domingo, 5 de julio de 2020

DIARIO DE CUARENTENA-PANDEMIA TROPICAL 13

ENTREGA TRECE

XL
LAS CURVAS RECTAS

Bogotá, julio 3 de 2020
En un país de trepadores, me refiero a los ciclistas, las curvas ascendentes nos excitan. Aparte de Cochise Rodríguez, que por allá en los 60s le chupaba rueda al ñato Suárez en los ascensos a los premios de montaña, para luego lanzarse en solitario al abismo con la dicha de esos que vuelan con un vestido de alas, o de los clavadistas que saltan al mar desde los acantilados, les hemos tenido mucho miedo a las curvas en bajada y la torpeza para enfrentarlas nos ha derrotado. El pobre Nairo casi se mata al salir de una curva en la vuelta a España del 2014 y, en los olímpicos de Brasil, Jorge Luis Henao, cuando tenía su medalla de oro a la vista, se salió del carril y fue a dar contra un árbol obligándonos a pegar al unísono un grito de frustración nacional. Ambos tuvieron que abandonar la carrera. A principios de  este año, cuando empezaba el frustrado calendario 2020, a pocos días de encerrarnos a todos en cuarentena, Egan Bernal, nuestra joya más reciente, se pegó tremenda caída bajando por las calles de Tunja durante el campeonato nacional de ruta; no abandonó pero llegó a la meta convertido en un nazareno.
Duchos para leer los grafismos de las etapas de las vueltas a Colombia, los giros  de Italia y el tour de Francia, celebramos cuando en el tramo del día aparece una línea diagonal próxima a la verticalidad. ¡En esa pared tenemos chance de ganar! decimos cuando aparece la empinada trepada a un premio de montaña de primera categoría. Cuando era niño, llenaba dichoso el cuadernito Pilsen de la vuelta. De un lado estaba el gráfico y del otro la planilla para anotar los resultados de la etapa y la clasificación general. Qué aburrido era cuando la etapa Cali- Cartago mostraba una monótona línea recta. En cambio, tremenda emoción nos producía ver el electrocardiograma con ascenso a Letras, la Línea o el alto de Minas. El problema es adaptar nuestros referentes deportivos a la  curva de contagios con el covid 19 que desbocado se empina cada día. Ayer, se volvieron a batir los récords de infectados y de muertos.  El último informe del Ministerio de Salud y Protección Social, entregado el jueves 2 de julio, confirmó 4.101 nuevos casos, 171 fallecidos más para un total de 3.641, mientras que 44.531 pacientes se han recuperado. Coronavirus en Colombia: 106.110 contagios en el país. Bogotá se mantiene como la ciudad más afectada por el COVID-19 con 32.726, siguen Atlántico:  25.181,Valle del Cauca: 10.904,Bolívar: 9.629…”
Sally me preguntó si yo me preocupo cuando viene a casa Rocío, la señora que nos ayuda con el aseo. Si, querida. Últimamente, me preocupa todo. Cuando ella viene, cuando viene la  mujer que te hace el pedicure, cuando viene Martina, la niñita que cuidas cuando Pía, su mamá, está desbordada con sus informes y clases para la universidad.  Me preocupa cuando salgo a mercar en la plaza de la Perseverancia  y me preocupan las bolsas del mercado a domicilio que pides. Me preocupa cuando bajas el domingo al huerto en el jardín de las torres a trabajar con el grupo de padres ecológicos que preparan las pacas y cuando salgo a patinar en la ciclovía.   Poco a poco la paranoia ha ido entrando al apartamento y llega hasta el cuarto de Tomás, el hijo ausente, donde escribo. El Transmilenio no circula por allá, en la décima o en la Caracas, cruza nuestra puerta pegado al vestido o al morral de Rocío que debe utilizarlo desde Soacha hasta el centro, o en el taxi que debe tomar fulanita para pulirle las uñas a una señora y luego a otra para luego venir a sentarse a trabajarle a tus pies. Este bicho invisible no escatima en pegarse a los juguetes de los niños o a las suelas de los zapatos, aunque los pasemos por tapetes humedecidos con desinfectante. O si no, ¿cómo explicas que ya se hayan reportado dos casos en las Torres donde vivimos? Mientras la curva se empina, más cerca estamos de hacer parte de la legión de infectados. Deberíamos hacernos la prueba. Ayer vi una carpa frente al centro internacional donde las tomaban gratis. Quise hacer la fila, pero  era tan larga que seguí el camino. ¿Vamos ahora? Si, báñate. Desayunemos y luego bajamos.  ¿Será que después de la prueba nos declaramos nuevamente en cuarentena?  Me parece. Con esa curva ascendiendo, es mejor volver al encierro. Hagamos de cuenta que es el principio. Bien. Los llamaré a todos. Que no venga nadie en las próximas dos semanas.
