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viernes, 5 de enero de 2018

LA TARJETA DE AÑO NUEVO

En Damasco, Antioquia, muy lejos de la atribulada Siria,  un apacible corregimiento de Santa Bárbara depositado en un nido de montañas por el tiempo y los viajeros de a pie que  antaño transitaban con recuas de mulas la ruta  Medellín-el viejo Caldas, las ventanas de madera están lacadas con sólidas figuras geométricas de colores vivos y protegidas por rejas de hierro pintadas en su propia gama. La primera sensación al recorrer su columna vertebral, una calle empedrada en leve descenso de norte a sur, es de alegría.  El paisaje urbano de este pueblito de escasos trescientos habitantes hace olvidar que por esas tradicionales hendiduras en la pared de bahareque de una planta pueden entrar a robar los amigos de lo ajeno, o que hace apenas 15 años, los paramilitares del bloque del Cacique Pipintá se habían asentado en sus fincas aledañas y exigían, ametralladora en mano, el pago de la vacuna a los propietarios de las parcelas de la región y los favores carnales de sus lindas adolescentes.  


Ayer, dos días después de navidad,  como es costumbre cuando vengo a los encuentros familiares en el Pajaral del Sol, la casa de campo de mi hermano Luis Fernando, salí a caminar temprano con Vicky.  Remontamos los potreros empinados de la antigua Cimarronas hasta el caserío con la intención de continuar por la carretera sinuosa que asciende hasta Cordoncillo en la cima de una montaña al occidente del casco urbano.  Varios obreros esperaban por algo, vaya a saberse qué, sentados en la pequeña acera que bordea las casas o en la baranda que protege uno de los pocos jardines exteriores  de la calle central. Por las herramientas dispersas, las piedras amontonadas en el centro de la vía, las bocatomas del desagüe recién instaladas, supuse que estaban construyendo, por fin, el alcantarillado del pueblo. ¿Recuerdas Vicky -le pregunté a mi hermana recién llegada de Barcelona donde estudia un doctorado en artes plásticas-  el tramo de quebrada putrefacta que debimos recorrer el año pasado cuando hicimos nuestra caminada anual? Seguramente van a vaciar los excrementos más lejos del cruce de los rieles que la atraviesan para subir a las fincas del cerro Quita Sol. ¿Cuándo llegarán los purificadores de aguas residuales a estos espacios pastoriles, donde las puertas, a pesar de las rejas en las ventanas permanecen abiertas y al caminar por la acera puede uno ver los patios interiores, las salas decoradas con orquídeas, o flores de plástico y sagrados corazones? 



Dejar las puertas abiertas da a entender que la confianza persiste en el pueblito a pesar de toda la mierda que contamina la quebrada que desciende la montaña tratando de recuperar su oxígeno por el despeñadero que va al río Buey. Dejar la puerta abierta significa que en este pueblo no hay ladrones, significa que después de tanta zozobra creada por los personajes del conflicto – no entiendo por qué les dicen  “actores”-, el tiempo logró unificar la vivencia pacífica cotidiana y cada cual puede cruzar el umbral para llamar a doña Teresa, que si me puede prestar unos huevitos, un poco de aceite, unas arepitas, cualquier cosa. El derecho a la circulación, más allá de las rejas, que se han vuelto un elemento estético, es un hecho irrefutable y un estímulo para la representación.
Tengo la costumbre de hacer desde que nació Tomás una tarjeta de feliz año en la que aparecemos Sally, Tomás y yo. Al pasar frente a una ventana colorida y enrejada, me pareció que el espacio entre los barrotes era enorme. Pensé que en esos hierros de vívido color amarillo, naranja, verde,  podía vivir un circo. No eran los barrotes de la cárcel, ni del pánico, eran unos soportes para jugar. Decidí hacer una foto de cerca, eliminando las paredes, profundizando en la simetría y el color de la madera y el hierro. Y allí cabemos nosotros. El resto es problema de photoshop. Al llegar al mediodíaa, cansados, sudados, satisfechos del esfuerzo, me ví en el escenario foto ventana colorida agarrado en uno de sus barrotes y convencí a los miembros de mi núcleo famiiar para que se dejaran tomar una foto para la composición. Aquí está el resultado. Feliz año para tod@s.

