miércoles, 23 de septiembre de 2009

Política y sentimiento

POLITICA Y SENTIMIENTO en mis documentales.


Hay quienes proponen borrar a Colombia de la faz de la tierra. Cómo sería de aburrido este mundo sin ese país donde las fuerzas telúricas de su territorio, la bondad y el maniacodepresivismo de sus gentes, la hipocresía de sus leyes, instituciones y politicos, mas el justificado miedo con que siempre nos despide la mamá cuando salimos a la calle nos colocan en un estado de constante erisipela artística o salpullidos creativos. Qué sería de este mundo sin esas ganas de irse uno para allá a tomarse unos superjugos y a deshacerse sudando en un buen baile.

Esa palabra Colonbia que hace referencia a un descubridor o a una tripa que desemboca en un orificio del cuerpo, que denomina a un territorio y a una sociedad medio podrida, me ha hecho flotar tanto que me dio como un antojo de descifrarla, de comprenderla, pero al ver que era imposible, opté por cambiar de táctica. En vez de fumigarla, a mí se me ocurrió casi sin darme cuenta que lo mejor era re-inventarla. ¿Cómo re-inventarla? Generando una forma a partir de lo que me ha correspondido recibir: datos, regaños, informaciones, amores, temores y puterías… Re diseñarla con el menjurje, con el sancocho.que se ha sazonado en mi cabeza y en mi sentimiento.

(Señalo con el dedo los órganos correspondientes)

Me propusieron que hablara sobre documental político. ¡Qué tal¡Vaya propuesta. Señores tiene la santa madre iglesia. ¿Así catalogan mi trabajo? Tocó recurrir a mi ambigüedad de principios y proponer una cosa distinta.

-Hablemos de la política del sentimiento.- Suena más sensato.

Porque creo que esas cosas son los elementos que componen la película que me dio el derecho a estar aquí sentado: El corazón. Aunque me preguntó ¿cuántos en esta sala habrán visto esa película?

- ¿Y uno cómo hace para ver eso? Dirá cualquiera.

- -A la salida les doy el teléfono, me llaman y yo se las vendo.

Sentí- miento.

Política, sentimiento.

Siempre me preguntan. ¿Y cómo se le ocurrió, y por qué la hizo?

A mí la única película que se me ocurrió fue “La arepa”. Ese fue un acto consciente, un acto político, acto de declaración de principios sentimentales. De ahí en adelante todo hasido un efecto dominó. De ahí para adelante todo ha sido cuestión de elaborar el menú que debe acompañarla. ¿… una carne sin arepa a qué sabe? ¿…un huevo sin arepa a qué sabe? Pregunta compungido don Esmeraldo, el personaje que abre ese documental.

Para mí, culinaria y cine es lo mismo. Como la política y el sentimiento. Es un alimento que podemos compartir. Y a la larga, la obra cinematográfica es la preparación del menú de la fiesta trágicomica que es tu vida, la suya, la mía, la nuestra. Hay quienes consultan muchos libros para preparar sus recetas. Yo me fui a tientas a eso que llamaban las raíces, como acostumbran decir actualmente. Me dejé llevar por el aroma chamuscado de un alimento que me fascina. Y de allí a lo que la asociación inconsciente de ese olor me iba propiciando.Me fui a lo que me gustaba y, claro, llegué a lo que me dolía. Me fui al territorio de donde venía y donde se confundían mis recuerdos y mis sueños.

Hice La arepa porque me gustaba y me dolía. Hice La Arepa porque me acepté como paisa y acepté la incertudumbre de ser paisa. Esa que uno siente cuando se siente encerrado y a veces decide escapar. Y me scapé. Chao. “Pero ese muchacho vuelve…” decía mi mamá. Entonces volví. Volví a contar sustantivos en un país de aplastantes titulares, a ocuparme de lo aparentemente estúpido, lo sencillo. A descifrar lo que otros te han contado,lo que desesperadamente no te han podido contar , y uno intuye que a lo mejor uno es también aquel que te lo está contando y toca escuchar… Paré la oreja a aquellos que me hablan de moda, sexo, fútbol, amor, chicharrón, mapalé y violencia. De globalización y exterminio. De seguridad democrática, rock al paredón, empanadas pa la iglesia, justicia al paredón, mangas-sizas, medias con vena y pare señor, pare mi don.

Allí empezó el cuento que me llevó con todo el corazón hasta el extremo de esta visión.

Hace un par de años hicimos una retrospectiva que se llamaba “De la arepa al corazón”; ahí está todo: política de la ambigûedad, política donde cuerpo individual y país se confunden, política donde uno muestra sus heridas y se muere del susto de morirse en un país donde uno se muere por todos los motivos.

-De lo único que uno no se salva es de la muerte- me decía mi tía Fidelia repitiendo el dicho que todo el mundo le decía.

Fassbinder mascullaba “¿…qué hacer mientras me muero? Cine, pues.. Me aburro menos mientras tanto…”. No aburrirse es ponerle sentimiento al cuento. O que el cuento no te deje pensar en eso. Sentir que algunas fibras reaccionan. A mí me gusta contar cosas que le pasan a gente que conozco o que voy conociendo o que no conozco.”imaginate qué…” Sería chévere inventarlas, claro que son como otras. Por qué no. ..Pero en mi caso, las fibras sentimentales de quienes gozan y sufren con su propio cuerpo la vida y la muerte son absolutamente necesarias. Pero ¿cuál sentimiento?, cuál melodrama, si el melodrama estereotipado de la tele y del cine me fatiga. Me mama.

El hecho es que uno tan latino dizque no puede vivir sin melodrama. Y el melodrama se impuso como la duda entre si la colombia re-inventada realmente lo era, si esas temáticas interesaban a las gentes. ¿Será que les interesa la arepa? La arepa seguro que sí, aunque sea en cine, perdón, en video, pues claro,el cine es muy caro…¿y el ataúd? Pues aunque lo nieguen les requeteinteresa… ¿y el corazón? Sonaron campanitas.Voy a contarles la película a los que no la han visto:

Sonó una bomba y pum. Se le incrustó a un man en el corazón.¿dónde? En el país del sagrado corazón. Y le sacaron la esquirla al man y el corazón siguió pum-pum,pum-pum-.

Por el resto de la historia toca pagar. A la salida hablamos por que tengo el DVD con subtítulos en inglés y en francés. Esos aditamentos los pagó la venta durante el lanzamiento por todo el país corazón. Perdón por la propaganda.

Si, es una película derivada del conflicto reciente. Entonces es política. Y claro, es una película derivada del otro conflicto, del de siempre, de esa duda que te provoca el sólo pensar que ese objeto que hace pum-pum- pum s e puede apagar. Es una película sentimental, que trata sobre la cuna de los sentimientos. País cuerpo, persona cuerpo. Familia cuerpo. Política y sentimiento entremezclados, ¿qué hacer con eso?

El hecho es que uno hace películas para que la gente las vea. Y yo tenía ganas de mostrarle el corazón a la gente y sentía, o se me metió en la cabeza, que la gente que no tiene cines al lado de su casa, barrio, ciudad, departamento, tendría que ver ese derivado de La arepa: El corazón. ¿Eso es como un antojo político. ¿no? Y se me metió que había que inventar un acto público para que el sentimiento se pronuncie sobre las dudas políticas que nos deja la película.

Había que meterle sentimiento y política a la distribución Si yo quiero que haya foro al final de la proyección ¿cómo hago para poder presentarla públicamente? Si me parece que es importante hacerle una toma del ritmo cardíaco al espectador que va a ver El corazón y me parece que los espectadores deberían cantar juntos los temas que conocen sobre el tema, cómo lograrlo? Y si uno quiere que la gente hable de la peli, pues que hablen de frente, ahí mismo. ¿Será que el tema es capaz de ponerlos a hablar?¿ Será que somos capaces de lograr que el auditorio no piense en cómo se le ocurrió al director? ¿Y que más bien se enternezcan o se estremezcan con lo qu estamos viviendo?

¿Por qué uno no tine derecho como realizador a proponer cuál es la forma ideal para ver su película? En Colombia horizontal proponía buscar cama y buena compañía para verla; aquí, la gama de propuestas paralelas al hecho cinematográfico eran muchas. Y es que a decir verdad el cine solo como que no me interesa. Me parece que el ritual espectáculo es lo importante y que el cine es un elemento mas de ese hecho mayor donde comulgan culturalmente los espectadores.

Política es la distribución. Política es la generación de sentido. Es pensar que el cine no es simplemente un hecho pasivo. Me gusta el cine que te hace reflexionar. Desafortunadamente no hay muchos espacios habilitados para eso. A lo mejor no hay mucho público, pero yo creo que hay que experimentar maneras para invitarlo a a ver ese tipo de cine, inventar anzuelos atractivos para atraparlos y dejarlos caer en su seducción.

En todo caso, esa experiencia de concebir, realizar, producir y distribuir una pelìcula con características fuera de la norma comercial fue una aventura política sentimental que me llenò el vacío aquel del que hablaba Fassbinder, que me impidió asociarme con la propuesta de borrar este territorio tropical de la faz de la tierra, que me ahorró el pánico de tener que llamar a la secretaria de don Munir para preguntarle que cuantas entradas tuvo El corazón en sus salas?

Hasta el momento no he mencionado la palabra que define al tipo de cine que hago. Y creo que terminaré esta disertación sin mencionarla. De todas formas, debo confesar algo: cuando me levanto todos los días prendo la radio, leo prensa, miro desde mi balcón y me siento tentado a unirme a aquellos que proponen borrar a colombia de la faz de la tierra, pero al poner en ON el computador y encontrarme con la gente que aparece en la pantalla de mi final-cut, siento que no vale la pena, que hay todavía mucho por contar. Gracias por su paciencia.

Diego García Moreno

miércoles, 2 de septiembre de 2009

En mi silencio mudo...

De la patria boba
pasamos a la patria loca
y a la patria coca...

Ahora lloramos
maldecimos
insultamos
injuriamos
mandamos pa la mierda
la patria que nos toca...

sábado, 29 de agosto de 2009

CONTRA LA DIABETES

AZZZZUCAAARRRRR!

Pescadores de tragedias

Hace muchos años, por allá en los ochenta, se cansó del tropel de Medellín, de la montadera en bus, de las borracheras con los mismos amigos en el mismo barrio, en el mismo bar, de la atropelladora dosis de realidad envuelta en la tele, la radio y los periódicos; se mamó de dictar clases de literatura en la Universidad y de su dudosa soltería y del desayuno en familia y se fue a vivir en una playa en Capurganá para revitalizarse mirando el mar, comiendo del mar, buceando en el mar, leyendo acompañado por los susurros de mar. Como sabía que sufría de una adicción fatal a la información decidió hacer una cura metódica: no llevar una radio de pilas sino una casetera. Grabó las cien peores noticias del momento y las acomodó en una bolsita plástica sobre una repisita para que cuando lo agarrara la nostalgia pudiera escucharlas y revivir de un baldado toda la tragedia del mundo. Así el espanto le evitaría caer en la tentación de un prematuro regreso.

Anoche recordé a Nono y desempolvé los vagos rumores que algún día me llegaron. Contaban que un hermano suyo fue a visitarlo al mar un par de años después de su deserción ciudadana y que, fascinado ante la asombrosa adaptación del exprofesor universitario a su nueva vida, decidió acompañarlo en su exilio y volverse el ayudante de labores de quien ya era considerado uno de los mejores pescadores con arpón en el golfo de Urabá. Desafortunadamente el visitante murió ahogado en circunstancias que desconozco lo que precipitó el retorno de mi amigo a su repudiada ciudad.

En un acto de osadía lo llamé y le pregunté por la recopilación de noticias desastrosas y me dijo que desde la muerte de su hermano nunca había vuelto a prender su casetera, que había quemado la cinta y que llegando a Medellín había jurado no volver a encender jamás la tele ni la radio. Uno no debe ponerle carnadas a la tragedia, me dijo.

Desde que hago documentales guardo varios cartuchos de video con noticias y fotos de tragedias nacionales que trato de ubicar siempre en la edición de algún relato. Y en cada ocasión recuerdo la frase de Nono. Hace unos meses, cuando tuve en mis manos la caja con el archivo de noticias y fotografías que han inspirado los cuadros de Beatriz González sentí que navegábamos en la misma barca. La diferencia con Nono es que en vez de haber apagado la voz de las noticias, la maestra y yo hemos renovado la suscripción a El tiempo y a El Espectador y que a viva voz, ya sea a través de cuadros o intervenciones públicas, de películas o conversaciones, lanzamos nuestros anzuelos con apetitosas carnadas al fondo de una realidad agitada por remolinos trágicos.

