jueves, 25 de mayo de 2017

LAS CUENTAS PENDIENTES. In memoriam de ADRIANA ESCOBAR

A principios de marzo fui a Medellín a grabar unas imágenes para mi nuevo documental sobre Hugo Zapata, el artista de las piedras. Temprano en la mañana llamé a saludar a mi amiga Adriana Escobar. Tenía una cuenta pendiente con ella. Chateando me había hecho un reclamo porque se enteró de que en diciembre estuve de paso por la ciudad y no me detuve en su apartamento para darle un abracito. Sos un mal amigo. No, querida. Fue un cruce fugaz rumbo a La Pintada en Navidad. Afanes familiares, vos sabés.  Débil disculpa, cuenta pendiente. Como no tenía grabación en la mañana, era una buena oportunidad para resarcir mi culpa. Una voz de mujer me contestó que no era posible hablarle. Se le había aplicado un medicamento y no podía recibirme.

Cuando conocí a Adriana en el 86 era la  alumna más flaca y fresca de la facultad de Artes de la Nacho. Léase Universidad Nacional. Yo entré a dictar un curso que llamábamos "movimiento". Era la palabra más apropiada para aproximar a estos pichones de artistas al concepto de cine. ¿Cómo hacer para que sus obras se movieran y evolucionaran en el tiempo? En aquella época en Medellín el cine era una utopía. Eso ayudó para que nuestra clase fuera un divertimento sublime. Suponíamos todo y hacíamos mímica con nuestros propósitos. Cámara simulada, montaje simulado, proyección simulada. Al final, todos veíamos la función. Adriana hacía parte de una camada de maravillosos jóvenes con apariencia de desadaptados sociales que habían convertido su espacio universitario en un gueto creativo. Sí, era buena estudiante, muy convencida de su cuento y tenía una característica particular: escuchaba, le paraba bolas a lo que uno le decía, pero no tragaba entero. Discutía.  

En la universidad pública de la época se estudiaba a saltitos.  Siempre había motivos para hacer huelgas y paros, y esas encerronas obligadas en el campus eran la excusa para solidificar el clan y festejar la rebeldía. La compinchería del joven profe con el grupo fue inmediata. No se trataba simplemente de dictar cátedra. Era cuestión de vivir, de romper las cercas del potrero. Hablábamos, cantábamos, bailábamos. bebíamos. Fue más de una la botella de ron la que les alcahuetié de mi bolsillo para mantener en alto el espíritu dionisíaco de su proyecto. No tenía ningún remordimiento, al contrario, era el placer mayor sentarme a calificar los proyectos que me entregaban y dejar constancia ante la burocracia universitaria de sus logros. Invención, ironía, conciencia social, anarquismo, originalidad, eran los ingredientes de unos suculentos platos creativos que se sazonaban en esos hornos siempre encendidos de la Universidad.

Y allí estaba Adriana, soplando el fuego, mezclando con su cuchara el caldo en la olla, sirviendo platos, lavando cubiertos. Ella, al igual que la mayoría del grupo, era una oficiante de tan dulce y eficaz locura. Yo era una flecha pasajera, mi interés no era instalarme como profesor, sino buscar la manera de hacer cine documental, y no era propiamente en Medellín donde veía mi destino. Había eso sí, un grupo de profes que vivían y hacían su obra en la región y, orgullosamente, eran también socios y compinches de ese aparente desorden que oficiaban sus alumnos. Hugo Zapata era uno de ellos. Maestro, le decían. Era de los mayores, de los más sabios, de los más estrictos y alcahuetas. Con él me tocó compartir la cátedra de Taller Central. Una materia obligatoria para todos los alumnos de artes que consistía en desarrollar durante toda la carrera lo que le diera la gana a cada uno. Eso sí, soportando la cantaleta de un grupo de profes que todos los miércoles venían a darle opiniones sobre lo que habían desarrollado en la semana. Acompañando a Zapata en sus romerías entre obras variopintas mi cabeza se fue contagiando del placer creativo que profesaban sus alumnos. Cada miércoles sus palabras servían para dar impulso a los pelaos y llenar mi tanque de combustible creativo.  Muy cargadito, terminado el semestre, me fui...

Años después, como 13, me topé con Adriana en mi barrio, en "el barrio", en La Macarena, el rincón, como dicen algunos, más bohemio, sospechoso y creativo de Bogotá. En todo caso, eso sí, en el que más locos viven por metro cuadrado en América Latina. Había comprado un apartamento de tres niveles en la Colina de la Deshonra y guardaba intacta la risa de su infancia. ¿En qué andás? Estoy haciendo una maestría en documental. ¿Pero vos no eras artista plástica, pintora, escultora, joyera y no se qué más? Pues sí, y a lo mejor lo sigo siendo, pero esa clase tuya me dejó una cuenta pendiente, y aquí estoy, con ganas de dedicarme a eso. Vea, pues. Cuentas pendientes...mmm... ¿Querés trabajar conmigo? Eso fue inmediato. Tenía yo también una cuenta pendiente con la vida. Un relato sobre la intolerancia narrada por un paisa que era yo, o ella, o cualquiera de ese nosotros que tenía una cuenta pendiente con un país atollado en su cotidiano irrespeto, en su violencia. Leerle el guión, cosa que solo he hecho para este ensayo documental,  fue como sentar a un niño a ver una película de Chaplin. Se rió tanto que le dije quedás contratada de guardaespaldas.  Y nos fuimos a la calle con un guión enano, denso y fuerte, cargado de ingredientes tan sancochudos como los que habíamos utilizado años atrás en las trastiendas de la facultad. El "Manual de Intolerancia" lo hicimos juntos. Lo salpicamos con gotas de sangre del liberalismo y la godarria en la que crecimos, con pizcas de racismo y machismo y sexismo, de esos mismos que habían vigilado, como gallinazos en su rama, el desarrollo de nuestro cuerpo. Lo barnizamos con las mismas lágrimas negras que le sacamos a un Cristo quejumbroso que se avergonzaba de llorar, dale hombre, que te da cáncer.

