martes, 18 de julio de 2017

A VOLAR QUE YA EMPLUMO. Octava entrega. Taller de la memoria.

  1. Cuando la nostalgia ataca, la abuelita de Yuli agarra su celular con la mano que  no tiene argolla, busca su canción y un rinconcito, y la canta en dúo, muy pasito, como si fuera un silbido. Hace muy poco tiempo que Yuli se enteró de la verdad. Cuando estaba muy joven, la abuela se enamoró perdidamente de un buen muchacho que le decía palabras dulces al oído, pero su papá la hizo casar a la fuerza con el chofer de la chiva del pueblo, un señor que ella no amaba y que ni siquiera tenía el dinero para comprarle la argolla de matrimonio. El cura que ofició la ceremonia lo excusó porque el prometido encontró unos padrinos oficialmente casados que se la prestaron para la ocasión con la promesa de que el día que tuviera el dinero se la compraría. 

  2.                           

  3. Cuando la abuela reza, y es a diario, ella ruega por el descanso eterno de su madre,  sus familiares y amigos y,  vaya a saberse si es por costumbre, remordimiento o decencia, por el alma de su difunto esposo quien, después de haberla llenado de muchachitos, una noche murió en un tropel de esos que acostumbran armarse entre borrachos. Terminado el ritual, la vela que alumbra el altar en la salita permanece encendida mientras ella vuelve al pasado, rememora las palabras dulces que aquel joven tan lindo y tierno le murmuraba al oído y repite entonada, suavecito, las palabras de la canción de Antonio Aguilar  que le dejó grabada en su piel como una argolla invisible. 

"Ojitos negros encantadores quien los tuviera a un lado de mi,  
me pesa mucho, bien de mi vida, vivir ausente lejos de ti.  
Me encuentro lejos vivo pensando solo en la ausencia de esa mujer... "



La intimidad que logra este proyecto dirigido con toda la sutilidad femenina por Yuli y Diana es un logro del taller.  En su empeño por mostrar las costumbres ancestrales que han reprimido la libertad individual y las actitudes liberadoras que actualmente se manifiestan en la juventud ellas han sido capaces de entrar en el espacio sagrado de los secretos familiares sin herir la  intimidad de un ser querido. 

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He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.