He prevenido a familiares y amigos para que no se acerquen cuando preparo una película. Los alerto a gritos para que no se detengan a mirar este paisaje. A veces las siluetas al atardecer producen náuseas o deseos incontrolables de lanzarse al abismo.

miércoles, 19 de agosto de 2009

En agosto en Bogotá


En agosto en Bogotá
celebré mi aniversario de vida
en agosto en Bogotá mientras
los aniversarios de muerte celebraban su agosto en Bogotá
Garzón, Galán...García...
Gagaga...
Galas y galas y galas.
Garrote vil, gambetas traidoras, garras que desgarran,
gafas ciegas, gatos negros saltando frente al sol de los ganados.

Gateando se avanza en el tiempo.
Ganan dinero los diarios recordando las desgracias
en agosto en Bogotá.

Hace mucho en Medellín cuando el calendario garantizaba
que en agosto se gastaba el sudor corriendo
con zapatos de gamusa entre el ganado que pastaba
en los potreros de un gamonal
sombrío
la garantía de vida era mirar al cielo para ver cómo las vírgenes
ganaban un pedestal entre las nubes
y muchos ángeles con plumas de gala
esperaban que el tiempo se gastara
y que un gallo anunciara
que la hora de la gaga y el gargajo y la galleta y el garfio y la garbimba y el gamín y las gangas gastaban con ganas su garrotera.

En agosto en Bogotá celebré mi aniversario de vida
en agosto en Bogotá mientras los aniversarios de muerte
celebraban su agosto en Bogotá.

martes, 4 de agosto de 2009

Ídolos & dolos... la procesión va por dentro

La siguiente crónica hace parte de una serie de escritos que me ayudaron a soportar el exilio en Chicago a principios del milenio. Data de junio de 2003 y fue publicada por La Hoja de Medellín con el título “La procesión va por dentro”.

Ídolos... y dolos.
(Aficiones... aflicciones.)
1.
¿Qué vas a hacer cuando estés grande, mijito? Vaya tamaño problema con el que tenemos que lidiar desde el principio. Detesto esa pregunta y trato de no formulársela a Tomás, mi hijo de ocho años, pero él insiste en responderla como si ya hiciera parte del programa genético que traen al mundo los niños de hoy en día... quizás los de siempre.
-Papi, quiero ser beisbolista.
- Bueno, haz lo que quieras, que el destino y los humanos que encuentres en el camino te lo permitan
Recuerdo que uno de mis primeros sueños era llegar a ser un gran tamborero en ese Medellín con aroma pastoril de principios de los sesenta, donde el "hit parade" del espectáculo afichaba la disputa por el primer lugar entre la procesión del Sagrado Corazón y la Feria Exposición Agropecuaria. Aunque me fascinaban los caballos, las mulas, y por supuesto las vacas, me parecía, y el tiempo se ha encargado de confirmarme la creencia, que los exhibidores de las pomposas bestias eran en exceso petulantes y excluyentes. Sí, yo era un fiel admirador de ese infinito desfile multicolor que amalgamaba colegios acompasados a ritmo de batuta, tambor, platillos y corneta (y hasta marimba metálica en privilegiadas ocasiones); santos de yeso rosaditos y desplazamientos temblorosos, abrigados con terciopelo y cuanta flor pelechaba entre Santa elena y Santa Fé de Antioquia; medievalescas tropas de cofradías religiosas, viejas rezanderas y ricos señores encapuchados que podrían esconder entre ellos al Enmascarado de Plata o al mismísimo Fantasma; la pasarela de bomberos y uniformados que suponía recién llegados de combatir incendios y enemigos en los montes del río Cauca o en las guerras de un tal Napoleón, o de librar batallas en las gestas de independencia del gran Simón Bolívar o de pelear con los malos que colgaron a Jesús en El Calvario, por allá, más lejos que las lomas de Manrique.
Trepado en la ventana de la casa de una tía generosamente gorda y solterona de la calle Bolivia me embelezaba mirando ese río humano de paisas narizones y bigotudos, de señoritas blanquitas de porcelana o morenitas de ensueño, teatralizados todos y limpiecitos, que desembocaban al parque de Bolívar después de haberse exhibido ceremoniosamente por El Palo y la Calle Bolivia; y me juraba que algún día recorrería esos mismas calles marcando con decisión el ta-ta-tá, tare que te tare, que te tá...! aprendido de memoria a punta de repetirlo con cada banda de guerra que encabezaba cada color, colegio, barrio... Pero nunca desfilé.

2.
¡Ay, don Lázaro! Nunca podrá usted desde su tumba sanar el daño que me hizo al pasarme el gancho equivocado para sostener mi tambor. Entre su ofusque permanente, que marquen el ritmo así, que le arreglen la melena dorada al kepis, que abotonen bien las charreteras, que se encaramen más el pantalón y ajusten bien la correa pues el paño del hilván se les va a estropear con el asfalto, que si tomaron chocolate, recuerden que la procesión es como de tres kilómetros en subida y el que no haya comido nada se desmaya, envió al infierno mis esperanzas. .
- Don Lázaro, este gancho está muy grande. De mis labios salía un chorrito de voz infantil, una súplica tambaleante que se perdía entre el tumulto de muchachitos disfrazados de soldaditos de plomo soplándole aire caliente a las cornetas, o repitiendo en el redoblante, bien pasito, los acentos de los compases de la retreta que el viejo nos metía en la memoria musical a punta de gritos y empujones de la pierna izquierda; se deshacía entre el aire que levantaban las cinco monjas de la caridad estrenando vestido de nueva ola con permiso del Concilio Vaticano, o la cantaleta agitada del director de la banda que aparte de refunfuñón y acelerado era sordo.
-Ay que belleza, vinieron los niños del colegio de la Presentación. Pero pobrecito ese gordito, ¡mirá cómo le tocó arrastrar el instrumento!.
La Procesión de la Virgen del Carmen, entre el parque de Bolívar y la Iglesia de Manrique, una prueba obligatoria previa a la gran "parade" del Sagrado Corazón, fue inyectada en la memoria con aroma de viacrucis y en las esperanzas como un caldo maluco sazonado a punta de fuego eterno. Caminé solo, como una colita floja de cometa, tras el escuadrón de los tambores que usualmente conformaban líneas de tres niños porque ese día no vinieron ni Mejía ni Pineda y me tocó mostrarle a todo ese mundo de curiosos apiñados en las aceras de la calle Ecuador los rodillazos que le inflingía a cada pasito al redoblante del tambor que pendía mal colgado de mi cinto; los azotes que los bordes de metal, de ese estorbo sonoro en que quedó convertido mi adorable instrumento, le propinaban a mis espinillas y hasta a mis huevitos por causa de un gancho largo que no quizo cambiarme don Lázaro.¿Para qué, carajo, me metí en una banda de guerra? El sueño infantil de llegar a desfilar un día en la procesión del Sagrado Corazón se deshizo ese día. La imagen venerada de los grandes del colegio de San José o de la Bolivariana interpretando la melodía del Puente sobre el río Kwai, mientras mi mamá y mis tías, mi papá y todos los habitantes del universo Medellín aplaudían frenéticamente al paso de la banda, se convirtió en una pesadilla ante cada carcajada de los mirones que en vez de rogarle sus favores a su Virgen Carmelita se ensañaban espiando el dolor de un desafortunado muchachito..

3.
El último sábado de mi reciente y pasajera vida norteamericana, tuve un "flash-back" del incidente. Era el inicio de la temporada en las ligas de béisbol infantil en Chicago. Mi hijo Tomás, un apasionado seguidor de ese deporte tan gringo, tan japonés y tan caribeño, se levantó tempranísimo. Con el mejor ánimo se puso el uniforme nuevo, el de los Rockets, que pagó vendiendo dulces a cuanto amigo visitaba la casa; o sin permiso en el colegio a todos sus compañeritos, entre los inocentes gorditos bien adictos a los coloridos empaques de las insípidas comidas rápidas, o a los flaquitos restantes que logran mantener viva su información genética gracias al sudor de tanto juego, o al rigor en el consumo de las viandas orgánicas, como mandan las nuevas normas de la alimentacíon contemporánea y post-yupi. Mi "Tomy" era uno entre los miles de niños de todos los colores y razas que comparten la esperanza de llegar a las grandes ligas. Blanquitos queriendo emular las hazañas de los legendarios Di Maggio y Baby Ruth, o a sus héroes más recientes como Marc McGuire y Derek Jeter; negritos orgullosos imitando los gestos de su Hank Aron, el bateador inalcanzable, o su nueva estrella del jonronéo Barry Bonds; y los latinos, fieles a la imágen del ídolo portoriqueño Roberto Clemente o a la reciente bomba dominicana, el cachorro local, el ex-lustrador millonario Samy Sosa. Yo, por allá en un rincón de mi escritorio, guardo la estampita de nuestro Edgar Rentería que en un día de nostalgia me regaló el niño para recordarme que en mi patria también se veneran a los héroes. En fin, mi hijo estaba listo para participar en la larga procesión de partidos del Horner Park.
Situado al noroeste de la ciudad emblema de la arquitectura moderna y en el corazón del noroeste irlandés en épocas de la olvidada prohibición, el Horner es uno de los 252 parques de la ciudad de Chicago que cuenta con instalaciones para practicar la pelota caliente y programa en sus ocho diamantes torneos de verano la increíble suma de cuarenta partidos en cada categoría. Ardua tarea para probar la vocación de los padres...
- Papi, éste será un partido muy difícil, nos toca contra los Yankees.
- No te preocupes, ustedes tienen con qué ganar.
- Elijah, mi mejor amigo juega con ellos. Y son buenísimos...!
Cuando llegamos a la extensa y bien recortada grama del parque, ya un sinnúmero de figuritas encachuchadas calentaban el brazo con bolas rectas, globitos y roletazos, o abanicaban la brisa con sus bates de metal y escupían a la usanza de sus ídolos frente a las desdeñadas cámaras de televisión. Tomás, sin desanimarse por el presentimiento de la derrota, cargado con la ilusión de conectar un imparable o de atrapar con su guante el "out" que pusiera a su favor el resultado, corrió veloz a ponerse bajo las órdenes de sus entrenadores. En general, este oficio lo desempeñan papás bien afiebrados y monotemáticos que gratuitamente prestan sus servicios al equipo de sus hijos. Joel y Mario, nuestros "coaches", como la gran mayoría en este parque, son de origen portoriqueño, segunda o tercera generación, y tan apasionados, que si por ellos fuera, hubieran decidido que todas las familias armáramos carpa alrededor del diamante para entrenar eternamente a sus pupilos. Sally, mi esposa americana, y yo, fuímos a estrenar silla de picnic al lado de los padres de los compañeritos del equipo. Nos instalamos junto a una buena tanda de morenas rubias bien teñidas y varones gruesos de amplia pantaloneta, chancla suelta, perro rabioso en una mano y celular constantemente activo en la otra; evidentemente latinos, pero al parecer ya bien moldeados por el sueño americano pues no mostraban ningún empeño en responder en español a las preguntas que les hacíamos, y sin esfuerzo aparente guardaban bien cerradas las puertas de su gueto para aquellos que no habíamos crecido en su nueva patria.
Cuando el partido estaba a punto de comenzar, llegó mi hijo sollozando. Que no lo iban a dejar jugar. Cómo así. ¡Por qué!. Y antes de poder armar su frase, vino Joel a dictaminar que como Tomás no había traído su "cup" o protector para los genitales, el árbitro no le permitiría jugar. ¡Pero cómo asi que no van a dejar jugar a un niño de esta edad sin esa cosa, si aquí ni siquiera se usa un lanzador en el montículo!. ¡Esto es un deporte inofensivo! Sally, fanática congénita de este deporte, fue la primera en protestar con un espíritu que parecía bien colombiano. Pero Joel dijo que las reglas son las reglas y en este país hay que cumprirlas. Paciencia. Bueno, a lo mejor tiene razón. Recordé que en nuestra época no se acostumbraba ese tipo de artefactos para la salud, y en mas de una oportunidad me revolqué del dolor por el piso en un partido de fútbol a causa de un balonazo perfectamente dirigido contra mi humanidad. Pero era domingo, en el vecindario no había ningún almacén deportivo abierto, si vamos hasta un "mall" cuando regresemos ya habrá terminado el partido. La aflicción de Tomás lo había hecho encogerse. Parecía un indefenso muchachito de tres años.
-No importa, voy a buscar uno como sea, dijo la madre.
- Vete, yo me quedo con el niño.
Cuando su silueta se perdía en la distancia llegó el entrenador emocionado con su teléfono en mano.
-Detengan a la señora, que Tomás corra donde Bill, el celador del parque, él tiene uno de sobra y se lo puede prestar.
- Vamos de una. Corre. Mis rodillas, acostumbradas al desliz de los patines y no al golpeteo del trote, se resintieron un poco atravesando tres canchas con denominador de joya, pero no importaba. Había que mantener vivo el brillo de la fé del hijo.
-Señor, que si tiene el protector...
Bill, un enorme cuarentón rubio, de gran cachucha, muslos, cuello y barriga, sacó una especie de calzoncillo grandote coronado por una nariz sintética parecida a la de Groucho Marx, sostenida por unos elásticos que evidentemente no cumplían con las elementales normas de la higiene. Tomás miró el objeto y ví cómo sus lágrimas humedecían de nuevo sus ojos.
-Eso está muy grande, papi.
A ver, piensa, qué será lo mejor para tú hijo...? En un ataque de absoluto pragmatismo encaré al niño.
- Si quieres jugar, tienes que acomodarte eso, no hay de otra.
El niño se quedó tieso. Miré la cancha a lo lejos, el primer batazo del equipo contrario había sido imparable y un niño alcanzaba primera base..
-.Te la pones encima del calzoncillo y el pantalón te la sostiene, pero apúrate.
-¿Donde me desvisto? Tomás buscó con su mirada un baño o un escondite, pero estábamos lejos de los servicios y he sido testigo de cómo el pudor le ha crecido últimamente. No había dónde.
- No te preocupes, desvístete aquí, que todos tenemos lo mismo. Nadie te va a mirar.
Otra vez el ojito se le puso rojo, pero aceptó sentarse en la grama y como pudo se bajó los pantalones y se metió la enorme prenda entre las piernas.
-Vamos, súbetelos. No te preocupes, amarrate bien la correa. Camina, vamos, corre.
La incomodidad en sus pasos, su incertidumbre y palidez, eran evidentes. Cuando por fin llegamos al partido, el niño no quería mostrarse ante nadie con semejante incomodidad y protuberancia. Su madre me miró y sonrió nerviosamente.
- ¿Estás listo Tomás?. Pasa al puesto del lanzador, .ordenó en inglés la voz del entrenador.
Cuando el niño se dirigía entre rasquiñas y ajustes de pantalón hacia sitio en la cúspide del diamante, me pareció escuchar bajo mi voz la cantaleta de don Lázaro. El viento de la "windy city" levantó el polvo del diamante y sentí que un revoloteo de mantos de monjas muertas y sonrisas de mirones volvían a incomodar el destino de otro proyecto humano. Busqué una figura de santo de yeso para implorar la ayuda del muchacho, pero estaba sonando tan duro la noticia que el gran Sammy Sosa había sido castigado por utilizar un bate traficado con corcho en un partido oficial, que mejor opté por no interferir con el más allá en estos inesperados tropiezos que nos corresponde sortear a los débiles seres de carne y hueso.
Tomás tenía razón, el equipo de los Yankees era buenísimo y perdieron. Pero los partidos eran muchos y al día siguiente llegó con protector de su talla, nuevecito, a golpear sus genitales ante el árbitro para cumplir con las reglas.
- No te preocupés, mijito, ya tendrás muchas oportunidades para descubrir qué vas a hacer cuando estés grande...

