miércoles, 13 de febrero de 2013

LA ESTÉTICA COLPATRIA-SCOTIABANK




¿Querían ver? Vean: LA ESTÉTICA COLPATRIA-SCOTIABANK. Repito lo que dije:"Guacamayas y poporos, sombreros vueltiaos y marimondas, tucanes y salseros, se nos vino encima la estética populista y demagoga del scotiabank.                                    








Los capitales canadienses que seguramente traen la platica de la minería se compraron Colpatria y se convirtieron en el faro de la ciudad.

 El falo de la más ramplona plástica con la que pretenden seducirnos a todos. Por todos los dioses, ¿qué es este tormento visual que nos pusieron encima? La más alta torre del país, hasta el momento, bombardea la ciudad con esas gráficas ramplonas con las que los señores banqueros pretenden alabar nuestros símbolos patrios y seducir con sus espejitos a los primitivos habitantes.

domingo, 10 de febrero de 2013

El cuerpo de la luz




Exterior día. Amanecer. El día sin carros.

El cuerpo de la luz no cesa de buscar su forma. Le gusta convertirse en manto etéreo en las mañanas húmedas y acariciar por instantes las materias caprichosas. Luego se esconde para hacernos creer que es un simple misterio repetitivo y cotidiano que hace visible los caminos y las cosas. A veces se hincha, pesa y azota. Otras, se hace rogar y cumple a la cita cuando se agotan los minutos, cuando sus adoradores deprimidos desfallecen. Casi siempre lo ignoramos. Poco le importa: sabe que su destino es engañar e iluminar, hacer creer que llega por primera vez y propiciar suspiros. Últimamente se ha vuelto veleidoso. Debe ser porque hemos inventado artefactos cuya única misión es constatar la multiplicidad de sus proezas.
Bogotá, febrero 8 de 2013 — en el  Parque de La Independencia.

jueves, 7 de febrero de 2013

El Bigote y Panamá


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No recuerdo cuándo me dejé crecer el primer bigote. Hay una pista en la bitácora de vuelo del año 76: cuando volaba DC-3, presenté a la Aerocivil la libreta con una foto en blanco y negro para que lo sellaran: era una sombrita con cuatro pelos.  Cuando chiquito, viendo la foto de mi bisabuelo Tulio llegué a creer que heredaría esa melena domada sobre la boca; pero no, más bien heredé el cutis medio lampiño de mi abuelo José y algo de su calvicie.
Esta mañana, mientras esperaba que una paloma se posara en la cabeza de una estatua en el Parque de la Independencia, volví a a pensar en el bigote. Ese señor parece con cuernos sobre la boca, pensé. Acaricié mi bigotito y me dieron ganas de afeitarme. Mi bisabuelo fue contemporáneo del héroe de mármol. Era la moda: todos se dejaban crecer el bigote:  Reyes, Marroquí, Núñez, Caro, ese tal Joaquín F. Uribe a  quien encontré treinta metros más arriba en el mismo parque con una paloma en la cabeza. Se confunden los rostros de todos esos varones de fines del XIX y principios del veinte.  
El hombre del bigote se llama Carlos Martínez Silva, un santandereano de San Gil, el más importante representante de su estirpe: también godo, también  embajador en Washington, la mano derecha de José Manuel Marroquí. Esta joyita fue protagonista en la negociación con los gringos que condujo a la separación de Panamá. Uy, me acordé del gato de bronce de Botero: un gato gordo que tiene un enorme bigote que acostumbran robárselo los iconoclastas o  los vándalos.
¿Será que habrá un varón de melena contemporánea, un rasta, un travesti, una nena, una mujer, un indigente,  alguien que le arranque el bigote a este individuo y se vuele en una buseta,  en un  transmilenio, o en un DC-3... y así su efigie nos devele ese aspecto de cordero escaldado con el que queda un país cuando le amputan una apéndice?

Bogotá, enero 28 de 2013
Diego garcía moreno 

La sonrisita de mi padre



Mi padre que era tan liberal no podía entender cómo sus hijos no iban a misa. Para no arrastrar semejante culpa, todos los días asistía a una ceremonia religiosa en nombre de cada uno de sus ateos. El día de sus funerales todos estuvimos frente a su ataúd escuchando la homilía de un cura hindú que alababa la generosidad de Gustavo y su espíritu musical. Hoy me encontré esta foto y me dio la sensación de que esa sonrisita es la misma que tuvo el día de su despedida al vernos a todos reunidos en el espacio que tanta pereza nos daba visitar. 

sábado, 26 de enero de 2013

LOS PREMIOS y LA VIRGEN




El profesor de gimnasia era el mecenas de las artes: regaló el busto de un torito en yeso para galardonar al mejor artista el día del acto público de los niños de segundo de primaria. Habíamos ensayado un mes para recitar ante los papás "Simón el bobito" de Rafael Pombo. Qué aplausos.
-¡Divinos! ¡Todos estuvieron maravillosos! -dijo la madre superiora-  ¡Yo no soy capaz de escoger! que decida La Virgen... A ver,   que cada uno diga un numero del uno al nueve.
Crucé los dedos y busqué con la mirada a mi mamá entre el público. Nada.
-Es tu turno, Dieguito.
Dije Siete y me dí la bendición. Por primera vez una monja me mató el ojo. Y el ganador es...  Me puse colorado al escuchar mi nombre.
Hace unos meses,  en el auditorio del Teatro Mayor Santo Domingo, cuando me entregaron el premio especial del jurado en los premios nacionales de periodismo Simón Bolívar, volví a ponerme rojo y vi a todos los jurados vestidos de monja matándome el ojo. Mi mamá no estaba entre el público pero La Virgen, a sabiendas de que casi todos los periodistas sensatos son ateos, decidió premiar al único que no tenía nada que ver con el oficio.

Bogotá, enero 24 de 2013
Diego García Moreno

miércoles, 23 de enero de 2013

La tentación del pernil.



 LA TENTACIÓN DEL PERNIL

Subíamos entre la niebla hacia el  Alto de Letras. El willys que nos precedía, con la gente colgando como siempre, andaba despacito y nos hacía eterno el viaje. De pronto, en una rectica aumentó la visibilidad,  me le arrimé y me abrí para pasarlo y ahí lo ví. Le grité entonces a mi hijo:
-Mirá, mirá, Tomás, tomale una foto.
-¿Dónde está la cámara?
- Aquí, mirá.
Casi no logro sacarla de la cartuchera que llevaba en mi correa. Me enredé, solté el volante y casi estrello un bus de Rápido Ochoa que bajaba enflechado hacia Mariquita.
- Cuidado, pa. Manejá.
- Fresco, ya, ya. Prendela.
El muchacho logró tomarle tres fotos, y me le pasó. Mirálas.  Estaban fuera de foco.
- Mierda, ¿no viste el pernil?
- ¿Cuál qué?
Desaceleré y dejé que volviera a pasarnos.
- Ahí lo tenés.
- Listo. Click!
_ ¿Quedó en foco?
- Sí.
Y aceleré a fondo. Empezó a llover. Se partió la plumilla del limpia-brisas y sentí el rayón en el vidrio.  Mierda. Detuve el auto. Le quité la plumilla y levanté su soporte. Seguimos la ruta atentos para no rodar por el precipicio. Dejando a Manizales, el hambre que teníamos nos obligó a parar en un restaurante. Mientras yo pedía una arepa de chócolo con quesito, Tomás me miró con un gesto de reproche y me dijo:
- Pa, casi me matás.
Perdoná, mijo.
Tomás pidió un chorizo. Mientras se lo comía recordé el infarto que me ocasionó un taponamiento en la arteria descendente anterior.  Cero y van dos. Casi estiro la pata, pensé.  Cerdos, puercos, marranos, chanchos y lechonas...  ¿por qué siempre nos hacen caer en la tentación?


martes, 22 de enero de 2013

DJ papá


Oprima el botón play para ver el video. Puede hacerlo antes de leer, mientras lee o después de leer.