Todos los días nos han dicho que el pico de la curva está lejos. Que solo tendremos esperanza cuando llegue a un tope y se aplane. Los meses se van volviendo escalas de una fecha hipotética de alivio. Nos dijeron que permaneciéramos encerrados hasta abril, luego mayo, junio… estamos entrando a julio, pero no se prevé terminar la alerta hasta agosto, quizás septiembre. Que nos preparemos para la peor. Llevamos más de cien días acumulando incertidumbre y los efectos del encierro comienzan a notarse en la piel. La falta de sol ha palidecido la epidermis. La resequedad comienza a manifestarse  con rasquiñas permanentes. La sensación de estar envuelto en un aire enrarecido me hace creer que van a comenzar a salirme escamas de lagarto. ¿Será el síndrome de iguana?  Ni siquiera sé si existe, pero el cuadro clínico comienza a perfilarse. En un momento creímos que la pureza del aire, recuperada tras varias semanas sin circulación de vehículos, sería para siempre. Pero el rugir de los motores volvió, ahora la claridad en el paisaje depende de las lluvias, y la ciudad lanza un murmullo atronador que parece una suma de quejidos. A veces creo escuchar la voz de Gregorio Samsa invitándome a hacer gimnasia con él o a cantar en dúo una canción de pena. Basta. La metamorfosis pertenece a mundos más existenciales, no olvides que estás en el trópico.  Precisamente, la globalización pone a conversar los cucarrones del viejo mundo con los lagartos tropicales. En otras ocasiones, incluso, se entromenten los zumbidos de los zancudos. Idealizas, Bogotá no es trópico. Es una nevera donde  no pelechan iguanas ni zancudos. Aquí podrías convertirte en cucaracha, en rata, en piojo, pero has idealizado tanto las regiones candentes de tu país que olvidas las pestes que las azotan desde antes del coronavirus. No creas que te convertirás en digno candidato a pieza de museo de ciencias naturales. Aquí la transformación es simple. De ciudadano normal, pasas a contagiado, y de ahí, directo a cadáver. Incluso, puedes ahorrarte el paso intermediario. Basta que consideres que todos tenemos los mismos derechos para que te vuelvas sospechoso. Cómplice. Y si vives en tierra caliente, eres culpable de antemano.
Ya me bañé, grita Sally.  Te sigo. Una ducha caliente es suficiente para darle elasticidad a la piel, enviar por el desagüe los delirios y modificar la curva de la paranoia matinal. Estoy listo. Desayunemos y vamos. Billetera, llaves y tapabocas. Llevaré “Los derrotados” de Pablo Montoya para leer en la espera. Los zapatos están en el pasillo, sobre un tapetico. Ya nadie entra a los apartamentos con un calzado sospechoso de estar contaminado. Los  jóvenes inquilinos del 1801,  varios y diversos,  pusieron en el piso una repisa de dos niveles para sus zapatos. Los del 1803, una pareja con su bebé,  los depositan en una ponchera plástica.  Nunca había sentido tan viva la presencia de los  vecinos. Hay dispensador de gel desinfectante en el ascensor  y unas marcas en el piso para que guardemos la distancia.  Cabemos cuatro y un perro.
Desde mediados de marzo, no salíamos juntos a la calle. El sol matinal le da alegría al ladrillo. Volumen al paisaje, contraste al follaje de los jazmines y palmeras que adornan las aceras de la plaza de toros. Cruzamos pocos transeúntes a pesar de ser día sin IVA. Al llegar a las escaleras que bordean el edificio de la asociación colombiana de arquitectos me doy cuenta que abajo, en la plazoleta frente a la estación del Transmilenio,  no instalaron la carpa para realizar las pruebas.  Hoy no será el día del palito escarbando con un algodón al interior de nuestras fosas nasales. No importa, dice Sally, está lindo el día. Vamos al cajero, tengo que pagarle a mi profe de Portugués. Buena idea, yo estoy sin cinco. Me encantan los cajeros cuando mi cuenta de ahorros está alimentada por alguna entrada y cuando no tengo dudas al tocar el teclado para marcar mi clave. En este momento no es el caso, los fondos comienzan a tocar fondo y no logro imaginar cuántas manos han dejado sus microbios en la superficie de las teclas. No tengo ninguna oferta de trabajo, solo apuestas al azar con proyectos enviados a convocatorias, y cualquier objeto compartido se ha vuelto sospechoso. La paranoia no se quedó en casa, decidió acompañarnos al paseo.