Diego García Moreno.
Chicago, Junio del 2003

lunes, 3 de agosto de 2009

viernes, 31 de julio de 2009

El son de Jarlei-dá/David-són

"El son de Jarlei-dá & David-són".

Tarjetita postal americana, en forma de canción.
Autor. Diego García-Moreno

Coro Lejano femenino: Jarlei dá, Jarlei dá , Jarlei dá & David son

Rrrrr... Rrrrr..R.rrrrr....R.rrrrrr

Country:
Qué duro suenan las Jarr
Cuando deciden cantar
Alabanzas para Bush
Y su invasión al Irak
Llegan en largas pandillas
Como es su costumbre y ley
Y esperan que a sus rodillas
El mundo se va a postrar
Coro cercano bien varón; ¡Harley Davidson qué pesado es tu cantar!
¡Harley Davidson, ay que rudo es tu opinar! (bis)
Recitativo Hip-hop:
Cargan bisontes grasos y barbudos
Envueltos en cueros negros y eructos medio podridos
Vahos de Budweiser, hamburguesa y barbiquiú
Espejos Cascos plateados roídas botas tejanas
Cinturón de gruesa chapa y humaredas de CO2
Cadenas de hierro duro y medallas del Vietnam
Colgandejos transformables en espada o puñal
Quijada con falsos dientes garrote fuete macana
Y una guardaespaldas gorda en el asiento de atrás
Guerrera novia agresiva fiel hermana o la mamá
Ataviada toda ella en coraza similar


Coro Lejano femenino: Jarlei dá, Jarlei dá , Jarlei dá & David son
Coro cercano bien varón: ¡Harley Davidson que pesado es tú cantar!
¡Harley Davidson, ay que rudo es tu opinar! (bis)
Narrador conversadito como si fuera un secreto:
Se parquéan con el motor encendido frente al tumulto de los pacifistas flacos, vegetarianos,
orientales de por allí, negros de por acá, latinos, indios, hindúes, con barbita de Ho-chi-Min,
mechas de Jesucristo superstar, mirada de Che Guevara, convicción de Malcolm X, Parkinson de
Cassius Clay, mascadera de Chirac, joroba de Juan Pablo el Dos, quienes a punta de altoparlante de pilas apoyado en el cráneo de un buen amigo, se desgañitan para que todos comprendamos que la guerra es por petróleo que la paren que no cambien blood for oil... y mientras la gorda de la Jarr vigila que la banderita de rallitas rojas y blancas y un azulito -que no recuerdo si es de las estrellitas o del fondo- esté bien anclada en el ojal del espaldar o en el oberbio retrovisor, ellos comienzan a darle manija al acelerador.

Rrrrr...R.rrrrr.....R.rrrrr
Coro cercano bien varón aplastando coro lejano femenino:
¡Harley Davidson que pesado es tú cantar!
¡Harley Davidson, ay que rudo es tu opinar! (bis)
Y uno mira a los policías
Que simulan ser postes vigías
Cubiertos en sus mil corazas negras
Robo-cops esperando algún motivo
Para repartir garrote a los utópicos
Y les vé esa cara de perversa felicidad
Estimulada por el estruendo
De tan inmensa cilindrada
Recuerdan tanques, aviones, portaviones, misiles,
Una cascada infinita de metrallas,
Se imaginan la continuación de la santa cruzada
Que a punto de buena voluntad
Sin inmutarse ante los recios vientos del desierto....
Avanza hacia Bagdad

Coro Lejano femenino: Jarlei dá, Jarlei dá , Jarlei dá & David son

Recordando la época Bush...

Esculcando en los archivos del compu encontré un texto escrito en Chicago cuando se iniciaron las protestas por el envío de tropas americanas a Irak. Decía así:

Tarjetita postal americana.

Vieras cómo suenan de duro las Harley Davidson
Cuando deciden manifestar en favor de Bush
Llegan en pandilla como es la costumbre
Desde los años cincuenta -¿o me equivoco?-
Con sus especies de bisontes grasosos, barbudos conductores,
Envueltos en cueros negros y un vaho fermentado con eructos de Budweiser
Cascos plateados brillantes botas tejanas cinturones con gruesas chapas
Cadenas y ornamentos de metal pesado que podrían convertirse
En soberbias herramientas de combate
Y en el asiento trasero como fiel guardaespaldas va una gorda
Que parece su mamá o su novia o su hermana
Ataviada ella en similar atuendo.

Se parquéan con el motor encendido
frente al tumulto de los pacifistas flacos
vegetarianos o pobres
con barbita de Ho-chi-Min y melena de Jesucristo super-star
que a punta de altoparlante de pilas
se desgañitan para que todos comprendamos
que la guerra es por petróleo
que la paren
que no cambien blood for oil...
y mientras la patriota compañera de la retaguardia vigila
que la banderita de rallitas azules y blancas y un rojito
-que no recuerdo si es de las estrellitas o del fondo-
esté bien anclada en el ojal del espaldar o en el soberbio retrovisor,
ellos comienzan a darle manija al acelerador.

Y uno mira a los policías
Tirándoselas de postes vigías
Esperando cubiertos en sus mil corazas negras
Que haya cualquier motivo
Para arrancar a echarles garrote a los utópicos
Y les vé esa cara de perversa felicidad
Estimulada por el estruendo
De tan inmensa cilindrada
Recuerdan tanques, aviones, portaviones, misiles,
Una cascada infinita de metrallas,
Se imaginan la continuación de la santa cruzada
Que a punto de buena voluntad
Avanza hacia Bagdad
Sin inmutarse ante los recios vientos del desierto....

martes, 14 de julio de 2009

Convocándonos

Sumergido en la edición del documental sobre Beatriz González, se atraviesa en el camino una convocatoria de proyectos del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico. Siendo casi el único bejuco nacional del cual podemos pegarnos los documentalistas para no naufragar en nuestro intento de mantener viva la producción, saco los brazos y me agarro. Convoco a gritos a los amigos. Lamaraca producciones se infla como un acordeón y comienza a emitir acordes, redobles, y campanazos... invita a los colegas de hace rato a colaborar en la redacción de dos proyectos que se ven a punto en las cavas de maduración. El tiempo nos dice :"Estamos a tiempo, ¡vamos pa´lante!". Ma Paula, Yalile, Maritza, Juan Andrés, Gustavo, Sally, Congo, Parra, Sebastián y Fer Franco unen esfuerzos y halan, empujan, escriben, proponen, redactan, cada cual ayuda a la medida de su fuerza para que las propuestas logren tener el sello de correos antes de que cierre el tiempo estipulado. Gracias, gracias. ¡Merde! ¡Algo tenemos que lograr!

lunes, 13 de julio de 2009

domingo, 12 de julio de 2009

ON-OFF-

OFF-ON

Me encontré este panfleto en un rincón del compu. Data de hace unos seis meses. ¿Estará vigente todavía?
Dice:

A las seis de la mañana escucho el sssssss… del periódico deslizándose por la ranura de la puerta. A esa hora, si no me enrrumbé la víspera, estoy calentando la leche para el café de Tomás. Apúrale que vas a llegar tarde. Generalmente coincide con el minuto de silencio que le doy a mi radio de pilas mientras difunde el himno nacional. Sirve también para conmemorar la dosis de muertos que acaban de enumerar los señores de la radio. Seguramente, ya le he mentado la madre más de tres veces a Juan Gossain, a Darío Arizmendi y a Julio Sánchez Cristo. Melodramáticos, mentirosos, zalameros. Pantalleros, publicistas del reino. Qué terrible condena, soy un adicto a las noticias. Me encantaría mandarlos para la mierda, pero no logro contener el gesto del dedo índice derecho que lleva el botón del OFF al ON. Desde hace veínte días, cuando volvió a ser un diario, me agacho inevitablemente a las seis de la mañana a recoger El Espectador. Ojeo los titulares. Asocio con lo escuchado.
-Está servido, mijo.
-Ya voy, papi. Y regreso a la cama para esconderme del frío, embalsamarme entre cobijas y devorar los millones de letras matinales.

