miércoles, 9 de enero de 2019

LA PELOTA Y EL BAMBÚ


En la esquina de la piscina hay una pelota. Reflejada en el borde, casi imperceptible, la punta de una rama de guadua, como un filamento de espartillo. Las líneas que guiaron mis jornadas de natación intentan marcarle un rumbo a las nubes, pero ellas prefieren la diagonal que les traza la fuente de luz que se despide. La corriente de nubes no parece inmutarse con el leve oleaje que empieza a perturbar su reflejo en el agua. En un instante , por culpa de la brisa, el reflejo impreciso del gran bambú le hará un coqueteo a la pelota que comenzará a moverse dócilmente,  y la luz se irá, dejando que las cosas humanas, tan recientes,  y la veterana naturaleza improvisen en secreto insondables gestos, conversaciones sin pudor que entremezcladas a nuestros sueños desatarán iluminaciones y exigirán rituales.
Diego García Moreno. enero 9 de 2019.

viernes, 14 de diciembre de 2018

LA ÚLTIMA ÓRBITA DE ÓSCAR ALZATE




       Documental EL TROMPO Enlace:  https://vimeo.com/68411483

      Toupie en Francés es trompo. Se pronuncia: tupí. Suena casi como esa conjugación del verbo ser en inglés: to be… escrita en español tubí. Palabras homófonas en dos lenguas diferentes  que se prestan para jugar con el verbo Ser e invitan a crear nuevas  figuras sonoras de la  tan trillada como profunda frase de Shakespeare: To be or not  to be. 

    Toupie or not Toupie es el título del documental que realizamos en 1993 para Canal Plus de Francia sobre la fiebre del trompo en Colombia.  Tupí or not tupí, que literalmente en español significa Trompo o no Trompo, pero cuyo significado en inglés no viene al caso mencionar en esta oportunidad. El co-guionista y asistente de realización fue Oscar Alzate. Era nuestra segunda película sobre ese objeto mágico que encierra las leyes del movimiento cósmico, de ese juego esencial que comparten todas las culturas y del cual él llegó a ser el campeón mundial de figuras en uno de esos particulares campeonatos llamados mundiales en Sogamoso en los que participaban muchos colombianos y del resto del mundo venía un representante ecuatoriano: El trompo. Así, al desnudo, El trompo, fue el título de nuestra primera película. Un documental producido por Colcultura en 1992, que hace parte de mi serie Colombia Elemental. Él fue el guía del relato y uno de los jugadores estelares al lado de sus compañeros artistas de la Logia del Trompo Rojo y de varios tromperos terrenales de Boyacá ante quienes se enfrentaron en el campeonato mundial de trompo en la ciudad del sol y del acero.  Era una época aciaga de nuestro país cuando buscábamos metáforas para tratar de encontrar el antídoto para  la violencia que se había apoderado de su territorio. En un párrafo de  “Imágenes de un país desconocido”, un artículo publicado en revista Número (34) hice una referencia a la visión que Oscar, intelectual lúdico, tenía del potencial metafórico del Trompo:
     "…un amigo artista de Palmira había encontrado una propuesta de paz: "... envolver con un hilo este trozo de madera pesado provisto de un clavo y lanzarlo con toda la fuerza del cuerpo, pero no contra alguien, no como un arma cortopunzante, sino hacerlo bailar en el aire, recibirlo en la pita y formar fascinantes figuras con él". Utilizar toda la violencia que la naturaleza y el cuerpo pueden generar para volverla arte, para hacerla danzar en el espacio sobre un hilo. La lúdica como un arma para lograr la paz hacía parte de la propuesta popular y nos ilustraba la capacidad de dicha y creatividad de nuestra gente…”

      Ay hombre. Las vueltas que da la vida. Oscar Alzate murió. Él mismo tomo la decisión de not to be…mas,  y por ende aceptar la condición de Not toupie. Debieron ser muchas las razones para que alguien que visualizaba el orden cósmico en función de la rotación y la traslación optara por detener su movimiento. Cada cual, en su condición de estrella, planeta o satélite, gira con un impulso que a veces creemos eterno. Aunque nuestro ciclo vital en el universo es tan corto, tenemos durante un período la sensación de estabilidad que nos hace creer que nuestras acciones durarán para siempre. Pero ese impulso es limitado por la acción de la gravedad del conjunto, de la aproximación a la fuerza interna de otras galaxias, sistemas o cuerpos celestes que interactúan con la nuestra. Vaya a saberse cuán grande era la presión del universo circundante ejercida sobre la órbita de Oscar para que su masa explotara y en el espacio quedara un aparente vacío, quizás un indescifrable hueco negro. El hecho es que una estrella desapareció del firmamento, pero como lo que vemos los humanos no es la materialidad de la estrella sino su luz enviada a viajar por la galaxia hace millones de años, tendremos la presencia del cuerpo celeste Oscar durante un tiempo indeterminado mas. Lo veremos a través de sus cuadros, de esa obsesión cotidiana por aprehender y materializar con colores la ilusión de naturaleza en el lienzo, y de las figuras que, magistralmente, en su particular silencio,  hizo con su trompo. Su figura activa en el documental se transforma con su partida corporal en un nuevo espacio de vida y aquella metáfora para apaciguar  la violencia  con la acción creativa de un juguete, el más elemental y misterioso, seguirá dando vueltas hasta que su gravedad u otro cataclismo inesperado, insospechado, lo determine.    

      Fassbinder decía que él hacía cine para entretenerse mientras llegaba la muerte. Gracias Alzate por haberme regalado una herramienta mágica que no solo me permitió hacer cine con vos sino comprender en carne propia el sentido del entretenimiento.

