jueves, 7 de agosto de 2014

DE LA ODA al No me JODA, BOGOTÁ.

Quería celebrar el cumpleaños de Bogotá con una oda a su eficacia a través de las redes, pero la intermitencia del servicio de internet de la ETB malogró mi poesía. Mi inspiración se deshizo tras hora y media en el teléfono fijo tratando de contener las "madriadas" a los funcionarios inocentes de un call center que me rebotaban de un servicio a otro y me preguntaban lo mismo que me han venido preguntando desde hace 3 meses, y yo repítales que después de no sé cuántos procedimientos fallidos de resetéo del modem-router y de modificar la configuración de mis compus aceptaron enviarme un técnico que dictaminó que a mi apartamento no puede llegar la señal de 6 megas porque estamos a dos mil metros del distribuidor de la señal y que para que funcione debemos estar a menos de ochocientos metros y que  señor, le respondí, yo no solicité los seis megas, eso  fue un generoso ofrecimiento de la ETB que apreciaba mi fidelidad en el pago y amablemente me subía la velocidad y el costo del servicio, pues patroncito, dijo él,  le hicieron un regalo envenenado, yo le aconsejo que solicite que le vuelvan a poner   los 3 megas de antes porque el servicio en el área no está cubierto por la fibra óptica sino por deshauciados hilos de cobre... Ay, mi ETB del alma, si ya cerraron la plaza de toros por qué tengo que perder mi tiempo toreando tus torpezas.


Y el himno de Bogotá con chupacobres se mezcló con las flechas envenenadas que empecé a lanzar al aire desde el balcón tratando de callar, por lo menos, una de esas figuras luminosas ridículas que revolotean en el edificio Colpatria todas las noches, o al funcionario que se demoró 10 días en reportar mi solicitud de retorno a la velocidad noventera de la información digital, o pensando que me importa un carajo si le caen los dardos a las delegaciones que han venido para acompañar al presidente reelecto en su posesión. Ay, dioses de los chibchas, no sé cómo eran las comunicaciones en los tiempos de antes, cuando a uno no se le ocurría que debía celebrar las fundaciones. ¿Acaso los mensajeros que corrían por la línea del horizonte llevando el importante recado padecían de afecciones que los obligaba a detenerse a la vera del camino? ¿Sería que los loros entrenados para repetir las frases guerreras se zambullían en las lagunas de la amnesia? Vaya a saberse. En todo caso no sabe uno si esta ciudad que sigue expandiéndose con síntomas de gigantismo es sensible a las odas truncas que inventamos. Tocará seguir silbando en el balcón algún sonsonete de antaño, por ejemplo "El que a Bogotá no ha ido  con su novia a Monserrate" y después de la garúa sentarse a esperar que la velocidad de la sangre baje,  que el ritmo cardíaco se estabilice , y repetirse cariñoso, fresco, man, relájate, qué pereza morir infartado por la excitación que te produce una llamada a una dependencia del sistema telefónico.

domingo, 3 de agosto de 2014

EL BLOG ENTRE BLOGS


No diga sandwich, diga emparedado.

El día en que Mavila me dijo vos debés abrir un blog yo le dije bueno... y bostecé. Yo era cartero, un extranjero sin espíritu de inmigrante que tenía la obsesión de escribir cuanto me ocurría en mis trasteos por el mundo, que podría reducirse a París y Chicago con frecuentes ires y venires a muchos municipios de los continentes ricos del norte, y corría a las oficinas de correo a enviarles sobres engordados con papel a la mamá, los familiares, los amigos y las novias.

Varios años después de buscarle el lado al "juguete" que me armó mi amiga, -porque para mí botarle corriente al blog, aparte de todas las razones intelecutales que pueda esgrimir, es darme un paseo por el territorio más juguetón de mi vida-, empiezan a aparecer almas curiosas, ¿gemelas? que le encuentran gracia y lo predican públicamente. Este fue el caso que ocurrió esta semana: 
entre un "blog para los interesados en el universo gastronómico" y otro de "Motivación, estímulo, crecimiento espiritual", quedó amortiguadito mi blog en la Vitrina virtual de Rosario Carrizosa en lecturas de El Tiempo del 29 de julio del 2014.

