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sábado, 12 de julio de 2014

EL BILLARISTA DE ESPALDAS. (Tercera entrega de Crónicas de un crónico mundialista)

Palidecen. Se llevan las manos a la cara. Tratan de tapar el pánico. Abren las órbitas de los ojos, no parpadean. Algunos rechiflan. Otros se rascan el cabello. Algunas lágrimas ruedan. Muchos suspiros son contenidos. Algunos levantan los brazos, miran al cielo y sus súplicas se entremezclan con  un murmullo de oraciones. Otros, envueltos en sus banderas , o exhibiéndolas al aire esperan que una cámara los seleccione entre las miles de banderas y pancartas que adornan el estadio. Hasta el momento, aunque cada cual gesticula mordiéndose los labios, agarrando el muslo o la pierna del vecino, nadie hace un gesto sospechoso.

Estoy sentado frente a la tribuna amarilla. Camisetas, pelucas, caras maquilladas. Podría pensarse que es una mancha amarilla, pero no, son muchas personas ataviadas de amarillo. Fanáticos viejos, jóvenes, hombres, mujeres; niños  y niñas repitiendo los gestos de las pasiones de sus padres. Yo los observo a cada uno. Sigo sus movimientos, detecto sus intenciones. Estoy atento a que nadie intente hacer una imprudencia. Que ningún hincha lance una botella, un objeto contundente que pueda hacerle daño a alguien. Que nadie utilice algún arma con la que haya logrado burlar las inspecciones de los celadores del estadio. Que nadie ose saltar a la cancha.

Ya se ha terminado el tiempo de prolongación con un empate y han pasado a la serie de penas máximas. Los penaltis. Se han cobrado cuatro por equipo y todos han sido gol. Ocho atronadoras griterías, ocho inmarcesibles silencios. Los amarillos alternan sus gritos y su silencio con el de los  rojos. Están empatados. Queda una oportunidad para cada uno. El portero de los amarillos debe estar dirigiéndose al arco. Los de rojo van a cobrar.  Los jugadores de ambos  equipos permanecen arrodillados con sus brazos entrecruzados sobre sus hombros. Sus miradas levantadas hacia el cielo,  o con actitud de recogimiento, los ojos cerrados, suplicándole a las fuerzas de energía que arden  en el centro de la tierra. Esperan el milagro, la colaboración de los santos o de los mismos dioses. Ellos creen que estas instancias son supervisadas por los propios seres superiores. A mí, sinceramente, me importa un carajo quien gane. Pero ay, donde algún espectador intente acabar con el orden de este ritual.

Me han dado una silla. Eso es nuevo. Antes debía estar de pie durante todo el partido mirando a la franja de espectadores que me asignaron en la tribuna. Había aprendido a repartir el peso entre mis dos extremidades pero aún así era fatigante. Ahora me acomodo, a veces me encalambro un poco, trato de hacer unos estiramientos de pierna esforzándome en que no se note mucho. De todas formas ¿quién me mira? Solo aquellos que traman algo, los que se saben culpables pues tienen una mala intención. Yo he aprendido a reconocerlos a través de los años. Son ya catorce años vigilando eventos considerados de riesgo. Lo hago desde que me licenciaron de mi agencia de vigilancia a la que entré después de haber prestado el servicio militar. Fui atropellado por una moto que intenté detener tras un asalto a un cajero electrónico. Fractura de fémur, dislocación de rodilla, doble fractura de peroné. Y esa infección que me atacó en el hospital. Tuvieron que colocarme unos clavos que supuestamente ayudarían a mantener rígidos los huesos mientras soldaban. Se infectaron y de milagro no me amputaron la pierna derecha. Si, soy cojo. Pero soy fuerte. A lo mejor mis compañeros, al lado corren más rápido. Pero siempre he tenido que intervenir para ayudarles a contener al fanático, al loco, al esnobista que se lanza y corre hacia el centro de la cancha.

Está prohibido mirar hacia la cancha. A mí no me importa. El fútbol no me gusta. No tiene la elegancia del billar.  La cancha y la mesa se parecen. Son verdes. Pero el billar  es mágico, profundo. No está acompañado de tanta gritería, no cae en la histeria. El billar es arte y sabiduría. Geometría viva. No es este derroche de patadas que hace llorar y suspirar al público, o lleva hordas a quebrar cuanto encuentran a la salida del partido cuando pierden.  Cuando juego billar no hay espectadores que incomoden. Tal vez un desocupado que mira desde el banco de madera mientras se toma una cerveza. El espectador es el rival. Turno para mí, turno para ti. Cada cual tiene el tiempo para mostrar su maestría en el oficio. No es esta pelea de perros y gatos por una pelota.

