jueves, 8 de enero de 2015

AVES MIGRATORIAS

Salir del 2014, salir de Bogotá, salir de mi oficina, salir de la sala de edición, salir de mi casa, salir de la rutina, salir de vacaciones, salir a buscar otros paisajes, otros aires, otros colores, otros ritmos, otras aguas, otra sensación: es urgente salir. 

Aviso clasificado: Motivo fatiga, ave migratoria necesita alzar vuelo. Se busca destino amable, cálido, buen lecho, alimento, piscina y mucha, mucha naturaleza circundante.

Suena el teléfono. 
- Hola Luisfer. Claro, sería maravilloso. Me puedo escapar para navidad. Gracias, allá nos vemos.  














El 23 de diciembre la ruta estaba misteriosamente vacía, el cielo de un azul sencillo. El Nevado del Ruíz, tan esquivo durante el año,  se desvistió imponente, se hizo descaradamente visible y juguetón y, en cada curva, cambiaba de perspectiva. Ocho horas fueron suficientes para hacer el trayecto Bogotá-Damasco. No me refiero al califato de Damasco. No, no se trata de la capital de Siria azotada por los vientos de la guerra. No, hablo de ese rincón en medio de la cordillera central colombiana, azotado por el viento cálido del trópico:  Damasco, corregimiento de Santa Bárbara, en el departamento de Antioquia, cuatrocientos kilómetros al occidente de Bogotá, y unos noventa al sur de Medellín, donde mi hermano Luis Fernando tiene una parcela en una pequeña meseta repleta de frutales, árboles nativos y palmeras, jardines con orquídeas, bugambilias, sanjoaquines  y platanillos que comenzó a sembrar veinte años atrás esperanzado en que un día serían los anfitriones de cuanto pájaro habitara la región o hiciera escala técnica en su ruta migratoria: El pajaral del sol,  allí donde,  pensando en las especies migratorias de dos patas como yo, o sus familiares o amigos, y previendo que a lo mejor sería su nido después de la jubilación en la universidad, edificó una hermosa casa con varios cuartos y muchas camas, con un gran corredor mirador con vista al norte,  que permite divisar allá, a lo lejos, después del cauce del Cauca, con apariencia de acuarela, las pirámides del Cerro del Sol y de Paramillo en la cordillera occidental, el cañón del río Cauca, y más acá, enfrente, el cerro bravo y el valle del Poblanco. Una casa paisa con acento mejicano  a escasos veinte metros de una piscina color mar profundo. 





Llegar, desvestirse, entregarle la piel pálida al sol, humedecerse en la piscina, tomarle unas fotos al atardecer, comerse una arepa con quesito, tomarse un jugo de mandarina y  un aguardiente y caer dormido. Levantarse muy temprano motivado por  la algarabía de pájaros y perros y aceptar la orden: a caminar. 




Salir a caminar por los caminos reales, caminos de mula, caminos de arrieros, caminos que atraviesan los potreros, las cañadas adornadas con guaduales, los retazos de selva sobreviviente, los cultivos de café y plátano, o bosquecitos de roble o teca, o sembrados de enormes hierbas para el ganado, o naranjales salpicados con zapotes y madroños, caminos que ensartan carreteras vecinales y rieles de fincas suntuosas sombreados con matarratón, o senderitos de chozas humildes alineados con novios, margaritas o azaleas; salir a caminar por estas montañas repletas de mangos y de divisas, de despeñaderos, de precipicios, de abismos, de inmensidad y de terraplenes para lanzarse a volar y confundirse con gavilanes y gallinazos y tórtolas y azulejos y garrapateros y petirrojos, y golondrinas y parapentes, y suspirar con este horizonte inmenso, extenso, infinito. 