Nos acostamos a las 10. El despertador sonó a las dos y media de la mañana. Nos tomamos un café y con mucha decisión salimos para allá.
¡ChisPUN! ¡ChisPUN! ¡ChisPUN!¡ChisPUN!,
A pesar de la oscuridad y el hacinamiento, logramos armar camino hasta la mitad de la pista donde intermitentemente se dibujaban las siluetas en la tarima. Siente  el ritmo, gesticula, baila.
¡ChisPUN! ¡ChisPUN! ¡ChisPUN! ¡ChisPUN!
Que por qué está usted aquí, me preguntó al oído una muchacha encomendada por unos extranjeros grandotes que movían su humanidad al compás atronador del hiper-repetitivo bajo electrónico. Dígales que seguramente por las mismas razones que ellos. Me dieron ganas de decirles que tal vez porque soy vendedor de pepas o de bazuco o que quizás porque me gustan los jovencitos como ellos o que a ellos qué les importa. Pero todo era cool y sonreí.
Unos tubos luminosos empezaron a bailar en la pared. Cuatro reflectores azules mandaban bocanadas de luz que rebotaban en las caras de la gente. Aumenté la mímica de mi danza. El sótano de la discoteca estaba repleto. Una muchachita sorpendida me miraba. En un instante de luz lanzó un grito inaudible:
-¡El abuelo!
Mis canas, arrugas y el perfil de la barriga  me habían convertido en  una atracción de circo. Aguanté, me disolví, bailé, no les conté que soy el papá del DJ.

viernes, 18 de enero de 2013

CUCURRUCUCÚ- que ando

CUCURRUCUCÚ- que ando.
Las palomas adoran reposar sobre las cabezas de las estatuas. Miran, cagan y cucurrucuquéan hasta que por el exhosto de un bus sale una explosión repentina; entonces vuelan espantadas por el temor genético acumulado en varios siglos de masacres a punta de escopeta. Todas las mañanas cruzo el Parque de la Independencia camino a mi oficina  y me topo con una paloma oronda en la cabeza de la estatua de un tal Joaquín F. Vélez. ¿Quién sería ese señor? Vaya sorpresa: fue un activo político cartagenero de finales del siglo XIX; íntimo amigo de Rafael Núñez, fue su embajador ante  el Vaticano y el encargado de estampar la firma en el concordato; y, como si fuera poco, fue el jefe militar del departamento de Bolívar durante la guerra de los mil días... vaya méritos para ganarse una efigie de mármol en el hermoso y maltratado parque. Esta mañana me detuve y miré la paloma justo en el momento en que una atronadora explosión ciudadana me despertó la memoria genética del pánico acumulado durante la época del terrorismo mafioso, pero la paloma no voló, se acomodó en ese nido varonil cargado con honores de guerra y melodías gregorianas, cucurruquió, cagó y me miró con un aire pretencioso de espíritu santo.

miércoles, 3 de octubre de 2012

El LUNAR ROSADO


Un manto de nubes blancas oculta la tierra. El avión las atraviesa y busca el azul. Miro a través de la ventana buscándola. Era un ángel raro capaz de convertirse en figura fugaz, serena, juguetona entre esta acumulación de repollas blancas. Me acuerdo del lunar de su brazo. Era rosado pero tenía forma de nube. Era el sello de su oficio. Ángel. Nunca pensé cuando ella estaba viva que era un ángel raro. Un ángel con un lunar rosado en su brazo en forma de nube. Rosado es más tierno. Podría ser hasta ridículo. Pero no en un brazo. Ahora que se fue, su condición se devela. Qué horrible para esa señora, me dijo refiriéndose a la protagonista de mi última película: todo el tiempo piensa en la muerte. Ella tenía previsto no pensar en la muerte. Ayer hablé con ella. Estaba feliz. El fin de semana pasado había visto el Cerrotusa y el Cerrobravo desde la finca de Adriana Castro. Me habló ayer de la Sinifaná. Me preguntó que cuándo iría a Medellín. Yo le respondí que no sabía. Todavía me quedan muchos eventos en los cementerios. Estamos ayudando a vivir el duelo del país. La semana pasada visitamos tres cementerios diferentes. Recuerdo que después de cada presentación de la película de Beatriz González le dije a Danielita Castro: quiero irme a Medellín, mi madre se irá pronto y quiero estar cerca. Como era su costumbre, se adelantó. Ella preveía todo. Seguramente entendió que no era el momento de detener la vida de los hijos para que estuvieran a su lado. Ella nos acompaña. Sergio está en Méjico, andando con Mavila, en su ley. Yo voy errando por los espacios funerarios pensando en el luto del país. Ayudando a sanar heridas con Proyectando Memoria.
Vuelvo en avión a Medellín a enterrar a mi madre. Me fuí de Medellín en el 77, hace 35 años en un avión. Recuerdo ese viaje en una aero-comander con el capi Escobar. Las nubes y el brillo del cielo eran los mismos. En ese momento presentí que dejaba la tierra y a mi madre. Ahora vuelvo y sé que dejé a mi madre desde ese momento. Volví a visitarla muchas veces. Fuimos innumerables veces juntos a la finca. Y ella siempre con esa cara sana, como eterna, tranquila. Lo único que fue perdiendo fue el oído. Tenía pensamientos propios, no necesitaba escuchar tanto. Se fue quedando sorda. Guardaba otros sonidos que escuchó de nosotros mientras éramos niños, jóvenes, hombrecitos y mujeres en su ruta. Ahora no es necesario escuchar tanto desastre, tanta miseria, tanta guerra, tanta violencia. Mi madre se fue y Luis Fernando me cuenta que le vio la  cara apacible, contenta. Quiero verla para guardar esa última imagen. Su nariz grande, su piel lozana. Su mirada tímida y sin la más mínima gota de agresividad. Qué bueno haber tenido una madre ecuánime y generosa.

Ojalá que este enorme duelo sirva también para calmar de alguna manera el vacío que deja la ausencia de mi madre. Adiós, querida Beatriz, cuánto te queremos. Septiembre 18-3012

jueves, 19 de enero de 2012

La Colombia de Beatriz González según Diego García Moreno

El fúnebre correr de los años en una Colombia herida por la violencia de una triada de facciones armadas marcó profundamente el alma colectiva de esa nación. Los rastros de sangre, dolor y amargura pueden encontrarse desperdigados por muchos sitios, pero se hayan resumidos, de manera contundente, en la obra pictórica de Beatriz González.

