jueves, 25 de mayo de 2017

LAS CUENTAS PENDIENTES. In memoriam de ADRIANA ESCOBAR

A principios de marzo fui a Medellín a grabar unas imágenes para mi nuevo documental sobre Hugo Zapata, el artista de las piedras. Temprano en la mañana llamé a saludar a mi amiga Adriana Escobar. Tenía una cuenta pendiente con ella. Chateando me había hecho un reclamo porque se enteró de que en diciembre estuve de paso por la ciudad y no me detuve en su apartamento para darle un abracito. Sos un mal amigo. No, querida. Fue un cruce fugaz rumbo a La Pintada en Navidad. Afanes familiares, vos sabés.  Débil disculpa, cuenta pendiente. Como no tenía grabación en la mañana, era una buena oportunidad para resarcir mi culpa. Una voz de mujer me contestó que no era posible hablarle. Se le había aplicado un medicamento y no podía recibirme.

Cuando conocí a Adriana en el 86 era la  alumna más flaca y fresca de la facultad de Artes de la Nacho. Léase Universidad Nacional. Yo entré a dictar un curso que llamábamos "movimiento". Era la palabra más apropiada para aproximar a estos pichones de artistas al concepto de cine. ¿Cómo hacer para que sus obras se movieran y evolucionaran en el tiempo? En aquella época en Medellín el cine era una utopía. Eso ayudó para que nuestra clase fuera un divertimento sublime. Suponíamos todo y hacíamos mímica con nuestros propósitos. Cámara simulada, montaje simulado, proyección simulada. Al final, todos veíamos la función. Adriana hacía parte de una camada de maravillosos jóvenes con apariencia de desadaptados sociales que habían convertido su espacio universitario en un gueto creativo. Sí, era buena estudiante, muy convencida de su cuento y tenía una característica particular: escuchaba, le paraba bolas a lo que uno le decía, pero no tragaba entero. Discutía.  

En la universidad pública de la época se estudiaba a saltitos.  Siempre había motivos para hacer huelgas y paros, y esas encerronas obligadas en el campus eran la excusa para solidificar el clan y festejar la rebeldía. La compinchería del joven profe con el grupo fue inmediata. No se trataba simplemente de dictar cátedra. Era cuestión de vivir, de romper las cercas del potrero. Hablábamos, cantábamos, bailábamos. bebíamos. Fue más de una la botella de ron la que les alcahuetié de mi bolsillo para mantener en alto el espíritu dionisíaco de su proyecto. No tenía ningún remordimiento, al contrario, era el placer mayor sentarme a calificar los proyectos que me entregaban y dejar constancia ante la burocracia universitaria de sus logros. Invención, ironía, conciencia social, anarquismo, originalidad, eran los ingredientes de unos suculentos platos creativos que se sazonaban en esos hornos siempre encendidos de la Universidad.

Y allí estaba Adriana, soplando el fuego, mezclando con su cuchara el caldo en la olla, sirviendo platos, lavando cubiertos. Ella, al igual que la mayoría del grupo, era una oficiante de tan dulce y eficaz locura. Yo era una flecha pasajera, mi interés no era instalarme como profesor, sino buscar la manera de hacer cine documental, y no era propiamente en Medellín donde veía mi destino. Había eso sí, un grupo de profes que vivían y hacían su obra en la región y, orgullosamente, eran también socios y compinches de ese aparente desorden que oficiaban sus alumnos. Hugo Zapata era uno de ellos. Maestro, le decían. Era de los mayores, de los más sabios, de los más estrictos y alcahuetas. Con él me tocó compartir la cátedra de Taller Central. Una materia obligatoria para todos los alumnos de artes que consistía en desarrollar durante toda la carrera lo que le diera la gana a cada uno. Eso sí, soportando la cantaleta de un grupo de profes que todos los miércoles venían a darle opiniones sobre lo que habían desarrollado en la semana. Acompañando a Zapata en sus romerías entre obras variopintas mi cabeza se fue contagiando del placer creativo que profesaban sus alumnos. Cada miércoles sus palabras servían para dar impulso a los pelaos y llenar mi tanque de combustible creativo.  Muy cargadito, terminado el semestre, me fui...