Salir todos los días a caminar, todos los días, a respirar, a transpirar, a asfixiarse de naturaleza, solo, en silencio, escuchando el estruendo de un territorio alejado de las urbes, a recuperar el olor de la tierra, la sensación de cuerpo vivo, y, de vez en cuando, cruzar algún saludo con el campesino de turno, una sonrisa, cómo está, feliz año, que tenga un buen día y seguir la ruta, el camino, esos círculos concéntricos que de la finca de Luisfer me comunican con la rosa de los vientos, con La puerta del sol, con el cementerio, con el Cerro amarillo, con la cancha de Cordoncillo, con el río Buey, con el arma, con el Poblanco, donde sólo he llegado a caballo; con esa carretera central ruidosa y peligrosa, pero necesaria para llegar hasta esta variación tropical del paraíso. 

Salir caminar aprovechando la calma. Salir a caminar recordando que  hace algo más de una década era una osadía  salir a la deriva, que era como colgarse un morral de miedo y de zozobra.  Miro la tierra roja y presiento que sobre las mil capas de lava que formaron estas montañas, sobre la tierra amasada por millones de hojas de árboles caídas entre los ciclos del tiempo, entremezcladas a las huellas de indígenas y conquistadores y campesinos y arrieros y mulas y gatos salvajes y jabalíes y venados y hormigas y lombrices están las huellas de las pisadas de los combatientes de las guerras lejanas y las de las botas de las más cercanas. Que tanta belleza que parece eterna oculta  millones de gotas de sangre que salpica de espanto la memoria. Palabras ancestrales de sonido seductor como por ejemplo Pipintá, han sido transformada por la historia cercana en referentes bélicos como el Bloque Cacique Pipintá. Por aquí estuvieron, seguramente recorrieron los mismos caminos, pero tenían otros ojos, otros oídos, otro olfato, otros pensamientos, otros intereses. No caminaban con esta calma que hoy me acompaña cuando me digo, no es el momento de recordar esos acontecimientos. Aprovecha del presente, me digo, mira el paisaje, escucha las aves y el viento, aspira este aroma de flores sin culpa, déjate llevar por la belleza, oxigena tu cuerpo, agradece a la vida. 


sábado, 13 de diciembre de 2014

Luces e iluminaciones





El diez de diembre de 2014,
tras una larga jornada de edición,
repentinamente mi oficina fue invadida por una luz "atronadora".
Del edificio de enfrente,
durante un interminable minuto,
me bombardearon
con los potentes rayos de un sublime atardecer.

Me defendí como pude con mi destartalada camarita lumix,
una fiel sobreviviente
de un año de ajetreo constante
con personajes e historias
que inexorablemente
harán sus apariciones en las tramas de mis sueños
y en un grupo de películas documentales
que saldrán a la escena pública
el año  entrante.






Cuando el ataque de luz terminó,
sentí un alivio profundo.
Descargué la serie de fotos
y al observarlas tuve la sensación de que ese bombardeo de energía
contenía la fuerza de un mundo de seres
en apariencia ausentes
que durante toda mi vida han guiado mis pasos
como dispersos dioses tutelares.


domingo, 30 de noviembre de 2014

RAMÓN HOYOS VALLEJO: ¡TRAIDOR!

Durante tres años mi vida fue parcialmente feliz:

mi hermana se enamoró de Ramón Hoyos
y yo a escondidas dejaba abierta la ventana
para que él viniera una noche
y se la pudiera robar tranquilamente

pero un día ella llegó malencarada
no buscó la foto de su amor en la página de deportes
ni opinó nada
cuando papá nos dijo en el almuerzo
que el campeón se había casado

mi hermana tendría diez años
mi hermana naufragó quince noches en rancheras
mi hermana nunca se enteró de que en mis sueños
un niño Dios me había regalado una cicla
y que en la recta final le sacaba media rueda
a un Ramón Hoyos disminuido
por tantos amores que había traicionado


Diego García Moreno - París 1979.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Publicidad poética Apagada

Antes de que los estratos de noviembre  se vuelvan cúmulo-nimbus  
y el gran territorio vista  su disfraz de gris  tormentoso y pesada lluvia
se escucha la voz del capitán diciendo con tono de guía turístico barato:  
"... y a su izquierda el Parque Nacional de los  Nevados". 