Ella le otorga las siguientes "Características”: espacio de un colombiano que tiene mucho que decir y lo dice con gracia" …y ahí si me puse rojito, entre la dicha y la vergüenza.

Pillen y verán:


Transcribo el trocito de carne que me corresponde:

Nombre: El Blog de Diego García Moreno
Dirección electrónica: http://diegogarciamoreno.blogspot.com
Características: espacio de un colombiano que tiene mucho que decir y lo dice con gracia 
Cuando el techo es el destino de las miradas
Y no se descubren gnomos ni caballos ni nubes en sus manchas
Cuando se pierde la llave de la cerradura de la mandíbula
Y el silencio se instala en los trenes y en el lecho
Cuando el mar olvida sus mareas
Y los delfines se regalan a las redes
Cuando el sol dice no más
y huye tapándose los ojos los oídos y las sombras
Cuando no hay afanes ni nostalgias
No importa el color del velo
No importa el pantano en los pies
No importa la espina en el vientre
No importa
Nada
No importa
 http://diegogarciamoreno.blogspot.com/2014/02/no-importa.html


Poesía como la que acaba de leer, además de crónica y humor negro, son las palabras justas para dar nombre a lo que encontrará en este blog del colombiano Diego García Moreno. Al leer sus post uno pasa con una rapidez asombrosa, de la risa a la melancolía; del desaliento al fulgor. Es el autor, sin lugar a dudas, un aventurero que sabe escribir y más aún, captar la atención de los que tienen la suerte de caer en su red. Un deleite vivir junto a él las conmovedoras páginas de su diario, en el que relata sus viajes y en ellos nos adentra en mundos llenos de contrastes y claroscuros.

Por ejemplo: No recuerdo ninguna imagen de la capital de Chile… O tal vez una... improbable, difusa: Humo, aviones sobrevolando el Palacio de la Moneda.
Allende, o mejor, las gafas cuadradas de Allende sobre una nariz bordeada por un bigote, sobre una boca que habla y dice que solo lo sacarán muerto. Un bombazo.
-Concha de tu madre, tamos retrasados, pu.- Y corra. Recoja y cierre la casa. Adiós Tunquén. Acelérele que el entierro es a las 12. Llamada va, llamada viene. La Claudia afana. El Gonzalo clama por ropa limpia. Que tomes un taxi, que llames a Carmen Gloria para que te recoja, discúlpame. Acelere, dele. Los pinos secos, los incendios activos, los viñedos ahí, bien ordeñaditos. Las montañas cerca de Santiago ya son Afganistán, rubias, áridas. La bruma oculta la cordillera. Y la gran autopista nos vomita en un cementerio de Santiago. Corre y cámbiate la ropa, hombre. Nos vemos después (…)
http://diegogarciamoreno.blogspot.com/2014/02/3santiago-diario-v-sa-enero-2014.html
Dejo abrebocas para que usted continúe su lectura. No se arrepentirá.


Gracias, Rosario. ¿Qué pide uno más que un lector capaz de dejarse llevar "de la risa a la melancolía; del desaliento al fulgor..."?

viernes, 18 de julio de 2014

LOS BRILLOS Y EL MARTILLO

Pequeña crónica de una larga jaqueca.

1.Los brillos.

-Ay, mamá… Me estoy quedando ciego.
-¿Qué le pasa, mijito?-
La vi venir… o mejor dicho: vi parches de su cuerpo acercándose para consolarme mientras mi hermanita intentaba explicarle el por qué de mi llanto.
- Estábamos jugando lotería cuando de pronto se fue volviendo como bobo y empezó a decir que unas luces se le habían metido en los ojos y que no veía las fichas. ¿Vio? Eso le pasa por mirar el bombillo.-
-Yo no he mirado el bombillo-  y me puse a llorar.
Mi madre, paciente por naturaleza, asumió el control. Me dio una aspirina para adultos,  buscó el mentholatum que curaba todos los males según el abuelo y me frotó las sienes.
-Ven, vamos a comer que ya se te pasará.-

Sentado a la mesa, sollozando, no distinguía en mi plato las papas ni el arroz, el cuadro del Sagrado Corazón en la pared era unos retazos de color ensangrentados, mis hermanos una presencia descompuesta. Sin ningún deseo de comer, me recliné en ella con los ojos cerrados hasta que fueron desapareciendo los brillos, pero ahí comenzó el dolor de cabeza.