       Diego García Moreno
       Bogotá, diciembre 14 de 2018










jueves, 6 de diciembre de 2018

AQUÍ Y ALLÁ


En esta ciudad no hay que ponerle un plato encima al plato de comida. No es como allá donde las hormigas y las moscas aterrizan sobre todo lo que uno coloque encima de la mesa. En cambio aquí uno tiene que ponerse suéter hasta cuando hay sol, a diferencia de allá donde una quisiera pasarse el día desnuda si no fuera porque hay tantos ojos pendientes de cualquier escote o cadera sudorosa que haga oficio o se siente en una mecedora a abanicar la fatiga a falta de viento. Aquí el agua que sale es fría, helada, basta con echarse un puñadito en los ojos para quedar despierta y con un temblor que hay que matarlo a punta de movimiento porque si no una especie de aburrición se te mete hasta los huesos. Allá jamás pensaba uno en un poquito de agua. Vamos pal río, vamos pal pozo, vamos pa la quebrada y era todo el cuerpo el que quería jugar y recochar entre esa agüita fresca pero no dolorosa que te daba una alegría y te hacía gritar como en las canciones: viva la vida.

Aquí y allá, no sé por qué me ha agarrado esa costumbre de estar dele que dele al aquí y al allá. Compare y compare, valore y asegure que esto es mejor que aquello, que allá no tenía prisa y aquí montarse al transmilenio es como estar en una de esas colas que le muestran a uno en las películas de guerra. No falta sino el brazo extendido, cacerola en mano, pidiendo un puñado de arroz o cualquier caldito que mate esta necesidad de comida. Yo he aprendido a esconder el hambre. No sé cómo lo he hecho ni entiendo cómo todavía guardo mis carnes amplias que a veces le sacan a estos hombres de la calle piropos del estilo “ay, que gordita pa comérmela en chicharrón” y no sé cuántas más porquerías. No les hago caso. Parranda de sinvergüenzas. Si supieran que estas carnes no están para nadie. Si supieran que después de seis meses apenas se relajan pero en el fondo guardan unas ganas de venganza que mi Dios, por Dios, no me las revivas. Déjame olvidar, perdóname esta soberbia y perdona ese cobarde que me hizo cuantas perversiones han inventado los hombres con la ayuda de otros dos que me apuntaban con un fusil y me amenazaban con dispararme si no lo permitía.

Aquí no puedo cantar a todo pecho por la calle como lo hacía por allá. Las penas que siempre llevo en el alma son cicatrices. Diomedes, vos en quien tanto creía resultaste también un sinvergüenza. Se me han ido cerrando el canto, el hambre, la alegría. Pero por fortuna he encontrado un trabajo y no tengo que pensar que a Lorenzo se lo llevaron y con él los cinco mil pesos que nos alcanzaban para el arroz y el plátano y un vasito de aguardiente de aceite. Nunca volvió. Ahora lo llaman desaparecido. NN. qué querrá decir eso. Es como nadie, nunca, nada, no, no más. No te atermentes me digo. Ahora me la paso hablando con otra que soy yo misma y me da consejos. Ojalá no se ponga ella a llorar conmigo, porque a veces no aguanto y se me derrama esta quebradita de lágrimas que no para. He aprendido a llorar pasito pero las lágrimas salen y salen. Que no me preocupe que llorar sana, que si no  llora le da cáncer  de ovario o de mama decía la señora Mencha. Pobrecita, ella murió seca, sin lágrima. Quería llorar los hijos y las nueras y los nietos que le mataron los paracos, pero no lo hizo. Sabía como era la vida pero la mataba el orgullo. No lloró y la secó el cáncer. Déjame llorar señor, déjame llorar. Te agradezco tu bondad. No tengo hambre, no tengo hambre, pero si permites que algún transeúnte me compre dos mil pesitos de frunas, yo podré comprarme una gaseosas y calmar este chuzón de barriga que como a las diez de la mañana siempre me ataca. 

Diego García Moreno
Bogotá, septiembre 4 de 2011
Escrito recuperado en  diciembre 6 de 2018.

sábado, 11 de agosto de 2018

K-QUÉ-TAL


Fragmentos memoriosos sobre talleres cinematográficos en el Caquetá.
Desde La Escuela Audiovisual Infantil hasta los Talleres de la Memoria

INTRODUCCIÓN.

Caquetá es una palabra con una sonoridad contundente: ¡CA- QUE- TÁ!
La asocio con el ruido que produce un objeto pesado en su caída. Se desprende, rebota y golpea en seco contra una superficie de piedra, de metal o de concreto.  He buscado su significado en diccionarios pero apenas aparece como el nombre de un río que nace en Colombia y desemboca en el gran Amazonas, o el de un departamento colombiano que es bañado por ese enorme flujo de agua que desciende del macizo colombiano. Los más enterados, sin responder a la pregunta, aseguran que es una palabra que viene de Japurá, que es el nombre original del río, el cual conserva en el Brasil luego de recibir las aguas del Río Apaporis.  Pero ese vocablo, Japurá, no tiene la contundencia del estruendoso Caquetá. La jota es un viento suave que empuja e invita a  rodar.

