Se recortan las agendas
se alargan las indescifrables esperas
se programan magistrales sesiones de paciencia
se disponen sobre la mesa las pócimas imprecisas
que definen la coagulación mantienen la presión y regulan el ritmo.
Me he inyectado en la barriga una dosis de esperanza
y el hilillo de sangre al extraer la aguja no cesa
La inocente hemofilia que espanta la conformación del trombo
el tapón, el infarto, el eco del gran susto mancha el hilván de la cintura
me deja boquiabierto desconcertado
hace que mis manos se esfuercen en borrar
con un trocito de algodón culpable
el sendero hacía el abismo
que como una estalactita
recrea el horizonte y
proyecta el asombro impreciso
viernes, 22 de abril de 2011
viernes, 8 de abril de 2011
Rutas documentales, rutas de vida.
De MEDELLÍN a BOGOTÁ a CALI a BUENOS AIRES a BARRANQUILLA Y SANTAMARTA a ATLANTIDA a BIARRITZ a CARTAGENA a THESSALONNIKI a NYON a BUENOS AIRES... a ?¿Cómo prever el camino de una película? Jamás imaginé trazar en el mapa esta extraña ruta. La vida de una obra, en este caso una película documental, es absolutamente independiente de la voluntad de quienes la fabrican. Un día recibí una carta de Biarritz diciéndome que BEATRIZ GONZÁLEZ ¿POR QUÉ LLORA SI YA REÍ? había sido seleccionada para participar en FIPA. ¿Cómo? Yo no he enviado la copia a pre-selección... Que a madame Teresa Cavani, la directora artística le encantó esa peli, que la vio en la preselección de Abu Dhabi, donde había sido presentada por Denis DeLaRoca el programador latinoamericano que la descubrió en el BAM (Mercado Audiovisual de Bogotá) Ah... pues sensacional. Y, sin pensarlo un segundo, dije que sí, acepto, inclúyanla en el programa. Y fue seleccionada en la competencia de la categoría Documental de Creación. Entendí que la exclusión del festival de los Emiratos, pero la inclusión en este encuentro europeo de programas audiovisuales le marcaba un nuevo derrotero. Quizás le cerraba puertas para otros festivales en Francia, pero ¿cuál es el mejor? Hay una larga lista que va por todas las ciudades de ese país y del mundo a las que uno envía porque tienen reputación, son afines al género o, en muchos casos a la lengua o región del mundo de donde provienen. En el mundillo cinematográfico se dice que uno debe intentar pasar en Cannes, Venezia o Berlín y después...? Si te seleccionan allí eres alguien, haces parte de las ligas mayores, después que venga lo que sea. Yo me había ilusionado el año pasado con Venezia. En el festival de Cartagena encontré a Luciano Barisone, director del festival dei Popoli en Florencia, le entregué el último corte sin mezcla ni corrección de color y a los pocos días me envió una carta maravillosa hablándome de la peli, de su importancia histórica y artística, y preguntándome si podía enviarle la copia al director de la Mostra porque consideraba que era una película digna para ese tipo de evento. Y esa felicidad que comienza a metérsele a uno en el alma, carajo. Retardé la salida de la peli hasta que un día recibí u correo de Venezia y otro de Florencia diciéndome que niente, que muchas gracias, que han recibido este año no sé cuántas mil películas y que no había caso... joder. Pero al mismo tiempo me entero que la selección de la Muestra Internacional de Bogotá la ha seleccionado para la sesión inaugural y me pongo feliz pues me viene al recuerdo que mi motivación mayor al realizar esta película era, como lo he venido diciendo desde hace años: jugar de local: hablar bien cerca, a los amigos, a la familia, a los que viven en este territorio azotado por los problemas o las dichas que me obsesionan. Tratar de filmar y narrar "bien", claramente, sin esconder, tratar de profundizar, de tomarme todo el tiempo necesario, de tocar temáticas que nos desbordan desde otros puntos de vista, para ver si es posible aclarar, recordar, provocar la reflexión, el entretenimiento conmovedor, la re-conquista de la fragilidad del cuerpo ante el bomberdeo de secuencias, imágenes, de relatos audio-visuales, que pareciera nos hubieran llevado a una insensibilidad lamentable. En fin. Y, si esta conversación íntima es escuchada por un oído externo, entrometido, que considera importante su contenido, pues que lo lleve, que le abra nuevos horizontes. Que internacionalice su visión. Curioso. Han pasado varios meses después de la primera presentación de "Beatriz..." y me encuentro con una sucesión de palabras que hacen parte de un mapa inimaginado. Que me comprueban que este ser camina o vuela o serpentea o nada. Que se mueve, que está vivo. He sido testigo en las presentaciones donde he estado presente que la pdelícula conmueve. A veces me dicen, su película está en competencia... ¿Competencia? ¿De qué? ¿Contra qué o quién? En el fondo una voz me dice: ¿Cómo va a estar compitiendo esta película si lo único que propone es una reflexión sobre el papel del arte en el destino de la humanidad, el compromiso del artista como relator del destino trágico de la humanidad…? Si lo único que cuenta es la obsesión de una señora artista colombiana que se volvió víctima de la historia de su país y decidió colaborar simbólicamente a darle justa sepultura a los innumerables muertos de su patria... Extraño oficio de concursante y competidor en el que caemos o en el que el oficio nos confina. Todo es cuestión de imagen. Imagen para las imágenes que hacemos, imagen para la imagen que queremos darnos a nosotros como artistas, como pensadores, como relatores.
Imagino a veces que realmente soy independiente y no caigo en eso. Pero empieza esa duda ¿será que más allá de los festivales, donde si a uno le va bien, llegan 500 personas a ver la película, podremos llevarle al "público en general" nuestro trabajo? Será que sin el peso mediático que teóricamente agregan a la película los festivales sobrevivirá en el tiempo? ¿Será que lograremos rentabilizar esta inversión económica, energética, creativa, que hemos depositado en la película? Vaya a saberse. Recuerdo que mi plan local de distribución ha sido diseñado para que se presente en cementerios, en espacios funerarios, en fosas comunes y camposantos…
Había comenzado a escribir este texto unos días antes del infarto. Curiosamente estuve al borde de volver a los cementerios pero como cuerpo o cenizas. Hoy recibí la noticia de que Documenta Madrid no está interesada en mi película, recuerdo que mañana debía salir rumbo a Buenos Aires para acompañar mi película en el Bafici. La temática de la obra curada, o aceptada, o seleccionada, o bendecida por los peritos vuelve a ser relevante. La obsesión por llegar a un público ante quien la película sea útil desde el punto de vista de lo que el artista considera útil vuelve a ser preponderante. Ahora las órdenes médicas me piden, exigen, imponen, calma. Debo replantear la dosificación de la energía. Más que lanzarme con una lanza loca contra las aspas de los molinos de la industria me tocará convencer a ilusos divertidos y eficaces de que estos rituales cargados de reflexiones locales son importantes, necesarios, más allá del esplendor mediático de los eventos cinematográficos. Que la cinematografía documental en la que me he embarcado no es más que un detonador de pensamiento vestido con secuendias de dolor y risa, un trazo más de otro proyecto mayor de acción ética, de comportamiento ante los misterios de la existencia y un antídoto contra esta barbarie humana, bien encorbatada y engallada de bijouterie barata , que tanto dolor y miseria ha esparcido a lo largo y ancho del planeta redondo.
Los paseos de la muerte
Los
paseos de la muerte son unas romerías que en muchas oportunidades deben seguir
los usuarios rasos del sistema de salud colombiano. Consisten en unos desplazamientos
entre quejidos y blasfemias a través de unidades de urgencia de hospitales que
dependen de las entidades prestadoras de servicio, las cuales colocan unos
anillos de seguridad, o filtros, para impedir que se les cuele alguien que
según unos evaluadores, de dudosa procedencia o malintencionada instrucción,
tenga una afección que no sea "de vida o muerte", y que requiera de
la utilización de tecnología costosa. Ese fue más o menos mi caso. Fueron
desafortunadas cuarenta horas de dolor, desconcierto e indignación que
terminaron con un infarto grave que me ha tenido ya 12 días en el hospital.
Como
la Parca a veces se despista, al parecer se enrumbó en la esquina y se le
olvidó recoger el bulto que tenía haciendo cola en la próxima parada de su
carroza mortuoria, dejando a su contenido padecer conectado a un servicio de
cuidados intensivos, ligado a los líquidos vitales por mil tubitos y sedado por
gruesas dosis de morfina. No era el momento, todavía.
La
sabiduría del corazón se enriqueció con dolorosas vivencias de otros pacientes
multifacéticos que derramaban sus quejidos en la larga galería de camillas.
Ojalá que esta infusión de realismo abrupto ayude a apaciguar muchos afanes que
tanta pelotera humana, tanto insólito cataclismo terráqueo, tanta porquería
social, tanta partícula mugrosa en el aire, nos traen a diario a las ventanas
múltiples del cuerpo, el apartamento, la vida.
Mientras, preparo un temita por los lados de la Sierra de Santa
Marta a ver si los hermanitos mayores, tan maltratados ellos, nos dan algunas
pistas elementales.
Les va un abrazote desde esta salita del hospital San Ignacio
desde la que logro, por fortuna, acariciar un boceto de los cerros orientales
bogotanos.
viernes, 14 de enero de 2011
Feliz año y buenas noticias: FIPA 2011

¡Por fortuna fuimos al mar! El agua, la madre, la patrona que tanto azotó a Colombia a finales del 2010, fue también la dócil niñera que me libró de ese cansancio almacenado en un año de mucho trabajo. Fuimos al Caribe y tuvimos el privilegio de nadar, cantar, leer, comer, beber, vivir profundamente con amigos de los buenos y exterminar toxinas, descargarle a los sueños malos recuerdos, retonificar con vitamina sol esta piel enmohecida por el frío bogotano. En fin. Dejemos para después la croniqueadería y contemos alguna noticia interesante para comenzar el año. Aquí va este comunicado de prensa que habla de los planes nuevos y resume las acciones de la peli Beatriz G, durante el año anterior.
BEATRIZ GONZÁLEZ ¿POR QUÉ LLORA SI YA REÍ?
Competencia oficial FIPA 2011- Sección documentales de creación.
El largometraje documental COLOMBIANO BEATRIZ GONZALEZ ¿POR QUÉ LLORA SI YA REÍ?, realizado por Diego García-Moreno se presentara el 28 y 29 de enero en la competencia oficial del festival internacional de programas audiovisuales FIPA, dentro de la categoria documentales de creación, que abrira su versión numero 24 en la ciudad de Biarritz, Francia.
http://www.fipa.tm.fr/en/programs/2011/beatriz-gonzalez-21930.htm
Esta película producida por Lamaraca producciones con el apoyo del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico de Colombia, también hace parte de la selección oficial del BAFICI de Argentina que se llevará acabo en Buenos Aires en el mes de abril.
BEATRIZ GONZÁLEZ continua así el recorrido de festivales que inicio en el 2010, con su presencia en, la clausura del Festival Internacional de Cine Sin Fronteras de Medellín, la gala de inauguración de la Muestra internacional documental de Bogotá, la selección Doc BsAs y su participación en la competención oficial en el Festival Internacional de Cine de Cali, y el Festival Atlantidoc de Uruguay .
Estableciendo una relación privilegiada entre el arte y la cinematografía, este documental de creación fue seleccionado por el SALON DE ARTISTAS NACIONALES para las jornadas inaugurales que se realizaron en Barranquilla y Santa Marta, quedando pendiente la presentación el próximo 9 de febrero en Cartagena.
Para su difusión nacional, el equipo de Lamaraca prod. ha diseñado PROYECTANDO MEMORIA, un peregrinaje artístico por los espacios funerarios de Colombia, utilizando el cine, el arte y la reflexión como un acto de reparación y sanación ante la devastadora muerte violenta que ha desangrado el país en las últimas décadas. Ya se han realizado presentaciones en el Cementerio Central de Bogotá y en el cementerio de San Lorenzo de Medellín.
Para mayor información, visitar:
http://www.lamaracaproducciones.com/
http://www.facebook.com/pages/Proyectando-Memoria/109208502477262
http://diegogarciamoreno.blogspot.com/
O escribir a
mailto:lamaracaprod@yahoo.com
lunes, 15 de noviembre de 2010
Contra Escena
CINE EN EL CEMENTERIO.
14/11/10| Por:sandroromerorey
Diego García siempre me ha rimado con la Dirección de Fotografía. Sé de su existencia desde hace muchos años, cuando era estudiante de cine en Francia junto a su hermano Sergio. Los llamaban ¿los hermanos Taviani¿, como sus émulos italianos. A su regreso a Colombia, Diego y quien escribe nos cruzamos en el rodaje de dos de los documentales memorables de Luis Ospina (¿Antonio María Valencia: música en cámara¿ y ¿Ojo vista, peligra la vida del artista¿) donde Diego ofició como el hombre de las luces. Años después, coincidimos por las mismas calles parisinas, mientras él armaba proyectos imposibles de largo metraje y rodaba, sin ningún afán, las imágenes de lo que luego sería uno de sus trabajos más destacados: ¿Las castañuelas de Nôtre Dame¿. En el nuevo milenio, ambos sentamos cabeza en Bogotá, tuvimos hijos casi el mismo año (por supuesto, cada uno con su respectiva fémina) y tomamos resoluciones contundentes con respecto a nuestros destinos: haríamos lo que realmente nos diera la gana. En ese sentido, Diego ha triunfado. Al decidir que la utopía del cine en Colombia no está de su lado, optó por inventarse su propia manera de distribuir sus películas. Con ¿El corazón¿, para no ir más lejos, ha viajado por todo el país, con el film en su mochila, inventándose foros interminables con los espectadores y convirtiendo el acto de la proyección en un punto de partida para la reflexión. Diego no le ha querido vender el alma a ningún diablo. Cada vez es más rebelde, más intransigente y más convencido de la eficacia de sus trabajos. Por eso, luego de reencontrarnos en el Festival de Cine de Cali, donde presentó su último documental sobre la artista Beatriz González (titulado ¿¿Por qué llora si ya reí?¿), le pedí el favor de que me dijera cuándo sería otra proyección de su nuevo largo. ¿La próxima vez será en el Cementerio Central de Bogotá¿, me dijo, con una temible cara de palo. Al principio pensé que me estaba tomando del pelo, pero luego me di cuenta de que me estaba cursando una invitación. Sí. La proyección de ¿Beatriz González, ¿para qué llora si ya reí?¿ sería el 11 de noviembre del año de gracia de 2010. No lo dejé pasar por alto y, acompañado de Vivian Newman (quien sólo admite bailar con parejos como Diego) nos fuimos a la cita funesta. Yo sabía que en el Cementerio Central le habían rendido un homenaje a Jairo Pinilla (el conocido ¿Ed Wood colombiano¿) y, poco antes de morir, Carlos Mayolo había seguido la saga con una memorable proyección de su ¿ópera prima¿ titulada ¿Carne de tu carne¿. En este caso, Diego había sido invitado a un evento insólito: ¿El primer encuentro de cementerios patrimoniales de Colombia, gestión y valoración¿. ¿Por qué a Diego? Porque su película era la recuperación del trabajo de Beatriz González con las nueve mil lápidas del derruido columbario del camposanto capitalino y, prácticamente, dicha necrópolis era su principal locación. Así que hasta allá rodamos, en una noche helada donde, por fortuna, no cayó ni una sola gota de la infinita temporada invernal colombiana, que me adelanto a llamar ¿la temporada infernal¿. La proyección estaba programada para las seis y treinta de la tarde, pero todo se atrasó. No puedo decir que esto era típico de los encuentros de cementerios patrimoniales, por razones obvias, pero no nos arrepentimos, puesto que tuvimos tiempo para conversar con Diego y luego para oír una interesantísima ponencia, que limitaba con el surrealismo, donde una ¿especialista¿ del cementerio de Barcelona explicaba las ventajas de su propia necrópolis, como si ella fuese la directora de la oficina de turismo del Más Allá. Diego nos contó que no quería haber hecho la proyección en la capilla del Cementerio Central sino en el mismísimo columbario, puesto que allí era el epicentro de la obra de su homenajeada. ¿Menos mal¿, pensamos con Vivian al unísono. De lo contrario hubiésemos sido los próximos habitantes del camposanto, víctimas del frío sobrenatural que allí reinaba. Por fin, a las nueve y treinta de la noche, la película de Diego García-Moreno vio la luz. Hora y media después, entendimos la insistencia de Diego por hacer la proyección en el columbario. Nuestro amigo quería organizar una instalación que funcionase como el hombrecillo de la antigua lata de la Avena Quaker (ya se sabe: un hombre que sostiene una lata en la que se ve a un hombre que sostiene una lata en la que se ve a¿). En este caso, una proyección en un columbario, donde se ven las imágenes del columbario, etc. Y, por supuesto, ello justificaría esta nota, el hecho de que esté publicada en un espacio donde se escribe sobre las artes escénicas. Porque, una vez más, insisto. Las artes escénicas cada vez más dependen de las artes plásticas. Y éstas dependen cada vez más del cine. Y las artes escénicas cada vez más son ejercicios dancísticos, en fin. En el arte, todo ya es todo. El evento del Cementerio Central era un ¿performance avant la lettre¿, si se me permite el políglota juego de palabras. Por su parte, la película ¿Beatriz González, ¿por qué llora si ya reí?¿ es un fresco impresionante sobre la historia colombiana, a partir de una reflexión sobre el tema de la muerte. La obra de González en el cementerio es un punto de partida, pero el punto de llegada apunta mucho más lejos. Es un viaje al Hades nacional, donde García actúa como Caronte. Al comienzo, el realizador se plantea la pregunta: ¿por qué una artista como Beatriz González, que tanto había hecho reír a su público con su ácida versión de los acontecimientos locales, se decide a pintar un autorretrato donde se la ve llorando? La respuesta la da la misma Beatriz: la realidad colombiana ya no es motivo de burla, después de lo sucedido en el holocausto del Palacio de Justicia. Tomando como hilo conductor la historia de Beatriz González, Diego se encarga de contar la historia de Colombia y su obstinada relación con la muerte. Desde los suicidas del Sisga, pasando por el estatuto de seguridad de Turbay o diseccionando a Belisario Betancur con sus altos mandos militares, la obra de la artista santandereana es un pavoroso motor que impulsa a la reflexión sobre un país y a contarnos cómo la historia del arte también se tiñe de sangre. No creo equivocarme si digo que el film de Diego García es una obra de madurez, que consolida el recorrido de un artista y, al mismo tiempo, es la historia universal de la infamia colombiana. Creo que, guardadas proporciones, este trabajo es equivalente a obras como ¿Un tigre de papel¿ del citado Luis Ospina, ¿El abogado del terror¿ de Barbet Schroeder o ¿Guest¿ de José Luis Guerín. Películas-río, donde un tema (una artista, un hombre de izquierda, un abogado, un realizador en los festivales de cine¿) sirve como hilo conductor para contar una totalidad, un universo, una generación, un macrocosmos. Tanto Vivian como yo, quedamos consternados. E igual sucedió con la centena de necrófilos que fueron, que fuimos, al Cementerio Central. Allí supimos, a su vez, que el recorrido del film no será en las gastadas salas de cine del país, según García. Las proyecciones se harán en los distintos camposantos nacionales (San Agustín, fosas comunes, cementerios de distintas religiones, templos¿). Ya tiene trazado todo un mapa. Yo lo seguiría de todo corazón, pero el tiempo no le da tiempo al tiempo. Le di, le dimos, las gracias a Diego por la invitación y salimos del cementerio. Buscamos el carro, salimos en reversa, antes de que nos diera la medianoche. Pero nos perdimos. Increíble pero cierto. Nos perdimos en el laberinto de nuevos columbarios. En una oscuridad digna del film ¿La noche de los muertos¿ de mi pariente George A. Romero, seguíamos el rastro de los focos pálidos del Volkswagen de Vivian y comenzamos un asfixiante recorrido en redondo. ¿¡Diego!¿, gritamos al unísono. Pero el cementerio ya había sido cerrado. Por fortuna, en la cripta donde yacemos, hay espacio para escribir estas líneas. Esperamos que algún alma buena se encargue de rescatarnos y de llevarnos a un sitio seguro. El histriónico Diego García-Moreno se ha salido con la suya.