El desprecio por el fútbol se me ha intensificado desde que estoy cojo. Al principio sentí un poco de envidia por esos músculos poderosos de sus piernas. Pero después de verlos salir en camilla tantas veces, quejándose del patadón que les habían dado, o de esa fractura inevitable tras el enredo de piernas, de esa luxación o desgarradura de tobillo al caer, he perdido la admiración, la misericordia por ellos. Son frágiles y bestiales.  Me da en el fondo algo de risa. Ellos la buscan. No es mi caso. Van labrando su camino a la renguera. Todos arrastrarán su vejez  cojeando como yo y en las noches sentirán chuzones en los huesos, gritarán del dolor por causa del punzón acomodado en  cada articulación. Sentirán en los sueños el ruido seco de la fractura de sus huesos, o serán los verdugos pisoteando al enemigo. No pasará en vano tanto atropello contra sus extremidades.

El silencio es corto, saludable. Van a cobrar, quedan varios segundos. Los rojos tampoco chiflan. Ni cantan esa pesada estrofa con la que entierran para siempre a  los amarillos. Quieren enviarlos a los infiernos. Saben que ese quinto hombre no puede fallar. Y los amarillos, fijos sus ojos en su arquero, lo llenan de escapularios, de manos como un pulpo, le envían alas, redes invisibles, tanques lanza-misiles  para que detengan el cañonazo desprendido del empeine del último de los rojos.  Que lo tape, que lo tape. No lo vas a fallar, mételo, mételo, responden los otros. Yo cuido. Me importa un carajo el color de la dicha.  Espero que todo termine para irme despacio, rengueando,  silbando hacia el billar.


Diego García Moreno @ julio 11 de 2014,Bogotá.

viernes, 27 de junio de 2014

LOS GUAYOS (2a. parte de Crónicas de un crónico mundialista.)

II
¿Quiénes quieren ser del equipo de fútbol? Yo, por supuesto. Levantamos la mano dieciséis muchachitos de tercero de primaria. Sepan que en la cancha solo pueden jugar once, los otros serán los suplentes. Van a estar en la banca. Qué susto. Mamá, yo quiero jugar.
-Le vamos a dar prioridad a los que tengan el uniforme completo: camiseta,  pantaloneta medias largas y guayos con taches.
-Yo tengo un balón, profe. Es un número cuatro, de tripa.
-¡DE TRIPA!  ¿De los que se inflan con la boca? No, no, no. Aquí se juega con el número cinco que es más grande y se necesita una aguja para poderle ajustar el inflador.
Yo no entendía nada de técnica.
En mi casa nos dividíamos entre los  gordos y los flacos. Los gordos éramos  tres: Gustavo Adolfo, el mayor, mi hermana Silvia y yo. Los otros cinco eran flacos. A los gorditos nos gustaba el fútbol, a los flacos no les interesaba para nada. En el álbum de la familia, había una foto en la que Gustavo Adolfo en pantaloneta se lanza imitando la estirada de un portero para atrapar un balón. Era un héroe. Yo, bien redondito, siempre quise tener esa soltura del arquero. En el fondo  creía que podría ser un gran futbolista. Aquel día levanté la mano sin importarme mi novatada.  Si, tenía un poco de experiencia jugando en la finca de los Gutiérrez en La Tablaza , pero como mis papás nunca nos habían dejado salir a "perriar" con los muchachos en la calle del barrio, evidentemente era un “tronco”.
-El uniforme será rojo con una franja blanca diagonal en el pecho.-  Que vale no sé cuánta plata y tienen que traerla para el partido del sábado. Mi mamá puso el grito en el cielo ¿Cuánto? Dígale a don Teodulio que yo mejor se la coso en la casa. No hay problema. ¿Y qué hago con los guayos? Nuevos son más caros que la camiseta. ¿Y Gustavo Adolfo no tenía unos por ahí?  Sí, pero le deben quedar grandísimos. Mi hermano mayor había heredado unos guayos de quién sabe quién cuando entró al equipo de fútbol de su clase. Eso debió haber sido tres años antes, cuando estaba en quinto de primaria. Sin embargo la práctica en las canchas le duró poco: tenía vocación de  intelectual, sólo le gustaba leer y en sus ratos libres presumía  ser un teórico del deporte.
-¿De qué vas a jugar?
- No sé.
-Cójanlos si quieren, pues.   Pero estoy seguro de que le van a  quedar grandes.
- Le rellenamos las puntas para que no le queden volando los dedos-, propuso mi mamá.
Consiguieron un ejemplar viejo de El colombiano donde los vecinos, partieron un pedazo de la página de deportes y rellenaron la punta de los guayos.
-Listo, probátelos.-
Había estado varias veces en el circo y recuerdo la lágrima que rodó por mis mejillas cuando al mirarme en el espejo  calzando los guayos vi a Pernito, el payaso más ridículo del mundo.  Mi mamá hizo presión con sus dedos en el cuero, justo en el supuesto límite de mis extremidades inferiores.
- Creo que hay que ponerle otro poquito.- Mi hermano recortó otro pedazo de periódico con unas fotos impresas y sonrió.
  -Mirá, El Caimán Sánchez  y Canocho Echeverri te van a acompañar. No te preocupés, caminá, ensayálos,  te parecés a D´ Stefano, mejor que sean grandes, así le pegás más duro al balón y a los contrincantes los frenás.- 
Di unos pasos y tuve la sensación de que  las baldosas de colores se partían con el roce del metal de los taches.  Mijo, es mejor que vaya a ensayarlos sobre el pasto, aconsejó mi mamá.
En la práctica del día anterior nos habían hecho correr, gambetear, “perriar”, cobrar tiros de esquina, penaltis, jugar mosquita y, al final, el profe de gimnasia consideró que lo mejor era que yo jugara de portero. En la delantera no tenía nada que hacer, como armador mucho menos; defendiendo, todos me pasaban, pero, tal vez,  a lo mejor, por ser más ancho que mis compañeros, en la portería podría evitar los goles. Como yo le caía bien a Carlos Fernando, el capitán del equipo, para consolarme me contó que el caimán Sánchez había hecho una “voladora mundo” para salvar a la selección Colombia de la derrota ante… ¿ante quién? No sé, habría que preguntarle a él que todo lo sabía. Yo sólo tenía claro que existían el Medellín y el Nacional y que en mi casa todos éramos hinchas del Medellín porque nos parecía más animado el rojo que el verde, porque era del mismo color del partido liberal  y porque tenía el nombre de la ciudad. Al estadio había ido a practicar tambor con la banda de los niños del Colegio de la Presentación pero jamás a ver un partido de fútbol.