 Al salir del banco miro instintivamente hacia el sur.  Fijo la vista en Residencias Colón, en el tercer piso del primer edificio después de la veintiséis ¿Vamos a mi oficina?, le propongo a Sally. A lo mejor mi arrendataria aprovechó la mañana soleada para darse una vuelta por la suya. Tengo dos meses de atraso en el pago del arriendo y me parece inútil mantener un sitio al que no voy a trabajar. Quiero hablar con ella para contarle que voy a desalojar y tratar de negociar un acuerdo de pago. Me incorporaré a la curva ascendente de las empresas  en bancarrota. Extraña situación, todo parece ir en picada pero la representación es en sentido contrario. La flecha apunta al cielo. Ni la abogada ni sus empleados fueron a la oficina. El taxímetro seguirá marcando. Deberíamos comprar café descafeinado, me dice mi esposa, en su intento de darle al paseo un propósito posible. Vamos a Oma, le propongo. Somos pocos los que bebemos ilusiones. Café sin café. No importa, me conformo esporádicamente con el color y el aroma. La cafeína me produce migraña inmediata. Las jaquecas en cuarentena son lamentables. No tenemos, dice la empleada de la cafetería vacía. ¿Quieren algo más?
Ni la prueba, ni la propietaria, ni el descafeinado. Vamos en curva descendente con peligro de resbalada. ¿Pasamos por el Éxito? Está  a solo tres cuadras.  Ese supermercado tiene, por lo menos, un nombre optimista.  Seguimos el camino por la séptima. De la calle veinticuatro hasta la Plaza de Bolívar es por fin una vía peatonal. Terminaron las obras. Durante cuatro años fue un arrume de materiales, huecos y desidia. Caprichos de un alcalde que odiaba a su predecesor. Afortunadamente estrenamos alcaldesa. Las mujeres, generalmente, son más cuidadosas con sus espacios. Como no hay transeúntes no hay vendedores callejeros. Hay indigentes. Muchos habitantes de calle. Es la casa de los sin casa y en ella pasan la interminable cuarentena. Siento que entramos a un espacio ajeno. No parecen preocupados con nuestra presencia. ¿Quién les regalaría el tapabocas? ¿O serán tapabocas que han recuperado de las basuras? Es día de pico y cédula. Ambos somos pares. Ella se ofrece para hacer las compras y me pide que la espere afuera. Frente al Éxito hay una banca. Sobre la banca, cuatro indigentes conversan; o, mejor, tres escuchan a uno que grita, un joven evidentemente embalado que vocifera tras su tapabocas de calavera. Proclama que su profesor fue Hannibal Leicter. Al lado de la banca hay un árbolito recién sembrado. Le han partido el copo. Me acerco al árbol  y constato que la agresión ocurrió hace apenas unos pocos minutos. La corteza desgarrada del tallo está fresca y sus hojas rozagantes se preparan para morir. Miro con desprecio al alumno de Hannibal, sé que fue él y que su gritería es la justificación de su acto depredador. Me dan deseos de actuar como sargento de la brigada protectora de la vegetación urbana. Por fortuna sus ojos desaforados no se tropiezan con mi mirada de reproche. Mi valentía se transforma en simple cobardía, el instinto de supervivencia es más grande que mi militancia cívico-ecológica. Tengo que comer callado. Podría embarcarme en un enfrentamiento inútil. Cálmate. Es el momento para empezar a leer “Los derrotados”. La curva descendente vuelve a aficharse y agrega otro segmento al vector. Vaya paradoja, los derrotados frente al éxito.