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con etiquetas: diego garcÍa-moreno, beatriz gonzÁlez, ¿por quÉ llora si ya reÍ?
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CINE EN EL CEMENTERIO.
14/11/10| Por:sandroromerorey
Diego García siempre me ha rimado con la Dirección de Fotografía. Sé de su existencia desde hace muchos años, cuando era estudiante de cine en Francia junto a su hermano Sergio. Los llamaban ¿los hermanos Taviani¿, como sus émulos italianos. A su regreso a Colombia, Diego y quien escribe nos cruzamos en el rodaje de dos de los documentales memorables de Luis Ospina (¿Antonio María Valencia: música en cámara¿ y ¿Ojo vista, peligra la vida del artista¿) donde Diego ofició como el hombre de las luces. Años después, coincidimos por las mismas calles parisinas, mientras él armaba proyectos imposibles de largo metraje y rodaba, sin ningún afán, las imágenes de lo que luego sería uno de sus trabajos más destacados: ¿Las castañuelas de Nôtre Dame¿. En el nuevo milenio, ambos sentamos cabeza en Bogotá, tuvimos hijos casi el mismo año (por supuesto, cada uno con su respectiva fémina) y tomamos resoluciones contundentes con respecto a nuestros destinos: haríamos lo que realmente nos diera la gana. En ese sentido, Diego ha triunfado. Al decidir que la utopía del cine en Colombia no está de su lado, optó por inventarse su propia manera de distribuir sus películas. Con ¿El corazón¿, para no ir más lejos, ha viajado por todo el país, con el film en su mochila, inventándose foros interminables con los espectadores y convirtiendo el acto de la proyección en un punto de partida para la reflexión. Diego no le ha querido vender el alma a ningún diablo. Cada vez es más rebelde, más intransigente y más convencido de la eficacia de sus trabajos. Por eso, luego de reencontrarnos en el Festival de Cine de Cali, donde presentó su último documental sobre la artista Beatriz González (titulado ¿¿Por qué llora si ya reí?¿), le pedí el favor de que me dijera cuándo sería otra proyección de su nuevo largo. ¿La próxima vez será en el Cementerio Central de Bogotá¿, me dijo, con una temible cara de palo. Al principio pensé que me estaba tomando del pelo, pero luego me di cuenta de que me estaba cursando una invitación. Sí. La proyección de ¿Beatriz González, ¿para qué llora si ya reí?¿ sería el 11 de noviembre del año de gracia de 2010. No lo dejé pasar por alto y, acompañado de Vivian Newman (quien sólo admite bailar con parejos como Diego) nos fuimos a la cita funesta. Yo sabía que en el Cementerio Central le habían rendido un homenaje a Jairo Pinilla (el conocido ¿Ed Wood colombiano¿) y, poco antes de morir, Carlos Mayolo había seguido la saga con una memorable proyección de su ¿ópera prima¿ titulada ¿Carne de tu carne¿. En este caso, Diego había sido invitado a un evento insólito: ¿El primer encuentro de cementerios patrimoniales de Colombia, gestión y valoración¿. ¿Por qué a Diego? Porque su película era la recuperación del trabajo de Beatriz González con las nueve mil lápidas del derruido columbario del camposanto capitalino y, prácticamente, dicha necrópolis era su principal locación. Así que hasta allá rodamos, en una noche helada donde, por fortuna, no cayó ni una sola gota de la infinita temporada invernal colombiana, que me adelanto a llamar ¿la temporada infernal¿. La proyección estaba programada para las seis y treinta de la tarde, pero todo se atrasó. No puedo decir que esto era típico de los encuentros de cementerios patrimoniales, por razones obvias, pero no nos arrepentimos, puesto que tuvimos tiempo para conversar con Diego y luego para oír una interesantísima ponencia, que limitaba con el surrealismo, donde una ¿especialista¿ del cementerio de Barcelona explicaba las ventajas de su propia necrópolis, como si ella fuese la directora de la oficina de turismo del Más Allá. Diego nos contó que no quería haber hecho la proyección en la capilla del Cementerio Central sino en el mismísimo columbario, puesto que allí era el epicentro de la obra de su homenajeada. ¿Menos mal¿, pensamos con Vivian al unísono. De lo contrario hubiésemos sido los próximos habitantes del camposanto, víctimas del frío sobrenatural que allí reinaba. Por fin, a las nueve y treinta de la noche, la película de Diego García-Moreno vio la luz. Hora y media después, entendimos la insistencia de Diego por hacer la proyección en el columbario. Nuestro amigo quería organizar una instalación que funcionase como el hombrecillo de la antigua lata de la Avena Quaker (ya se sabe: un hombre que sostiene una lata en la que se ve a un hombre que sostiene una lata en la que se ve a¿). En este caso, una proyección en un columbario, donde se ven las imágenes del columbario, etc. Y, por supuesto, ello justificaría esta nota, el hecho de que esté publicada en un espacio donde se escribe sobre las artes escénicas. Porque, una vez más, insisto. Las artes escénicas cada vez más dependen de las artes plásticas. Y éstas dependen cada vez más del cine. Y las artes escénicas cada vez más son ejercicios dancísticos, en fin. En el arte, todo ya es todo. El evento del Cementerio Central era un ¿performance avant la lettre¿, si se me permite el políglota juego de palabras. Por su parte, la película ¿Beatriz González, ¿por qué llora si ya reí?¿ es un fresco impresionante sobre la historia colombiana, a partir de una reflexión sobre el tema de la muerte. La obra de González en el cementerio es un punto de partida, pero el punto de llegada apunta mucho más lejos. Es un viaje al Hades nacional, donde García actúa como Caronte. Al comienzo, el realizador se plantea la pregunta: ¿por qué una artista como Beatriz González, que tanto había hecho reír a su público con su ácida versión de los acontecimientos locales, se decide a pintar un autorretrato donde se la ve llorando? La respuesta la da la misma Beatriz: la realidad colombiana ya no es motivo de burla, después de lo sucedido en el holocausto del Palacio de Justicia. Tomando como hilo conductor la historia de Beatriz González, Diego se encarga de contar la historia de Colombia y su obstinada relación con la muerte. Desde los suicidas del Sisga, pasando por el estatuto de seguridad de Turbay o diseccionando a Belisario Betancur con sus altos mandos militares, la obra de la artista santandereana es un pavoroso motor que impulsa a la reflexión sobre un país y a contarnos cómo la historia del arte también se tiñe de sangre. No creo equivocarme si digo que el film de Diego García es una obra de madurez, que consolida el recorrido de un artista y, al mismo tiempo, es la historia universal de la infamia colombiana. Creo que, guardadas proporciones, este trabajo es equivalente a obras como ¿Un tigre de papel¿ del citado Luis Ospina, ¿El abogado del terror¿ de Barbet Schroeder o ¿Guest¿ de José Luis Guerín. Películas-río, donde un tema (una artista, un hombre de izquierda, un abogado, un realizador en los festivales de cine¿) sirve como hilo conductor para contar una totalidad, un universo, una generación, un macrocosmos. Tanto Vivian como yo, quedamos consternados. E igual sucedió con la centena de necrófilos que fueron, que fuimos, al Cementerio Central. Allí supimos, a su vez, que el recorrido del film no será en las gastadas salas de cine del país, según García. Las proyecciones se harán en los distintos camposantos nacionales (San Agustín, fosas comunes, cementerios de distintas religiones, templos¿). Ya tiene trazado todo un mapa. Yo lo seguiría de todo corazón, pero el tiempo no le da tiempo al tiempo. Le di, le dimos, las gracias a Diego por la invitación y salimos del cementerio. Buscamos el carro, salimos en reversa, antes de que nos diera la medianoche. Pero nos perdimos. Increíble pero cierto. Nos perdimos en el laberinto de nuevos columbarios. En una oscuridad digna del film ¿La noche de los muertos¿ de mi pariente George A. Romero, seguíamos el rastro de los focos pálidos del Volkswagen de Vivian y comenzamos un asfixiante recorrido en redondo. ¿¡Diego!¿, gritamos al unísono. Pero el cementerio ya había sido cerrado. Por fortuna, en la cripta donde yacemos, hay espacio para escribir estas líneas. Esperamos que algún alma buena se encargue de rescatarnos y de llevarnos a un sitio seguro. El histriónico Diego García-Moreno se ha salido con la suya.
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jueves, 11 de noviembre de 2010
Mensaje para la Inauguración del 42 Salón de Artistas
He solicitado a Sally que lea ante los presentes estas palabras.
Bogotá, noviembre 11 de 2010
Mensaje para el acto de INAUGURACIÓN DEL 42 SALÓN NACIONAL DE ARTISTAS en La Cueva- Barranquilla
“Al tiempo que mi película BEATRIZ GONZÁLEZ ¿POR QUÉ LLORA SI YA REÍ? participa en la jornada inaugural del 42 Salón de Artistas Nacionales en Barranquilla, en presencia de la artista que la inspiró, a la misma hora, en el Cementerio Central de Bogotá es proyectada en la clausura del primer encuentro de Cementerios Patrimoniales de Colombia donde estaré presente. ¿Azar o destino? De todas formas, afortunada coincidencia que simboliza el espectro del “quéhacer” artístico y el profundo compromiso que el cine documental tiene con el devenir del territorio que le da su sentido de existencia.
Cómo quisiera estar con ustedes en el recinto donde se celebra el arte y se rinde homenaje a la maestra que dio pie al relato que van a ver. Pero el plan de difusión para esta película, como un nuevo plan de rodaje, es una larga ruta, como un eco a la labor de la maestra y como un acto de reflexión y reparación con la muerte violenta que ha invadido a Colombia; entonces debo permanecer solidario, estar presente para darle inicio al ritual. En esta oportunidad, el arte peregrinará entre espacios funerarios: Imágenes y ánimas, fantasmas y presencias se conjugarán ante los espectadores con el propósito de reflexionar y celebrar la vida.
Para todos los artistas de Colombia, para los gestores de la cultura, para todos aquellos que ayudan a la creación y circulación de nuestras obras, un gran abrazo. Espero poder acompañarlos en la segunda etapa de su recorrido Caribe.”
Diego García Moreno
Bogotá, noviembre 11 de 2010
Mensaje para el acto de INAUGURACIÓN DEL 42 SALÓN NACIONAL DE ARTISTAS en La Cueva- Barranquilla
“Al tiempo que mi película BEATRIZ GONZÁLEZ ¿POR QUÉ LLORA SI YA REÍ? participa en la jornada inaugural del 42 Salón de Artistas Nacionales en Barranquilla, en presencia de la artista que la inspiró, a la misma hora, en el Cementerio Central de Bogotá es proyectada en la clausura del primer encuentro de Cementerios Patrimoniales de Colombia donde estaré presente. ¿Azar o destino? De todas formas, afortunada coincidencia que simboliza el espectro del “quéhacer” artístico y el profundo compromiso que el cine documental tiene con el devenir del territorio que le da su sentido de existencia.
Cómo quisiera estar con ustedes en el recinto donde se celebra el arte y se rinde homenaje a la maestra que dio pie al relato que van a ver. Pero el plan de difusión para esta película, como un nuevo plan de rodaje, es una larga ruta, como un eco a la labor de la maestra y como un acto de reflexión y reparación con la muerte violenta que ha invadido a Colombia; entonces debo permanecer solidario, estar presente para darle inicio al ritual. En esta oportunidad, el arte peregrinará entre espacios funerarios: Imágenes y ánimas, fantasmas y presencias se conjugarán ante los espectadores con el propósito de reflexionar y celebrar la vida.
Para todos los artistas de Colombia, para los gestores de la cultura, para todos aquellos que ayudan a la creación y circulación de nuestras obras, un gran abrazo. Espero poder acompañarlos en la segunda etapa de su recorrido Caribe.”
Diego García Moreno
¿Azar o destino?
HOY , 11 de noviembre 2010,¿azar o destino? BEATRIZ GONZÁLEZ ¿POR QUÉ LLORA SI YA REÍ? Inaugura el 42 salón de artistas en Barranquilla. Y clausura en el cementerio central de Bogotá El primer encuentro de Cementerios Patrimoniales. El arte crea su territorio... o lo reconstruye... o lo vive?
jueves, 21 de octubre de 2010
La película Beatriz González ¿Por qué llora si ya reí? inaugura la Muestra Internacional Documental El documental Beatriz Gonzá

El documental Beatriz González ¿Por qué llora si ya reí? de Diego García Moreno será la película de inauguración de la edición 12 de la Muestra Internacional Documental. El evento que se lleva a cabo del próximo 25 de octubre y hasta el 31 del mismo mes, es organizado por la Corporación Colombiana de Documentalistas Alados-Colombia en asocio con el Ministerio de Cultura, y una de las novedades de este año es la realización del seminario “Miradas sin fronteras” que contará con invitados de Alemania, España, Brasil y Estados Unidos, y que estará abierto al público en general.

