para resarcir mi culpa. Una voz de mujer me contestó que no era posible hablarle. Se le había aplicado un medicamento y no podía recibirme.

Cuando conocí a Adriana en el 86 era la  alumna más flaca y fresca de la facultad de Artes de la Nacho. Léase Universidad Nacional. Yo entré a dictar un curso que llamábamos "movimiento". Era la palabra más apropiada para aproximar a estos pichones de artistas al concepto de cine. ¿Cómo hacer para que sus obras se movieran y evolucionaran en el tiempo? En aquella época en Medellín el cine era una utopía. Eso ayudó para que nuestra clase fuera un divertimento sublime. Suponíamos todo y hacíamos mímica con nuestros propósitos. Cámara simulada, montaje simulado, proyección simulada. Al final, todos veíamos la función. Adriana hacía parte de una camada de maravillosos jóvenes con apariencia de desadaptados sociales que habían convertido su espacio universitario en un gueto creativo. Sí, era buena estudiante, muy convencida de su cuento y tenía una característica particular: escuchaba, le paraba bolas a lo que uno le decía, pero no tragaba entero. Discutía.  

En la universidad pública de la época se estudiaba a saltitos.  Siempre había motivos para hacer huelgas y paros, y esas encerronas obligadas en el campus eran la excusa para solidificar el clan y festejar la rebeldía. La compinchería del joven profe con el grupo fue inmediata. No se trataba simplemente de dictar cátedra. Era cuestión de vivir, de romper las cercas del potrero. Hablábamos, cantábamos, bailábamos. bebíamos. Fue más de una la botella de ron la que les alcahuetié de mi bolsillo para mantener en alto el espíritu dionisíaco de su proyecto. No tenía ningún remordimiento, al contrario, era el placer mayor sentarme a calificar los proyectos que me entregaban y dejar constancia ante la burocracia universitaria de sus logros. Invención, ironía, conciencia social, anarquismo, originalidad, eran los ingredientes de unos suculentos platos creativos que se sazonaban en esos hornos siempre encendidos de la Universidad.

Y allí estaba Adriana, soplando el fuego, mezclando con su cuchara el caldo en la olla, sirviendo platos, lavando cubiertos. Ella, al igual que la mayoría del grupo, era una oficiante de tan dulce y eficaz locura. Yo era una flecha pasajera, mi interés no era instalarme como profesor, sino buscar la manera de hacer cine documental, y no era propiamente en Medellín donde veía mi destino. Había eso sí, un grupo de profes que vivían y hacían su obra en la región y, orgullosamente, eran también socios y compinches de ese aparente desorden que oficiaban sus alumnos. Hugo Zapata era uno de ellos. Maestro, le decían. Era de los mayores, de los más sabios, de los más estrictos y alcahuetas. Con él me tocó compartir la cátedra de Taller Central. Una materia obligatoria para todos los alumnos de artes que consistía en desarrollar durante toda la carrera lo que le diera la gana a cada uno. Eso sí, soportando la cantaleta de un grupo de profes que todos los miércoles venían a darle opiniones sobre lo que habían desarrollado en la semana. Acompañando a Zapata en sus romerías entre obras variopintas mi cabeza se fue contagiando del placer creativo que profesaban sus alumnos. Cada miércoles sus palabras servían para dar impulso a los pelaos y llenar mi tanque de combustible creativo.  Muy cargadito, terminado el semestre, me fui...

Años después, como 13, me topé con Adriana en mi barrio, en "el barrio", en La Macarena, el rincón, como dicen algunos, más bohemio, sospechoso y creativo de Bogotá. En todo caso, eso sí, en el que más locos viven por metro cuadrado en América Latina. Había comprado un apartamento de tres niveles en la Colina de la Deshonra y guardaba intacta la risa de su infancia. ¿En qué andás? Estoy haciendo una maestría en documental. ¿Pero vos no eras artista plástica, pintora, escultora, joyera y no se qué más? Pues sí, y a lo mejor lo sigo siendo, pero esa clase tuya me dejó una cuenta pendiente, y aquí estoy, con ganas de dedicarme a eso. Vea, pues. Cuentas pendientes...mmm... ¿Querés trabajar conmigo? Eso fue inmediato. Tenía yo también una cuenta pendiente con la vida. Un relato sobre la intolerancia narrada por un paisa que era yo, o ella, o cualquiera de ese nosotros que tenía una cuenta pendiente con un país atollado en su cotidiano irrespeto, en su violencia. Leerle el guión, cosa que solo he hecho para este ensayo documental,  fue como sentar a un niño a ver una película de Chaplin. Se rió tanto que le dije quedás contratada de guardaespaldas.  Y nos fuimos a la calle con un guión enano, denso y fuerte, cargado de ingredientes tan sancochudos como los que habíamos utilizado años atrás en las trastiendas de la facultad. El "Manual de Intolerancia" lo hicimos juntos. Lo salpicamos con gotas de sangre del liberalismo y la godarria en la que crecimos, con pizcas de racismo y machismo y sexismo, de esos mismos que habían vigilado, como gallinazos en su rama, el desarrollo de nuestro cuerpo. Lo barnizamos con las mismas lágrimas negras que le sacamos a un Cristo quejumbroso que se avergonzaba de llorar, dale hombre, que te da cáncer.