Lejos del territorio caqueteño, para tantos, esa palabra se reduce a un referente de guerra. Fue allí donde se libraron muchos de los más sangrientos episodios del conflicto colombiano, donde se alojó la “zona del despeje”, el experimento quizás más fallido en la búsqueda de la paz en Colombia. Para otros, más interesados, es un territorio  riquísimo que al estar ubicado en el piedemonte de la cordillera oriental es parte del gran depósito de petróleo que va desde Venezuela hasta el Ecuador; y , para los colonos que desde hace un siglo han llegado tras los continuos oleajes de la violencia colombiana, es un monte para tumbar donde se puede armar una finquita para sobrevivir, y, para los más ambiciosos, el lugar ideal para instalar enormes haciendas de ganado. En efecto, es tanto lo que se ha tumbado y son tan grandes los latifundios allí establecidos que posesión de tierra y guerra desde hace décadas se confunden. Hoy en día, para los de buena voluntad, o ilusos si se quiere, es un pedazo del gran pulmón selvático amazónico en constante deterioro, proceso que de alguna manera hay que detener para evitar una metástasis del planeta.  

I.

Un kínder audiovisual en el CAQUETÁ.

He tenido la palabra Caquetá en mi boca desde hace unos diez años cuando llegué a asesorar un proyecto documental sobre la Escuela Audiovisual Infantil de Belén de los Andaquíes.  Recuerdo que para llegar a mi destino tuve que atravesar siete retenes militares entre Florencia y Belén y que en su parque principal los uniformes camuflados y las trincheras eran el decorado más sobresaliente.  Esa noche conversé por primera vez con Alirio González, el fundador de la Escuela. Arrullados por un diluvio amazónico, sentados frente a una cerveza en el restaurante de su hermana, en una esquina a escasos cincuenta metros de la sede de la escuela en la calle que sube hacia la base militar, conversábamos con la vista clavada  en la la fantasía tropical de relámpagos y truenos que, procesados en las alturas del macizo colombiano, venían a irrigar la gran planicie del Caquetá. Mientras la calle se transformaba en río caudaloso,  Alirio, con igual intensidad, exponía la razón de ser de su proyecto pedagógico y su particular metodología. A nuestro lado estaban los jóvenes cineastas de Florencia a quienes yo había venido a asesorar en la realización de un documental sobre este proceso nacido como reacción a los efectos de la guerra  -que parecían envolver cualquier visión u opinión que se pudiera hacer sobre esos territorios lejanos de los centros colombianos de poder-.

-Todos creen que porque aquí llegó la guerrilla y se tomó el pueblo durante un día  lo único que vivimos, hacemos, o pensamos, está relacionado con eso,- nos dijo Alirio-. Nadie piensa que la vida cotidiana, como en cualquier parte, tiene otras prioridades.  Terminado el asalto hay que comer, jugar, amar. disfrutar la vida es algo que es más importante que estar recordando siempre el mismo acontecimiento trágico. Y eso es lo que yo trato de hacer con los chicos. Cualquier instante es importante, y si  lo convertimos en un cuento, su vida cotidiana se puede convertirse en película y darle una dimensión superior a su existencia. Pero tienen que darse ellos cuenta,  sentirlo, y escribir la historia. Por eso el principio de la escuela es "Sin historia no hay cámara".

Bajo ese lema ya habían realizado en la sede que acababan de construir varias decenas de pequeñas narraciones audiovisuales entremezclando imagen fija y animación con una camarita de fotos, con papel y lápices de colores, con unas tijeras y mucho talento, con un computador y un programa "flash". Los niños contaban historias que iban desde lo maluco que es que a usted lo molesten en el colegio, hasta la tristeza de hacer la primera comunión con zapatos negros porque la inundación dañó los zapatos blancos comprados para la ocasión. Desde la historia del tío raspachín de coca hasta la del abuelo que casi se lo lleva la avalancha del río cuando se fue el agua en el pueblo y tuvieron que ir al río a lavar la ropa.

-Yo no sé nada de cine pero me fascina, dijo Alirio,  y como no tengo plata para ir a estudiar por allá en el extranjero, decidí hacer una escuela con los niños de mi cuadra y de una vez aprender con ellos. Estuve mucho tiempo en la radio comunitaria, he hecho música, me gusta pintar y me gusta contar historias. Con todas esas herramientas, y convencido de que entre todos podemos armar cuentos, logramos que los pelaos aprendan algo que este país no ha sido posible: que la gente trabaje junta. Si no salen cineastas o comunicadores, no importa; lo que importa es que aprendamos a construir en grupo  y que desarrollemos la sensibilidad en todos los aspectos. Ah, y cuando hacemos algo y queda bueno al director se lo celebro y le hago bastante alharaca para que a los otros les de envidia y les de ganas de hacer algo mejor. Esa es la mejor pedagogía: la pedagogía de la envidia.

Llegué al Caquetá a asesorar y en realidad salí asesorado. Esta declaración de principios de Alirio fue un ingrediente fundamental para una investigación pedagógica que desde entonces ha permeado mis intervenciones en talleres de cinematografía con jóvenes de comunidades en regiones  colombianas alejadas de los centros de poder. Tuve claro desde entonces que se trataba de una pedagogía aplicada a niños que rondaban entre los 8 y 14 años, lo que marcaba una forma de aproximarse a la realidad que privilegiaba la invención lúdica en la creación, pero  que a medida que crecían y surgía la necesidad de pasar de la animación a la imagen “real”, empezaba otra problemática, otro enfoque, otra manera de enfocar el relato, un proceder en el que la fantasía ya no era lo imperante, sino en donde se volvería fundamental  mirar, escuchar, descubrir y representar con otros parámetros las manifestaciones de la realidad. ¿Cómo hacerlo sin perder el sentido lúdico de la creación, ya fuese en la ficción o en el documental?

II.