Beatriz González ¿Por qué llora si ya reí? es un documental colombiano, de 77 minutos, que se plantea la pregunta: ¿Qué le pasó a la pintora Beatriz González, quien tantas veces nos hizo reír con la ironía de su obra, para que un día llegara a pintarse un autorretrato desnuda llorando? Desde hace tres años, mientras Beatriz elaboraba el proyecto Auras anónimas -una faraónica intervención con nueve mil lápidas en los columbarios del cementerio central de Bogotá- me di a la tarea de seguirla para contestar esa pregunta. El resultado es un documental que devela la ruta de una obra que acompañó el día a día de un país que durante más de medio siglo ha deslizado hacia la tragedia. “...Me fascinó la puesta en escena de su palabra en frente de su trabajo y confrontada a la historia reciente de Colombia. La película me parece el relato de una reflexión al mismo tiempo artística, política y humanística”, comentó sobre el documental, Luciano Barisone, director del Festival dei Popoli de Florencia, Italia.
Su director, Diego García-Moreno, lleva más de veinticinco años dedicado a la creación documental explorando a través de personajes, espacios, objetos y símbolos el sentido de nuestro tiempo, nuestro territorio Colombia y de la humanidad que nos ha correspondido vivir. Partiendo de simples elementos compuso la trilogía Colombia elemental (1992), Colombia horizontal (1998) y Colombia con-sentido (2000); así como los documentales Las castañuelas de Notre Dame (2001), El corazón (2006), ¿Y como para qué de arte de qué? (2008) y ¡Danza, Colombia! (2009). Gran parte de su obra, coproducida con Francia –país en el que realizó sus estudios en la Escuela Nacional de Cine Louis Lumiere- ha sido proyectada en canales europeos y en innumerables festivales cinematográficos.
Por su parte el seminario “Miradas sin fronteras” invita a realizadores, investigadores, productores, docentes, estudiantes y todos aquellos interesados en el lenguaje y la reflexión acerca del género documental, a compartir durante cuatro días, del 26 al 30 de octubre de 2010, de 9 de la mañana a 12 del mediodía, la experiencia de Volker Koepp (Alemania), realizador de Sommergäste bei Majakowski y Wir haben schon eine ganze Stadt gebaut, cuyo cine se centra en un número reducido de personajes a los cuales dota de voz protagónica para que relaten de primera fuente la historia personal y colectiva de los pueblos de Europa del Este, es considerado uno de los documentalistas más importantes de Alemania y su última película Flor de lila resultó ganadora en el Festival Cinema Du Reél en el año 2008; Marta Andreu (España), actual coordinadora del Máster en Documental de Creación de la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona); Lawrence Hott y Diane Garey (Estados Unidos), empezaron a trabajar juntos en el año 1978 como miembros del consorcio Florentine Films, en 1981 fundaron Florentine Films/Hott Productions Inc. Y han recibido premios como el Emmy, dos nominaciones para el Oscar, cinco premios del American Film Festival, catorce premios Golden Eagle del CINE, un premio George Foster Peabody, entre otros; Orlando Senna (Brasil) director Presidente de TAL (Televisión América Latina), inició y dirigió el proyecto de TV Brasil en 2007, creador y promotor de DOCTV Iberoamérica, propuesta asociativa entre TVs Iberoamericanas para la producción de documentales; Daupará (Colombia), experiencias documentales de y desde las comunidades indígenas colombianas vistas por sus creadores, las producciones participantes en la 12ª Muestra Internacional provienen de los pueblos Nasa, Arhuaco, Kogui, Wiwa, Kankuamo, Wayuú, Awá, Embera y afrodescendientes.
El valor de inscripción para el seminario es de 120 mil para profesionales y 60 mil pesos para estudiantes, para mayor información se puede escribir al correo electrónico muestradoc@gmail.com. Para mayor información del documental Beatriz González ¿Por qué llora si ya reí?, se puede consultar y www.diegogarciamoreno.blogspot.com.
viernes, 17 de septiembre de 2010
OPINIONES de directores y críticos sobre "BEATRIZ GONZÁLEZ ¿POR QUÉ LLORA SI YA REÍ?"

…El film es emocionante. Me gusta mucho la fluidez con que se entrelazan los diversos relatos: la palabra de Beatriz, las obras del pasado, las pinceladas, los archivos y la relación con los obreros en los Columbarios. Y, como si fuera poco, es un verdadero curso de historia: no aquella que nos cuentan en los libros, sino la del pueblo y sus sufrimientos.
Nicolas Philibert, documentalista francés
... después de ver este documental, la primera lección que aflora es la existencia de una gran artista, y su búsqueda incansable de todos los días durante cuatro décadas, ensayando formas atrevidas e imperfectas para no dejar escapar un ser de mil rostros y mil brazos…. la segunda lección del documental: el conocimiento del material del que está hecha esta obra, que es no es otro que nuestra historia.
…La tercera, es el documental mismo: tanto silencio, tanta discreción, tanto desaparecer para que aparezca el arte, es también arte...
Víctor Gaviria – realizador colombiano de cine
…Me fascinó la puesta en escena de su palabra en frente de su trabajo y confrontada a la historia reciente de Colombia. La película me parece el relato de una reflexión al mismo tiempo artística, política y humanística.
Luciano Barisone- Director Festival dei Popoli, Florencia, Italia
…Es afortunado que en este momento aparezca el documental sobre Beatriz González (su era de risa y su era de llanto) de Diego García Moreno. Es el resultado de la exhaustiva exploración de esta “artista de provincia” que durante cuatro años accedió a un monólogo interior hecho frente a una cámara muda, presencia que llegó a ignorar y que constituye en su cuidada edición el duro y veraz testimonio de una artista que se debe toda al país en que nació y cuyo arte es universal. …Gracias a Beatriz. Y a Diego.
Ana María Cano, editorialista, El Espectador
…Un documental que es luz y bruma, sol e invierno. Y que es lúcido y visionario. Dos artistas unidos por su capacidad de decir, de documentar nuestra realidad y trascender la anécdota. Beatriz González y Diego García dejan un fuerte testimonio de lo que está pasando en Colombia. Es el artista como relator de su tiempo.
Beatriz Mesa- Periodista- Generación “El colombiano”
…las imágenes se deslizaron por mi condición individual a manera de testigo que ha sabido de la historia reciente en Colombia, como un viaje cifrado por el desconcierto, la tristeza, el repudio ante la que ha sido nuestra forma desalmada de matarnos vs. la salvación que permite un documental como el tuyo para reencontrarnos en la pantalla.
Hugo Chaparro – escritor y crítico de cine
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lunes, 30 de agosto de 2010
BEATRIZ por Ana María Cano
Ana María Cano Posada | 12 Agosto 2010 - 11:15pm
Beatriz
Por: Elespectador.com
CANSADOS ESTAMOS DE IDENTIFIcaciones socorridas con motivo de las efemérides y de palabras vacías pronunciadas para encontrar un hecho fundacional en este país ausente de referentes.
Se acudió a próceres y a historias patrias, a nuevos caudillos, sin que concurrieran en esta orfandad fuerzas más íntimas para poner en pie una voz ni una idea con la cual reconocernos como colombianos abarcados por un mismo legado. Esta insatisfacción de pátina política durante 200 años de república tiene un remedio a mano que debe suministrarse en la dosis indicada para ir conjurando la anomia que padecemos.
Y es que faltaba excavar en otra cantera para encontrar la persistencia y la coherencia de alguien que ha entregado su talento a la búsqueda de lo que Colombia siente e ignora. Por esto es afortunado que en este momento aparezca el documental sobre Beatriz González (su era de risa y su era de llanto), de Diego García Moreno. Es el resultado de la exhaustiva exploración de esta “artista de provincia”, que durante cuatro años accedió a un monólogo interior hecho frente a una cámara muda, presencia que llegó a ignorar y que constituye en su cuidada edición el duro y veraz testimonio de una artista que se debe toda al país en que nació y cuyo arte es universal.
A pocas naciones les ha tocado en suerte un artista que dé cuenta suya. Porque son escasos los que logran tener clara su obra y el sentido de lo que hacen como para ser representativos, sin que su propósito sea patriótico ni mucho menos encarnen la identidad nacional, términos peligrosos por los excesos que engendran.
Franz Kafka es Checoslovaquia como Van Gogh es Holanda y Goya, España. Buscar un artista en Colombia sin época ni moda ni lo reconocido que sea en el mundo, como el Botero de ayer o la Doris Salcedo de hoy. No es un asunto de galerías ni de circuitos comerciales, porque Andy Warhol es para Estados Unidos más que el testimonio del consumo y del sueño americano, es el dolor de sí mismo puesto afuera para ser explorado y por eso significa tanto para el mundo entero.
A Beatriz González en su comienzo la encasillaron en el arte pop y la llamaron de las bienales para que fuera controversial, cosa que le choca tanto como cuando le dicen que es muy inteligente. Ella sólo recuerda que su papá le mostraba paisajes y naturaleza y le decía ‘ahí viene la niña que va a ser artista’. A ella la nutre el gusto popular, la imagen vista a través de los medios, donde encuentra lo visto de forma no vista. Y motivos del arte universal, o recortes de periódicos, o corazones de Jesús o últimas cenas, con la sorna en el color y el sello de su pintura, que fueron sus motivos iniciales, se transformaron con el Palacio de Justicia al dolor que entró a protagonizar su obra honda y diversa. Los desplazados, las viudas, las masacres embargaron sus obras.
Esto está mostrado en el documental en sus propios tonos, con su propia voz, con la música que la inspira, como la lección que necesitamos oír de una maestra a sus alumnos. Esta tarea bien cumplida por un documentalista avezado como Diego García, se agradece. Pero apenas comienza la misión de entregar al país este gran retrato que le pertenece, de alguien que ha hecho una mirada colombiana, universal, penetrante, talentosa. Una letanía dolorosa que sabe entonar y que sólo una voz creíble y un ojo humedecido como el suyo pueden remover la sequedad renuente. Una peregrinación le espera a este documental de Beatriz González con la solidez de su vida y obra. Gracias a Beatriz. Y a Diego.
Beatriz
Por: Elespectador.com
CANSADOS ESTAMOS DE IDENTIFIcaciones socorridas con motivo de las efemérides y de palabras vacías pronunciadas para encontrar un hecho fundacional en este país ausente de referentes.
Se acudió a próceres y a historias patrias, a nuevos caudillos, sin que concurrieran en esta orfandad fuerzas más íntimas para poner en pie una voz ni una idea con la cual reconocernos como colombianos abarcados por un mismo legado. Esta insatisfacción de pátina política durante 200 años de república tiene un remedio a mano que debe suministrarse en la dosis indicada para ir conjurando la anomia que padecemos.
Y es que faltaba excavar en otra cantera para encontrar la persistencia y la coherencia de alguien que ha entregado su talento a la búsqueda de lo que Colombia siente e ignora. Por esto es afortunado que en este momento aparezca el documental sobre Beatriz González (su era de risa y su era de llanto), de Diego García Moreno. Es el resultado de la exhaustiva exploración de esta “artista de provincia”, que durante cuatro años accedió a un monólogo interior hecho frente a una cámara muda, presencia que llegó a ignorar y que constituye en su cuidada edición el duro y veraz testimonio de una artista que se debe toda al país en que nació y cuyo arte es universal.
A pocas naciones les ha tocado en suerte un artista que dé cuenta suya. Porque son escasos los que logran tener clara su obra y el sentido de lo que hacen como para ser representativos, sin que su propósito sea patriótico ni mucho menos encarnen la identidad nacional, términos peligrosos por los excesos que engendran.
Franz Kafka es Checoslovaquia como Van Gogh es Holanda y Goya, España. Buscar un artista en Colombia sin época ni moda ni lo reconocido que sea en el mundo, como el Botero de ayer o la Doris Salcedo de hoy. No es un asunto de galerías ni de circuitos comerciales, porque Andy Warhol es para Estados Unidos más que el testimonio del consumo y del sueño americano, es el dolor de sí mismo puesto afuera para ser explorado y por eso significa tanto para el mundo entero.
A Beatriz González en su comienzo la encasillaron en el arte pop y la llamaron de las bienales para que fuera controversial, cosa que le choca tanto como cuando le dicen que es muy inteligente. Ella sólo recuerda que su papá le mostraba paisajes y naturaleza y le decía ‘ahí viene la niña que va a ser artista’. A ella la nutre el gusto popular, la imagen vista a través de los medios, donde encuentra lo visto de forma no vista. Y motivos del arte universal, o recortes de periódicos, o corazones de Jesús o últimas cenas, con la sorna en el color y el sello de su pintura, que fueron sus motivos iniciales, se transformaron con el Palacio de Justicia al dolor que entró a protagonizar su obra honda y diversa. Los desplazados, las viudas, las masacres embargaron sus obras.
Esto está mostrado en el documental en sus propios tonos, con su propia voz, con la música que la inspira, como la lección que necesitamos oír de una maestra a sus alumnos. Esta tarea bien cumplida por un documentalista avezado como Diego García, se agradece. Pero apenas comienza la misión de entregar al país este gran retrato que le pertenece, de alguien que ha hecho una mirada colombiana, universal, penetrante, talentosa. Una letanía dolorosa que sabe entonar y que sólo una voz creíble y un ojo humedecido como el suyo pueden remover la sequedad renuente. Una peregrinación le espera a este documental de Beatriz González con la solidez de su vida y obra. Gracias a Beatriz. Y a Diego.
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jueves, 26 de agosto de 2010
HUGO CHAPARRO carta tras ver el documental BEATRIZ G....