De pie, abro el libro y comienzo a leer. Me refugio en épocas de reconquista.  El sabio Caldas es llevado a Bogotá para ser fusilado acusado de sedición. El botánico más importante de la incipiente república pagará con su vida su participación en acciones libertarias.  Miro de nuevo el árbol mutilado y veo a Francisco José de Caldas despidiéndose de la exuberante naturaleza tropical. Mira a lo que llegamos. A lo mejor, con tu fusilamiento quedó impreso el edicto que permitiría erradicar las selvas para darle paso al progreso. Mataron a Caldas y este arbolito no vivirá para contar la soledad y el maltrato que soportó de niño en épocas de la pandemia. El lenguaje cambiará, ya no diremos eso ocurrió en los tiempos del ruido sino en la época de la pandemia. Como dijeron hoy en el noticiero, mientras las autoridades se ocupan de controlar las rumbas en los barrios de Quibdó, las quemas en el Amazonas se ha multiplicado por diez. La curva descendente está a punto de balancear la del coronavirus ascendente. Al superponerlas aparece una equis. La variable equis. Equis e interrogación son familiares. No todas las interrogaciones son equis, pero x es un número indeterminado  y lo indeterminado es una pregunta. Estoy cansado. Pareciera que mi obligación es descifrar algo impreciso.  Si no fuera tiempo de pandemia y el alumno de Hannibal no estuviera allí exhalando tufo de bazuco, me sentaría a leer serenamente mientras regresa Sally. ¿Por qué tardará tanto? Pensaría que estoy en vacaciones.  Ya no hay algarabía. Giro la vista para echarle una ojeada a la banca. El paisaje ha cambiado. Hay un  vacío silencioso y una joven sentada lee, se anticipó a mis deseos. ¿Y nuestros anfitriones dónde están? Mientras yo recorría el camino real entre Popayán y Santafé, el depredador y sus secuaces abandonaron su sofá.  Sally cruza la puerta  del supermercado con una bolsa de mercado llena, pesada. Aproveché para comprar lo que nos falta. ¿Te ayudo? Mira lo que han hecho los hijueputas. Le muestro el arbolito. Deberían ponerles un cerco mientras crecen, me dice. ¿Vamos a casa?
En el Parque de la Independencia una cuadrilla de guadañadores termina de almorzar. Cuatro hombres maduros, gruesos, en uniforme verde, tapabocas en el cuello, sentados en el piso, cuchara y marmita en mano dan cuenta de su porción de arroz con tajadas de maduro; otros dos, acostados en el pasto se regalan una siesta. A su lado, las bullosas guadañas reposan como perros fieles y una bolsa plástica gris repleta de hierba recién cortada espera para ser recogida. Sally se aproxima a ellos y les pregunta si puede llevársela. Se justifica contándoles que con varios vecinos están haciendo una huerta comunal y necesitan  desechos vegetales para hacer pacas biodigestoras. No hay problema. Sally carga la bolsa sobre su cabeza y retoma el camino. Yo sigo cargando la bolsa  del mercado. Ascendemos lento y en silencio. Nuestra silueta cruzando el parque no es el de los veloces ciclistas. Entre la plaza de toros y la torre B está la franja verde donde algunos padres de niños de la guardería construyen un huerto y hacen las pacas con residuos vegetales. Sally toma el sendero y descarga la hierba sobre el arrume de hojas recostado contra el muro de contención de las escaleras. Yo la miro desde lo alto mientras ella toma unas fotos. Las enviará por whatsapp. No los verá el domingo. Seguramente el sabio Caldas sonreiría con el gesto. La socialización está a punto de terminar. Seguimos ascendiendo.
Al llegar a la recepción del edificio pisaremos el tapete con desinfectante,  refregaremos las manos con gel antibacterial dispuesto en el ascensor, dejaremos los zapatos sobre el tapetito en el pasillo, cerraremos con llave la puerta y nos declararemos oficialmente en una nueva cuarentena. Serán 14 días en los que conviviremos, cada cual con sus rutinas. Sally se encerrará diariamente un par de horas a hacer sus  ejercicios de yoga mientras yo, frente al ventanal, haré largas caminatas estáticas en la elíptica; ella hará traducciones, estudiará portugués y avanzará en la mezcla del disco que produce con el maestro Fadul;  yo jugaré al azar escribiendo convocatorias, y buscaré la calma cantando boleritos y tangos mientras aprendo a acompañarme con los acordes del piano.  