Damasco, diciembre 26 de 2017

domingo, 10 de mayo de 2015

I. La enredaderita roja. II. ZEN Y SAS.

I.
LA ENREDADERITA ROJA

Hace diecisiete años caminábamos una tarde muy caliente por un sendero seco, polvoriento, en el Retiro de los Indios entre Sincelejo y Montería, cuando vi una enredadera repleta de sutilezas disimulando un alambrado enclenque, viejo y oxidado.  Era una de esas creaciones llena de florecitas rojas que te arranca adjetivos muy livianos:  frágil, ligera, etérea, volátil, sutil, tierna…

No sé si tanta sensibilidad repentina, tanta zalamería regada sobre la planta, fue por su belleza natural  o era  un efecto colateral de la conversación dichosa que compartía con una amiga monteriana.  En un arrebato de fascinación me provocó tapar todos las púas  de  los linderos de las fincas con esa  mata tan bonita y llené mis bolsillos con florecitas secas y  semillas. Cuando regresé a Bogotá las metí en una bolsa de papel que guardé en un cajón de mi escritorio donde permanecieron olvidadas durante varios meses.


Creo que fue preparando maletas  para  un viaje decembrino a Damasco, a la finca de mi hermano, cuando las descubrí e incorporé en el equipaje.  Al día siguiente esparcí semillas por aquí y por allá esperando que tanta belleza compartiera escenario con todos esos artistas tropicales que Luis Fernando había sembrado en su Pajaral. Al año siguiente él me contó que la enredaderita sutil se empecinó en sobrevivir entre los platanillos y las aves del paraíso, pero que era tan frágil que a los pocos días de nacida se mostraba reseca y fallecía.  No era posible que tanto adjetivo hubiera sido en vano, pensé. ¿Será que la belleza de  esa matica sólo es visible cuando florece entre pastos resecos y  caminos polvorientos?

Esta mañana, más de tres lustros después, me levanté ojeroso en la finca de Luis, molido tras una noche de sueños tormentosos en los que en un atraco  me robaron el macbook pro  donde guardo mi memoria.   Pensativo,  la vista perdida en el horizonte, me dejé caer en una rimax blanca.  Un sol pesado de verano se había apresurado a  madrugar para resecar el pasto, y los platanillos que bordean el corredor hacían acrobacia para mantener erguidos sus tallos coronados de flores amarillas.  Una mariposa del mismo color revoloteaba por ahí, nerviosa,  inquieta, como si hubiera asimilado la actitud que caracterizó mi pesadilla. De repente detuvo su vuelo sobre la ramita  verde de una enredadera entrometida entre los platanillos.  Sin temblar, quietecita, comenzó a lamer la florecita roja, sutil, frágil, ligera, tierna, que dignamente se sostenía en el bracito  verde que por ráfagas  mecía un viento seco.  Sonreí, me pareció la cosa más divina, como decía mi madre,  y sentí que el sofoco estival se refrescaba con un oleaje de recuerdos. 

 
Diego García-Moreno
El Pajaral del sol, Damasco, Antioquia.
Mayo 10 de 2015.


II.

¡ZEN y SAS!




Atardecer de un sábado en Damasco, Antioquia. 
Píldoras visuales 
para calmar la jaqueca 
que deja una entrega de proyectos 
a la convocatoria FDC. 

Vuelve y juega, 
demuestre con pelos y señales que 
uno es apto para que le den
platica para hacer un documental.

Que mis restos los quemen 
y con ellos las miles de páginas 
de proyectos escritos 
en nosécuántosañosdetestarudez. 

Un soplo y ya. 
Cenizas...

Zen y sas!

jueves, 8 de enero de 2015

AVES MIGRATORIAS

Salir del 2014, salir de Bogotá, salir de mi oficina, salir de la sala de edición, salir de mi casa, salir de la rutina, salir de vacaciones, salir a buscar otros paisajes, otros aires, otros colores, otros ritmos, otras aguas, otra sensación: es urgente salir. 

Aviso clasificado: Motivo fatiga, ave migratoria necesita alzar vuelo. Se busca destino amable, cálido, buen lecho, alimento, piscina y mucha, mucha naturaleza circundante.

Suena el teléfono. 
- Hola Luisfer. Claro, sería maravilloso. Me puedo escapar para navidad. Gracias, allá nos vemos.  