Abundan, en su quehacer pictórico, la reproducción de imágenes icónicas aparecidas en periódicos y otros medios, pero trasladadas a su particularísimo lenguaje visual de trazos simples y gran colorido, cuyos motivos, gradualmente, devinie- ron desde las obras del arte universal a sucesos destacados y acabaron por presentar el rostro deformado y amenazante del poder y la política: los sucesivos presidentes lo mismo en recepciones festivas que en rituales religiosos, que con militares rindiendo honores. Y acabó incluyendo en su pintura, pero también en muebles, cortinas y otros objetos intervenidos, las siluetas de la violencia y la muerte que campean en Colombia desde hace varias décadas. Y finalizó con un lienzo emblemático: Autorretrato desnuda llorando, en 1997.
Al mirar estas variadas etapas de su desarrollo como artista, el documentalista Diego García-Moreno fue descubriendo que detrás de esta pintora -a quien la teórica Martha Traba identificó como la respuesta pictórica, desde el Tercer Mundo, al pop estadounidense- se hallaba, ni más ni menos, la síntesis de la historia colombiana reciente. Pero no de la oficial, sino de una más íntima, cercana y dolorosa: la del ciudadano común, indefenso ante las fuerzas que amedrentan su vida cotidiana. Y al acercarse, cámara en mano, a la creadora, coincidió con el inicio de uno de sus proyectos más ambiciosos: la intervención Auras anónimas, en la que cubrió las ocho mil criptas vacías del Cementerio Central de Bogotá, conocido popularmente como Columbario, con ocho distintas siluetas de dos hombres cargando un cadáver en un palo. Esos tres años de trabajo de la pintora fueron seguidos silenciosa y humildemente por el documentalista, a quien le tomó todavía un año más concluir el documental Beatriz González / Por qué llora si ya reí (Colombia, 2010), que recorrió festivales como Bafici argentino, el Visions du Réel suizo y el FIPA de Biarritz, además de otros especializados en documentales en Buenos Aires, Tesalónica, Cuernavaca, Bogotá, Cali y Medellín.
Formado en cinematografía en París, ciudad donde residió varios años realizando audiovisuales para instituciones diversas, Diego García-Moreno retornó a su natal Colombia para fundar La Maraca Producciones y dar clases en la Universidad Nacional de Medellín. Entre sus cintas se hallan la trilogía Colombia elemental (1992), Colombia horizontal (1998) y Colombia con-sentido (2000), además de Las castañuelas de Notre Dame, el corazón (2006), ¿Y cómo para qué de arte de qué? (2008) y ¡Danza, Colombia! (2009).
-¿Cómo ocurrió este encontronazo de una forma visual tan reciente como el cine con otra tan antigua como es el arte pictórico?
-En casi todas mis películas me había tocado la acrobacia de darle importancia a las cosas, poner el cine a la disposición de un objeto o de alguien que no tuviera importancia para darle relevancia estética. El caso de Beatriz fue muy interesante porque es un personaje famoso, y su obra, que es un hecho plástico, un hecho visual, no necesita de la cinematografía para obtener conocimiento. Pero a pesar de que la obra de Beatriz hace un seguimiento en la historia, nunca se había leído como tal. Eran hechos independientes: cuadros dispersos en el tiempo, pero unidos no generaban el discurso que le diera un sentido de tiempo. Cuando veo su obra, siento que ahí hay un documental: ella la hacía sin un propósito de narrativa temporal. Entonces me pareció muy interesante hacer un documental sobre ese documental, en formatos distintos, porque uno es el cine y en el otro está la plástica. Ahí empezó el reto, digamos.
-Además, fue fruto de un trabajo prolongado, de un seguimiento metódico, de un rigor que exigió mucho tiempo.
-El documentalismo contemporáneo es difícil porque descubre procesos en el tiempo y tiene que quedarse ahí hasta que el mismo tiempo le diga al autor que ha llegado al final. No estaba haciendo un formato de televisión para poder crearlo rápido. Con Beatriz fueron tres años de grabación y casi un año de postproducción para armar la historia de una manera que no pareciera que nos habíamos gastado cuatro años. ¿Cómo voy a mezclar a la modelo con el cuadro y con el pintor del cuadro? Hay una cosa que me fascina del documental: sentir el devenir de los personajes, contar y estar en el momento preciso.
-Hay una complejidad grande en este acercamiento, porque no requiere solamente develar cierta información sino construirla en su entorno particular.
-Beatriz está acostumbrada a dar entrevistas. La misma información verbal que da durante uno o dos años la pue- de ofrecer en 45 minutos; pero yo la descompuse, la fraccioné para tener instancias dramáticas diferentes. Y la aparición de esa obra en el columbario fue como un banquete que tenía que seguir. Desde el principio uno se pregunta: ¿será que esta señora está tan loca que es capaz de hacerlo?, ¿será que su salud va a aguantar?, ¿será que tendrá problema con esta otra gente?, ¿será que va a solucionar los problemas materiales? Y es una belleza ver cómo se construye una obra del cemento, del yeso, de los palitos. Todo eso va creando una tensión muy interesante. Es un proyecto súper ambicioso. Sobre todo cuando uno ve que es una señora de casi 75 años, sola, con una voluntad férrea enfrentándose a algo importante para un país. Y ahí volvemos a entrar en el momento histórico y en el hecho ético: el suceso de la guerra, de la filosofía de la lectura, y yo como narrador de mi tiempo deseo con- tar con un hecho simbólico cómo es la vivencia de ese acto histórico.
DISTRIBUCIÓN
Y actos de liberación
El anterior documental de Diego García-Moreno se titula El corazón gratuitamente: la historia de un soldado que sobrevivió a la explosión de una mina anti- personal -o quiebrapatas, como le llaman en Colombia-; con una esquirla en el músculo cardiaco le descubrió una serie de coincidencias asombrosas. El grupo más importante de cirujanos especialistas en operaciones de corazón abierto por traumas era colombiano, resultado de la violencia acaecida en los años ochenta y noventa en Medellín. El país fue consagrado al Sagrado Corazón. A la esposa del doctor que realizó la operación le descubren una arritmia cardiaca.
Así que luego de su recorrido natural por festivales, decidió que la película tenía que ser vista por el público. Ante la negativa de distribuidores y exhibidores de programarla en salas, comenzó a darle salida a la cinta, que implicó una gran inversión de dinero y de tiempo en los sitios de conflicto, en los lugares donde están las minas y las ciudades donde los efectos de la guerra se vivían cotidianamente. Decidió que la cinta se convirtiera en un intermediario de una socie- dad polarizada.
Así, reunió a estudiantes de medicina que tomaban la presión de la gente antes de entrar al cine. Acto seguido, les entregaba una antología de poemas de escritores colombianos del siglo XIX y XX cuyo tópico fuese el corazón. En la sala pasaban canciones populares, pegajosas, sobre el tema. Y al final de la proyección se armaba un diálogo con los espectadores, ya sensibilizados, sobre el país, la enfermedad y la vida.
-Al que le tocaba ese espectáculo nunca se le iba a olvidar la película. Lo habíamos bombardeado desde muchos puntos para que su cuerpo y su reflexión tuviera ahí una huellita -recuerda el cineasta.
Con el documental sobre Beatriz González realizó durante un año la ruta Proyectando la memoria, monólogo a tres voces que llevaba cine, arte y reflexión por los espacios funerarios de Colombia, lo mismo sitios precolombinos que cementerios monumentales, campo- santos y fosas comunes.

-Los cineastas nos mantenemos llorando. Que no nos distribuyen, que no podemos hacer nuestra obra porque no nos dan la plata. Ahí digo: ¡coño, más que cineastas, considerémonos artistas! Bajémonos un poco todo ese halo de poder que nos da el cine y hagamos un acto de liberación. Yo creo que eso es un reto que tenemos los cineastas en países como los nuestros y que puede producir mucho placer si le logramos dar ese carácter de invención a la distribución.





