viernes, 18 de enero de 2013

CUCURRUCUCÚ- que ando

CUCURRUCUCÚ- que ando.
Las palomas adoran reposar sobre las cabezas de las estatuas. Miran, cagan y cucurrucuquéan hasta que por el exhosto de un bus sale una explosión repentina; entonces vuelan espantada por el temor genético acumulado en varios siglos de masacres a punta de escopeta. Todas las mañanas cruzo el Parque de la Independencia camino a mi oficina  y me topo con una paloma oronda en la cabeza de la estatua de un tal Joaquín F. Vélez. ¿Quién sería ese señor? Vaya sorpresa: fue un activo político cartagenero de finales del siglo XIX; íntimo amigo de Rafael Núñez, fue su embajador ante  el Vaticano y el encargado de estampar la firma en el concordato; y, como si fuera poco, fue el jefe militar del departamento de Bolívar durante la guerra de los mil días... vaya méritos para ganarse una efigie de mármol en el hermoso y maltratado parque. Esta mañana me detuve y miré la paloma justo en el momento en que una atronadora explosión ciudadana me despertó la memoria genética del pánico acumulado durante la época del terrorismo mafioso, pero la paloma no voló, se acomodó en ese nido varonil cargado con honores de guerra y melodías gregorianas, cucurruquió, cagó y me miró con un aire pretencioso de espíritu santo.

He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.