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miércoles, 17 de junio de 2020

DIARIO DE CUARENTENA-PANDEMIA TROPICAL 11

En la entrega 5 de este diario, publicada el 9 de abril, hay una nota que dice: 

"Las aventuras vividas en mi empeño por conseguir los medicamentos para el corazón quedaron escritas en un cuento que hacía parte de este diario, pero me reí tanto cuando lo leí que decidí enviarlo a una convocatoria de esas que las entidades estatales han sacado de afán, y con poquita plata, dizque para ayudarle a los artistas a pasar la contingencia. Lo tuve que sacar del blog porque en las normas decía que tenía que ser inédito. Nada de publicaciones físicas o digitales. Una lástima, porque me moría de ganas de compartirlo con mis esporádicos lectores. Tendríamos tema para carcajearnos juntos frente a la pantalla o, por qué no, cara a cara cuando nos volvamos a ver en la vida real. A pesar de saber que no soy reconocido como escritor, me lancé al ruedo en la categoría cuento...."   
El 11 de junio fue publicada la lista de ganadores...: ¡Nada! No pasé la prueba que esperaba. Sigo sin ser reconocido como tal... Se confirmó mi teoría: soy agricultor y tahúr. Siembro semillas y apuesto al azar. El terreno son las convocatorias y los jurados la ruleta. 


XXXV

ENTREGA 11

EL CORAZÓN EN LA ESPALDA

La entrega de hoy es un texto VIVI*. Eso quiere decir vivo-virtual. Le doy esa apelación  porque nació en una conversación por whatsapp, un chat, con mi amigo Alirio González que vive en Belén de los Andaquíes, en el Caquetá. Es una  conversación  que se convirtió en monólogo y el monólogo en crónica y la crónica en un cuento de aventuras. Es también un escrito automático en el que yo iba contándole los sucesos que acababa de vivir cuando tuve que romper mi encerramiento para ir a recuperar las medicinas que tengo que tomar diariamente hasta que me “llegue la hora”. Así me lo dijeron los cardiólogos.  En este periplo, como dice el dicho, fui por lana y volví trasquilado.
*Concepto inventado para esta introducción.

Todo comenzó con los comentarios sobre un video que le reboté a Alirio para que hipnotizara a los niños de la escuela audiovisual de Belén de los Andaquíes.  El video me llegó de Francia por el whatsapp. Comienza con un tipo en el solar de su casa alineando unas pelotas plásticas de colores colgadas horizontalmente con un hilo de nylon de igual tamaño a una viga de madera. El muchacho, con aire de saltimbanqui nerdo, las dispone con una guía a 45 grados de su eje de gravedad y las deja caer. Entonces comienzan a moverse sincrónicamente como un péndulo o columpio y, lentamente, poco a poco, van variando los recorridos hasta producir unas sorprendentes figuras geométricas en movimiento hasta que uno queda lelo…
Copio el whatsapp desde por aquí:

Bogotá, abril 9 de 2020
Alirio: está muy bueno... nosotros estamos con las postales, parece que las han recibido bien y las niñas están enviando audios por whatsapp y otras están haciendo dibujos de los relatos de sus amigas.
Diego : Bien. Yo sigo con mi blog, y ahora estrenando dolor de espalda.
Alirio: : Una disculpa mas para sus notas de cuarentena, veo que sigue componiendo
Diego : Todo el tiempo hago canciones.
Alirio: Aquí el maestro está estudiando los "Tumbaos en el piano" para la música de “La cucha”, usted lo dejó  encartado.
Diego: Jajaja. ¿Y qué pasó con la  "Cumbia Andaquí"?
Alirio: Ahí lo tengo juicioso, toca despacio.
Diego:Últimamente me ha dado por practicar acordes para acompañar boleritos y tangos de cancioneros.
Alirio: ¿Guitarra o Piano...?
Diego: Piano... El silencio de ese instrumento estaba estorbando mucho en la casa desde que se fue Tomás.
Alirio: Hay que insistir en las escuelas para mayores de 50… la sede Belén apenas está, tiene río, está aislada y cerca a todo y todos pueden hacer sus sueños realidad
Diego: Jajaja. De pronto un programa corto de siete años me caería bien.Voy a consultarle a la casi-adulta mayor de la casa. Y yo que le había sacado el culo a manipular programas de edición y tocar los aparatos, caí, pequé. Se me murió un macbook pro, armé un dron de torre. Lo instalé en la ex-pieza de Tomás y me he puesto a hacer tutoriales. Empecé a manipularlo esta semana y me temo que me van a servir cuarenta años de editar y editar vainas dándole órdenes a editores-esclavos de turno. Me está gustando el cuento. Estoy entrando en el mundo premier… O en el premier mundo, mejor.
Alirio:: EtsCeLente… usted de youtuber de cine sería un éxito total.
Diego: jajaja. El problema es que hoy me tocó salir hasta mi dispensario de pepas para el corazón, por allá en la 68 con 17. Como soy paciente crónico, por mi condición de cardiópata y adulto mayor, la recomendación era "quédese en casa". Son los candidatos perfectos para el bicho aquel. Cuando se me iban a acabar las pepas, me dediqué a llamar a la EPS para ver si tenían domicilio para este tipo de paciente. La última semana de marzo estuve dele que que dele, llame que llame y nada. El primero de abril decidí ponerme los tenis, la chaqueta, el tapabocas. Cuando me despedía de Sally, justo sonó el teléfono. Era una chica de la EPS, que habían encontrado mi número en el contestador y que tal, que de qué se trataba. Le expliqué la vaina y me dijo que fresco, que la empresa  farmacéutica asociada a ellos tenía un servicio a domicilio para casos especiales como el mío, me pasó un par de teléfonos, pero entienda que se mantienen las líneas saturadas por la situación ¿entiende?, lo mejor es que envíe un mensaje a este correo electrónico con su número de cédula, dirección, fórmula, telse me subió el ego, sentí el orgullo de ser crónico, cardiópata, adulto mayor.
Diego: Pucha, se me fue el mensaje sin terminar. Favor borrar desde donde dice "telse  me subió el ego, sentí...." hasta el final y sigo. Mejor, retomo.
Alirio: esperamos el epílogo del domicilio.
Diego: ... entonces ella me dijo: envíe un mensaje al correo electrónico con su número de cédula, dirección, fórmula y ellos, entienda, le llevarán en 48 horas a su casa los medicamentos. Y ahí sí, se me subió el ego, sentí el orgullo de ser crónico, cardiópata, adulto mayor. Puse el correo de una, con la fórmula fotocopiada para que no queden dudas y creo que volví al compu a estudiar tutoriales, o tal vez, de la emoción, me puse la sudadera y fui a subir tres veces los cuarenta pisos del edificio. El hecho es que a las 48 horas, nada. Y a los 5 días tampoco. Se acabaron las pepas y recordé el regaño que me había pegado el cardiólogo, los cardiólogos en coro, cuando les conté hace como dos años que las había suspendido, que estaba mamado de las pepas. Yo era un suicida, un irresponsable, que si no me acordaba que yo ya me había infartado. En fin, juiciosito volví a llamar al número de la farmacia docenas de veces, pero imposible, ocupado, o el buzón está lleno. Voy a comprar las pepas en una farmacia y listo. ¿Qué? grité cuando vi el precio en internet. ¿Tan caras? Ni por el putas. Me fui a esculcar cajones en el baño y, oh milagro, en un neceser que llevaba al Caguán encontré un resto para cuatro días y me dije: así les doy tiempo, debe haber un mundo de cuchos más jodidos que yo, los manes de las bicicletas deben estar ocupadísimos. El hecho es que ocho días después, hoy, al ver que no había nada y que mañana es jueves santo y cierran todo,  me dije iré. Sally hacía yoga, no la interrumpí. Chaqueta, tenis y tapabocas y chao. Vamos en taxi, ese transmilenio debe estar infestado. Como siempre, habían tres taxis esperando cliente en la quinta. Todos con chofer tapaboquiao. Escogí uno al azar, buenos días, vamos por la séptima hasta la 67 y ahí bajemos hasta la 17. Si señor. Qué dicha Bogotá sin carros. Fantástica esta calma de semana santa extendida. El taxista era un adulto mayor, como yo. Le puse conversa sobre el tema del mes, y ese hombre empezó a echar cantaleta detrás de su bozal, que cuál quédese tranquilo en casa, sí, cómo se va a quedar uno tranquilo en casa si no tiene con qué comer, sí, seguro, ya va a llegar el mercadito que envía el gobierno, mentirosos, o como dicen los futbolistas desde sus villas en Europa  "quédate seguro en casa", sí, güebones, millonarios que no tienen ni idea lo que es ser uno de estrato tres, porque si uno fuera siquiera de estrato uno y dos para los que hay beneficios, pero uno, pura clase media, qué puede hacer, nada, los estratos cinco y seis no necesitan, pero uno... En fin. Como no había trancón y la ciudad parecía un remanso de paz y la claridad y la pureza del aire como que dejaban circular más rápidamente, llegamos hasta Medicarte, ¡qué nombre!, allá, señor, donde está la cola de gente. (Voy a seguir escribiendo en word y ahora hago cut y paste con el resto, me está saliendo rollo para el blog, jajaja.)
Alirio:: Esta muy bueno, hay que hacer cortometrajes afanes del virus" o pandeafanes