Este artículo se publicó originalmente en la sección de cultura del diario El Financiero (16/I/2012).


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lunes, 2 de enero de 2012

Amanecer 2012

Fuí al amanecer del primer día a la tienda del barrio. Era tal la carraspera en mi garganta tras las desgañitadera cantando en la velada de fin de año que no solicité a la tendera una bolsa de arepas, un quesito, y seis huevos; el indice de mi mano derecha habló por sí solo. Ella entendió, acató, empacó los productos en una bolsita plástica y me despidió con un saludo: feliz año. Fue en ese momento cuando me percaté del extraño paisaje en los estantes. Era de colores pero no tenía letras. Los empaques habían perdido sus rótulos. Las botellas de cerveza, los arroces, las pastas, los quesos y los caramelos, todos los empaques de harinas, analgésicos, azúcares, papeles higiénicos y sales, reposaban en sus anaqueles sin ninguna inscripción de marca que los diferenciara. Estoy grave, pensé. Hice el balance de las copas ingeridas en la víspera pero no eran tantas. Miré alrededor para ver si me percataba de la presencia de algún ciudadano alado cubierto con una túnica de seda o condecorado con aureolas o cuernos, pero tampoco. Deshice mi tendencia a conjeturar sobre mi repentino viaje a la sala de espera de los juzgados celestiales. La señora sonrió al ver mi desconcierto. Señor, no se preocupe, recuerde que estamos en el 2012. Ah, claro, me dije. Corrí entonces a empacar y a buscar en el computador un tiquete que me llevara en dirección contraria al avance del tiempo. Es cuestión de desenvolver meridianos. Había un cupo en una nave de una empresa sin nombre. La pagué con una tarjeta en blanco y aquí estoy, volando hacia el pasado. A tal velocidad que me mantengo en el límite. Logro desde mi ventanilla ver los nombres de las cosas como eran antes, justo en el instante en que empiezan a disolverse en el vacío. ¿Hasta cuándo alcanzará el combustible de mi nave? ¿A quién le pasarán la factura de este esfuerzo? Un pasajero olvidó en el asiento contiguo un sobre. No puedo contener mi curiosidad y abro. En un papel blanco una inscripción en tinta transparente encabezada con una dedicatoria a mi nombre dice: felices fiestas y próspero año nuevo. Oprimo un botón para que me atienda una azafata. Como nadie viene a prestarme ayuda, me dirijo por el corredor de la nave vacía hasta la cabina y vaya sorpresa, no hay tripulación ni instrumentos. Recuerdo que algún día fui piloto y me siento en la silla del comandante. ¡Es tan cómoda! Siento un placer inmenso y me duermo. Una brisita helada me despierta. Estoy en la hamaca, en la finca de mi hermano. Los sobrinos juegan todavía con los regalos que hace ocho días les trajo el niño. Llaman a desayunar. Mi madre me dice feliz año. Veo a Sally en otra hamaca que me saluda, hello honey, y un radio, el insoportable radio que anoche anunciaba cantando con sonsonete: faltancincopalasdoce, está empecinado en recordarnos la lista de quemados por motivo de la pólvora. Será mejor que duerma otro ratico. Y pienso en los amigos. Ojalá hayan tenido una buena transición. Que el destino los proteja, que los arcanos del 2012 los lleven con fina calma por su camino. Un abrazo, querid@s amig@s.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Los riesgos de la ciclovía

Hace unos días recibí un correo de la Revista Diners en la que me decían "nos encantaría tener un pequeño texto tuyo recomendando una experiencia..." Editarían una publicación especial con 500 recomendaciones de "personajes que sean relevantes, o que por cuenta de su profesión o permanencia en un sitio, tengan una legitimidad reconocible para hablar del tema..."

Me pareció interesante la propuesta y envié un texto a cambio de una copia de la revista. Hace un par de días me llegó la edición "quinientos". Mi primera reacción fue, "vé, esta revista está perfecta para el baño". Aprovechando una necesidad fisiológica me puse a leer experiencias en un máximo de 650 caracteres de personajes relevantes - no sabía que tenía tantos amigos con esa denominación-, y a buscar entre ellas ese instante que había marcado mi vida. Hasta el momento no lo he encontrado. Como no hay un índice se vuelve difícil localizar un texto en particular. Tras varias ojeadas de principio a fin me entró la duda... ¿Qué pasaría? ¿No les gustaría a los editores mi propuesta? ¿Será que se arrepintieron de la legitimidad que antes me reconocían? ¿Será que este tipo de experiencia no es recomendable para los lectores de esa revista? Vaya a saberse. En todo caso, para no dejar en el olvido este ejercicio de memoria, publico a continuación la experiencia que marcó mi vida y que recomiendo a los curiosos activos que se tropiecen con este blog:


LOS RIESGOS DE LA CICLOVÍA

Bogotá, domingo 10 de diciembre de 2006. Me puse los patines frente al Planetario. Al costado de la séptima, cada dos metros a lo largo de 10 kilómetros, había una silla rimax blanca. Todas lucían un velo negro en sus patas y un ladrillo blanco con el nombre, el lugar y la fecha de ejecución de alguna víctima de la tragedia colombiana. “Luego vendrán las mujeres vestidas de negro, portarán un paraguas negro y se sentarán sobre la silla ”, escuché. Caminantes, ciclistas, indigentes y patinadores desfilábamos atónitos. Retorné por mi cámara. Sin cortar el plano, durante los 62 minutos que dura el "caset", desde la Plaza de Bolívar hasta el parque de la 93 grabé la interminable representación del genocidio colombiano. Desde ese domingo recomiendo salir el día de los derechos humanos a la carrera séptima: a lo mejor los artistas anónimos nos saludan con un tremendo revolcón.

Diego García Moreno
cineasta

martes, 6 de septiembre de 2011

El blog de Diego García-Moreno: EL CORAZÓN por Jorge Ruffinelli

El blog de Diego García-Moreno: EL CORAZÓN por Jorge Ruffinelli

EL CORAZÓN por Jorge Ruffinelli

El catedrático y crítico de cine uruguayo Jorge Ruffinelli -Stanford University- hace una reseña de una película que ahora, más que nunca, palpita en mis recuerdos.

El corazón – Colombia 2006 Duración: 80 minutos. Director: Diego García Moreno. Guión: Diego García Moreno. Fotografía: Diego García Moreno. Foto adional: Diego Forero, Javier Quintero, Sergio García. Iconos y grafías: Juan Camilo Uribe, Rolando Vargas. Música: Sally Station. Sonido: Carlos Lopera. Montaje: Carlos Marciales. Asistencia general: Javier Quintero. Intérpretes: José Gregorio Usaga, Yaneth Meza, Cruz Marina González (la mamá), Yerneis Fredy y María Edelmeri Usaga (hermanos de José Gregorio), Dr. Francisco Gómez “Pacho”, Silvia García (esposa de Pacho), Dr. Gilberto Martínez (cardio-actor), Juan Camilo Uribe (artista), Dr. J. Alberto Bernal E. (record-doctor), Dr. Alfondo Mejía Vélez. Productor: Lamaraca Producciones.