Cocinaremos, miraremos películas y leeremos. Espero que sea el tiempo justo para llegar al final de “los derrotados”. Todo parece muy normal, muy controlado. Nos comportaremos como adultos mayores de clase media, cultos, privilegiados propietarios de un  buen apartamento, que cuentan con unas mínimas reservas que iremos gastando con cautela, dosificándolas para que aseguren el sustento hasta el fin de la pandemia. Inevitablemente, pues soy adicto a los noticieros, los seguiré por radio y televisión, a sabiendas que su contenido ya está anunciado: nos contarán las violaciones de menores por miembros de la fuerza pública, los asesinatos de líderes sociales en cualquier parte del país, escucharemos mil veces la palabra corrupción mientras se desgranan los delitos en el manejo de los fondos públicos para apoyar a los más afectados por el covid 19 y la desastrosa situación de los venezolanos que quieren regresar a su país; no faltará la cotidiana torpeza en las declaraciones de Trump o  Bolsonaro y el alarmante aumento de la epidemia en sus países; aparecerá el  presidente con su figura infantil y grasosa alabando su impecable gestión mientras la alcaldesa de Bogotá, sin poder esconder su ofuscación, reclamará al gobierno por el cumplimiento de sus promesas en la dotación de equipos para las unidades de cuidados intensivos de clínicas y hospitales, e impartirá la orden de cerrar otros barrios por llegar a topes excesivos de contagio; protestarán los comerciantes y los industriales diciendo que no se puede mantener cerrada la economía, y los equipos de fútbol intentarán negociar de nuevo los millonarios contratos con sus deportistas inactivos; nos repetirán hasta el cansancio que nos lavemos las manos, que usemos el tapabocas, que guardemos la distancia social, mientras, día a día, impotentes, veremos ascender la curva de muertos e infectados.
Última noticia. Nairo Quintana fue atropellado por un automóvil mientras entrenaba en carreteras de Boyacá. Afortunadamente, sólo tuvo algunos raspones que lo tendrán inactivo durante dos semanas. Entre tanto, las autoridades deportivas tratan de conseguir las autorizaciones para que un avión con 170 deportistas colombianos pueda aterrizar a mediados de julio en Europa para competir en las justas que han comenzado a programarse en el viejo continente.
Tengo nostalgia del giro, del tour y de la vuelta. Estoy mamado de estas curvas ascendentes que tan solo hablan de muertos e infectados. Cómo ansío las curvas en ascenso o descenso que pueden asociarse con carreteras y paisajes, con nuestros escarabajos sudando a pedalazos por el éxito; me encantaría sentir de nuevo la adrenalina al verlos cruzar triunfantes por los premios de montaña, no importa que resbalen en las curvas en descenso y se llenen de raspones, no importa que abandonen o que salgan derrotados.  
Escucho golpes en el vitral de la ventana.  Me acerco y observo con cautela.  Aparte de la inmensa ciudad que presagia aguaceros para la tarde, no veo nada. No hay viento, el follaje de los árboles está en reposo.  Regreso a la cama y me apresto a descansar. Un golpe vuelve a resonar, suena como un fuetazo de cuero seco sobre el vidrio. Mantengo el ojo abierto, fijo en la ventana. Una piquiña en el muslo hace que automáticamente mi mano rasque la piel reseca. A medida que mis uñas resbalan por la piel, sobre el cristal va insinuándose el reflejo  de la cola de una iguana.

...continuará...

Estos escritos, con ritmo de diario, aspecto de prosa, canción, trova o poema, estarán apareciendo mientras dure el estado de cuarentena en el que hemos caído... y serán un elemento documental para comprender la evolución personal y colectiva de una situación que saca la cotidianidad de los parámetros vividos hasta hoy.
Diego García Moreno-  Bogotá, julio 5 de 2020.



2 comentarios:

  1. Quedo pendiente, el golpeteo de la cola de la iguana promete nuevas aventuras ...

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  2. Elíptica angustia. Es el tiempo para no hacer nada. Déjate seducir con los acordes del piano. Llegará el descenso, ya sabes, todo lo que sube tiene que bajar... Ocurrirá. Va mi abrazo de curvas envolventes...

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He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.