Años después, como 13, me topé con Adriana en mi barrio, en "el barrio", en La Macarena, el rincón, como dicen algunos, más bohemio, sospechoso y creativo de Bogotá. En todo caso, eso sí, en el que más locos viven por metro cuadrado en América Latina. Había comprado un apartamento de tres niveles en la Colina de la Deshonra y guardaba intacta la risa de su infancia. ¿En qué andás? Estoy haciendo una maestría en documental. ¿Pero vos no eras artista plástica, pintora, escultora, joyera y no se qué más? Pues sí, y a lo mejor lo sigo siendo, pero esa clase tuya me dejó una cuenta pendiente, y aquí estoy, con ganas de dedicarme a eso. Vea, pues. Cuentas pendientes...mmm... ¿Querés trabajar conmigo? Eso fue inmediato. Tenía yo también una cuenta pendiente con la vida. Un relato sobre la intolerancia narrada por un paisa que era yo, o ella, o cualquiera de ese nosotros que tenía una cuenta pendiente con un país atollado en su cotidiano irrespeto, en su violencia. Leerle el guión, cosa que solo he hecho para este ensayo documental,  fue como sentar a un niño a ver una película de Chaplin. Se rió tanto que le dije quedás contratada de guardaespaldas.  Y nos fuimos a la calle con un guión enano, denso y fuerte, cargado de ingredientes tan sancochudos como los que habíamos utilizado años atrás en las trastiendas de la facultad. El "Manual de Intolerancia" lo hicimos juntos. Lo salpicamos con gotas de sangre del liberalismo y la godarria en la que crecimos, con pizcas de racismo y machismo y sexismo, de esos mismos que habían vigilado, como gallinazos en su rama, el desarrollo de nuestro cuerpo. Lo barnizamos con las mismas lágrimas negras que le sacamos a un Cristo quejumbroso que se avergonzaba de llorar, dale hombre, que te da cáncer.

"Link  Manual de intolerancia":  

Foto de Liliana Vélez

Y nos fue tan bien que, a pesar de la intensidad del rodaje y de mi redundante terquedad, no nos enfadamos; nos reímos, nos supimos provocadores y nos pretendimos útiles. La puerta quedó abierta para nuevas complotaciones. No tardaron. A los pocos días volvimos a encontramos en Pasto. Que hay un nuevo taller para dictar en regiones con pelaos neófitos en cine, vamos pa´llá, parce. Fuimos pioneros del programa Imaginando Nuestra Imagen del Ministerio de Cultura, INI.  Como si ese taller hubiese sido diseñado para nosotros, nos estampamos en la sangre el sello de Imaginando Nuestra Imagen.  La periferia está llena de historias. Hay que sacar el cine de las grandes ciudades, este país se desconoce. En las laderas del Macizo Colombiano, entre alumnos que nos lanzaban a otra dimensión del maravilloso desconcierto, confabulamos con una muchachada que se atronaba con el rock y las flautas de los Andes entre nubes de sueños creativos y olorosos baretos. El compromiso no era simplemente con nosotros, era con un territorio que sabíamos desconocido y en el que nosotros podíamos fungir de puentes, de intermediarios para que “los locales” contaran sus historias, imaginaran y convirtieran en realidad  su propia imagen. La compinchería tomó una especie de conciencia estético-política que duró para siempre. 

Adriana en esa época tejía en su interior otros proyectos.  Maduraba su voluntad de ser madre soltera y alistaba el retorno a Medellín donde la esperaba su tribu familiar para ayudarle a sobrellevar la carga. Ella tenía clarito que lo suyo era la academia y que en su villa natal le abrirían  las puertas para enrolarse en su amado claustro. Y así fue. Arrendó su apartamento bogotano, parió a Tomás y firmó contrato en la sede paisa de la Universidad Nacional. Dando tumbos entre el pénsum de las artes, llegó a la meta pretendida: creación documental.

De ahí en adelante nuestra amistad presencial fue a saltitos pero la interacción en las redes creció a medida que esas vías de comunicación ampliaban sus hilos y envolvían al mundo Cuando yo iba a grabar en Antioquia o cuando ella me invitaba a presentar "el combo" de película con charla a sus alumnos nos veíamos fuera de las aulas, hablábamos de proyectos posibles y utópicos, inventábamos películas y laboratorios de creación y nos emborrachábamos burlándonos de la parafernalia posuda que rodea al cine o al mundo del arte. Siempre me deslumbró la buena relación que tenía con sus alumnos. Miraban con ojos de sobrinos fascinados a esa tía estricta pero bonachona que los mandaba a perderse con sus camaritas entre el despelote de la ciudad, la violencia de los barrios, la filigrana de los cementerios. 

Tomás siempre estaba por allí, creciendo empecinadamente.  Crecía y crecía y creo que sigue creciendo. Flaco y mechudo haciéndole honor a su genética. Lo recuerdo de extra cinematográfico en el rodaje de Las Castañuelas de Notre Dame.  Tendría dos meses, sus piernitas colgando del canguro que portaba Adriana cuando fueron al concierto de castañuelas y órgano  en la catedral de Medellín. Entremezclados con los feligreses escuchaban el estruendo de órgano y castañuelas que había armado Jairo Tobón para calmar los espíritus alterados de un país azotado por la guerra.  Lo recuerdo de cinco años, saliendo del colegio a la carrera con su morral cuando pasábamos a recogerlo al mediodía. Y lo recuerdo cuando ya ni las piernas le cabían en el carro y las mechas de guitarrista rockero se le levantaban con el viento que entraba a la cabina.  Para ella ese care-hippie era su parche, la razón de su vida.  Pensando en él vendió su apartamento bogotano y compró una tierra entre Guarne y el Aeropuerto para que dentro de poco pudieran irse a respirar el aire puro. 

