jueves, 30 de mayo de 2013

martes, 28 de mayo de 2013

¿PAISAJE ETERNO?


Cementerio de La Palma, Cundinamarca, Colombia.
La tierra entera es un cementerio. Cada ser vivo es paisaje y abono de un paisaje fugaz, volátil, pasajero. Son millones de años acumulando en la corteza del planeta los restos de esos particulares instantes animados de formas que llamamos vida. 

Me lo dijeron en el colegio: Los seres vivos son aquellos que nacen, crecen, se reproducen y mueren. Me lo dijeron en los templos: polvo eres y en polvo te convertirás. 

Caen al piso las hojas de los helechos y los dinosaurios, los peces vela, las hormigas,  las flores, los tucanes.

El viento y las tormentas, la peste, el fuego y la fatiga, las aguas desbordadas o estancadas o profundas, la enfermedad, el hambre, el odio y el hastío y, sobre todo,  aquel extraño designio llamado edad, son cinceles de la muerte que esculpen los atuendos del planeta.

Es reciente esa costumbre de colocar sobre el ser muerto algún signo,  una piedra, una cruz, una flor, una palabra. Hace muy poco que una forma de vida añora la presencia de sus propios pasos y trata de coronar con geometrías su efímera existencia. 

Mi padre y mi madre optaron por ser incinerados y sus cenizas reposan en el sótano de una iglesia. Da igual. Otro manto invisible envuelve el paisaje y en vez de nube o penumbra lo cobija con llantos o sonrisas. Sigue el universo su ruta hacia el vacío y, por pura vanidad, para aburrirse menos, de repente se mira en el espejo.

Diego García Moreno
mayo28 de 2013- Bogotá.


martes, 21 de mayo de 2013

20.001 visitas

A las cinco y treinta y cuatro de la mañana, dos horas después de abrir el ojo para consagrarme al particular oficio de engañar con supuestas actividades creativas al insomnio, me entero por la casilla "estadísticas"  que mi blog ha alcanzado las veinte mil y una visitas. Me siento un pelao de barrio logrando por primera vez llegar a la treinta y una con un balón desinflado. Me siento una quinceañera apagando las velitas de un bizcocho blanco colocado en medio de la fiesta.   Me da una dicha de productor de canal televisivo descubriendo que la curva de su audiencia ha aumentado en época de apagones eléctricos y treguas guerrilleras. Recuerdo las alegrías compartidas cuando llenaba el álbum de láminas de la copa mundo o el de animalitos prehistóricos. Me siento un coleccionista de indulgencias que ahorra bendiciones para evitarse unas vacaciones en el purgatorio.  Me provoca correr hacia la tumba de mi mamá para contarle que todas esas carajadas que escribo han logrado abrirse paso solitas en el extraño mundo de la incomunicación cibernética. Me siento solo como siempre que le escribo cartas a un destinatario fraccionado, anónimo, tan solitario y efímero como el protagonista de la noticia del día que cree que ha logrado llamar la atención de un congreso de dioses desocupados.



lunes, 20 de mayo de 2013

SIEMPRE PITO


Siempre pito. Aunque esté en sandalias, pito. Voltéese, y vuelvo y pito. ¿Serán las calzas sobre mis caries? ¿Será la mallita del stent en la obstrucción de mi arteria descendente anterior? ¿Será la acumulación de vapor de mercurio que ya está condensándose en mis venas? El hecho es que pito y me provoca decirle a la oficial de aduanas de la puerta de acceso a la sala de espera de los vuelos nacionales que sí, que soy culpable. Pero me hace un empujoncito con la punta de su bastón detector de metales y me desprecia con un "siga, señor... ¡el siguiente!" Claro que he sido atrapado en varias oportunidades. Me han confiscado dos cortauñas, una llave bristol con mango ergonómico para ajustar los tornillos de las ruedas de los patines y una navaja suiza, divina, que heredé de mi abuelo.  Somos secuestradores en potencia. Asesinos por naturaleza.  Somos sospechosos y cualquier metal mediocortapunzante olvidado en nuestros bolsillos o maletín de mano nos delata. Reconozco que siento algo de orgullo. Me imagino apretándole la sien al piloto de la nave con mi llave bristol con una mano, mientras que con mi cortauñas pongo en jaque al copiloto y con la navaja sostenida entre mis dientes tengo a raya a todas las azafatas y así pitaré con un motivo válido, así sonarán las sirenas de los bomberos y las alarmas de la fuerza aérea y se escucharán todos los berridos de los pasajeros que como yo han pitado pasando bajo el umbral de esa extraña puerta invisible donde se conjugan las paranoias milimétrias de un mundo globalizado.