Dentro de la montaña el dios del fuego tararea  su vieja melodía
mientras en el pasillo la azafata me pregunta
si el señor no va a comprar el desayuno. 

Sin prisa la fértil pradera de Armero espera su alimento: 
ella sabe que la fumarola del Nevado del Ruiz es el eco
de una voz que no la olvida.

¡Qué territorio! 
me provoca gritar pero han patentado las palabras 
y no me atrevo a decir 
Viva Colombia. 


Piedras




Piedras, piedras pilares, piedras techo, piedras sobre piedras, piedras refugio, piedras secretos, piedras talladas, piedras memoria, piedras sabias, piedras enigma, piedras. 
En el territorio de San Agustín, Huila, al sur de Colombia, se encuentran las huellas de una cultura precolombina enigmática, sabia, profundamente conocedora de la inter-relación vida-muerte. 
Proyectando Memoria fue a San Agustín 
con sus imágenes de aire y luz 
para  alimentarse de signos, símbolos, 
representaciones de un presente largo, de un tiempo vivo, de un tiempo esculpido en la aparente solidez de la materia; 
de las piedras, 
piedras profundas, piedras sencillas,
 piedras ojos, piedras colmillos, piedras cuerpo, piedras mirada, 
piedras parto,
 piedras ave y reptil y felino y sexo. 
Piedras.


viernes, 7 de noviembre de 2014

PROGRAMACIÓN DEL VI FESTICINE SAN AGUSTIN

Programación VI Festicine San Agustín

Plegable  - VI Festicine 2

sábado, 1 de noviembre de 2014

HOMENAJE EN EL VI FESTICINE SAN AGUSTIN

Cuántas veces me han preguntado:
-¿Y por qué no te dedicaste al cine?
-Y qué es lo que hago, pues...?- respondo.
-Pues sí, pero con actores...-
-¿...?
Qué mejores actores que aquellos que nos prestan -regalan- las imágenes de sus propios dramas, de sus aventuras, dichas o desgracias, por los paisajes vivos -o moribundos- de un país, -¿mundo?-, fascinante -tantas veces deprimente-.
Cómo me gusta conocer territorios y vidas y filmarlos. contarlos. Qué dicha cuando ese oficio, llámese como se llame, te lleva a sitios que siempre has deseado conocer, pero que por extraños designios, sólo lo alcanzas cuando tu cabeza se ha coronado con cabellos blancos. San Agustín, en el Huila, es uno de esos territorios sagrados de Colombia que aun no he visitado. Cómo agradezco al destino, y a los organizadores de su festival de cine, que, por fin,  me lleven a conocer en este preciso instante de la vida ese espacio mágico y a sus gentes,
A ver ¿Quién se anima a acompañarnos en el VI Festicine SAN AGUSTÍN?


miércoles, 22 de octubre de 2014

PAISAJEANDO mientras tanto...

Desde hace un par de meses me la he pasado encerrado editando en mi oficina. El contacto con el mundo exterior se ha resumido a las imágenes que grabamos para un documental que recibí por encargo. Pretendemos con ellas dar la sensación de un universo. En este caso es el universo de un grupo de teatro. Ciertos días pareciera posible llegar a la meta. Otros, empieza el péndulo de la indecisión a marcar su ritmo. Me rasco la cabeza, me provoca enviar todo al carajo y agarrar el morral. Quiero buscar nuevos paisajes. Cálmate y dale. Te están pagando. Está interesante. Ya llegará el momento. No ha llegado el editor. No me atrevo a encender el aparato. No quiero. Lo esperaré. Abro la ventana y miro la décima, la veintiseis, los cerros. Los congestión de autos es elástica. Miro las nubes y el parque de la Independencia.  Trancones y nubes, nubes y trancones. El gris del cielo bogotano le hace juego al smog ciudadano.  
Dale, escápate un rato, dale, dale... 