"Link  Manual de intolerancia":  

Foto de Liliana Vélez

Y nos fue tan bien que, a pesar de la intensidad del rodaje y de mi redundante terquedad, no nos enfadamos; nos reímos, nos supimos provocadores y nos pretendimos útiles. La puerta quedó abierta para nuevas complotaciones. No tardaron. A los pocos días volvimos a encontramos en Pasto. Que hay un nuevo taller para dictar en regiones con pelaos neófitos en cine, vamos pa´llá, parce. Fuimos pioneros del programa Imaginando Nuestra Imagen del Ministerio de Cultura, INI.  Como si ese taller hubiese sido diseñado para nosotros, nos estampamos en la sangre el sello de Imaginando Nuestra Imagen.  La periferia está llena de historias. Hay que sacar el cine de las grandes ciudades, este país se desconoce. En las laderas del Macizo Colombiano, entre alumnos que nos lanzaban a otra dimensión del maravilloso desconcierto, confabulamos con una muchachada que se atronaba con el rock y las flautas de los Andes entre nubes de sueños creativos y olorosos baretos. El compromiso no era simplemente con nosotros, era con un territorio que sabíamos desconocido y en el que nosotros podíamos fungir de puentes, de intermediarios para que “los locales” contaran sus historias, imaginaran y convirtieran en realidad  su propia imagen. La compinchería tomó una especie de conciencia estético-política que duró para siempre. 

Adriana en esa época tejía en su interior otros proyectos.  Maduraba su voluntad de ser madre soltera y alistaba el retorno a Medellín donde la esperaba su tribu familiar para ayudarle a sobrellevar la carga. Ella tenía clarito que lo suyo era la academia y que en su villa natal le abrirían  las puertas para enrolarse en su amado claustro. Y así fue. Arrendó su apartamento bogotano, parió a Tomás y firmó contrato en la sede paisa de la Universidad Nacional. Dando tumbos entre el pénsum de las artes, llegó a la meta pretendida: creación documental.

De ahí en adelante nuestra amistad presencial fue a saltitos pero la interacción en las redes creció a medida que esas vías de comunicación ampliaban sus hilos y envolvían al mundo Cuando yo iba a grabar en Antioquia o cuando ella me invitaba a presentar "el combo" de película con charla a sus alumnos nos veíamos fuera de las aulas, hablábamos de proyectos posibles y utópicos, inventábamos películas y laboratorios de creación y nos emborrachábamos burlándonos de la parafernalia posuda que rodea al cine o al mundo del arte. Siempre me deslumbró la buena relación que tenía con sus alumnos. Miraban con ojos de sobrinos fascinados a esa tía estricta pero bonachona que los mandaba a perderse con sus camaritas entre el despelote de la ciudad, la violencia de los barrios, la filigrana de los cementerios. 

Tomás siempre estaba por allí, creciendo empecinadamente.  Crecía y crecía y creo que sigue creciendo. Flaco y mechudo haciéndole honor a su genética. Lo recuerdo de extra cinematográfico en el rodaje de Las Castañuelas de Notre Dame.  Tendría dos meses, sus piernitas colgando del canguro que portaba Adriana cuando fueron al concierto de castañuelas y órgano  en la catedral de Medellín. Entremezclados con los feligreses escuchaban el estruendo de órgano y castañuelas que había armado Jairo Tobón para calmar los espíritus alterados de un país azotado por la guerra.  Lo recuerdo de cinco años, saliendo del colegio a la carrera con su morral cuando pasábamos a recogerlo al mediodía. Y lo recuerdo cuando ya ni las piernas le cabían en el carro y las mechas de guitarrista rockero se le levantaban con el viento que entraba a la cabina.  Para ella ese care-hippie era su parche, la razón de su vida.  Pensando en él vendió su apartamento bogotano y compró una tierra entre Guarne y el Aeropuerto para que dentro de poco pudieran irse a respirar el aire puro. 

Un día me llamó llorando. Estos médicos son unos hijueputas. Qué te pasó. Tengo un quiste maligno, fui al médico que me asignaron en la prestadora de servicios y resultó un carnicero. Uy, hermanita, a buscar ya un sanador respetable. Los hay, los hay. Recientes relatos de amigas con el mismo mal, me aconsejaron ponerla en contacto con ellas y ayudarle a que un médico sensible y humanista, reputado por su sabiduría y buen trato fuese su oncólogo. Apareció y fue suficiente una cita para que su espíritu recuperara la paz. Una foto de ella sonriente, con el cráneo rasurado, oficializó públicamente que la quimio y la radioterapia estaban en su calendario cotidiano. Recuerdo el amor con el que me habló de su nuevo médico. Tenía fe en él y en la fuerza interna que le había ayudado a recuperar. No era el tiempo de irse, no es el momento para dejar solo a Tomás. Meses después reapareció en Facebook, viajando por el Alto Perú con sus mejores amigos, exhibiendo nueva cabellera, sus ojos vivaces y la boca sonriente.  

