jueves, 28 de febrero de 2013

AL FINAL



AL FINAL

Todos los días mi papá comía huevos revueltos al desayuno.  Eso de ponerse ruana, solo fue al final. Él era más bien un viejo de suéter de Medellín. El bastón tampoco fue su herramienta cotidiana. No recuerdo haberlo visto  nunca caminar apoyado  en una vara de madera, a pesar de la cojera  que le dejó el polio de su infancia. Cuando íbamos a misa, colocaba firmemente su mano en mi nuca o en la de cualquiera de mis hermanos. Quién sabe quién, al final, le regaló ese bastón. El gesto de su boca devela que al final se había quedado mueco. Extraño, en mis recuerdos tampoco lo veo desdentado ni colocando en un vasito una caja de dientes antes de dormir. Pero, lo más insólito, al final, es la  correa roja del reloj que, seguramente, le colocó una nieta cuando descubrió que un abuelito es un muñeco exquisito que camina, se viste, come, y que nunca se niega cuando lo invitan a jugar.

Diego García Moreno
febrero 28 de 2013

sábado, 23 de febrero de 2013

CIBER - DEPENDENCIA


Mi hijo no enciende la tele.  Le fastidia. En cambio, se la pasa escarbando en las redes de su portátil. Yo no he podido cortar con la"pantalla chica", a pesar de que cada que la enciendo la insulto. Ahora me pasa que veo televisión mientras tengo encendido también el compu.  Soy espectador de noticias trágicas del mundo y de caprichos personales que envían los ciudadanos "del común." La curiosidad me ha llevado a las redes sociales y , según mi esposa, me he vuelto un "vicioso" de facebook.  He intentado twitear, pero no soy bueno para trinar frases famosas y limitar mis  opiniones o deseos verbales a 140 caracteres. Me gusta más ese espacio confesional, íntimo, que la gente construye en el "care libro". Coincide este nuevo hábito con la costumbre de tomar fotos a toda hora, en cualquier parte. Las descargo en el macbook y me pregunto qué historia insinúan o esconden. Siento lástima de abandonarlas en los archivos digitales  y  empiezo a  jugar con ellas.  




Cuando subo alguna , empieza el  rebote de  comentarios de  "amigos"  o la cascadita "me gusta" .  Siento la presencia de un público y me excito. Últimamente decidí agregarles un cuento.  Son  crónicas pequeñas que cumplen el mismo papel que los bocetos de artista. Han aumentado los fanes.  Estoy haciendo arte, le digo a Sally,   pero ella no me cree. Estoy fabricando mi canal de noticias, insisto, pero tampoco  me cree.  Ya me lo reconocerás, querida. A pesar de que ningún  pasquín publicaría mis editoriales cotidianos, en este mundo cibernético ellos van abriéndose su camino, van definiendo su ventana, su público.  Lo que "me gusta" es que me entretengo y siento que ellos se entretienen colocando "me gusta". 

viernes, 22 de febrero de 2013

LA SONRISA LIBERAL



Mi padre que era tan liberal no podía entender cómo sus hijos no iban a misa. Para no arrastrar semejante culpa, todos los días asistía a una ceremonia religiosa en nombre de cada uno de sus ateos. El día de sus funerales todos estuvimos frente a su ataúd escuchando la homilía de un cura hindú que alababa la generosidad de Gustavo y su espíritu musical. Hoy me encontré esta foto y me dio la sensación de que esa sonrisita es la misma que tuvo el día de su despedida al vernos a todos reunidos en el espacio que tanta pereza nos daba visitar. 

LA JAQUECA


Tenía siete años cuando me atacaron por primera vez los brillos. Son los mismos cristales fosforescentes que bailan en primer plano. Se desplazan, se modifican, inventan mosaicos de colores y me impiden ver. Eran las siete de la noche. No distinguía en mi plato las papas ni el arroz, el cuadro del sagrado corazón eran unos parches de luz sangrienta, mi madre una presencia descompuesta. Comencé a llorar. Me estoy quedando ciego, dije. Calma, calma, me pedía ella, mientras acariciaba mi frente. Veinte minutos después habían desaparecido los brillos, pero el dolor de cabeza era insoportable. Me maltrataba el resplandor de las bombillas, los reflejos, la iluminación. Cualquier ruido se convertía en un estruendo. Cualquier grito de un juego de niños se volvía algarabía, herida, punzón.  Parecía que sobre mi cráneo un angelito barroco, semidesnudo, se había acomodado para golpear la sien.  Con un martillo golpeaba y golpeaba marcando el bombeo del corazón. Sigue siendo igual. Por fortuna no estaba solo.  Luis Fernando, mi hermano, me consoló: "A mí me da algo parecido" y dijo la palabra. Escuché por primera vez la incómoda palabra. La afección duró dos o tres días, como ahora. Me dieron aspirinas y agüitas de hierbas. Desde entonces me acompaña el temor de ser atacado de nuevo por esa palabra que conjuga la ceguera y el dolor, me aterra tener que tropezarme con ese vocablo que asocio con un estruendo, con un derrumbe, con una quebrazón de vasos en la poceta: jaqueca.
febrero 20 de 2013
Bogotá.

