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sábado, 11 de julio de 2015

REBOTES DE LA REBECA

I
El 13 de marzo de 2013 publiqué en este mismo blog una pequeña crónica sobre la Rebeca, una escultura en mármol blanco de estilo clásico que se encuentra en el centro de Bogotá. 

       


DE BOTOX- DE LA REBECA

Está muy pispa la niña pero ¿le viste esos codos tan feos? Mi abuela era implacable. Nos forzaba a esculcar los defectos de nuestras noviecitas hasta hacernos dudar de su belleza. Y agregaba "no hay nada más hermoso que la belleza natural". ¿Serían los codos algún segmento artificial? De todas maneras, seguramente, eso influyó en el rechazo que me producen las narices pasadas por cirugía plástica, las nalgas, las tetas, las inyecciones de botox. Por muy fino que haya sido el cirujano, ahí le quedó la desproporción. Me encantan las narices con carácter, las que hacen juego con la cara, los ojos, la memoria genética. En cambio esas flechitas apuntando al cielo con dos microcicatrices en los bordes me hacen creer que esa cara no le corresponde a la persona que me mira. 

Fue peatoneando en Bogotá que me encontré a la Rebeca. Una hermosa mujer desnuda, inclinada llenando su cántaro de agua, perdón su totumo. La vi de espaldas. Fui a retratarla cuando, vaya sorpresa, me percaté que le habían amputado la nariz. ¿Cómo se les ocurrió, carajo, violentar a tal punto a esta belleza? Supongo que a esta mujer el escultor Luis Luchinelli, su creador, le construyó una nariz helénica, de aquellas que descendían rectas desde la frente... a lo mejor no: fue el primer representante de la versión afroquimbaya y le regaló una nariz chata con respiraderos amplios... vaya a saberse. Esperemos que algún día ese trozo de piedra tallado regrese a su fosa nasal calcárea y nos cuente su versión. Mientras, celebremos que todavía queda un rincón en nuestra urbe donde el arte osa reclinarse a celebrar el agua y es capaz de generar reflejos en los que hasta los más perratiados edificios se ven bellos e invitan a celebrar la dicha de vivir entre tanta incertidumbre. 





En el siguiente enlace se encuentran las fotos que acompañaron el texto:





II.

El 24 de abril de 2014 volví a verla. Miren lo que había pasado:






III  

El 12 de junio de 2015 me percaté que que el ojo de agua que rodeaba La Rebeca se había secado;  dicho de otra forma: que la administración de los parques de la ciudad, o la dirección distrital de patrimonio, o quizás la secretaría de salud,  había vaciado la alberca de la que sacaba agua la muchacha bíblica.  Pero no dramaticé el suceso pues estaba fascinado con el efecto que la luz rasante del atardecer producía al golpear los adoquines del piso de la plazoleta enfatizando las siluetas en contraluz de los transeúntes y la nitidez de sus sombras .





IV

El 6 de julio de 2015 desde la ventana de mi oficina vi un tumulto en torno al ojo de agua seco que rodea a la Rebeca. Me aprestaba salir para cumplir una cita en la Escuela Nacional de Cine y me pareció oportuno alistar la cámara y aprovechar para tomarle de pasada una foto a la Rebeca en medio del gentío. Ese día la luz era plana, pesada, sin gracia, y el mitin generaba cierta tensión que a lo lejos se delataba por la presencia de policías motorizados. 



