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domingo, 9 de julio de 2017

EN LA GALERIA de FLORENCIA. Séptima entrega. Taller de la memoria.

"La Galería" está en un segundo piso a una cuadra de la universidad del Amazonas. La cineticada va llegando graneadita.  Al inicio se ven tímidos, distantes. El desfile se vuelve gentío. Las mesitas dispersas del bar intelectual de Florencia se convierten en una larga mesa de trabajo. Tres chistes medio bobos para relajar el ambiente logran sacarles unas tímidas sonrisas o una mirada que pareciera decir “¿y ese man qué….?”.  El clásico presentémonos, quiénes somos, de dónde venimos y agréguenle, por favor, de dónde son sus padres y abuelos. Una buena excusa para que el mapa de las migraciones internas causadas por el conflicto aparezca nítido, clarito. Faltan algunos, no importa empecemos.

En homenaje a la Galería de los oficios en Florencia, Italia (Galleria dei Uffizi)


1.  DE LAS BRASAS A LAS LLAMAS


foto de David Covo
Foto de David Covo

Foto de David Covo
Antes de que salga el sol, María está caminando.  Cuando camina  parece empujar el aire, los recuerdos,  las moscas, lo que estorbe. Primero la calma y el bulto de comida del mercado para calmar el hambre de sus nietos. Los hijos no están. Están regados en los cementerios que adornan el paisaje de sus largas caminatas. Setenta años de aquí para allá. De allá para acá. Cambie de lugar porque el papá es violento y violador, de allá para acá porque el primer marido es borracho y ataca, como el segundo, como todos. Como la guerrilla que la sacó del norte, como los paras que la sacaron del sur, como el ejército que la sacó de donde llegó, de donde esté.  Florencia es ahora una ruta diaria, de la casa a la plaza, de la plaza a  la cita médica, del médico a la oficina de víctimas, que lleve otro papel, que declare, que demuestre. Camine que, caminando, a lo mejor, cualquier mañana le llegará  alguna paga que indemnice sus recuerdos.


foto de David Covo
La voz de María no acusa ni delata, son sus pasos los que cuentan el relato. La vida de María es así. Por eso camina con el bulto al hombro entre la plaza de mercado y la cocina, con la escoba sacando el polvo entre la salita y los cuartos, con la convicción de que esos muchachos, si dios quiere,   saldrán adelante.




foto de David Covo.




¿Logrará José, su nieto, entrelazar el relato de María con el del jefe de un  frente guerrillero y el de una sociedad que no ha explicado en voz alta lo que pasó? ¿Logrará descifrar el por qué de esta guerra tan larga? Por el momento, José, te recomiendo que, en las noches, cuando te acuestes en el catre al lado de tu abuela, más allá de tu desespero, escuches el relato de los  pasos de una mujer que por terca, o por instinto, se levantará mañana a buscar el bulto de víveres para alimentar esa chorrera de muchachitos que dejaron sus andanzas.

jueves, 8 de enero de 2015

AVES MIGRATORIAS

Salir del 2014, salir de Bogotá, salir de mi oficina, salir de la sala de edición, salir de mi casa, salir de la rutina, salir de vacaciones, salir a buscar otros paisajes, otros aires, otros colores, otros ritmos, otras aguas, otra sensación: es urgente salir. 

Aviso clasificado: Motivo fatiga, ave migratoria necesita alzar vuelo. Se busca destino amable, cálido, buen lecho, alimento, piscina y mucha, mucha naturaleza circundante.

Suena el teléfono. 
- Hola Luisfer. Claro, sería maravilloso. Me puedo escapar para navidad. Gracias, allá nos vemos.  