Diego García Moreno

Bogotá- Mayo 20 de 2013

sábado, 18 de mayo de 2013

EL LEGADO DE LA PÉRDIDA

www.revistadiners.com.co/articulo/78_809137_el-legado-de-la-perdida‎

Este artículo de Melba Escobar y Dominique Rodríguez con fotos de Laurie Castelli fue publicado en la Revista Diners en noviembre de 2012.


El legado de la pérdida
El legado de la pérdida
Melba Escobar y Dominique Rodríguez /Fotos: Laurie Castelli
Nov 23 de 2012
El premiado documental de Diego García-Moreno que explora la obra de Beatriz González se ha convertido en un poderoso vehículo para preguntarnos cómo despedimos a nuestros muertos.
Pantaleón lo sabe. Sabe distinguir quién se fue con deudas pendientes y quién se fue tranquilo. Lo sabe al mirarles los ojos a quienes van a llorar. Es el sepulturero del cementerio de La Palma, enCundinamarca, un lugar en el que caben todos los muertos, no solo los del pueblo, sino los N.N. que maldijo la guerra de los noventa con su anonimato, y los alias, a quienes también la violencia les robó la identidad. Para él, todos merecen encontrar un lugar de paz. Por eso, en algunas de las lápidas, su complicidad, que no es otra cosa que un poco de compasión con el dolor del otro, aparece en un saludo para la eternidad a manera de epitafio: “Pantaleón, sepulturero y mejor amigo”.
Justamente, este hombre le permite al documentalista Diego García-Moreno entrar en el terreno sensible de la muerte, y así intentar entender cómo celebramos ese adiós definitivo en diferentes lugares del país. La figura certera y fuerte de quien vive rodeado de muerte, le devuelve la humanidad a un acto que, de tan presente, se nos volvió una cifra aséptica.
El tema de la muerte venía rondando a García-Moreno. De hecho en 1999 hizo una película que llamó Colombia Horizontal (La cama, la hamaca, la estera, la acera y el ataúd), en la que empezaban las preguntas, sus preguntas sobre el final de la existencia. Luego descubrió fascinado aThomas Lynch, un poeta y ensayista norteamericano y director por más de 25 años de una funeraria familiar en Michigan quien todo lo dijo en el libro El enterrador. Más tarde se topó con un cuadro y no descansó hasta entender por qué le hablaba tanto esa imagen. Tuvo que hacer de ésta otra película. Era una mujer anciana, de piel azul verdoso y pelo corto, desnuda y vulnerable, tomándose la cara con dolor.
Se trataba del Autorretrato llorando de Beatriz González, la artista que cambió la ironía por la desazón, por la angustia de vivir en un país en el que los muertos aparecen en los ríos, en las selvas o calcinados dentro de un palacio. La artista que, para devolver la paz de tantas almas en pena, selló con dibujos a manera de ritual 8.959 osarios en los Columbarios del Cementerio Central de Bogotá, para que estas “auras anónimas” pudieran por fin descansar. Es así como su documental titulado ¿Por qué llora si ya reí?, hace un recorrido por la historia reciente del país a través de la obra pictórica de González. Al final, llegó un premio por ese trabajo, un Simón Bolívar de Periodismo. Pero también una muerte. La de su madre.
La suma de estos acontecimientos fueron llevando a Diego a la misma conclusión de Lynch: “Losrituales funerarios son las cosas que hacemos para resguardar la vida que tuvimos del frío, del sinsentido, del vacío, del ruidoso parloteo y de la cegadora oscuridad.” (El enterrador). Nuestras formas del adiós dicen más sobre quiénes somos, de lo que jamás sospecharíamos.