"Link  Manual de intolerancia":  

Foto de Liliana Vélez

Y nos fue tan bien que, a pesar de la intensidad del rodaje y de mi redundante terquedad, no nos enfadamos; nos reímos, nos supimos provocadores y nos pretendimos útiles. La puerta quedó abierta para nuevas complotaciones. No tardaron. A los pocos días volvimos a encontramos en Pasto. Que hay un nuevo taller para dictar en regiones con pelaos neófitos en cine, vamos pa´llá, parce. Fuimos pioneros del programa Imaginando Nuestra Imagen del Ministerio de Cultura, INI.  Como si ese taller hubiese sido diseñado para nosotros, nos estampamos en la sangre el sello de Imaginando Nuestra Imagen.  La periferia está llena de historias. Hay que sacar el cine de las grandes ciudades, este país se desconoce. En las laderas del Macizo Colombiano, entre alumnos que nos lanzaban a otra dimensión del maravilloso desconcierto, confabulamos con una muchachada que se atronaba con el rock y las flautas de los Andes entre nubes de sueños creativos y olorosos baretos. El compromiso no era simplemente con nosotros, era con un territorio que sabíamos desconocido y en el que nosotros podíamos fungir de puentes, de intermediarios para que “los locales” contaran sus historias, imaginaran y convirtieran en realidad  su propia imagen. La compinchería tomó una especie de conciencia estético-política que duró para siempre. 

Adriana en esa época tejía en su interior otros proyectos.  Maduraba su voluntad de ser madre soltera y alistaba el retorno a Medellín donde la esperaba su tribu familiar para ayudarle a sobrellevar la carga. Ella tenía clarito que lo suyo era la academia y que en su villa natal le abrirían  las puertas para enrolarse en su amado claustro. Y así fue. Arrendó su apartamento bogotano, parió a Tomás y firmó contrato en la sede paisa de la Universidad Nacional. Dando tumbos entre el pénsum de las artes, llegó a la meta pretendida: creación documental.

De ahí en adelante nuestra amistad presencial fue a saltitos pero la interacción en las redes creció a medida que esas vías de comunicación ampliaban sus hilos y envolvían al mundo Cuando yo iba a grabar en Antioquia o cuando ella me invitaba a presentar "el combo" de película con charla a sus alumnos nos veíamos fuera de las aulas, hablábamos de proyectos posibles y utópicos, inventábamos películas y laboratorios de creación y nos emborrachábamos burlándonos de la parafernalia posuda que rodea al cine o al mundo del arte. Siempre me deslumbró la buena relación que tenía con sus alumnos. Miraban con ojos de sobrinos fascinados a esa tía estricta pero bonachona que los mandaba a perderse con sus camaritas entre el despelote de la ciudad, la violencia de los barrios, la filigrana de los cementerios. 

Tomás siempre estaba por allí, creciendo empecinadamente.  Crecía y crecía y creo que sigue creciendo. Flaco y mechudo haciéndole honor a su genética. Lo recuerdo de extra cinematográfico en el rodaje de Las Castañuelas de Notre Dame.  Tendría dos meses, sus piernitas colgando del canguro que portaba Adriana cuando fueron al concierto de castañuelas y órgano  en la catedral de Medellín. Entremezclados con los feligreses escuchaban el estruendo de órgano y castañuelas que había armado Jairo Tobón para calmar los espíritus alterados de un país azotado por la guerra.  Lo recuerdo de cinco años, saliendo del colegio a la carrera con su morral cuando pasábamos a recogerlo al mediodía. Y lo recuerdo cuando ya ni las piernas le cabían en el carro y las mechas de guitarrista rockero se le levantaban con el viento que entraba a la cabina.  Para ella ese care-hippie era su parche, la razón de su vida.  Pensando en él vendió su apartamento bogotano y compró una tierra entre Guarne y el Aeropuerto para que dentro de poco pudieran irse a respirar el aire puro. 