De: Hugo Chaparro
para: usuario
24 ago 2010
Diego querido,
No te había escrito antes sobre tu documental porque lo he visto varias veces y, justo anoche, en el peor de los insomnios, regresé a él y su visión, como la primera vez, me evidenció a través de la inteligencia formal y narrativa protagonizada por Beatriz González el hechizo al que hemos estado condenados desde siempre en este país que tan bien diagnosticaste con tu película cardíaca, El corazón. Suponía que te estarías preguntando qué sucedió con el entusiasmo que siempre ha despertado en este amigo tuyo el documental, más aún cuando siempre ha sido mi placer mantenerme como un espectador atento a tu trabajo. En el caso de ¿Por qué llora si ya reí?, mi demora en escribirte se debió a que las imágenes de la pantalla se deslizaron por mi condición individual a manera de testigo que ha sabido de la historia reciente en Colombia, como un viaje cifrado por el desconcierto, la tristeza, el repudio ante la que ha sido nuestra forma desalmada de matarnos vs. la salvación que permite un documental como el tuyo para reencontranos en la pantalla, reconocernos y pensar acerca de nosotros mismos a través del testimonio que ofrece Madame González. Leí entonces una semblanza que hizo de ella Carolina Vanegas en la que tu personaje asegura que sin humor "sería insoportable una realidad tan irracional como la colombiana". Surge entonces el sentido de la pregunta sobre la risa que se anula después de la tragedia del Palacio de Justicia en el 85: ¿Es posible reír cuando tenemos tras nosotros un pasado sembrado de muertos? Aparte que el documental apareció ante mis ojos como la construcción de otra pintura: con breves pinceladas fragmentadas a través de la edición, completas progresivamente la mirada de Beatriz González que se prolonga en sus cortinas, en sus pinturas vendidas a retazos, en la inteligencia abrumadora de una artista que supo descubrir con las visiones del mundo popular una posibilidad creativa, considerada antes de ella de forma desdeñosa por los académicos del arte en formato nacional. Sus Divinos Niños, sus materas con texturas de uniformes para el camuflaje militar, los recortes de prensa que mira y repasa en la película, revelan que ante nuestros ojos ha pasado la historia y su brutalidad como escenas pasajeras que se rescatan en el documental, con la misma eficacia en contra de la amnesia que tienen sus pinturas. Aparte, el contraste entre el lead de Schubert que escucha Madame González mientras trabaja y el país que espera al otro lado de la ventana, confirman que el arte y sus bondades permiten una salvación, quizás precaria, pero salvación al fin y al cabo que permite reinventar la realidad que nos ha tocado en suerte. ¡Y qué decir del proyecto que trata de encerrar a los muertos que aún vuelan por el aire viciado de los columbarios! ¡Cerca a un parque llamado Renacimiento! La progresión y la repetición en cada nicho del muertito cargado en una hamaca, estremecen por lo que al final de la película se pregunta Beatriz -si puedo llamarla así, de manera familiar y cercana, aunque nunca la haya conocido pero siempre la he querido-: "¿Por qué siempre en Colombia se le pide a todo el mundo que repita lo que dijo?". Acaso porque es necesario, pensaría yo, que no olvidemos lo que se nos dice y lo que nos dice, en este caso, la historia, describiéndonos en el ámbito del Sagrado Corazón de Jesús, seguramente dormido o extraviado en alguna estratosfera mística cuando ya sabemos que se olvidó por completo de cuidar a este país. Diego querido, gracias, como siempre, por filmar y recrear con el vigor de tus imágenes lo que significa vivir en este rincón del mundo. Con un abrazo del tamaño que tiene tu trabajo, es decir, enorme,
Hugo
para: usuario
24 ago 2010
Diego querido,
No te había escrito antes sobre tu documental porque lo he visto varias veces y, justo anoche, en el peor de los insomnios, regresé a él y su visión, como la primera vez, me evidenció a través de la inteligencia formal y narrativa protagonizada por Beatriz González el hechizo al que hemos estado condenados desde siempre en este país que tan bien diagnosticaste con tu película cardíaca, El corazón. Suponía que te estarías preguntando qué sucedió con el entusiasmo que siempre ha despertado en este amigo tuyo el documental, más aún cuando siempre ha sido mi placer mantenerme como un espectador atento a tu trabajo. En el caso de ¿Por qué llora si ya reí?, mi demora en escribirte se debió a que las imágenes de la pantalla se deslizaron por mi condición individual a manera de testigo que ha sabido de la historia reciente en Colombia, como un viaje cifrado por el desconcierto, la tristeza, el repudio ante la que ha sido nuestra forma desalmada de matarnos vs. la salvación que permite un documental como el tuyo para reencontranos en la pantalla, reconocernos y pensar acerca de nosotros mismos a través del testimonio que ofrece Madame González. Leí entonces una semblanza que hizo de ella Carolina Vanegas en la que tu personaje asegura que sin humor "sería insoportable una realidad tan irracional como la colombiana". Surge entonces el sentido de la pregunta sobre la risa que se anula después de la tragedia del Palacio de Justicia en el 85: ¿Es posible reír cuando tenemos tras nosotros un pasado sembrado de muertos? Aparte que el documental apareció ante mis ojos como la construcción de otra pintura: con breves pinceladas fragmentadas a través de la edición, completas progresivamente la mirada de Beatriz González que se prolonga en sus cortinas, en sus pinturas vendidas a retazos, en la inteligencia abrumadora de una artista que supo descubrir con las visiones del mundo popular una posibilidad creativa, considerada antes de ella de forma desdeñosa por los académicos del arte en formato nacional. Sus Divinos Niños, sus materas con texturas de uniformes para el camuflaje militar, los recortes de prensa que mira y repasa en la película, revelan que ante nuestros ojos ha pasado la historia y su brutalidad como escenas pasajeras que se rescatan en el documental, con la misma eficacia en contra de la amnesia que tienen sus pinturas. Aparte, el contraste entre el lead de Schubert que escucha Madame González mientras trabaja y el país que espera al otro lado de la ventana, confirman que el arte y sus bondades permiten una salvación, quizás precaria, pero salvación al fin y al cabo que permite reinventar la realidad que nos ha tocado en suerte. ¡Y qué decir del proyecto que trata de encerrar a los muertos que aún vuelan por el aire viciado de los columbarios! ¡Cerca a un parque llamado Renacimiento! La progresión y la repetición en cada nicho del muertito cargado en una hamaca, estremecen por lo que al final de la película se pregunta Beatriz -si puedo llamarla así, de manera familiar y cercana, aunque nunca la haya conocido pero siempre la he querido-: "¿Por qué siempre en Colombia se le pide a todo el mundo que repita lo que dijo?". Acaso porque es necesario, pensaría yo, que no olvidemos lo que se nos dice y lo que nos dice, en este caso, la historia, describiéndonos en el ámbito del Sagrado Corazón de Jesús, seguramente dormido o extraviado en alguna estratosfera mística cuando ya sabemos que se olvidó por completo de cuidar a este país. Diego querido, gracias, como siempre, por filmar y recrear con el vigor de tus imágenes lo que significa vivir en este rincón del mundo. Con un abrazo del tamaño que tiene tu trabajo, es decir, enorme,
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lunes, 16 de agosto de 2010
Beatriz G. un texto-carta de Rodrigo Pérez Gil
Date: Sat, 14 Aug 2010 12:25:22 -0700
From: luzagosto2003@yahoo.com
Subject: la vuelta del Corazón
To: diegogarciamoreno@hotmail.com
Diego,
Es como si el documental El Corazón trajera replegado este nuevo documental sobre Beatriz González, pues el corazón es el órgano amoroso de la repetición. Si hay unarepetición que enferma, por ejemplo la de Fernando Vallejo en su última novela El don de la vida, que no sale de la representación alrededor del cordón umbilical del autor, hay otra repetición que alivia y es ésta de Beatriz y Diego en este documental. La pintora lo dice, "Hay que repetir", y lo hace una y otra vez con los cuatro grabados
sobre las bóvedas del Columbario que muestran a unos portadores llevando en andas, en cada grabado, un cadáver hacia una fosa común, por fin hallada de manera simbólica en el antiguo cementerio restaurado con este propósito, para "sellar sus auras", las de aquellos desaparecidos por fuerzas oscuras a plena luz del día o al amparo de la noche. Estas vueltas al Columbario a lo largo del documental que muestran el proceso
de su restauración hasta sellar las bóvedas con los grabados de la pintora, creo yo, son el hilo conductor del hermoso documental. Si los poemas se aprenden de memoria(by heart, par coeur) es porque el corazón es el órgano amoroso de la repetición. Eros debe ser repetido, no puede ser vivido más que en la repetición, y es Tánatos (o la muerte en Colombia) el que proporciona la repetición a Eros, el que somete a Eros a la repetición, al calor de las canciones de Schubert y las otras piezas exquisitas que acompañan el trabajo de la artista en su taller y que nos reconfortan
en la visión del documental, una visión del grito más bien que del horror que late desde el arranque del documental.
¿Cuándo tenderemos la oportunidad de ver de nuevo ¿Por qué llora si ya reí?,
Felicitaciones de nuevo en tu aniversario,
Ro.
From: luzagosto2003@yahoo.com
Subject: la vuelta del Corazón
To: diegogarciamoreno@hotmail.com
Diego,
Es como si el documental El Corazón trajera replegado este nuevo documental sobre Beatriz González, pues el corazón es el órgano amoroso de la repetición. Si hay unarepetición que enferma, por ejemplo la de Fernando Vallejo en su última novela El don de la vida, que no sale de la representación alrededor del cordón umbilical del autor, hay otra repetición que alivia y es ésta de Beatriz y Diego en este documental. La pintora lo dice, "Hay que repetir", y lo hace una y otra vez con los cuatro grabados
sobre las bóvedas del Columbario que muestran a unos portadores llevando en andas, en cada grabado, un cadáver hacia una fosa común, por fin hallada de manera simbólica en el antiguo cementerio restaurado con este propósito, para "sellar sus auras", las de aquellos desaparecidos por fuerzas oscuras a plena luz del día o al amparo de la noche. Estas vueltas al Columbario a lo largo del documental que muestran el proceso
de su restauración hasta sellar las bóvedas con los grabados de la pintora, creo yo, son el hilo conductor del hermoso documental. Si los poemas se aprenden de memoria(by heart, par coeur) es porque el corazón es el órgano amoroso de la repetición. Eros debe ser repetido, no puede ser vivido más que en la repetición, y es Tánatos (o la muerte en Colombia) el que proporciona la repetición a Eros, el que somete a Eros a la repetición, al calor de las canciones de Schubert y las otras piezas exquisitas que acompañan el trabajo de la artista en su taller y que nos reconfortan
en la visión del documental, una visión del grito más bien que del horror que late desde el arranque del documental.
¿Cuándo tenderemos la oportunidad de ver de nuevo ¿Por qué llora si ya reí?,
Felicitaciones de nuevo en tu aniversario,
Ro.
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domingo, 6 de junio de 2010
¡Tenemos el afiche!
SUSANA CARRIÉ, artista plástica, diseñadora, amiga y maestra colombiana de las artes gráficas, se ha vinculado a la producción del documental "BEATRIZ GONZÁLEZ ¿Por qué llora si ya reí?" ocupándose de todo el diseño gráfico que acompañará el lanzamiento de la película. Este es el afiche que fue aprobado por el equipo de realización con gran beneplácito de la maestra Beatriz G. ¡¡¡Gracias Susanita!!!
sábado, 5 de junio de 2010
Invitación a los amigos interesados en arte y documental
Bogotá, junio 7 de 2010.
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Querid@s amig@s:
“¿Qué le pasó a la pintora Beatriz González, quien tantas veces nos hizo reír con la ironía de su obra, para que un día llegara a pintarse un autorretrato desnuda llorando? Desde hace tres años, mientras Beatriz elaboraba el proyecto Auras Anónimas, una faraónica intervención con nueve mil lápidas en los columbarios del Cementerio Central de Bogotá, me dí a la tarea de seguirla para contestar esa pregunta. El resultado es un documental que devela la ruta de una obra que acompañó el día a día de un país que durante más de medio siglo se ha deslizado hacia la tragedia...”
Realizar un largometraje documental de autor en Colombia puede ser visto como un acto quijotesco, patriótico o quizás esquizofrénico. Los apoyos para la financiación son cada vez más reducidos y los espacios de difusión casi inexistentes, pero a pesar de esas limitaciones, algunos estamos convencidos de la importancia que tiene este tipo de creación y no desfallecemos. Gracias a esa convicción me encuentro a punto de culminar un nuevo largometraje documental colombiano: “Beatriz González ¿Por qué llora si ya reí?”. El hecho es que esta odisea -que tal vez tiene algo de todo lo dicho anterioremente-, dejó muchas facturas pendientes y en un futuro cercano serán muchísimas las que tendrá que saldar para lograr la calidad técnica que requiere su empaque final, su promoción, lanzamiento y difusión.
La maestra Beatriz, quien durante todo el proceso de grabación no tuvo idea de lo que yo estaba haciendo, al ver el corte final de la película reconoció en el film algo importante: el respeto que le dimos a su trabajo, así como la lectura ética del papel del artista en el mundo que ella promulga, y la re-escritura que hicimos del camino hacia la tragedia del país que su obra ha ido narrando durante medio siglo de labor artística. Ella, sorprendida al enterarse de las condiciones económicas con las que se ha producido la película me dijo:” Por Dios, yo no quiero ser cómplice de la quiebra de su familia. ¿Cómo puedo ayudarles?” Su ayuda se concretó en el ofrecimiento del tiraje gráfico de una de sus obras:“Voy desapareciendo como sombra que se alarga” (Salmos/109.23).
Entonces fui al Taller Arte Dos Gráfico donde mi amigo Luis Angel Parra, le mostré la película y, sin vacilar, decidió colaborarme con el tiraje en serigrafía de una de las versiones de Yolanda Izquierdo que la película había sido testigo de su creación. Los galeristas que han difundido la obra de Beatriz desde sus principios, Alonso Garcés, Alberto Sierra de la Oficina de Medellín y María Eugenia Niño de Sextante, aceptaron generosamente realizar un evento para presentar la película e invitar a sus clientes a comprar una de las copias. A sabiendas de que la obra de Beatriz cada día se afianza más en el panorama internacional del arte, comprendieron que una invitación de este tipo representaría no simplemente una colaboración con la película sino una inversión económica que a no muy largo plazo rendiría sus frutos a los compradores, sin mencionar lo esencial: el disfrute que significa convivir con una imagen cargada del peso plástico e histórico que la Maestra le infunde con toda su contundencia.
Querid@s amig@s , quiero extender a ustedes la propuesta. Los invito de corazón a los eventos y a que consideren esta inversión en el arte y en un documental que sabemos importantísimo en la memoria del país.
Un abrazo,
Diego García Moreno.
Para tener información detallada sobre los eventos y la obra, favor contáctenme a través de los correos:
diegogarciamoreno@hotmail.com
diegogarciamoreno@gmail.com
lamaracaprod@yahoo.com
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Querid@s amig@s:
“¿Qué le pasó a la pintora Beatriz González, quien tantas veces nos hizo reír con la ironía de su obra, para que un día llegara a pintarse un autorretrato desnuda llorando? Desde hace tres años, mientras Beatriz elaboraba el proyecto Auras Anónimas, una faraónica intervención con nueve mil lápidas en los columbarios del Cementerio Central de Bogotá, me dí a la tarea de seguirla para contestar esa pregunta. El resultado es un documental que devela la ruta de una obra que acompañó el día a día de un país que durante más de medio siglo se ha deslizado hacia la tragedia...”
Realizar un largometraje documental de autor en Colombia puede ser visto como un acto quijotesco, patriótico o quizás esquizofrénico. Los apoyos para la financiación son cada vez más reducidos y los espacios de difusión casi inexistentes, pero a pesar de esas limitaciones, algunos estamos convencidos de la importancia que tiene este tipo de creación y no desfallecemos. Gracias a esa convicción me encuentro a punto de culminar un nuevo largometraje documental colombiano: “Beatriz González ¿Por qué llora si ya reí?”. El hecho es que esta odisea -que tal vez tiene algo de todo lo dicho anterioremente-, dejó muchas facturas pendientes y en un futuro cercano serán muchísimas las que tendrá que saldar para lograr la calidad técnica que requiere su empaque final, su promoción, lanzamiento y difusión.
La maestra Beatriz, quien durante todo el proceso de grabación no tuvo idea de lo que yo estaba haciendo, al ver el corte final de la película reconoció en el film algo importante: el respeto que le dimos a su trabajo, así como la lectura ética del papel del artista en el mundo que ella promulga, y la re-escritura que hicimos del camino hacia la tragedia del país que su obra ha ido narrando durante medio siglo de labor artística. Ella, sorprendida al enterarse de las condiciones económicas con las que se ha producido la película me dijo:” Por Dios, yo no quiero ser cómplice de la quiebra de su familia. ¿Cómo puedo ayudarles?” Su ayuda se concretó en el ofrecimiento del tiraje gráfico de una de sus obras:“Voy desapareciendo como sombra que se alarga” (Salmos/109.23).
Entonces fui al Taller Arte Dos Gráfico donde mi amigo Luis Angel Parra, le mostré la película y, sin vacilar, decidió colaborarme con el tiraje en serigrafía de una de las versiones de Yolanda Izquierdo que la película había sido testigo de su creación. Los galeristas que han difundido la obra de Beatriz desde sus principios, Alonso Garcés, Alberto Sierra de la Oficina de Medellín y María Eugenia Niño de Sextante, aceptaron generosamente realizar un evento para presentar la película e invitar a sus clientes a comprar una de las copias. A sabiendas de que la obra de Beatriz cada día se afianza más en el panorama internacional del arte, comprendieron que una invitación de este tipo representaría no simplemente una colaboración con la película sino una inversión económica que a no muy largo plazo rendiría sus frutos a los compradores, sin mencionar lo esencial: el disfrute que significa convivir con una imagen cargada del peso plástico e histórico que la Maestra le infunde con toda su contundencia.Querid@s amig@s , quiero extender a ustedes la propuesta. Los invito de corazón a los eventos y a que consideren esta inversión en el arte y en un documental que sabemos importantísimo en la memoria del país.
Un abrazo,
Diego García Moreno.
Para tener información detallada sobre los eventos y la obra, favor contáctenme a través de los correos:
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lamaracaprod@yahoo.com
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miércoles, 12 de mayo de 2010
La cama destendida
LA CAMA DESTENDIDA
Si la cama no está tendida el aire enceguecedor del mediodía es puro lastre. Y si el final de la noche fue un jolgorio de alcohol revoloteando en las encías no habrá bestia capaz de arrastrar la carreta de la vida. El apartamento se llena de suspiros de acordeón con fuelle roto y mi cráneo con aullidos de buses frenando en seco y alarmas de bomberos o ambulancias asesinas que ahogan con desprecio un motín acalorado de taladros.
Todo truena, los tenedores , los olvidos, y este chorro de humedad que intento acomodar en el vaso donde tu labial aun respira.
Me atacan estas ganas de llamarte, de invitarte a invadir esa cama destendida, de agarrarme a tus barandas limpias, a tu sabor a café amargo y naranja fría, de lubricar esta sequía entre la neblina calma, oscura, extensa, que conduce al mar donde supongo se disuelven los remordimientos , las vergüenzas, las mentiras.
Pero tus manos vagan en teclados blancos y lejanos. Tus pensamientos fabrican el pan amasando transacciones hasta que llega la noche y entras y suspiras y me miras con una pisca de desprecio y me hablas simulando la ternura:
-¡No jodás, querido! Tendé esa cama, limpiá la cocina, abrí la persiana, ponete las pilas… preparame la comida.
Mayo 12 de 2010
Si la cama no está tendida el aire enceguecedor del mediodía es puro lastre. Y si el final de la noche fue un jolgorio de alcohol revoloteando en las encías no habrá bestia capaz de arrastrar la carreta de la vida. El apartamento se llena de suspiros de acordeón con fuelle roto y mi cráneo con aullidos de buses frenando en seco y alarmas de bomberos o ambulancias asesinas que ahogan con desprecio un motín acalorado de taladros.
Todo truena, los tenedores , los olvidos, y este chorro de humedad que intento acomodar en el vaso donde tu labial aun respira.
