martes, 13 de octubre de 2009

Grabando a Beatriz González

Estoy a punto de terminar la edición de mi documental "Beatriz González ¿por qué llora si ya reí?" Hace cuatro meses, iniciando la labor escribí esta crónica-reflexión-artículo...? que acaba de ser publicado en la Revista Número.

GRABANDO A BEATRIZ GONZALEZ.
Por Diego Gacía Moreno

1. Auras Anónimas
Llueve. Truena. Relampaguea y truena. El mediodía se ha vuelto penumbras repentinas. Los obreros fueron a almorzar y la tempestad retarda su regreso. El viento tropieza con las tumbas y empuja mi cámara. Las hojas de los urapanes, enardecidas por azotes invisibles, ahogan los rugidos de los motores de una ciudad por costumbre histérica a la luz del día. Algunas serigrafías se desprenden y caen al piso del largo damero blanco y negro de granito resquebrajado por el tiempo y los dolientes, que quizás ya ni asoman su cabeza a través de las rejas de hierro de la avenida El Dorado.

-No se preocupe, están plastificadas- me dijo Zapata, el jefe de cuadrilla cuando vio que se venía el aguacero.

Me escampo en el corredor al lado de la galería de las fosas cuya perspectiva profunda delimitada por las columnas blanqueadas con cal se confunde con un túnel que genera su propia luz, plana, difusa. A esta hora no imagina uno que las auras de los muertos, en apariencia ausentes, vendrían a confirmar su presencia. En el techo de guadua machacada se dibujan parches húmedos. Me estremezco al presentir voces que parecieran protestar por razones aún intraducibles. Enfoco rebotes de goteras cayendo de los tejados sobre el asfalto de las callejuelas que separan las largas construcciones sostenidas por decenas de capiteles que se prolongan de sur a norte, recorro con “paneos” las bocas abiertas de la colmena mortuoria. ¿Dónde estará Beatriz González? ¿Habrá imaginado que desde el principio su intervención incorporaría las tormentas? No es el cementerio ni la muerte, es la normal climatología bogotana, me repito. Y sigo filmando. Pero vuelve a sonar un trueno, y al mirar la nube negra, el cúmulo enardecido, olvido cualquier explicación de apariencia natural pronunciada con actitud científica.

¿Será que Beatriz tiene razón? La muerte en Colombia está por fuera de las tumbas, repite en cada entrevista. Sus auras anónimas deambulan en pena y sólo estarán en paz cuando las devolvamos a su lecho eterno. ¿Habrán decidido mostrar su fuerza en torno a estos columbarios del Cementerio Central que ella recubre con ocho variables de sus cargueros?
Quién hubiera pensado que esas siluetas reproduciendo la escena aparecida en una foto de prensa en la que se ven unos hombres soportando de hombro a hombro un palo del que pende un bulto que envuelve un masacrado más de esta masacre continua que es Colombia, esas siluetas medio burdas que con suma paciencia le vi dibujar con carboncillo sobre un cartón blanco llegarían a convertirse en el leitmotiv de esta faraónica intervención cargada de alegorías a la muerte. Son más de nueve mil fosas solicitando su lápida. Ella las mandó a imprimir y ahora tienen que fingir ser mármol. Y hay que acomodarlas una por una, recortarlas una por una para que se acomoden al tamaño de las criptas desiguales.