Paisaje 1
Camina lento camello, camello camina lento.
Dibuja huellas camello, camello dibuja huellas.
En las dunas veo tus pasos , tus pasos veo en las dunas.
Eres cometa en la arena, en la arena eres cometa.
No mires atrás camello, no mires  atrás no mires,
No mires que viene el viento, el viento viene, no mires.
Borra las huellas el viento, el viento borra las huellas.
Camina, dibuja y borra, y borra y borra el camino.
La arena limpia la arena, la arena a la arena limpia.


Paisaje 2
Arrastra el carruaje, arrastra. Arrastra, arrastra el carruaje.
Botellas, cartón, alambres. Alambres, cartón, botellas.
Corre, empuja, camina. Camina, empuja, corre.
Suda, tose, resopla. Resopla y suda, y tose y resopla.
Asfalto, aceite y asfalto. Aceite, asfalto y aceite.
Aguaceros, huecos, charcos. Charcos, huecos y aguaceros.
Detente que allí hay basura. Basura hay allí, escarba.
Piel y mugre se confunden. Mugre y piel  y piel y mugre.
La noche es olor y aliento. Aliento y olor de noche.
No hay quejidos, no hay cansancio. Si hay cansancio sí, hay quejidos.
No hay palabras ni hay silencio. Hay silencio sin palabras.
Trozos de luz y cemento, sombras, luces y cemento.
Arrastra, arrastra y arrastra, escarba, camina, empuja.

Paisaje 3
Cruzo un puente de aire y guadua
sobre un río, sobre un río.
Tengo miedo y me estremezco,
Me estremezco sobre el río.
Sobre un puente de aire y guadua
Temo, tiemblo, no sonrío.
Mucho aire sobre el río
Mucho temor, mucho aire.
Temo el puente,
Temo el río.
Temo resbalar al aire
Temo resbalar al río
Temo cruzar el puente
El puente de aire y guadua
El puente que cruza el  río.

¿Será que estos paisajes son más bien cancioncitas a las que debo ponerle música? Se las enviaré a Tomás para ver si acepta ponerles una atmósfera electrónica. De todas formas, esta noche me tomaré un whisky y, mirando la Bogotá nocturna desde el ventanal de mi piso dieciocho, intentaré rappearlas con mi estilo gregoriano.  La puerta de la oficina se abre de repente.  Mi editor me atrapa en pleno monólogo mañanero. "Vea pues, ¡le volvió a despertar el blog!"  me dice. Medio me sonrojo y río, oprimo el botón publicar, y vuelvo dócilmente a la pantalla. 


Diego García Moreno - Bogotá, octubre 22 de 2014

viernes, 3 de octubre de 2014

RECESO CON ÑAPA

Hace días que no escribo en el blog. O mejor, que no escribo… en seco.  La edición del documental sobre el Teatro Libre de Bogotá, a partir del remontaje de La Orestíada de Esquilo en el Teatro de Chapinero,  y un video que me ha encargado el Idartes sobre los Clan (Centros locales de arte para niños) me consumen el tiempo,  manipulan y absorben casi toda mi energía.  Me dejan solo un pequeño porcentaje para la nostalgia de la escritura inútil. Esa que no encarga nadie. La irresponsable y libre. Extraña mañana es esta: ni grabo ni edito. Entonces me escapo un momentito para amplificar mi declaración de silencio involuntario. Para decir que este blog no está muerto. Que está dormido. Que seguramente al término de estas obligaciones laborales tendré muchas frases para escribir, porque ambos encargos son fascinantes. Que esta manoseadera diaria a la gran tragedia griega dejará su huella en mis palabras. Esta suma de venganzas y matricidios, parricidios, filicidios y todas esas variables de agresiones que se catalogan con palabras terminadas en “…idios”  revuelcan una memoria empotrada en las células de lo humano que arrastramos. Mucha sangre manchando campos, mares, callejuelas y castillos, se mezcla con la obligación de grabar caritas tiernas de niños y niñitas cantando o bailando o pintando o haciendo malabares o teatro o danza o tocando arpa en medio de unos barrios que parecieran escenarios posibles para un suspiro de Pasolini . En este período de fin de año se han sumado dos aproximaciones extremas al arte que, presiento, cocinan  a fuego lento el futuro de este curioso rincón de  mis desahogos. Mientras, voy a rebuscar en la carpeta “mis documentos” de mi computador alguno de esos escriticos con cara de canción que en cualquier momento de desempleo salieron a la luz de la noche.  Ya vuelvo. ..