-Me duele mucho de este lado-, le dije.
-Ven a acostarte, ya se te pasará.

Tenía siete años cuando me atacaron por primera vez los brillos. Son los mismos cristales fosforescentes que hace un rato bailaban en primer plano. Los conozco bien. Se han vuelto compañeros  tormentosos de toda la vida. Aparecen inesperadamente. Son similares, en un principio, a los que quedaban entre mis párpados luego de mirar el sol o de haber pasado jugando con las nubes brillantes. Pero estos no nacen de un punto luminoso, simplemente aparecen,  se desplazan, se modifican, se acrecientan, inventan mosaicos de colores y me impiden ver, me prometen el dolor y una inevitable depresión. Ah, los malditos brillos. Mi madre ya había oído hablar de ellos: a mi tía Amparo, su hermana, la habían atacado desde muy joven  y mi hermano Luis Fernando los padecía esporádicamente.

-La jaqueca es un mal de familia y este pobre lo heredó-, escuché que le contaba por teléfono a su amiga Solita, quien también conocía sus efectos: su esposo, el doctor Vélez, ese día, como tantos otros, no había ido a recetar a su consultorio y permanecía postrado en cama  quejándose, vomitando y clamando para que nadie se le acercara ni se le ocurriera dejar entrar un rayo de luz a su cuarto. Por fortuna nunca he tenido vómitos ni náuseas, pero sé de tantos otros que los padecen cuando los visita la migraña.

2. El lado opaco de la migraña.

Cuando aterrizaron los astronautas en la luna, apenas pude ver los brincos de Neil Armstrong sobre el suelo selenita. Coincidió con un ataque de jaqueca.  Mientras mis hermanos y amigos observaban boquiabiertos la transmisión en televisión, yo me confinaba en las tinieblas del cuarto. Parecía que sobre un lado de mi cráneo un angelito barroco, semidesnudo, marcaba con un martillo el compás del bombeo del corazón. Como la primera vez, y en tantas otras recaídas que comenzaron a repetirse, ya fuera jugando fútbol, preparando un examen del colegio, a punto de romper relaciones con la novia,  más o menos media hora después, terminada la etapa del aura,  habían desaparecido los brillos o escotomas, pero el dolor de cabeza era insoportable y sentía que a mi alrededor se había conformado una especie de aura de desprecio entremezclada con gotas de lástima.

-No, no lo invitemos a jugar, a lo mejor le da el dolor de cabeza y nos daña el partido.- Y con solo presentir el comentario, como el doctor Vélez y  todos los que sufren del mal, tenía que ir a enclaustrarme en el cuarto, cerrar las ventanas, rogar que nadie encendiera la luz porque al abrir los ojos se acrecentaría el dolor y cualquier ruido se convertiría en un estruendo, la algarabía de un juego de niños se volvería herida, punzón. Me encerraba en una profunda soledad repleta de malas sospechas pues la insensibilidad en el brazo me hacía suponer un desenlace peor.

¿Hasta cuando duraría el tormento? ¿Un par de días, una semana? Quién sabe.
Podrían ser hasta quince días, como aquella vez en la que, tras una serie de ataques espaciados por uno o dos días, llegué al súmmum del dolor al punto que  los tonopanes que tomaba no surtían efecto,  entonces recurrí desesperado a mi hermano Luis Fernando  que estudiaba medicina para que me socorriera, pero al tratar de explicarle los síntomas me di cuenta  de que solo  emitía mugidos, que las frases que intentaba se convertían en monosílabos incomprensibles.