A los quince minutos del primer tiempo, cuando llevábamos tres goles en contra, decidieron sacarme de portero y ponerme a jugar adelante.  Ninguno me sonreía y, lo peor,  nadie me pasaba el balón. Entonces empecé a caminar hacia adelante mientras Carlos Fernando y Hernán Darío luchaban por descontar el abultado marcador en una cancha  empantanada.  Ellos hacían todo el trabajo, el resto era una parranda de muchachitos gritones que pedían que se la pasaran, pero cuando la recibían la perdían.  Carlos Fernando se bailaba a todos, era un crack, y Hernán Darío que tenía buena técnica e intuición le hacía una buena compañía en las paredes.  El problema fue que una de las bestias tiesas que los perseguía le dio un empujón a Carlos Efe, así le decíamos,  y enseguida una patada que lo envió al pantanero donde  quedó revolcándose de dolor. La pelota quedó al alcance de  Hernán Darío que aprovechó la ley de la ventaja y siguió corriendo hacia el arco, justo en dirección al ala por donde yo caminaba atontado. De pronto sacó un gesto de esos que se veía en televisión y fue a hacer un chute al arco, pero del cielo le cayó el portero y lo tumbó. Ambos rodaron por el lodazal  y el balón llegó al lado de mis enormes guayos. Era un número cinco de aguja, grande, profesional, el mismo que minutos antes me había  pasado debajo de mis piernas, o sobre mi cabeza, o se me había soltado de las manos para convertirse en malditos tres goles y me había convertido en la vergüenza del equipo;  pero  ahora, de repente, parecía sumiso y arrepentido. Sentí que  me hacía señas, me rogaba que simplemente  lo empujara. A lo lejos, Carlos Fernando  gritaba: ¡Dale, metelo, dale, metelo! En un acto de decisión le pegué un golpe con la punta de mis guayo derecho relleno de papel periódico. Sentí que las figuras arrugadas del Caimán Sánchez y Canocho Echeverri se solidarizaban con mi valentía y abrían su boca haciéndole un soberano dúo a mis brazos para gritar Gol, gol. Gol ¡golazo! Una algarabía  y mil sonrisas se apoderaron de las caras de todos los del equipo que vinieron corriendo a abrazarme.  Buena, buena, me convertí repentinamente en un líbero. Era una ficha libre que hacía lo que me daba la gana, hasta que Carlos efe me paró y me dijo. Quedate allá donde metiste el gol. Le hice caso. Gracias a su consejo y a sus pases precisos, después de su enconada lucha con los enemigos que lo dejaban siempre en el pantano, metí los dos goles que faltaban, empujaditos por mis guayos prodigiosos. Quedamos tres a tres.