Mi adicción a las noticias ha empeorado. Leo y escucho noticias al mismo tiempo. Y en las crisis más agudas leo, veo y escucho noticias al mismo tiempo. A veces cierro los ojos y de inmediato sueño. Los paisajes de mis vivencias y mis personajes cercanos coprotagonizan nuevas versiones de los hechos diarios y llamo desesperadamente a un jefe de noticias para que las difunda. Repentinamente despierto acongojado. Me consuelo buscando las notas editoriales. Estas por lo menos piensan, denuncian…pienso yo. Denuncian tanto que ya nadie les para bolas. Yo. Nosotros. Ellos. Tema para conversar con los amigos durante el día. Para insultar. Para desahogarse de esa sinsalida en la que vivimos. ¿Viste la de ese hijueputa senador paraco? ¡Ese malparido del Uribe qué se está creyendo! Sí , lo sabemos, se cree hijo de Dios. El Elegido por todo el partido conservador, por todos los grupos paramilitares que veneran su imagen y política, por todos los políticos liberales que tienen buenas fincas y todas las señoras decentes de la patria. El Designado por mi mamá, por la de Arizmendi, por el papá de Sánchez Cristo y por la bondad intrínsica de Gossaín. El bueno. Tan bueno como Bush. Tan guerrero como los asesores del otro, como los mejores espadachines de las cruzadas. Y este trío de locutores trina sus himnos al emperadorcito bravucón. Lamenta los muertos dependiendo del bando del que provienen. Las madres de los muertos son las que lloran, no importa el bando.

Lo reconozco, leo y escucho noticias en las mañanas y en la tarde me ataca el zapping entre los noticieros de la una, y el imparable CNN y las noticias desde España y Francia y Alemania e Inglaterra y ahora me lanzan un río de inundaciones en las noticias del cable. Por fortuna no entra Al jezira. El único bejuco de independencia del que logro asirme es que hasta hoy he logrado negarme a encender la pantalla enana y boba en las mañanas. Que ella me engulla en la noche y me obligue a digerir hasta las noticias del golf y el poker y los billares. Pero no quiero hablar de esos presentadores de colorido RGB tulipanesco que devengan en la tele. El efecto de odio que me producen los radiales y ponen al descubierto la inconfundible enfermedad no es comparable con el desprecio que profeso por la maquinada y maquillada imagen con que leen noticias los viejos más feos y las muñequitas más reconstruídas de mi patria y de la de los otros. El zapping es apenas una apéndice del on-off. La gente en televisión dizque cuida su imagen, las confesiones radiales y la libertad de opinar de los jefes linda con la desfachatez. Es su radiografía más sincera.

Por fortuna existe El espectador. Denuncian todo. Le dicen todo a todos. Pero en este país no pasa nada. ¿Nada? ¿Qué pasaría si no pasara nada? ¿Si no se mataran, masacraran, robaran, estafaran, violaran, engañaran, destrozaran, excomulgaran, pisotearan, asediaran, exterminaran, fumigaran, desventraran, apuñalearan, embaucaran? ¿Qué sería de este país sin la necesidad de una noticia? ¿ Si los programas matinales fueran transmisiones de silbidos de transeúntes tranquilos caminando hacia la piscina? ¿Ecos de pasos o ronquidos de señores sin afanes con sus manitas serenas sobre el coche en sus mecedoras? ¿Ruiditos de firmas recibiendo su honrada mesada? ¿Puertas de carros cerrándose para partir de vacaciones? Qué sería de mi vida sin azarosos acontecimientos, inundaciones, terremotos, diluvios, incendios, despeñadas de buses, magnicidios, intoxicaciones, redadas y emboscadas, atracos a mano limpia, enguantada, mutilada, impactos de esquirlas, brazos, piernas , cabezas desintegradas por minas quiebrapatas, quiebra casas, quiebra todo. ¿Qué sería sin ese album de políticos, políticas, barrigones, tetonas, hampones, culonas, bravucones, retrecheras, sínicos, soplonas, manipuladores, ramplonas, cohecheros, prevaricadoras, falsificadores, azuzadoras, que veo de perfil, de frente, de mediolado, caminando, trotando a la salida de la fiscalía, del restaurante, del senado, del club, de la sala de belleza, de la misa? Qué sería, qué sería... Todavía no sé si me gustaba más El Espectador cuando salía sólo los domingos. Los periodistas tenían tiempo para investigar.Y era tan gordo que a veces me duraba hasta el jueves. Ahora se deslizan los antídotos contra el terror. Sale la nieta de Botero con su pintica de gomelita a régimen que nunca olvidará las visitas de todos los veranos a la finca de su papito el pintagorditas en Italia. Que no se les ocurra darle espacio a Juan Pablo Montoya. No desprestigien a los montallantas. Qué ídolo tan maluco.

¿Tienes plata, papi? Le doy cinco mil pesos al hijo. Que te vaya bien. Me quedo resbalando entre las voces multicoloras de mi radio. Ese seséo del paisa sentido, ese ahorro de eses del turco anecdótico, ese masticar de palabras gomelas del chico bien de todos los nortes bogotanos. Tras el golpe del portón habla inevitablemente un ministro. Habla en nombre de Dios y de la democracia y de todo el bien que para todos los colombianos está realizando con su santo patrón. No se incluye a los narcotraficantes ni terroristas, por supuesto, ni a los estudiantes, ni a los sindicalistas, ni a los que no respondan a su letanía “métalos a la cárcel, mi general”. Amén. Viene a la memoria que ese mismo ministro tiene pendiente una denuncia, o dos, o tres, que sus socios politicos están siendo investigados por nexos con los paramilitares que son narcotraficantes y terroristas, por malversación de fondos, por irregularidades en las votaciones que le dieron su curul. Nadie votó por él. Es inocente. Somos todos inocentes. El culpable es el mundo. Antes, echaba lava; ahora lanza bocanadas incontrolables de noticias. Y a algunos les caen envueltas en oro. A Gossaín, a Sánchez Cristo, a Arizmendi. A mí me llegan impresas en papel para envolver el día. Antes utilizaban ese papel para envolver las papas o la carne. Traigan el periódico que se quebró un vaso, decía mi madre. Corría a humedecerlo, se volvía una bola, la rodaba sobre la viruta de vidrio esparcida en las baldosas. Pásela por el rincón mijo, allá hay un cristalito, no camines a pie limpio, te puedes cortar. Las noticias me rayan los ojos y el alma. Quiero apagar el radio. Hace frío. No son suficientes las cobijas. Me provoca envolverme en el periódico. Como aquella vez a las cuatro de la mañana, orinando en el alto de Letras. Qué frío. Y las noticias enfrían el alma. Vuelvo a apagar los ojos sin tener que pasar por el gesto del dedo. Los párpados son como el inalámbrico del ON-Off.

viernes, 3 de julio de 2009

Entre la confusión y la ignorancia y la dicha.

Entre la confusión y la ignorancia y la dicha.
Una entrevista al respecto. Por Diego García Moreno

-¿Usted hace películas o documentales?
-¿Ve? Usted también me lanza al pantano. Esta pregunta está viva y me corresponde capotearla a cada rato. Pues sí, en Colombia la gente -en general- a estas alturas de la vida no sabe que los documentales son películas, o de antemano hace una valoración en las que clasifica al cine documental como una cinematografía menor, inferior. Esta actitud me recuerda la época de piloto cuando la gente me preguntaba si yo manejaba avión o avioneta.

-¿Cuáles serán las razones para este desconocimiento?
-Desconocimiento es ignorancia. No saber del tema. Y un verbo asociado a esa palabra, pero con consecuencias más perversas, es ignorar. No tener en cuenta. En cierta forma la vivencia del documental en Colombia tiene que ver con estas dos actitudes. Se ignora y se ignora. Supongo que esta actitud está relacionada con el hecho de que nunca han visto en una sala de cine un documental. Siendo optimistas, se les atravesó una película de pingüinos o una superproducción de Michael Moore, pero no más. Los espectadores entrados en años, en su mayoría, lo asocian en su memoria con unos cortos aburridos que les obligaban a ver antes de la proyección de los largos, por allá en los años ochenta, en los que un señor hablaba en “voice over” con tono irrefutable de un tema y su discurso superficial era acompañado por un ensarte de imágenes filmadas a la carrera, eso sí, en treinta y cinco milímetros.

Hoy en día la mayor parte de los espectadores consideran por costumbre que documental es lo que ven en algunos canales de televisión temáticos donde pululan programas editorializados de animalitos o de eventos históricos, acompañados siempre con la misma voz que todo lo sabe y con una curva dramática pre-establecida por los intereses de la cadena que difunde. Los más arriesgados, los que sintonizan canales públicos, han armado su concepto a partir de magazines con tono semi-institucionalizado, de bajo presupuesto, que tocan temas muy interesantes, y a veces hasta osan generar un look con muy buenos efectos digitales, pero que en su mayoría cuentan con limitaciones formales derivadas de la falta de presupuesto para investigación, de tiempo de realización y montaje, lo que es peor: de auto-censura. A veces se abre un campito, pero ¿en qué porcentaje? Minúsculo, inícuo.

Vemos pues que tradicionalmente ha faltado un espacio para la difusión de este tipo de cine; que a pesar de haber sido una forma que aparece desde los inicios del séptimo arte, recordemos a los hermanos Lumiére, fue víctima del desplazamiento que instauró la industria “hollywoodiense” en el mundo con su “star system” y cuyos reflejos aún se ven hasta en la tele, pues envuelto con el halo de no ser una fuente muy rentable de comercialización, las cadenas televisivas lo han hecho a un lado… a menos, que de pronto aparezca un producto bien sensacionalista o “de impacto”, como ellos lo denominan, y durante unos meses les permita mantener viva la idea ante el público de que sí se interesan en otras producciones sobre temas “reales”; y, además, es una enorme falla que por parte de las instituciones no se hayan creado mecanismos de distribución, espacios de proyección alternativos subvencionados que permitiera su divulgación y así la creación de un público.

-¿Podría precisar un poco más? ¿A qué se refiere cuando habla de cine documental?
-Hablo de formas no ficcionadas que no tienen un formato preestablecido. Que funcionan digámoslo libremente, sin un parámetro que unifique una programación periódica; obras que están marcadas por el sello de un autor y que exploran lo social, lo humano, lo ecológico, o cualquier temática sin recurrir a la suplantación de los roles. A diferencia de la salchichería televisiva, estos films toman riesgos estéticos y conceptuales, profundizan y dudan, se alejan de la propaganda y de la defensa institucional, polemizan, generan dudas, y al mismo tiempo entretienen. Porque algo sí hay que enfatizar, y lo sabemos quienes lo practicamos, nuestro esfuerzo cotidiano consiste en transmitir, comunicar, generando ritmos con imágenes y sonidos es decir, con elementos plásticos y musicales, variaciones dramáticas, tensiones, sorpresas, generar hilos narrativos con referencias o no al cuento literario, que conmuevan, hagan reír y llorar, que afecten orgánicamente al espectador, pero que siempre, y no conozco el caso atípico en lo documental, que haga reflexionar.

-Suena confuso…
-Sí, hasta para nosotros mismos, para los documentalistas, la palabra se ha vuelto más confusa. De tanto levantar la mano en coloquios, eventos académicos y en los festivales para preguntar que cuál es la diferencia entre documental y ficción, que cuál es el límite entre ellos, que qué es documental, y de escuchar siempre a los multiformes expositores -- ya fueran realizadores, productores, críticos, estudiosos o pensadores del tema -- testimoniar, asegurar, lanzar hipótesis, dictaminar, dudar, configurar un discurso a partir de su experiencia, llegamos al sentimiento, que no es conclusión, que la palabra es imprecisa, que se ha resumido a representar el cesto en el que cabe todo lo que no es ficción. No, no hay nada claro. A mi modo de ver esta incertidumbre le da importancia a la realización, porque empieza a colocarlo en un espacio que durante un buen rato no le fue asignado: una práctica artística. Creamos aferrándonos a las pistas de lo que literalmente la palabra propone. Documentar. Que pareciera querer decir recopilar pistas. Acumular huellas. Filmar, grabar, guardar imágenes y sonidos que correspondan a los personajes, a los objetos que no simulan ser otra cosa que ellos mismos, que representan y testimonian fragmentos de su vida y su muerte. Referentes de reconocimiento colectivo ya sean de aceptación o rechazo. Y quienes oficiamos el oficio de documentalistas las reordenamos con un cuidado que denota una voluntad de hablarle al futuro con más conciencia que al presente. Es como la generación de una arqueología preordenada. Pero es tan variada la materia prima que tenemos para armar nuestro mostrario que cada vitrina pareciera proponer su lógica propia. Y la confusión se hace más grande cuando empiezan las pantallas a llenarse de juegos derivados del análisis de lo que creíamos era el principio fundador: la realidad. ¿Qué es la realidad? Y aumenta la gran duda. Entonces entra ahora al baile un nuevo invitado: el concepto de falso documental, y la confusión aumenta. Pero lo que sí sabemos es que hay un límite, una diferencia, que se nos hace sentir cada que vamos a buscar financiación, cada que participamos en un concurso, cada que buscamos un espacio en una pantalla ya sea de sala de cine o parrilla de televisión. Viene de nuevo la palabra género y quedamos a la intemperie de los tentáculos imperiales de la ficción.