-¡Vámonos ya para la clínica!-

En urgencias me hicieron vomitar y me pusieron una inyección de un anti-inflamatorio y un somnífero que me mantuvo casi dos días en estado vegetativo. Recobrada la aparente normalidad, mi hermano me dio el dictamen: la migraña no tiene cura, nadie sabe exactamente de dónde proviene, se sabe que tiene un componente genético, alimenticio,  que está relacionado con el estrés, con el cansancio, algunos dicen que es un problema hepático, otros que es un problema de transmisión de electricidad en el cerebro, que es una enfermedad emparentada con la meningitis… que la mayoría de drogas que se recetan tratan de controlar la presión, pues el proceso comienza con la contracción de los vasos sanguíneos en el cerebro que viene  acompañado de escotomas o brillos, pero que luego se produce una dilatación de los mismos que convive con el dolor de cabeza en un hemisferio del cerebro, que por eso se llama hemicránea,  que la palabra migraña es el resultado lingüístico de la evolución del término hemicránea…  Mucha información, pero nadie tiene el remedio, ni da la última palabra.

 -Te va a tocar convivir con ella. Lo importante es tratar de mantenerse calmado, tener una buena alimentación, no desesperarse.

3. Sacándole brillo a la jaqueca.

Durante la década de los treinta  a los cuarenta años el mal pareció curarse. Lo veía manifestarse en otros y sentía una enorme compasión por ellos.  Al verlos sufrir me provocaba revivir el plan que habíamos ideado con Cosio, un matemático profesor de la Universidad Nacional de Medellín: el club de los jaquecudos.  Se trataba de un espacio amplio en penumbras,  al que se accede por un túnel donde progresivamente se desliga uno del mundo exterior, de su luminosidad y su bullicio. Donde personajes  muy suaves, vestidos en tonos oscuros  te reciben con ternura y te preguntan en cual cama, hamaca o silla reclinable quieres acomodarte para atenderte sin afanes ni presiones.  Te traen bebidas aromáticas tibias, te hacen inhalaciones de romero,  masajes en los puntos neurálgicos de las palmas de la mano,  en la sien, en las fosas de los ojos, o en la espalda y si quieres, te leen poemas o te susurran dulces melodías.

Pero cumplidos los cuarenta regresaron las migrañas y aprovisioné  de nuevo mi botiquín con cafergot, ergovan, advil, ponstam y acetaminofén, una farmacopea que tras un infarto cardíaco en proximidad a los sesenta se redujo por recomendación del cardiólogo a simple acetaminofén.  El cuadro anímico asociado al mal durante estos veinte años  ha sido el estrés y ciertos alimentos.  Se ha vuelto normal que cuando más tensionado estoy por un encargo laboral la afección reaparezca. He tomado conciencia de ello y como sé que no voy a morirme y que se disipará en horas,  tan pronto siento los síntomas ingiero un par de medicamentos para prevenir los dolores de cabeza, hago ejercicios de relajación con la respiración, masajes en mi sien y en las cavidades craneanas de mis ojos siguiendo el  consejo que me dio una acupuncturista tras una sesión de agujas chinas en mi cráneo, y trato de no concentrar la atención en la enfermedad. Me esfuerzo en  banalizar sus efectos, en burlarme de ella  -la migraña- recordando irónicamente lo que he aprendido en la literatura sobre el tema: es una enfermedad de la corte, de los genios y de las señoras histéricas, y me pregunto a cuál de estos grupos pertenezco.  Pero no siempre esta actitud jocosa prospera y, como Adrian Leverkühn el personaje de la novela el Doctor Faustus de Thomas Mann,  me separo del mundo para ir a un viaje interior. ¿Por qué entre ocho hermanos he sido yo el seleccionado por la genética para cargar con este lastre? ¿Será esta relación continua con la enfermedad un estimulante para la sensibilidad artística o su freno natural? ¿ Se trata simplemente de una esquirla desprendida de un castigo mayor, de tantos lanzados por los dioses a una humanidad débil y pretenciosa, que simplemente tiene como propósito recordarle su inherente fragilidad?