El 23 de diciembre la ruta estaba misteriosamente vacía, el cielo de un azul sencillo. El Nevado del Ruíz, tan esquivo durante el año,  se desvistió imponente, se hizo descaradamente visible y juguetón y, en cada curva, cambiaba de perspectiva. Ocho horas fueron suficientes para hacer el trayecto Bogotá-Damasco. No me refiero al califato de Damasco. No, no se trata de la capital de Siria azotada por los vientos de la guerra. No, hablo de ese rincón en medio de la cordillera central colombiana, azotado por el viento cálido del trópico:  Damasco, corregimiento de Santa Bárbara, en el departamento de Antioquia, cuatrocientos kilómetros al occidente de Bogotá, y unos noventa al sur de Medellín, donde mi hermano Luis Fernando tiene una parcela en una pequeña meseta repleta de frutales, árboles nativos y palmeras, jardines con orquídeas, bugambilias, sanjoaquines  y platanillos que comenzó a sembrar veinte años atrás esperanzado en que un día serían los anfitriones de cuanto pájaro habitara la región o hiciera escala técnica en su ruta migratoria: El pajaral del sol,  allí donde,  pensando en las especies migratorias de dos patas como yo, o sus familiares o amigos, y previendo que a lo mejor sería su nido después de la jubilación en la universidad, edificó una hermosa casa con varios cuartos y muchas camas, con un gran corredor mirador con vista al norte,  que permite divisar allá, a lo lejos, después del cauce del Cauca, con apariencia de acuarela, las pirámides del Cerro del Sol y de Paramillo en la cordillera occidental, el cañón del río Cauca, y más acá, enfrente, el cerro bravo y el valle del Poblanco. Una casa paisa con acento mejicano  a escasos veinte metros de una piscina color mar profundo. 





Llegar, desvestirse, entregarle la piel pálida al sol, humedecerse en la piscina, tomarle unas fotos al atardecer, comerse una arepa con quesito, tomarse un jugo de mandarina y  un aguardiente y caer dormido. Levantarse muy temprano motivado por  la algarabía de pájaros y perros y aceptar la orden: a caminar. 




Salir a caminar por los caminos reales, caminos de mula, caminos de arrieros, caminos que atraviesan los potreros, las cañadas adornadas con guaduales, los retazos de selva sobreviviente, los cultivos de café y plátano, o bosquecitos de roble o teca, o sembrados de enormes hierbas para el ganado, o naranjales salpicados con zapotes y madroños, caminos que ensartan carreteras vecinales y rieles de fincas suntuosas sombreados con matarratón, o senderitos de chozas humildes alineados con novios, margaritas o azaleas; salir a caminar por estas montañas repletas de mangos y de divisas, de despeñaderos, de precipicios, de abismos, de inmensidad y de terraplenes para lanzarse a volar y confundirse con gavilanes y gallinazos y tórtolas y azulejos y garrapateros y petirrojos, y golondrinas y parapentes, y suspirar con este horizonte inmenso, extenso, infinito. 


Salir todos los días a caminar, todos los días, a respirar, a transpirar, a asfixiarse de naturaleza, solo, en silencio, escuchando el estruendo de un territorio alejado de las urbes, a recuperar el olor de la tierra, la sensación de cuerpo vivo, y, de vez en cuando, cruzar algún saludo con el campesino de turno, una sonrisa, cómo está, feliz año, que tenga un buen día y seguir la ruta, el camino, esos círculos concéntricos que de la finca de Luisfer me comunican con la rosa de los vientos, con La puerta del sol, con el cementerio, con el Cerro amarillo, con la cancha de Cordoncillo, con el río Buey, con el arma, con el Poblanco, donde sólo he llegado a caballo; con esa carretera central ruidosa y peligrosa, pero necesaria para llegar hasta esta variación tropical del paraíso. 

Salir caminar aprovechando la calma. Salir a caminar recordando que  hace algo más de una década era una osadía  salir a la deriva, que era como colgarse un morral de miedo y de zozobra.  Miro la tierra roja y presiento que sobre las mil capas de lava que formaron estas montañas, sobre la tierra amasada por millones de hojas de árboles caídas entre los ciclos del tiempo, entremezcladas a las huellas de indígenas y conquistadores y campesinos y arrieros y mulas y gatos salvajes y jabalíes y venados y hormigas y lombrices están las huellas de las pisadas de los combatientes de las guerras lejanas y las de las botas de las más cercanas. Que tanta belleza que parece eterna oculta  millones de gotas de sangre que salpica de espanto la memoria. Palabras ancestrales de sonido seductor como por ejemplo Pipintá, han sido transformada por la historia cercana en referentes bélicos como el Bloque Cacique Pipintá. Por aquí estuvieron, seguramente recorrieron los mismos caminos, pero tenían otros ojos, otros oídos, otro olfato, otros pensamientos, otros intereses. No caminaban con esta calma que hoy me acompaña cuando me digo, no es el momento de recordar esos acontecimientos. Aprovecha del presente, me digo, mira el paisaje, escucha las aves y el viento, aspira este aroma de flores sin culpa, déjate llevar por la belleza, oxigena tu cuerpo, agradece a la vida. 


He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.