En una época creía que el documental era imprescindible, que era como una necesidad política e histórica de los humanos, de los países, de las familias, y que quienes deciden el menú algún día lo comprenderían. Pero no fue así. Si tomamos como principio de análisis la realidad de las pantallas colombianas llegamos a la conclusión de que lo imprescindible y necesario ya fue decidido: son las telenovelas. Las de todo. Las que cuentan historias de amores y tráficos tormentosos de bienes o sentimientos con un refuerzo infinito del melodramatismo, así como está descrito y escrito en el diario transcurrir de nuestro país; telenovelas con vedettes con teta de plástico y naricilla estirada con sacapuntas, o telenovelas con héroes de camuflado o de corbata para camuflar el camuflado; noticias telenoveladas de la guerra y la economía que relaten las desgracias internacionales o intermunicipales. Hasta el deporte es una gran telenovela que nos hace llorar, padecer, hasta eyacular o infartar. Parece que ese “capricho” de construir historias con otros parámetros que tengan en cuenta por ejemplo el respeto del tiempo y la intimidad de personajes que nunca nadie había visto, o de otras maneras críticas de ver a los eventos o los protagonistas de la vida pública, no condensara la dosis de dramatismo que le conceda su estatuto anhelado; el hecho de recordar gestuales, pedacitos de su tiempo en sincronismo con el viento que soplaba ese día, con la humedad del momento cuando ocurría la catástrofe, con el tenue rayo de luz que nunca se repetirá, con esa variable imprecisa del punto de vista que sólo pudo hacerse desde ahí y nunca más, no fuera digno de la atención que regala lo inútil, y la lectura no fuera más allá del calificativo de aburridor, de cargado de “tiempo muerto”, de la crítica demoledora hija de la moda vertiginosa de los video-clips construidos con imágenes hipercortas que se usan de parámetros y conllevan a los programadores a decir “no, eso no nos interesa. A bailar chucu-chucu, mijo.

Ahora pienso que los docus son imprescindibles para ciertos románticos que seguimos creyendo en eso. Pero ahí está la dicha, el juego de pelearle a lo que parece imposible. A lo mejor el derecho a afrontar de frente nuestro tiempo se ha vuelto una utopía… Bienvenida sea.

-¿Y sí hay una producción de este tipo en Colombia?
-Por supuesto. Claro que hay problemas para enterarse de lo que se está realizando. Hace unos días, por ejemplo, fue publicado por las entidades que administran políticas y ayudas oficiales para la producción cinematográfica el balance del cine colombiano 2008 y, vaya sorpresa, no aparecían los documentales. Algunos realizadores y la asociación Alados pusieron el grito en el cielo ante la discriminación. Le tocó entonces a la página semanal de información en su edición del 10 de enero publicar una página especializada. Eso habla claramente de cómo la ignorancia y valoración de las prácticas genera aun dudas hasta en las más altas esferas de la cinematografía colombiana. (Recomiendo a los interesados buscar en Internet la publicación Claqueta del Ministerio de cultura de esa fecha, 10-01-2009, para enterarse de títulos, presencia en festivales, premios, etc.)

-¿Podría hacer un resumen de ese balance?
En mi calidad de autor-productor, prefiero no entrar a mencionar títulos de películas ni autores. A medida que pasa el tiempo prefiero compaginar mi creación y la crítica a través de lo que expreso en mis películas. Lo que sí puedo asegurarle es que este virus del documentalismo pica más y más a las nuevas generaciones. De cierta manera la información documental ayuda a llenar un enorme vacío de memoria que padece Colombia. Los jóvenes se preguntan quiénes somos, de dónde venimos, cómo es nuestro accionar. La aparición de nuevas tecnologías con precios más económicos tanto en cámaras como en programas de edición permite que muchos de ellos se lancen a realizar documentales. Estamos en un período donde entonces se van creando nuevas ventanas para poder entrar en contacto con estas producciones. El problema es cuando usted quiere profesionalizarse en el oficio, vivir de él…

-¿Usted lo ha logrado?
-¿No le parece increíble? Yo me pregunto a cada rato cómo ha sido posible. Toca remar y remar. Complementar con prácticas afines al oficio. Entender que toca completar la quincena con salaritos pedagógicos, con talleres, cursos, prestando servicios como empleado en otras producciones, tratando de ahorrar un poco para invertir en equipos que se alquilan o disminuyen los costos del trabajo propio, trabajando como técnico, etc. Yo tuve la fortuna de haber estudiado también imagen y de vivir y producir mucho tiempo en Francia. Allí se valora más esta profesión y existe un concepto maravilloso que se llama derechos de autor. Aquí existen por ley, claro. Colombia hace parte del campo de acción del copyrights, que funcionan muy bien a nivel moral. Pero a diferencia de la visión europea, la explotación de un producto genera fuentes para los autores, que son inviolables, aquí le respetan a uno el nombre, el honor… imagínese. Pero así y todo desde hace treinta años sólo he ganado algunos pesos que provienen de la cinematografía. Le cuento que en mis años de estudiante fui proyeccionista.


-¿Mirando otros aspectos, a nivel de contenido, usted qué hace?
Hace varios años en un artículo que publiqué en la revista Número llamado “Imágenes de un país desconocido” me refería al rumbo hacia lo documental que había tomado mi producción cinematográfica debido al espacio privilegiado que encontraba en esta disciplina que me permitía a mis anchas compilar, explorar, experimentar en su representación audiovisual acerca de elementos esenciales de la vida y la multiculturalidad de la que está repleto el país, hacia personajes que nos conducen de manera impensada hacia el meollo de nuestros asuntos, hacia el inevitable conflicto y la violencia que nos acompaña desde los primeros días, hacia la belleza insólita del territorio y al entruncado tiempo en el que me –nos- ha tocado vivir. Me refería a las películas en que utilizaba la palabra Colombia: “…elemental”, “…horizontal”, “con-sentido”. Hacía alusión al desconocimiento arraigado que teníamos de nuestro país, de su diversidad, y cómo esa ignorancia ha sido un generador de irrespeto y violencia. Creo que el rumbo de ese trabajo no se ha desviado, así como pienso que de esa época a la actualidad poco hemos evolucionado socialmente, que los grandes problemas del país siguen intactos y que las razones que guían mi trabajo siguen siendo pertinentes. Me arriesgaría a asegurar que esas premisas son compartidas por una gran mayoría de quienes practicamos la aventura artística del documental.

-¿Y en presente, qué aporta de nuevo a nivel de realizaciones?
-El año pasado terminé dos películas. Como hecho curioso para la actual producción en Colombia, ninguna de ellas fue producida con ayuda del fondo para el Desarrollo Cinematográfico. Lo menciono porque las convocatorias se han vuelto aparentemente casi la única esperanza de financiación nacional para una producción independiente en documental. Bueno, el año pasado hubo también una convocatoria de televisiones regionales, una para cada canal, pero no veo más. Los títulos realizados son “Y como para qué de arte de qué” y “¡Danza, Colombia!”. Siguiendo la línea que mencionaba anteriormente el tema esencial es el país. En esta oportunidad son visiones desde el arte a partir de la producción regional que fue seleccionada para los “Salones Regionales”, la primera, y la otra a partir de la danza en la región Caribe, Zenú, Montes de María Cartagena. Ambas tuvieron fondos de la Dirección de Arte del Ministerio de Cultura en coproducción con mi productora Lamaraca Prod. De una cosa estoy seguro con esta parejita: no se inflarán a 35 milímetros y no se verán en salas comerciales. Fueron realizadas en video y no son ficciones, perdón por la insistencia. Así como ocurrió con otros dos títulos que terminé en años anteriores: El corazón y Las castañuelas de Notre Dame. Estas sí recibieron ayuda del fondo. Estas cuatro películas, al igual que otra docena que presenté en el Festival de Cine Colombiano de Medellín - en el que paradójicamente se le ofició un homenaje al trabajo “cinematográfico” realizado junto a mi hermano Sergio - no cumplen con las características que se exige en Colombia para llegar a los “templos” comerciales que oficializan el carnet de cineasta.

Tal vez lo que ha cambiado dentro de mi forma de concebir el cine desde aquella época del artículo mencionado al presente es que cada vez siento que es más importante la inserción del cine en los ritos multidisciplinarios, el cine como un ente ligado a otras prácticas. Cada vez me desilusiono más de la vivencia del cine como simple entretenimiento y negocio y como botín de distribuidores. Viendo cómo los llamados hábitos de los espectadores van modificándose con los cambios tecnológicos, y para poder mantener viva la práctica en la profesión que me interesa, me ha correspondido re-pensar, experimentar, re-diseñar estrategias para mantener viva la práctica cotidiana del oficio y que me permitan llegar a espacios y públicos diferentes a los que sirven de medidor oficial de la práctica cinematográfica.

-¿Ha hecho algo al respecto para aterrizar a esa visión?
-Tal vez el experimento más osado y exitoso fue el procedimiento al que recurrí para difundir “El corazón”. Dada la temática, el corazón herido de un país, el riesgo de la muerte personal por enfermedad cardiaca, la universalidad de la vivencia del pulso vital a nivel personal, familiar, social, consideré que la película tenía que ser vista en grupos, de una manera ritual, en sala. Pero no simplemente con un espectador sentado frente a la pantalla. Quería que la gente se reconociera como cuerpo individual y colectivo. Entonces recurrí a invitar brigadas médicas para que le tomaran el pulso a los espectadores. Propuse buscar la gráfica del estado del ritmo cardíaco nacional en un período de conflicto. Imagínese usted el efecto de sensibilización que eso produce. Ver “El corazón” con conciencia de haber escuchado el suyo. Quería que la gente recordara ese mundo de canciones populares que tararea a diario y que hablan del corazón; llevarlos a leer poemas de los grandes autores de nuestro país alusivos al corazón; pero y lo más importante, colocarlos frente a un referente que era la película donde los grandes problemas de la guerra y la injusticia colombiana estaban encarados, provocar la discusión. En un país donde no nos miramos a los ojos, utilizar al cine como un elemento de discusión, de diálogo.

Pero este ritual no se podía realizar en las salas comerciales de proyección. Allí lo más importante como aditivo es comprar crispetas. Y lo más triste es que al país de las regiones no están llegando las películas. No hay salas. Pero a sabiendas de que sí hay proyectores video en casas de cultura, en bibliotecas, en universidades, en bares, en múltiples espacios, logramos que en una noche la película fuera difundida en más de cien municipios. Interesante la vida de este corazón porque aparte de esta difusión nacional ha tenido una enorme participación en selecciones oficiales de festivales internacionales. Creo que ya vamos como en 25. Desde Guadalajara hasta Londres. De Sidney hasta Buenos Aires, Sao Paulo y Santafé de Antioquia.

Otro caso interesante fue el experimento de producción de “Y como para qué de arte de qué”. Considerando que era importante promover el seguimiento audiovisual de procesos de arte en las regiones, diseñé una estrategia de canje de derechos. Autorice utilizar archivos de un pequeño documental que usted haga sobre un artista seleccionado para los salones regionales a cambio de los derechos para su región de un documental realizado por mí entretejiendo archivos de todo el país. De esta manera logré que la película, esta sí para tele, fuera difundida por cuanto canal regional y público existe en Colombia. Desafortunadamente otras películas como es el caso de El sacristán de Notre Dame, que coproduje con Francia y que fue difundida por toda Europa en canales comerciales y públicos y ha participado en múltiples festivales internacionales, no haya sido casi vista en Colombia. Cuando se la ofrecía a los programadores de los canales comerciales me contestaban: “Ay, Diego, qué belleza, pero no hay espacios en la parrilla”; y cuando se la propongo a los privados, ofrecen una miseria. Y es curioso, porque hay películas que siento que pueden regalarse, que tienen un sentido de producción colectiva, entregarse por precios, bajos abrir sus derechos, pero hay otras que tienen tal inversión personal, que ha sido tan alto su costo de producción que no pueden regalarse y hay que defender sus derechos.