Me atacan estas ganas de llamarte, de invitarte a invadir esa cama destendida, de agarrarme a tus barandas limpias, a tu sabor a café amargo y naranja fría, de lubricar esta sequía entre la neblina calma, oscura, extensa, que conduce al mar donde supongo se disuelven los remordimientos , las vergüenzas, las mentiras.
Pero tus manos vagan en teclados blancos y lejanos. Tus pensamientos fabrican el pan amasando transacciones hasta que llega la noche y entras y suspiras y me miras con una pisca de desprecio y me hablas simulando la ternura:
-¡No jodás, querido! Tendé esa cama, limpiá la cocina, abrí la persiana, ponete las pilas… preparame la comida.
Mayo 12 de 2010
martes, 11 de mayo de 2010
11 de mayo
japiberdei.....
Mi hijo cumple hoy quince años
Pero hace siglos se lanzó al río
embolate......
Las que creía perdidas, las palabras,
Dormían en la misma almohada
Donde mis pesadillas tejían
Desilusiones macabras
Escarpines y carcajadas
internet.......
Cuando pienso en poesía
intento comunicarme con mi amigo
gabrieljota@hotmail.com
pero algo me avergüenza y vuelvo al chat
Relleno de olvido el escritorio
y espero
que su nuevo libro llegue ataviado de papel
envuelto en color de naturaleza muerta
espero
verlo armar nido junto al farol de la noche
vigilar el pacto en apariencia silencioso que
sellaron por costumbre unos ojos fatigados
y un alboroto desconsolador
de párpados y pupilas.
ciberespacio.......
Lanzando atarraya en la red
He pescado medusas y tiburones.
Un día, bruscamente caí de la canoa
Y la corriente me llevó hasta un puerto
Donde los náufragos virtuales
Con ojos desorbitados y sedientos
Devoraban las carcazas inodoras
De blogs escuálidos
Y amantes secas,
interactivas
Mi hijo cumple hoy quince años
Pero hace siglos se lanzó al río
embolate......
Las que creía perdidas, las palabras,
Dormían en la misma almohada
Donde mis pesadillas tejían
Desilusiones macabras
Escarpines y carcajadas
internet.......
Cuando pienso en poesía
intento comunicarme con mi amigo
gabrieljota@hotmail.com
pero algo me avergüenza y vuelvo al chat
Relleno de olvido el escritorio
y espero
que su nuevo libro llegue ataviado de papel
envuelto en color de naturaleza muerta
espero
verlo armar nido junto al farol de la noche
vigilar el pacto en apariencia silencioso que
sellaron por costumbre unos ojos fatigados
y un alboroto desconsolador
de párpados y pupilas.
ciberespacio.......
Lanzando atarraya en la red
He pescado medusas y tiburones.
Un día, bruscamente caí de la canoa
Y la corriente me llevó hasta un puerto
Donde los náufragos virtuales
Con ojos desorbitados y sedientos
Devoraban las carcazas inodoras
De blogs escuálidos
Y amantes secas,
interactivas
martes, 9 de marzo de 2010
Palabras para la presentación de ¡Danza, Colombia! En Milán.
La vida es un mínimo gesto sorprendente, un ritmo cambiante, un movimiento de apariencia regular que visto de cerca emite infinitos latidos, voces, sonrisas y gemidos diferentes. Danzar es la vida hecha pensamiento en forma de movimiento.
En Colombia, país que desde hace varias décadas padece de una guerra apestosa, danzar se ha vuelto una práctica de vida clara, contundente. Un acto y una filosofía de resistencia que hoy vamos a compartir con quienes la profesan.
Debería estar con ustedes para marcar el un-dó- tré- cuá, que une a la sociedad de los danzantes, pero la vida da giros inesperados y a veces nos obliga a detenernos para ver el último gesto de uno de ellos. En este caso es el de mi padre. Que sea esta función un homenaje, un adiós a quien me enseñó a amar el ritmo y a ser partícipe de los rituales del cuerpo acompasado.
Agradezco a Martha Raquel ese esfuerzo enorme que hizo para que pudiera estar con ustedes, pero un designio mayor nos dice que aún no es tiempo. Ya bailaremos en otro escenario, querida.
Y para todas las personas presentes en la sala y para los organizadores del Festival va mi agradecimiento y un enorme abrazo. Disfruten la película.
En Colombia, país que desde hace varias décadas padece de una guerra apestosa, danzar se ha vuelto una práctica de vida clara, contundente. Un acto y una filosofía de resistencia que hoy vamos a compartir con quienes la profesan.
Debería estar con ustedes para marcar el un-dó- tré- cuá, que une a la sociedad de los danzantes, pero la vida da giros inesperados y a veces nos obliga a detenernos para ver el último gesto de uno de ellos. En este caso es el de mi padre. Que sea esta función un homenaje, un adiós a quien me enseñó a amar el ritmo y a ser partícipe de los rituales del cuerpo acompasado.
Agradezco a Martha Raquel ese esfuerzo enorme que hizo para que pudiera estar con ustedes, pero un designio mayor nos dice que aún no es tiempo. Ya bailaremos en otro escenario, querida.
Y para todas las personas presentes en la sala y para los organizadores del Festival va mi agradecimiento y un enorme abrazo. Disfruten la película.
lunes, 15 de febrero de 2010
ELdía de SAN VALENTÍN
A principios del milenio nos encontramos viviendo en Chicago, la tierra natal de Sally. Era la época en que salieron corriendo de Colombia varios millones de habitantes. La guerra y las dificultades económicas espantaban. Huir no era mi plan, estaba muy ocupado documentando territorios. Pero mi compañera, extranjera en aquel momento, consideró que no era el ambiente propicio para criar un niño -Tomás tendría unos 5 años- y armó maletas. Siguiendo los imperativos del amor, de repente, me encontré en un extraño exilio del que quedaron, por fortuna, algunas crónicas muy reveladoras... aquí va una que acostumbro publicar cada año cuando escucho que se acerca esta particular celebración...
EL DÍA DE SAN VALENTÍN
¿Fechas? ¿Qué te dice una fecha? Ahí va una...:
EL DÍA DE SAN VALENTÍN
¿Fechas? ¿Qué te dice una fecha? Ahí va una...:
Febrero 15.
Ayer fue día de San Valentín. El día del boleteo americano. Cartitas con corazones colorados circularon de mano en mano. Esta celebración al igual que el "jalouín" no hace parte de mi memoria cultural, pero sí de la de Tomás. Él cayó a fondo y se pasó quince días preparando tarjetitas para toda la clase, diecisiete, mas la de la tía, la de la mamá, los primos, el papá... La técnica preferida se la enseñó Sally: pintar el corazoncito con colbón y rociarlo con escarcha brillante. Plateada, dorada, verde. Y escribía con su letrita de principiante "amor, de Tomás, para..." Por supuesto que el rosado fue el color dominante de los fondos. C’est la vie. Si no va a conocer el correo aéreo, pues el “imeil” lo borró del mapa, no está mal que le quede un recuerdito de la correspondencia manual aunque sea pintando vísceras idealizadas.
Desde hace varios días habíamos quedado en celebrar la efemérides con unos amigos de Sally que hacían una corta escala en Chicago en su viaje from New York to Honolulu. Caren, su esposo Neil y Zack su hijo llegarían a las siete y media de la noche al aeropuerto Midway y pasarían la noche en el hotel Marriot. Nosotros los recibiríamos en el aeropuerto e iríamos juntos a tomarnos un trago y a comer algo en el restaurante del hotel. Sally estaba ansiosa por contarle todo a sus más queridos amigos. A las siete y media estábamos allí. Veinte minutos por el highway desde nuestra caverna en el noroeste cercano al down town de Chicago hasta el aeródromo de los vuelos internos en el south side. Sally y Tomás se bajaron y me pidieron que esperara en el "loading zone", la zona destinada a recoger ,"pick up", los pasajeros rápidamente y que si la policía no me dejaban estacionar, que permaneciera girando en el "loop" del aeropuerto. La gendarme sopló su pito en el instante que mi señora y mi hijo corrieron hacia la puerta del edificio huyéndole al frío. Y con histérica convicción me hacía señas con su mano experta, nos hacía señas a todos los autos que repetíamos la misma peregrinación de buena voluntad, para que continuáramos, que no nos detuviéramos. Parecía querer decirnos que luego del 11 de septiembre todos somos sospechosos y en su otra mano tenía el arma eficaz de las contravenciones. Suavecito dejé deslizar el auto y me aparqué al final de la rampa donde presentía que había salido de la vista de la dama. Pero otra mujer del mismo color, la misma edad, un poco más gorda, y de gafas, apareció de las penumbras y sopló con vehemencia su pito. ¡Cómo soplan las mujeres del sur! Chicago siempre ha generado buenos músicos de jazz ¿no? Tenía el ánimo en alto. Bueno, giremos. Di siete vueltas. La primera en paz, con el radio encendido bajo la excusa "tengo que escuchar hablar en inglés todo el tiempo". Es una vergüenza que después de tantos ires y venires por este país, mi inglés sea un desastre. “Loro viejo no aprende a hablar,” decía mi abuelo. Yo estoy empezando la vida, la juventud es una actitud. Me detuve frente a la mujer del pito. La miré a los ojos. Los infló al tiempo que sus mejillas y pitó. Le sonreí y volvió a pitar enfurecida. Aceleré como un adolescente. Movió su mano como un ventilador. La segunda y tercera vuelta fueron giros resignados, o mejor, camuflados. No quise que ninguna de ellas me reconociera. El oído se había acostumbrado al inglés noticioso de NPR. Afganistán está lleno de locos traumatizados por la guerra. El borde de Camboya y Tailandia infestado de tuberculosis. Colombia al borde de una guerra. Una comisión internacional se halla en el Caguán tratando de reestablecer las conversaciones de paz entre el gobierno y la guerrilla de las Farc. EN. PI. AR. ¡mpeorar!. National Public Radio... Comencé a entorpecer el tráfico y a sentirme incómodo. Sally y Tomás aparecieron tras el cuarto giro a confirmar lo que ya no cuenta. El avión está retrasado. Ya lo sé. Sigue girando. Sigue. ¿Será un círculo o una espiral? ¿Estaré descendiendo en el tiempo o acaso floto? Al terminar la séptima vuelta, cuarenta y tres minutos después de nuestra primer stop frente a las policías, cuando ya estaba dispuesto a aceptar mi destino: que atropellaría las viejas bullosas con una simple presión de mi pie derecho, que les haría comer las frías latas azules de mi Buick y aceptaría sin protestas un vuelo especial hacia la base prisión de Guantánamo donde a las seis de la tarde de todos los días mi sombra tropical se alargaría como un bulto hacia el oriente y compartiría la fila india con los talibanes naranjados en su retorno a la celda subterránea donde conversaría con los cangrejos y haría el amor con los mosquitos y mandaría para la mierda a todos los mariners de origen latino y a los infiernos a los de todas las razas que decidieron castigar nuestras actitudes de límpida venganza... cálmate hombre, ya van a llegar, no es para tanto. Ya no soportaba más tanta presión de mi vida de trompo cuando, tras la grúa que atrapa los carros que sus dueños abandonan para correr al terminal para ver si llegaron sus queridos, divisé los gestos sonrientes de las siluetas de Sally y Tomás y nuestros amigos en tránsito para Honolulu. No más guerras. Hoy es el día de San Valentín. Amémonos todos los amigos lejos de las islas de este mundo en el frío acogedor de Chicago. ¿Vamos al hotel?
Saludos cálidos de rigor. No les conté nada. Yo era un americano medio más. Un amigo. Nos dirigimos al hotel Marriot más cercano al aeropuerto. A una milla se encontraba un conjunto de hoteles iguales, construidos al mismo tiempo, con variaciones imperceptibles entre el clásico contemporáneo amarilloso, y el clásico actual prefabricado. El Holiday, el Marriot, el Sofitel y otros que no recuerdo, y rodeados de MacDonalds, Fridays y White Castles y Burger Kings, la perfección práctica para un encuentro rápido, un sueñito corto, una piecita barata, en fin. Descendimos las livianas valijas. Flotaban como ellos en sus propósitos de veraneantes hibernales. Que compraron casa en Hawai, ¿no? Si. ¿Van a venir? Les encantará. Es a lo alto, al lado del volcán. Dudé. Recordé la catástrofe del nevado del Ruiz. Los volcanes, uno nunca sabe. Me arde el estómago del hambre, ¿vamos? Todos tenían hambre. Lo mejor es Fridays, ¿cierto? Ninguna duda.
En fila india entramos a Fridays. Al empujar la puerta que contenía el aire recalentado en el invierno, se vino una bocanada de gritos, humo de cigarrillo, un aroma de carne asada y cerveza procesada en vientres humanos, y la mirada desalentada de docenas de parejas negras con vestido dominguero sentadas en el hall haciendo fila por un puesto. Incrédulos, nos miramos. ¿Si la autopista está vacía y la noche en el sur de Chicago se presiente desolada, qué patraña inesperada nos preparó el destino? Debe ser una bandada de aviones recién llegada del África con el noble propósito de conocer la nieve, deben ir para los juegos olímpicos de invierno, o van a una reunión étnica en Alaska. “Cuál.” como diría mi hermano Alvaro, el marquetero. Son novios. Puras parejitas de enamorados pagando su promesa. Corazones rosaditos celebrando el San Valentín. Que si esperamos cuarenta y cinco minutos tendremos derecho a una mesa dice la mesera que nos atiende y grita nombres por el micrófono. Y los parlantes vociferan como locutoras de aeropuerto practicando de afán un manual para graduarse de sargento: Miller, your table is ready!!!!, Budweiser, va a perder su puesto! Porter, to the right! Clinton! Bush! Powell! MacNamara y Lincoln!!! Parecía llamar a los vivos y a los muertos. Y como nadie contestaba gritaba más fuerte. Y sin vacilar, como un buen equipo, sin ninguna seña entre nosotros, corrimos al auto.
Vámonos a otro sitio. Hacia el Chicago impuro. Hacia los mejicanitos del sur. Comeremos burritos con taquitos y quesadillas y mole. Nunca más una hamburguesa gringa, un perro, un barbiquiú ahumado de los “fraidis”... Repletitos de esperanza y sonrientes, volvimos a encontrarnos en las calles desoladas de Illinois, en los alrededores del Midway, donde una cuadra es una milla y un lote vacío tiene la dimensión de un potrero enorme de Los Llanos Orientales con garzas azules enflechadas y sin prisa. Mirá, por allá hay un letrero. La pericia del chofer había olvidado las lentas cavilaciones de hacía un rato. Tomás era el único traidor. Que vamos a MacDonald. ¡No¡ respondíamos en coro y sonreíamos. Blaaaa... replicaba con su voz de niño. Y ahí estaba, imponente y sustancioso, el gran restaurante mejicano. "Feliz día Lupe" habían escrito en su vitrina con escarcha artificial con aroma de chipotle. No tuve tiempo de cruzar la puerta. Sally y el cortejo transeúnte estaba ya de vuelta, que es una fiesta privada. Que vayamos a Los Panchos, recomendó el mesero. Que está a allí no más, meritos trescientos metros. Y allí llegamos en un brinco.
Era un enorme restaurante con escenario y televisiones, adornado como era de suponer con centenas de corazones, repleto de familias concentradas en el aturdidor aullido de los compadres en la escena. Y como hay música, las quesadillas son a diez dólares y las cervezas a cinco. Vaya el silencio que ninguno interrumpía. Una miradita para Sally, una ojeada a Caren. Y ella que se levanta a pedir la carta, la de verdad. ¿Mande? What? Que no, le replica el macho, pos que hay músicos y hay que pagar el arte... Mierda, si los mariachis hacen más baratos los aguardientes en Colombia. ¿O no es así, mi querida esposa? De nuevo en fila india, hacia el hotel. En silencio. Ya deben haber pasado los cuarenta y cinco minutos. Volvamos a Fridays.
La noche se volvió más fría entre el auto y el contraplano de la puerta. El otro ángulo de las mismas parejas que esperaban y el olor del tabaco y la algarabía que se había vuelto un puñal en el ombligo, un martillo en nuestras sienes. San Valentín es sólo una vez al año y quienes por amor allí estaban, no querían desperdiciarlo. Sus pieles africanas habían palidecido un poco y sus ojos silenciosos simplemente esperaban. Pero no nosotros que comenzábamos a ladrar y a mirarnos sin cariño. Llevamos a los amigos en tránsito para Honolulú hasta su cuarto. La despedida fue sencilla y sin muchos comentarios. Esa noche de tanto amor y amistad nos encontramos en el auto, de regreso a casa por la Highway 94, masticando papitas de MacDonald mientras Tomás agradecía la suerte de digerir esa delicia de carne artificial, descolorida, que como sus compañeritos del colegio, consideraban la mejor maravilla de la vida.