El teléfono sonó hace cuatro días.  Era Cris, nuestra querida amiga, quien con el mismo tono de voz quebrado, sollozante, con el que a finales del año pasado me había contado que Adriana estaba hospitalizada, me dijo que de nuevo estaba invadida. Mierda. En aquella oportunidad no fui capaz de llamar a Medellín inmediatamente. ¿Qué iba a preguntarle?... Hola querida, te llamo por que me enteré...? O Hacerme el pendejo y hola, no, pues pasaba por aquí, o he tenido ganas de hablar contigo. Me haces falta... Esta opción me pareció sincera y quebró mi cobardía. Ocho días después, cuando supe que había sido trasladada a su apartamento la llamé para decirle "¡Me hacés falta, querida!. ¿Cómo estás?". Se alegró. Sin solicitarle ninguna confesión, sus palabras fueron fluidas, sinceras, me pusieron al tanto de todo. Había estado en la cuerda floja. Sintió que se iba. Pero había descubierto un tratamiento a partir de aceites de marihuana que la habían rescatado del abismo. Que la trajeron de nuevo a este mundo invadido por otro sinnúmero de males. Como si tuviera conciencia de que su cuerpo enfermo fuese parte de este planeta que también padece de una devastadora metástasis en su cuerpo, me habló de sus preocupaciones por el resultado del plebiscito para la paz de Colombia, de la decepcionante votación de su ciudad, aquí la paz les importa un culo,  del muro vergonzoso que pensaba construir en la frontera con Méjico el recién electo presidente de Estados Unidos, de la deforestación de la Amazonía, del desangre del pueblo sirio y hasta de la desaparición  del proyecto INI en los planes del Ministerio de Cultura. Estaba al tanto de todas las noticias de actualidad y parecía haber encontrado en las ventanas de Facebook un espacio para reproducir noticias que la agobiaban o le producían esperanzas.  Se convirtió en una  reportera  voluntaria y muy puntual  de las protestas que consideraba justas, voceaba noticias alentadoras sobre medicinas que restauraban la vida de las células, y con el más fino gusto reproducía piezas de artistas que la conmovían: los cantos al piano de Sweet Emma Barret, la animación Second hand reading de William Kentridge y, no sé si a manera de aliento o de profecía, la última carta de Cortázar a Alejandra Pizarnik:


"Mi querida, tu carta de julio me llega en septiembre, espero que entre tanto estés ya de regreso en tu casa. Hemos compartido hospitales, aunque por motivos diferentes; la mía es harto banal, un accidente de auto que estuvo a punto de.
Pero vos, vos, ¿te das realmente cuenta de todo lo que me escribís? Sí, desde luego te das cuenta, y sin embargo no te acepto así, no te quiero así, yo te quiero viva, burra, y date cuenta que te estoy hablando del lenguaje mismo del cariño y la confianza –y todo eso, carajo, está del lado de la vida y no de la muerte..." 

El teléfono sonó hace cuatro días. La voz de Cris era un sollozo. Que Adri murió. Silencio. Alguna lágrima, más bien suspiros. Ay, Tomás. Pensé en el muchacho. Traté de consolarme con la fórmula que he ido aprendiendo a medida que familiares y amigos abandonan el mundo. No se fue, cambió de estado. Hay que aprender a vivir esa nueva presencia. Hay que celebrar su amistad, su creatividad, su risa. Pero esos consejos medicinales no tienen un efecto inmediato. Sentí un enorme vacío. Qué pesar, no hablé con ella. Quedó una cuenta pendiente. Recordé las palabras del sepulturero de Marsella, Risaralda: “Esa gente que viene ante las tumbas a hablar y hablar y llorar es porque dejaron una cuenta pendiente”. ¿Será que estas palabras son una manera de saldar esa deuda?  De repente, escucho unas carcajadas. Adriana está sentada frente a mí y no cesa de reírse. ¿Vos sos bobo o qué? Andá a trabajar. Andá al taller de Hugo, saludalo de mi parte y filmalo, sacale secretos, mirá sus piedras, en ellas hay huellas de vida de otros tiempos. Conversá con las piedras  y parale bolas a lo que dicen desde siempre. Si estás vivo, pues viví, güevón. La materia se encargará de reciclar nuestra memoria”.

Diego García Moreno.

Bogotá, última semana de abril de 2017.

PD/  La semana pasada di cuenta de la muerte de Jairo Tobón,  el sacristán de Notre Dame, ahora me corresponde anunciar que Adriana Escobar también murió. El muro de las lamentaciones se viste de nombres y fotografías  y escucho el eco de los anuncios de la muerte de Alberto Sierra, y de Sol Duque... 


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jueves, 11 de mayo de 2017

SON VeintidÓs.