A pocos metros de la pileta le apunté a la mujer de mármol. Antes de que pudiera hacer click sobre la masa de carne de piedra blanca con fondo de escuadrón antidisturbios reclinado en el edificio del costado sur, o de tropel de aparentes punkeros en contraluz al occidente,  escuché un griterío acompañado de silbidos con tono de alerta,  vi manos enfurecidas en formato kalashnikov que me apuntaban y escuché frases amenazantes dejando en claro que si yo llegaba a enfocar  la cara de alguno de los presentes la pagaría muy caro. Fue justo ahí cuando ví que la piel clara de la mujer había sido tatuada con escrituras negras, con mensajes caligrafíados en estética grafitiosa. Un oleaje de  indignación se me subió a la cabeza y se entremezcló con una actitud de defensa  hacia tres jóvenes vestidos de negro que se acercaban insinuando que me destrozarían mi Fuji XT-1. Mierda, Rebeca, refresca mi sed. Fresco, querido, sentí que me dijo. Recuerda que a mí hasta la nariz me han quebrado y aquí sigo, empeñada en darle vida a este incipiente territorio de cemento. Alentado, los enfrenté con una mirada enfurecida acompañada de una frase de reproche que no sé cómo pronuncié  con tal convencimiento "¡Miren como la volvieron!" Y señalé los rayones en tinta negra que le habían hecho a la indefensa mujer desnuda. "Yo para que voy a tomarle fotos a ustedes, a mi lo que me emputa es ver cómo la dañaron!". Del otro lado de la pileta alguien gritó "Eso fueron los hinchas de Millonarios". Bajo las chaqueta negra de los muchachos  que estaban a punto de arrebatarme la cámara descubrí la camisetas verde del Atlético Nacional. El pánico contenido se retorció y viro al formato paisa de origen controlado. Las eses de mi susto se cargaron de un  sonsonete inconfundible  que me acreditaba como posible hincha del mismo equipo que veneraban y provocó que el agresivo vocero del grupo me autorizara a tomar una foto con un fondo neutro para que no "boletiara a sus parceros". 





El 10 de julio publiqué en facebook el siguiente comentario: "Y como no les quedaba muro para ensuciar o pedazo de piel para tatuar arremetieron contra la Rebeca. Cuando fui a tomar la foto me cayeron varios hinchas furibundos del Nacional a decirme que habían sido los hinchas de Millonarios".

Las respuestas no se hicieron esperar. Bernardo Morillo, por ejemplo escribió: ahora quieren la ciudad limpia como NY, llena de godos gomelos, mientras Luis Ospina trajo al debate un artículo donde se exponía la opinión de David Lynch con respecto a los grafitis: 

Ay, mi querida rebeca. No sé por qué me fijo tanto en tí. A lo mejor es por la belleza de tus codos, tal vez porque eres la única capaz de exponer tu desnudez con calma en una ciudad desesperada, quizás porque te has convertido en el termómetro de las fiebres urbanas, o simplemente porque eres la vecina más fiel, la que siempre me ofrece un sorbo para beber cuando me asomo a la ventana. Cómo me gustaría protegerte. Si pudiera llenar a baldados esa poceta vacía en la que te han colocado y así impedir que los vándalos te rompan a martillazos la nariz o que los hinchas furibundos te tatúen los burdos escudos del equipo que alimenta sus sueños. En todo caso sigues fiel a tus designios, y tu gesto indica que estás presta a sacar del vacío el agua que saciará la sed de Abraham y sus camellos. Espero que no lleguen pronto, que tu matrimonio con Isaac se atarde para así tenerte cerca, visible, y no tener que imaginar, poseído por los celos, tus agitadas velados de amor con tu marido.  



sábado, 12 de julio de 2014

EL BILLARISTA DE ESPALDAS. (Tercera entrega de Crónicas de un crónico mundialista)

Palidecen. Se llevan las manos a la cara. Tratan de tapar el pánico. Abren las órbitas de los ojos, no parpadean. Algunos rechiflan. Otros se rascan el cabello. Algunas lágrimas ruedan. Muchos suspiros son contenidos. Algunos levantan los brazos, miran al cielo y sus súplicas se entremezclan con  un murmullo de oraciones. Otros, envueltos en sus banderas , o exhibiéndolas al aire esperan que una cámara los seleccione entre las miles de banderas y pancartas que adornan el estadio. Hasta el momento, aunque cada cual gesticula mordiéndose los labios, agarrando el muslo o la pierna del vecino, nadie hace un gesto sospechoso.

