jueves, 7 de febrero de 2013

El Bigote y Panamá


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No recuerdo cuándo me dejé crecer el primer bigote. Hay una pista en la bitácora de vuelo del año 76: cuando volaba DC-3, presenté a la Aerocivil la libreta con una foto en blanco y negro para que lo sellaran: era una sombrita con cuatro pelos.  Cuando chiquito, viendo la foto de mi bisabuelo Tulio llegué a creer que heredaría esa melena domada sobre la boca; pero no, más bien heredé el cutis medio lampiño de mi abuelo José y algo de su calvicie.
Esta mañana, mientras esperaba que una paloma se posara en la cabeza de una estatua en el Parque de la Independencia, volví a a pensar en el bigote. Ese señor parece con cuernos sobre la boca, pensé. Acaricié mi bigotito y me dieron ganas de afeitarme. Mi bisabuelo fue contemporáneo del héroe de mármol. Era la moda: todos se dejaban crecer el bigote:  Reyes, Marroquí, Núñez, Caro, ese tal Joaquín F. Uribe a  quien encontré treinta metros más arriba en el mismo parque con una paloma en la cabeza. Se confunden los rostros de todos esos varones de fines del XIX y principios del veinte.  
El hombre del bigote se llama Carlos Martínez Silva, un santandereano de San Gil, el más importante representante de su estirpe: también godo, también  embajador en Washington, la mano derecha de José Manuel Marroquí. Esta joyita fue protagonista en la negociación con los gringos que condujo a la separación de Panamá. Uy, me acordé del gato de bronce de Botero: un gato gordo que tiene un enorme bigote que acostumbran robárselo los iconoclastas o  los vándalos.
¿Será que habrá un varón de melena contemporánea, un rasta, un travesti, una nena, una mujer, un indigente,  alguien que le arranque el bigote a este individuo y se vuele en una buseta,  en un  transmilenio, o en un DC-3... y así su efigie nos devele ese aspecto de cordero escaldado con el que queda un país cuando le amputan una apéndice?

Bogotá, enero 28 de 2013
Diego garcía moreno 
He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.