SON 22 
son veintidós 
11 por 2 
once por dos
7 x 3 +1
 siete por tres mas uno

SON VEINTIDÓS

Que son, que son, que son
Que son el son veintidós
el son que Tomás 
nos canta 
con tiempo de 
once por dos

Hace cuatro años Tomás terminó el bachillerato y se fue a vivir a Nueva York 
Muy joven se fue el muchacho
suspiramos todavía

Pero la vida es así
responde un coro de gaviotas
que han visto pasar mil veces
las nubes sin rumbo fijo

Siete por tres más uno
cumple Tomás muy lejos
pero nos dejó la dicha de saber 
que baila y canta
los sones 
al ritmo de once por dos

SON VEINTIDÓS

siete por tres mas uno
7 x 3 + 1
once por dos
11 x 2
son veintidos
SON 22


Bogotá, mayo 11 de 2017


martes, 11 de abril de 2017

MISA CANTADA CON ÓRGANO Y ECO DE CASTAÑUELAS


Esta mañana en la catedral de Notre Dame de Paris fueron las exequias de Jairo Tobón, el colombiano que durante 20 años fue sacristán de ese templo. Reproduzco un chat que acabo de tener con mi amiga Conchita Penilla quien asistió a la ceremonia:
Martes 11 de abril de 2017, vía messenger.
4:26 (hora colombiana- diferencia horaria con parís:6 horas)
"Conchita: Diego misa con honores en el altar mayor de Notre Dame, misa cantada y diaconada.
Representantes de la embajada y numerosos nosotros los colombianos, el altar lleno con franceses
Cambia el final de tu artículo pues si tuvo su homenaje Jairo
7:32 (Abro el computador por primera vez en el día)
Diego: Qué bueno escuchar esta noticia. No sé si conociste los detalles de su muerte y el período, casi un mes, pasado en una morgue con el peligro de que fuese enviado a una fosa común. Creo que el esfuerzo que hicimos quienes teníamos aprecio por Jairo para evitar esa "tragedia" logró hacer un giro en el desenlace. Voy a comunicarme ya mismo con su hermana para contarle la buena noticia. Y, por supuesto, voy a agregarle varios párrafos al artículo, narrando lo que ya se puede contar.
Así es el documentalismo: Esculpir en el tiempo. 
Un beso.

El próximo 13 de abril, jueves santo, a las 10 pm. Señal Colombia emitirá en su honor el documental LAS CASTAÑUELAS DE NOTRE DAME




enlace para ver la película: https://www.youtube.com/watch?v=enn1olqM4bw


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domingo, 9 de abril de 2017

ADIOS A JAIRO

 EL REDOBLAR DE LAS CASTAÑUELAS



Al terminar la función, la  primera vez que  JAIRO TOBÓN vio LAS CASTAÑUELAS DE NOTRE DAME en octubre del 2001 en la sala de proyección de Pathé Cinema cerca de Los Campos Elíseos en París, tras haberse puesto de pie para recibir el aplauso emocionado de los espectadores, volvió a sentarse en su silla y se quedó mirando fijamente la pantalla blanca. Al acercarme  para darle un abrazo, vi que por sus mejillas se deslizaban un par de pesadas lágrimas. Está muy buena la película, me dijo, pero me dan muy duro las palabras de mi hermana. Antes de que pudiera replicarle algo, se acercó su patrón,  Monseñor Michel Guyard, el obispo capellán de la catedral de Notre Dame de París, le dio unas palmadas en su espalda y en voz alta, con tono malicioso expresó su sorpresa "¡ Vaya, vaya... Quién hubiera pensado que Monsieur Jairo guardaba tantos  secretos!"

Diez años atrás había conocido a Jairo en la Sacristía del templo más importante de Francia.  Fue una mañana de octubre de 1990, cuando acompañé  a mi amiga Mercedes Uribe a llevarle una libra de café que le enviaba el párroco de la catedral de  Medellín. Celebró el regalo con una felicidad infantil. "¡Qué dicha! después de misa, aquí ya no se toma sino café colombiano, el más suave del mundo", y sonrió. Agradecido,  nos invitó a conocer el Tesoro de la Catedral, "Pero primero les muestro la firma del arquitecto masón que construyó la obra arquitectónica más importante de Occidente" y nos llevó hasta una columna de la nave donde estaba tallado un signo que supuestamente era la firma de maestro medieval. En el trayecto nos habló de la magia de los vitrales, del imponente órgano,  nos presentó  a las  viejas beatas que pasan sus días en el templo, saludó a  los turistas en alemán, italiano, inglés, japonés y, tras cada respuesta, que para él era como un trofeo, nos guiñó el ojo maliciosamente. Ya en la bóveda del tesoro, que abrió con un manojo de enormes llaves que guardaba en su bolsillo,  mientras hacía pantomimas con su bipper  tratando de hacernos creer que era un moderno control láser para abrir las cerraduras de las alacenas donde se guardaban las custodias y los cálices de oro, empecé a preguntarme de dónde, carajo, salió este personaje. Pero, como era su costumbre, antes de que yo le hiciera la pregunta, él ya se había anticipado a preguntarme: ¿Y usted qué hace? Cine, le dije. Ah, sí? Yo también he hecho cine. ¿Usted es actor? No, soy director. Pues yo fui vedette de una película . ¿Conoce a don Enoc Roldán? Si, claro, el pionero paisa del cine colombiano. Pues  yo fui el papá de don Marco Fidel Suárez, el presidente de la república,  en la película EL HIJO DE LA CHOZA. A ver, barájemela despacio, le dije. Usted es sacristán, pero ¿primero era actor de cine? No, ¡yo era bailarín! ¿Y cómo llegó aqui...? Pues llegué bailando flamenco. Yo llegué a bailar en la opereta Fiesta de Francis López en el teatro Mogador.

No había dudas, como dijo monseñor Guyard: Jairo tenía guardado muchos secretos.

