
Azúcar. No cabíamos en el ascensor. No empujen. Quién iba a oír... Todos reían. Entré de espaldas. Córranse córranse. Empujé. Un colchón carnudo amortiguó mis homoplatos. Oye chico, suave. Voz ronca, mayor, amable, femenina. En un ascensor parisino no se trata a la gente de esa manera. ¿Quién me alerta con tanta ternura? Las puertas se cerraron a pesar de mi nariz. Oye, chico, que te quedas sin con qué respirar. Risas generales. Y miré atrás. Torcí el pescuezo. Sorpresa. Azúcar. Suyo era el bulto de tetas que me sostenía. Azúcar. Viaje corto. Tres pisos. Dicha veloz. Aquí es. Permiso, chico. ¿¡Celia!? Salió. Otros hombres, viejos, negros, la siguieron. ¡Azúcar! Nunca la tuve tan cerca. Al día siguiente fui a su concierto en una carpa en el norte de París. De frente traté de robarle una mirada. Esfuerzo inútil. Baile de espaldas. Torcí el pescuezo. Sólo me sostenía su enorme voz . Me comenzó a llover un aguacero de cristales de azúcar. Dulce recuerdo.