jueves, 21 de agosto de 2014

EL CORAZÓN NO MIENTE

Por Diego García Moreno*


 I. UN FLECHAZO AL CORAZÓN.

Cuando José Gregorio levantó la camisa de Janeth, y tras acariciarle la barriga le besó el ombligo que coronaba un vientre redondeado por tres meses de embarazo, supe que el corazón de ese muchacho latía a plenitud. La conoció en el hospital San Vicente de Paúl de Medellín una semana después de la operación. Ella era una agraciada jovencita costeña de rasgos sinúes, familiar de un cuñado de José Gregorio, que andaba de paseo por Medellín y fue al pabellón cardiovascular del hospital por pura curiosidad, para conocer al pariente a quien “mi Diosito” le había hecho el milagro. Porque quedar vivo y enterito después de que una esquirla se le incrustara en el corazón sólo podía considerarse un milagro en el país del Sagrado Corazón.
Cómo no conocer a ese afortunado héroe de la patria, al del milagro, como le decían en la familia, en el ejército, en el barrio y, por supuesto, en los titulares de prensa y noticieros que dieron a conocer por televisión y radio tan escabroso acontecimiento y tan sorprendente intervención quirúrgica.
Fue cuestión de abrir los ojos, cruzar su mirada con la de esa muchacha calentana de cuerpo bien formado y carita redonda, entre pícara y virginal, para que el “mango” de José Gregorio empezara a bombear sangre como si estuviera nuevo. Y el corazón del soldado estaba bastante maltrecho por el impacto y por la larga, penosa operación a corazón abierto para extraerle el pedazo de hierro que se había empotrado en la pared que separa la aurícula del ventrículo. El accidente ocurrió cuando José Gregorio patrullaba en una zona de conflicto en el oriente antioqueño y pisó una mina antipersonal.
Un año después de ese flechazo, José Gregorio y Janeth vivían juntos en una humilde casita en el barrio Pacelli, en las laderas de Bello, una prolongación de las agitadas comunas de Medellín, y esperaban un bebé. El día de nuestro primer encuentro el soldado estaba de licencia, aguardaba que en el ejército definieran su situación y le dieran de baja para poder compartir la nueva vida con su amada, y fue propicio para que pactáramos hacer un documental sobre su historia: la de un muchacho de barrio popular que ante las limitadas perspectivas laborales se había enrolado en el ejército a sabiendas que, como le decía su mamá,  era la única fuente de trabajo honesto.

- Ay mijito, no vaya  y se lo lleven los guerrilleros o los paras…
Pero por cosas de la guerra y del destino, se había transformado en un caso clínico único que nos obligaba a reflexionar sobre nuestro propio cuerpo y sobre la situación de la patria.
 
—¿Será que ese muchachito sí va a nacer normal? —me preguntó Mery, su hermana—. Es que con la cicatriz tan grande que le quedó a mi hermano, uno no sabe…
 —le dije—. Las cicatrices no son contagiosas ni hereditarias…


* * *

Supe de José Gregorio por el doctor Francisco Gómez, Pacho, el cirujano que lo operó. El doctor Gómez hacía parte del equipo cardiovascular que más operaciones de corazón abierto por trauma —es decir, por balazo, puñalada o cualquier objeto cortopunzante— ha practicado en el mundo. Medellín tenía el récord debido a la epidemia de violencia que azotó a la ciudad en los años ochenta y noventa, cuando la capital antioqueña se convirtió en el epicentro de las guerras del narcotráfico bajo el mando de Pablo Escobar y su cartel de Medellín. Pero el caso de José Gregorio era diferente para el doctor Pacho: era la prueba de la degradación del conflicto que azota al país desde hace cincuenta años.
Como cineasta, he explorado “la colombianidad” a través de objetos simbólicos como la arepa, el trompo, la corbata, la cama, la hamaca, la estera, la acera y el ataúd, y fue a la salida de una proyección de Colombia horizontal, en la que recorro el país confrontando diversas relaciones con el lecho, cuando el doctor Gómez me contó que trabajaba con un objeto que también era una metáfora de Colombia: el corazón.
—¿Por qué no hace una película sobre el tema? —me propuso el doctor, y a mí me quedó sonando la idea de explorar el corazón como otro símbolo de la colombianidad.
La propuesta se hizo realidad años después, cuando me narró la intervención practicada al soldado y me mostró las imágenes de la extracción de la esquirla. Era increíble: a este muchacho la mina no le había amputado ningún miembro, pero su munición había ido directamente hacia la cajita de música donde está dispuesto el motor de la vida. Las imágenes de esa operación tenían que ser conocidas por todos: eran la metáfora de un país herido, que a pesar de todas las agresiones por las que pasaba diariamente, aún era capaz de moverse, de bombear sangre, vida.