Víctor Hugo escribió que la gran colmena, la catedral,  es el resultado del trabajo de muchas abejas, en la que  cada cual pone su granito de polen;  Jairo con su humor, amabilidad, picardía, sus tintos, hacía que la visión  de ese espacio mítico fuera diferente; que los referentes moldeados por el gran escritor francés del siglo XIX se desmoronaran. El hombre que ahora tocaba las campanas encendiendo con una llave un mecanismo que las hacía sonar a la distancia  ya no era Quasimodo: era Jairo, el paisa natural de Andes, Antioquia, ese muchacho hijo de un inspector de policía y una señora piadosa y rezandera, madre de 5 hijas y un varoncito, que quería por sobre todas las cosas que su niño fuese cura. Y fue en 1948 cuando, aprovechando que a su marido lo cambiaban de pueblo constantemente debido a las violentas  revueltas que se generalizaron por toda Colombia  tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, decidió enviarlo a un seminario jesuita en Santa Rosa de Viterbo, en Boyacá, para mantenerlo alejado del desorden y para que Dios se encargara de satisfacerle sus deseos de verlo oficiando misa en los altares.


Sin embargo, el destino de Jairo no era ser cura. La vida le tenía deparado un papel de artista.  Su pasaje por el seminario fue fundamentalmente la etapa de formación que le sirvió para cultivar su sensibilidad. Sus dones para la música, la danza y la pintura le llevarían por  otros caminos. Pero vaya a saberse qué acontecimientos  lo forzaron a escaparse del seminario y comenzar una errancia por espacios ceremoniales paganos como el circo, el grupo de danzas de Fabricato o el Ballet Folclórico Colombiano,  el cine de don Enoc Roldán, la Casa de Cultura de Zipaquirá, la Escuela de Flamenco Amor de Dios en Madrid y la Compañía de Zarzuela de Francis López en París, hasta que, ya maduro, tras un accidente automovilístico, su rodilla se lesionara y  tuviese que abandonar para siempre la danza e ingeniárselas para  ingresar como guía turístico en Notre Dame de París. Extraño círculo de vida que lo llevó a oficiar su propio ritual, con su particular histrionismo, en un privilegiado  espacio ceremonial religioso. Al  poco tiempo este guía tan particular fue detectado por las autoridades del templo y  lo  invitaron a incorporarse a la nómina como Sacristán. Allí  terminó  Jairo ejerciendo cotidianamente, con paciencia y picardía,  las funciones de peón de los  grandes rituales hasta el día de su jubilación.

Me acabo de enterar  de que Jairo murió. La última vez que nos vimos, hace unos seis  años, me contó qué fue lo que lo hizo llorar el día en que vio por primera vez la película. Me confesó que la historia le encantó,  que reconoció la trayectoria de su vida, pero que él no esperaba que su hermana dijera que ella prefería que Jairo muriera en París para que lo enterraran con todos los honores que merecía como sacristán de Notre Dame, cosa que en Colombia no era posible... Jairo Tobón murió en París en una fecha imprecisa de marzo de 2017. Su cadáver fue hallado varios días después de su deceso en su pequeño apartamento en un séptimo piso sin escaleras cerca a la Gare de l´ Est donde vivió solitario durante muchas décadas. Por no tener familiares en Francia que autorizaran una salida inmediata de la morgue, no tuvo las pompas fúnebres con honores que tanto anhelaba su hermana. En el año de la celebración Francia- Colombia se nos fue un personaje que desde su pequeña gran labor, como la abeja de Víctor Hugo, labró un trozo de la historia de un espacio que conjuga lo más sagrado y lo más profano de la creación humana.

Adiós Jairo, que tus castañuelas no cesen de sonar,  porque así como lo hiciste en la catedral de Medellín cuando viniste con la película a recorrer nuevamente los senderos de tu vida, de nuevo necesitamos  la música para  calmar la gente.  En Colombia necesitamos ese redoblar de campanas y castañuelas con fondo de órgano para apaciguar tantos espíritus que aún permanecen alterados.



Jairo tobón con Sergio García, Diego Forero y Carlos Lopera "Chubi" durante el rodaje de
Las Castañuelas de Notre Dame.

DIEGO GARCÍA MORENO, BOGOTÁ, MARZO 31 DE 2017

Este texto fue publicado en "Generación" de El Colombiano de Medellín el 9 de abril de 2017.

sábado, 8 de abril de 2017

UNA MANO



Inquieta y brincona
Burda y arrogante
Mano terca y loca
Pretenciosa y pródiga
Huérfana y hambrienta
Mano que raya y embiste
Que firma y afirma
Que provoca y sangra

Desesperada mano
Que lustra y ensucia
El tronco y el vidrio
El muro y el ojo
El silencio la piedra
La bruma la estatua
El camino la puerta
El astío y la sombra

Mano grafitera
Mano vomitona
Clandestina mano
Mano saltimbanqui
Acrobática 
ingenua 
virtuosa 
cansona
clamando destino
marcando terreno

Grito adolescente
Lamento preciso
vivaz
imprudente
Cicatriz del olvido
Mano pirata
Mano llorona
Puñalada urbana.


Diego García Moreno
Bogotá, abril 2017

La foto fue tomada tomada frente al Planetario de Bogotá desde el camino que conduce de la carrera séptima hasta las Torres del Parque . 