Hace dos días vinieron los brillos y se fueron, el dolor de cabeza estuvo leve y ya desapareció. Ahora, mi esposa prepara el desayuno. La veo colocando sobre la mesa un plato con fresas y sirve el café.

-¿Quieres, mi amor?- Dudo. Aspiro el aroma y me pongo en guardia.
-No, querida, gracias. Me da miedo.-  Últimamente cuando tomo café,  dos o tres horas después tengo jaqueca. Y también aflora cuando como fresas…

La jaqueca no cesa de colocarme límites inesperados, insólitos, pero a pesar de sus brillos tormentosos, no ha logrado que cese el disfrute que traen consigo los días resplandecientes,  la luz capaz de darle vida y forma a los paisajes y los objetos. Sé que ronda por ahí, y que volverá a brindarme sus dolores, pero, mientras tanto, aprovecharé para disfrutar en su ausencia de todos los resplandores y los sonidos, de los juegos compartidos que le dan a la vida un aura de buena energía y aparente normalidad.

Diego García Moreno ©
Junio 2 de 2014





sábado, 12 de julio de 2014

EL BILLARISTA DE ESPALDAS. (Tercera entrega de Crónicas de un crónico mundialista)

Palidecen. Se llevan las manos a la cara. Tratan de tapar el pánico. Abren las órbitas de los ojos, no parpadean. Algunos rechiflan. Otros se rascan el cabello. Algunas lágrimas ruedan. Muchos suspiros son contenidos. Algunos levantan los brazos, miran al cielo y sus súplicas se entremezclan con  un murmullo de oraciones. Otros, envueltos en sus banderas , o exhibiéndolas al aire esperan que una cámara los seleccione entre las miles de banderas y pancartas que adornan el estadio. Hasta el momento, aunque cada cual gesticula mordiéndose los labios, agarrando el muslo o la pierna del vecino, nadie hace un gesto sospechoso.

Estoy sentado frente a la tribuna amarilla. Camisetas, pelucas, caras maquilladas. Podría pensarse que es una mancha amarilla, pero no, son muchas personas ataviadas de amarillo. Fanáticos viejos, jóvenes, hombres, mujeres; niños  y niñas repitiendo los gestos de las pasiones de sus padres. Yo los observo a cada uno. Sigo sus movimientos, detecto sus intenciones. Estoy atento a que nadie intente hacer una imprudencia. Que ningún hincha lance una botella, un objeto contundente que pueda hacerle daño a alguien. Que nadie utilice algún arma con la que haya logrado burlar las inspecciones de los celadores del estadio. Que nadie ose saltar a la cancha.

Ya se ha terminado el tiempo de prolongación con un empate y han pasado a la serie de penas máximas. Los penaltis. Se han cobrado cuatro por equipo y todos han sido gol. Ocho atronadoras griterías, ocho inmarcesibles silencios. Los amarillos alternan sus gritos y su silencio con el de los  rojos. Están empatados. Queda una oportunidad para cada uno. El portero de los amarillos debe estar dirigiéndose al arco. Los de rojo van a cobrar.  Los jugadores de ambos  equipos permanecen arrodillados con sus brazos entrecruzados sobre sus hombros. Sus miradas levantadas hacia el cielo,  o con actitud de recogimiento, los ojos cerrados, suplicándole a las fuerzas de energía que arden  en el centro de la tierra. Esperan el milagro, la colaboración de los santos o de los mismos dioses. Ellos creen que estas instancias son supervisadas por los propios seres superiores. A mí, sinceramente, me importa un carajo quien gane. Pero ay, donde algún espectador intente acabar con el orden de este ritual.

