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miércoles, 13 de mayo de 2020

DIARIO DE CUARENTENA. PANDEMIA TROPICAL 8

XXXII

ENTREGA OCHO

Bogotá, mayo 13 de 2020

LAS SERIAS E INCONCLUSAS SERIES DE TERROR  
Subtítulo: La esquina de la 18 X 22

Nos vamos acostumbrando a las series de terror en la televisión colombiana. Algunas de ellas ya hacen parte del patrimonio universal de la infamia, otras son pura invención criolla con buenas perspectivas de ser postuladas al callejón de la fama en el bulevar del desconcierto. En la parrilla conviven  la diáspora embera, la infierno de los presos de Villavicencio, la venganza de Analía, el complot de Bolsonaro , un bus para Venezuela, el futuro desencantado del país de Mr. Trump, la masacre inconclusa en el Cauca y la pandemia en el Amazonas.

En medio de la larga y confusa noche de las noches de esta cuarentena recuerdo el aporte que hizo a la trama de algunas de ellas el joven ministro de la vivienda: con aire de inexperto pero con actitud moldeada en clases de expresión frente a  cámara por un asesor de imagen,  el primero de abril dio una declaración enfática en el espacio diario que la presidencia impuso para informarnos sus políticas para enfrentar la pandemia y dar cuenta de cómo la contrarrestan,  exitosamente según el guión del presidente. Dijo el muchacho de corbata como para echarle condimento al guión:  ¡Ninguna persona puede ser expulsada de su residencia durante el período que dure la cuarentena y dos meses más! Al rato aparecieron en los noticieros las imágenes de varias docenas de indígenas de la comunidad  embera que venían de ser desalojados de las habitaciones “pagadiario” donde pasaban las noches hacinados en el barrio Santafé.  Sin peatones  ni turistas en las calles no hay ventas de artesanías, entonces no hay con qué pagar los 30 mil pesos que vale por día  cada una de las piezas  en las que se acomodaban en promedio de a veintidós personas.

Lo interesante y escabroso de la reacción noticiosa, involuntaria por supuesto, a las declaraciones del ministro,  fue que a los pocos minutos de expulsar a los emberas,  de los mismos hoteluchos fueron botados a la misma calle un número indeterminado de venezolanos, de putas y personas trans. La esquina de la carrera 18 con calle 22 se convirtió de repente en  la sede del carnaval de los maltratados. Rompiendo con el patrón de imágenes de calles vacías a las que estábamos acostumbrándonos, ese rincón del centro de Bogotá mostraba una agitación inusitada y era el set en el que revoloteaban los protagonistas de diversas series con sus vestuarios y escasa utilería al hombro.  Un colchón, una plancha, un hornito eléctrico, algún cuadro y, por supuesto, unas maletas. Qué dirección de vestuario tan refinada. Cada miembro de cada comunidad era reconocible de inmediato.

No sé si fue alucinación, pero me pareció escuchar un coro de millones de televidentes de todo el país pronunciando el recitativo: ¿Tienen tapabocas? ¿Cómo harán para lavarse las manos? ¿Están guardando la distancia social? …

La estética de la fotografía ya daba pistas del estilo que acompañaría la deriva de los indígenas desplazados del Chocó. Un filtro hacía ver borrosas a las madres niñas emberas con sus vestidos y collares de colores, sentadas en la acera, recostadas contra una pared mugrienta, con sus respectivos bebés envueltos en una tela-canguro que los mantiene aferrados a sus cuerpos,  y  ensartando chaquiras. Me sorprende que siempre las mujeres emberas, independientemente de la situación, estén en actitud laboral. Con esa representación difusa, los noticieros acataban las leyes que protegen contra la explotación de la imagen de los niños en los medios. Y como había infantes venezolanos correteando entre el tumulto, mataron dos pájaros de una. Los hijos de las trabajadoras sexuales no figuraban entre los extras; como tampoco es pertinente delatar la identidad de estas mujeres y mucho menos la de las personas de la  comunidad trans, todo quedaba en orden. Presentí que era un punto de partida fuertísimo para las series. Una potente célula madre narrativa. Cuántas preguntas se colocaban al unísono sobre la mesa. ¿Seguirán juntos? ¿Qué camino tomará cada grupo?¿El estado reaccionará y les proporcionará techo, alimento y abrigo? ¿Los diezmará el coronavirus?