En sus documentales, García Moreno ha trabajado siempre de maneras muy imaginativas y creativas, sobre los mitos culturales de su país (la cama, la corbata, la arepa, etc.). En El corazón acierta a tocar el nervio central del sistema colombiano, porque desde la religión (la afición nacional al Sagrado Corazón) hasta la perpetua guerra (por ejemplo, las temidas minas antipersonales), todo parece conducir a destrozar el corazón de los colombianos y del país entero. Real y metafóricamente. Ni siquiera necesitó García Moreno acudir al romanticismo de la literatura para buscar fuentes sobre “el corazón”: éste está en las manos (y bocas) de los cirujanos, en el discurso religioso, en el arte, y hasta en la propaganda política. De hecho, aún con escasas alusiones directas a la política, El corazón es el más político de sus documentales.
Comienza con la explicación básica del funcionamiento del órgano cardíaco en la voz y las manos del Dr. Francisco Gómez. Si la cámara subraya la expresividad de las manos y sus dedos delgados y eficacísimos, es porque muchos operados del corazón afortunadamente han dependido de esas manos. En una secuencia impresionante, se ve cómo los cirujanos extraen una esquirla de bomba incrustada en el corazón de un soldado (José Gregorio Usaga), quien se convierte con todo derecho en el otro protagonista principal del relato. Sin embargo, aunque el Dr. Gómez (“Pacho”) abre el documental desde la cirugía, otro médico (Gilberto Martínez) demuestra asombrosamente un método, que él ha perfeccionado, para auxiliar en el diagnóstico sobre el corazón imperfecto: los sonidos del corazón, que él reproduce con su boca. En un aspecto de la medicina tan caro como la detección de las enfermedades cardíacas y las operaciones muchas veces necesarias (y otras no), ese “procedimiento” oral y mimético parece un recurso milagroso para el buen diagnóstico. Aunque no todos lo acepten.
El Sagrado Corazón ha permeado a la sociedad colombiana de una manera profunda y peligrosa durante más de un siglo, hasta que un régimenos más liberal que conservador separó estado de religión. Muchos líderes políticos y presidentes se rodearon del Sagrado Corazón como de una armadura, usándolo en sus discursos de asunción de mando, pero la verdad es que la fe no le sirvió ni al país ni a sus mandatarios a lo largo de la historia del siglo XX. Las imágenes religiosas siguen prosperando, y como dice Juan Camilo Uribe, lo que se venera popularmente es un dibujo plastificado.
La realidad está en otro lugar del corazón. El documental emplea un impresionante fragmento de archivo —la intervención quirúrgica en el corazón de José Gregorio Usaga— y luego hace del joven su protagonista. Declarado incapacitado por el ejército, sin embargo no “alcanzó” el porcentaje de incapacidad como para cobrar una pensión. José Gregorio confiesa que él —como sin duda muchos otros soldados— no entró al ejército por “patriotismo” sino como a un empleo, y trabajó por su país hasta que la mina fatídica le estalló e hirió su corazón. Ni el estado ni la sociedad han reconocido su “deuda” con él, y mantiene a su compañera y a su hijo recién nacido trabajando como acarreador de botellas, en un trabajo de enorme gasto físico que podría matarlo. (No lo dice el film, pero como resultado de haber sido exhibido en un Museo, finalmente, consiguió un empleo adecuado en ese mismo Museo).
“En casa de herrero, cuchara de palo”, dice un comensal mientras comen en casa del Dr. Gómez, para referirse al hecho de que Silvia, la esposa, comenzó a sufrir irregularidades del ritmo cardíaco, teniendo que someterse a ejercicios y tratamientos y, de hecho extendiendo su preocupación y angustia a su marido, el experto cirujano. El corazón no da pausa.
En su forma y formato, El corazón apela también a la ironía y a la imaginación visual. Es muy dinámica con sus intertítulos. Convoca al arte de Juan Camilo Uribe, quien en su obra hizo del corazón un tema plástico de gran elocuencia. Y, ante todo, se fragmenta el desarrollo del documental con capítulos que, al presentarse, buscan ampliar, en su diálogo con el espectador, las vertientes y variantes metafóricas de su tema y título: “El primer latido”, “El voto nacional / Primera consagración”, “Trasplantes celestiales”, “Vena poética”, “Arterias de violencia”, “La cicatriz”, “Taquicardia social”, “Colombia en la mira / Hipertensión nacional”, “Détente”, “Insuficiencia vital”, “Nuevo pulso / Tomando impulso”, “Beat of the heart”, “Colombia es pasión”. Diego García Moreno incluye en su documental una gran variedad de temas y subtemas cordiales, desde los sacrificios indígenas antiguos, hasta algunas páginas de García Márquez, pasando por reuniones semanales de especialistas médicos, y la parafernalia religiosa de las estampitas, incluyendo el error histórico de representar a Cristo bendiciendo con la mano izquierda.
Años después de realizar este documental Diego García Moreno sufrió un infarto cuya recuperación, como buen cineasta, filmó y compartió en su propio blog. Tal vez el haber realizado El corazón le enseñó a detectar temprano los síntomas. Es que, en verdad, había realizado su película con todo el corazón.

domingo, 8 de mayo de 2011

LA CAJITA AZUL

Cuando los días amanecían así, blancos, lechosos, salpicados por una lluviecita menuda, como hoy, con una temperatura que te ordenaba ir al armario a buscarte un pesado suéter o a correr a la tina a tomar una ducha caliente, una voz melosa, interior y seductora, te proponía permanecer en la cama, esconderte entre las cobijas, acariciar tu mejilla con la almohada... reposa, guarda el calorcito, no te apures... pero tú te debatías entre la lista de oficios atrasados, tareas puntales, obligaciones de siempre, presentías el tarro del café vacío, el refrigerador pidiéndote que le llenaras su vientre con bolsitas de colores, cómprate un porrón de leche, ya se acabaron los huevos, no tienes queso ni pan ni miel ni mantequilla, hace días no traes frutas, te imaginas una mandarina, qué lindo sería ver el sonroje de un tomate, una zanahoria o un buen trozo de jamón, y escuchabas el ronroneo tuyo, el murmullo de las tripas propias haciendo bostezos sinfónicos dignos de un puerco adormecido, tengo hambre, tengo un vacío, y hasta esa insoportable necesidad de ir al baño a vaciar tus líquidos fermentados en la penumbra larga de la noche se atravesaba con sus impostergables premuras ¿será que no me levanto? ¿será que hago pereza? Soldado humano que has sido, respondías entonces a la orden fundamental de l anatomía y te encontrabas orinando a cántaros frente a la olleta de porcelana blanca. Silenciabas el murmullo de la ventisca y las dulces tentaciones se diluían al vaciar el inodoro. ¡En acción, vamos, es sábado, aprovecha del día! Qué va. Es el tiempo de una siesta matutina. Y volvías al lecho, dormías, te regalabas una casacadita de improvisados sueños, dejabas que el ritmo de la vida aceptara ese ritual de soberana pereza que creías sería el prólogo fundamental de la vida que desde ese entonces llevarías.