Olvidaba mencionar un aspecto que tiene que ver con la promoción. Con “El corazón” ocurrió otra anécdota relevante que es bueno mencionar. En un determinado momento una casa distribuidora de cine, asociada a un canal privado, se interesó en promoverla en el caso de que fuese aceptada por una exhibidora de cine. Ellos aportarían en su cadena los espacios para su promoción. Cuando calculamos el equivalente de los costos promocionales con respecto a los costos de producción, a nuestra inversión, me di cuenta que tendría que entregar todos los derechos por concepto de entradas a la casa que publicitaba, que por tener el lujo de exhibir en gran cartel el afiche tan bonito de la peli, sacrificaba la retribución de las entradas. A eso se sumaba que yo tendría que pagar los costos de inflado a soporte cine en 35 mm y su tiraje de copias. ¿Cuántas salas de cine pasarían un documental? ¿Cuántas copias? ¿Cuál es el valor de una copia? ¿Cuántas personas entrarían? ¿Cuántas semanas mantendrían los distribuidores mi producto en escena? ¿Tenía que competir en igualdad de condiciones con las maquinarias promocionales de Harry Potter y El Hombre Araña? Mejor dejar a un lado el negocio. A la semana estaría fuera. La vivencia del mito de las salas fue desmoronándose para mí. Y ahí fue cuando tomé también conciencia de la falta de presencia de las salas de cine en el país, como lo mencioné anteriormente. Las salas se concentran sólo en grandes capitales. ¿Por qué no podía proyectarse en video como lo hacían en excelentes condiciones en los festivales? Si estamos en transición tecnológica ¿por qué Colombia no se actualizaba? El día que las proyecciones video sean aceptadas a lo mejor entraremos a esas ventanas. Por el momento nos toca inventar espacios y encontrar financiaciones. Sé que actualmente la red de salas alternas comienza a tomar forma. Esperemos que se convierta en una realidad y logren tener el apoyo y una estructura de promoción que llenen en parte ese vacío.

-Se dice que lo mejor es coproducir y buscar ayudas internacionales. ¿Es posible en lo documental?
-El cine es muy costoso. Se necesitan muchos fondos. Claro, existe la posibilidad de coproducir y es la vía aparentemente más eficaz. Lo importante es encontrar coproductores que realmente tengan que ver con la película que vaya a realizarse y que tengan una empatía privilegiada con el director y el productor. No todas las películas están concebidas para que entren capitales de aquí o allá. Hay que tener muy claro si la coproducción debe ser nacional o internacional. Cuando realicé “Las Castañuelas” era evidente que se necesitaba un coproductor francés. Y se logró. Cuando produje El corazón, dada la temática, la forma que pretendía darle, sabía desde el primer momento qué tipo de experimentación formal buscaba y no me interesaba filtrarla bajo ciertos criterios que predominan en las producciones internacionales. Por fortuna, a mi modo de ver, la apuesta fue acertada. Actualmente preparo un trabajo con una gran artista colombiana, Beatriz González, que podría ser el inicio de una serie internacional y, claro, he comenzado a buscar en Latinoamérica colegas y fondos para coproducir. A veces la gente se ilusiona pensando que hay plata por fuera disponible para las temáticas colombianas. No es así. Los fondos son limitados y los países son muchos. En una época se creía que Europa era la panacea. Vaya y vea cuántas son las horas coproducidas con América Latina para que se desilusione. Lo que sí creo que es que hay espacios en desarrollo como son los países de nuestro continente. En los últimos años se han multiplicado los esfuerzos por generar espacios de financiación y circulación de productos audiovisuales en Ibero-América y eso es bienvenido, pero es apenas un comienzo. Ojala se logren abrir mucho más esos mercados.

-¿Y coproducir en Colombia?
S-ería lo ideal. Sabemos que en Colombia hay una Ley del Cine que estimula a los inversionistas a cambio de exenciones tributarias a apoyar el cine. El problema es que sólo cuenta para productos en 35 milímetros para difundir en sala. Ya hemos hablado de las limitaciones que eso tiene en el caso de los documentales; tendríamos más apoyo si la ley general de cultura extendiera esas inversiones a producciones de formatos diferentes. No puede negarse que hay pequeñas coproducciones internas. Sobre todo colaboraciones entre empresas que tienen que ver con la producción. Las que ofrecen sus equipos para el rodaje, las que ayudan en la coproducción, la participación de quienes trabajan en ellas. Pero creo que falta aun profundiza mucho y realizar en la coproducción entre cadenas y casas de producción privadas. Entre empresas financieras y productores.

Hay que tener en cuenta además, a nivel de coproducciones internas, que en Colombia asociarse es muy difícil. Imagínese, no más, que por ejemplo entre una entidad pública, digamos que entre un ministerio y una casa productora no puede realizarse una coproducción porque la casa productora tiene “ánimo de lucro”. Cómo no va a tener un productor o un director o cualquier persona “ánimo de lucro”. Los colegios, los que venden la leche y la carne, la ropa, cualquier cosa tienen esa palabra tan simpática: “ánimo” y no van a entregarte los servicios gratuitamente. Lo que pasa es que hay el pánico del “tumbis”. Cómo habrán sido las tumbadas al erario público por parte de quienes hacen los grandes negocios que hasta a las relaciones comerciales con el arte y la cultura le han puesto semejante traba. Entonces tienen que inventar asociaciones sin ánimo de lucro que sirven de intermediarias al estado para que puedan desembolsar un billete y realizar con ellos contratos paralelos pagando por supuesto un porcentaje de administración a la intermediaria.

-¿Y para el futuro del cine colombiano en general qué augura?
-Para lo documental, supongo que toca seguir remando. Sé que quienes consideramos una dicha y una necesidad realizar ese tipo de trabajo, la haremos. Es cuestión de poesía y de política. Ojala tanta cantaleta que echamos, que la misma acogida de nuestros trabajos por el mundo y toda esa producción joven que se ve venir vayan abriendo mejores perspectivas de difusión y condiciones de vida para sus artífices. ¿Y para la producción de ficción? Envíeme la revista cuando esté listo el número de Número con la separata sobre el cine colombiano y le haré mis comentarios. De todas formas, fíjese y verá: es el mismo cuento que con todas las formas de expresión artística en países tan desconcertantes –impredecibles- como el nuestro. ¿No le parece?

miércoles, 10 de junio de 2009

Cristales de azúcar


Azúcar. No cabíamos en el ascensor. No empujen. Quién iba a oír... Todos reían. Entré de espaldas. Córranse córranse. Empujé. Un colchón carnudo amortiguó mis homoplatos. Oye chico, suave. Voz ronca, mayor, amable, femenina. En un ascensor parisino no se trata a la gente de esa manera. ¿Quién me alerta con tanta ternura? Las puertas se cerraron a pesar de mi nariz. Oye, chico, que te quedas sin con qué respirar. Risas generales. Y miré atrás. Torcí el pescuezo. Sorpresa. Azúcar. Suyo era el bulto de tetas que me sostenía. Azúcar. Viaje corto. Tres pisos. Dicha veloz. Aquí es. Permiso, chico. ¿¡Celia!? Salió. Otros hombres, viejos, negros, la siguieron. ¡Azúcar! Nunca la tuve tan cerca. Al día siguiente fui a su concierto en una carpa en el norte de París. De frente traté de robarle una mirada. Esfuerzo inútil. Baile de espaldas. Torcí el pescuezo. Sólo me sostenía su enorme voz . Me comenzó a llover un aguacero de cristales de azúcar. Dulce recuerdo.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Mayami

Los patines huelen el sendero. Esculcan rutas de imagen en el pavimento que suda y se seca, se atormenta y respira. Las aceras de Miami, los desagües disimulados, el obstinado gris que asciende puentes y se aturde con los motores las lanchas voladoras, nos abren paso. Alfonso desempaca su memoria de equilibrio, balancea manos y brazos para robarle empuje al aire. Lo sigo. La Lumix pide imágenes. Ladra con ansias de perro juguetón. Click-click. El instinto japonés ha sido digerido. El zoom se amedranta con la velocidad y opta por un gran angular donde quepan las aparentes piscinas de delfines y los bloques de apartamentos blanquiazules desolados. Que la crisis dejó vacíos los pisos, que es el momento para alquilar, comprar, aprovechar los atardeceres baratos, los amaneceres al detalle, en promoción, arrímense, arrímense. Rodamos y rodamos. Nos inmiscuimos en la Isla que no nos corresponde. Nadie puede detenernos. El mejicano vestido de caqui, sombrero, revólver, intercomunicador y gesto de tigra recién parida defiende la madriguera de las estrellas brillantes de Miami. Prohibido patinar por la acera, sigan la vía. Una avenida de palmeras reales divide el ir y venir de las escasas exclusivas villas malolientes. Huele a mierda. A mierda fermentada en pozo séptico desbordado. No mentimos. ¿ A qué huele la islita, alfonso? ¡A mierda!. Lo grabo. Supongo que los baños olerán a rosa. Que el desodorante de Shakira, Gloria Trevi, Stallone, y tal vez julioiglesiasdonfranciscovives, quién sabe quién más, huele a tinta de banco federal esplendorosa. Pero el asfalto no ha podido. Las entradas de hierro forjado, cerámica, o concreto bienenvuelto en multicoloras plantas tropicales expele un indiscutible acento de entraña desgarrada. Sigamos, vamos al puerto. Escapemos de este aroma, hedor, ardor de zobaco excluido. Y se nos viene encima la autopista. De nuevo vamos sobre un puente. La lancha pasa veloz, Le doy un espolonazo en picada. Me la atrapo. La lumix no me traiciona. Mierda. Se cayó. Se perdió un tornillito, pero sigue viva en su rally. Ahora le hace juego a mis gafas. Una patita de mi visión portátil se ha fracturado, pero no desprendido ¿Aguantará hasta el retorno? Está en peligro mi visión presencial y mi memoria futura. Las tormentas enanas del sur, las que han mojado todo el día el pavimento nos juran que no volverán hasta mañana. El cuerpo suda. El patín ha perdido el brío. Claro, se zafó un tornillo del chasís. A cada patada suena un clac, que no es el click. Es un probable tropezón sobre el asfalto. Aparece una silla de madera de parque de Miami. Me quito el patín, saco mi llave universal. Le saco la segunda rueda de 10 cm. Claro, se aflojó, se aflojó, no hay derecho roller blades. Semejante precio para que un tornillo no sea capaz de mantenerse firme. Ajusto el tornillo delantero y el trasero. Vuelvo a colocarme la nave. Ahora todo va mejor. Los adoquines no se pronuncian, no rallan, no dejan que la dicha se detenga. Y viene el atardecer. La playa vacía deja a un lado el color y se lo regala a tres barcos fondeados en el horizonte. Una torre de salvavidas se rebela y chupa el naranja singular de un presagio de poniente. Tres muchachos nos sobrepasan levantando sus largas patas, enredándose con pericia homosexual sus brazos y antebrazos. La pista de South Beach en línea de una rectitud apenas ondulada camufla los secretos de los patios congelados. Dillers y desocupados negros levantan gritos y sonrisas a nuestro paso. Que no nos corresponden. Sólo uno. Viejo terco parece decirme. Y exagero el gesto, soy olímpico. De repente una tumba blanca, otra, decenas, miles. En cada una un nombre, una fecha, un título. Soldado, soldado, subteniente... Vuelvo al recuerdo de los columbarios. No hay tumbas anónimas, son tumbas con nombre, con día y lugar de muerte. La palabra Irak se come el cansancio, el espectro de Bush llena la sombras de palmeras y se absorbe el olor de los arbustos retorcidos. Muerte venerámoste e implorámoste nos aguardes un buen rato. Estamos patinando. Tengo un regalo para la señora Beatriz González. Me agacho y pienso que le llevaré estas fotos. Querida Lúmix trabaja, trabaja. Y se va deshaciendo la luz. Va chorreando el sudor del único casco protector en el camino. La sal húmeda toca mi ojo. Me limpio. Ya el cronómetro indica que los dos dólares veinticinco del parqueo callejero se aproximan a su fin. Allí está el volskwagen blanco de Elsy, la mamá de Alfonso. Aquí está la dicha, en mi cámara la constancia, en el asfalto la huella de un trayecto mas, de un pedazo de camino. Hemos patinado. Muchas imágenes de un Miami on the road, imprevistas, inútiles se han guardado en la cajita negra. Esperen, esperen. Voy a meterlas en el compu y las mandamos para algún destinatario bien lejano, de estos que están casi aquí, aquí... Aquí vamos, aquí vamos.