LISTO. Encontré un trozo de vida en el camino. Hace parte del diario escrito en el viaje por Suramérica que hice con Sally iniciando el año. Aquí va. Una sorpresa con foto y todo.


EL TREN ENTRE PUNO Y CUSCO

El problema es de tiempo. Las dos líneas paralelas se tratan de juntar a distancia y los soportes transversales, uno por uno, me hacen creer que puedo contarlos. No hay afán. El paisaje desfila a lado y lado a través de los amplios ventanales de madera. El bronce de los portaequipajes y las lucecitas con farolas de cristal en flor y las sillas tapizadas, abullonadas, sostenidas en fina madera curva, y sus brazos para reposar nuestros brazos, nos hacen sentir en otro tiempo. Desplazarse sin ruido de motor, solo con el taquetaquetaquetá, va produciendo una relación hipnótica con el paisaje.



El Titicaca allá, parece eternamente nuestro a pesar de que sus juncos, sus riberas sembradas en papa y sus florecitas amarillas que no sé qué son, van a desaparecer entre las grandes extensiones de hierba donde pastan los rebaños de ovejas, alpacas, llamas y vicuñas. Casitas de tierra diseminadas por ahí, como al azar, techos de paja o zinc que rebotan los rayos de un sol que comienza a borrar los restos de la lluvia de la noche. Charcos que son espejos de nubes. La elegancia. El tren de Puno a Cusco nos deja horas para recurrir al dispensario de nuestros adjetivos: bello, hermoso, deslumbrante, fantástico, alucinante… Qué curiosa sensación de felicidad. Si, es caro pero uno olvida el precio tras cada durmiente de la carrilera. Qué afortunados somos, hemos podido pagar los tiquetes que incluyen pisco y cena.


De pronto entramos a Juliaca. Una señora de sombrero corre por la vía, parece perseguir el tren, va quedándose atrás, pero en diagonal, o perpendiculares, empiezan a aparecer hombres, mujeres, vendedores de coca, de metales, de telas, de máquinas, de repuestos, de frutas, de metales, de chécheres chinos, de muñecos, de cordones de zapato, la vía se cierra, el paisaje desaparece, los mantos del altiplano se suceden, la mugre, el barro, los pedazos de metal oxidados o brillantes, una sensación de hambre, de acoso, de desespero, cuidado te roban la cámara, mantenla fija en la mano, es un solo plano, eterno, delatador, no es lo mismo filmar mirando hacia delante, todo aquí va hacia atrás, pero cada transeúnte, cada vendedor, cada mendigo, cada niño, cada señora adolorida, cada miserable está en su presente, se abre ante el tren durante el minuto que demora su paso y vuelve a su sitio, se apropia de la carrilera, extiende su pedazo de plástico o de tela sobre el piso y vigila que sus cosas no hayan desaparecido bajo la mole amodorrada, constante del tren.


            No hay afán. El mundo se desespera con los fantásticos trenes de gran velocidad. Hay que negociar rápido. En el tren de Cusco a Puno no hay prisa, solo el placer de mirar, de dejar que esta sensación de territorio se involucre al cuerpo a través de los ojos y de este taquetaquetaquetaquetá paralelo al Titicaca. Agua, planicies, montañas, nieve, naturaleza,  nubes, cielo revolcado por el aleteo de los cóndores o nuestros suspiros. Adiós ciudades. Vuelve a dominar esa incontrolable grandeza de la memoria tallada en el paisaje andino. Seguimos sin afán. Repetimos, no cansamos de repetir, volvemos a exhalar un qué alucinante, qué belleza, qué belleza, qué belleza.






He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.