vicio-bernético

Mi hijo no enciende la tele.  Le fastidia. En cambio, se la pasa escarbando en las redes de su portátil. Yo no he podido cortar con la "pantalla chica", a pesar de que cada que la enciendo la insulto. Ahora me pasa que veo televisión mientras tengo encendido también el compu.  Soy espectador de noticias trágicas del mundo y de caprichos personales que envían los ciudadanos "del común." La curiosidad me ha llevado a las redes sociales y , según mi esposa, me he vuelto un "vicioso" de facebook.  He intentado twitear, pero no soy bueno para trinar frases famosas y limitar mis  opiniones o deseos verbales a 140 caracteres. Me gusta más ese espacio confesional, íntimo, que la gente construye en el "carelibro". Coincide este nuevo hábito con la costumbre de tomar fotos a toda hora, en cualquier parte. Las descargo en el macbook y me pregunto qué historia insinúan o esconden. Siento lástima de abandonarlas en los archivos digitales  y  empiezo a  jugar con ellas.  
Cuando subo alguna , empieza el  rebote de  comentarios de  "amigos"  o la cascadita "me gusta" .  Siento la presencia de un público y me excito. Últimamente decidí agregarles un cuento.  Son  crónicas pequeñas que cumplen el mismo papel que los bocetos de artista. Han aumentado los fanes.  Estoy haciendo arte, le digo a Sally,   pero ella no me cree. Estoy fabricando mi canal de noticias, insisto, pero tampoco  me cree.  Ya me lo reconocerás, querida. A pesar de que ningún  pasquín publicaría mis editoriales cotidianos, en este mundo cibernético ellos van abriéndose su camino, van definiendo su ventana, su público.  Lo que "me gusta" es que me entretengo y siento que ellos se entretienen colocando "me gusta"

miércoles, 13 de febrero de 2013

LA ESTÉTICA COLPATRIA-SCOTIABANK




¿Querían ver? Vean: LA ESTÉTICA COLPATRIA-SCOTIABANK. Repito lo que dije:"Guacamayas y poporos, sombreros vueltiaos y marimondas, tucanes y salseros, se nos vino encima la estética populista y demagoga del scotiabank.                                    








Los capitales canadienses que seguramente traen la platica de la minería se compraron Colpatria y se convirtieron en el faro de la ciudad.

 El falo de la más ramplona plástica con la que pretenden seducirnos a todos. Por todos los dioses, ¿qué es este tormento visual que nos pusieron encima? La más alta torre del país, hasta el momento, bombardea la ciudad con esas gráficas ramplonas con las que los señores banqueros pretenden alabar nuestros símbolos patrios y seducir con sus espejitos a los primitivos habitantes.

domingo, 10 de febrero de 2013

El cuerpo de la luz




Exterior día. Amanecer. El día sin carros.

El cuerpo de la luz no cesa de buscar su forma. Le gusta convertirse en manto etéreo en las mañanas húmedas y acariciar por instantes las materias caprichosas. Luego se esconde para hacernos creer que es un simple misterio repetitivo y cotidiano que hace visible los caminos y las cosas. A veces se hincha, pesa y azota. Otras, se hace rogar y cumple a la cita cuando se agotan los minutos, cuando sus adoradores deprimidos desfallecen. Casi siempre lo ignoramos. Poco le importa: sabe que su destino es engañar e iluminar, hacer creer que llega por primera vez y propiciar suspiros. Últimamente se ha vuelto veleidoso. Debe ser porque hemos inventado artefactos cuya única misión es constatar la multiplicidad de sus proezas.
Bogotá, febrero 8 de 2013 — en el  Parque de La Independencia.

jueves, 7 de febrero de 2013

El Bigote y Panamá


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No recuerdo cuándo me dejé crecer el primer bigote. Hay una pista en la bitácora de vuelo del año 76: cuando volaba DC-3, presenté a la Aerocivil la libreta con una foto en blanco y negro para que lo sellaran: era una sombrita con cuatro pelos.  Cuando chiquito, viendo la foto de mi bisabuelo Tulio llegué a creer que heredaría esa melena domada sobre la boca; pero no, más bien heredé el cutis medio lampiño de mi abuelo José y algo de su calvicie.
Esta mañana, mientras esperaba que una paloma se posara en la cabeza de una estatua en el Parque de la Independencia, volví a a pensar en el bigote. Ese señor parece con cuernos sobre la boca, pensé. Acaricié mi bigotito y me dieron ganas de afeitarme. Mi bisabuelo fue contemporáneo del héroe de mármol. Era la moda: todos se dejaban crecer el bigote:  Reyes, Marroquí, Núñez, Caro, ese tal Joaquín F. Uribe a  quien encontré treinta metros más arriba en el mismo parque con una paloma en la cabeza. Se confunden los rostros de todos esos varones de fines del XIX y principios del veinte.  
El hombre del bigote se llama Carlos Martínez Silva, un santandereano de San Gil, el más importante representante de su estirpe: también godo, también  embajador en Washington, la mano derecha de José Manuel Marroquí. Esta joyita fue protagonista en la negociación con los gringos que condujo a la separación de Panamá. Uy, me acordé del gato de bronce de Botero: un gato gordo que tiene un enorme bigote que acostumbran robárselo los iconoclastas o  los vándalos.
¿Será que habrá un varón de melena contemporánea, un rasta, un travesti, una nena, una mujer, un indigente,  alguien que le arranque el bigote a este individuo y se vuele en una buseta,  en un  transmilenio, o en un DC-3... y así su efigie nos devele ese aspecto de cordero escaldado con el que queda un país cuando le amputan una apéndice?

Bogotá, enero 28 de 2013
Diego garcía moreno 

La sonrisita de mi padre



Mi padre que era tan liberal no podía entender cómo sus hijos no iban a misa. Para no arrastrar semejante culpa, todos los días asistía a una ceremonia religiosa en nombre de cada uno de sus ateos. El día de sus funerales todos estuvimos frente a su ataúd escuchando la homilía de un cura hindú que alababa la generosidad de Gustavo y su espíritu musical. Hoy me encontré esta foto y me dio la sensación de que esa sonrisita es la misma que tuvo el día de su despedida al vernos a todos reunidos en el espacio que tanta pereza nos daba visitar. 
He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.