lunes, 18 de mayo de 2009

Un homenaje en In-vitro

Curiosa palabra esa de homenaje. Mañana mostraré Moravia y el mar y Balada del mar no visto en In-vitro. Un espacio nocturno ultra-urbano en Bogotá, un bar, un sitio que se ha consagrado en los últimos años como el sitio de encuentro-reconocimiento de chicos y chicas atados por la pasión del cine. El lugar de los cortos. Le conté al organizador que había hecho un corto hace veinticinco años y que hace unos días terminé otro que podría ser una posible continuación -en realidad es un anzuelo para sacar el otro del armario y es un puente para recuperar el empuje del principio, y es un encargo, y es una crónica, y es una pequeña puesta en escena, y es... ante todo el puente hacia el futuro de una historia que inventó Medellín, la ciudad donde nací- . Curioso que la propuesta de Jaime, el organizador haya sido, presentémoslas allí, te hacemos un homenaje. ¿Homenaje a la terquedad? ¿Homenaje a qué...? En la tarjetita de invitación aparece "homenaje al documentalista". Cuando hablé con él por teléfono y le conté que la había visto me preguntó "Cómo te pareció". Bien, le dije. Pero hubiera preferido que pusieras cineasta. La balada es ficción, tiene fondo documental, pero es cine. Moravia es crónica, tiene ficción y opinión y un fondo de encargo con un "mensaje" que comparto. Es una mixtura curiosa. Hago también documentales pero no me gusta que se encasille en géneros específicos el oficio. Y sobre todo cuando la palabra documental es cada día más confusa, imprecisa. Creo que la palabra que corresponde a aquellos que fabricamos relatos audiovisuales no estandarizados es "cineasta". Sí, es un apego romántico a una artesanía ideal, y hay que anteponerla cada que se pueda frente al desconocimiento reinante sobre la producción de géneros que no tienen la estructura casi estandarizada del referente guión literario-actor que predomina en la distribución comercial que llena las pantallas. Mañana iré al homenaje. Tengo una curiosidad enorme de ver la reacción de los espectadores de las películas. Tras la presentación en Moravia se desencadenó una cascada de recuerdos. ¿Qué signficarán para unos niños que crecieron entre películas, lejos de la montaña de deshechos pestilentes de mi entrañable Medellín?

El efecto Moravia

Terminado el corto "Moravia y el mar" quedaron muchas preguntas pendientes. Viajé entonces la semana pasada a Medellín con el propósito de abrirle un cauce a las posibles respuestas. Aproveché que me faltaba grabar algunos cuadros de Beatriz González para darle ocupación a mi viaje. Por otro lado estaba el día de las madres y una recaída de mi padre. Medellín familia, historia, oficio, amigos. Un plan de trabajo bastante cargado y un propósito firme de amasar tantas referencias. Por fortuna, del lado familiar la situación no era alarmante. A pesar de que mi padre demacrado se encontró conmigo en el comedor y no me reconoció, todo fue normal. Después de decirle quién era ese extraño sentado desayunando arepa con huevo en la mesa de su casa, durante los cuatro días siguientes me saludó por el nombre. Y hasta el último día le dije: estás de buen semblante. Claro, ha comido, contestó mi madre. Por el lado del proyecto Beatriz González, el asunto se deslizó sobre ruedas. Grabé cuadros en ricas mansiones de El Poblado. Todos sus propietarios parecían orgullosos de saber que sus cuadros saldrían en una película. Y se abrió la posibilidad de hacer la premiére de la peli en el nuevo Museo de Arte Moderno de Medellín en la primera semana de octubre. Y en el caso de Moravia son muchos los tópicos que se trataron. Por un lado me enteré, con mucha sorpresa y alegría, que los chicos del barrio, en especial Yeison, el líder cultural que trabaja en el Centro para el Desarrollo Cultural había realizado tres proyecciones más de La Balada del Mar no visto y del cortito Moravia y el mar. Me contó que en todas las sesiones hubo una gran participación de la gente y que los viejos reaccionaban contando y contando anécdotas de aquellas épocas cuando su barrio era un enorme basurero. Memoria, recuerdo, presencia del pasado en el presente. Pero no todo puede quedarse allí. Los dos cortos fabricaron un detonador en el tiempo, pero el tiempo sigue generando el drama. Ese drama que encierra los secretos del crecimiento de Medellín, esa ciudad que me trae y me lleva y llevo y traigo en mis películas me pide a gritos que siga contando esa historia comenzada hace 25 años. El viaje a Medellín, a Moravia tenía un propósito esencial, detectar el cómo continuar. Por dónde, con quién. Todos los habitantes de Moravia saldrán de esa montaña barrio volcán basurero. Unos están siendo reubicados en las laderas alejadas de la ciudad. Los han llevado a unos bloques multifamiliares en los confines del nuevo metro cable de San Javier, en La Huerta, o en Pajarito; otros son reubicados en los edificios que se encuentran a unos mil metros hacia el norte, entre los barrios de ladrillo que surgieron de igual manera que moravia, por el desplazamiento, la violencia, el destierro de otros barrios o municipios del Chocó, de Urabá, de Antioquia... pobreza, paramilitarismo, guerrilla, violencia, llenaron ese borde del río de ciudadanos sedientos de un espacio. Pero cómo contar esta historia... El viaje a Medellín me dio pistas. Me volvió a llevar a la vieja obsesión planteada por la Balada del mar no visto: el camino al mar, al horizonte. El río, siempre el río. El cauce, el fluír de la vida y el tiempo. Todo lo que siga tendrá que mantener el principio del poema que encontró en la búsqueda de una salida al encerramiento a la desesperanza. Tal vez es misión imposible. Pero las obsesiones humanas es lo que quiere contar la nueva película. Vienen palabras que inspiran como por amor a moravia, pero falta el mar, entonces es mejor decir, armar a moravia, calmar a moravia, cualquier cosa así... ya el tiempo dirá. Ahora me tocará escribir el proyecto, buscar financiación, seguir, seguir, seguir....

jueves, 7 de mayo de 2009

Entre la perra Lassie y la tera Lacie

La palabra TERA se me volvió un suplicio. Prefiero recordar a la perra Lassie que a mi Tera Lacie. Esa cajita metálica que almacena todo lo que hago, me ha traicionado. Tienes que tener dos, me dice mi seño, los amigos, todo el mundo me lo repite deletreadito, dos, dos memorias, que eso me pasa por pendejo. Cuál, eso fue el destino. En un determinado momento tenía todas esas imágenes, como 120 gigas metidas en un disco, las pasé a otro, al de Víctor Manuel,el editor,y antes se las pasé al otro, el editor que no pudo hacer el trabajo... emito nombres a propósito. Y por necesidad de espacio las borraron... cuando me proponía a trasladarlas a otro back-up, se daño el disco. Y empezó el dolor. Ahora espero que don Ariel, el técnico que me recomendó Congo, me confirme si fue capaz de recuperar el Codec de los punto mov. o si las files borradas en el pequeño lacie 250 donde fueron grabadas guardan la memoria. En mi alma la única palabra que ladra es lassie, hijueperra.

domingo, 3 de mayo de 2009

Imágenes de un país desconocido- revival.

El martes pasado estuve en una jornada pedagógica en la Universidad Autónoma de Occidente en Cali. En la mañana presenté El corazón ante una sala repleta de estudiantes de todas las carreras y en la tarde, sentados en una mesa de trabajo, con varios profesores y alumnos avanzados de comunicación, quienes van a lanzar el programa de cine estuvimos hablando, teorizando, dándole vueltas a mi experiencia como realizador. A medida que hablaba iba proyectando extractos de mis películas o los cortometrajes que por fortuna he digitalizado. Fue una sesión interesante de balance, qué he hecho, cómo lo he hecho, cómo se hilan unos y otros, como se inserta la visión de realizador-espectador de un trabajo. Sirvió para darle precisión a esa árdua jornada la lectura de un artículo que escribí hace varios años con motivo de una invitación al foro sobre Colombia, paz y democracia en la universidad De Paul en Chicago, y que luego fuera publicado por la revista Número : "Imágenes de un país desconocido". Que sea la oportunidad para publicarlo de nuevo.

Imágenes de un país desconocido.

Ponencia en tres secuencias para el foro sobre Colombia, Paz y Democracia.
Por Diego García Moreno Realizador colombiano de cine y video documental
Center for Latino Research
DePaul University en Chicago
Abril 25 de 2002


Secuencia número 1. COLOMBIA CON y SIN SENTIDO. Exterior día y noche.

Gran parte del trabajo cinematográfico documental que he realizado está incluido en una trilogía que se define por la palabra Colombia.

Colombia Elemental.
Colombia Horizontal.
Colombia con-sentido.

Y espero realizar en un día no muy lejano Colombia Vertical.

Todo este cuento nació un día en que hastiado de sentirme representado por imágenes de una Colombia reducida a la guerra y el narcotráfico, me hice muchas preguntas del estilo ¿Quién soy? ¿Qué es lo que más me gusta? ¿Cuáles son mis pasiones? ¿Qué detesto? ¿Qué admiro? ¿Qué tenemos de común aquellos que aceptamos llamarnos colombianos y cuáles son nuestras diferencias? Como cineasta, trabajador de la imagen en movimiento y el sonido quería encontrar temas que modificaran, entiéndase ampliaran, la lectura de lo que somos. No se trataba de negar toda esa sobredosis de imágenes y titulares de destrozos, bombas, muertos, que recorrían el mundo, y se convertían en parte integral de nuestra cotidianidad al igual que hoy. No. Era algo diferente. Sentía que era necesario regresar a imágenes inspiradas en preguntas esenciales que a lo mejor podrían colaborar a descifrar, a entender la historia que ha permitido llegar a estos abominables conflictos que vivimos.
En resumen, quise irrumpir en esa curiosa denominación “identidad de un país” para tratar de desentrañarla, comprenderla... de comprendernos, de comprenderme. Había que agrandar el campo de visión sobre Colombia para poder salir del infame cliché al que habíamos llegado. Y no era generar una “buena imagen” como la oficialidad pretende, sino de llegar a una “justa imagen”, aquella que no esconde los contrastes de la realidad sino que valora y al tiempo desenmascara lo bello y lo infame de nuestra condición humana.

Fue cuando entonces en un acto de amor irónico confesé que lo que más me gustaba era LA AREPA y partí hacia Medellín en un período de desgarradora violencia a principios de los noventa, a realizar un documental sobre el único elemento del que se podía estar seguro nadie pondría en duda su importancia en la esencia del pueblo paisa.

Ahí nació COLOMBIA ELEMENTAL. Tenía enfrente la primera metáfora que me daba la licencia de entrar en la vida cotidiana de mis coterráneos y a través de ella entender, o al menos intuir, su religiosidad, su orgullo, sus pasiones, sus convicciones radicales, su extremismo, su encerramiento.

El trabajo fue complementado con otro documental llamado EL TROMPO, un juguete fascinante que es común a todas las culturas y que en el país se practica en todas las regiones. Se trataba de utilizar como elemento narrativo un objeto que encerraba las leyes físicas del movimiento universal y que en su forma más generalizada de jugarlo, lanzándolo con una piola, un amigo artista de Palmira había encontrado una propuesta de paz. Envolver este trozo de madera pesado, provisto de un clavo, en un hilo y con toda la fuerza del cuerpo lanzarlo, pero no contra nadie, no como un arma corto-punzante, sino traerlo a la pita y que bailara en el aire e hiciera fascinantes figuras. Utilizar toda la violencia que la naturaleza y el cuerpo pueden generar, para volverla arte, para hacerla danzar en el espacio sobre un hilo. La lúdica como un arma para lograr la paz hacía parte de la propuesta popular y nos ilustraba la capacidad de dicha y creatividad de nuestra gente.

Para redondear la serie de COLOMBIA ELEMENTAL vino luego LA CORBATA. Quería hacerle una película a Bogotá, la capital, la ciudad que en ese entonces se asociaba básicamente con el poder, la corrupción y la burocracia. Construí entonces un agridulce homenaje utilizando otra metáfora: esa curiosa prenda de vestir que simboliza en apariencia simplemente la elegancia pero que detrás esconde y arrastra un enorme halo de hipocresía y los principios de un comportamiento social adecuado a una digna sociedad clasista. A través de una buena clase en un aula primaria de la ciudad un ingenuo pero bien intencionado profesor nos enseña por qué debemos utilizar la corbata si queremos triunfar en la vida.