Me han dado una silla. Eso es nuevo. Antes debía estar de pie durante todo el partido mirando a la franja de espectadores que me asignaron en la tribuna. Había aprendido a repartir el peso entre mis dos extremidades pero aún así era fatigante. Ahora me acomodo, a veces me encalambro un poco, trato de hacer unos estiramientos de pierna esforzándome en que no se note mucho. De todas formas ¿quién me mira? Solo aquellos que traman algo, los que se saben culpables pues tienen una mala intención. Yo he aprendido a reconocerlos a través de los años. Son ya catorce años vigilando eventos considerados de riesgo. Lo hago desde que me licenciaron de mi agencia de vigilancia a la que entré después de haber prestado el servicio militar. Fui atropellado por una moto que intenté detener tras un asalto a un cajero electrónico. Fractura de fémur, dislocación de rodilla, doble fractura de peroné. Y esa infección que me atacó en el hospital. Tuvieron que colocarme unos clavos que supuestamente ayudarían a mantener rígidos los huesos mientras soldaban. Se infectaron y de milagro no me amputaron la pierna derecha. Si, soy cojo. Pero soy fuerte. A lo mejor mis compañeros, al lado corren más rápido. Pero siempre he tenido que intervenir para ayudarles a contener al fanático, al loco, al esnobista que se lanza y corre hacia el centro de la cancha.

Está prohibido mirar hacia la cancha. A mí no me importa. El fútbol no me gusta. No tiene la elegancia del billar.  La cancha y la mesa se parecen. Son verdes. Pero el billar  es mágico, profundo. No está acompañado de tanta gritería, no cae en la histeria. El billar es arte y sabiduría. Geometría viva. No es este derroche de patadas que hace llorar y suspirar al público, o lleva hordas a quebrar cuanto encuentran a la salida del partido cuando pierden.  Cuando juego billar no hay espectadores que incomoden. Tal vez un desocupado que mira desde el banco de madera mientras se toma una cerveza. El espectador es el rival. Turno para mí, turno para ti. Cada cual tiene el tiempo para mostrar su maestría en el oficio. No es esta pelea de perros y gatos por una pelota.

El desprecio por el fútbol se me ha intensificado desde que estoy cojo. Al principio sentí un poco de envidia por esos músculos poderosos de sus piernas. Pero después de verlos salir en camilla tantas veces, quejándose del patadón que les habían dado, o de esa fractura inevitable tras el enredo de piernas, de esa luxación o desgarradura de tobillo al caer, he perdido la admiración, la misericordia por ellos. Son frágiles y bestiales.  Me da en el fondo algo de risa. Ellos la buscan. No es mi caso. Van labrando su camino a la renguera. Todos arrastrarán su vejez  cojeando como yo y en las noches sentirán chuzones en los huesos, gritarán del dolor por causa del punzón acomodado en  cada articulación. Sentirán en los sueños el ruido seco de la fractura de sus huesos, o serán los verdugos pisoteando al enemigo. No pasará en vano tanto atropello contra sus extremidades.

El silencio es corto, saludable. Van a cobrar, quedan varios segundos. Los rojos tampoco chiflan. Ni cantan esa pesada estrofa con la que entierran para siempre a  los amarillos. Quieren enviarlos a los infiernos. Saben que ese quinto hombre no puede fallar. Y los amarillos, fijos sus ojos en su arquero, lo llenan de escapularios, de manos como un pulpo, le envían alas, redes invisibles, tanques lanza-misiles  para que detengan el cañonazo desprendido del empeine del último de los rojos.  Que lo tape, que lo tape. No lo vas a fallar, mételo, mételo, responden los otros. Yo cuido. Me importa un carajo el color de la dicha.  Espero que todo termine para irme despacio, rengueando,  silbando hacia el billar.


Diego García Moreno @ julio 11 de 2014,Bogotá.

viernes, 27 de junio de 2014

LOS GUAYOS (2a. parte de Crónicas de un crónico mundialista.)

