viernes, 22 de noviembre de 2024
RECUERDOS DEL CORAZÓN
martes, 12 de noviembre de 2024
MI HIMNO NACIONAL
El pasto es verde
los guayos del color de sus antojos
las piernas son cerebro fusil genio y consigna
el pecho ostenta el hierro seductor de un empresario
y en el uniforme escampan los caprichos nacionales
Pantalonetas medias y camisas
proclaman las banderas las restituyen y estilizan
los corazones se alinean al ritmo de las tensiones
mientras un barullo estrepitoso se fermenta en las tribunas
Pieles cortezas
pieles negras pieles morenas lustrosas
pieles rosas pieles pálidas pieles hiel pieles cerveza
pieles tatuadas pieles impresas como relatos de amor
una carta de grises prodiga en emociones
Perfiles agudos perfiles chatos
narices rasgadas penínsulas caprichosas
atisbos miradas inquietas ojeadas
continentes a la deriva micro-mundos condensados
Suena la orquesta siempre una trompeta
un bombo un grito de guerra una nostalgia
una marcha sin vergüenza un escampadero
para apátridas errantes o combatientes perpetuos
Las mandíbulas se abren o se cierran
sin tener que masticar tantos esfuerzos
acatan órdenes enviadas por el viento caprichoso
del sonsonete que brota desde el vientre de la infancia
Amasado entre los dientes y la lengua
sus párrafos inundan las gargantas
celebran remotas gestas triunfadoras
amenaza con promesas de futuros venturosos
Se derrama desafinado entre los labios ruidosos
del coro de futbolistas de mi patria y de otras tantas
atonales arrítmicos cacofónicos
libres pensadores del ritmo y la armonía
interpretado con la potencia de sus muslos
la voluntad del triunfo el temor de la derrota
y la rabia del rencor a su vecino
su chata melodía desconcierta a los coros celestiales
Desde el sofá miro en la tele el concierto de mi equipo
si en las ventanas los materos tiemblan con su canto
espero que su juego derrote sin compasión a mi vecino
con el fútbol melodioso estimulado por mi himno nacional.
Al coro de la Selección Colombia
Diego García Moreno- Bogotá, nov 2024
viernes, 8 de noviembre de 2024
EL PACIENTE DE LA 411
Ayer visité al paciente de la 411.
Ese apropiado título, paciente, se ilustró al ver sus brazos conectados a no sé cuántas mangueritas transparentes. Por gravedad, entre sus conductos descendían las gotas de suero que debían proveerle las calorías necesarias para compensar la ausencia de soberbios chicharrones y otras viandas vernáculas o exóticas de su concienzuda y saboreada dieta cotidiana, al adulto mayor que, en pijama azul clara de algodón, reclinado en el catre multifuncional, esperaba la orden de salida de la clínica Marly.
No me saludó con un hola escrito en el tablero blanco que reposaba sobre sus piernas ocultas bajo las cobijas de lana, como la primera vez que lo visité. La modulación explícita e inmediata de mi nombre en sus labios, y el gesto corto pero contundente de alegría en sus ojos al verme irrumpir en el cuarto me aconsejaron no preguntarle güebonadas. Nada de ¿Cómo estás? o vas ni cómo te sientes… ¡Qué bueno que hayas venido! escuché que me decía con su lenguaje mudo impreso en su sonrisa. Era evidente que ha enflaquecido. Sus pómulos están más marcados, su frente se ve más amplia, las cavidades donde reposan sus ojos, vivaces y activos, son más profundas; en los bordes de sus labios se había depositado una especie de línea de duda blanca, consecuencia de la sequía provocada por la falta de uso de la boca como puerta de acceso del alimento desde el día en que le hicieron la traqueostomía. Pero la actividad del aparato verbal se ha multiplicado con respecto a aquella primera vez. Se siente más brioso. Con el apoyo de una mirada fija, obligante, me fue graneando monosílabos concretos que exigían una respuesta concreta.
-¿Sally?
- Está abajo, en urgencias-, le respondí. Le harán una radiografía del pie tras una luxación que la trajo en silla de ruedas de USA.
Un ¡No! salió de sus ojos. Como si la tronchada del pie de su amiga fuera más grave que su propia situación. Pero lo interrumpí porque tenía que saludar a Corina, la mamá de sus hijos. Sentada en la silla junto al muro de la ventana con vista al norte inspeccionaba con sutil picardía la nueva estrategia de comunicación establecida entre dos viejos amigos, vecinos, compinches de amistades, arte, rumba y tantas otras prácticas mundanas que ofrece la carta del restaurante de la vida.
-¡Tanto tiempo, querida!
Me acerqué, le di un beso en la mejilla y encadenamos con una conversación a tres voces, relajada, paciente, informativa, sin censura a los oídos de una enfermerita que ocupaba la esquina del sofá donde yo me había sentado, justo enfrente del pie de cama, bajo la television dormida que seguramente en las noches les sirve de compañía al paciente y, por supuesto, a ella. La pequeña jovencita morena, vestida de blanco, tímida, con apenas dos días al servicio del paciente de la 411 siguió con atención el aporte de la visitante al prontuario de afecciones a la salud del grupo, su fractura de rótula y su penosa recuperación, pero también el reporte laboral de cada uno de los visitantes, los nuevos propósitos del ex-dueño de D-1, Tostao y Justo y Bueno en el mercado americano, los insertos obligados sobre la situación del señor Quiroga en la clínica, sus ansias de regresar a casa, las trabas burocráticas que deben tenerse en cuenta para permitirle la salida y no desesperarse, las opiniones contundentes respecto a la incertidumbre planetaria tras la elección de un psicópata a la presidencia de Estados Unidos, los anhelos fervientes de que podamos ver juntos en el apartamento de Alberto los partidos de la selección Colombia en la fecha Fifa de noviembre, clasificatorios para la copa mundo, y un salpicón de temitas dispersos, amenos, intrascendentes, que modificaban el significado de la palabra paciente por un ejercicio de amistad que conduce a descomponer el término y proponerle al sentenciado y sobre todo a las amistades inquietas en el chat de whatsapp, que da cuenta diariamente del estado de su salud, a asumir una actitud serena e incorporar un gesto lúdico, a jugar con la sonoridad y el sentido de la palabrita paciente: a descomponerla y recuperar la savia de sus raíces para poder decir paz, paz, paz.. siente.
Salí en paz y sonriente de la habitación 411. En el ascensor pensé que me gustaría contarle a nuestras amistades cómo encontré a Alberto y me pregunte ¿cómo le habrá ido a Sally con su radiografía? Definitivamente hay que estar en modo Paz-siente.
Diego Garcia Moreno
Bogotá, noviembre 8 de 2024