Posteriormente apareció COLOMBIA HORIZONTAL. Un recorrido panorámico por todo el país haciendo énfasis en su diversidad. Las diferencias esenciales se delatan en el lecho. En la manera de construir y vivir el objeto en el que soñamos y amamos, convalecemos, reposamos y morimos. Intenté acostar a todos los profesionales y constructores de lechos que pude para conversar con ese tono profundo y misterioso que nos regala la posición horizontal. Todos en el suelo o todos en la cama. El mundo precolombino representado por LA HAMACA y LA ESTERA se codean con LA CAMA colonizadora traída por occidente, y con la dura ACERA donde los conflictos actuales, el desplazamiento, la pérdida del lecho y del valor del propio cuerpo obligan a buscar el reposo en un territorio de nadie. Y todo rodeado por la sombra de la muerte. Las sagradas tumbas de los indígenas se convierten en una esperanza y un ejemplo de vida ante la terrible banalización a la que se ha llegado con la comercialización de EL ATAUD como resultado de la creciente sobredosis de muerte.

Las imágenes que vimos hace un rato hacen parte de COLOMBIA CON-SENTIDO. Tuve el honor de asistir y grabar durante los años 1997 y 98 los encuentros nacionales de cultura de la Expedición Crea. En estos eventos se congregaron artistas representantes de todas las comunidades de las Zonas Norte -Atlántico, Occidente- Pacífico, Oriente-Orinoco, Sur-Amazonas y Centro-Andina. Fue una expedición que en aquella época se organizó a través del Ministerio de Cultura y con un masivo apoyo civil y popular jamás visto en Colombia. Realicé por encargo un documental sobre cada uno de esos encuentros. Y luego, me propuse armar a partir de esa enorme e inimaginable multiplicidad de imágenes, sin respetar lugar, ni origen, un solo cuerpo, una visión de autor sobre el conjunto de artistas que aceptaron mostrar su sabiduría en el escenario aceptándose como parte de un solo país. Me puse en la tarea de analizar la gestual de todas esas comunidades, ya fuesen indígenas, blancos o negros, citadinos o campesinos, y empatarla como si fueran una sola entidad llamada Colombia. Utilicé como guía los sentidos que Occidente nos enseñó como verdad única, pero le agregué otros que hacen parte de otra sabiduría emparentada con lo ancestral. Entonces aparecieron el TACTO, la VISTA, el sentido del COLOR, el OÍDO, el sentido del RITMO independiente del anterior, el GUSTO, el TACTO y por supuesto el sentido del TIEMPO, el sentido del ESPACIO, y la CONCIENCIA. Decidí convertir todo eso en un cuerpo, fabricar un sancocho a la manera propia de nuestra cocina, aspirar su aroma y presentarla como alimento visual para ver qué efecto producía al ser digerida.

La gran riqueza de Colombia consiste en que es un país de muchas realidades. Es un país de muchas culturas. EN COLOMBIA CON-SENTIDO se hace evidente. Y la gran tragedia de Colombia es el desconocimiento de esa diversidad. Un desconocimiento que ha generado intolerancia, irrespeto. Su propia ignorancia ha abonado el terreno del conflicto.

Se filma para descubrir, para pensar, para gozar y sufrir, para dejar constancia, memoria. En algunos casos se filma para ensalzar los grandes acontecimientos, y en otros se filma para darle importancia a las cosas que parecen banales. Mi trabajo ha consistido en darle importancia a gentes y temas para quienes las imágenes también parecieran haber sido negadas. Para que los cantos que no se escuchan puedan ser oídos. Para que las cosas pequeñas de la vida sean tenidas en cuenta.

Hoy estamos lejos de Colombia y hablando de ella. La distancia provoca reflexiones. A distancia observo las imágenes que he grabado de mi país. Por fortuna no se parecen a un noticiero. A distancia reflexiono sobre el país que arrastro en cassettes, sobre el sinnúmero de personas que durante veinte años de trabajo he grabado. Desde los bailarines de tango en el barrio Manrique en Medellín hasta el bailarín de Flamenco paisa que zapatea en la sacristía de Notre-Dame en París. Y me emociono y siento nostalgia y tristeza. Todos ellos hacen parte de un país en guerra. Los personajes de los cassettes a lo mejor son ya puramente imágenes, recuerdos. A lo mejor cayeron en un ataque de los unos o de los otros. A lo mejor tuvieron que dejar su tierra y abandonar sus vestidos, sus brazaletes, sus instrumentos musicales al lado de sus ollas y tenedores. Esa guerra duele también porque aparte de traer muerte, para muchos ni sus muertes podrán ser acompañadas por sus propios cantos y rituales fúnebres. Ellos también habrán desaparecido. Y la tragedia no es colombiana sino universal.

Ojalá que esta pequeña recopilación de imágenes que he hecho sirva de algo en la valoración de esa diversidad que conjuga la palabra y ayude, unida al gran esfuerzo de muchos otros, a terminar con ese calamitoso desangre que nos ha acompañado desde que nacimos.




SECUENCIA número dos. ANÉCDOTAS de rodaje. Exterior atardecer.

A finales de los noventa, grabando mi película Colombia Horizontal, fui a Tuchín en el resguardo de San Andrés de Sotavento en el departamento de Córdoba. Un artesano con lágrimas en los ojos me contó que en la región ya nadie hablaba su lengua Zenú. Se quitó el sombrero “vueltiao” que llevaba en su cabeza y me enseñó las inscripciones.

-Mire estos dibujitos que nosotros hacemos con iraca, son los únicos signos de la lengua que pudimos guardar. Ya hace como veinte años que nadie la sabe hablar.

Su lengua había desaparecido como efecto de la prohibición que los señores gamonales de las inmensas y fértiles fincas de la región del Sinú habían impuesto a sus peones durante siglos. Aquí ya sólo se habla español.

En la misma época fui a grabar un encuentro nacional de cultura de la ya mencionada Expedición CREA en el Caquetá. Entre los invitados se encontraba el grupo de danzas de la comunidad Coreguaje. Estos artistas no se hicieron presentes. Decidí ir a buscarlos para que nos explicaran su decisión. Encontré clandestinamente a tres de sus líderes en un hotelucho de Florencia. Quince días antes, ocho de sus integrantes habían sido asesinados. Recientemente habían llegado grupos paramilitares a la región. La comunidad había quedado en medio de un fuego cruzado de los llamados “actores del conflicto” y la unidad de la comunidad había sido quebrada. Los convencimos de salir de su silencio y denunciar ante la comunidad internacional la nueva masacre.

En otra oportunidad buscaba en el Guainía artesanos que me mostraran el proceso de fabricación de la hamaca de la palma de moriche. Después de mucho recorrer en vano la región, me tope en un playón del río Inírida con una comunidad Curripaca que venía de un encuentro evangélico en un pueblo vecino de Venezuela. No hombre, me dijo el capitán del grupo. Ahora todos compramos colchón. Hamaca sólo cargamos éstas que son de fábrica. Para que lo entendiera me puso un ejemplo. “Nosotros antes navegábamos a remo, ahora todos tenemos motor.”

Otra anécdota para terminar con los cuentecitos. En 1987, un amigo realizador me invitó a editarle su documental “Chaparral”. Se trataba de una investigación donde el hilo conductor era el por qué a finales de los años cincuenta se compone tanto corrido al estilo mejicano en el Tolima. Entre los asombrosos resultados de la investigación de este cineasta antropólogo se encuentra la triste evidencia que durante “la violencia” fueron asesinados un sinnúmero de artistas populares, que varias danzas y expresiones locales que no habían sido grabadas en formato alguno desaparecieron porque simplemente no había quien las enseñara y la forma dominante que el radio tenía de moda, los corridos mejicanos, fue siendo adaptada a los relatos de las gestas bandoleras que se vivían en la región. Lo triste es que este documental fue censurado por la dirección de Colcultura considerando que Colombia no estaba apta para digerir ese tipo de información.

En Colombia pocas personas saben que en su país, Colombia, perdón por repetir su nombre, en ese paraíso natural del que tanto se precian y desconocen, hay sesenta y cuatro lenguas, indígenas vivas, -¿no serán sesenta y cinco?- y se calcula que durante el siglo veinte desaparecieron unas veinte... Todavía no sabemos si en dos años que han transcurrido del nuevo milenio la lista de defunciones ha aumentado.

Tal vez al contar estas anécdotas pueda intuirse el sentido del trabajo documental que desde hace veinte años he venido realizando: descubrir, narrar y pensar a Colombia.
Repito que desde que nací el país está en guerra y durante años aprendimos, o nos enseñaron… a no reconocerlo. Ni al país ni a sus conflictos. Los valores culturales que se enseñaban apuntaban más a descubrir la cultura pretendidamente “universal” que a reconocer los valores de “lo nuestro” ¿No será acaso el desconocimiento que tenemos del país una de las causas para su desmoronamiento?

¿Y qué diríamos del desconocimiento que el mundo tiene de ese país?

Colombia es ante el mundo “un cliché” desastroso de terror y muerte. La única imagen posible de armar proviene de los desastres que generan sus conflictos. Pero se sabe tan poco del origen y el desarrollo de ellos. Y esa imagen actual ha hecho olvidar que es un territorio que aparte de sus propios defectos es un territorio riquísimo que ha sido saqueado por la sed de Dorados desde el momento que se tiene conocimiento de su existencia.

Bailar, morir, jugar, comer, cantar, llorar, dormir, vestir, reír, sufrir… estos son verbos que he tratado de convertir en imágenes en el intento de descifrar qué es Colombia.






SECUENCIA TRES. El amor y el exilio. Interior Noche.

La película documental “Colombia Horizontal” comienza con una foto de mi esposa preñada, desnuda, acompañada por una voz en off que dice:

“Después de recorrer muchos países y lechos de este mundo convencí a mi esposa de que el mejor sitio para que naciera nuestro hijo era Colombia...”

Era el año de 1994 y se decía que Colombia estaba peor que nunca, una frase que repetidamente escucho desde que nací. Mi esposa americana aceptó aquella fundamental invitación porque por encima de todas las informaciones que recibía de ese país a través de los medios de comunicación creía en la fuerza vital de un país que había conocido en su juventud y sentía que mis argumentos estaban cargados de fé y convicción en el destino de mi tierra natal. Yo la invitaba a parir el fruto de nuestro amor en un país hermoso donde la naturaleza parecía un regalo que el universo se hiciera a sí mismo y donde la diversidad de lo humano se encontraba en todo su esplendor. No era una visión simplemente idílica la que le presentaba del país, pues a pesar de haber vivido en el extranjero por muchos años, continuamente lo visitaba para filmar y estaba al tanto de sus conflictos y terribles condiciones sociales. Pero sentía que esos problemas eran también una razón para estar allí, para concentrar nuestros conocimientos profesionales en la tarea de ayudar a conocerlos y descifrarlos, para trabajar por su solución. Colombia era un país donde nuestro hijo tendría enfrente una poderosa dosis de magia y realidad para entender la condición humana por dura que fuese, sin caer en el engaño del paraíso artificial que el primer mundo fabricaba a través de la desinformación y la casi imperceptible succión de la energía y riqueza del llamado tercer mundo. Era un país donde aprendería a gozar y a sufrir enfrentado al fenomenal reto de aprender a valorar la multiplicidad de la vida que Colombia le ofrecía.

Tomás, nuestro hijo, nació en Bogotá en mayo de 1995, pero en noviembre del año dos mil viajó con su madre a Chicago en busca de una vida lejos de la guerra que se había declarado, del terror cotidiano que mi esposa ya no podía soportar más y consideraba que no era la compañía apropiada para la salud mental de un niño. Mi familia se convirtió en un número mas de la enorme cifra de colombianos que huyen día a día del país en busca de un territorio que les permita vivir en paz. Y desde entonces para mí la tierra se ha convertido en un extraño lodo fangoso en el que no hallo el apoyo necesario para respirar con firmeza, donde me debato día a día entre el estar aquí o allá a sabiendas de que cualquier decisión es una mutilación de un elemento esencial en la vida, el entierro de una ilusión, la muerte de otra pequeña sabiduría que el amor había querido alimentar.

DIEGO GARCIA MORENO
Chicago, abril 24 de 2002
He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.