El Distrito propuso una pronta solución para la comunidad embera: “trasladarlos a la fundación 'Hogar Salud Mariana' donde se hospedarán hasta cuando culmine esta emergencia sanitaria, e Integración Social les brindará la alimentación”.  Un mes después, el 7 de mayo vuelvo a verlos en un capítulo de los noticieros siendo acusados de invadir un predio en “Arborización alta” en el sur de la capital. La administración distrital dice que les ha dado ayudas individuales, pero ellos quieren un refugio para todos. Se insinúa en el reporte  que hubo enfrentamiento con “fuerzas del orden”.

Dando saltos en los archivos digitales de la prensa escrita encontré huellas del “on the road” recorrido por la comunidad en el último mes: el 2 de abril estaban  instalados 50 emberas frente al edificio de Avianca en la séptima; el 7 abril durmieron en el parque Transmilenio;  el 16 de abril “más de 200 personas pertenecientes a la comunidad indígena Embera son vistas en la plaza de Bolívar. Los embera que se encuentran sin hogar, sin ningún tipo de ayuda gubernamental,  luchan por sobrevivir durante la cuarentena contra el COVID-19 que continúa en la capital colombiana!”.

La larga noche de las frías noches de la cuarentena bogotana le ha proporcionado el suspenso a esta serie de terror y ha puesto a tiritar los cuerpos de sus desprotegidos protagonistas en unos sets que parecieran haber seleccionados en una guía turística de la capital. Vaya a saberse si el silencio que la cuarentena le ha regalado a la ciudad ha permitido que la comunidad escuche, desde su cambuche improvisado sobre el cemento, los ecos de la selva que la guerra les obligó a abandonar; si la claridad en el aire que ha traído el cese de los motores le ha permitido ver signos de esperanza en el mapa estelar que se ha vuelto a instalar sobre la cúpula de la noche.
No conozco el nombre de ningún embera. Desde mi refugio  privilegiado, no he escuchado el llanto de ningún niño ni una sola queja de una madre en estos días de cuarentena. No he escuchado las declaraciones de un líder de la comunidad. No sé nada de ellos. Tan solo una imagen borrosa, pero muy insinuante. A lo mejor  para ellos esta ruta a la deriva empezada hace cinco siglos ya es la normalidad y no imaginan que para alguien como yo, un simple espectador de la televisión, todo esto no es más que una serie de terror transmitida “al aire” con el propósito de entretenernos y en cierta forma menguar la incertidumbre que nos da el encierro.  La información entretenimiento. 

Como lo de las series es en serio, vuelvo al punto de partida. Y concentro la mirada en los venezolanos y venezolanas y venezolanitos y venezolanitas que parecieran mirar hacia el oriente. Mientras las mujeres emberas fijan su vista en sus chaquiras, las venezolanas miran hacia atrás. Los emberas están en “su” país. Su territorio ya cambió de nombre, fue el Darién, fue el Atrato, fueron las laderas selváticas de la cordillera occidental mirando hacia el pacífico, fueron las laderas colonizadas mirando al Cauca, fue el bus que los fue alejando de las lluvias cotidianas, fue el pavimento recorrido hasta esta acera donde sobreviven las pepitas que reunidas forman estrellas, arcos, geometrías que representan sus visiones cosmogónicas, su sabiduría, sus secretos, su lugar en el universo. Los venezolanos no tienen donde fijar la vista sino en su pasado oriente; el transmilenio ya no admite sus cantos, la séptima no acepta sus simulaciones, no hay restaurantes para barrer ni lavar platos, no hay trasteos, no hay espacios para mendigos ni rincones para la esperanza.

