Mostrando entradas con la etiqueta billar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta billar. Mostrar todas las entradas

sábado, 26 de mayo de 2018

ENTRE GALLERAS, BILLARES Y VÍCTIMAS GENEROSAS.



Pelusa ya había visto morir tres de sus gallos y poco parecía importarle que nos le acercáramos para despedirnos.
-¿Entonces nos vemos mañana a las siete?
Con la misma displicencia que había esquivado la cámara cuando sacaba de su bolsillo los billetes para pagar su derrota, giró la mirada hacia sus amigos y balbuceó el sí, que para nosotros era el pasaporte para grabar la rutina de su gallera al amanecer .
Eduard tenía cara de zombie. Este muchacho de 16 años , que su mamá durante mucho tiempo consideró un perezoso, comenzó cargando el boom a las seis y media de la mañana acompañando a  Wily y Fabián en la  grabación de un hombre bañándose con totuma, al aire libre, en un barrio de casitas de madera (se  trataba de  un viejo  apostador a los gallos quien por su obsesión al juego  terminó en la ruina y tuvo que emplearse como obrero de un salón de billares, cartas y dominó), y oprimió el último off como camarógrafo a las once y media de la noche para captar imágenes contrastadas de  docenas de varones amalgamados entre gritos, gallos de riña y cervezas,  que todos los viernes en la noche  se reúnen a apostar en la gallera de  la plaza de Ferias de San Vicente del Caguán. 
-Mañana tendremos que visionar el material grabado.  Tan pronto Juan Pablo y Estefany hayan terminado la peregrinación que doña Elda hace por ciudad Bolívar recogiendo limosnas para llevárselas a los pobres enfermos, nos encontraremos en la Biblioteca. Vámonos.
Cuando el taxi estaba a punto de partir, le dije a David que tenía la sensación de que  no teníamos el registro de las emociones en los rostros que produce una pelea de gallos. Es que fue una riña de mierda, me dijo. ¿Nos quedamos a otra?  Despachamos a  Katerin que estaba extenuada y con dolor de cabeza, y a los chicos, Soley y Eduard por quienes sus padres ya deberían estar sufriendo. Cuarenta minutos después nuestras expresiones de aburrición atestiguaban que la última  riña había estado aun peor. 
Este cruce de situaciones, que testimonia las extensas jornadas de trabajo, nos lleva a descomponer por partes el menú de lo que fue el Taller de la Memoria en su fase 3 en San Vicente del Caguán: Juegos de azar y gallos de pelea compartiendo cartelera con una vieja líder popular,  caritativa, víctima y  rezandera.  Veamos los proyectos  uno a uno.


DEL HUEVO AL PALENQUE

Fue presentado por Eduard, Soley y Franco –siendo este último el único chico nuevo en esta fase, proveniente la camada de jóvenes activistas de la biblioteca que dirige Juan Pablo en ciudad Bolívar, sobre la que ya realizamos un documental-. Se trata de una película sobre una gallera que, como dijo Eduard, se le ocurrió “de una” cuando se enteró que el énfasis sería el sonido.  Y vaya si tenía razón porque la sinfonía de cacaraqueos y cantos incesantes de gallos nos colocó frente a un reto para la edición del sonido. Pero más allá de eso, fue un ejercicio que sirvió para poner a los cinéticos  ante preguntas fundamentales. Los chicos, fascinados o curiosos ante las riñas de gallos, se encontraron con un ritual sangriento donde los hombres proyectan sus actitudes  machistas y su espíritu guerrero. ¿Qué quieres transmitir con esta película? ¿Es una crítica o una aproximación publicitaria a esta práctica ? ¿Cuál es tu posición ante ella? Conscientemente fueron confrontados con un elemento que será fundamental en su vida de documentalistas: el punto de vista.

Sinopsis.
Pelusa es el dueño de la gallera El palenque en el casco Urbano de San Vicente del Caguán. Allí, con la ayuda de un joven, cría  decenas de gallos de pelea que encuba en casa de su mamá. En el día, el sitio se llena de amigos con los que juega a las cartas y se hacen chanzas mientras entrenan los gallos que pelearán el viernes en la Plaza de Ferias o en los pueblos aledaños. "Del Huevo al palenque" es un viaje al micromundo de los gallos de pelea, en el que un grupo de “varones”  a través de un ritual que considera natural, tradicional, va integrando variaciones derivadas de las prácticas guerreras que han dominado por décadas en la región.