¡TAka! ¡TAque! ¡TAL!!!
Buscando, construyendo, relatores

Guerra y ruido se confunden. ¡Pum! Explotó la bomba. ¡Bam! Cayó el cilindro. Ráfagas de metralla, tatatatá.  Pánico. Borrón. ¡ Ay! Grito descomunal. Cuerpo receptor, cuerpo agredido, cuerpo mutilado, cuerpo perdido. Llanto. Depresión. Silencio. Balazo, puñal, machete. Sangre, descuartizamiento. Vida ausente. Silencio. Eres tú el agredido o el testigo. ¿Permanecer o iniciar un camino a lo azaroso? O te quedas mudo, alelado, o  los relatos del desastre se precipitan y se concentran en el presente. Y es de lo único que se puede hablar. Y puedes quedarte girando en torno al mismo trauma, te quedas “rallado” repitiendo el acontecimiento aunque nadie te escuche. Mudez o verborrea se pueden convertir en lo mismo. El gesto de la tortura pareciera congelado. Es tan fuerte el guarapazo que se rompen los recuerdos,  se pierden las esperanzas.  No hay trazos de pasado, el futuro no hace parte de tu vida. Todo lo demás parece superficial, vano, inocuo.

¿Cuánto dura el estruendo? En ocasiones es un período lento, prolongado.  Como decía mi abuelita “No hay mal que dure cien años”. Cien años para un humano son una eternidad y cualquier fracción de la eternidad pareciera durar lo mismo que el gran período; en otras, quizás, un solo día. Basta un instante para perderlo todo. Supongamos que se repite y se repite hasta que,  al final, llega el silencio…. y con él la amnesia o, ¿por qué, no?  el tsunami de recuerdos.

 ¿Será este cuadro una imagen  detenida en el tiempo? ¿O será un simple cliché que se va conformando a medida que el inicio del relato se aleja de los acontecimientos?

El impacto de la guerra, el conflicto, la violencia,  afecta de diversas maneras.  El territorio se llena de víctimas, de victimarios y de testigos en apariencia indemnes. El gran dolor es cargado por las víctimas. Cada víctima es diferente. Cada cual vive el tiempo de su dolor de una u otra forma. Unos se quedan detenidos en el acontecimiento, el trauma, la tragedia. Otros intentan salir, caminan o corren, pero el dolor los acompaña.  Para salir es necesario contar, comunicar, compartir, confesar, desahogar. Y es necesario tener un receptor, un escucha, no simplemente alguien que ha compartido el dolor, sino el otro, el que no se enteró, el indiferente y en una situación ideal, el mismo victimario.  Es imperante quitarle presión a esa energía concentrada en el cuerpo herido que es el mismo espíritu.  El relato debe, tiene que llegar, y debe ser  colectivo y particular.  Cada comunidad, aparte del ejercicio de memoria para sanar sus recuerdos, necesita de relatores colectivos. La suma de relatos arma la estructura histórica de una comunidad. El dolor debe compensarse con otras visiones. El relato histórico encerrado en sí mismo se hace envolvente. A  veces, incluso, cuesta decirlo, pareciera instalarse como una forma de vida y genera un extraño acomodamiento,  como una razón de ser, un particular e inquietante orgullo en el dolor.

El relato necesita integrar el futuro. Ya  sea visto como esa sucesión de presentes que se van produciendo en el tiempo a medida que la fecha fatídica se aleja, así como ese tiempo impreciso que está más allá, que se moldea con esperanzas y preguntas; debe recuperar primordialmente el relato del pasado,  lo anterior al acontecimiento traumático, ese fondo que pareciera fijo, pero que en realidad se reconstruye continuamente con las nuevas experiencias.

En el Caquetá, en Colombia,  en este momento es importante recuperar el derecho a todos los relatos. Ese es el gran regalo y el gran reto de la paz. Quienes vivieron el impacto del golpe deben unir los relatos. El relato del dolor es un fragmento del gran relato. Los que no fueron enceguecidos por el estruendo colaboran para que quienes se nublaron vean la importancia de las pequeñas aventuras cotidianas. La cuestión radica  en si hay o no la voluntad de contar. Muchas veces no la hay. Se atascan los recuerdos.  Urge entonces intervenir ¿Cómo acelerar procesos para que se instale en una comunidad la voluntad de contar? Y ahí es donde es importante la implementación de talleres, de procesos que ayuden a construir la necesidad y la cotidianidad del contar. En la comunidad deben encontrarse aquellos que pueden ser intermediarios, receptores y potenciadores de esos relatos. En los jóvenes está la materia prima. Son ellos quienes tienen el oído fresco y la actitud para manejar las herramientas de las nuevas escrituras.

He visto crecer a los chicos que se formaron en la escuela de Belén, al tiempo que he visto al país cesar en sus ímpetus guerreras.  He pensando desde entonces  en las palabras de Alirio y en su decisión de mantener a los niños alejados del relato de la guerra.  Al verlos crecer me pregunto ¿y no será que ahora, siendo jóvenes,  es el momento de que integren la totalidad de los relatos? ¿Qué no tengan restricción temática? ¿Qué asuman el peso de la historia que les ha tocado vivir?  ¿No será importante mantener  también viva la memoria de esos momentos traumáticos de la historia de una vereda o de un pueblo? Recordé las palabras de Francois Miterrand cuando fue elegido presidente de Francia en 1981.

Llenemos el pensum de los colegios con historia. Es necesario mantener viva
la memoria de la segunda guerra mundial, del holocausto, mostrarle a nuestros niños la desgracia de los campos de concentración para que nunca  vayan a repetir la desgracia.”


III

DO-Q-MENTAL.
El lenguaje de lo real y la tecnología.