Diego (una hora más tarde): ...  Decía:  Sí, allá donde está la cola de gente, ¿cuánto es? Le pagué con un billete sostenido por una puntica y me devolvió con otro billete sostenido por una puntica. No pusimos nunca nuestros tapabocas frente a frente y me bajé tratando de no hacer presión sobre la manija. En fin. Llegamos a zona de peligro. No era propiamente una cola sino un tumulto muy aireado. Habían unas cincuenta personas distribuidas a distancia prudencial, unos recostados contra el muro del gran edificio de ladrillo, otros sentados en las escaleritas con piso también de ladrillo que llevan de la acera a la calle. Tenía cada uno un ficho que entregaba un celador con tapabocas a la entrada de la sala de espera, casi vacía, salpicada solamente por unos diez personajes, evidentemente adultos mayores, crónicos de, vaya a saberse, cuál  patología. Cuando el celador me entregó la ficha, la miré y ahí comprobé que delante de mi habían 50 turnos, mierda, perdón, calma. Tuve un impulso suicida: ¿puedo entrar? Soy crónico, cardiópata y estoy cojo, le dije al celador. Si, al bajarme del auto recordé que desde hace un par de días tengo el pie hinchado y no sé si es la gota o el  esfuerzo de subir tres veces los cuarenta pisos del edificio lo que afectó el juanete, y este modificó la estructura de la planta de mi pie, El dolor está ahí.
-No se puede, dijo el celador.
- ¡Pero mire la gente que hay adentro! Tengo que sentarme.
Fue tal mi decisión que el uniformado no opuso resistencia.  Ingresé a la sala de espera y me senté a distancia de dos personajes que habían en las sillas del fondo. Ahí realicé que me estaba metiendo en el foco de la infección. El hombre vecino, una fila atrás, a la izquierda, era un actor secundario de los muertos contraatacan disfrazado de El llanero solitario, y la mujer, cuatro sillas rimax blancas  a mi derecha, tenía tal palidez y el tapabocas tan torcido, que no soporté permanecer un segundo más en ese pasadizo al cadalso. Me levanté paniqueado y salí esquivando la mirada del celador. Con actitud zen me senté en el piso de las escalas enfrente de la puerta, aprovechando el solecito del mediodía que, pensé,  podría ayudar a quitarme el rosado de la piel de mi cráneo, visible desde ayer que me motiló Sally; saqué el Kindle de mi morralito y me puse a leer cuentos del Decamerón. Tienen la ventaja de ser cortos y divertidos. Al terminar alguno, me paraba e iba hasta la puerta para verificar el turno afichado en la pantalla. No hay afán, faltan como 45… Y ahí se apareció la virgen. Una mujer de treinta y pico, aire sano, tapabocas limpio y jeans con olor a universidad, se me aproximó con un papelito entre los dedos de su mano extendida. ¿El señor que número de ficho tiene? Le dije, el tal y tal. Sonrió y me dijo: puede usar este. ¡Albricias!  Veinticinco puestos menos. 50% de ganancia. Esta salida está bendita. Me provocó bajarle el tapabocas y estamparle un beso con lengua a la muchacha, pero me contuve. La miré con ojos de paciente crónico agradecidísimo y la bendije con una sonrisa papal de semana santa. Al instante se me acercó el celador y me dijo señor, siéntese allá que ya lo van a atender. Allá era cerca de las ventanillas de entrega de los medicamentos, en una especie de bancas VIP (para viejos, impedidos  y prostáticos). Cómo decirle que no. Y ahí me senté. El hecho es que diez minutos después sentí que el modelo de la silla no encajaba muy bien con mi cuerpo, y empecé a tratar de acomodarme. La columna vertebral como que no encontraba su eje, algo me incomodaba y no lograba la simetría deseada. El conteo avanzaba, se aproximaba mi turno. Preparé las fórmulas y la fotocopia del pedido que había hecho por internet.  La imprimí antes de salir de casa por si me ponían problema... la fecha estaba vencida desde hacía dos días. Afortunadamente no fue así, les conté la historia, la chica fue a hablar con los de farmacia y llegó con una generosidad desbordante a ofrecerme  la ración para dos meses.  Claro, habían revisado los mensajes en el computador y se dieron cuenta que era un servicio pésimo, o que no daban abasto para cumplir con el cronograma de los domicilios, o, seguramente, se pillaron que podían ganarse una multa de la superintendencia de salud.
Felicidad. Tengo por fin las pepas para el corazón. Soy un paciente crónico, cardiópata de la tercera edad, satisfecho. Vamos para la casita. Me despido sonriente y voy a levantarme, cuando siento que algo se resbala en la base de mi espalda. ¡Joder! ¡La columna!  Algo se desplazó, ese algo debe ser una vértebra y apenas puedo moverme. Mierda.
Veinte minutos después llegué al edificio con las pepas y tieso. Era tal el dolor que no recuerdo cómo me encaramé al taxi ni cómo me bajé. Tal vez todo se borró cuando tuve que quitarme los zapatos frente a la puerta del apartamento. Se nota que el que inventó los objetos que protegen los pies nunca tuvo problemas con su columna. Logré mi objetivo,  pero el destino, o el azar, o la hijueputa suerte, me premiaron con un dolor de espalda que me impidió llegar a sentarme a editar en mi nuevo juguete, que me tiene ahora acostado con una bolsa de hielo en la espalda conversando con vos sobre lo que hacemos o haremos durante la cuarentena. Así es la vida. Estaba aliviado pero sin pepas. Ahora tengo pepas pero estoy postrado.  Eso de que me quede quieto en casa, será un hecho.
Diego (un rato después): Tendré tiempo hasta para comprobar si aquello de que te quedes en casa es bueno para evitar el contagio. Tendré tiempo para pensar si lavarse las manos con jabón, siguiendo las instrucciones que dan por la tele, realmente es suficiente para matar las dudas que me dejaron las manijas de los taxis, o sus asientos, el billete que me pasó el taxista o el tiquete que me pasó el celador, o las sillas de la sala de espera, o las escalas entre el edificio de Medicarte y la calle, si el bolígrafo con el que firmé la fórmula, o los doscientos pesos que me devolvió  la empleada cuando le pagué el precio simbólico de los medicamentos y que luego entregué a un mendigo en la calle, si los botones del ascensor y mi propia cama son portadores del virus que puso patas arriba al planeta.
Oye, Alirio, todos los días presto atención en las noticias a las estadísticas del coronavirus por departamentos. Sigo sorprendido y celebrando que hasta la fecha no aparece ningún infectado en el Caquetá. ¿Será porque no ha llegado? ¿O porque no han comenzado a hacer las pruebas?
Diego García Moreno. Bogotá abril 8 de 2020.
P/D. El 19 de abril la prensa reportaba el primer caso de covid 19 en la prisión de Florencia, Caquetá. Se trataba de un recluso que fue transferido de la cárcel de Villavicencio.