Ojos desconcertados buscan algún asidero en cualquier vértice de los cuatro puntos cardinales pero irremediablemente la aguja de la brújula los obliga a mirar hacia el oriente. Entonces, miran irremediablemente hacia su tierra recién perdida. Sienten que lo que creyeron poder conseguir aquí, con un golpe de escoba se deshizo. Y que lo único que les queda, la vida, está pendiente de un hilo de aire. Pero el aire que exhalan los cuerpos de aquí puede estar contaminado. El aire que exhalan los cuerpos de allá también podría estar contaminado, el aire que exhalan todos los cuerpos humanos en cualquier parte del planeta presumiblemente está  contaminado. Incluso, su propio aire puede estar contaminado. Decir pandemia es decir global. Pero qué vergüenza morir a causa de una peste en un territorio ajeno. Está prohibido estar en la calle. ¿Y si no tenemos casa dónde vamos a estar?  Tantos que llegaron por la calle, que destrozaron la suela de sus zapatos recorriendo centenas de kilómetros con la esperanza de arribar a un territorio que fuese posada, refugio, a un lugar que les permitiera trabajar y conseguir el sustento para la comida, que les permitiera ver un asomo de la palabra futuro, pero hoy solo ven una posibilidad: la marcha atrás, el devuélvase, allá por lo menos está mi país. Ya no importa quién gobierne mi país, ya no importa si hay hambre en mi país, ya no importa si la peste también baila en mi país.

¿Aguantarán las ruedas de la maleta el roce con el pavimento en el  retorno?  La tele muestra los venezolanos expulsados de su paga-diarios en el barrio Santa Fé, pero también muestra los de Cali, y los de Popayán y los de Ipiales y los que tratan de pasar la frontera del Ecuador por las trochas. Los que han re-embobinado el hilo desde los confines de Chile y Argentina.  No es solo Bogotá la tierra inhóspita. El continente entero parece haberse puesto de acuerdo para negarles el refugio. Escucho el clamor por un bus. El clamor por un bus que ahorre la fatiga; el sueño de unas ruedas que transporten el cuerpo mientras ronca y sueña, el sueño que sueña recuperar el sueño. Un sueño que ahorre la pesadilla del retorno.

Reviso en Internet los posibles capítulos de la serie:
-El de 31 marzo en El espectador  cuentan que " al menos 200 venezolanos, que permanecía en el refugio para migrantes del Distrito Maloka, han sido desalojados debido a las condiciones de la cuarentena, para prevenir mayores contagios del covid 19 estipulan que no debe haber aglomeraciones de más de 50 personas en un mismo lugar... la alcaldía entregó subsidios para que busque una nueva vivienda, pero los afectados aseguran que en este momento es muy difícil una nueva vivienda.
-El 4 de abril, el mismo periódico relataba que “cientos de personas emprendieron un largo viaje de regreso a su país en medio de la cuarentena en Colombia. La mayoría de estas personas trabajaba de manera informal y por cuenta del aislamiento se les ha hecho difícil reunir dinero para pagar sus arriendos y comida"...
-El 20 de abril encontramos en El Tiempo: “ La falta de dinero para vivir el día a día, la expulsión de los inquilinatos por no pagar arriendo y el no conseguir dinero para enviar a sus familiares son las razones por las que miles de ciudadanos venezolanos han decidido abandonar Colombia y los países vecinos para regresar a su país en plena pandemia".
-El  27 de abril Infobae publicaba: “Las restricciones para estar en las calles, expulsiones de los inquilinatos y dificultades para acceder al sistema de salud hace que muchos intenten al menos regresar con su familia. El viaje es casi imposible hoy y apenas lo logran unos 500 por día, que encima se encuentran con nuevas vejaciones por parte del régimen de Nicolás Maduro”.
-El 30 de abril, en alguna parte leí: “unos 500 migrantes y una docena de autobuses quedaron estacionados cerca de las cabinas de peaje que marcan la frontera norte de Bogotá, después de que las autoridades de migración les impidieron continuar en medio de las restricciones de paso en la frontera…”

Hoy es 13 de mayo. 

Retorno en mi imaginación a la esquina de la carrera 18 x 22. Cemento, paredes ajadas, mugre olvidado, una moto de rappi cruza veloz, un taxi lento, dos o tres pepitas de color olvidadas en la cuneta, algunas siluetas osadas e insinuantes ofrecen un rato de reposo a los deseos de un transeúnte con tapabocas en un catre de un cuarto que ha recuperado sus costumbres. El viejo propietario que expulsó a todo el mundo, al verse solo y sin ninguna entrada, tuvo que transar con algún viejo amigo trans y dos prostitutas que conoce desde hace veinte años. No quedaron fantasmas. Todos los demás se fueron. Seguramente volverán cuando vuelva la normalidad y los clientes lo exijan.