La lluvia amaina, un trozo de azul en el cielo y un golpe de sol resalta el costado occidental de los edificios. Los obreros jóvenes regresan a su oficio; unos cortan varillitas de madera, otros las clavan como soportes en cada tumba; alguno carga paquetes con litografías, como bultos de cargadores, y los va depositando en la mitad de la galería, o allá, al fondo; una chica rasga el papel, saca las lápidas, y comienza a disponerlas, una por una, alternando los 6 motivos, frente a las destartaladas tumbas; otro recorta con un cutter los bordes para ajustarlas a su tamaño, otro les echa pegante y las acomoda en su panel. Paso a paso, como si fueran ladrillos de un palacio encantado, va apareciendo ese paisaje insospechado, ese mosaico insistente que pocos ven porque por cosas del destino, o de la planificación urbana pues la circulación por la calle veintiséis se ha restringido para la construcción de una nueva ruta del Sistema Transmilenio. Talvez sus futuros pasajeros verán desfilar por las ventanillas un parque ceremonial dedicado a la vida en donde múltiples artistas dispondrán, como Beatriz, creaciones insospechadas que evocarán los pasajes de la infamia. Algunos políticos han propuesto derribar esas naves; consideran que es mejor llenar los jardines con canchas y columpios; les parece más oportuno borrar, borrar, no dejar constancia de tantos rumores que circulan por ahí, los que aseguran que bajo esos prados aledaños a las naves yacen los restos de los muertos del 48, los de Rojas Pinilla, los del Palacio, los anónimos… en fin…. Por ahora pacientemente, sin hacer alarde, como acostumbra Beatriz, anónima, clandestinamente va formándose esta intervención artística, este documento plástico, esta denuncia, este rito de reparación, este monumento a la memoria de una tragedia construida también paso a paso en un país que desde hace muchas décadas se ha empeñado en destruirse.

Camuflo la cámara en un maletín de médico de pueblo, camino entre marmolerías y floreros fúnebres y viene a mi recuerdo esa mañana soleada, hace algo más de tres años, cuando la encontré en su estudio del piso 18 de un alto un edificio de ladrillo frente a la Plaza de Toros, llenando con las mismas imágenes un cuaderno de tareas. Su amigo José Suárez, el maestro paisa de los dibujos en miniatura, había enviado el croquis de los cargueros a un fabricante de sellos de plástico, seguramente el mismo que le había reproducido sus conejitos, y se lo había regalado a Beatriz para que cumpliera su propósito. Ella había decidido que no pintaría otras figuras y pacientemente, como un empleado de correos, como una oficinista de banco, como un notario, como un aduanero, como un como una maestra de escuela de mi época, golpeaba la esponjilla entintada y luego la estampaba en la página de un cuaderno de escuela de muchas hojas. Uno tras otro, el golpe iba llenando el tiempo, la mañana, la memoria de mi cámara. pam, pam, pam.

De la tormenta a la sonrisa. Sonreí porque presentí que también a mí, la paciencia me premiaba de rebote. Ya son tres años buscando la manera de documentar el trabajo de Beatriz. Tuve que convencerla de que para tener en la película la sensación de que esa persona estaba viva, que no era simplemente una relatora desprendida de la academia, necesitaba acompañarla en un proceso de creación. Ver a la artista concebir, crear, sufrir, moldear su obra. Acababa de tener en frente la prueba de que algo de todo eso estaba registrado, pero que también el tiempo era un buen cómplice y nos regalaba truenos, relámpagos, y un rayo de sol….

Extracto de una entrevista con BG en 2006.

B:G: “…ahora estoy presentando una exposición en Medellín, se inaugura el 4 de mayo, en la cual resolví hacer una exposición pequeña sobre un tema que me quedó inconcluso. Que se llamaba -no tiene que ver García Márquez- “Paisajes Pendientes”. Yo me recordaba de lo pendiente, la pendiente y los cargueros esos. Son diez metros de cargueros. Una banda funeraria con el bordecito negro, como eran las tarjetas de pésame de antes. Es una banda larga, mide ocho metros, pero voy a empezar una de diez. Es como una película. Cada tres o cuatro cambian y se cargan a veces en hamaca, a veces en plástico. Eso se ve silueteado, tiene que ver con el continuum. Porque el continuum tiene que ver con el cine. Hay varias inspiraciones. La una es que cuando estaba chiquita me regalaron una tiendita. Esa tiendita tenía botellas de Leona Pura, y la Leona Pura tenía el sello de Leona Pura que tenía el sello de Leona Pura y la leona chiquitina tenía el sello, y sigue, y eso se iba repitiendo. Yo tenía cinco años y se me quedó grabado. La otra es que en mi casa había una cosa para poner los helechos que era muy fina, era de cerámica de Sèvres, Tenía unas muñequitas, unas figuritas francesas que van caminando, niñitas y jóvenes y, como es redondo color marfil, las figuras son negras. Yo pintaba esa cosa silueteada. Esta exposición me recordó, no es que me haya recordado yo de eso, me recordó ese soporte de helechos que había en mi casa que es seguido, seguido, seguido y vuelve y vuelve y silueteado. Porque todas las figuras que hice en medellín son oscuras sobre fondo crudo. El continuum…


