
¿Cómo subirían estas piedras? preguntan en todos los
documentales, en todos los folletos, en todos los estudios sobre el tema. Y uno,
caminando penosamente, serpenteando casi, se pregunta lo mismo mientras evita
el resbalón. El vértigo casi me mata, me han dicho varios amigos. Nosotros a
veces teníamos que apoyar la cara contra las piedras mientras con una mano nos
aferrábamos a sus salientes y con la otra apretábamos el cordón metálico, o pasamanos,
que habían tenido que colocar. ¿Cuántos habrán caído al abismo? Eso no nos lo
cuentan. Se les acaba el negocio. Pero a la entrada sí nos exigen dejar el
nombre, la ciudadanía y la edad. Yo le eché un vistazo a la columna edad y
encontré que ese día solo había subido un turista francés mayor que yo. El
hombre Francois tenía 61 años y yo 60. Ah, qué decepción. El noventa por ciento
eran chicos y chicas entre 19 y 25. Una
invasión de mochileros. Y cada dos
horas, cuando el grupo de doscientos que ha entrado vuelve a salir, verifican
que todos estén completos porque a lo mejor alguno tuvo un percance y no
retornará jamás a su casa. Se lo devoró la Pacha Mama. No hubo necesidad de
ofrendarlo a los dioses sobre una pieza ceremonial. Él mismo se entregó a las
potencias supremas y dejó tranquilo al
sol que seguramente prefiere las doncellas vírgenes para su sofisticado régimen
alimenticio. Cuidado, mi amor. Escuché que me decía Sally. ¿Te tomo una? Le respondí. No, no, yo no me paro ahí ni loca.
Quítate que estás estorbando. Ya voy, ya voy…!
Diego García Moreno /derechos reservados/2014