Durante el proceso de trabajo, fue interesante ver como los tres integrantes más jóvenes del Taller distribuyeron sus oficios y compromisos. Y como llegaron hasta un avanzado estado del montaje donde tuvimos, los talleristas, que entrar a darles la mano porque se dieron cuenta que se habían metido en camisa de once varas.  Todo funcionaba bien como descripción hasta llegar a la pelea. ¿Cómo sintetizar y qué mostrar? La respuesta es palpable en el corte final donde se respeta el hilo narrativo observacional de los trajines cotidianos de una gallera que ellos desarrollaron, pero integra un elemento irónico que sirve como puntuación y abre las perspectivas de lectura del espectador:  los comentarios “filosóficos” de Pelusa, el dueño de la gallera. Este curioso personaje que ha pasado toda su vida entre estas particulares aves de corral  va contando muy naturalmente,  a manera de aforismos, lo que es y piensa de los gallos. Este elemento estructural  se convierte en un arma de doble filo donde se revela el machismo y el guerrerismo que acompañan esta tradición. Se le dio importancia también al personaje mamá de Pelusa, y a la relación entre ellos que al ser relacionada con imágenes referentes a gallinas y pollitos, humaniza aun mas la relación entre un ritual donde la belicosidad del animal se considera natural, instintiva, y el humano donde lo social determina el comportamiento. La riña final de gallos solo se muestra a partir de las reacciones de los personajes, no enfoca la cámara la pelea misma –para no dejar al espectador sin el “espectáculo”, se presenta a mitad de película un entrenamiento en el que los gallos portan guantes protectores en las espuelas para evitar heridas y muerte”- , y las imágenes del público son acompañadas de una voz en off donde el personaje cuenta que de manera “chistosa” a veces juegan a la guerrilla, una modalidad autóctona de San Vicente. En este tipo de  riña “tan chistosa”, insiste, participan siete, ocho amigos que van echando sus gallos al ring para que se maten entre todos.
Creemos que este proyecto logra muchas lecturas, profundiza en una práctica que apenas se cuestiona por el aspecto animalista  y se convierte en una pieza interesante para ayudar a comprender el comportamiento con respecto a la lúdica en la región después de un largo período donde la guerra era lo “normal”.

ELDA

De nuevo nos encontramos, cuando fue expuesto el proyecto, con una temática digna de una serie: Los fundadores del barrio de invasión Simón Bolívar. La saga de una comunidad nacida en la época de la zona de distensión. Un mundo de retratos. Una sobredosis de anécdotas que Juan Pablo considera importante tenerlas a la mano para que la juventud del barrio las conozca. Loables propósitos, pero desafortunada propuesta para un cortometraje. Le propusimos que pensara en montar una estrategia de comunicación para ampliar el radio de la acción que hace desde la biblioteca, que pensara en abrir una estación de radio comunitaria, y que también hiciera largos testimoniales con los personajes, pero en lo referente al taller teníamos que sintetizar. Contamos apenas con una docena de minutos para narrar una historia. Trabajamos entonces durante la exposición, el rodaje y el montaje un aspecto fundamental para el documental: LA SÍNTESIS.  Del plural pasamos al singular, y Juan Pablo tuvo que escoger un personaje. Y vaya personaje el seleccionado para el corto: Doña Elda. Presentada por Juan Pablo y Estefany, es el retrato de una señora que fue fundadora del barrio de invasión Simón Bolívar.


Sinopsis.
Madre de 17 hijos, de los cuales solo hay 11 vivos, y que carga con la pena del reciente asesinato de un hijo por parte de las disidencias de las Farc. No le han entregado los restos, solo las botas. Esta mujer de  ochenta y pico pero con una energía juvenil y un carisma radiante, dedica su tiempo a servirle a la comunidad. Diariamente recorre el barrio buscando limosnas para armarle mercadito a los viejos enfermos. Es también una católica practicante que ruega por la salud de los viejos del Caquetá.


JUEGOS EL MEXICANO. 

Proyecto trabajado por Willi, Fabián y Eduard. Fue curioso ver en la presentación de todos los proyectos que la estructura propuesta para su realización estuviera relacionada con el ejercicio anterior: una jornada de luz. Eso quiere decir que incorporaron a su cerebro la importancia de las horas en las actividades. Pero no puede convertirse en un esquema dominante del taller de la memoria.  Sin violentarlos, pero tratando de desencasillarlos, quisimos darle otras vías al uso de la luz, y sobre todo al uso del sonido. Que el sonido sea elemento narrativo, dramático, del relato. Para ilustrar esta rutina-dependencia veamos el proyecto del corto de Wily.