A pesar de este probable falso final, considero que la intuición audiovisual no me falló. De ese vértice urbano partieron los guiones de unas series cargadas de  terror y  suspenso, impregnadas con la dosis de zozobra que la realidad regala cuando los humanos no logramos compartir el territorio y debemos recurrir a palabras como expulsión, desalojo, desplazamiento, intolerancia, exilio, destierro…  En esta oportunidad todos, los que desalojan, los desalojados y quien cumple la vieja función de narrador, sentimos que la zozobra está propulsada por un viejo habitante del planeta, la peste,  que acostumbra atacar inesperadamente, devastar y desaparecer misteriosamente hasta que adquiere una nueva forma o que las conjunciones azarosas o premeditadas de los astros, o del coqueteo entre humanos y otras especies inocentes provocan un nuevo ciclo, y entonces  reaparece trayendo en sus hombros sus aplastantes ingredientes: temor colectivo, inseguridad colectiva, debilidad colectiva. Estos ingredientes llegaron hasta esta esquina bogotana con su nuevo atuendo y se instalaron en el vestuario de los emberas y las putas de los trans y los venezolanos. No respetaron edad ni etnia, ni historias, ni esperanzas ni miserias. 
miserias.
En las series que he avistado está trazado solamente el recorrido de dos comunidades durante algo más de un mes. En mi encierro, la ventana que me ha dado las pistas de esa ruta es el internet. Don Google, que todo lo sabe, me ha permitido navegar al azar entre noticias. Podría continuar  buscando rastros del éxodo de la comunidad trans, y de las prostitutas, y, por qué no, ampliar el espectro a las series de terror que mencioné en un principio. Empatar esquinas y series como si fueran chaquiras hasta construir el collar que muestra la cosmogonía del pánico del planeta. Es que son tantas las esquinas en donde nacen las derivas. Podría continuar, haciendo el seguimiento del brote de coronavirus en la cárcel de Villavicencio, día por día, desde su nacimiento hasta la terrible epidemia que hoy la diezma, cuando se cuentan casi ochocientos infectados; podría construir la serie en forma de mapa de los asesinatos de líderes defensores de los derechos humanos en el Cauca; del incremento de la pandemia en el Amazonas y dar un salto sobre el gran río para caer en una fosa de Manaos donde los llantos se confunden con insultos al irresponsable Bolsonaro, o dar un salto acrobático a las puertas de una funeraria de Manhattan con el peligro de encontrarme las sínicas sonrisas de Trump, pero soy incapaz...  

Me detengo, repentinamente me siento fatigado, es como si la errancia ajena se hubiera apoderado de mis ánimos.  Siento como si hubiera estado peleando con un monstruo invisible y hubiese sentido por un instante que la derrota es inevitable. Me da miedo, siento terror, la debilidad hace que aleje las manos del teclado de letras y confiese que la serie de series se volvió una especie de inyección de dolor de especie.  Siento una fatiga profunda,  es como si todos los cansancios me hubieran atrapado.

La noche avanza y el noticiero ha terminado. A continuación La Venganza de Analía.  Aparece la luz de la vida sin el coronavirus. Estamos invitados a saborear al placer de los odios familiares, de las ambiciones y luchas por el poder, de los asesinatos escondidos, de las trampas y los chantajes sentimentales y toda esa colección de ruindades reunida premeditadamente en un espacio para que los aburridos se amañen, nos amañemos, para que el espectador medio de prime-time disfrute a plenitud, todos los días, de una serie repleta de pasiones, de un rosario de aterradores terrores cotidianos. Qué jartera. Apago la tele. 

Quizás, tú que has sido capaz de leer hasta aquí, te intereses en llevar a buen puerto esta tarea que he comenzado y que ahora siento que me sobrepasa. Tal vez tú te animes y logres continuar con este relato. Quizás tengas la fuerza y la curiosidad necesaria y la dosis de solidaridad requerida para investigar y contar. Discúlpame, voy a sentarme un rato en el piano. Quizás con cuatro acordes logre acompañar una canción reparadora. 

 continuará...

