domingo, 10 de mayo de 2015

I. La enredaderita roja. II. ZEN Y SAS.

I.
LA ENREDADERITA ROJA

Hace diecisiete años caminábamos una tarde muy caliente por un sendero seco, polvoriento, en el Retiro de los Indios entre Sincelejo y Montería, cuando vi una enredadera repleta de sutilezas disimulando un alambrado enclenque, viejo y oxidado.  Era una de esas creaciones llena de florecitas rojas que te arranca adjetivos muy livianos:  frágil, ligera, etérea, volátil, sutil, tierna…

No sé si tanta sensibilidad repentina, tanta zalamería regada sobre la planta, fue por su belleza natural  o era  un efecto colateral de la conversación dichosa que compartía con una amiga monteriana.  En un arrebato de fascinación me provocó tapar todos las púas  de  los linderos de las fincas con esa  mata tan bonita y llené mis bolsillos con florecitas secas y  semillas. Cuando regresé a Bogotá las metí en una bolsa de papel que guardé en un cajón de mi escritorio donde permanecieron olvidadas durante varios meses.


Creo que fue preparando maletas  para  un viaje decembrino a Damasco, a la finca de mi hermano, cuando las descubrí e incorporé en el equipaje.  Al día siguiente esparcí semillas por aquí y por allá esperando que tanta belleza compartiera escenario con todos esos artistas tropicales que Luis Fernando había sembrado en su Pajaral. Al año siguiente él me contó que la enredaderita sutil se empecinó en sobrevivir entre los platanillos y las aves del paraíso, pero que era tan frágil que a los pocos días de nacida se mostraba reseca y fallecía.  No era posible que tanto adjetivo hubiera sido en vano, pensé. ¿Será que la belleza de  esa matica sólo es visible cuando florece entre pastos resecos y  caminos polvorientos?

Esta mañana, más de tres lustros después, me levanté ojeroso en la finca de Luis, molido tras una noche de sueños tormentosos en los que en un atraco  me robaron el macbook pro  donde guardo mi memoria.   Pensativo,  la vista perdida en el horizonte, me dejé caer en una rimax blanca.  Un sol pesado de verano se había apresurado a  madrugar para resecar el pasto, y los platanillos que bordean el corredor hacían acrobacia para mantener erguidos sus tallos coronados de flores amarillas.  Una mariposa del mismo color revoloteaba por ahí, nerviosa,  inquieta, como si hubiera asimilado la actitud que caracterizó mi pesadilla. De repente detuvo su vuelo sobre la ramita  verde de una enredadera entrometida entre los platanillos.  Sin temblar, quietecita, comenzó a lamer la florecita roja, sutil, frágil, ligera, tierna, que dignamente se sostenía en el bracito  verde que por ráfagas  mecía un viento seco.  Sonreí, me pareció la cosa más divina, como decía mi madre,  y sentí que el sofoco estival se refrescaba con un oleaje de recuerdos. 

 
Diego García-Moreno
El Pajaral del sol, Damasco, Antioquia.
Mayo 10 de 2015.


II.

¡ZEN y SAS!




Atardecer de un sábado en Damasco, Antioquia. 
Píldoras visuales 
para calmar la jaqueca 
que deja una entrega de proyectos 
a la convocatoria FDC. 

Vuelve y juega, 
demuestre con pelos y señales que 
uno es apto para que le den
platica para hacer un documental.

Que mis restos los quemen 
y con ellos las miles de páginas 
de proyectos escritos 
en nosécuántosañosdetestarudez. 

Un soplo y ya. 
Cenizas...

Zen y sas!

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He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.