Y sí. Como reza el dicho, “la muerte es la gran igualadora”. No sirve ser rico ni pobre, obispo o rapero, blanco, mestizo, indio o negro, a todos nos toca por igual: “En Colombia se conjuga la diversidad del mundo”, continúa Diego, “pero si lo cogemos por separado, vamos a entender que cada uno tiene sus rituales, su cosmogonía, sus prácticas vitales y su patrimonio funerario”.
Para explorar esa diversidad, Diego y su equipo trabajaron en un mapa del país con cinco elementos. Primero pensaron en el precolombino, donde hay una relación directa con los espacios funerarios desde lo simbólico. Los otros cuatro espacios son los monumentales, como el Cementerio Centralen Bogotá; los étnicos, las fosas comunes y los camposantos. Y con una mirada más amplia e histórica, el equipo ha incluido el Palacio de JusticiaArmero e incluso la plaza de Soacha donde asesinaron a Galán y reclutaron a muchos de los llamados “falsos positivos”.
Pero también hay otras formas de morir. Un indígena le dijo a Diego que una muerte es perder una lengua colectiva.
A las sesiones de esta monumental idea que llamó Proyectando memoria, se convoca por medio de radio y perifoneo y no es de extrañarse que la afluencia de gente no sea masiva. “No fue el caso deSan Bernardo”, aclara, al ser un pueblo familiarizado con la muerte. Hasta ahora no se sabe por qué sus habitantes se transforman en momias. Si bien esto era común en Egipto o entre los incas, un proceso químico propiciaba el fenómeno. En San Bernardo, en cambio, sucede de forma natural: “dicen que es por comer guatila, o balú”, añade. El cementerio del pueblo es un museo donde las momias se exhiben con nombre propio, junto a una foto y una pequeña reseña.
Así, la película se presenta en diferentes camposantos del país y parte de la pregunta de cómo se duelen de la muerte los otros, que somos nosotros mismos. Pasando por los alabaos y los arrullos de comunidades afrodescendientes del Pacífico colombiano, a las tumbas con que Marsella acoge a más de 500 N.N. traídos por las aguas del Cauca para darles sepultura, o a las momias en vitrina en San Bernardo, o a la monumentalidad de cementerios como el Central de Bogotá o el San Pedro de Medellín, o a la desentendida indiferencia con que en Útica conviven con la opulencia de una vegetación paradisiaca temiendo el río que un día ha de causar una avalancha, o a la rabiosa celebración de la vida tan ligada a la muerte de tribus urbanas en comunas y barrios deprimidos, o a la rebeldía con que en Circasia fundaron el cementerio libre, para darles sepultura a todos aquellos que en el pasado no tenían derecho a un entierro; la pregunta, al final, acaba siempre en uno mismo, en sus duelos y ausencias y en la manera de celebrar la vida desde la pérdida en un país inmenso y dolido, que a pesar de sus esfuerzos por olvidar muchas veces recuerda y que no deja de recrear rituales para rendirles tributo a sus ausentes.
El legado de la pérdida es el bello título de una novela de la escritora indobritánica Kiran Desai. Aquí es también una verdad que García-Moreno va trazando en su peregrinaje: tenemos aquello que nos falta, esa ausencia nos pertenece, es nuestro legado y en la medida en que aprendamos a apropiarnos de él, seremos más capaces de abrazar la vida.
“Los rituales funerarios son las cosas que hacemos para resguardar la vida que tuvimos del frío, del sinsentido y del vacío”. Thomas Lynch,  El enterrador.