El día es blanco, cae una lluviecita menuda, es sábado, tengo que levantarme a tomarme una pepa. Cuáles dudas. Cuáles nostalgias de la almohada. El pastillero está vacío. Hay que proveerlo. Todos los sábados de la vida tendré que aprovisionar esta cajita azul sintética, rígida, transparente, donde leo monday morning, tuesday, wednesday… y para cada día han dispuesto unos cajoncitos rotulados con breakfast, noon, eve, bed… sabiduría gringa en inglés, el órden soberano de los días, de las horas, conciencia de la salud de un pueblo que ha aprendido a ordenar y dar órdenes sobre la faz de la tierra. Sólo pienso en cumplir a cabalidad con mi disciplina farmacoterapéutica obligatoria. El día en que salí del hospital, Sally llegó orgullosa con la cajita azul y con el primer atado de drogas que aprobó la empresa prestadora de salud. Ese señor está irremediablemente enfermo, como constata en su historia clínica, está recién infartado, cateteriado, aprovisionado con un par de stents en su coronaria descendente anterior. Ese señor no tiene salvación. Desde ahora y por siempre tendrá que practicar el ritual riguroso de las drogas. Tenga, señora, revise que el pedido coincida con la fórmula del doctor. Todo coincidía. Sally había hecho un pequeño afiche con las fotos de cada píldora y la dosis diaria que tendría que tomarme. También había llamado al médico homeopático para que diera su apoyo naturalista en el período de recuperación y recomendara sus propias medicinas. Gotitas de sulfurus y … y grágeas de omegatres, seis y nueve. El plegable contenía la información para una dosis de 14 medicamentos diarios. Y recuerde, retumbaba en mi memoria la voz de Carmen Beatriz la fisioterapeuta, ¡siempre, hasta el último día de su vida, tendrá que tomarse el copidogrel y la aspirina! Esa cajita azul me propino la primera ofuscación post-infarto. Sally había sacado de sus sobres las pepitas y las había dispuesto en las alacenas. ¿Cómo sé yo cuál es cuál? Aquí no hay ningún letrero. Sólo pildoratias de colores, pepitas coquetitas, malparidas pepas. Mi primera reacción sonó a reproche. A Sally le provocó mandarme para la mierda pero se contuvo. No quería provocar un ofusque que desembocara en una nueva crisis cardíaca. Que el señor tiene un trombito en la punta del corazón que está atrapado en una terminal de una arteria. De allí la razón de tanta droga. Porque aparte del copidogrel y la aspirina, tendrás que tomar la warfarina que es un coagulante bien difícil de dosificar. Tendrás que hacerte tomas de sangre cada 5 días y cuando logres estabilizar los índices de INR entre dos y tres, sabremos cuáles tomarás durante los próximos tres, cuatro, seis meses. Y recuerda que esta semana tendrás que inyectarte en la barriga estas inyecciones.

Estoy llenando por cuarta vez cada cajoncito con las drogas recetadas por el doctor Santacruz. Pacientemente, como me ha recomendado en sus fórmulas, coloco las pastillas de la mañana, las del mediodía, la tarde y las para antes de acostar en su sitio. He aprendido a partir en dos con mi navaja suiza aquellas que han deben ingerise por medias dosis al levantarme y después de la cena. Ya podemos bajarle la intensidad al metroprolol dijo el doctor en la última revisión. Media pildora cada ocho horas. El copidogrel sí tiene que ser para siempre, no lo olvide, una pastilla de tantos miligramos al día. Los 5 miligramos de warfarina se los dejamos durante entre tres y seis meses más. Cuando vuelva a consulta le haremos un scan y veremos si el trombo que quedó retenido en el extremo de la arteria en la punta del corazón no se ha movido. Si ha sido asimilado por la superficie del corazón lo suspendemos. Mientras tanto, no se le ocurra pelear, caerse, cortarse, herirse la boca, no use seda dental, no haga acrobacias extremas ni artes marciales. Si cuando defeque u orine llegase a detectar rastros de sangre nos avisa inmediatamente. Recuerde que peligra tener una hemorragia.

Salió el sol. Es por la tarde. Almorcé un sancocho de sierra delicioso. Qué bueno salir por segunda vez. Logré controlar la modorra de la mañana escapándome de compras. Quiroga, ¿qué hacés? Estaba en la cama esquivando la blancura del día, la lloviznita deleznable. ¿Vamos a comprar pescado? Dudó, recordó las múltiples referencias de precio, calidad, diversidad que ofrecía el supermercado de la 69 con diecisiete ¿Vamos de una? ¿En media hora? Listo. Te recojo en la quinta.

El pelo húmedo y peinado. Blancos los dos por la acumulación de semanas en la penumbra. Los cerros de un verde fundamentalista, como si nunca se hubieran quemado, como si jamás pudieran ser víctimas de los pirómanos urbanos, le hacían buen conjunta a mi toyota color esperanza. El radio hablaba de los parques nacionales, el ambientalismo en auge, de la esperanza hídrica que es Colombia para la región. No hablamos de las inundaciones. No miramos hacia la sabana y sus recién estrenados lagos. Ni mencionamos que el gobierno ha dispuesto comprar todas las hectáreas anegadas para devolvérselas al río. ¿Será cierta tanta buena voluntad? Agua y sol, ansias de devorar fauna marina. Llegamos. Pesca-mar o surti-mar? Algo así. Tres pisos. Edificio azul de arquitectura paisa muy reciente. Un narc-decó moderado. Muchos parqueaderos. Mucho campero de vidrio blindado. Mucha señora de tacón puntudo subiendo las escaleras. Segundo piso. Todo práctico. Fila india en torno a congeladores horizontales exhibiendo cuanto filete y mariscos aparecen en el diccionario. Pulpo, calamar, langostino, langosta. Mero, salmón, corvina, lenguado, sierra. Cada pieza en su bolsita plástica. El atún rojo, y la trucha y el bagre, y los caracoles, y las ostras. Puerto Bogotá a cuarenta y cinco grados abajo del horizonte de nuestra vista. Una canastilla llenándose de paquetitos. ¿Trajiste la tarjeta? Cuán poca esperanza le quedan a las especies marinas si estas culturas ancestralmete carroñeras se convierten en devoradoras de la fauna marina. Los cerdos se sonrojan de la dicha y cantan como hienas. Los perros callejeros no tendrán que ser disfrazados de conejos en los mataderos clandestinos. Aparece un pato a mitad de camino. Mirále el precio ¿lo compramos? A la canasta lo echamos tras firmar el convenio de comérnoslo juntos la semana entrante. Qué dicha. Pagamos. Qué precio. Qué orden. Qué mañana tan bien aprovechada.

Tres meses atrás, a mi regreso de Isla fuerte, traje un viajadito de ñame. El sol seguía haciendo efecto y me proponía recetas. Pero la palabra sancocho opacaba las demás. Seguro fue por el efecto resplendoroso del ñame. Si no lo comemos ahora, se podrirá. Cojí un cuchillo bien afilado y puse el tubérculo sobre una madera. Le quité su piel terrosa. Lavé los trozos, los lancé a la olla a presión. Piqué plátano colisero, cebolla, pimentón, gengibre, ajo. Agua, un poco de vino, leche de coco, pimienta, sal. Todo fuego alto. Al primer hervor introduje los trozos de sierra. En dos minutos estaban blancos, límpidos, como el amanecer que se fue, y volví a sacarlos. Dejé el perejil y el cilantro para el final. Sonreí al probar, al aprobar el primer sorbo, qué delicia. Sally ¿Quieres almorzar? Saqué la cajita azul. Busqué saturday, noon, abrí el compartimento y saque la warfarina, la media pastilla de lovastatina, una grágea de omega trés, unas gotitas de sulfurus y terminé con un vasito de leche y una galletita de oreo. Un pecadito para olvidar el estress.