Diego García-Moreno
Chicago, marzo 2002
Etiquetas:
Chicago,
San Valentín
martes, 19 de enero de 2010
El re-ré

Re-dacto. Re-cuerdo los letreros en las zonas cafeteras: haga el re-ré. Re-corte, re-siembre, re-coja... re-tornando a Bogotá tras unas largas vacaciones el sonidito del re- re- ré me aturde: re-greso
a la re-alidad, ¡re-cupere el re-lato! ¡re-tome los quehaceres! ¡re-pítase que el ciclo re-inicia! ¡re-asuma sus re-laciones!... ¡qué re-guero de olvidos! pero siquiera hay testimonios visuales del re-poso... re-viso algunos re-tratos... re-pito y re-pito:FELIZ AÑO !!!
lunes, 30 de noviembre de 2009
El artículo en Generación sobre "Beatriz González ¿Porqué llora si ya reí?"
http://www.elcolombiano.com/publicaciones/generacion/muestra.php?xml=gen29112009
martes, 17 de noviembre de 2009
BEATRIZ GONZÁLEZ ¿POR QUÉ LLORA SI YA REÍ?

¿Qué le pasó a Beatriz González, quien tantas veces nos hizo reír con la ironía de su obra para que un día llegara a pintarse un autorretrato desnuda llorando, tapándose la cara con sus manos y mostrándonos sin ninguna vergüenza su cuerpo sexagenario?
Desde hace tres años, mientras Beatriz elaboraba el proyecto Auras Anónimas, una faraónica intervención con nueve mil lápidas en los columbarios del Cementerio Central de Bogotá, me dí a la tarea de seguirla para contestar esa pregunta. El resultado es un largometraje documental en el que se devela la ruta de una obra que siguió el día a día de un país que durante más de medio siglo ha deslizado hacia la tragedia. Un monólogo a tres voces donde una obra, una vida y un país, se hacen visibles bajo la óptica de una artista-pensadora, de una Maestra que como pocos deja un legado intenso y extenso inspirado en la reportería gráfica que cotidianamente le dio cuenta de la realidad.
Noticia 1.
El próximo viernes veinte de noviembre, aún sin haber llegado a la copia definitiva, presentaré en pre- avant- test- en los actos inaugurales del Museo de Arte de Medellín MAMM el corte actual que es de aproximadamente ochenta minutos. Esta presentación a la que asistirá Beatriz será para mí una sesión de trabajo, un test con el público, una maravillosa oportunidad de ver en un espacio artístico un trabajo documental sobre arte, entre artistas que pensamos cotidianamente en el papel social e histórico de la creación. Quien lea estas líneas, y pueda asistir, me encantaría que al final de la proyección me haga personalmente sus comentarios. Estoy muy atento a las impresiones del público antes de llegar a su corte definitivo.
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martes, 13 de octubre de 2009
Grabando a Beatriz González
Estoy a punto de terminar la edición de mi documental "Beatriz González ¿por qué llora si ya reí?" Hace cuatro meses, iniciando la labor escribí esta crónica-reflexión-artículo...? que acaba de ser publicado en la Revista Número.
GRABANDO A BEATRIZ GONZALEZ.
Por Diego Gacía Moreno
1. Auras Anónimas
Llueve. Truena. Relampaguea y truena. El mediodía se ha vuelto penumbras repentinas. Los obreros fueron a almorzar y la tempestad retarda su regreso. El viento tropieza con las tumbas y empuja mi cámara. Las hojas de los urapanes, enardecidas por azotes invisibles, ahogan los rugidos de los motores de una ciudad por costumbre histérica a la luz del día. Algunas serigrafías se desprenden y caen al piso del largo damero blanco y negro de granito resquebrajado por el tiempo y los dolientes, que quizás ya ni asoman su cabeza a través de las rejas de hierro de la avenida El Dorado.
-No se preocupe, están plastificadas- me dijo Zapata, el jefe de cuadrilla cuando vio que se venía el aguacero.
Me escampo en el corredor al lado de la galería de las fosas cuya perspectiva profunda delimitada por las columnas blanqueadas con cal se confunde con un túnel que genera su propia luz, plana, difusa. A esta hora no imagina uno que las auras de los muertos, en apariencia ausentes, vendrían a confirmar su presencia. En el techo de guadua machacada se dibujan parches húmedos. Me estremezco al presentir voces que parecieran protestar por razones aún intraducibles. Enfoco rebotes de goteras cayendo de los tejados sobre el asfalto de las callejuelas que separan las largas construcciones sostenidas por decenas de capiteles que se prolongan de sur a norte, recorro con “paneos” las bocas abiertas de la colmena mortuoria. ¿Dónde estará Beatriz González? ¿Habrá imaginado que desde el principio su intervención incorporaría las tormentas? No es el cementerio ni la muerte, es la normal climatología bogotana, me repito. Y sigo filmando. Pero vuelve a sonar un trueno, y al mirar la nube negra, el cúmulo enardecido, olvido cualquier explicación de apariencia natural pronunciada con actitud científica.
¿Será que Beatriz tiene razón? La muerte en Colombia está por fuera de las tumbas, repite en cada entrevista. Sus auras anónimas deambulan en pena y sólo estarán en paz cuando las devolvamos a su lecho eterno. ¿Habrán decidido mostrar su fuerza en torno a estos columbarios del Cementerio Central que ella recubre con ocho variables de sus cargueros?
Quién hubiera pensado que esas siluetas reproduciendo la escena aparecida en una foto de prensa en la que se ven unos hombres soportando de hombro a hombro un palo del que pende un bulto que envuelve un masacrado más de esta masacre continua que es Colombia, esas siluetas medio burdas que con suma paciencia le vi dibujar con carboncillo sobre un cartón blanco llegarían a convertirse en el leitmotiv de esta faraónica intervención cargada de alegorías a la muerte. Son más de nueve mil fosas solicitando su lápida. Ella las mandó a imprimir y ahora tienen que fingir ser mármol. Y hay que acomodarlas una por una, recortarlas una por una para que se acomoden al tamaño de las criptas desiguales.
La lluvia amaina, un trozo de azul en el cielo y un golpe de sol resalta el costado occidental de los edificios. Los obreros jóvenes regresan a su oficio; unos cortan varillitas de madera, otros las clavan como soportes en cada tumba; alguno carga paquetes con litografías, como bultos de cargadores, y los va depositando en la mitad de la galería, o allá, al fondo; una chica rasga el papel, saca las lápidas, y comienza a disponerlas, una por una, alternando los 6 motivos, frente a las destartaladas tumbas; otro recorta con un cutter los bordes para ajustarlas a su tamaño, otro les echa pegante y las acomoda en su panel. Paso a paso, como si fueran ladrillos de un palacio encantado, va apareciendo ese paisaje insospechado, ese mosaico insistente que pocos ven porque por cosas del destino, o de la planificación urbana pues la circulación por la calle veintiséis se ha restringido para la construcción de una nueva ruta del Sistema Transmilenio. Talvez sus futuros pasajeros verán desfilar por las ventanillas un parque ceremonial dedicado a la vida en donde múltiples artistas dispondrán, como Beatriz, creaciones insospechadas que evocarán los pasajes de la infamia. Algunos políticos han propuesto derribar esas naves; consideran que es mejor llenar los jardines con canchas y columpios; les parece más oportuno borrar, borrar, no dejar constancia de tantos rumores que circulan por ahí, los que aseguran que bajo esos prados aledaños a las naves yacen los restos de los muertos del 48, los de Rojas Pinilla, los del Palacio, los anónimos… en fin…. Por ahora pacientemente, sin hacer alarde, como acostumbra Beatriz, anónima, clandestinamente va formándose esta intervención artística, este documento plástico, esta denuncia, este rito de reparación, este monumento a la memoria de una tragedia construida también paso a paso en un país que desde hace muchas décadas se ha empeñado en destruirse.
Camuflo la cámara en un maletín de médico de pueblo, camino entre marmolerías y floreros fúnebres y viene a mi recuerdo esa mañana soleada, hace algo más de tres años, cuando la encontré en su estudio del piso 18 de un alto un edificio de ladrillo frente a la Plaza de Toros, llenando con las mismas imágenes un cuaderno de tareas. Su amigo José Suárez, el maestro paisa de los dibujos en miniatura, había enviado el croquis de los cargueros a un fabricante de sellos de plástico, seguramente el mismo que le había reproducido sus conejitos, y se lo había regalado a Beatriz para que cumpliera su propósito. Ella había decidido que no pintaría otras figuras y pacientemente, como un empleado de correos, como una oficinista de banco, como un notario, como un aduanero, como una maestra de escuela de mi época, golpeaba la esponjilla entintada y luego la estampaba en la página de un cuaderno de escuela de muchas hojas. Uno tras otro, el golpe iba llenando el tiempo, la mañana, la memoria de mi cámara. pam, pam, pam.
De la tormenta a la sonrisa. Sonreí porque presentí que también a mí, la paciencia me premiaba de rebote. Ya son tres años buscando la manera de documentar el trabajo de Beatriz. Tuve que convencerla de que para tener en la película la sensación de que esa persona estaba viva, que no era simplemente una relatora desprendida de la academia, necesitaba acompañarla en un proceso de creación. Ver a la artista concebir, crear, sufrir, moldear su obra. Acababa de tener en frente la prueba de que algo de todo eso estaba registrado, pero que también el tiempo era un buen cómplice y nos regalaba truenos, relámpagos, y un rayo de sol….
Extracto de una entrevista con BG en 2006.
B:G: “…ahora estoy presentando una exposición en Medellín, se inaugura el 4 de mayo, en la cual resolví hacer una exposición pequeña sobre un tema que me quedó inconcluso. Que se llamaba -no tiene que ver García Márquez- “Paisajes Pendientes”. Yo me recordaba de lo pendiente, la pendiente y los cargueros esos. Son diez metros de cargueros. Una banda funeraria con el bordecito negro, como eran las tarjetas de pésame de antes. Es una banda larga, mide ocho metros, pero voy a empezar una de diez. Es como una película. Cada tres o cuatro cambian y se cargan a veces en hamaca, a veces en plástico. Eso se ve silueteado, tiene que ver con el continuum. Porque el continuum tiene que ver con el cine. Hay varias inspiraciones. La una es que cuando estaba chiquita me regalaron una tiendita. Esa tiendita tenía botellas de Leona Pura, y la Leona Pura tenía el sello de Leona Pura que tenía el sello de Leona Pura y la leona chiquitina tenía el sello, y sigue, y eso se iba repitiendo. Yo tenía cinco años y se me quedó grabado. La otra es que en mi casa había una cosa para poner los helechos que era muy fina, era de cerámica de Sèvres, Tenía unas muñequitas, unas figuritas francesas que van caminando, niñitas y jóvenes y, como es redondo color marfil, las figuras son negras. Yo pintaba esa cosa silueteada. Esta exposición me recordó, no es que me haya recordado yo de eso, me recordó ese soporte de helechos que había en mi casa que es seguido, seguido, seguido y vuelve y vuelve y silueteado. Porque todas las figuras que hice en medellín son oscuras sobre fondo crudo. El continuum…
2. Continuando el continuum
Beatriz lo define como grabado popular. Representa a la líder de los desplazados de Córdoba, Yolanda Izquierdo, sosteniendo entre sus manos el mapa de la tierra que le habían robado; ella se paraba frente a juzgados de Medellín donde los jefes paramilitares eran conducidos para declarar dentro del proceso de Justicia y Paz. Pero vilmente fue asesinada por los mismos que la expulsaron de su tierra. Fue reproducido y publicado en El Tiempo el 23 de mayo de 2008 dentro de la curaduría “transmisiones” del salón de artistas regionales; apareció acompañado de un texto que invitaba a los lectores a intervenirlo. Cuando Beatriz vio la foto de Álvaro Sierra que ilustraba la noticia de la muerte de Yolanda sintió una reacción similar a la experimentada cuarenta y pico de años atrás al toparse en el periódico con la fotografía de Los Suicidas del Sisga, la pareja de enamorados que prefirió ahogarse en una laguna antes que mancillar su amor con el sexo. Volvió a sentir esa sensación que la impulsó a crear esa obra que provocó un revolcón en la lectura del arte contemporáneo colombiano y que lanzó su propia imagen a la luz pública cuando fue premiada en el Salón de Artistas Nacionales. En ambas imágenes se encontró con la conjunción de un mundo de elementos plásticos, composición, textura, contraste… e historia, anécdota, drama, tragedia reunidos en una fotografía de prensa que la invitaron a representarla nuevamente, a procesarla, a darle un sentido nuevo con sus herramientas, lápiz, carboncillo, colores, óleos, impresiones. A descubrirle el alma, el aura, el fantasma. A reproducirla en continuum. A hacerla llegar a los hogares del país al que quiere hablarle. Hizo a lápiz el perfil de Yolanda y cambió el contenido del mapa por la imagen de la víctima sosteniendo el mapa que era la imagen de Yolanda portando el mapa que era a su vez Yolanda portando… Otra vez se hacía presente el continuum. La Leona pura, la obsesión de los cargueros… Esta vez no se trataba de una vista panorámica, era un zoom. Una sucesión de ondas: Ondas de Rancho Grande. Beatriz había logrado interpretar el sentido de la comunicación a partir de un efecto de representación física: las ondas. Pero le agregaba otro sentido místico a la imagen: la gente en Colombia necesita íconos, imágenes en las cuales pueda identificarse, reconocerse. Decidió volverla una santa. Le hizo un marco. Esta mujer es una mártir en la lucha por sus derechos. En un país sin valores, ella representa la lucha por un ideal, la honestidad. Puede compararse con Policarpa Salavarrieta le dijo un día a la cámara mientras sostenía el cuadro repitiendo la pose de la modelo muerta. Yolanda se volvió objeto de experimentación plástica. Pero el día en que Beatriz leyó la carta que una señora desconocida dejó en la galería de Alonso Garcés, se enteró que su santa ya había hecho un milagro, y el color iluminó la exposición que tenía en preparación. El color que ella creía perdido, o el que ya no le interesaba para su trabajo, recobró su vigor. Comenzó a pintar variaciones sobre lienzo de tamañano natural, al óleo, con un cuidado y una naturalidad deslumbrante. ¿Quién será la señora que un día se apareció en la galería a dejar la carta en la que cuenta el milagro que le hizo Yolanda?
Otro rebote de luz y color. Le había prometido a Beatriz que no la entrevistaría más. Que simplemente seguiría el proceso de la construcción de su obra Auras Anónimas en los columbarios del cementerio central. Pero este milagro ocurrió en paralelo. Beatriz -que había decidido no pintar otros motivos que los cargueros de muertos, que se había empecinado en repetirlos como si se tratara de una campaña de publicidad, así como hacen con Batman o con cualquier gaseosa, tratando de que el consumidor reconozca y recuerde una imagen esencial-, encontró en Yolanda, en la carta, en la fabricación de una santa una razón para seguir, ampliar la temática de su obra.
Si estoy tratando de narrar la historia de un país a partir de una artista que no ha hecho más que seguir el ritmo de los acontecimientos de su país, de su historia, cómo no convencerla de la importancia de abrirle a la cámara nuevamente las puertas de su estudio...
-Beatriz, necesito verte pintando esa exposición. Iré simplemente cada tres o cuatro días, diez o quince minutitos y simplemente te observaré trabajar.
Entraré a tu estudio caminando despacio. Te aseguro que no me apoyaré en la mesa de metal en la que pintaste con esmalte brillante de pintuco a unos gatitos juguetones que no merecían estar reproducidos simplemente en el papel de un calendario, cuando eras una pintora de provincia y buscabas cuanta pista te diera el gusto de la imaginería popular para convertirlo en cuadro, en objeto, en representación; no te propondré que hablemos de Marta Traba, tu maestra, a quien seguiste a sus clases de historia del arte en la Universidad de los Andes para que fuera tu guía crítica por todos los vericuetos de las artes de todos los tiempos, sin importarte dejar atrás tus inicios de estudiante de arquitectura de la Nacional. Te juro que estaré atento, cuidando no rallar con mi cámara el cajón azul clarito del Televisor en color que le construiste al ex -presidente Turbay, cuando te considerabas una pintora de la corte, para que con grandes gafas y eterno corbatín rojo vocifere eternamente el estatuto de seguridad que según sus ridículos vaticinios salvaría a Colombia de la subversión. Si mucho, te imaginaré en tu casa, todos los días, halando el cordón de la cortina donde estampaste esa familia presidencial cantándole rancheras a un general recién llegado de Roma, o sentada en tu sillón repasando las docenas de dibujitos a lápiz donde el presidente aparecía borracho o comulgando.