2. Continuando el continuum
Beatriz lo define como grabado popular. Representa a la líder de los desplazados de Córdoba, Yolanda Izquierdo, sosteniendo entre sus manos el mapa de la tierra que le habían robado; ella se paraba frente a juzgados de Medellín donde los jefes paramilitares eran conducidos para declarar dentro del proceso de Justicia y Paz. Pero vilmente fue asesinada por los mismos que la expulsaron de su tierra. Fue reproducido y publicado en El Tiempo el 23 de mayo de 2008 dentro de la curaduría “transmisiones” del salón de artistas regionales; apareció acompañado de un texto que invitaba a los lectores a intervenirlo. Cuando Beatriz vio la foto de Álvaro Sierra que ilustraba la noticia de la muerte de Yolanda sintió una reacción similar a la experimentada cuarenta y pico de años atrás al toparse en el periódico con la fotografía de Los Suicidas del Sisga, la pareja de enamorados que prefirió ahogarse en una laguna antes que mancillar su amor con el sexo. Volvió a sentir esa sensación que la impulsó a crear esa obra que provocó un revolcón en la lectura del arte contemporáneo colombiano y que lanzó su propia imagen a la luz pública cuando fue premiada en el Salón de Artistas Nacionales. En ambas imágenes se encontró con la conjunción de un mundo de elementos plásticos, composición, textura, contraste… e historia, anécdota, drama, tragedia reunidos en una fotografía de prensa que la invitaron a representarla nuevamente, a procesarla, a darle un sentido nuevo con sus herramientas, lápiz, carboncillo, colores, óleos, impresiones. A descubrirle el alma, el aura, el fantasma. A reproducirla en continuum. A hacerla llegar a los hogares del país al que quiere hablarle. Hizo a lápiz el perfil de Yolanda y cambió el contenido del mapa por la imagen de la víctima sosteniendo el mapa que era la imagen de Yolanda portando el mapa que era a su vez Yolanda portando… Otra vez se hacía presente el continuum. La Leona pura, la obsesión de los cargueros… Esta vez no se trataba de una vista panorámica, era un zoom. Una sucesión de ondas: Ondas de Rancho Grande. Beatriz había logrado interpretar el sentido de la comunicación a partir de un efecto de representación física: las ondas. Pero le agregaba otro sentido místico a la imagen: la gente en Colombia necesita íconos, imágenes en las cuales pueda identificarse, reconocerse. Decidió volverla una santa. Le hizo un marco. Esta mujer es una mártir en la lucha por sus derechos. En un país sin valores, ella representa la lucha por un ideal, la honestidad. Puede compararse con Policarpa Salavarrieta le dijo un día a la cámara mientras sostenía el cuadro repitiendo la pose de la modelo muerta. Yolanda se volvió objeto de experimentación plástica. Pero el día en que Beatriz leyó la carta que una señora desconocida dejó en la galería de Alonso Garcés, se enteró que su santa ya había hecho un milagro, y el color iluminó la exposición que tenía en preparación. El color que ella creía perdido, o el que ya no le interesaba para su trabajo, recobró su vigor. Comenzó a pintar variaciones sobre lienzo de tamañano natural, al óleo, con un cuidado y una naturalidad deslumbrante. ¿Quién será la señora que un día se apareció en la galería a dejar la carta en la que cuenta el milagro que le hizo Yolanda?

Otro rebote de luz y color. Le había prometido a Beatriz que no la entrevistaría más. Que simplemente seguiría el proceso de la construcción de su obra Auras Anónimas en los columbarios del cementerio central. Pero este milagro ocurrió en paralelo. Beatriz -que había decidido no pintar otros motivos que los cargueros de muertos, que se había empecinado en repetirlos como si se tratara de una campaña de publicidad, así como hacen con Batman o con cualquier gaseosa, tratando de que el consumidor reconozca y recuerde una imagen esencial-, encontró en Yolanda, en la carta, en la fabricación de una santa una razón para seguir, ampliar la temática de su obra.