continuará...

Estos escritos, con ritmo de diario, aspecto de prosa, canción, trova o poema, estarán apareciendo mientras dure el estado de cuarentena en el que hemos caído... y serán un elemento documental para comprender la evolución personal y colectiva de una situación que saca la cotidianidad de los parámetros vividos hasta hoy.

martes, 21 de abril de 2020

DIARIO DE CUARENTENA. PANDEMIA TROPICAL 5

ENTREGA CINCO

XXI

Entre el 30  de marzo y el 8 de abril, miércoles de pasión

PANDEMIA Y FARMACODEPENDENCIA

Tengo miedo del Transmilenio, de los taxis, de las farmacias, de los sitios donde llegan los crónicos. Mi  mayor preocupación es si debo salir por las pepas. Esa preocupación no es mi problema. Es un patrimonio de toda la comunidad de cuchos, viejos o adultos mayores, como les dicen ahora.  Vamos a ver si lo podemos resolver. Marco el número de mi EPS.

Digite su número de cédula. Si conoce el número de la extensión, márquela…
Ocupado, ocupado, ocupado, ocupado.

Milagro. Un humano responde. Buenos días. En qué puedo servirle.
Buenos días soy adulto mayor, paciente crónico . Ah , llame a tal número.
Buenos días soy adulto mayor, paciente crónico. Ah , llame a tal número.
Buenos días soy adulto mayor, paciente crónico. Ah , llame a tal número.

Digite su número de cédula. Si conoce el número de la extensión, márquela..
Ocupado, ocupado, ocupado, ocupado.

A veces responde una voz pre-grabada. El número al que está llamando se encuentra ocupado, llame más tarde.  Marco después, una, dos, tres, muchas veces, pero el presente es el mismo:
Ocupado. Ocupado. ocupado.