“Nosotros nos unimos a la construcción de la memoria lanzando cables  para colgar recuerdos, empatamos imágenes y palabras como tablones de una tarima que aprendará a mecerse al ritmo que le impongan las urgencias.,,” (Taller de la memoria).

El documental, o cine de lo real, es una forma de expresión que ayuda a construir el abanico de narrativas de la vida.  Para realizar documentales se necesita una introducción en el género,  sus posibilidades, su historia y, por supuesto un conocimiento de las herramientas tecnológicas  necesarias para producirlos, editarlos, distribuirlos. Es necesario adquirir un conocimiento en la manipulación de  estas herramientas, unas directivas conceptuales para acelerar los procesos de formación en el amplio espectro que ocupa la cinematografía de lo real, así como un conocimiento de la historia de la amplia producción realizada en todo el mundo y, por supuesto, una disciplina y un apasionamiento con el oficio.

En las últimas décadas hemos sido testigos del más vertiginoso avance tecnológico. El audiovisual se ha vuelto cotidiano. Aquella herramienta  costosa, casi imposible, que era la cámara se volvió accesible. Cada quien en la capital o en cualquier rincón del Caquetá tiene un teléfono celular con el que puede filmar. Los computadores conectados al internet y las redes sociales son parte del mobiliario de cualquier biblioteca pública, colegio, y de cada día más hogares. Las imágenes filmadas pueden ser almacenadas, editadas y enviadas a circular por redes que llegan a todo el mundo. Pero también se han diversificado las plataformas de almacenamiento y consulta de la inmensa producción audiovisual  internacional. El Caquetá, y todas esas regiones que durante siglos se han considerado periféricas, alejadas de los centros del poder, se integra al mundo.  La periferia se hace corazón, bombeo del gran cuerpo terrestre,  si logra  generar contenidos, relatos, memoria.

En junio de este año (2017), unos meses después de la firma del tratado de paz entre el gobierno colombiano y las Farc,  regresé al Caquetá.  Gracias a algunos fondos para proyectos en territorios de conflicto,  por fin  tuvimos  la oportunidad de realizar un taller de no ficción, de documental, de cine sobre lo real.  El proyecto tiene un nombre seductor:  El Taller de la Memoria.  Los municipios seleccionados fueron son  San Vicente del Caguán, -el antiguo referente de la zona de despeje que es ahora el emporio ganadero de Colombia como lo señala una pancarta en la carretera - y  Florencia, la capital del departamento, que también se considera la capital del mestizaje, y es una de las mayores receptoras de población desplazada por el conflicto.

Fue la oportunidad de poner en orden las ideas y experimentar una metodología de trabajo en la que las consideraciones de Alirio, los experimentos realizados en conjunto con los chicos de la EAI en procesos de formación mixto en animación y ficción tanto en Belén como en El Salado -una población en la región norte de Colombia que se ha convertido en símbolo del desbordamiento al que llegó el conflicto colombiano por la acción violenta de los paramilitares-; fue la ocasión para  decantar y amalgamar con las experiencias mencionadas lo aprendido durante 18 años de participación como tallerista a lo largo y ancho de Colombia con un proceso de formación en cinematografía de ficción en las regiones llamado INI -Imaginando Nuestra Imagen-, donde buscábamos que de manera libre, creativa, los jóvenes de las regiones contaran sus historias tratando de encontrar la particularidad de su territorio,  su imaginario, la gestual de sus gentes, la problemática y las esperanzas locales.

 La selección de los participantes se hizo por convocatoria pública. El criterio de selección fue un simple pero muy delatador ejercicio audiovisual:  se solicitó  a cada candidato al taller que seleccionara  una foto del álbum de familia que tuviera para él un significado profundo, que  la grabara con su teléfono celular e hiciera un escrito inspirado en esa foto. La sensibilidad y capacidad de reflexión hacia lo visual quedaban expuestas de inmediato y sin ningún artificio. Una vez integrado al grupo se le exigía  que abriera un blog  para que subiera su pequeña realización y así  estableciera desde el primer día  una función de comunicador con el mundo circundante; que tuviese y fuera dándole su sello, su estilo a  su propio canal de distribución a medida que fueran multiplicándose sus realizaciones; que fuese asumiéndose como un generador de contenidos.

Partiendo del hecho de hacer consciente la importancia que tiene el archivo más cercano, más natural e  íntimo con  el que se cuenta, fuimos desarrollando una metodología de aproximación a la imagen en movimiento con ejercicios que partían  de la exploración de personajes y espacios cotidianos con el propósito de modificarles su lectura hasta convertirlos en un gran set, en el gran banco de información donde se gestan las historias de la existencia.  Haciéndole honor a su nombre, Taller de la Memoria, tratamos de que los ejercicios se concentraran en la primera etapa en restablecer el hilo de una historia fraccionada, interrumpida, contenida durante los largos años del conflicto.  Privilegiamos la comunicación  entre generaciones, buscamos tender lazos de respeto e interacción  entre jóvenes y viejos. Propiciar que el nieto escuche, conozca, analice, comprenda y comunique  la trayectoria del abuelo o la abuela,  que conozca la dimensión del papel social que desempeñaron  esos actores  de la vida durante décadas de búsqueda de la supervivencia cotidiana mientras el conflicto se apoderaba y trastocaba el país.

Este taller construye un relator  en el seno de la propia familia, del barrio, del pueblo,  buscando acentuar el tono,  el sello, de la intimidad. Hace evidente la diferencia  entre el relato construido con  la distancia que conlleva la escritura de un periodista profesional, o incluso el de un documentalista que viene de lejos, al de la crónica gestada  en el seno mismo del clan familiar.  Durante el proceso, el joven  a quien denominamos Cinético (practicante del cine de la ética, documentalista) se hace consciente del conocimiento que ha adquirido pasivamente durante años de convivencia con los personajes de su entorno, del valor de contenido en las vivencias y temáticas que conformarán su película. Durante el proceso de aprendizaje, a medida que la escritura progresa y el manejo de las imágenes se hace cotidiano, va moldeando sutilmente la distancia necesaria para comprender el peso histórico  de su relato.  