El doctor Gómez me dejó grabar una consulta con José Gregorio. Al terminar, escribí en mi diario de rodaje el texto que reproduzco a continuación.

II. AUSCULTANDO A JOSE GREGORIO

Una mesita de madera recostada contra la pared hace las veces de escritorio. Un par de taburetes dispuestos a lado y lado invitan a cada cual a tomar asiento. La luz ha hecho ya su ingreso violento por la ventana y se ha distribuido por las paredes color crema, sobre la bata blanca del doctor, sobre la camisa y el pantalón azul claro de José Gregorio, sobre la piel blanca de ambos.
Francisco tiene líneas agudas y gran nariz aguileña que separa unos ojos negros, vivos, inteligentes, inquisidores pero amables. Lleva un bigote oscuro y su cabello ondulado va del negro al blanco dejando una sensación gris, acorde con las arrugas que le hacen aparentar más de los 56 años inscritos en su cédula. José Gregorio es un muchacho de apenas 24, casi imberbe, con la piel pálida, brillante por naturaleza y por los efectos de la caminada bajo el sol del mediodía. Su cara es cuadrada, tiene el pelo castaño y una nariz casi recta, ancha, moldeada quizás, como en los boxeadores, por el impacto de un rudo golpe. Sus ojos despiertos tienen ese extraño resplandor que permanece en quienes recorrieron el túnel de la mano de la muerte, pero por insondables designios se detuvieron en su umbral y regresaron a las dichas y los sinsabores de la existencia.
La decoración del consultorio se reduce a un corazón de yeso desarmable puesto sobre una esquina de la mesa. Enseña los componentes de un órgano que en general desconocemos: miocardio y pericardio, venas y arterias, aurículas y ventrículos, válvulas y convincentes venitas. Un territorio donde conviven los amores, el dolor, las esperanzas y el desconcierto, con los soplos y las taquicardias, las arritmias, los infartos, la música y sus silencios. Enfrente, una camilla espera.
José Gregorio asegura que nada le duele. Sólo el esternón cuando hace grandes esfuerzos. Come bien, es decir come bien en la medida de lo que significa comer bien en el ejército. Duerme bien, claro, en la medida de lo que es dormir bien en el ejercito. Tose, sí, tose un poco pero no es más de lo que podría considerarse lo normal en las frías noches del ejército. Francisco lo mira atento, serio, reflexivo. Es evidente la emoción de José Gregorio presentando el informe a su salvador.
Una cadena de televisión difundió meses atrás una nota que pregonaba: “El grupo cardiovascular del hospital San Vicente de Paul sorprende a Colombia de nuevo con una gran proeza científica…”. En la nota, el cirujano trataba de explicar que esta operación no era tan diferente a otras que cotidianamente practicaban en corazones destruidos por puñales o balazos. Que de esta historia nacía una reflexión sobre la desmesura a la que ha llegado la violencia en Colombia. Pero al programa le interesaba vender la primicia de un grupo científico nacional capaz de ostentar un récord Guinness. La guerra nos brindaba hazañas que dejarían muy en alto el prestigio de los científicos colombianos.
—Vas muy bien, José Gregorio —dijo el doctor—. Quítate la camisa y los zapatos y súbete a la camilla.