Se van acabando los medicamentos.
Le hablo piano corazón:
¿será que sobrevives sin drogas?

La canción es interrumpida por el estribillo que dice:
Empezamos de drogadictos,
Terminamos de farmaco-dependientes.

Nota: Las aventuras vividas en mi empeño por conseguir los medicamentos para el corazón quedaron escritas en un cuento que hacía parte de este diario, pero me reí tanto cuando lo leí, que decidí enviarlo a una convocatoria, de esas que las entidades estatales han sacado de afán y con poquita plata, dizque para ayudarle a los artistas a pasar la contingencia. Lo tuve que sacar del blog porque  en las normas decía que tenía que ser inédito. Nada de publicaciones físicas o digitales. Una lástima, porque me moría de ganas de compartirlo con mis esporádicos lectores. Tendríamos tema para carcajearnos juntos frente a la pantalla o, por qué no,  cuando nos volvamos a ver en la vida real. A pesar de saber que no soy reconocido como escritor, me lancé al ruedo en la categoría cuento. Una amiga me animó a participar en la de canciones infantiles, ahí vas a la fija, me decía; y  mi curriculum me recomendó  participar en la de video. Pero ni la canción que hubiera podido enviar me hizo reír, ni la idea del video tampoco. ¿Será que los jurados se ríen? ¿Cuántos escritores estarán pasando problemas económicos? Imaginé la plataforma desbordada recibiendo miles de archivos de cuentos huyendo de la cuarentena. ¿Pero será que sus escritores se rieron tanto como yo leyendo semejante historia tan ridícula? ¿Se imaginan a un cucho, con una enfermedad cardíaca crónica, lanzándose a la calle en época de una epidemia a buscar sus medicamentos, entre un mundo donde todos están uniformados con un tapabocas y la sospecha de que quien se tope en el camino esta infectado? Este resumen está patético. No tiene nada de chistoso. Pues ahí está el asunto. Yo le tengo fe a la risa. Si no gana, prometo que lo publicaré por acá para que se rían un ratico. Y si los jurados, sensibles y con humor, llegasen a premiarlo, les prometo que también lo haré. Paciencia.

XXII

1 de abril 
NAVEGANDO A LA DERIVA
Hay un barco a la deriva. Salió a dar un pequeño crucero entre Argentina y Chile. Algunos pasajeros mostraron síntomas del virus. El virus se fue tomando el barco. Ya hay muertos. Ningún puerto los recibe. Cruzaron el canal del Panamá. Están frente a Cuba. Miles de caritas acostumbradas al pánico, desde su escotilla, ven pasar una flotilla de barcos de guerra con rumbo a las costas de Venezuela. Nadie lee el afiche pegado en las proas. Reward. Of up to. 15 millios USD. for information leading to the arrest and/or conviction of Nicolas Maduro Moros. No responden al SOS.  El barco a la deriva necesita recargar oxígeno. Los teléfonos celulares son el puente para contar todos los dramas. Una señora argentina pide auxilio. Su lamento es retransmitido en todos los noticieros. Cerca de Miami, se escucha la voz del gobernador de la Florida diciendo que solo descenderán los ciudadanos americanos. Un barco llega en su auxilio. Las autoridades aceptan bajar a los que no tienen síntomas. Irán a cuarentena. Un barco lleva muertos y enfermos. El otro lleva las dudas.

Un productor en Hollywood marca el teléfono. Contesta su socio. Mira, hay un barco a la deriva. Salió a dar un pequeño crucero entre Argentina y Chile. Algunos pasajeros mostraron síntomas del virus. El virus se fue tomando el barco. Hay muertos…  ¿ No te parece de película? Tal vez podríamos cambiar el muelle de partida, pero es que me parece tan interesante el cruce del Canal de Panamá… Si, claro, tenemos que apurarnos, debemos tener el guión listo y el plan de producción ajustado para cuando levanten la cuarentena…

Se acelera la concepción de películas. Trabajadores de todos los oficios del cine en todos los rincones del planeta comienzan a ver tramas por todas partes. Que filmes la vivencia de la pandemia en tu casa, desde tu ventana, desde tu balcón, en tu cuarto, bajo la cama, entre las cobijas, en la cocina, con fondo de lavadora, ¡por dios!,  que escribas, que cuentes lo que sientes, piensas, lo que vives. ¿No viste la noticia de ayer en New York…? NO. No. ¡No! No quiero repetirla. Siento pánico. Estamos siendo atacados por una epidemia de historias que quieren transformarse en guiones. Guiones en primera, segunda, tercera persona, en singular, en plural. Se necesitará más plata para producirlos que para financiar la vacuna.  ¿Cuántas se harán? ¿Cuánto tiempo durará el ansia de consumir películas y relatos sobre el coronavirus?