© Fotografía y poema Diego García Moreno- Derechos reservados.
No reproducir sin autorización del autor.

martes, 3 de enero de 2017

EL PETRONIO Y LOS DIABLOS ROJOS

Para Tomás

A sus catorce años, cuando Tomás abandonó el piano clásico para dedicarse a la batería métal,  haciendo uso de las migajas de autoridad que me quedaban, le dije ¡Empaque mijo que nos vamos para el Petronio!  ¡Pero pa…! ¡Nada, mijo, nos vamos mañana y no protestes! Sin haber despuntado el sol agarramos carretera para Cali. Tratando de amortiguar la crisis generacional que desató el mandato, le conseguí un compañero de viaje de su edad, Santi, el hijo de Jimmy que había venido a pasar algunos días de vacaciones en Bogotá con su papá y debía regresar a Cali en esa misma fecha. Mi amigo Jimmy, al enterarse que habían dos cupos disponibles en el auto, decidió apuntarse también al paseo. Poco tráfico en la ruta, ligera neblina en la Sabana, la Cordillera Central con sus volcanes nítidos al cruzar el Alto del Vino. Jimmy, con voluntad de buen copiloto lanzaba un tema de conversación diferente cada diez curvas para mantener despierto al chofer mientras los adolescentes, cada cual con la cabeza reclinada hacia su ventanilla, dormían profundamente en la banca trasera. Los problemas comenzaron como a las diez de la mañana cuando Santi despertó. Ascendíamos hacia el alto de la línea enfrascados en comentarios acerca del desastre del América que había descendido a segunda división o sobre el repunte del Santafé en la clasificación o sobre el gol agónico que Aristi del Nacional le había marcado al millonarios. Santi, al escuchar la palabra América, se entremezcló en la conversación con una pasión inaudita. Sabía todo acerca de la vida y obra de los dueños del equipo, del entrenador, de los jugadores, conocía el nombre de las barras del América y explicaba cuál había sido el error que lo llevó al descenso, pero tenía la fórmula mágica para sacarlo de la olla y reconquistar su puesto en primera división y volverse a coronar campeón del rentado colombiano y, por qué no, de la copa Libertadores de América.  Por el retrovisor vi que Tomás se hacía el dormido y seguía reclinado en su ventanilla. Hizo un gesto como de callen a ese estúpido y se tapo la cabeza con su chaqueta. Cuando llegamos al Quindío nos  detuvimos a tomar guarapo en una finca convertida en restaurante y aprovechamos para ir al baño. Jimmy y Santiago entraron de primeros al retrete que tenía dos orinales y luego pasamos nosotros. ¿Y ese man no sabe sino hablar de fútbol?  dijo Tomás con desprecio mientras meaba. Yo apenas levanté los ojos, como justificando  que cada loco con su tema. Y así fue hasta que llegamos a Cali. Jimmy, todo buena voluntad, pluralidad de temas y chistes.  Santiago, verborrea roja,  fanatismo rojo, monotematismo escarlata,  y Tomás, indignación roja convertida en furia de redoblante con baquetas imaginarias que golpeaban el cuero de su silla, miradas de reojo con fuego de diablo rojo con estruendo de platillos y nervio atronador de bombo para quemar a ese intento frustrado de amiguito impuesto por el tirano de su papá. Y yo, el papá-chofer cauteloso, decidí no hacer muchos comentarios.

Los papás de Santiago se habían separado varios años antes, y  el intento de unir en amistad  a Tomás y el hijo de Jimmy había abortado sin ni siquiera intentar  un cruce de miradas.  Antes de que la racha de rupturas que arrastraba Jimmy nos salpicara, le di un abrazo prometiéndole que el lunes, día de fiesta,  temprano lo recogería para regresar a Bogotá. Estamos en Cali, mijo, descansemos un rato que esta noche nos vamos pal Petronio.

La diáspora africana vestida de colores y aromatizada en viche se había tomado la plaza de Toros de Cañaveralejo. Tomas, blanquito, de pelito largo, mechudito de rizos naturales castaños, caminaba detrás de mi arrastrando los pasos y golpeando de la piedra con su mirada las piedras que se atravesaban en el camino. ¿Querés un tostón con mariscos? ¿Querés un pescado frito, una empanada, un naborrajado? ¿No querés nada? Bueno, vos verás. Uno de los organizadores del festival de música del Pacífico Petronio Alvarez me reconoció y nos invitó a pasar al sitio de los VIP, muy importantes personas, en la arena, cerca de la tarima. Ya había empezado el concierto y los violinistas del Cauca, viejos negros agricultores de la zona de Santander de Quilichao, rasgaban las cuerdas como exprimiéndoles las glándulas, y tenían a la tribuna entera, repleta, oscura, agitando pañuelos blancos. Miles de ojos blancos abiertos y felices le hacían juego a dentaduras blancas enmarcadas en unas bocas que solo eran sonrisas o repetición de los cantos que bien amplificados, enormemente amplificados, salían de la tarima. Y Tomás acurrucado. Se había inventado unos tapones sicológicos que no querían escuchar los compases sincopados de los currulaos. Qué culicagao tan cansón, le decía con la mirada al verlo sentado en un rincón bajo los bafles haciendo gestos sobre sus rodillas como si estuviera tocando alguna melodía de heavy metal. Pero al segundo lo olvidaba porque el coro al unísono de veinte mil almas enloquecidas me arrastraba  en un “¡déme, demé, un consejo papá, déme, demé un consejo mamá… paqueselequitelarrechera!” - https://www.youtube.com/watch?v=onxo88XeqCo -  Y más me demoré en estar sudando que en estar levantando los brazos y agitando las manos acompasado con el gentío que más bien era un dinamo repartiendo energía a diestra y siniestra,  hacía el cielo y hacia ese magma caliente que revuelve el centro de la tierra.   Querido, este zafarrancho dura tres días, por lo tanto te recomiendo calma.