Estoy sentado frente a la tribuna amarilla. Camisetas, pelucas, caras maquilladas. Podría pensarse que es una mancha amarilla, pero no, son muchas personas ataviadas de amarillo. Fanáticos viejos, jóvenes, hombres, mujeres; niños  y niñas repitiendo los gestos de las pasiones de sus padres. Yo los observo a cada uno. Sigo sus movimientos, detecto sus intenciones. Estoy atento a que nadie intente hacer una imprudencia. Que ningún hincha lance una botella, un objeto contundente que pueda hacerle daño a alguien. Que nadie utilice algún arma con la que haya logrado burlar las inspecciones de los celadores del estadio. Que nadie ose saltar a la cancha.

Ya se ha terminado el tiempo de prolongación con un empate y han pasado a la serie de penas máximas. Los penaltis. Se han cobrado cuatro por equipo y todos han sido gol. Ocho atronadoras griterías, ocho inmarcesibles silencios. Los amarillos alternan sus gritos y su silencio con el de los  rojos. Están empatados. Queda una oportunidad para cada uno. El portero de los amarillos debe estar dirigiéndose al arco. Los de rojo van a cobrar.  Los jugadores de ambos  equipos permanecen arrodillados con sus brazos entrecruzados sobre sus hombros. Sus miradas levantadas hacia el cielo,  o con actitud de recogimiento, los ojos cerrados, suplicándole a las fuerzas de energía que arden  en el centro de la tierra. Esperan el milagro, la colaboración de los santos o de los mismos dioses. Ellos creen que estas instancias son supervisadas por los propios seres superiores. A mí, sinceramente, me importa un carajo quien gane. Pero ay, donde algún espectador intente acabar con el orden de este ritual.

Me han dado una silla. Eso es nuevo. Antes debía estar de pie durante todo el partido mirando a la franja de espectadores que me asignaron en la tribuna. Había aprendido a repartir el peso entre mis dos extremidades pero aún así era fatigante. Ahora me acomodo, a veces me encalambro un poco, trato de hacer unos estiramientos de pierna esforzándome en que no se note mucho. De todas formas ¿quién me mira? Solo aquellos que traman algo, los que se saben culpables pues tienen una mala intención. Yo he aprendido a reconocerlos a través de los años. Son ya catorce años vigilando eventos considerados de riesgo. Lo hago desde que me licenciaron de mi agencia de vigilancia a la que entré después de haber prestado el servicio militar. Fui atropellado por una moto que intenté detener tras un asalto a un cajero electrónico. Fractura de fémur, dislocación de rodilla, doble fractura de peroné. Y esa infección que me atacó en el hospital. Tuvieron que colocarme unos clavos que supuestamente ayudarían a mantener rígidos los huesos mientras soldaban. Se infectaron y de milagro no me amputaron la pierna derecha. Si, soy cojo. Pero soy fuerte. A lo mejor mis compañeros, al lado corren más rápido. Pero siempre he tenido que intervenir para ayudarles a contener al fanático, al loco, al esnobista que se lanza y corre hacia el centro de la cancha.

Está prohibido mirar hacia la cancha. A mí no me importa. El fútbol no me gusta. No tiene la elegancia del billar.  La cancha y la mesa se parecen. Son verdes. Pero el billar  es mágico, profundo. No está acompañado de tanta gritería, no cae en la histeria. El billar es arte y sabiduría. Geometría viva. No es este derroche de patadas que hace llorar y suspirar al público, o lleva hordas a quebrar cuanto encuentran a la salida del partido cuando pierden.  Cuando juego billar no hay espectadores que incomoden. Tal vez un desocupado que mira desde el banco de madera mientras se toma una cerveza. El espectador es el rival. Turno para mí, turno para ti. Cada cual tiene el tiempo para mostrar su maestría en el oficio. No es esta pelea de perros y gatos por una pelota.

El desprecio por el fútbol se me ha intensificado desde que estoy cojo. Al principio sentí un poco de envidia por esos músculos poderosos de sus piernas. Pero después de verlos salir en camilla tantas veces, quejándose del patadón que les habían dado, o de esa fractura inevitable tras el enredo de piernas, de esa luxación o desgarradura de tobillo al caer, he perdido la admiración, la misericordia por ellos. Son frágiles y bestiales.  Me da en el fondo algo de risa. Ellos la buscan. No es mi caso. Van labrando su camino a la renguera. Todos arrastrarán su vejez  cojeando como yo y en las noches sentirán chuzones en los huesos, gritarán del dolor por causa del punzón acomodado en  cada articulación. Sentirán en los sueños el ruido seco de la fractura de sus huesos, o serán los verdugos pisoteando al enemigo. No pasará en vano tanto atropello contra sus extremidades.