Qué bueno salir por segunda vez. Hoy no he caminado. El único ejercicio ha sido darle la vuelta a unos refrigeradores repletos de pescado. Qué bueno sería hacer un ejercicio más contundente, más espiritual. Claro, Hay Feria del libro. ¿Sally, vamos a la feria? No, mi amor, tengo que terminar las traducciones. Nati, Nati. Nati no está. Sergio y Mavila están ocupados, se van a recorrer el mundo desde el martes y están ordenando sus enseres, o desardonándose entre despedidas. Fulanito de tal está ausente, perencejo no contesta. Busco el chat del facebook. ¿Quién estará por ahí un sábado a las dos de la tarde? Los punticos verdes frente a los nombres de los amigos conectados. A ver, aver. María Clara, ¿aceptarías ser la lazarilla de un post- infartado en la feria del libro? Sería un honor.

A las cinco y cuarto timbró el teléfono. Estamos abajo. Ciao, mi amor. Me voy para la feria…..

¿Llevas el pastillero, mi amor?

P:D:Este texto nació en forma de carta para Catalina Villar.

miércoles, 4 de mayo de 2011

DE LA AREPA A LA PEPA...Un sábado, un mes después...


¿Qué te cuénto...?
Por ejemplo. Un sábado cualquiera post- infartum.: Acuéstate el viernes temprano porque tienes toma de sangre en ayunas. Seis de la mañana en la ducha. No te se ocurra comer nada. No estás autorizado a conducir, pero ya te sientes bien, se quitó el mareíto, la nube en la cabeza. Hay que estar a las siete haciendo cola en el dispensario. Señorita, de nuevo por el nivel de INR, sí estoy tomando anticoagulantes, warfarina, señorita. La fecha prevista es para el lunes, señor. Si, pero como me pusieron tan temprano la cita con el cardiólogo y necesitamos el resultado antes, lo podemos hacer desde hoy, es ya la quinta muestra. Ok. Espere en la salita. Leo el periódico. Detenidos en Londres una pareja de actores que simulaba la boda real disfrazados en zombies. Se cayeron todas las carreteras de Colombia. Investigado el alcalde por procesos ilegales en contratación. Su hermano detenido, los Nule en la Picota. Falcao es el Messi colombiano. Señor García, su turno. Señorita ¿puedo tomar una foto cuando me saque la sangre? Estoy siguiendo audiovisualmente el rumbo de mi vida tras un infarto. Se pone pálida la enfermera. Tan raro usted. Es que vengo aquí dos veces por semana y quiero guardar un recuerdo. Tomo anticoagulantes. ¿Para toda la vida? No sé. Click. Le aviso. Click. Saca la aguja. Click.
Pase a las once y media. Gracias, señorita. Debería recoger una autorización para una consulta con la dietista. Entro a la oficina de permisos. Diecisiete personas antes que yo. Ya hay broncas entre clientes y oficinistas. Que yo hablo así y si no le gusta, no es mi problema. Respete. Siempre es lo mismo. Pacientes que se ofuscan porque les niegan sus citas con el especialistas, sus biopsias, sus scanners. Yo no puedo hacer nada. Es decisión del médico, de la junta, de un evaluador invisible que nunca está y casi siempre lo niega todo. Me provoca hacerle dúo a la paciente. Me callo. A lo mejor pierdo el control y me da otro infarto, o me agarra bronca la empleada y no atiende mi solicitud. En la televisión muestran cómo se amaestran perros. Cruzo una sonrisa con una pareja que ha detectado la tensión en el ambiente. Leo más periódico. Es sábado, sobredosis de promociones de autos. Dudo, esto será largo. Tengo que reclamar el copidogrel. La pastilla que siempre, hasta el final de mis días tendré que tomar. Repito mi frase preferida "si comí arepas todos los días durante mis primeros veinticinco años, ahora debo aprender a tomar pepas todos los días... de la arepa a la pepa", Me río solo. Llego a la farmacia. Espero. Me atienden. No señor, como esta droga fue aprobada por el comité científico y es muy cara, debe reclamarla en la cien con diecinueve. Mierda, estoy en la séptima con 53. Por fortuna tengo el auto. Estoy en ayunas. ¿Comer algo? No. En marcha. Bogotá de trancones matinales, verpertinos y nocturnos. Calma. Debes aprender la paciencia. La circunvalar húmeda. Los cerros húmedos. La voz de la locutora en la radio congestionada. Amparito Grisales siempre húmeda ha seleccionado sus canciones preferidas. Tiembla con sus recuerdos se humedece con el potrillo Aguilar, se inyectó no sé cuál droga para mantener la humedad de su piel. ¿Dónde parqueo? Es la Bogotá moderna, cara, un estacionamiento libre. Un Pomona, de una. Parqueo, espero no me cobren. No compraré nada. Cruzo la calle caminando, soy imprudente. Peligro de morir atropellado. Me flagelo, soy culpable. Alcanzo la calle. Pido la droga, necesita fotocopia de la autorización. Cien pesos la fotocopia. Me entregan la droga. Me autorizaron 3 meses pero sólo me entregan las correspondientes a 28 días. Que debo volver a la oficina por otra autorización. Lo haré, tengo un mes. Regresaré, regresaré. Y regreso a casa. Busco la caja de las drogas.

Saco el pastillero y comienzo a depositar en cada alacenita, desayuno, mediamañana, almuerzo, noche, la dosis de pepas que debo tomar cada día. Omeoprazol, Lovastatina, copidogrel, warfarina, aspirina, lozartan... y el omega tres, el omega tres, elomegatres. Son apenas las nueve y cuarto. Ya estoy fatigado. Debo descansar un rato porque me falta el gimnasio. Debo caminar 40 minutos sobre la banda, o montar en bicicleta, o en ese aparato que no recuerdo el nombre, debo cumplir mis tareas de recuperación física, debo, debo, debo estar paciente, no excitarme, no acalorarme, no modificar mi curva rítmica. Y así, así va el día de un sábado normal, un mes después del infato que me sorpendió en la ruta al regreso de Miami. Beso.

viernes, 22 de abril de 2011

CALENDARIO CARDIACO

Se recortan las agendas
se alargan las indescifrables esperas
se programan magistrales sesiones de paciencia
se disponen sobre la mesa las pócimas imprecisas
que definen la coagulación mantienen la presión y regulan el ritmo.
Me he inyectado en la barriga una dosis de esperanza
y el hilillo de sangre al extraer la aguja no cesa
La inocente hemofilia que espanta la conformación del trombo
el tapón, el infarto, el eco del gran susto mancha el hilván de la cintura
me deja boquiabierto desconcertado
hace que mis manos se esfuercen en borrar
con un trocito de algodón culpable
el sendero hacía el abismo
que como una estalactita
recrea el horizonte y
proyecta el asombro impreciso

viernes, 8 de abril de 2011

Rutas documentales, rutas de vida.