IV.

¡QUÉ TAL LOS DO Q MENTALES DEL K QUÉ TÁ!

Para ilustrar el proceso, los personajes y temáticas diversas abordadas en el Taller de la Memoria, reproduzco extractos  de un diario que he escrito con respecto a vivencias de algunas de las películas realizadas en San Vicente del Caguán y Florencia. Si los desean ver con fotos, recomiendo visitar mi blog,    diegogarciamoreno.blogspot.com  .

“El caldo parao”.
Realización  de Willington Hoyos y Stefanny Bríñez

La abuela se devolvió para Neiva después de toda una vida en San Vicente del Caguán vendiendo “Caldo Parao”.  Cuando llegó con sus hermanas  huyendo de la violencia del Tolima, ella fue la primera en poner un puesto callejero para vender sopita en las noches. Su marido no estaba de acuerdo conque ella trabajara, pero con qué derecho protestaba si él no conseguía más que lo suficiente para emborracharse y poner problema. La mujer se emberracó, consiguió una carreta, compró ollas y víveres en la galería  y puso su puesto ambulante de comida. Con el tiempo, el negocio se creció y las bandejas se llenaron de tamales, morcilla, pollo cocido y carne asada.  Otras señoras siguieron su ejemplo y los ventorrillos se multiplicaron así como los amores y las rencillas entre el gremio recién fundado. Cuentan que una vez explotó una bomba en el pueblo y todo el mundo salió despavorido. La abuela de repente se encontró abrazada, muerta del pánico con otra vendedora. No se había dado cuenta que era su peor enemiga. Pasado el susto se murieron de la risa.
Con el tiempo la plata alcanzó para construir  pacientemente cuatro casitas en  un rincón de la loma a un par de cuadras detrás de la iglesia. Hoy, el callejón imperceptible parece un pueblito abandonado. Los únicos habitantes de lo que fuera el barrio familiar son Willi, el nieto que levanta su rancho en un lote vecino a la casita naranja donde vivió la abuela, Estefanny  su compañera, mamá de su bebé Juan, y su hermanito Kalep.  Como Bienestar Familiar cerró el jardín infantil que había en el barrio y los maestros de la educación pública están en huelga,  los cuatro llegan puntuales a la biblioteca donde hacemos las clases del Taller de la Memoria.
 Mientras el niñito corretea bajo las mesas, y el bebé juega con un celular que pereciera hecho a golpe de guarapazos y mordiscos, o  se amamanta o sueña o llora,  Willy y Estefanny  se quiebran la cabeza tratando de encontrar la estructura adecuada para hacer el retrato documental de la abuela  con las huellas que  dejó entre los comensales que la visitaban y  los familiares que heredaron el ventorrillo; se preguntan a dónde irán a parar los puestos del caldo parao que, por el momento, el alcalde permite funcionar en el parque principal en medio del estruendo de merengues y reggaetones que lo invaden cada noche.


 “De las llamas a las brasas”.
 Realización de José Santa, Andrea Pineda, Jeferson Fabián Plaza, Benjamín Martínez.

Antes de que salga el sol, María está caminando.  Cuando camina  parece empujar el aire, los recuerdos,  las moscas, lo que estorbe. Primero la calma y el bulto de comida del mercado para calmar el hambre de sus nietos. Los hijos no están. Están regados en los cementerios que adornan el paisaje de sus largas caminatas. Ochenta años de aquí para allá. De allá para acá. Cambie de lugar porque el papá es violento y violador, de allá para acá porque el primer marido es borracho y ataca, como el segundo, como todos. Como la guerrilla que la sacó del norte, como los paras que la sacaron del sur, como el ejército que la sacó de donde llegó, de donde esté.  Florencia es ahora una ruta diaria, de la casa a la plaza, de la plaza a  la cita médica, del médico a la oficina de víctimas, que lleve otro papel, que declare, que demuestre. Camine que, caminando, a lo mejor, cualquier mañana le llegará  alguna paga que indemnice sus recuerdos. La voz de María no acusa ni delata, son sus pasos los que cuentan el relato. La vida de María es así. Por eso camina con el bulto al hombro entre la plaza de mercado y la cocina, con la escoba sacando el polvo entre la salita y los cuartos, con la convicción de que esos muchachos, si dios quiere,   saldrán adelante.

“El Caucho”
Realización de  Gabriel Osiris Muñoz, Fabio Sepúlveda, Jeferson Martínez.

- Lo puse Osiris y a su hermanita Isis. Esos son nombres egipcios. A mí me gusta mucho eso de las culturas antiguas,- dijo el viejo.
Osiris sonrió, y los brackets metálicos de sus dientes  brillaron con el reflejo de la luz de los leds  que iluminaban tenuemente el comedor de la finca. Esta gente está actualizada, pensé: están equipados con pantallas de energía solar que durante el día alimentan una batería.  El joven cultivador de caucho me miró como preguntándome ¿cómo le parece mi papá, profe? ¿Será que sí sirve para personaje del documental?

