En estos tiempos de temblores e incendios, de sables e inquisición, qué bueno es darle la bienvenida a las minúsculas inspiraciones que se atraviesan en el camino. Jugueticos verbales que aparecen mientras se cruza el parque de la Independencia con rumbo al taller -oficina, como la llamaba hasta hace unos meses- .
A finales del temido septiembre acepté, después de una larga disputa con abonos, tierras, materas, cambios de lugar en función de la luz y la temperatura, que la pequeña mata de orquídea que nos acompañó en el apartamento durante casi 30 años había fallecido. Habrá que componer un réquiem por una orquídea, dije mientras disponía su cadáver en el balde con los deshechos vegetales. Y salí. ¿Con qué rimará réquiem? me pregunté bajando los escaleras de Las Torres con rumbo a la séptima. El pasto del parque estaba amarillento, la tierra reseca, agrietada. Pensé en los insectos de tierra fría en épocas de sequía. Imaginé un cienpiés en una de las tantas fisuras que iba dejando atrás.
Cuando llegué al taller busqué a don google en el computador y le pregunté cuál era el clima preferido por los cienpiés. Vaya sorpresa. Lo que yo llamaba cienpiés no era el mismo animal que presentaban las fotos. El cienpiés es un miriápodo, ¡no es un insecto! y tiene menos patas que el que yo imaginaba, y cuenta con dos "colmillos modificados" que al morder inyectan veneno. ¡Por Dios! El diseño gráfico vino en mi ayuda: frente a la foto del ciempiés (no cien pies) vi un resplandeciente milpiés ¡Ese es! y vaya a saberse de dónde arrancó un desespero ritmado a sonar en mi cabeza. Me excusé ante mis amigos poetas alérgicos a las rimas y, como si hiciera un exorcismo, pronuncié en voz alta el sonsonetico que había compuesto pocos días antes:
Quien a la rima se arrima
El mundo le cae encima
Pero el misterio del ritmo
Le remonta su auto-estima.
Protegido por la contra de todo mal asonante acogí con beneplácito un poemita, o cancioncita, no logro deshacerlo del diminutivo, o relato musicalizado de una aventura que hace honor al propósito generado por mi duelo doméstico:
RÉQUIEM POR UNA ORQUÍDEA
Nos contó el viejo milpiés
que en sus andanzas sin prisa
desfiló sobre un tapiz
entre el repudio y la risa
Un eco de flor ausente
lo disfrazó de payaso
Los pétalos silenciaron
el retumbar de sus pasos
Un aroma de vainilla
fastidió al peregrino
que acostumbrado al estiércol
desajustó su camino
Resbaló y las mariposas
hormigas moscas y grillos
soltaron su carcajada
filuda como cuchillo
El zumbido de la abeja
preguntó ¿y ese es quién?
que ultraja una orquidea muerta
con el más burdo réquiem
A veces por despistado
Dijo el ciempiés sorprendido
me entrometí en ceremonias
donde no fui bienvenido.
Diego García-Moreno
Bogotá, septiembre 2026