XXIII

2 de abril

CHAT CON JACARANDA

[11:19 a. m., 4/4/2020] Diego García-Moreno: Pues sí, todos los días me, nos,  invitan a involucrarme en iniciativas de documentales sobre lo que estamos viviendo. Ha sido muy curioso porque no me he sentido tentado a filmar. Sólo me provoca escribir y hacer un poquito de música.  Le dedico horas a mi blog y escribo canciones populares que parecen de mediados del siglo veinte. Tengo una extraña sensación de desconfianza con los audiovisuales. Se han vuelto tan virales, que pareciera que cuando oficio estas artes prehistóricas estuviera limpiándome de algo...
…a lo mejor mañana vuelva a tener deseos de filmar, a lo mejor... Esto no  lo puedo contar en la asociación de documentalistas.... jajaja.
[11:34 a. m.] Jacaranda: estoy totalmente de acuerdo contigo... no sabes cuántas iniciativas hay acá en México. incluso DocsMX lanzaron su convocatoria de documental colaborativo y no se cuánta cosa…  Sandra XXXX y sandra XXX están haciendo postales y haikus audiovisuales en facebook*,,, yo estoy hasta la madre
… en realidad yo estoy viviendo mi propio drama, mi película personal con mi madre y ese es el motivo del documental que he tenido parado... el que conecta con Poniatowska y luego mi madre.
….más bien ahí estoy enfilando mis baterías
…pero sí me interesa registrar reflexiones de amigos en otras partes del mundo, sobre lo que estamos viviendo
… me parece aterrador el mundo de hipervigilancia al que nos estamos enfrentando, empresas que venden nuestros datos a través de  las plataformas digitales a través de las cuales nos comunicamos
*confieso que yo pequé y caí en los haikus...

XXIV

EL siguiente relato se gestó entre las rutinas de "cardio" que hice durante las dos semanas que antecedieron al 3 de abril.

ASCENDIENDO AL HIMALAYA. 

Viajo solo. El ascensor no se detiene en su caída hacia el parqueadero en el sótano dos. Seguramente, a través de la pantalla,  el celador de la portería del primer piso está viéndome estirar los brazos y girar mi cabeza para aflojar el cuello. No llevo  tapabocas pero sí un pañuelo alrededor de mi frente. Se abre la puerta. Ahora mi imagen es espiada en las pantallas del garito a la entrada de los parqueaderos. Camino  rápido entre autos  familiares inútiles, estáticos, engarrotados, iluminados tenuemente por la luz que entra por las claraboyas que dejan ver los ladrillos de la plaza de toros.  Antes de lanzarme a subir las escaleras de mi torre, la A,  tengo que calentar mis músculos. Camino y hago extensión de brazos. Desde la portería de la torre C hasta el retorno en la torre B deben haber unos ciento cincuenta metros. Es raro que hayan construido la torre A en medio de la B y la C. Debe estar justificado en las memorias del arquitecto Salmona.  Si recorro cuatro veces el trayecto, dos  segmentos en el sótano uno, y dos en el sótano dos, estaría sumando un poco más de un kilómetro. No está mal. Y ahí sí me lanzo a la escalada.