No haré ningún comentario cuando cruce la sombra del divino niño en camuflado que corona el túmulo funerario para soldados bachilleres que vela por las ánimas de los soldaditos de plomo, los compañeros del servicio militar de tu hijo que murieron por deshidratación en la inmensidad del llano tras haber sido vacunados contra la viruela y obligados a caminar al día siguiente durante horas bajo un solazo de 40 grados a la sombra; no buscaré en las paredes el ramo de gladiolos rojos que adornó a Belisario el día que reunió a su gabinete y su corte de generales, aquellos que tuvieron el honor de estar con usted señor presidente en este momento histórico, para decidir el si sí o si no enviarían las tanquetas sobre el palacio de justicia… y no exhalaré ningún sollozo de complicidad con esa señora mayor, desnuda, llorando, que se cubre los ojos para no mirar un mundo que sólo le envía mensajes de masacres y dolores.
No desviaré la vista hacia el cuartito donde reposan los centenares de recortes de periódico que te inspiraron frases y cuadros y conferencias y muchas horas de meditación sobre el gusto y la historia de la patria y la volátil duración del blanco o del gris en el papel de las noticias; me instalaré atrás, junto a la radio de pilas que te canta un leid de Schubert y respiraré pasito para no interferir los susurros del pincel acariciando el lienzo: allí el trípode estará quieto, atento a la evolución de los amarillos, de los verdes y violetas, de las gamas de colores tan bonitos que cuentan cosas muy tristes, como te dijo el niño en Barranquilla cuando expusiste aquella serie repleta de ataúdes y mujeres posesas por el dolor ante la muerte de sus seres queridos. Incluso, a veces, simularé estar ausente, miraré la ciudad, pensaré que tú eres esa señora que camina apresurada frente al planetario, la que pareciera haber trazado un sendero para que muchos aprendices de artista circulen entre el Museo Nacional y el Museo de Arte Moderno.
- Beatriz, sé que te molestan las cámaras, que te importunan los lentes y los ojos viéndote pintar, pero…
Ella no me miró a los ojos. Con la vista fija en no se qué me dijo:
-Venga, pues. Pero no más.
3. Esculpiendo en el tiempo.
Hoy iniciaré el montaje. Hace tres años, cuando encendimos por primera vez la cámara, no tenía ni idea que el obsesivo, interminable continuum me llevaría a darle vueltas, cámara al hombro, a los pabellones de los columbarios del cementerio central, siguiendo a Beatriz mientras efectuaba con Zapata, el maestro de obra, una revisión minuciosa de su colosal intervención. Que esta lápida está muy salida, que por favor tapen ese hueco en el cielo-raso para que no entren las palomas, que si no han vuelto los indigentes a saltar las cercas para escamparse en las noches, que hay que reconstruir el camino de acceso, que hay que cortar el césped de los jardines, que hay que buscar con qué cerrar los osarios pequeños en las bases de los pabellones, que hay que tapar con yeso todas las fisuras en las bocas de las tumbas… Hace tres años, cuando los cargueros eran apenas largas cintas pintadas sobre tela que repetían la imagen que constataban la tragedia nacional, la palabra yeso se asociaba al olor fresco de la mascarilla mortuoria que la maestra se había mandado a fabricar para reflexionar sobre el sentido de los rituales funerarios y la ministra de Cultura no le había colgado una medalla al mérito como recompensa a toda una toda una vida dedicada al arte. Quién lo hubiera creído. En mi computador no aparecía el fichero que contenía la secuencia de fotos que le tomaron mientras le cubrían la cara con una masa pegajosa, húmeda, blanca, espesa, para sacarle en vida el molde de su rostro. ¿Acaso ella, en ese instante, imaginaba que su propia máscara sería testigo de la construcción de la faraónica instalación? En aquella época esa máscara era un rostro que, como un sello, se había estampado de tela en tela, que convirtió algunos lienzos en sudarios, o que reproducido en volumen y pintado de verde se exponía en pequeñas vitrinas de madera y vidrio para recorrer exposiciones o ser vendido en la tienda de la Galería de Alonso Garcés, desde donde miraba a sus espectadores o a sus clientes con una expresión tan larga, tan permanente en el tiempo como los cargueros recién expuestos en el gran salón de al lado. Recuerdo esa exposición. La filmé mientras la instalaban y cuando nos dejaron con ella, solitarios. Trípode sobre rieles, cámara digital, piso de madera y muchas luces. Cargueros en blanco y negro y cargueros de colores. Tanto lujo en apariencia, tantas dudas con la tecnología. La cámara de video tan reacia a ser fiel a los colores de Beatriz. Amarillos extremistas, verdes chillones, violetas que derivaban hacia un negro de luto amargo, matizado. Una suma de conjunto triste, muy triste. Así empezamos, luchando por ser fieles al color, luchando por compensar los inestables rayos de sol que se filtraban por los ventanales del techo y los reflectores que trajimos, un aparataje que con el tiempo fue reduciéndose hasta convertirse en un equipo de documentalista solitario… Y luego vino “el vernissage”. Como los cuadros, pasamos de secuencias de tormentas solitarias a bárbaras sesiones de superrflua mundanidad. Tal vez me sentí tan incómodo filmando ese cocktail de inauguración como ella cuando que se daba cuenta que la cámara se encendía durante las intermitentes sesiones de rodaje que me concedió. Qué extraño oficio. A veces buscando reproducir en primerísimo plano el deslumbrante reflejito de luz sobre el verde que un pincel va depositando sobre el tramado de un lienzo, y en otras atento a los gestos predecibles de acaudalados coleccionistas e intelectuales curiosos que lentamente recorren la ruta de los cuadros, que se inclinan y tapándose la boca hacen a su pareja un comentario, y luego, acomodándose en el centro del recinto a conversar, de espaldas a los cuadros, siguen con sus ojos la ruta del mesero que lleva en su brazo el charol donde viajan unas copas de vino. Y atrás, inmutables, los insobornables cargueros. ¿Cómo será el desfile de espectadores el día que inauguren las Auras Anónimas? ¿Cuál sería el ritual que Beatriz practicaba al acceder dejarme estampar instantes de su rostro, de su vida en mi película? A veces me siento como ese fabricante del máscaras de yeso que estampa sin cesar moldes de instantes para simular la vida.
Cuando empezamos a filmar, Yolanda izquierdo no estaba muerta y su retrato no hacía parte de la galería de santos de la patria loca. Todos los cuadros parecían detenidos en una eternidad extenuante cargados de de un pesado color dolor, de una aplastante queja que utilizaba palabras puñales para relatar de nuevo las crónicas de la infamia, de la ignominia. “Las delicias”, “Mátenme a mí que yo ya viví”, “Pásenlos a la otra orilla”… daban cuenta de una obsesión por los titulares de prensa de los acontecimientos más tristes de la historia reciente. Las acciones paramilitares y guerrilleras estaban reflejadas en la tristeza de las madres de las víctimas y ella las enjuagaba, como la Verónica y tejía cuadro a cuadro el sudario del pánico.
Recuerdo que cuando entré por primera vez a su estudio me detuvo un cuadro que me conmovió. Una imagen en un lienzo tamaño “natural” que me lanzó una pregunta, que a su vez me propuso una película. Y como es costumbre en este oficio me la llevé –la pregunta- al balcón del apartamento del otro lado de la plaza de Toros, desde el que miraba a distancia el piso del edificio donde se encontraba el estudio donde continuaba en exposición solitaria del cuadro que acababa de ver . El continuum,G como diría la maestra. Cavilando en mi burladero particular se me ocurrió escribir una sinopsis que comenzaba así: “Desnuda, de pie, una mujer sexagenaria llora. Los contornos de su piel son de un color azul verdoso, fosforescente, sobre un paisaje oscuro, vacío. Sus manos tapan su cara, sus ojos. ¿Por qué llora? Esa mujer no es ella, es su “autorretrato llorando No.2”. Ella se llama Beatriz González, nació en 1938 y. desde hace medio siglo ocupa una primera plana en la historia del arte Colombiano. Su función ha sido mirar, reflexionar, crear, pintar, opinar, criticar, curar y enseñar…”
-¿Qué pasó, maestra, por qué llora?
Si Luis Caballero, su amigo, su compañero, su colega, algún día le dijo que como Pintora de Provincia “….Usted nos ha enseñado a ver, dándole categoría estética a formas, a colores, a imágenes que en Colombia siempre tuvimos por cursis, vulgares y antiestéticas. Usted supo apropiarse de todo ese mundo y supo mostrárnoslo y supo hacérnoslo ver y apreciar…”
¿Qué aconteció maestra con la pintora de la Corte? Si usted con su ironía nos hacía lucir siempre una sonrisa perversa, si los títulos de sus cuadros , esas frasecitas con filo de cuchillo nos provocaban una carcajadita malintencionada, ¿qué designio trágico obligó su pincel a llenar de tristeza esos colores tan bonitos?
Usted, tan acostumbrada a buscar en la prensa imágenes que le inspiraran el deseo de pintar ¿qué noticias pudo ver en esta última mitad de siglo que la llevaron no sólo al llanto, sino a hacerse en vida esa máscara mortuoria? ¿A caminar durante meses esta galería funeraria con un pincel y una voluntad de esculpir en el tiempo una obra artística que más parece la confesión sublime de la dolorosa realidad del tiempo que nos ha tocado vivir…?
La edición de esta película debería responder a estas preguntas. Quizás, simplemente, amplíe aún más su dimensión. Horas y horas de conversación. Meses de distancia. Encuentros furtivos en ascensores. Llamadas inesperadas ofreciéndome fotos, archivos, recortes de prensa. Sesiones de pintura a veces acompañadas con silencios, sonrisas amables, o miradas de odio. Una complicidad extraña con alguien que pareciera odiar al cine colombiano y a sus autores, pero que a lo mejor ha entendido que poco a poco los documentalistas no somos más que unos aprendices de un nuevo arte que ha inventado ese oficio joven que es el cine…unos hipotéticos y obstinados aprendices para quizás un día ser denominados sin temor a dudas como escultores del tiempo.
Diego García Moreno – Junio-julio de 2009
GRABANDO A BEATRIZ GONZALEZ.
Por Diego Gacía Moreno
1. Auras Anónimas
Llueve. Truena. Relampaguea y truena. El mediodía se ha vuelto penumbras repentinas. Los obreros fueron a almorzar y la tempestad retarda su regreso. El viento tropieza con las tumbas y empuja mi cámara. Las hojas de los urapanes, enardecidas por azotes invisibles, ahogan los rugidos de los motores de una ciudad por costumbre histérica a la luz del día. Algunas serigrafías se desprenden y caen al piso del largo damero blanco y negro de granito resquebrajado por el tiempo y los dolientes, que quizás ya ni asoman su cabeza a través de las rejas de hierro de la avenida El Dorado.
-No se preocupe, están plastificadas- me dijo Zapata, el jefe de cuadrilla cuando vio que se venía el aguacero.
Me escampo en el corredor al lado de la galería de las fosas cuya perspectiva profunda delimitada por las columnas blanqueadas con cal se confunde con un túnel que genera su propia luz, plana, difusa. A esta hora no imagina uno que las auras de los muertos, en apariencia ausentes, vendrían a confirmar su presencia. En el techo de guadua machacada se dibujan parches húmedos. Me estremezco al presentir voces que parecieran protestar por razones aún intraducibles. Enfoco rebotes de goteras cayendo de los tejados sobre el asfalto de las callejuelas que separan las largas construcciones sostenidas por decenas de capiteles que se prolongan de sur a norte, recorro con “paneos” las bocas abiertas de la colmena mortuoria. ¿Dónde estará Beatriz González? ¿Habrá imaginado que desde el principio su intervención incorporaría las tormentas? No es el cementerio ni la muerte, es la normal climatología bogotana, me repito. Y sigo filmando. Pero vuelve a sonar un trueno, y al mirar la nube negra, el cúmulo enardecido, olvido cualquier explicación de apariencia natural pronunciada con actitud científica.
¿Será que Beatriz tiene razón? La muerte en Colombia está por fuera de las tumbas, repite en cada entrevista. Sus auras anónimas deambulan en pena y sólo estarán en paz cuando las devolvamos a su lecho eterno. ¿Habrán decidido mostrar su fuerza en torno a estos columbarios del Cementerio Central que ella recubre con ocho variables de sus cargueros?
Quién hubiera pensado que esas siluetas reproduciendo la escena aparecida en una foto de prensa en la que se ven unos hombres soportando de hombro a hombro un palo del que pende un bulto que envuelve un masacrado más de esta masacre continua que es Colombia, esas siluetas medio burdas que con suma paciencia le vi dibujar con carboncillo sobre un cartón blanco llegarían a convertirse en el leitmotiv de esta faraónica intervención cargada de alegorías a la muerte. Son más de nueve mil fosas solicitando su lápida. Ella las mandó a imprimir y ahora tienen que fingir ser mármol. Y hay que acomodarlas una por una, recortarlas una por una para que se acomoden al tamaño de las criptas desiguales.
La lluvia amaina, un trozo de azul en el cielo y un golpe de sol resalta el costado occidental de los edificios. Los obreros jóvenes regresan a su oficio; unos cortan varillitas de madera, otros las clavan como soportes en cada tumba; alguno carga paquetes con litografías, como bultos de cargadores, y los va depositando en la mitad de la galería, o allá, al fondo; una chica rasga el papel, saca las lápidas, y comienza a disponerlas, una por una, alternando los 6 motivos, frente a las destartaladas tumbas; otro recorta con un cutter los bordes para ajustarlas a su tamaño, otro les echa pegante y las acomoda en su panel. Paso a paso, como si fueran ladrillos de un palacio encantado, va apareciendo ese paisaje insospechado, ese mosaico insistente que pocos ven porque por cosas del destino, o de la planificación urbana pues la circulación por la calle veintiséis se ha restringido para la construcción de una nueva ruta del Sistema Transmilenio. Talvez sus futuros pasajeros verán desfilar por las ventanillas un parque ceremonial dedicado a la vida en donde múltiples artistas dispondrán, como Beatriz, creaciones insospechadas que evocarán los pasajes de la infamia. Algunos políticos han propuesto derribar esas naves; consideran que es mejor llenar los jardines con canchas y columpios; les parece más oportuno borrar, borrar, no dejar constancia de tantos rumores que circulan por ahí, los que aseguran que bajo esos prados aledaños a las naves yacen los restos de los muertos del 48, los de Rojas Pinilla, los del Palacio, los anónimos… en fin…. Por ahora pacientemente, sin hacer alarde, como acostumbra Beatriz, anónima, clandestinamente va formándose esta intervención artística, este documento plástico, esta denuncia, este rito de reparación, este monumento a la memoria de una tragedia construida también paso a paso en un país que desde hace muchas décadas se ha empeñado en destruirse.
Camuflo la cámara en un maletín de médico de pueblo, camino entre marmolerías y floreros fúnebres y viene a mi recuerdo esa mañana soleada, hace algo más de tres años, cuando la encontré en su estudio del piso 18 de un alto un edificio de ladrillo frente a la Plaza de Toros, llenando con las mismas imágenes un cuaderno de tareas. Su amigo José Suárez, el maestro paisa de los dibujos en miniatura, había enviado el croquis de los cargueros a un fabricante de sellos de plástico, seguramente el mismo que le había reproducido sus conejitos, y se lo había regalado a Beatriz para que cumpliera su propósito. Ella había decidido que no pintaría otras figuras y pacientemente, como un empleado de correos, como una oficinista de banco, como un notario, como un aduanero, como una maestra de escuela de mi época, golpeaba la esponjilla entintada y luego la estampaba en la página de un cuaderno de escuela de muchas hojas. Uno tras otro, el golpe iba llenando el tiempo, la mañana, la memoria de mi cámara. pam, pam, pam.
De la tormenta a la sonrisa. Sonreí porque presentí que también a mí, la paciencia me premiaba de rebote. Ya son tres años buscando la manera de documentar el trabajo de Beatriz. Tuve que convencerla de que para tener en la película la sensación de que esa persona estaba viva, que no era simplemente una relatora desprendida de la academia, necesitaba acompañarla en un proceso de creación. Ver a la artista concebir, crear, sufrir, moldear su obra. Acababa de tener en frente la prueba de que algo de todo eso estaba registrado, pero que también el tiempo era un buen cómplice y nos regalaba truenos, relámpagos, y un rayo de sol….
Extracto de una entrevista con BG en 2006.