Al día siguiente estábamos invitados a desayunar donde Elsa, la ex de Jimmy, la mamá de Santiago, el fan del América. Como me lo esperaba, el “yo no tengo hambre” fue la respuesta de Tomás cuando lo desperté para que se apurara pues llegaríamos tarde a la cita. Olvídate, anoche no comiste nada, no nos vamos a ganar un show de histeria por  culpa de la barriga vacía: te vistes inmediatamente  que nos vamos ya… y recuerda que en el desayuno también va a estar Miky, su vecino, nuestro anfitrión,  quien prometió mostrarte los videos de los “Red Hot Chili Peppers”. 

El fotógrafo caleño Miky Calero, un publicista que tenía en su hoja de vida un pasado de baterista rockero  zurdo y una colección de videoclips con cuanto grupo de calidosos peludos anglosajones  había pisado los escenarios del mundo, a solicitud de Jimmy y Elsa nos había prestado el cuarto de huéspedes en su estudio de fotografía, a mitad de camino entre la plaza de toros y el conjunto residencial donde vivían. Para Tomás, la melena intacta de Miky era una prueba de confianza en el papá. Que un dinosario de la especie humanus melómanus electrónicus me dirigiera la palabra  con tono de amigo era un buen síntoma y ayudaba a espantar un trozo de la desconfianza que yo le provocaba al obligarlo a pasar por la atronadora dosis de música negra popular del Pacífico.

El primer brillo en los ojos de Tomás durante el paseo apareció cuando Elsa nos contó con mucha nostalgia que el joven hincha no nos acompañaría en la mesa porque estaba entrenando en su escuela de fútbol, y su primera sonrisa, o mueca de alegría, se vislumbró cuando Elsa se enteró de que habíamos llevado los patines. Nos contó orgullosa que en su juventud había sido una gran patinadora y que le encantaría ir a patinar conmigo después del desayuno. ¿Quieres venir con nosotros, Tomy? No, déjenlo aquí para que conozca la buena música, dijo Miky. Vayan por los lados del  estadio,  por allá hay muy buenas calles sin carros.  Listo, nos vemos como a la una.

Con actitud de adolescentes afiebrados nos pusimos los patines. En línea los míos, y cuatro ruedas los de ella, como los de antes. Yo me puse las rodilleras, las coderas, las manitos protectoras y el casco. Elsa, muy convencida de sus dotes profesionales de antaño, me dijo que ella no usaba esas cosas. Cómo tapar sus hermosas piernas firmes e intactas a pesar de sus cuarenta y pico muy bien vividos. Vamos, el mejor pavimento está en la calle de allá… Para llegar a la calle de allá, había que pasar por unos treinta metros sin pavimentar, entre un cascajo reseco y filudo, tormentoso. Bueno, un poquito de patin-cross y estaremos en la dicha. Esforzado en mirar donde ponía el pie no vi las maromas que, algunos pasos atrás,  hacía Elsa para mantener su equilibrio. Apenas escuché un grito, un gemido y un estruendo de rodilla contra el mundo, un roce abrupto de tierna piel y mineral osco y pesado. Querida, ¿qué te pasó? Hijueputa, me di durísimo. Durísimo. Mierda…. Valiente, contenía las lágrimas, pálida, exhalaba un sudor frío que no provenía del cansancio. La ayudé a ponerse en pie pero era peor, siéntate, estira la pierna. No puedo. Tal vez el grito de Elsa fue sincrónico con los aullidos de los músicos en la pantalla gigante de la tele del cuarto de Miky, y el golpe de rodilla contra el piso con el bombo sostenido de la batería. Lo que sí estoy seguro es que el dictamen del médico tras la radiografía fue sincrónico con nuestras suposiciones: fractura de rótula, tres meses de inmovilidad... Mierda.  Elsa quedaba incapacitada para acompañarnos al festival en la noche mientras su  niño fan, el hincha, pateaba a lo lejos, con toda su fuerza, los balones que sacarán al América algún día de su terrible hueco en la liga del descenso.  Y dentro de mí, como un platillo, cada cinco minutos una duda ¿Por qué la dejé patinar sin rodilleras, por qué? Si Santiago nos hubiera acompañado a desayunar ella no habría tenido el impulso de volver a los patines…

Nada que hacer, volver a casa caminando, escuchando a Tomás hablar maravillas de su nuevo ídolo, Chad Smith, el maravilloso baterista de los Hot Red Chili Peppers que había llegado al hall de la fama y a la lista de los 100 mejores bateristas de la historia de la revista Rolling Stones, antes que  Nicko MacBrain el baterista de Iron Maiden , lo que no pudo lograr clive Burr el primer baterista de su grupo preferido.M is opiniones al respecto fueron pocas, yo era ignorante en el asunto. Simplemente le dije que en la noche de clausura el programa en el festival Petronio iba a ser diferente pues tocaría la orquesta Herencia de Timbiquí del maestro Hugo Candelario… que le pusiera atención a la percusión porque a diferencia de casi todos los grupos que usan tambores tradicionales, este grupo agregó la batería con el propósito de buscar nuevas sonoridades.  ¿Y cómo se llama el baterista? Me corchaste, hijo.