Estos escritos, con ritmo de diario, aspecto de prosa, canción, trova o poema, estarán apareciendo mientras dure el estado de cuarentena en el que hemos caído... y serán un elemento documental para comprender la evolución personal y colectiva de una situación que saca la cotidianidad de los parámetros vividos hasta hoy.

miércoles, 25 de marzo de 2020

DIARIO DE CUARENTENA*. PANDEMIA TROPICAL 1

Estos escritos, con ritmo de diario, aspecto de prosa, canción, trova o poema, estarán apareciendo mientras dure el estado de cuarentena en el que hemos caído... y serán un elemento documental para comprender la evolución personal y colectiva de una situación que saca la cotidianidad de los parámetros vividos hasta hoy.

*Empecé llamando estas entregas  CRÓNICAS CORONOVIRULARIAS. Publiqué la número 1, pero al día siguiente no me gustó ese nombre y decidí cambiarlo por DIARIO CORONAVIRUSLARIO, la sonoridad me pareció más seductora. Pero al día siguiente lo sentí tan desagradable como los virus mismos. Entonces, como de estar activo en la cuarentena se trata, hoy opté por bautizarlas DIARIO DE CUARENTENA y para cada entrega utilizaré un título. Empecemos con :


PANDEMIA TROPICAL 1. DeL FICCI hasta BOGOTÁ.


Cartagena, marzo 16….

coro
Ni festival, ni fiestas, ni películas, ni mar.
Cartagena 20 20, nunca te voy a olvidar.
Tardamos sesenta años
para empezar a boquear.

I. La mañana
No hay casi gente en la playa.
El mar parece un dócil perro
esperando a que su amo lance el palo,
la pelota, el hueso o el bumerán.
Cuando estoy a punto de tocar el agua con la punta del pie
Desde un lejos cercano un policía en uniforme verde grita:
¡Está prohibido bañarse en el mar!
Cara negra, vientre gordo, manoteos ágiles,
el director de la orquesta sinfónica ausente
me comunica el ¡No!
¡Está prohibido bañarse en el mar!
El coronavirus impuso sus normas.
Y nosotros, sus súbditos, simplemente las debemos acatar.

Tendremos que aprender a lidiar con los tiempos
dislocados, aparentes, imprecisos, inocentes:
De la voluntad de acción a la pereza en acción,
de la embriaguez del instante  a la desazón del encierro,
del chapuzón de la inconsciencia al tedio de las noticias.
Del "y entonces qué" al "qué irá a pasar"...
Tres días de cronograma vacío en Cartagena
serán el taller del cual saldré diplomado.

Las ocho de la mañana durarán todo el día.
Desde la hamaca en el balcón aprenderé a disfrutar
el vaivén del humo de calor inútil
que a ritmo de viento danzará sobre la arena,
y dispondrá a su amaño de la playa
ante la ausencia de lancheros y turistas,
de sus tropeles, olor e intensidad.

Aprenderé, espero, a escarbar con las maría-mulatas,
pluma a pluma, pico a pico, codo a codo.
A esperar el parsimonioso pelícano,
a seguir su vuelo, a verlo planear,
hasta que de repente se lance de cabeza a la sal del mar,
y salga atolondrado, medio ciego,
con el pico sujetando un lebranche  
y una sonrisa extensa del mismo tamaño
que su herramienta bucal.

coro
Ni festival, ni fiestas, ni películas, ni mar.
Cartagena 20 20, nunca te voy a olvidar.
Tardamos sesenta años
Para empezar a boquear.

II. La tarde

Aprenderemos a dejar que la baba ruede por la comisura
Sin perturbar los ronquidos de las dos de la tarde
A abrir el ojo y volverlo a cerrar porque no hay prisa
A recordar lo que acabo de soñar y a preguntarme qué sería
Miraré con desconfianza el resplandor de las tres de la tarde
Y comprenderé el por qué de tanto pájaro escondido
Quizás a las cuatro descenderé a las baldosas y
Aprovechando su frescura iré a mear sin esfuerzo y sin premura
Aprenderé a repetir la siesta si mi intento de leer no fructifica
Aprenderé a no mirar el celular  ni la pantalla donde escribo
Y a eso de las cinco a colocar las esperanzas en el poniente
Más allá de la playa de la arena del costado Tierra Bomba
A esperar la noche con la pareja de loritos
Que cada atardecer regresan a la rama donde se pueden amar