Sinopsis.
Un salón de billares y y juegos de azar como el dominó y las cartas, donde decenas de hombres van diariamente a pasar el tiempo y apostar, es presentado por el encargado del lugar, un hombre mayor, solitario, a quien la vida de apostador lo llevó a perder cuanto tenía y refugiarse como empleado en el salón. 

Este espacio que desde su apertura a las 10 de la mañana se inunda de jugadores es el tema de un corto en el que se muestra otra de las facetas de los varones en esta región donde durante por tanto tiempo han sido los que imponen la regla de vida social. Otro espacio de actitudes machistas. Curiosamente una mujer  solo una, la dueña del sitio, quien abrió el lugar cuando un antiguo recluso, al salir de la cárcel, le propone que convierta la casa en sitio de juego al fallecer su marido, aparece en la película vestida de rosado, con uñas rosadas, apostando con un dominó rosado. Reminiscencia de alguna doña, de las que han facilitado divertimento a estos, en apariencia, tahúres empedernidos, o simplemente varones desocupados que matan el tiempo.  En la película se hace mención corta al papel que jugaron los salones de billares durante la “zona de distensión”: que fue época de mucho florecimiento en el negocio porque había mucha plata, en referencia a la cantidad de dinero proveniente del cultivo de la coca.

Esta película y la de la gallera, relatada anteriormente, pueden emparentarse. La lectura del primer corte de Willi, quien realmente ha hecho un progreso impresionante desde su primer trabajo, nos dejó en el primer corte a los talleristas la misma duda con respecto a lo que él quería decir con esa película. ¿Es una publicidad del sitio? ¿Qué peso tiene este trabajo en la memoria colectiva? Por tratarse de un ejercicio que enfatiza el rol del sonido, su valor está simplemente en escuchar el golpe de las bolas o las modulaciones del murmullo incesante que  ? Fue interesante ver la respuesta con la que este cinético buscó en su material, capturado con la ayuda en cámara y sonido de Bernard y Eduard,  para profundizar a través de los primeros planos en las actitudes de la competición, y en los testimonios donde la dependencia del juego, ese fracaso individual que acompaña generalmente estos mundos queda en evidencia y convierte el corto en un espacio de descubrimiento y reflexión. 


Taller de la Memoria, fase tres.  SAN VICENTE DEL CAGUÁN, Caquetá.
 Abril2-12 de 2018

sábado, 12 de julio de 2014

EL BILLARISTA DE ESPALDAS. (Tercera entrega de Crónicas de un crónico mundialista)

Palidecen. Se llevan las manos a la cara. Tratan de tapar el pánico. Abren las órbitas de los ojos, no parpadean. Algunos rechiflan. Otros se rascan el cabello. Algunas lágrimas ruedan. Muchos suspiros son contenidos. Algunos levantan los brazos, miran al cielo y sus súplicas se entremezclan con  un murmullo de oraciones. Otros, envueltos en sus banderas , o exhibiéndolas al aire esperan que una cámara los seleccione entre las miles de banderas y pancartas que adornan el estadio. Hasta el momento, aunque cada cual gesticula mordiéndose los labios, agarrando el muslo o la pierna del vecino, nadie hace un gesto sospechoso.

Estoy sentado frente a la tribuna amarilla. Camisetas, pelucas, caras maquilladas. Podría pensarse que es una mancha amarilla, pero no, son muchas personas ataviadas de amarillo. Fanáticos viejos, jóvenes, hombres, mujeres; niños  y niñas repitiendo los gestos de las pasiones de sus padres. Yo los observo a cada uno. Sigo sus movimientos, detecto sus intenciones. Estoy atento a que nadie intente hacer una imprudencia. Que ningún hincha lance una botella, un objeto contundente que pueda hacerle daño a alguien. Que nadie utilice algún arma con la que haya logrado burlar las inspecciones de los celadores del estadio. Que nadie ose saltar a la cancha.