Bueno, ya está bien. Quítate esos guayos. Era hora de dormir y mi madre me miraba amenazante. Si no te los quitas ya mismo, no te doy el permiso para jugar en el próximo partido. Se agachó, desamarró los cordones y de un jalón los separó de mis pies. Hasta mañana, que la virgen te acompañe. A medianoche me despertó una rasquiña en los dedos de los pies y dos días después estaba invadido por los hongos. 
-Eso fueron esos guayos... es mejor que no los uses. 
Ví cuando los echaron a la basura, pero era tal la rasquiña que no dije nada. El doctor me recetó un talco que calmó rápidamente las molestias y vi, noche tras noche, como sanaban mis pies. Fui al partido siguiente con tenis y medias blancas nuevas pero el profesor no me permitió entrar a la cancha.   Julián, otro amigo que tampoco llevó guayos me miró y sonrió. 
- ¿Vos sabés jugar ping-pong?
- No... 
- No importa, vamos, yo te enseño.

miércoles, 25 de junio de 2014

OFF SIDE - crónica de un crónico mundialista

PRIMER TIEMPO.

EN EL CORNER

¿Quién me sacará de este sofá? Es de cuero, comodísimo, y tiene enfrente una pantalla plana, digital, de 42 pulgadas afiliada  a un programador que nos asegura que pasará en directo y en alta definición los 64 partidos de la Copa Mundo. He visto dieciocho en seis días.

Un arrume de platos sucios en el piso y sobre la mesita donde puso mi señora el sancocho que preparó el día de la inauguración, entreverados con copas manchadas por el fondo de vino seco y pepitas de maní, uvas pasas, crispetas o migas de galletas de soda, completan el paisaje.

-No sea tan mentiroso.- Me grita un limpiador de vidrios desde un edificio vecino.  El intruso espía los goles en el reflejo de la pantalla sobre los cristales del apartamento. Está bien, le hago caso. Lo confieso: el paisaje no es el de un bazuquero aferrado a su pánico… aunque esta adicción a la pantalla despierta, en los espacios de comerciales que separan los partidos, a la monja superiora que hay en mí y viene con su rejo a regañarme con su voz de camionera enfurecida: Pareces un vicioso envuelto entre los escombros de tu ruina. Tampoco es para tanto… ella exagera.

Cada que me levanto para ir al baño recojo los trastes y me imagino cómo sería la cara de Sally encontrándome entre cartones y periódicos mugrosos, regueros pegajosos de jugos y licores, orines concentrados y mierda original.

-¡Te vas! Te vas de aquí ya o llamo a la policía-.  O quizás saldría a buscar a Luz Elena, su amiga médica, para que la aconseje si es mejor abandonarlo a su suerte o para que traiga un sedante y me lo inyecte.

-¿Qué sería mejor? ¿Que se lo lleven para el sanatorio? ¿o apagarle la tele? Desesperada, le arrebaté el control y apagué el aparato, le dice a Luz Elena, y como una fiera saltó del sofá hasta la cocina. Agarró un cuchillo afilado y me amenazó.

- ¡Entrégame eso ya mismo o te mato!

-Hubieras visto, querida. Bastó simplemente con encenderle de nuevo esa porquería de aparato para que volviera a su lugar y quedara reposando como un gatito tierno acomodado en su lecho.-


Cómo no permanecer enfrente de la tele si esa competencia es la guerra total. Hay acción, hay tensión, hay emoción. No sé cuántos  países desprendidos del mapamundi y convertidos en figuritas de colores, corriendo sin cesar detrás de un balón blanco,  nos obligan, a los espectadores, pintorreteados con las banderas de su ejército en las gradas de los estadios, y  a mí, en mi maravilloso sofá, a gritar,  suspirar, comernos las uñas, insultar, protestar, sufrir, vociferar, celebrar, celebrar y celebrar... o llorar. Yo no juego. Observo. Vivo el espectáculo aferrado a este sofá.  
Continuará...
He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.