Si estoy tratando de narrar la historia de un país a partir de una artista que no ha hecho más que seguir el ritmo de los acontecimientos de su país, de su historia, cómo no convencerla de la importancia de abrirle a la cámara nuevamente las puertas de su estudio...

-Beatriz, necesito verte pintando esa exposición. Iré simplemente cada tres o cuatro días, diez o quince minutitos y simplemente te observaré trabajar.
Entraré a tu estudio caminando despacio. Te aseguro que no me apoyaré en la mesa de metal en la que pintaste con esmalte brillante de pintuco a unos gatitos juguetones que no merecían estar reproducidos simplemente en el papel de un calendario, cuando eras una pintora de provincia y buscabas cuanta pista te diera el gusto de la imaginería popular para convertirlo en cuadro, en objeto, en representación; no te propondré que hablemos de Marta Traba, tu maestra, a quien seguiste a sus clases de historia del arte en la Universidad de los Andes para que fuera tu guía crítica por todos los vericuetos de las artes de todos los tiempos, sin importarte dejar atrás tus inicios de estudiante de arquitectura de la Nacional. Te juro que estaré atento, cuidando no rallar con mi cámara el cajón azul clarito del Televisor en color que le construiste al ex -presidente Turbay, cuando te considerabas una pintora de la corte, para que con grandes gafas y eterno corbatín rojo vocifere eternamente el estatuto de seguridad que según sus ridículos vaticinios salvaría a Colombia de la subversión. Si mucho, te imaginaré en tu casa, todos los días, halando el cordón de la cortina donde estampaste esa familia presidencial cantándole rancheras a un general recién llegado de Roma, o sentada en tu sillón repasando las docenas de dibujitos a lápiz donde el presidente aparecía borracho o comulgando.
No haré ningún comentario cuando cruce la sombra del divino niño en camuflado que corona el túmulo funerario para soldados bachilleres que vela por las ánimas de los soldaditos de plomo, los compañeros del servicio militar de tu hijo que murieron por deshidratación en la inmensidad del llano tras haber sido vacunados contra la viruela y obligados a caminar al día siguiente durante horas bajo un solazo de 40 grados a la sombra; no buscaré en las paredes el ramo de gladiolos rojos que adornó a Belisario el día que reunió a su gabinete y su corte de generales, aquellos que tuvieron el honor de estar con usted señor presidente en este momento histórico, para decidir el si sí o si no enviarían las tanquetas sobre el palacio de justicia… y no exhalaré ningún sollozo de complicidad con esa señora mayor, desnuda, llorando, que se cubre los ojos para no mirar un mundo que sólo le envía mensajes de masacres y dolores.
No desviaré la vista hacia el cuartito donde reposan los centenares de recortes de periódico que te inspiraron frases y cuadros y conferencias y muchas horas de meditación sobre el gusto y la historia de la patria y la volátil duración del blanco o del gris en el papel de las noticias; me instalaré atrás, junto a la radio de pilas que te canta un leid de Schubert y respiraré pasito para no interferir los susurros del pincel acariciando el lienzo: allí el trípode estará quieto, atento a la evolución de los amarillos, de los verdes y violetas, de las gamas de colores tan bonitos que cuentan cosas muy tristes, como te dijo el niño en Barranquilla cuando expusiste aquella serie repleta de ataúdes y mujeres posesas por el dolor ante la muerte de sus seres queridos. Incluso, a veces, simularé estar ausente, miraré la ciudad, pensaré que tú eres esa señora que camina apresurada frente al planetario, la que pareciera haber trazado un sendero para que muchos aprendices de artista circulen entre el Museo Nacional y el Museo de Arte Moderno.
- Beatriz, sé que te molestan las cámaras, que te importunan los lentes y los ojos viéndote pintar, pero…
Ella no me miró a los ojos. Con la vista fija en no se qué me dijo:
-Venga, pues. Pero no más.