Se escucha un antiguo reloj de péndulo. Tic-tac. Conciencia de ritmo. Espera. La respiración llena el espacio. El doctor introduce los auriculares del estetoscopio en sus oídos. Yo no escucho nada. Capto su expresión ausente tratando de escuchar las pistas secretas de otro mundo. José Gregorio se ha vuelto dócil, fija su mirada en el muro opuesto. ¿En qué piensa el paciente? No piensa, palpita. Espera que el médico dictamine. Su mente quizás le canta canciones de amor al corazón,  le suplica que durante el examen se muestre sano. Presiento en él esa terca voluntad de estar bien. ¿Realmente lo estará? ¿Cómo defraudar a un cirujano que entregó toda su pericia y experiencia para alargarle su permanencia en esta vida? El médico que le prolongó sus noches en el ejército, sus hambres y el frío con su tos, pero también los saludos a su madre, sus pasiones, sus amores y sus sueños. La mina saltarina que explotó a su paso no fue propiamente enterrada para desgarrar corazones. Estoy vivo, dirá José Gregorio. ¿En qué piensa el galeno? El doctor no piensa, ausculta. Descifra músicas. Busca marcaciones de ritmos, síncopas, pérdidas del compás. Descifra los secretos del corazón.
—Levanta el brazo, por favor.
El médico le coloca a su paciente un medidor de presión en el antebrazo. Oprime repetidas veces la pera. El fuelle se infla. La aguja en el medidor sube. El doctor detiene el bombeo. La agujita inicia un descenso. Como si tuviera hipo, simula detenerse en ciento veinte, pero continúa el camino y al pasar por ochenta vuelve a parpadear y retorna a su reposo.
—Muy bien, puedes vestirte.
—Ah, doctor, otra cosita. Es que en la revisión que me hizo el doctor del batallón, me dijo que había quedado otra esquirla aquí.
—Ah, ¿sí? A ver yo miro.
El paciente extiende su pecho desnudo. No puedo evitar enfocar esa extensa porción de piel arrugada que envuelve el esternon con una desordenada acumulación de células en apariencia imperfectas, y entiendo la razón de todos los temores del soldado:
—Si me dan de baja del ejército, ¿quién me va a dar trabajo con semejante tajo? Me invitarán a quitarme la camisa para una revisión médica, me verán esta cicatriz, se espantarán y me preguntarán ¿que pasó? Tendré que contarles todo y nadie me empleará.
—¿Perdón, dónde es?- Pregunta el cirujano.
—Aquí, doctor, donde se siente más durito.
Las yemas de los dedos largos y flacos del doctor palpan con pericia, concentran sus radares y transmiten su parte de tranquilidad.
—Ah, no. Esos son restos de las suturas que te hicimos. Eso desaparecerá con el tiempo, no te preocupes.

El doctor Pacho despide a José Gregorio y me  pregunta si quiero tomar un café.
-Cómo es la vida-, me dice mientras revuelve el cubito de azúcar en su pocillo.  -Ese muchacho tiene el ritmo cardíaco perfecto. El corazón es definitivamente el músculo más noble… pero es impredecible… imagínate que a mi esposa, una señora que no ha estado en el campo de batalla, que se alimenta bien y lleva una vida serena se le acaba de diagnosticar una arritmia…


III. EPÍLOGO

 
José Gregorio subió a la buseta que lo llevaría a reencontrarse con Janeth. Nosotros iniciamos una aventura cinematográfica que duraría más de tres años auscultando el ritmo cardíaco de un territorio al que llaman “el país del Sagrado Corazón”, que evidentemente sufre de serias afecciones cardíacas.

Diego García Moreno 2014  © 

* Director de cine colombiano. Su largometraje documental El corazón (2006) ganó el premio nacional de cultura  -video- de la Universidad de Antioquia, el premio Atlantidoc en Uruguay, e hizo parte de la muestra oficial de los festivales de cine de Londres, Buenos Aires, Brasilia, Sidney y Vancouver, entre muchos otros.

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He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.