sábado, 24 de junio de 2017

EL CONSTRUCTOR DE TODO. Taller de la memoria. Cuarta entrega.


Alto, flaco, forzudo, se ve que fue una viga. En sus brazos musculosos envueltos en una piel arrugada se dibuja un enorme mapa de venas. El relieve de sus manos es como una radiografía de la sabiduría de un empedernido  constructor. Cada obra que hizo en el pueblo aumentó el caudal de sangre que las recorre. El puente colgante, la iglesia, el aeropuerto, el monumento al hacha en el parque -una réplica de esa terrible herramienta que vio en Armenia donde vivió su juventud, con la que los colonos talaron la manigua amazónica para ampliar el reino de majestad el ganado-, la escultura de la pareja de campesinos a la entrada del pueblo, las canales para el agua entre  las aceras y las calles, todo en San Vicente del Caguán tienen la firma de Sepúlveda.

-Eh, ave maría mijo,  no me maté de milagro cuando me resbalé haciendo el campanario de la iglesia.

Como buen paisa nacido Medellín, Sepúlveda adora los tangos y todavía  le quedan restos de ese vozarrón melodioso que acompañaba a Gardel, Magaldi o Juan Arvizu cuando tocaba guitarra o ponía los discos que guarda en una caja de cartón en el piso de su cuarto. El problema es que ahora no tiene a quien cantarle. Sus hijos no vienen a visitarlo en esa casa amplia llena de herramientas en el límite del barrio la victoria a diez minutos en moto-taxi del parque de San Vicente.

- No, hombre, esto ya no es nada. Todas las herramientas buenas se las robaron... Hasta las fotos se perdieron.



Alto, flaco, pero sin la musculatura de su abuelo, Fabio aceptó romper esa soledad visitándolo cuando Jefferson y Solei propusieron que fuera su personaje en el documental del Taller de La Memoria.

Cuando el nieto le pregunta si todavía toca la guitarra, él le contesta que sí, pero que se le dañó el puente y , claro, tiene que arreglarla. Piensa un par de segundos y mira la parte de atrás al interior de su de su casa.

-Mire mijo esas bellezas de columnas redondas que hice; y allá arriba voy a hacer un mirador muy hermoso… claro que primero tengo que terminar de encementar el piso y revocar el baño. Ahí vamos, hombre, siempre hay mucha cosa para hacer... pero es que no es lo mismo desde que tuve el accidente.


Qué bueno sería que pudiera hacer el parque en esa arboleda que hay entre su casa y la cañada, Vieras  vos la dicha cuando las señoras llegan por la tarde y se sientan en ese banquito que hice y se ponen a chismosear y a conversar de todo. Si con mucho gusto la alcaldía pone la plata, yo les hago una acera que vaya derechita por ahí, hasta la carretera-.



Hacer y hacer y hacer fue lo que Sepúlveda hizo en la vida y lo que quiere hacer hasta que se muera. Mira a su sobrino y a los pelados resolviendo dónde hay que poner la cámara y  suspira.


-Hombre es que es muy reconfortante por fin alguien reconozca que serví pa algo en este pueblo.



He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.