Cada veinte minutos una buseta pasó frente al balcón
Era como una invitación a recordar
que si quería ir a la ciudad amurallada
era cuestión de levantar la mano y entrar
tomar un asiento frente a una ventanilla y mirar la ciudad pasar

Pero no puedo estoy recluido.
Mi actitud es de hamaca permanente
Y aquí estaré hasta que el policía verde desaparezca
y pueda continuar con el plan
de bañarme muy temprano en el mar

coro
Ni festival, ni fiestas, ni películas, ni mar.
Cartagena 20 20, nunca te voy a olvidar.
Tardamos sesenta años
Para empezar a boquear.


III.
La fuerza de la UNIÓN
O LA Unión a la fuerza.

Nos une la palabra Cancelado
Nos une la palabra Postergado
Nos une la incertidumbre
La inacción y  el desconcierto
Nos une la perspectiva de una muerte en coro
La esperanza de una vacuna redentora
La lotería del inquieto azar

Si no fuera por estas uñas
que insisten en rascar mi piel
creería que todo es quietud
Por este deambular
entre el catre y el balcón
creería que todo es calma y reposo
Si no fuera por estas mechas ensartadas
de tanto enredarlas con mis dedos
creería que todo está dispuesto para reposar
o quizás meditar sin esfuerzos sin afán

Por fortuna el sol tiene la costumbre de ocultarse
Y pareciera que le incomoda irse sin deslumbrarnos
Se vuelve un pavo real seductor
Y  llena de color el cielo  y el mar

Desde el balcón lo miró ocultarse tras la boca

De la popa a las bocas.

Cartagena tiene dos bocas:
Una boca chica
Y una boca grande.

IV. La noche
de noche o la noche de todas las noches.

Las Bocas a Cartagena
Le sirven pa conversar
Pero cuando llega el virus
Las usa pa estornudar

Cuando cerraron el ficci
La gente desconcertá
Salió a buscar la fiesta
En calles amurallá
O en balcones ventilaos
Donde pudieran bailar

Quiebra Canto y otros bares
Estaban a reventar
El sudor corría a mares
nuestra dicha era rumbiar
Con cada grito a la peste
queríamos exorcisar

Sábado domingo y lunes
La cosa fue más prudente
Entre noticias la gente
Se sintió menos inmune
Creyendo esquivar la peste
Yo regresé a Bogotá

Del taxi al aeropuerto
sala de espera y avión
el paisaje era incierto
reinaba la confusión
Los turistas europeos
Eran vistos con temor

Volando sobre Colombia
Sentí angustia de planeta
Arrastramos las  pandemias
y las pestes cual cometa
Una estela de amenazas
Sepulta planes y metas

Bogotá a medianoche
Era una ciudad fantasma
sin peatones ni coches
ni indigentes…no había un alma.
Cuando llegué a mi casa
ya Sally dormía en calma

Me dispuse a saludarla
Pero me sentí inseguro
Quizás de esta ruta larga
Mi cuerpo no venga puro
No pude estamparle un beso
Sentí un temor oscuro

Prendí la televisión
Y una arepa preparé
Hundido en la confusión
las noticias mastiqué
hospitales, ataúdes
caras largas por doquier

La china Italia España
Usa Rusia gente muerta
El virus todo lo empaña
Latinoamérica alerta
La pandemia y su maraña
En el África es incierta

Cartagena quedó atrás
La familia es buen reposo
Tomás quieto en Portugal
Sally canta sin acoso
La nevera está surtida
Slow time es la partida

CONTINUARÁ....

lunes, 23 de marzo de 2020

CRÓNICAS CORONAVIRULIOSAS 1. Pandemia virtual.

Estos escritos, con ritmo de diario, aspecto de prosa, canción, trova o poema, estarán apareciendo mientras dure el estado de cuarentena en el que hemos caído... y serán un elemento documental para comprender la evolución personal y colectiva de una situación que saca la cotidianidad de los parámetros vividos hasta hoy.

CORONAVIRUS
Bogotá, marzo 10...