-¿Que si sirve?- En media hora, en un monólogo lento y lucido,  mientras Osiris con sus compañeros de curso, Fabio y Jefferson, alistaban tres linternas y una escopeta y se preparaban para salir a cazar una babilla en la cañada, invisible en esa noche sin luna, don Esteban me había contado la escapada de la casa de su familia en El Socorro, Santander,  a los ocho años; sus primeras aventuras como mano de obra infantil, su vida de músico al regresar a su casa a los doce, su servicio militar por  todos los rincones de Antioquia desde  Medellín hasta Urabá pasando por Urrao; de sus andanzas como parrandero, tomatrago y trabajador de lo que fuera entre plantaciones de tabaco y fincas ganaderas por toda Colombia antes de emigrar a Venezuela donde conoció a su mujer, la mamá de mi alumno, que hace ya treinta y pico de años se trajo para el Caguán; me había hablado de la Biblia, la coca, los raspachines y el enriquecimiento ilícito, de  la guerrilla y, ante todo, de gerontología, su nueva obsesión.  Las referencias al cuerpo y a la presión sanguínea, el desprecio a las farmacéuticas multinacionales  la alimentación sana y las transformaciones de la energía  son y serán su obsesión ahora que es consciente de su desgaste y no está dispuesto a convertirse en carga para su familia. Cuando me fui a dormir los muchachos no habían regresado de la cañada.

Al día siguiente, al abrir los vi ninguna babilla. Vi una casa amplia construida con grandes tablones, rodeada de árboles frutales y plantas tropicales, envuelta en un revoloteo de pájaros y gallinas y pavas y conejos. Mientras la mamá nos preparaba el desayuno en un horno de carbón, Fabio grababa los quehaceres del viejo y de su hijo. En el cortometraje documental que haremos, con énfasis en el retrato de un viejo,   Osiris quiere hablar de la plantación de caucho que su papá sembró pensando en el futuro de su hijo.

¿Habrá un material más maleable que su padre?

“A volar que ya emplumó.”
Realización de  Diana Mendoza, Yuli Correa, Brayan Yara, Johan Sudor

Cuando la nostalgia ataca,  la abuelita de Yuli agarra su celular con la mano que  no tiene argolla, busca su canción y un rinconcito, y la canta en dúo, muy pasito, como si fuera un silbido. Hace muy poco tiempo que Yuli se enteró de la verdad. Cuando estaba muy joven, la abuela se enamoró perdidamente de un buen muchacho que le decía palabras dulces al oído, pero su papá la hizo casar a la fuerza con el chofer de la chiva del pueblo, un señor que ella no amaba y que ni siquiera tenía el dinero para comprarle la argolla de matrimonio. El cura que ofició el casorio lo excusó porque el prometido encontró unos padrinos oficialmente casados que se la prestaron para la ceremonia, con la promesa de que el día que tuviera el dinero se la compraría.

Cuando la abuela reza, y es a diario, ella ruega por el descanso eterno de su madre,  sus familiares y amigos y,  vaya a saberse si es por costumbre, remordimiento o decencia, por el alma de su difunto esposo quien después de haberla llenado de muchachitos una noche murió en un tropel de esos que acostumbran armarse entre borrachos. Terminado el ritual, la vela que alumbra el altar en la salita permanece encendida mientras ella vuelve al pasado, rememora las palabras dulces que aquel joven tan lindo y tierno le murmuraba al oído y repite entonada, suavecito, las palabras de la canción que le dejó grabada en su piel como una argolla invisible.

 Ojitos negros encantadores quien los tuviera a un lado de mi,
me pesa mucho, bien de mi vida, vivir ausente lejos de ti.
Me encuentro lejos vivo pensando solo en la ausencia de esa mujer...

La intimidad que logra este proyecto dirigido con toda la sutilidad femenina por Yuli y Diana es un logro del taller.  En su empeño por mostrar las costumbres ancestrales que han reprimido la libertad individual y las actitudes liberadoras que actualmente se manifiestan en la juventud ellas han sido capaces de entrar en el espacio sagrado de los secretos familiares sin herir la  intimidad de un ser querido.

La mayor dificultad en este relato fue la construcción del espacio. Ante la impactante intimidad entre la abuela y la nieta que buscaba enterarse de los secretos  de la abuela, el entorno fue menospreciado en el primer montaje. Se requirió de un cambio estructural para lograr darle la dimensión al personaje, más allá de sus secretos, de presentarla en pequeñas escenas cotidianas que dieran cuenta de su presente, de su convivencia con otros miembros de su familia. Y, por otra parte, integró un elemento al relato, que a mí me parece muy revelador, fue el distanciamiento de la película, al poner en duda la ética de los documentalistas quienes van y filman y nunca vuelven, en una escena en que la abuela y la nieta conversan en la cocina. Queda en claro que la abuela tiene presente lo que significa confesar ante una cámara y que es consciente del peso que tienen sus testimonios íntimos para su propia memoria, la familia y la de otros, léase otras, que podrán identificarse con su historia.

“Carmen”
Realización de Yohan Bríñez y Charick.

A sus ochenta y pico Carmen baila a las siete de la mañana dos veces por semana.  Se levanta muy temprano, se baña, se maquilla y viste el uniforme de sudadera; prepara el desayuno y lo empaca en una cajita plástica; se pone el casco para montarse de parrillera en una moto-taxi y se va para la casa del adulto mayor a media cuadra de la policía. Desayuna acompañada de sus parceros y, en patota, con otros cuarenta adultos mayores, se va a bailar en el salón de la casa de cultura detrás del garaje donde parquean las volquetas y las grúas de la alcaldía. 

-¡Que no es a bailar! Dios no permite eso. ¡Es a hacer ejercicio!-, me dijo un anciana en su uniforme deportivo azul y blanco el día que David , Catherine  y yo llegamos a dictar clase en la biblioteca aledaña.