Un día me llamó llorando. Estos médicos son unos hijueputas. Qué te pasó. Tengo un quiste maligno, fui al médico que me asignaron en la prestadora de servicios y resultó un carnicero. Uy, hermanita, a buscar ya un sanador respetable. Los hay, los hay. Recientes relatos de amigas con el mismo mal, me aconsejaron ponerla en contacto con ellas y ayudarle a que un médico sensible y humanista, reputado por su sabiduría y buen trato fuese su oncólogo. Apareció y fue suficiente una cita para que su espíritu recuperara la paz. Una foto de ella sonriente, con el cráneo rasurado, oficializó públicamente que la quimio y la radioterapia estaban en su calendario cotidiano. Recuerdo el amor con el que me habló de su nuevo médico. Tenía fe en él y en la fuerza interna que le había ayudado a recuperar. No era el tiempo de irse, no es el momento para dejar solo a Tomás. Meses después reapareció en Facebook, viajando por el Alto Perú con sus mejores amigos, exhibiendo nueva cabellera, sus ojos vivaces y la boca sonriente.  

El teléfono sonó hace cuatro días.  Era Cris, nuestra querida amiga, quien con el mismo tono de voz quebrado, sollozante, con el que a finales del año pasado me había contado que Adriana estaba hospitalizada, me dijo que de nuevo estaba invadida. Mierda. En aquella oportunidad no fui capaz de llamar a Medellín inmediatamente. ¿Qué iba a preguntarle?... Hola querida, te llamo por que me enteré...? O Hacerme el pendejo y hola, no, pues pasaba por aquí, o he tenido ganas de hablar contigo. Me haces falta... Esta opción me pareció sincera y quebró mi cobardía. Ocho días después, cuando supe que había sido trasladada a su apartamento la llamé para decirle "¡Me hacés falta, querida!. ¿Cómo estás?". Se alegró. Sin solicitarle ninguna confesión, sus palabras fueron fluidas, sinceras, me pusieron al tanto de todo. Había estado en la cuerda floja. Sintió que se iba. Pero había descubierto un tratamiento a partir de aceites de marihuana que la habían rescatado del abismo. Que la trajeron de nuevo a este mundo invadido por otro sinnúmero de males. Como si tuviera conciencia de que su cuerpo enfermo fuese parte de este planeta que también padece de una devastadora metástasis en su cuerpo, me habló de sus preocupaciones por el resultado del plebiscito para la paz de Colombia, de la decepcionante votación de su ciudad, aquí la paz les importa un culo,  del muro vergonzoso que pensaba construir en la frontera con Méjico el recién electo presidente de Estados Unidos, de la deforestación de la Amazonía, del desangre del pueblo sirio y hasta de la desaparición  del proyecto INI en los planes del Ministerio de Cultura. Estaba al tanto de todas las noticias de actualidad y parecía haber encontrado en las ventanas de Facebook un espacio para reproducir noticias que la agobiaban o le producían esperanzas.  Se convirtió en una  reportera  voluntaria y muy puntual  de las protestas que consideraba justas, voceaba noticias alentadoras sobre medicinas que restauraban la vida de las células, y con el más fino gusto reproducía piezas de artistas que la conmovían: los cantos al piano de Sweet Emma Barret, la animación Second hand reading de William Kentridge y, no sé si a manera de aliento o de profecía, la última carta de Cortázar a Alejandra Pizarnik:


"Mi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estés ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de.
Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte..." 

El teléfono sonó hace cuatro días. La voz de Cris era un sollozo. Que Adri murió. Silencio. Alguna lágrima, más bien suspiros. Ay, Tomás. Pensé en el muchacho. Traté de consolarme con la fórmula que he ido aprendiendo a medida que familiares y amigos abandonan el mundo. No se fue, cambió de estado. Hay que aprender a vivir esa nueva presencia. Hay que celebrar su amistad, su creatividad, su risa. Pero esos consejos medicinales no tienen un efecto inmediato. Sentí un enorme vacío. Qué pesar, no hablé con ella. Quedó una cuenta pendiente. Recordé las palabras del sepulturero de Marsella, Risaralda: “Esa gente que viene ante las tumbas a hablar y hablar y llorar es porque dejaron una cuenta pendiente”. ¿Será que estas palabras son una manera de saldar esa deuda?  De repente, escucho unas carcajadas. Adriana está sentada frente a mí y no cesa de reírse. ¿Vos sos bobo o qué? Andá a trabajar. Andá al taller de Hugo, saludalo de mi parte y filmalo, sacale secretos, mirá sus piedras, en ellas hay huellas de vida de otros tiempos. Conversá con las piedras  y parale bolas a lo que dicen desde siempre. Si estás vivo, pues viví, güevón. La materia se encargará de reciclar nuestra memoria”.

Diego García Moreno.

Bogotá, última semana de abril de 2017.

PD/  La semana pasada di cuenta de la muerte de Jairo Tobón,  el sacristán de Notre Dame, ahora me corresponde anunciar que Adriana Escobar también murió. El muro de las lamentaciones se viste de nombres y fotografías  y escucho el eco de los anuncios de la muerte de Alberto Sierra, y de Sol Duque... 


-->


He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.