Un día me llamó llorando. Estos médicos son unos hijueputas. Qué te pasó. Tengo un quiste maligno, fui al médico que me asignaron en la prestadora de servicios y resultó un carnicero. Uy, hermanita, a buscar ya un sanador respetable. Los hay, los hay. Recientes relatos de amigas con el mismo mal, me aconsejaron ponerla en contacto con ellas y ayudarle a que un médico sensible y humanista, reputado por su sabiduría y buen trato fuese su oncólogo. Apareció y fue suficiente una cita para que su espíritu recuperara la paz. Una foto de ella sonriente, con el cráneo rasurado, oficializó públicamente que la quimio y la radioterapia estaban en su calendario cotidiano. Recuerdo el amor con el que me habló de su nuevo médico. Tenía fe en él y en la fuerza interna que le había ayudado a recuperar. No era el tiempo de irse, no es el momento para dejar solo a Tomás. Meses después reapareció en Facebook, viajando por el Alto Perú con sus mejores amigos, exhibiendo nueva cabellera, sus ojos vivaces y la boca sonriente.  

El teléfono sonó hace cuatro días.  Era Cris, nuestra querida amiga, quien con el mismo tono de voz quebrado, sollozante, con el que a finales del año pasado me había contado que Adriana estaba hospitalizada, me dijo que de nuevo estaba invadida. Mierda. En aquella oportunidad no fui capaz de llamar a Medellín inmediatamente. ¿Qué iba a preguntarle?... Hola querida, te llamo por que me enteré...? O Hacerme el pendejo y hola, no, pues pasaba por aquí, o he tenido ganas de hablar contigo. Me haces falta... Esta opción me pareció sincera y quebró mi cobardía. Ocho días después, cuando supe que había sido trasladada a su apartamento la llamé para decirle "¡Me hacés falta, querida!. ¿Cómo estás?". Se alegró. Sin solicitarle ninguna confesión, sus palabras fueron fluidas, sinceras, me pusieron al tanto de todo. Había estado en la cuerda floja. Sintió que se iba. Pero había descubierto un tratamiento a partir de aceites de marihuana que la habían rescatado del abismo. Que la trajeron de nuevo a este mundo invadido por otro sinnúmero de males. Como si tuviera conciencia de que su cuerpo enfermo fuese parte de este planeta que también padece de una devastadora metástasis en su cuerpo, me habló de sus preocupaciones por el resultado del plebiscito para la paz de Colombia, de la decepcionante votación de su ciudad, aquí la paz les importa un culo,  del muro vergonzoso que pensaba construir en la frontera con Méjico el recién electo presidente de Estados Unidos, de la deforestación de la Amazonía, del desangre del pueblo sirio y hasta de la desaparición  del proyecto INI en los planes del Ministerio de Cultura. Estaba al tanto de todas las noticias de actualidad y parecía haber encontrado en las ventanas de Facebook un espacio para reproducir noticias que la agobiaban o le producían esperanzas.  Se convirtió en una  reportera  voluntaria y muy puntual  de las protestas que consideraba justas, voceaba noticias alentadoras sobre medicinas que restauraban la vida de las células, y con el más fino gusto reproducía piezas de artistas que la conmovían: los cantos al piano de Sweet Emma Barret, la animación Second hand reading de William Kentridge y, no sé si a manera de aliento o de profecía, la última carta de Cortázar a Alejandra Pizarnik:


"Mi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estés ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de.
Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte..." 

El teléfono sonó hace cuatro días. La voz de Cris era un sollozo. Que Adri murió. Silencio. Alguna lágrima, más bien suspiros. Ay, Tomás. Pensé en el muchacho. Traté de consolarme con la fórmula que he ido aprendiendo a medida que familiares y amigos abandonan el mundo. No se fue, cambió de estado. Hay que aprender a vivir esa nueva presencia. Hay que celebrar su amistad, su creatividad, su risa. Pero esos consejos medicinales no tienen un efecto inmediato. Sentí un enorme vacío. Qué pesar, no hablé con ella. Quedó una cuenta pendiente. Recordé las palabras del sepulturero de Marsella, Risaralda: “Esa gente que viene ante las tumbas a hablar y hablar y llorar es porque dejaron una cuenta pendiente”. ¿Será que estas palabras son una manera de saldar esa deuda?  De repente, escucho unas carcajadas. Adriana está sentada frente a mí y no cesa de reírse. ¿Vos sos bobo o qué? Andá a trabajar. Andá al taller de Hugo, saludalo de mi parte y filmalo, sacale secretos, mirá sus piedras, en ellas hay huellas de vida de otros tiempos. Conversá con las piedras  y parale bolas a lo que dicen desde siempre. Si estás vivo, pues viví, güevón. La materia se encargará de reciclar nuestra memoria”.

Diego García Moreno.

Bogotá, última semana de abril de 2017.

PD/  La semana pasada di cuenta de la muerte de Jairo Tobón,  el sacristán de Notre Dame, ahora me corresponde anunciar que Adriana Escobar también murió. El muro de las lamentaciones se viste de nombres y fotografías  y escucho el eco de los anuncios de la muerte de Alberto Sierra, y de Sol Duque... 


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He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.