Johan es el encargado de la biblioteca, anima fiestas  infantiles vestido de payaso, estudia administración pública, entrevista los viejos del pueblo y les toma fotos  para hacer un libro  con sus memorias. Cuando supo que dictaríamos un taller de cine documental decidió inscribirse pensando que ese oficio también podría servirle.
-Acabo de ver un banquete de historias para el taller,-  le dije haciendo referencia a esa imagen de cuchos agitados y sonrientes haciendo aeróbicos frente a un gran espejo en la sala de danza. Johan pareció iluminarse. Conectó cables en su cabeza, hizo un barrido entre las vidas que le habían contado  cuando tomó las fotos y dijo: “¡Pues claro, doña Carmen es la propia para mi película!”.
-¿Si ves?  Ya tienes avanzada la investigación, cuadra con ella.

Después de su sesión de  artesanías, Carmen regresa a su soledad. Cuando la actividad cesa es cuando atacan los recuerdos, ella lo sabe y por eso está llena de propósitos… y algunas dudas. “El ejercicio me da energía y hasta me quita el dolor de las rodillas… pero ¿Si servirá para algo ponerse a estudiar a esta edad?”.

Camina hasta el borde del río y mira pasar las aguas.  Johan sostiene fijamente la cámara mientras, con voz suave,  la empuja a liberar ese caudal de recuerdos.
Sobre la corriente del Caguán  bogan las memorias del pasado en el Tolima. Su papá conservador y su hermano policía; la palabra chusma y la guerra con los liberales; la bala que mató a su hermano y esa tristeza dura, pesada, que le enseñó a Carmen que  esta vida es mejor tomarla suavecito.

“Sepúlveda,  El  constructor de todo…”
Realización de Soley León, Jeferson Martínez, Eduard Bedoya.

Alto, flaco, forzudo, se ve que fue una viga. En sus brazos musculosos,  envueltos en una piel arrugada, se dibuja un enorme mapa de venas. El relieve de sus manos es como una radiografía de la sabiduría de un empedernido  constructor. Cada obra que hizo en el pueblo aumentó el caudal de sangre que las recorre. El puente colgante, la iglesia, el aeropuerto, el monumento al hacha en el parque -que parece la réplica de esa que vio en Armenia donde vivió su juventud-, la escultura de la pareja de campesinos a la entrada del pueblo, las canales para el agua entre  las aceras y las calles, todo en San Vicente del Caguá tienen la firma de Sepúlveda.

-Eh, ave maría, no me maté de milagro haciendo el campanario de la iglesia.

Como buen paisa nacido Medellín, Sepúlveda adora los tangos  y todavía  le quedan restos de ese vozarrón melodioso que acompañaba a Gardel, Magaldi o Juan Arvizu, cuando tocaba guitarra o ponía los discos que guarda en una caja de cartón en el piso de su cuarto. El problema es que ahora no tiene a quien cantarle. Sus hijos no vienen a visitarlo en esa casa amplia llena de herramientas, en el límite del barrio la victoria a diez minutos en moto-taxi del parque de San Vicente.

Alto, flaco, pero sin la musculatura de su abuelo, Fabio aceptó visitarlo cuando Jefferson y Solei propusieron que fuera su personaje en el documental del Taller de La Memoria. Cuando el nieto le pregunta si todavía toca la guitarra, él le contesta que sí, pero que se le dañó el puente y , claro, tiene que arreglarla. Piensa un par de segundos y mira la parte de atrás al interior de su de su casa.

-Mire mijo esas bellezas de columnas redondas que hice; y allá arriba voy a hacer un mirador muy hermoso… claro que primero tengo que terminar de encementar el piso y revocar el baño. Ahí vamos, hombre, siempre hay mucha cosa para hacer...
.Qué bueno sería que pudiera hacer el parque en esa arboleda que hay entre su casa y la cañada, Vieras  vos la dicha cuando las señoras llegan por la tarde y se sientan en ese banquito que hice y se ponen a conversar de todo. Y si la alcaldía pone la plata, yo les hago una acera que vaya derechita por ahí, hasta la carretera-.

Hacer y hacer y hacer fue lo que Sepúlveda hizo en la vida y lo que quiere hacer hasta que se muera. Mira a su sobrino y a los pelados resolviendo dónde hay que poner la cámara y  suspira.

-Hombre es que es muy reconfortante por fin alguien reconozca que serví pa algo en este pueblo.

***

EPÍLOGO

“El Taller de la Memoria  es un proceso de formación audiovisual para jóvenes que  aborda la memoria personal y colectiva, de manera elemental, sintética y práctica, por medio de las herramientas más accesibles de producción y exhibición contemporáneas.  Partiendo de una exploración del yo, sus recuerdos  y su entorno, el taller es un facilitador de la concepción, producción y exhibición  de piezas documentales  que, desde el primer día de labores, alimentan la comunicación no solo con su comunidad sino con un mundo cada vez más cercano a través de redes de comunicación. Esta metodología prepara a los participantes para que, a corto plazo, se conviertan en CINÉTICOS*, es decir, en generadores cotidianos de creatividad y reflexión a través del cine. Y, a mediano y largo plazo, con un trabajo metodológico de la sensibilidad y el intelecto, para que  conformen grupos que profundicen en los relatos regionales y se conviertan en constructores de piezas que enriquezcan  la memoria histórica del país.  Que contribuyan a la creación de un espacio de diálogo  necesario para la construcción de una sociedad más  justa y pacífica.

* CINÉTICO: suma de cine y ética. Componente esencial del documentalismo. “


©   Diego García Moreno -2017

He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.