El silencio es corto, saludable. Van a cobrar, quedan varios segundos. Los rojos tampoco chiflan. Ni cantan esa pesada estrofa con la que entierran para siempre a  los amarillos. Quieren enviarlos a los infiernos. Saben que ese quinto hombre no puede fallar. Y los amarillos, fijos sus ojos en su arquero, lo llenan de escapularios, de manos como un pulpo, le envían alas, redes invisibles, tanques lanza-misiles  para que detengan el cañonazo desprendido del empeine del último de los rojos.  Que lo tape, que lo tape. No lo vas a fallar, mételo, mételo, responden los otros. Yo cuido. Me importa un carajo el color de la dicha.  Espero que todo termine para irme despacio, rengueando,  silbando hacia el billar.


Diego García Moreno @ julio 11 de 2014,Bogotá.

miércoles, 25 de junio de 2014

OFF SIDE - crónica de un crónico mundialista

PRIMER TIEMPO.

EN EL CORNER

¿Quién me sacará de este sofá? Es de cuero, comodísimo, y tiene enfrente una pantalla plana, digital, de 42 pulgadas afiliada  a un programador que nos asegura que pasará en directo y en alta definición los 64 partidos de la Copa Mundo. He visto dieciocho en seis días.

Un arrume de platos sucios en el piso y sobre la mesita donde puso mi señora el sancocho que preparó el día de la inauguración, entreverados con copas manchadas por el fondo de vino seco y pepitas de maní, uvas pasas, crispetas o migas de galletas de soda, completan el paisaje.

-No sea tan mentiroso.- Me grita un limpiador de vidrios desde un edificio vecino.  El intruso espía los goles en el reflejo de la pantalla sobre los cristales del apartamento. Está bien, le hago caso. Lo confieso: el paisaje no es el de un bazuquero aferrado a su pánico… aunque esta adicción a la pantalla despierta, en los espacios de comerciales que separan los partidos, a la monja superiora que hay en mí y viene con su rejo a regañarme con su voz de camionera enfurecida: Pareces un vicioso envuelto entre los escombros de tu ruina. Tampoco es para tanto… ella exagera.

Cada que me levanto para ir al baño recojo los trastes y me imagino cómo sería la cara de Sally encontrándome entre cartones y periódicos mugrosos, regueros pegajosos de jugos y licores, orines concentrados y mierda original.

-¡Te vas! Te vas de aquí ya o llamo a la policía-.  O quizás saldría a buscar a Luz Elena, su amiga médica, para que la aconseje si es mejor abandonarlo a su suerte o para que traiga un sedante y me lo inyecte.

-¿Qué sería mejor? ¿Que se lo lleven para el sanatorio? ¿o apagarle la tele? Desesperada, le arrebaté el control y apagué el aparato, le dice a Luz Elena, y como una fiera saltó del sofá hasta la cocina. Agarró un cuchillo afilado y me amenazó.

- ¡Entrégame eso ya mismo o te mato!

-Hubieras visto, querida. Bastó simplemente con encenderle de nuevo esa porquería de aparato para que volviera a su lugar y quedara reposando como un gatito tierno acomodado en su lecho.-


Cómo no permanecer enfrente de la tele si esa competencia es la guerra total. Hay acción, hay tensión, hay emoción. No sé cuántos  países desprendidos del mapamundi y convertidos en figuritas de colores, corriendo sin cesar detrás de un balón blanco,  nos obligan, a los espectadores, pintorreteados con las banderas de su ejército en las gradas de los estadios, y  a mí, en mi maravilloso sofá, a gritar,  suspirar, comernos las uñas, insultar, protestar, sufrir, vociferar, celebrar, celebrar y celebrar... o llorar. Yo no juego. Observo. Vivo el espectáculo aferrado a este sofá.  
Continuará...
He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.