Ya se ha terminado el tiempo de prolongación con un empate y han pasado a la serie de penas máximas. Los penaltis. Se han cobrado cuatro por equipo y todos han sido gol. Ocho atronadoras griterías, ocho inmarcesibles silencios. Los amarillos alternan sus gritos y su silencio con el de los  rojos. Están empatados. Queda una oportunidad para cada uno. El portero de los amarillos debe estar dirigiéndose al arco. Los de rojo van a cobrar.  Los jugadores de ambos  equipos permanecen arrodillados con sus brazos entrecruzados sobre sus hombros. Sus miradas levantadas hacia el cielo,  o con actitud de recogimiento, los ojos cerrados, suplicándole a las fuerzas de energía que arden  en el centro de la tierra. Esperan el milagro, la colaboración de los santos o de los mismos dioses. Ellos creen que estas instancias son supervisadas por los propios seres superiores. A mí, sinceramente, me importa un carajo quien gane. Pero ay, donde algún espectador intente acabar con el orden de este ritual.

Me han dado una silla. Eso es nuevo. Antes debía estar de pie durante todo el partido mirando a la franja de espectadores que me asignaron en la tribuna. Había aprendido a repartir el peso entre mis dos extremidades pero aún así era fatigante. Ahora me acomodo, a veces me encalambro un poco, trato de hacer unos estiramientos de pierna esforzándome en que no se note mucho. De todas formas ¿quién me mira? Solo aquellos que traman algo, los que se saben culpables pues tienen una mala intención. Yo he aprendido a reconocerlos a través de los años. Son ya catorce años vigilando eventos considerados de riesgo. Lo hago desde que me licenciaron de mi agencia de vigilancia a la que entré después de haber prestado el servicio militar. Fui atropellado por una moto que intenté detener tras un asalto a un cajero electrónico. Fractura de fémur, dislocación de rodilla, doble fractura de peroné. Y esa infección que me atacó en el hospital. Tuvieron que colocarme unos clavos que supuestamente ayudarían a mantener rígidos los huesos mientras soldaban. Se infectaron y de milagro no me amputaron la pierna derecha. Si, soy cojo. Pero soy fuerte. A lo mejor mis compañeros, al lado corren más rápido. Pero siempre he tenido que intervenir para ayudarles a contener al fanático, al loco, al esnobista que se lanza y corre hacia el centro de la cancha.

Está prohibido mirar hacia la cancha. A mí no me importa. El fútbol no me gusta. No tiene la elegancia del billar.  La cancha y la mesa se parecen. Son verdes. Pero el billar  es mágico, profundo. No está acompañado de tanta gritería, no cae en la histeria. El billar es arte y sabiduría. Geometría viva. No es este derroche de patadas que hace llorar y suspirar al público, o lleva hordas a quebrar cuanto encuentran a la salida del partido cuando pierden.  Cuando juego billar no hay espectadores que incomoden. Tal vez un desocupado que mira desde el banco de madera mientras se toma una cerveza. El espectador es el rival. Turno para mí, turno para ti. Cada cual tiene el tiempo para mostrar su maestría en el oficio. No es esta pelea de perros y gatos por una pelota.

El desprecio por el fútbol se me ha intensificado desde que estoy cojo. Al principio sentí un poco de envidia por esos músculos poderosos de sus piernas. Pero después de verlos salir en camilla tantas veces, quejándose del patadón que les habían dado, o de esa fractura inevitable tras el enredo de piernas, de esa luxación o desgarradura de tobillo al caer, he perdido la admiración, la misericordia por ellos. Son frágiles y bestiales.  Me da en el fondo algo de risa. Ellos la buscan. No es mi caso. Van labrando su camino a la renguera. Todos arrastrarán su vejez  cojeando como yo y en las noches sentirán chuzones en los huesos, gritarán del dolor por causa del punzón acomodado en  cada articulación. Sentirán en los sueños el ruido seco de la fractura de sus huesos, o serán los verdugos pisoteando al enemigo. No pasará en vano tanto atropello contra sus extremidades.

El silencio es corto, saludable. Van a cobrar, quedan varios segundos. Los rojos tampoco chiflan. Ni cantan esa pesada estrofa con la que entierran para siempre a  los amarillos. Quieren enviarlos a los infiernos. Saben que ese quinto hombre no puede fallar. Y los amarillos, fijos sus ojos en su arquero, lo llenan de escapularios, de manos como un pulpo, le envían alas, redes invisibles, tanques lanza-misiles  para que detengan el cañonazo desprendido del empeine del último de los rojos.  Que lo tape, que lo tape. No lo vas a fallar, mételo, mételo, responden los otros. Yo cuido. Me importa un carajo el color de la dicha.  Espero que todo termine para irme despacio, rengueando,  silbando hacia el billar.


Diego García Moreno @ julio 11 de 2014,Bogotá.
He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.