3. Esculpiendo en el tiempo.
Hoy iniciaré el montaje. Hace tres años, cuando encendimos por primera vez la cámara, no tenía ni idea que el obsesivo, interminable continuum me llevaría a darle vueltas, cámara al hombro, a los pabellones de los columbarios del cementerio central, siguiendo a Beatriz mientras efectuaba con Zapata, el maestro de obra, una revisión minuciosa de su colosal intervención. Que esta lápida está muy salida, que por favor tapen ese hueco en el cielo-raso para que no entren las palomas, que si no han vuelto los indigentes a saltar las cercas para escamparse en las noches, que hay que reconstruir el camino de acceso, que hay que cortar el césped de los jardines, que hay que buscar con qué cerrar los osarios pequeños en las bases de los pabellones, que hay que tapar con yeso todas las fisuras en las bocas de las tumbas… Hace tres años, cuando los cargueros eran apenas largas cintas pintadas sobre tela que repetían la imagen que constataban la tragedia nacional, la palabra yeso se asociaba al olor fresco de la mascarilla mortuoria que la maestra se había mandado a fabricar para reflexionar sobre el sentido de los rituales funerarios y la ministra de Cultura no le había colgado una medalla al mérito como recompensa a toda una toda una vida dedicada al arte. Quién lo hubiera creído. En mi computador no aparecía el fichero que contenía la secuencia de fotos que le tomaron mientras le cubrían la cara con una masa pegajosa, húmeda, blanca, espesa, para sacarle en vida el molde de su rostro. ¿Acaso ella, en ese instante, imaginaba que su propia máscara sería testigo de la construcción de la faraónica instalación? En aquella época esa máscara era un rostro que, como un sello, se había estampado de tela en tela, que convirtió algunos lienzos en sudarios, o que reproducido en volumen y pintado de verde se exponía en pequeñas vitrinas de madera y vidrio para recorrer exposiciones o ser vendido en la tienda de la Galería de Alonso Garcés, desde donde miraba a sus espectadores o a sus clientes con una expresión tan larga, tan permanente en el tiempo como los cargueros recién expuestos en el gran salón de al lado. Recuerdo esa exposición. La filmé mientras la instalaban y cuando nos dejaron con ella, solitarios. Trípode sobre rieles, cámara digital, piso de madera y muchas luces. Cargueros en blanco y negro y cargueros de colores. Tanto lujo en apariencia, tantas dudas con la tecnología. La cámara de video tan reacia a ser fiel a los colores de Beatriz. Amarillos extremistas, verdes chillones, violetas que derivaban hacia un negro de luto amargo, matizado. Una suma de conjunto triste, muy triste. Así empezamos, luchando por ser fieles al color, luchando por compensar los inestables rayos de sol que se filtraban por los ventanales del techo y los reflectores que trajimos, un aparataje que con el tiempo fue reduciéndose hasta convertirse en un equipo de documentalista solitario… Y luego vino “el vernissage”. Como los cuadros, pasamos de secuencias de tormentas solitarias a bárbaras sesiones de superrflua mundanidad. Tal vez me sentí tan incómodo filmando ese cocktail de inauguración como ella cuando que se daba cuenta que la cámara se encendía durante las intermitentes sesiones de rodaje que me concedió. Qué extraño oficio. A veces buscando reproducir en primerísimo plano el deslumbrante reflejito de luz sobre el verde que un pincel va depositando sobre el tramado de un lienzo, y en otras atento a los gestos predecibles de acaudalados coleccionistas e intelectuales curiosos que lentamente recorren la ruta de los cuadros, que se inclinan y tapándose la boca hacen a su pareja un comentario, y luego, acomodándose en el centro del recinto a conversar, de espaldas a los cuadros, siguen con sus ojos la ruta del mesero que lleva en su brazo el charol donde viajan unas copas de vino. Y atrás, inmutables, los insobornables cargueros. ¿Cómo será el desfile de espectadores el día que inauguren las Auras Anónimas? ¿Cuál sería el ritual que Beatriz practicaba al acceder dejarme estampar instantes de su rostro, de su vida en mi película? A veces me siento como ese fabricante del máscaras de yeso que estampa sin cesar moldes de instantes para simular la vida.
Cuando empezamos a filmar, Yolanda izquierdo no estaba muerta y su retrato no hacía parte de la galería de santos de la patria loca. Todos los cuadros parecían detenidos en una eternidad extenuante cargados de de un pesado color dolor, de una aplastante queja que utilizaba palabras puñales para relatar de nuevo las crónicas de la infamia, de la ignominia. “Las delicias”, “Mátenme a mí que yo ya viví”, “Pásenlos a la otra orilla”… daban cuenta de una obsesión por los titulares de prensa de los acontecimientos más tristes de la historia reciente. Las acciones paramilitares y guerrilleras estaban reflejadas en la tristeza de las madres de las víctimas y ella las enjuagaba, como la Verónica y tejía cuadro a cuadro el sudario del pánico.