viernes, 3 de mayo de 2013

SE ROBARON LOS CABALLOS





SE ROBARON LOS CABALLOS. Eran de madera finísima. Los esmaltes de colores soportaban la inclemencia del tiempo. Cuentan que unos galeristas avivatos aprovecharon el traslado del carrusel hacia el Parque Nacional para cambiar los originales por unas copias en fibra de vidrio de colores desteñidos y que los vendieron por sumas astronómicas a unas galerías Newyorkinas. Pero los designios burocráticos de la capital son inciertos y el tiovivo volvió a su emplazamiento de origen. Desde hace varios años la estructura giratoria permanece abandonada en el Parque de la Independencia. Las réplicas de los corceles desaparecieron. Los niños escuchan de sus padres relatos de unas bestias orgullosas sobre las que cabalgaron acompañados por músicas de feria. Últimamente han llegado jóvenes que hacen acrobacia entre sus hierros y piñones. La fuerza centrífuga obliga a que las miradas de los transeúntes se concentre en las acciones corporales que adornan su núcleo. Solo algunos cuerpos ansiosos, resguardados por eucaliptus centenarios, logran protegerse de su atracción y se funden en reacciones químicas que la piel celebra y  la moral pacata bogotana mira de soslayo y se sonroja.


Bogotá, enero 3 de 2013
Diego García Moreno 

miércoles, 1 de mayo de 2013

ODA AL SOFÁ






Ganó la gripa y el sofá. Perdió el  Real Madrid y enterraron al Barza. La Feria del libro fue una noticia más en la tele y en la prensa. Por fortuna una buena entrevista a Saramago en un pasquín me deja más inquietudes que un paseo entre hangares enormes repletos de estantes y compradores. Aprendí en Nat-Geo que por lo menos un kilo de mi peso lo componen microorganismos, bacterias y, por supuesto, el nuevo virus que al parecer se fue o está muerto o purgando una condena por torturador y asesino, por haberme desaguado por la nariz y los ojos, por haberme postrado con mala saña a rumiar una nube de incertidumbre y tonterías. Un agripado es un tonto. Está envuelto en una nube de modorra y desaliento. Es un ser culpable y despreciado. Basta la expresión de quien cruza la puerta: Por Dios, estás vuelto mierda. Ni te arrimes. Te conviertes en un objeto contaminante, digno de la hoguera y el desprecio. Por fortuna tengo un sofá. Un sofá de cuero. La herencia más amable que me haya dejado la civilización depredadora. Sólida estructura en madera pesada, gruesa, amortiguada con espuma sintética, supongo, y el todo envuelto en un suave cuero de mamífero gigante, extinto y bondadoso. Bien cosido, bien curado y bien teñido. Reemplazó mi lecho nupcial y el abominable catre de hospital, mantuvo su temperatura a pesar de las gélidas ventiscas de la sabana. Soportó los torrenciales aguaceros de estos trópicos andinos. Me acogió con cariño, sin emitir chirridos ni crujidos, mantuvo su actitud de matrona  imperturbable mientras la piel de mis fosas nasales perdía, kleenex tras kleenex,  su tersura. Fueron centenas de estornudos, variables dramáticos de todos los "aachijas", "achúus" "aaachiiís". Miles de llamados quejumbrosos y suspiros profundos o rotos  que se perdían en el tiempo inútil de la gripa.  Resfrío, constipación, enfriamiento, catarro, romadizo, gripa, gripe, influenza, gripa aviar, gripa aH1N1, gripa H5N1... gripa A, gripa B, gripa C. Pobres humanos, qué debilidad, cuán frágiles somos. Bienaventurado aquél a quien el destino le ha deparado pasar su afección en el lecho voluptuoso de un sofá.
  • Diego García Moreno.
  • Bogotá, mayo 1 de 2013 
He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.