Una luz se enciende automáticamente. Abandono el parqueadero del segundo sótano.
Cruzo el umbral de la puerta y empiezo a subir.  Mis piernas están fuertes, la respiración tranquila. Siento que salgo del ángulo de visión de las cámaras de vigilancia. Cuento dieciséis escalones. Cruzo el nivel intermedio. Mirada fija en el piso. Escalones de granito blanco. Ocho son medio piso, ocho otro medio piso. Un continuo ir y venir de oriente hacia occidente y de occidente hacia oriente.  Me pregunto ¿cuántos son hasta el piso 32?  Pensándolo bien ¿ En realidad cuántos pisos? Debo agregar los que hay entre el sótano dos y el primer piso, y sumar los que llevan desde el treinta y dos hasta el cuarto de máquinas de los ascensores. Son muchos. ¡Es como subir al Himalaya! La puerta al parqueadero del primer sótano permanece medio abierta. Asocio sótano con minas abandonadas. Antiguas bóvedas de una explotación agotada. Quizás fueron refugio de pestes o de guerras. El olor de gasolina quemada por los choferes del edificio se lo llevó el viento. Vuelvo a contar dieciséis escalones. Debo estar a la altura del gimnasio y del auditorio. Escucho el murmullo de los niños ausentes. Sobrepaso la puerta de la guardería. Es de madera hasta la cintura, La parte superior es en cristal esmerilado. Escucho una algarabía de libros cerrados y juegos dormidos. Sollozos y gritos llamando a la mamá para exigirle un dulce, una galleta, un tetero. El ruido de mi respiración se va integrando al  ambiente. Mis pasos alertan a las señoras del aseo. Ocho escalones más arriba, una, vestida de azul, balde en mano,  entra con una trapeadora a un cuarto de aseo. Detrás de su tapabocas, supongo una sonrisa. Arriba del tapabocas una mirada acompaña una sonrisa. Tal vez no sonríe y su mirada es de espanto. La puerta del primer piso está abierta. Dos celadores y el portero hablan con el electricista. Uno de ellos me mira pasar, lo ignoro. Debe estar viéndome en alguna pantalla. Será solo por este piso. No hay plata en la administración para ponerle cámaras a todos los accesos a los pisos. Para eso están las de los ascensores. Los habitantes del edificio son flojos. Sólo suben las escaleras cuando hay cortes de electricidad. Muchos prefieren permanecer tomando café con leche en la panadería. Empieza el conteo oficial. Son treinta y dos pisos.  Dieciséis niveles dobles. El ascenso será largo. Los pies sienten el esfuerzo. A las pocas semanas de haberme infartado subí a Monserrate. El corazón recuerda, reconoce el esfuerzo. Hay que regular la respiración.¿Cómo harán los que suben al edificio Colpatria? ¿Cómo harán los que ascienden al Himalaya? Regulan, tienen paciencia, no desesperan. La vista fija en el piso.  Travelling adelante, ritmo constante. Cada paso que doy lo aseguro con mi vista. Hay que levantar la rodilla justo a la medida del escalón. Escaleras de granito blanco. Piso de hielo. No puedo pisar en falso. Los altos picos me esperan. El Everest, el Anchenjunga, el Lohtse. Despreocúpate del altímetro. Son más de ocho mil metros, hijuemil escalones, dale. Siento un ventarrón frío. Una puerta está abierta. Un letrero escrito a mano me devuelve al piso octavo y a la pandemia. “Mantenga la puerta abierta, los picaportes son posibles contaminantes”. ¿Por qué lo hiciste? Pierdes el ritmo. Excusa. No he tocado nada, ni pasamanos, ni picaportes. No me he cruzado con nadie. Solo una mirada a lo lejos. Y ahora un aroma. Un olor a cebolla frita invade las escaleras. Un horario extraño para hacer cardio. Los olores me recuerdan que no he traído provisiones. No necesitas.  Tienes la grasa suficiente para asegurar las reservas. Pienso en Nairo y en Egan. ¡No! Soy alpinista, no debo confundir mi especialidad. Casi piso en mi camino una mariposa nocturna extraviada en el borde de un escalón. Escucho voces roncas, como de señoras fumadoras. Supongo que han salido de sus apartamentos a charlar, cigarrillo en mano. No quiero saber en cuál piso voy. Veo unos piecitos por la hendija de una puerta entreabierta. Deben ser las señoras. No huele a cigarrillo. Dudo, algo me obliga a detenerme. Retrocedo. Miro.  No son los pies de las señoras. Se fueron. Son los piecitos de unos enanos en cerámica. Materas dispuestas frente a la ventana, junto a la entrada de las escaleras. Podrían ser restos de escaladores fatigados que no lograron su objetivo. Respiro más profundo.  Vamos, sigue, sube, sube. ¿En cuánto estará mi ritmo cardíaco? Recuerde, me dijo el cardiólogo, no debe sobrepasar ciento cuarenta pulsaciones. Debo estar entre ciento treinta y ocho y ciento cincuenta. Qué tal que me desmayara. ¡No! Que no vaya a ser aquí. Qué vergüenza caer al piso lejos de las cámaras de vigilancia y permanecer  tirado sobre el granito durante horas arrullado por un reggaeton. ¿Quién osa escuchar reggaeton al mediodía? Hago el inventario de los adolescentes que he cruzado en el ascensor. Deben ser ellos. Viven en el piso… no, no quiero saberlo.  Acelero, huyo. Siento un nuevo aire. Imagino los picos nevados en la cima. De nuevo el silencio. Mis pasos, el granito blanco, firme, testarudo, mi respiración regulada. Milagro. De algún apartamento se escapa una fuga de Bach y  de otro  un aroma de eucaliptos. No había sentido nunca interactuar este dueto. Deben ser los últimos signos de lo sublime humano interactuando con la vida vegetal.  A esta altura no resiste ninguna planta. Vendrán las rocas sin capa vegetal, negras, cubiertas con colchas blancas como la nieve, como el granito blanco. Como la neblina. Estoy entre nubes. E l cielo azul era un ilusión de alpinistas exhaustos. El ascenso al Himalaya no permite mirar al cielo. A ningún lado. Imagino que me apoyo en el bastón y avanzo, avanzo. Ya no siento el cansancio. El ritmo es constante, el único límite será la falta de oxígeno. Otra puerta repite con dulzura el anuncio de los picaportes. ¡Obsesivos! Nadie las va a tocar, y sigo. Se confunden los pisos, las voces de nadie. Las figuritas jugando a la familia a detrás de los ventanales durante la cuarentena. Son relámpagos visuales en picado en los apartamentos que alcanzo a ver por las aberturas que dejan entrar la luz a este laberinto vertical. Siento una enorme satisfacción. Pareciera que los mismos, repetidos, monótonos, ocho escalones ya no fuesen sino cuatro. No cuento uno por uno, multiplico por no sé cuántos. La cifra no se aficha en la pantalla. Ahora sí. Piso treinta, estoy a punto, y la numeración terminará en treinta y dos. Vuelve el recuerdo de los ciclistas. Embala Nairo, Egan no da su brazo a torcer. No importa. Escalo al Himalaya caminando, en cicla, en monopatín, a pie limpio. Embalo yo,   aún tengo piernas. Los tres pisos que prosiguen al 32 son guiados por la inercia. El convencimiento, la testarudez, el espíritu competitivo. Compito con la muerte y conmigo mismo. Compito con los fantasmas de unos escaladores ausentes. Con los inquilinos del edificio que se esconden en sus madrigueras. En los igloos que han fabricado al lado de la nieve.  Más allá del granito blanco. El granito blanco que no sigue. El que me dice has coronado. El que cede el lugar a la ventana vertical, angosta, con dos barras de  hierro sostenidas con cemento. El  mirador entre rejas. La ventana desde la que se observa la ciudad vacía. No quiero caer. No puedo. Me agarro a los barrotes. Me sujeto para no perder el equilibrio.  Apoyo mi cabeza en el metal. De mi boca sale un vapor caliente y agitado. ¿Saldrán virus en las partículas de vapor que exhala mi boca? Mi aliento va, flota, vuela hacia la ciudad. La ciudad monstruo recluida en su cuarentena.  Allá lo prohibido. Aquí el cansancio. El ¿será que me voy a desmayar? ¡No!  No. Calma. Camina, desciende. Vas mejor. Los escalones de granito son ahora una pequeña cascada. Desciende el agua, refresca.  Al llegar al piso 32 mi corazón y mi respiración, ya reposados, me aconsejan no seguir descendiendo por las escaleras. Son malas para las rodillas.  Empujo la puerta con mi espalda, entro al corredor  y oprimo con el nudillo de mi mano izquierda el botón del ascensor.