Recuerdo que cuando entré por primera vez a su estudio me detuvo un cuadro que me conmovió. Una imagen en un lienzo tamaño “natural” que me lanzó una pregunta, que a su vez me propuso una película. Y como es costumbre en este oficio me la llevé –la pregunta- al balcón del apartamento del otro lado de la plaza de Toros, desde el que miraba a distancia el piso del edificio donde se encontraba el estudio donde continuaba en exposición solitaria del cuadro que acababa de ver . El continuum,G como diría la maestra. Cavilando en mi burladero particular se me ocurrió escribir una sinopsis que comenzaba así: “Desnuda, de pie, una mujer sexagenaria llora. Los contornos de su piel son de un color azul verdoso, fosforescente, sobre un paisaje oscuro, vacío. Sus manos tapan su cara, sus ojos. ¿Por qué llora? Esa mujer no es ella, es su “autorretrato llorando No.2”. Ella se llama Beatriz González, nació en 1938 y. desde hace medio siglo ocupa una primera plana en la historia del arte Colombiano. Su función ha sido mirar, reflexionar, crear, pintar, opinar, criticar, curar y enseñar…”

-¿Qué pasó, maestra, por qué llora?

Si Luis Caballero, su amigo, su compañero, su colega, algún día le dijo que como Pintora de Provincia “….Usted nos ha enseñado a ver, dándole categoría estética a formas, a colores, a imágenes que en Colombia siempre tuvimos por cursis, vulgares y antiestéticas. Usted supo apropiarse de todo ese mundo y supo mostrárnoslo y supo hacérnoslo ver y apreciar…”

¿Qué aconteció maestra con la pintora de la Corte? Si usted con su ironía nos hacía lucir siempre una sonrisa perversa, si los títulos de sus cuadros , esas frasecitas con filo de cuchillo nos provocaban una carcajadita malintencionada, ¿qué designio trágico obligó su pincel a llenar de tristeza esos colores tan bonitos?

Usted, tan acostumbrada a buscar en la prensa imágenes que le inspiraran el deseo de pintar ¿qué noticias pudo ver en esta última mitad de siglo que la llevaron no sólo al llanto, sino a hacerse en vida esa máscara mortuoria? ¿A caminar durante meses esta galería funeraria con un pincel y una voluntad de esculpir en el tiempo una obra artística que más parece la confesión sublime de la dolorosa realidad del tiempo que nos ha tocado vivir…?

La edición de esta película debería responder a estas preguntas. Quizás, simplemente, amplíe aún más su dimensión. Horas y horas de conversación. Meses de distancia. Encuentros furtivos en ascensores. Llamadas inesperadas ofreciéndome fotos, archivos, recortes de prensa. Sesiones de pintura a veces acompañadas con silencios, sonrisas amables, o miradas de odio. Una complicidad extraña con alguien que pareciera odiar al cine colombiano y a sus autores, pero que a lo mejor ha entendido que poco a poco los documentalistas no somos más que unos aprendices de un nuevo arte que ha inventado ese oficio joven que es el cine…unos hipotéticos y obstinados aprendices para quizás un día ser denominados sin temor a dudas como escultores del tiempo.

Diego García Moreno – Junio-julio de 2009
He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.