De MEDELLÍN a BOGOTÁ a CALI a BUENOS AIRES a BARRANQUILLA Y SANTAMARTA a ATLANTIDA a BIARRITZ a CARTAGENA a THESSALONNIKI a NYON a BUENOS AIRES... a ?¿Cómo prever el camino de una película? Jamás imaginé trazar en el mapa esta extraña ruta. La vida de una obra, en este caso una película documental, es absolutamente independiente de la voluntad de quienes la fabrican. Un día recibí una carta de Biarritz diciéndome que BEATRIZ GONZÁLEZ ¿POR QUÉ LLORA SI YA REÍ? había sido seleccionada para participar en FIPA. ¿Cómo? Yo no he enviado la copia a pre-selección... Que a madame Teresa Cavani, la directora artística le encantó esa peli, que la vio en la preselección de Abu Dhabi, donde había sido presentada por Denis DeLaRoca el programador latinoamericano que la descubrió en el BAM (Mercado Audiovisual de Bogotá) Ah... pues sensacional. Y, sin pensarlo un segundo, dije que sí, acepto, inclúyanla en el programa. Y fue seleccionada en la competencia de la categoría Documental de Creación. Entendí que la exclusión del festival de los Emiratos, pero la inclusión en este encuentro europeo de programas audiovisuales le marcaba un nuevo derrotero. Quizás le cerraba puertas para otros festivales en Francia, pero ¿cuál es el mejor? Hay una larga lista que va por todas las ciudades de ese país y del mundo a las que uno envía porque tienen reputación, son afines al género o, en muchos casos a la lengua o región del mundo de donde provienen. En el mundillo cinematográfico se dice que uno debe intentar pasar en Cannes, Venezia o Berlín y después...? Si te seleccionan allí eres alguien, haces parte de las ligas mayores, después que venga lo que sea. Yo me había ilusionado el año pasado con Venezia. En el festival de Cartagena encontré a Luciano Barisone, director del festival dei Popoli en Florencia, le entregué el último corte sin mezcla ni corrección de color y a los pocos días me envió una carta maravillosa hablándome de la peli, de su importancia histórica y artística, y preguntándome si podía enviarle la copia al director de la Mostra porque consideraba que era una película digna para ese tipo de evento. Y esa felicidad que comienza a metérsele a uno en el alma, carajo. Retardé la salida de la peli hasta que un día recibí u correo de Venezia y otro de Florencia diciéndome que niente, que muchas gracias, que han recibido este año no sé cuántas mil películas y que no había caso... joder. Pero al mismo tiempo me entero que la selección de la Muestra Internacional de Bogotá la ha seleccionado para la sesión inaugural y me pongo feliz pues me viene al recuerdo que mi motivación mayor al realizar esta película era, como lo he venido diciendo desde hace años: jugar de local: hablar bien cerca, a los amigos, a la familia, a los que viven en este territorio azotado por los problemas o las dichas que me obsesionan. Tratar de filmar y narrar "bien", claramente, sin esconder, tratar de profundizar, de tomarme todo el tiempo necesario, de tocar temáticas que nos desbordan desde otros puntos de vista, para ver si es posible aclarar, recordar, provocar la reflexión, el entretenimiento conmovedor, la re-conquista de la fragilidad del cuerpo ante el bomberdeo de secuencias, imágenes, de relatos audio-visuales, que pareciera nos hubieran llevado a una insensibilidad lamentable. En fin. Y, si esta conversación íntima es escuchada por un oído externo, entrometido, que considera importante su contenido, pues que lo lleve, que le abra nuevos horizontes. Que internacionalice su visión. Curioso. Han pasado varios meses después de la primera presentación de "Beatriz..." y me encuentro con una sucesión de palabras que hacen parte de un mapa inimaginado. Que me comprueban que este ser camina o vuela o serpentea o nada. Que se mueve, que está vivo. He sido testigo en las presentaciones donde he estado presente que la pdelícula conmueve. A veces me dicen, su película está en competencia... ¿Competencia? ¿De qué? ¿Contra qué o quién? En el fondo una voz me dice: ¿Cómo va a estar compitiendo esta película si lo único que propone es una reflexión sobre el papel del arte en el destino de la humanidad, el compromiso del artista como relator del destino trágico de la humanidad…? Si lo único que cuenta es la obsesión de una señora artista colombiana que se volvió víctima de la historia de su país y decidió colaborar simbólicamente a darle justa sepultura a los innumerables muertos de su patria... Extraño oficio de concursante y competidor en el que caemos o en el que el oficio nos confina. Todo es cuestión de imagen. Imagen para las imágenes que hacemos, imagen para la imagen que queremos darnos a nosotros como artistas, como pensadores, como relatores.
Imagino a veces que realmente soy independiente y no caigo en eso. Pero empieza esa duda ¿será que más allá de los festivales, donde si a uno le va bien, llegan 500 personas a ver la película, podremos llevarle al "público en general" nuestro trabajo? Será que sin el peso mediático que teóricamente agregan a la película los festivales sobrevivirá en el tiempo? ¿Será que lograremos rentabilizar esta inversión económica, energética, creativa, que hemos depositado en la película? Vaya a saberse. Recuerdo que mi plan local de distribución ha sido diseñado para que se presente en cementerios, en espacios funerarios, en fosas comunes y camposantos…
Había comenzado a escribir este texto unos días antes del infarto. Curiosamente estuve al borde de volver a los cementerios pero como cuerpo o cenizas. Hoy recibí la noticia de que Documenta Madrid no está interesada en mi película, recuerdo que mañana debía salir rumbo a Buenos Aires para acompañar mi película en el Bafici. La temática de la obra curada, o aceptada, o seleccionada, o bendecida por los peritos vuelve a ser relevante. La obsesión por llegar a un público ante quien la película sea útil desde el punto de vista de lo que el artista considera útil vuelve a ser preponderante. Ahora las órdenes médicas me piden, exigen, imponen, calma. Debo replantear la dosificación de la energía. Más que lanzarme con una lanza loca contra las aspas de los molinos de la industria me tocará convencer a ilusos divertidos y eficaces de que estos rituales cargados de reflexiones locales son importantes, necesarios, más allá del esplendor mediático de los eventos cinematográficos. Que la cinematografía documental en la que me he embarcado no es más que un detonador de pensamiento vestido con secuendias de dolor y risa, un trazo más de otro proyecto mayor de acción ética, de comportamiento ante los misterios de la existencia y un antídoto contra esta barbarie humana, bien encorbatada y engallada de bijouterie barata , que tanto dolor y miseria ha esparcido a lo largo y ancho del planeta redondo.

Los paseos de la muerte



Los paseos de la muerte son unas romerías que en muchas oportunidades deben seguir los usuarios rasos del sistema de salud colombiano. Consisten en unos desplazamientos entre quejidos y blasfemias a través de unidades de urgencia de hospitales que dependen de las entidades prestadoras de servicio, las cuales colocan unos anillos de seguridad, o filtros, para impedir que se les cuele alguien que según unos evaluadores, de dudosa procedencia o malintencionada instrucción, tenga una afección que no sea "de vida o muerte", y que requiera de la utilización de tecnología costosa. Ese fue más o menos mi caso. Fueron desafortunadas cuarenta horas de dolor, desconcierto e indignación que terminaron con un infarto grave que me ha tenido ya 12 días en el hospital.

Como la Parca a veces se despista, al parecer se enrumbó en la esquina y se le olvidó recoger el bulto que tenía haciendo cola en la próxima parada de su carroza mortuoria, dejando a su contenido padecer conectado a un servicio de cuidados intensivos, ligado a los líquidos vitales por mil tubitos y sedado por gruesas dosis de morfina. No era el momento, todavía.

La sabiduría del corazón se enriqueció con dolorosas vivencias de otros pacientes multifacéticos que derramaban sus quejidos en la larga galería de camillas. Ojalá que esta infusión de realismo abrupto ayude a apaciguar muchos afanes que tanta pelotera humana, tanto insólito cataclismo terráqueo, tanta porquería social, tanta partícula mugrosa en el aire, nos traen a diario a las ventanas múltiples del cuerpo, el apartamento, la vida.

Mientras, preparo un temita por los lados de la Sierra de Santa Marta a ver si los hermanitos mayores, tan maltratados ellos, nos dan algunas pistas elementales.


Les va un abrazote desde esta salita del hospital San Ignacio desde la que logro, por fortuna, acariciar un boceto de los cerros orientales bogotanos.






He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.