viernes, 3 de octubre de 2014

RECESO CON ÑAPA

Hace días que no escribo en el blog. O mejor, que no escribo… en seco.  La edición del documental sobre el Teatro Libre de Bogotá, a partir del remontaje de La Orestíada de Esquilo en el Teatro de Chapinero,  y un video que me ha encargado el Idartes sobre los Clan (Centros locales de arte para niños) me consumen el tiempo,  manipulan y absorben casi toda mi energía.  Me dejan solo un pequeño porcentaje para la nostalgia de la escritura inútil. Esa que no encarga nadie. La irresponsable y libre. Extraña mañana es esta: ni grabo ni edito. Entonces me escapo un momentito para amplificar mi declaración de silencio involuntario. Para decir que este blog no está muerto. Que está dormido. Que seguramente al término de estas obligaciones laborales tendré muchas frases para escribir, porque ambos encargos son fascinantes. Que esta manoseadera diaria a la gran tragedia griega dejará su huella en mis palabras. Esta suma de venganzas y matricidios, parricidios, filicidios y todas esas variables de agresiones que se catalogan con palabras terminadas en “…idios”  revuelcan una memoria empotrada en las células de lo humano que arrastramos. Mucha sangre manchando campos, mares, callejuelas y castillos, se mezcla con la obligación de grabar caritas tiernas de niños y niñitas cantando o bailando o pintando o haciendo malabares o teatro o danza o tocando arpa en medio de unos barrios que parecieran escenarios posibles para un suspiro de Pasolini . En este período de fin de año se han sumado dos aproximaciones extremas al arte que, presiento, cocinan  a fuego lento el futuro de este curioso rincón de  mis desahogos. Mientras, voy a rebuscar en la carpeta “mis documentos” de mi computador alguno de esos escriticos con cara de canción que en cualquier momento de desempleo salieron a la luz de la noche.  Ya vuelvo. ..

LISTO. Encontré un trozo de vida en el camino. Hace parte del diario escrito en el viaje por Suramérica que hice con Sally iniciando el año. Aquí va. Una sorpresa con foto y todo.


EL TREN ENTRE PUNO Y CUSCO

El problema es de tiempo. Las dos líneas paralelas se tratan de juntar a distancia y los soportes transversales, uno por uno, me hacen creer que puedo contarlos. No hay afán. El paisaje desfila a lado y lado a través de los amplios ventanales de madera. El bronce de los portaequipajes y las lucecitas con farolas de cristal en flor y las sillas tapizadas, abullonadas, sostenidas en fina madera curva, y sus brazos para reposar nuestros brazos, nos hacen sentir en otro tiempo. Desplazarse sin ruido de motor, solo con el taquetaquetaquetá, va produciendo una relación hipnótica con el paisaje.



El Titicaca allá, parece eternamente nuestro a pesar de que sus juncos, sus riberas sembradas en papa y sus florecitas amarillas que no sé qué son, van a desaparecer entre las grandes extensiones de hierba donde pastan los rebaños de ovejas, alpacas, llamas y vicuñas. Casitas de tierra diseminadas por ahí, como al azar, techos de paja o zinc que rebotan los rayos de un sol que comienza a borrar los restos de la lluvia de la noche. Charcos que son espejos de nubes. La elegancia. El tren de Puno a Cusco nos deja horas para recurrir al dispensario de nuestros adjetivos: bello, hermoso, deslumbrante, fantástico, alucinante… Qué curiosa sensación de felicidad. Si, es caro pero uno olvida el precio tras cada durmiente de la carrilera. Qué afortunados somos, hemos podido pagar los tiquetes que incluyen pisco y cena.


De pronto entramos a Juliaca. Una señora de sombrero corre por la vía, parece perseguir el tren, va quedándose atrás, pero en diagonal, o perpendiculares, empiezan a aparecer hombres, mujeres, vendedores de coca, de metales, de telas, de máquinas, de repuestos, de frutas, de metales, de chécheres chinos, de muñecos, de cordones de zapato, la vía se cierra, el paisaje desaparece, los mantos del altiplano se suceden, la mugre, el barro, los pedazos de metal oxidados o brillantes, una sensación de hambre, de acoso, de desespero, cuidado te roban la cámara, mantenla fija en la mano, es un solo plano, eterno, delatador, no es lo mismo filmar mirando hacia delante, todo aquí va hacia atrás, pero cada transeúnte, cada vendedor, cada mendigo, cada niño, cada señora adolorida, cada miserable está en su presente, se abre ante el tren durante el minuto que demora su paso y vuelve a su sitio, se apropia de la carrilera, extiende su pedazo de plástico o de tela sobre el piso y vigila que sus cosas no hayan desaparecido bajo la mole amodorrada, constante del tren.


            No hay afán. El mundo se desespera con los fantásticos trenes de gran velocidad. Hay que negociar rápido. En el tren de Cusco a Puno no hay prisa, solo el placer de mirar, de dejar que esta sensación de territorio se involucre al cuerpo a través de los ojos y de este taquetaquetaquetaquetá paralelo al Titicaca. Agua, planicies, montañas, nieve, naturaleza,  nubes, cielo revolcado por el aleteo de los cóndores o nuestros suspiros. Adiós ciudades. Vuelve a dominar esa incontrolable grandeza de la memoria tallada en el paisaje andino. Seguimos sin afán. Repetimos, no cansamos de repetir, volvemos a exhalar un qué alucinante, qué belleza, qué belleza, qué belleza.






He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.