La segunda noche de brillo negro, profundo, manigua viva y candente. Chirimías del chocó. Energía absoluta, central nuclear convertida en ritmo y cantos, clarinetes, redoblante y platillos, coros de caderas y hombros, cuerpo colectivo y, vaya fortuna, Tomás mirando a la tarima. Ojos pendientes en el gesto del hombre del tamborcito solitario y del clarinetista que haciendo juego con el bombardino y la flauta de carrizo ponen a cantar a la muchedumbre. Agite de pañuelos blancos en las tribunas. Percusión con melodía y ritmo sincopado. Vibraciones vegetales en medio de metales y voces que alaban, lamentan, o juguetean con las palabras  y escarban en los compases escondidos. Cuál festival de rock, cuál metal gótico o pesado. Decime Tomás, decime, ¿no te parece que esta fiesta tiene más energía que cualquier megaconcierto en el que has estado?  No está mal. Claro, cómo no iba a estar mal si camino al festival nos habíamos encontrado con dos amigotes grandes, “el mono” Céspedes y “el negro” Ortega que habían venido en moto desde Bogotá envueltos en overoles de cuero, acompañados  por un par de hermosas parrilleras. Tomás no lo podía creer. Miraba las motos como si fueran naves extraterrestres y a las chicas como hadas madrinas del espacio sideral. El negro, al ver su cara alelada, le dijo móntese pelao le doy un vueltón. Cinco minutos más tarde regresó con cara de triunfador y media hora después estos varones se habían convertido en sus compinches. Le celebraban todos los gestos o palabras al metalerito diferente que osaba parchar en  un festival de rumberos criollos. Este man va a ser músico, me decían. Y ellas, las chicas maravillas, le revolcaban la melena con sus manos y le hacían gestos invitándolo a  bailar.  Al principio se contuvo, pero una hora más tarde ya brincaba y blandía el pañuelo a su lado como un practicante  más de la africanidad. Pero lo impensable se dio cuando subió al escenario “El baterimba”. Un hombre capaz de tocar solo marimba y batería al mismo tiempo, o de poner a delirar la plaza sacándole sonidos a  una bomba de plástico mientras entonaba  con su vozarrona que la única bomba que debería explotar  en el país era su bomba. Ahí, por fin, Tomás me miró a los ojos. Nos volvimos cómplices, estábamos unidos por un mundo de cantos, movimientos y sonoridades que le hacían olvidar en el instante, sin ningún remordimiento, los pulsos contundentes de sus ídolos metálicos. No tengo detalles para narrar el tercer día. Lo único que recuerdo entre un barullo de tambores y el orgullo de las negritudes es la dicha de Tomás bailando en la cola que se armó entre los danzantes de la plaza y sus manos dispuestas en la cintura de una negra caderona que lo antecedía en la fila.  “Caderona, caderona, caderona vení meniate, caderona, caderona, caderona vení meniate”.
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Siete años después veo entrar a Tomás. Viene de Nueva York a pasar fin de año en familia. Trae las maletas repletas con sus instrumentos de trabajo. Son discos LP, vinilos con carátulas de músicos negros americanos, africanos, caribeños. Funky, soul, salsa y charanga. Más se demora en saludar que en poner una tanda de descarga salsera.   Me habla de su amigo, el mítico Mark Grusane, un negro grandote productor musical en las profundidades del sur de Chicago y de Alton Miller el DJ de Detroit. Ha alternado con ellos en noches de fiesta en la gran manzana. La africanidad hecha ritmo marca el compás de sus días.  Tomás vive de la música, de las fiestas, se ha convertido en un puente entre las creaciones musicales y la gente que encuentra en ellas una pócima que aproxima a la felicidad.  ¿Habrá influido en algo este ritual de iniciación en el Petronio? Claro, pa. Me dice. ¿Recuerdas el viaje? Si, claro. Yo tenía que hacer un informe para el colegio y decidimos que lo haría sobre el festival. ¿Recuerdas quiénes íbamos en el carro? No. ¿De veras? No, padre. Recuerdo a Miky en Cali, él me hizo conocer un grupo de rock, buenísimo, Grand Funk Railroad… ¿No eran los Red Hot Chili Peppers? No, pá. Eran los Grand Funk Railroad.  Vea pues. Pero no recuerdas que en el carro venían Jimmy y su hijo Santiago? Ah, sí claro. ¿Y te acuerdas que tenías una incomunicación total con ese chico? No, pa, a mí me caía bien, es un bacán..  Vea pues, pero no se notaba. ¿Sabes que él también hace música electrónica? Me pregunta. No, no tenía ni idea. Sí, y es muy bueno. ¿Cómo lo sabes? Nos comunicamos por las redes. ¿Se hablan? Si, pá… Miro por el balcón, quiero contarle a Tomás que el América volvió ascender a la primera división del fútbol colombiano, pero a él no le importa. Coloca una descarga y veo en el horizonte a unos diablos rojos bailando de la dicha.

Diego García Moreno
Bogotá-Damasco, diciembre 2016







miércoles, 28 de diciembre de 2016

VAMOS PA´LANTE. FELIZ AÑO.




En el 2016 el mundo mostró sin ningún tapujo lo impredecible que es. 
El reto de vivirlo, moldearlo, gozarlo, compartirlo, a pesar de tanta viscisitud, 
viene impreso en el nuevo calendario del 17. 
¡Vamos es pa´lante! 
Nadie nos bajará de esta nave. 

Para tod@s los amig@s del alma, l@s compinches en las buenas y en las malas 
les va un inmenso abrazo  
FELIZ AÑO.
He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.