II
¿Quiénes quieren ser del equipo de fútbol? Yo, por supuesto. Levantamos la mano dieciséis muchachitos de tercero de primaria. Sepan que en la cancha solo pueden jugar once, los otros serán los suplentes. Van a estar en la banca. Qué susto. Mamá, yo quiero jugar.
-Le vamos a dar prioridad a los que tengan el uniforme completo: camiseta,  pantaloneta medias largas y guayos con taches.
-Yo tengo un balón, profe. Es un número cuatro, de tripa.
-¡DE TRIPA!  ¿De los que se inflan con la boca? No, no, no. Aquí se juega con el número cinco que es más grande y se necesita una aguja para poderle ajustar el inflador.
Yo no entendía nada de técnica.
En mi casa nos dividíamos entre los  gordos y los flacos. Los gordos éramos  tres: Gustavo Adolfo, el mayor, mi hermana Silvia y yo. Los otros cinco eran flacos. A los gorditos nos gustaba el fútbol, a los flacos no les interesaba para nada. En el álbum de la familia, había una foto en la que Gustavo Adolfo en pantaloneta se lanza imitando la estirada de un portero para atrapar un balón. Era un héroe. Yo, bien redondito, siempre quise tener esa soltura del arquero. En el fondo  creía que podría ser un gran futbolista. Aquel día levanté la mano sin importarme mi novatada.  Si, tenía un poco de experiencia jugando en la finca de los Gutiérrez en La Tablaza , pero como mis papás nunca nos habían dejado salir a "perriar" con los muchachos en la calle del barrio, evidentemente era un “tronco”.
-El uniforme será rojo con una franja blanca diagonal en el pecho.-  Que vale no sé cuánta plata y tienen que traerla para el partido del sábado. Mi mamá puso el grito en el cielo ¿Cuánto? Dígale a don Teodulio que yo mejor se la coso en la casa. No hay problema. ¿Y qué hago con los guayos? Nuevos son más caros que la camiseta. ¿Y Gustavo Adolfo no tenía unos por ahí?  Sí, pero le deben quedar grandísimos. Mi hermano mayor había heredado unos guayos de quién sabe quién cuando entró al equipo de fútbol de su clase. Eso debió haber sido tres años antes, cuando estaba en quinto de primaria. Sin embargo la práctica en las canchas le duró poco: tenía vocación de  intelectual, sólo le gustaba leer y en sus ratos libres presumía  ser un teórico del deporte.
-¿De qué vas a jugar?
- No sé.
-Cójanlos si quieren, pues.   Pero estoy seguro de que le van a  quedar grandes.
- Le rellenamos las puntas para que no le queden volando los dedos-, propuso mi mamá.
Consiguieron un ejemplar viejo de El colombiano donde los vecinos, partieron un pedazo de la página de deportes y rellenaron la punta de los guayos.
-Listo, probátelos.-
Había estado varias veces en el circo y recuerdo la lágrima que rodó por mis mejillas cuando al mirarme en el espejo  calzando los guayos vi a Pernito, el payaso más ridículo del mundo.  Mi mamá hizo presión con sus dedos en el cuero, justo en el supuesto límite de mis extremidades inferiores.
- Creo que hay que ponerle otro poquito.- Mi hermano recortó otro pedazo de periódico con unas fotos impresas y sonrió.
  -Mirá, El Caimán Sánchez  y Canocho Echeverri te van a acompañar. No te preocupés, caminá, ensayálos,  te parecés a D´ Stefano, mejor que sean grandes, así le pegás más duro al balón y a los contrincantes los frenás.- 
Di unos pasos y tuve la sensación de que  las baldosas de colores se partían con el roce del metal de los taches.  Mijo, es mejor que vaya a ensayarlos sobre el pasto, aconsejó mi mamá.
En la práctica del día anterior nos habían hecho correr, gambetear, “perriar”, cobrar tiros de esquina, penaltis, jugar mosquita y, al final, el profe de gimnasia consideró que lo mejor era que yo jugara de portero. En la delantera no tenía nada que hacer, como armador mucho menos; defendiendo, todos me pasaban, pero, tal vez,  a lo mejor, por ser más ancho que mis compañeros, en la portería podría evitar los goles. Como yo le caía bien a Carlos Fernando, el capitán del equipo, para consolarme me contó que el caimán Sánchez había hecho una “voladora mundo” para salvar a la selección Colombia de la derrota ante… ¿ante quién? No sé, habría que preguntarle a él que todo lo sabía. Yo sólo tenía claro que existían el Medellín y el Nacional y que en mi casa todos éramos hinchas del Medellín porque nos parecía más animado el rojo que el verde, porque era del mismo color del partido liberal  y porque tenía el nombre de la ciudad. Al estadio había ido a practicar tambor con la banda de los niños del Colegio de la Presentación pero jamás a ver un partido de fútbol.