Cuando colgué, supe que estaba contagiado: el virus me había pasado a través del celular.  Entregué el pasaporte, me pusieron el sello sin ningún reparo y me dirigí hacia el control de metales. Habían instalado un aparato que medía la temperatura de los cuerpos. En la cola, las primeras gotas de sudor le dieron brillo a mi frente. Mis manos se pusieron frías. Estornudé. Decenas de ojos se fijaron en mí. Vi dedos, como revólveres, apuntándome. Sonaron alarmas. Guardas vestidos de verde claro, cubiertos de la cabeza a los pies, me rodearon. Me introdujeron en un gigantesco tapabocas. Me condujeron a un pequeño cuarto blanco, sin ninguna decoración. Me preguntaron mi procedencia. Les dije la verdad: el único país que había visitado era tu voz a través del celular.


WHISKY EN LAS ROCAS
...Cartagena, 16 de marzo de 2020

Crucé una serpiente saliendo del bar
Me miró a los ojos, me obligó a escuchar:
La peste ha llegado por el celular.
El virus lo esparce su voz al hablar.
la vía inalámbrica: inyección letal

coro:
No lavé mis manos ni usé tapabocas
Preparé maletas y un whisky en las rocas.

Me ha llegado el virus por el celular…
No hay un tapabocas que pueda frenar
la peste siniestra que irradia tu boca.
Estoy infectado, mi suerte es muy poca.
La muerte en mi cuerpo tu voz hoy coloca.

Coro:
No lavé mis manos ni usé tapabocas 
Preparé maletas y un whisky en las rocas.

Me ha llegado el virus con antelación.
Sentí en tus palabras deseo y traición.
Hablando al oído me has contaminado
Sin verte los labios ya estoy condenado.
Brindo a tu salud, yo me hago a un lado.

Coro:
No lavé mis manos ni usé tapabocas
Preparé maletas y un whisky en las rocas.

El virus me enviaste por anticipado 
en todos los puertos seré requisado
pruebas de metales, controles de aduana,
quien tosa es culpable quien sude va a cana
tendré cuarentena sin buena ventana

Coro:
No lavé mis manos ni usé tapabocas
Preparé maletas y un whisky en las rocas.

Siniestra tu voz transmitió su peste
Sembró su cinismo del este al oeste
Con viejas recetas mantendré la risa 
No empujes, no incites,  contrata una misa
O inventa una orgía en cualquier cornisa

Coro:
No lavé mis manos ni usé tapabocas
Preparé maletas y un whisky en las rocas.

Los vasos cargados de alcohol y demencia
Viejos ceniceros oliendo a inconsciencia
Las mesas manchadas con tufos y furias
Bolsillos vacíos cargando penurias
Menguarán la pena ensartando injurias

Coro:
No lavé mis manos ni usé tapabocas
Preparé maletas y un whisky en las rocas.

Bloqueada la puerta voy a la ventana

la ciudad respira una luz más sana
propicio el silencio para larga espera
cuarentena o cárcel con tele y nevera
tu voz se diluye tal vez no me muera


Coro:
No lavé mis manos ni usé tapabocas
Preparé maletas y un whisky en las rocas.


 INVASIÓN
Cartagena,  marzo15...

Amurallaron la ciudad
Para que no entraran los piratas
Pero  corsarios invisibles
Llegaron en  la nave de tu voz
Se filtraron por tus manos
Se instalaron en tu olor
Y no hay remedio en el mundo
Para contener tu sudor.





Y MI ÑAPA... Una canción infantil inspirada en un balcón con vista a la playa de Castillo Grande (sur).

MUCHAS RAMAS 
Idilio de loros en el paisaje
Cartagena, Marzo 14...

Fondo azul
Perfil  chamizo
Línea en trazo japonés

coro:
Muchas ramas
Muchas ramas
y en una rama tú y yo

Tu pico pica mi pico
Yo te pico tu me picas
Entre las plumas te pico
Te pico en el corazón

Arena, ola y arena
Arena chamizo y sol
Muchas ramas muchas ramas
Y en una rama tu y yo

coro:
Muchas ramas
Muchas ramas
y en una rama tu y yo

Tu pico pica mi pico
Yo te pico tu me picas
Entre las plumas te pico
Te pico en el corazón

Nota: No hay documentación de aves afectadas por el coronavirus.
He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.