Viajo solo. El ascensor no se detiene en el descenso hasta el parqueadero en el sótano dos. Seguramente, a través de la pantalla,  el celador de la portería del primer piso está viéndome estirar los brazos y girar mi cabeza para aflojar el cuello…

Tres veces ascendí el mismo día hasta los tres picos más altos del Himalaya:
·       Everest 8848 m
·       Kanchenjunga 8586 m
·       Lhotse 8501 m
·        
Dos días después, El sábado, 4 abril de 2020 a las 11:28, recibí un mensaje en mi correo. Lo enviaba el administrador del conjunto. Era una foto transformada en afiche. Mostraba  las escaleras de un piso cualquiera de mi edificio. Le habían hecho un viraje monocromático al verde. En la parte alta, a la derecha, tenía impreso en negro un texto en mayúsculas de gran tamaño  ¡QUÉDESE EN CASA!  En la parte inferior, sobre una banda verde oliva, escrito también en negro, en formato más pequeño, como una súplica decía: POR EL BIENESTAR DE TODOS y abajo, en minúsculas, “no utilice las escaleras comunales para realizar ejercicios”.  El Logo del edificio estaba impreso en el borde inferior.

continuará...

Estos escritos, con ritmo de diario, aspecto de prosa, canción, trova o poema, estarán apareciendo mientras dure el estado de cuarentena en el que hemos caído... y serán un elemento documental para comprender la evolución personal y colectiva de una situación que saca la cotidianidad de los parámetros vividos hasta hoy.
He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.