A los quince minutos del primer tiempo, cuando llevábamos tres goles en contra, decidieron sacarme de portero y ponerme a jugar adelante.  Ninguno me sonreía y, lo peor,  nadie me pasaba el balón. Entonces empecé a caminar hacia adelante mientras Carlos Fernando y Hernán Darío luchaban por descontar el abultado marcador en una cancha  empantanada.  Ellos hacían todo el trabajo, el resto era una parranda de muchachitos gritones que pedían que se la pasaran, pero cuando la recibían la perdían.  Carlos Fernando se bailaba a todos, era un crack, y Hernán Darío que tenía buena técnica e intuición le hacía una buena compañía en las paredes.  El problema fue que una de las bestias tiesas que los perseguía le dio un empujón a Carlos Efe, así le decíamos,  y enseguida una patada que lo envió al pantanero donde  quedó revolcándose de dolor. La pelota quedó al alcance de  Hernán Darío que aprovechó la ley de la ventaja y siguió corriendo hacia el arco, justo en dirección al ala por donde yo caminaba atontado. De pronto sacó un gesto de esos que se veía en televisión y fue a hacer un chute al arco, pero del cielo le cayó el portero y lo tumbó. Ambos rodaron por el lodazal  y el balón llegó al lado de mis enormes guayos. Era un número cinco de aguja, grande, profesional, el mismo que minutos antes me había  pasado debajo de mis piernas, o sobre mi cabeza, o se me había soltado de las manos para convertirse en malditos tres goles y me había convertido en la vergüenza del equipo;  pero  ahora, de repente, parecía sumiso y arrepentido. Sentí que  me hacía señas, me rogaba que simplemente  lo empujara. A lo lejos, Carlos Fernando  gritaba: ¡Dale, metelo, dale, metelo! En un acto de decisión le pegué un golpe con la punta de mis guayo derecho relleno de papel periódico. Sentí que las figuras arrugadas del Caimán Sánchez y Canocho Echeverri se solidarizaban con mi valentía y abrían su boca haciéndole un soberano dúo a mis brazos para gritar Gol, gol. Gol ¡golazo! Una algarabía  y mil sonrisas se apoderaron de las caras de todos los del equipo que vinieron corriendo a abrazarme.  Buena, buena, me convertí repentinamente en un líbero. Era una ficha libre que hacía lo que me daba la gana, hasta que Carlos efe me paró y me dijo. Quedate allá donde metiste el gol. Le hice caso. Gracias a su consejo y a sus pases precisos, después de su enconada lucha con los enemigos que lo dejaban siempre en el pantano, metí los dos goles que faltaban, empujaditos por mis guayos prodigiosos. Quedamos tres a tres.

Bueno, ya está bien. Quítate esos guayos. Era hora de dormir y mi madre me miraba amenazante. Si no te los quitas ya mismo, no te doy el permiso para jugar en el próximo partido. Se agachó, desamarró los cordones y de un jalón los separó de mis pies. Hasta mañana, que la virgen te acompañe. A medianoche me despertó una rasquiña en los dedos de los pies y dos días después estaba invadido por los hongos. 
-Eso fueron esos guayos... es mejor que no los uses. 
Ví cuando los echaron a la basura, pero era tal la rasquiña que no dije nada. El doctor me recetó un talco que calmó rápidamente las molestias y vi, noche tras noche, como sanaban mis pies. Fui al partido siguiente con tenis y medias blancas nuevas pero el profesor no me permitió entrar a la cancha.   Julián, otro amigo que tampoco llevó guayos me miró y sonrió. 
- ¿Vos sabés jugar ping-pong?
- No... 
- No importa, vamos, yo te enseño.
He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.