El 23 de diciembre la ruta estaba misteriosamente vacía, el cielo de un azul sencillo. El Nevado del Ruíz, tan esquivo durante el año,  se desvistió imponente, se hizo descaradamente visible y juguetón y, en cada curva, cambiaba de perspectiva. Ocho horas fueron suficientes para hacer el trayecto Bogotá-Damasco. No me refiero al califato de Damasco. No, no se trata de la capital de Siria azotada por los vientos de la guerra. No, hablo de ese rincón en medio de la cordillera central colombiana, azotado por el viento cálido del trópico:  Damasco, corregimiento de Santa Bárbara, en el departamento de Antioquia, cuatrocientos kilómetros al occidente de Bogotá, y unos noventa al sur de Medellín, donde mi hermano Luis Fernando tiene una parcela en una pequeña meseta repleta de frutales, árboles nativos y palmeras, jardines con orquídeas, bugambilias, sanjoaquines  y platanillos que comenzó a sembrar veinte años atrás esperanzado en que un día serían los anfitriones de cuanto pájaro habitara la región o hiciera escala técnica en su ruta migratoria: El pajaral del sol,  allí donde,  pensando en las especies migratorias de dos patas como yo, o sus familiares o amigos, y previendo que a lo mejor sería su nido después de la jubilación en la universidad, edificó una hermosa casa con varios cuartos y muchas camas, con un gran corredor mirador con vista al norte,  que permite divisar allá, a lo lejos, después del cauce del Cauca, con apariencia de acuarela, las pirámides del Cerro del Sol y de Paramillo en la cordillera occidental, el cañón del río Cauca, y más acá, enfrente, el cerro bravo y el valle del Poblanco. Una casa paisa con acento mejicano  a escasos veinte metros de una piscina color mar profundo. 





Llegar, desvestirse, entregarle la piel pálida al sol, humedecerse en la piscina, tomarle unas fotos al atardecer, comerse una arepa con quesito, tomarse un jugo de mandarina y  un aguardiente y caer dormido. Levantarse muy temprano motivado por  la algarabía de pájaros y perros y aceptar la orden: a caminar. 




Salir a caminar por los caminos reales, caminos de mula, caminos de arrieros, caminos que atraviesan los potreros, las cañadas adornadas con guaduales, los retazos de selva sobreviviente, los cultivos de café y plátano, o bosquecitos de roble o teca, o sembrados de enormes hierbas para el ganado, o naranjales salpicados con zapotes y madroños, caminos que ensartan carreteras vecinales y rieles de fincas suntuosas sombreados con matarratón, o senderitos de chozas humildes alineados con novios, margaritas o azaleas; salir a caminar por estas montañas repletas de mangos y de divisas, de despeñaderos, de precipicios, de abismos, de inmensidad y de terraplenes para lanzarse a volar y confundirse con gavilanes y gallinazos y tórtolas y azulejos y garrapateros y petirrojos, y golondrinas y parapentes, y suspirar con este horizonte inmenso, extenso, infinito. 


Salir todos los días a caminar, todos los días, a respirar, a transpirar, a asfixiarse de naturaleza, solo, en silencio, escuchando el estruendo de un territorio alejado de las urbes, a recuperar el olor de la tierra, la sensación de cuerpo vivo, y, de vez en cuando, cruzar algún saludo con el campesino de turno, una sonrisa, cómo está, feliz año, que tenga un buen día y seguir la ruta, el camino, esos círculos concéntricos que de la finca de Luisfer me comunican con la rosa de los vientos, con La puerta del sol, con el cementerio, con el Cerro amarillo, con la cancha de Cordoncillo, con el río Buey, con el arma, con el Poblanco, donde sólo he llegado a caballo; con esa carretera central ruidosa y peligrosa, pero necesaria para llegar hasta esta variación tropical del paraíso. 

Salir caminar aprovechando la calma. Salir a caminar recordando que  hace algo más de una década era una osadía  salir a la deriva, que era como colgarse un morral de miedo y de zozobra.  Miro la tierra roja y presiento que sobre las mil capas de lava que formaron estas montañas, sobre la tierra amasada por millones de hojas de árboles caídas entre los ciclos del tiempo, entremezcladas a las huellas de indígenas y conquistadores y campesinos y arrieros y mulas y gatos salvajes y jabalíes y venados y hormigas y lombrices están las huellas de las pisadas de los combatientes de las guerras lejanas y las de las botas de las más cercanas. Que tanta belleza que parece eterna oculta  millones de gotas de sangre que salpica de espanto la memoria. Palabras ancestrales de sonido seductor como por ejemplo Pipintá, han sido transformada por la historia cercana en referentes bélicos como el Bloque Cacique Pipintá. Por aquí estuvieron, seguramente recorrieron los mismos caminos, pero tenían otros ojos, otros oídos, otro olfato, otros pensamientos, otros intereses. No caminaban con esta calma que hoy me acompaña cuando me digo, no es el momento de recordar esos acontecimientos. Aprovecha del presente, me digo, mira el paisaje, escucha las aves y el viento, aspira este aroma de flores sin culpa, déjate llevar por la belleza, oxigena tu cuerpo, agradece a la vida. 


He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.