B:G: “…ahora estoy presentando una exposición en Medellín, se inaugura el 4 de mayo, en la cual resolví hacer una exposición pequeña sobre un tema que me quedó inconcluso. Que se llamaba -no tiene que ver García Márquez- “Paisajes Pendientes”. Yo me recordaba de lo pendiente, la pendiente y los cargueros esos. Son diez metros de cargueros. Una banda funeraria con el bordecito negro, como eran las tarjetas de pésame de antes. Es una banda larga, mide ocho metros, pero voy a empezar una de diez. Es como una película. Cada tres o cuatro cambian y se cargan a veces en hamaca, a veces en plástico. Eso se ve silueteado, tiene que ver con el continuum. Porque el continuum tiene que ver con el cine. Hay varias inspiraciones. La una es que cuando estaba chiquita me regalaron una tiendita. Esa tiendita tenía botellas de Leona Pura, y la Leona Pura tenía el sello de Leona Pura que tenía el sello de Leona Pura y la leona chiquitina tenía el sello, y sigue, y eso se iba repitiendo. Yo tenía cinco años y se me quedó grabado. La otra es que en mi casa había una cosa para poner los helechos que era muy fina, era de cerámica de Sèvres, Tenía unas muñequitas, unas figuritas francesas que van caminando, niñitas y jóvenes y, como es redondo color marfil, las figuras son negras. Yo pintaba esa cosa silueteada. Esta exposición me recordó, no es que me haya recordado yo de eso, me recordó ese soporte de helechos que había en mi casa que es seguido, seguido, seguido y vuelve y vuelve y silueteado. Porque todas las figuras que hice en medellín son oscuras sobre fondo crudo. El continuum…
2. Continuando el continuum
Beatriz lo define como grabado popular. Representa a la líder de los desplazados de Córdoba, Yolanda Izquierdo, sosteniendo entre sus manos el mapa de la tierra que le habían robado; ella se paraba frente a juzgados de Medellín donde los jefes paramilitares eran conducidos para declarar dentro del proceso de Justicia y Paz. Pero vilmente fue asesinada por los mismos que la expulsaron de su tierra. Fue reproducido y publicado en El Tiempo el 23 de mayo de 2008 dentro de la curaduría “transmisiones” del salón de artistas regionales; apareció acompañado de un texto que invitaba a los lectores a intervenirlo. Cuando Beatriz vio la foto de Álvaro Sierra que ilustraba la noticia de la muerte de Yolanda sintió una reacción similar a la experimentada cuarenta y pico de años atrás al toparse en el periódico con la fotografía de Los Suicidas del Sisga, la pareja de enamorados que prefirió ahogarse en una laguna antes que mancillar su amor con el sexo. Volvió a sentir esa sensación que la impulsó a crear esa obra que provocó un revolcón en la lectura del arte contemporáneo colombiano y que lanzó su propia imagen a la luz pública cuando fue premiada en el Salón de Artistas Nacionales. En ambas imágenes se encontró con la conjunción de un mundo de elementos plásticos, composición, textura, contraste… e historia, anécdota, drama, tragedia reunidos en una fotografía de prensa que la invitaron a representarla nuevamente, a procesarla, a darle un sentido nuevo con sus herramientas, lápiz, carboncillo, colores, óleos, impresiones. A descubrirle el alma, el aura, el fantasma. A reproducirla en continuum. A hacerla llegar a los hogares del país al que quiere hablarle. Hizo a lápiz el perfil de Yolanda y cambió el contenido del mapa por la imagen de la víctima sosteniendo el mapa que era la imagen de Yolanda portando el mapa que era a su vez Yolanda portando… Otra vez se hacía presente el continuum. La Leona pura, la obsesión de los cargueros… Esta vez no se trataba de una vista panorámica, era un zoom. Una sucesión de ondas: Ondas de Rancho Grande. Beatriz había logrado interpretar el sentido de la comunicación a partir de un efecto de representación física: las ondas. Pero le agregaba otro sentido místico a la imagen: la gente en Colombia necesita íconos, imágenes en las cuales pueda identificarse, reconocerse. Decidió volverla una santa. Le hizo un marco. Esta mujer es una mártir en la lucha por sus derechos. En un país sin valores, ella representa la lucha por un ideal, la honestidad. Puede compararse con Policarpa Salavarrieta le dijo un día a la cámara mientras sostenía el cuadro repitiendo la pose de la modelo muerta. Yolanda se volvió objeto de experimentación plástica. Pero el día en que Beatriz leyó la carta que una señora desconocida dejó en la galería de Alonso Garcés, se enteró que su santa ya había hecho un milagro, y el color iluminó la exposición que tenía en preparación. El color que ella creía perdido, o el que ya no le interesaba para su trabajo, recobró su vigor. Comenzó a pintar variaciones sobre lienzo de tamañano natural, al óleo, con un cuidado y una naturalidad deslumbrante. ¿Quién será la señora que un día se apareció en la galería a dejar la carta en la que cuenta el milagro que le hizo Yolanda?
Otro rebote de luz y color. Le había prometido a Beatriz que no la entrevistaría más. Que simplemente seguiría el proceso de la construcción de su obra Auras Anónimas en los columbarios del cementerio central. Pero este milagro ocurrió en paralelo. Beatriz -que había decidido no pintar otros motivos que los cargueros de muertos, que se había empecinado en repetirlos como si se tratara de una campaña de publicidad, así como hacen con Batman o con cualquier gaseosa, tratando de que el consumidor reconozca y recuerde una imagen esencial-, encontró en Yolanda, en la carta, en la fabricación de una santa una razón para seguir, ampliar la temática de su obra.
Si estoy tratando de narrar la historia de un país a partir de una artista que no ha hecho más que seguir el ritmo de los acontecimientos de su país, de su historia, cómo no convencerla de la importancia de abrirle a la cámara nuevamente las puertas de su estudio...
-Beatriz, necesito verte pintando esa exposición. Iré simplemente cada tres o cuatro días, diez o quince minutitos y simplemente te observaré trabajar.
Entraré a tu estudio caminando despacio. Te aseguro que no me apoyaré en la mesa de metal en la que pintaste con esmalte brillante de pintuco a unos gatitos juguetones que no merecían estar reproducidos simplemente en el papel de un calendario, cuando eras una pintora de provincia y buscabas cuanta pista te diera el gusto de la imaginería popular para convertirlo en cuadro, en objeto, en representación; no te propondré que hablemos de Marta Traba, tu maestra, a quien seguiste a sus clases de historia del arte en la Universidad de los Andes para que fuera tu guía crítica por todos los vericuetos de las artes de todos los tiempos, sin importarte dejar atrás tus inicios de estudiante de arquitectura de la Nacional. Te juro que estaré atento, cuidando no rallar con mi cámara el cajón azul clarito del Televisor en color que le construiste al ex -presidente Turbay, cuando te considerabas una pintora de la corte, para que con grandes gafas y eterno corbatín rojo vocifere eternamente el estatuto de seguridad que según sus ridículos vaticinios salvaría a Colombia de la subversión. Si mucho, te imaginaré en tu casa, todos los días, halando el cordón de la cortina donde estampaste esa familia presidencial cantándole rancheras a un general recién llegado de Roma, o sentada en tu sillón repasando las docenas de dibujitos a lápiz donde el presidente aparecía borracho o comulgando.
No haré ningún comentario cuando cruce la sombra del divino niño en camuflado que corona el túmulo funerario para soldados bachilleres que vela por las ánimas de los soldaditos de plomo, los compañeros del servicio militar de tu hijo que murieron por deshidratación en la inmensidad del llano tras haber sido vacunados contra la viruela y obligados a caminar al día siguiente durante horas bajo un solazo de 40 grados a la sombra; no buscaré en las paredes el ramo de gladiolos rojos que adornó a Belisario el día que reunió a su gabinete y su corte de generales, aquellos que tuvieron el honor de estar con usted señor presidente en este momento histórico, para decidir el si sí o si no enviarían las tanquetas sobre el palacio de justicia… y no exhalaré ningún sollozo de complicidad con esa señora mayor, desnuda, llorando, que se cubre los ojos para no mirar un mundo que sólo le envía mensajes de masacres y dolores.
No desviaré la vista hacia el cuartito donde reposan los centenares de recortes de periódico que te inspiraron frases y cuadros y conferencias y muchas horas de meditación sobre el gusto y la historia de la patria y la volátil duración del blanco o del gris en el papel de las noticias; me instalaré atrás, junto a la radio de pilas que te canta un leid de Schubert y respiraré pasito para no interferir los susurros del pincel acariciando el lienzo: allí el trípode estará quieto, atento a la evolución de los amarillos, de los verdes y violetas, de las gamas de colores tan bonitos que cuentan cosas muy tristes, como te dijo el niño en Barranquilla cuando expusiste aquella serie repleta de ataúdes y mujeres posesas por el dolor ante la muerte de sus seres queridos. Incluso, a veces, simularé estar ausente, miraré la ciudad, pensaré que tú eres esa señora que camina apresurada frente al planetario, la que pareciera haber trazado un sendero para que muchos aprendices de artista circulen entre el Museo Nacional y el Museo de Arte Moderno.
- Beatriz, sé que te molestan las cámaras, que te importunan los lentes y los ojos viéndote pintar, pero…
Ella no me miró a los ojos. Con la vista fija en no se qué me dijo:
-Venga, pues. Pero no más.
3. Esculpiendo en el tiempo.
Hoy iniciaré el montaje. Hace tres años, cuando encendimos por primera vez la cámara, no tenía ni idea que el obsesivo, interminable continuum me llevaría a darle vueltas, cámara al hombro, a los pabellones de los columbarios del cementerio central, siguiendo a Beatriz mientras efectuaba con Zapata, el maestro de obra, una revisión minuciosa de su colosal intervención. Que esta lápida está muy salida, que por favor tapen ese hueco en el cielo-raso para que no entren las palomas, que si no han vuelto los indigentes a saltar las cercas para escamparse en las noches, que hay que reconstruir el camino de acceso, que hay que cortar el césped de los jardines, que hay que buscar con qué cerrar los osarios pequeños en las bases de los pabellones, que hay que tapar con yeso todas las fisuras en las bocas de las tumbas… Hace tres años, cuando los cargueros eran apenas largas cintas pintadas sobre tela que repetían la imagen que constataban la tragedia nacional, la palabra yeso se asociaba al olor fresco de la mascarilla mortuoria que la maestra se había mandado a fabricar para reflexionar sobre el sentido de los rituales funerarios y la ministra de Cultura no le había colgado una medalla al mérito como recompensa a toda una toda una vida dedicada al arte. Quién lo hubiera creído. En mi computador no aparecía el fichero que contenía la secuencia de fotos que le tomaron mientras le cubrían la cara con una masa pegajosa, húmeda, blanca, espesa, para sacarle en vida el molde de su rostro. ¿Acaso ella, en ese instante, imaginaba que su propia máscara sería testigo de la construcción de la faraónica instalación? En aquella época esa máscara era un rostro que, como un sello, se había estampado de tela en tela, que convirtió algunos lienzos en sudarios, o que reproducido en volumen y pintado de verde se exponía en pequeñas vitrinas de madera y vidrio para recorrer exposiciones o ser vendido en la tienda de la Galería de Alonso Garcés, desde donde miraba a sus espectadores o a sus clientes con una expresión tan larga, tan permanente en el tiempo como los cargueros recién expuestos en el gran salón de al lado. Recuerdo esa exposición. La filmé mientras la instalaban y cuando nos dejaron con ella, solitarios. Trípode sobre rieles, cámara digital, piso de madera y muchas luces. Cargueros en blanco y negro y cargueros de colores. Tanto lujo en apariencia, tantas dudas con la tecnología. La cámara de video tan reacia a ser fiel a los colores de Beatriz. Amarillos extremistas, verdes chillones, violetas que derivaban hacia un negro de luto amargo, matizado. Una suma de conjunto triste, muy triste. Así empezamos, luchando por ser fieles al color, luchando por compensar los inestables rayos de sol que se filtraban por los ventanales del techo y los reflectores que trajimos, un aparataje que con el tiempo fue reduciéndose hasta convertirse en un equipo de documentalista solitario… Y luego vino “el vernissage”. Como los cuadros, pasamos de secuencias de tormentas solitarias a bárbaras sesiones de superrflua mundanidad. Tal vez me sentí tan incómodo filmando ese cocktail de inauguración como ella cuando que se daba cuenta que la cámara se encendía durante las intermitentes sesiones de rodaje que me concedió. Qué extraño oficio. A veces buscando reproducir en primerísimo plano el deslumbrante reflejito de luz sobre el verde que un pincel va depositando sobre el tramado de un lienzo, y en otras atento a los gestos predecibles de acaudalados coleccionistas e intelectuales curiosos que lentamente recorren la ruta de los cuadros, que se inclinan y tapándose la boca hacen a su pareja un comentario, y luego, acomodándose en el centro del recinto a conversar, de espaldas a los cuadros, siguen con sus ojos la ruta del mesero que lleva en su brazo el charol donde viajan unas copas de vino. Y atrás, inmutables, los insobornables cargueros. ¿Cómo será el desfile de espectadores el día que inauguren las Auras Anónimas? ¿Cuál sería el ritual que Beatriz practicaba al acceder dejarme estampar instantes de su rostro, de su vida en mi película? A veces me siento como ese fabricante del máscaras de yeso que estampa sin cesar moldes de instantes para simular la vida.
Cuando empezamos a filmar, Yolanda izquierdo no estaba muerta y su retrato no hacía parte de la galería de santos de la patria loca. Todos los cuadros parecían detenidos en una eternidad extenuante cargados de de un pesado color dolor, de una aplastante queja que utilizaba palabras puñales para relatar de nuevo las crónicas de la infamia, de la ignominia. “Las delicias”, “Mátenme a mí que yo ya viví”, “Pásenlos a la otra orilla”… daban cuenta de una obsesión por los titulares de prensa de los acontecimientos más tristes de la historia reciente. Las acciones paramilitares y guerrilleras estaban reflejadas en la tristeza de las madres de las víctimas y ella las enjuagaba, como la Verónica y tejía cuadro a cuadro el sudario del pánico.
Recuerdo que cuando entré por primera vez a su estudio me detuvo un cuadro que me conmovió. Una imagen en un lienzo tamaño “natural” que me lanzó una pregunta, que a su vez me propuso una película. Y como es costumbre en este oficio me la llevé –la pregunta- al balcón del apartamento del otro lado de la plaza de Toros, desde el que miraba a distancia el piso del edificio donde se encontraba el estudio donde continuaba en exposición solitaria del cuadro que acababa de ver . El continuum,G como diría la maestra. Cavilando en mi burladero particular se me ocurrió escribir una sinopsis que comenzaba así: “Desnuda, de pie, una mujer sexagenaria llora. Los contornos de su piel son de un color azul verdoso, fosforescente, sobre un paisaje oscuro, vacío. Sus manos tapan su cara, sus ojos. ¿Por qué llora? Esa mujer no es ella, es su “autorretrato llorando No.2”. Ella se llama Beatriz González, nació en 1938 y. desde hace medio siglo ocupa una primera plana en la historia del arte Colombiano. Su función ha sido mirar, reflexionar, crear, pintar, opinar, criticar, curar y enseñar…”
-¿Qué pasó, maestra, por qué llora?
Si Luis Caballero, su amigo, su compañero, su colega, algún día le dijo que como Pintora de Provincia “….Usted nos ha enseñado a ver, dándole categoría estética a formas, a colores, a imágenes que en Colombia siempre tuvimos por cursis, vulgares y antiestéticas. Usted supo apropiarse de todo ese mundo y supo mostrárnoslo y supo hacérnoslo ver y apreciar…”
¿Qué aconteció maestra con la pintora de la Corte? Si usted con su ironía nos hacía lucir siempre una sonrisa perversa, si los títulos de sus cuadros , esas frasecitas con filo de cuchillo nos provocaban una carcajadita malintencionada, ¿qué designio trágico obligó su pincel a llenar de tristeza esos colores tan bonitos?
Usted, tan acostumbrada a buscar en la prensa imágenes que le inspiraran el deseo de pintar ¿qué noticias pudo ver en esta última mitad de siglo que la llevaron no sólo al llanto, sino a hacerse en vida esa máscara mortuoria? ¿A caminar durante meses esta galería funeraria con un pincel y una voluntad de esculpir en el tiempo una obra artística que más parece la confesión sublime de la dolorosa realidad del tiempo que nos ha tocado vivir…?
La edición de esta película debería responder a estas preguntas. Quizás, simplemente, amplíe aún más su dimensión. Horas y horas de conversación. Meses de distancia. Encuentros furtivos en ascensores. Llamadas inesperadas ofreciéndome fotos, archivos, recortes de prensa. Sesiones de pintura a veces acompañadas con silencios, sonrisas amables, o miradas de odio. Una complicidad extraña con alguien que pareciera odiar al cine colombiano y a sus autores, pero que a lo mejor ha entendido que poco a poco los documentalistas no somos más que unos aprendices de un nuevo arte que ha inventado ese oficio joven que es el cine…unos hipotéticos y obstinados aprendices para quizás un día ser denominados sin temor a dudas como escultores del tiempo.
Diego García Moreno – Junio-julio de 2009
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He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.
