viernes, 5 de julio de 2013

LAS DAMAS DE DAMASCO


1. El OMBLIGO DEL CORPUS CRISTI.

¡Ese ombligo! Semi-oculto tras una puerta a dos casas de la iglesia, camuflado entre el gentío que rechiflaba a la pareja borracha que bailaba sobre la calle empedrada o simplemente miraba hacia la tarima donde una mujer de voz ronca y léxico barato compartía escenario con un Jesucristo de poncho y billetes pegados a su pecho e  inflaba el calor del remate del Corpus Cristi ¿Quién le mete a este bulto de aguacates? El señor da diez mil...  ¿Quién da más? ¡No sean tan hijueputamente tacaños, colaboren para las obras de la parroquia!...


Ese ombligo sincero, imperioso,
terso, sutil, 
absorvente,
me obligó a admirarlo
desde este kiosco atronado
por el ruido de la loca
que oficiaba el desconcierto
de un pueblo que cada año
se reúne a celebrar
los productos benditos
de la tierra.

Por favor no lo rematen,
no lo vendan,
no lo ofrezcan a ningún postor, déjenlo ahí, a distancia,
para que mis ojos derramen lágrimas de fascinación y mi imaginación pronuncie
todas sus ambiciones.

Túnel sin destino, copa de cualquier manjar, envoltorio de nariz para ensalzar asfixias.
Huella de la vida extensa.

Ausencia del cordón 
que te regaló el color de la piel,
el olor, el sabor, el dolor
y la geometría de una forma
que te adorna y te obliga.



Diego García Moreno @ Damasco, Antioquia. Junio 20 de 2013

lunes, 1 de julio de 2013

LA LLORONA Y LA TORRE EIFFEL.


Al llegar a Medellín, rodando por la Avenida Oriental, me sentí huérfano. Tras unos días de preproducción por la región de Urabá -desde Turbo hasta  Dabeiba  pasando por Apartado, Chigorodó, Carepay  Mutatá-, sentí  que venía impregnado con el síndrome de “La llorona”. No hablo del espanto, sino del tramo del cañón del Ríosucio después de Dabeiba, la puerta a la selva chocoana, el indomable, estrecho, húmedo y oscuro tramo bordeado de precipicios tapizados con una vegetación tropical, exhuberante;  repleto con estruendos de chicharras y  lamentaciones de camioneros varados en la vía bajo la amenaza del relámpago, los derrumbes, el paludismo y la presencia imborrable de los actores del conflicto. Tras haber injuriado a los paracos y a los mafiosos, a las guerrillas y al ejército  por sus destrozos humanos en la zona durante esta larga y abominable guerra, a los paisas industriales, ganaderos y bananeros que fueron incapaces de respetar la selva y la tumbaron para llenarla de vacas y banano, solo banano y codicia; de maldecir a la madre Laura, nuestra santa prometida,  por el desastre cultural propiciado con sus misiones  a las comunidades emberas;  de hijueputear a la selección Colombia de fútbol derrotada por Venezuela en una pantalla grande de un estadero barato de Dabeiba,  caí en cuenta que pasaría los ”días santos” en la ciudad de mi infancia. Mucha negación acumulada en el viaje. Hasta los aeropuertos que fui a visitar, pues en ellos estaban mis recuerdos de centenas de aterrizajes cuando estudiaba o trabajaba como aviador, habían desaparecido. El de Turbo se lo comió el mar, el de Chigorodó es un parque de recreo, el de Mutatá una urbanización loteada a antiguos trabajadores de las caucheras o a desplazados de la zona; hasta el de Santafé de Antioquia, donde hice mi primer vuelo solo,  aparte de inundarlo el río, fue loteado en parcelas  para pudientes de Medellín entre quienes  no quiere decir nada la palabra “los halcones”. Mejor dicho, regresé sin  pistas,  quedé despistao…

Y en la bella villa ya no hay padres ni casa, los hermanos están de vacaciones y el edificio donde vivimos no existe. Parezco un bambuco viejo o un valsecito ecuatoriano, le dije al retrovisor, y tuve un súbito antojo de que llegara la noche para toparme con otros brillos aunque fueran los ecos de las luces de la infancia. Cuáles brillitos: era un alud de neones: La Torre Eiffel de mi abuelo.  No recuerdo cuándo la  desmontaron. Tenía cinco pisos de alto y por lo menos cuatro metros de ancho en su base. Estaba sujetada al edificio por unas estructuras metálicas incrustadas al  tercer piso donde vivían mis abuelos, y al cuarto, el apartamento de “nosotros”. De la terraza, en el quinto, salía un cable metálico que le daba vuelta a la cabecita de la estructura, para que   en caso de zafarse, uno nunca sabe, la sujetara como a un ahorcado. Que mejor  quede  bamboleándose y no vaya a caerle a alguien encima.  

En París Moda, cuando llegaba la semana santa, había que cerrar las puertas y organizar las filas de clientes, pues todas las señoras de Medellín querían hacer la romería de los monumentos de las iglesias estrenando ropa de paño y ampollas en la planta del pie entre el zapato nuevo. Aquí  llaman monumentos unos arreglos de flores y cirios que le hacen al Jesucristo  sentenciado a muerte entre el jueves y el viernes santo.  Las señoras esperaban pacientes observando sus futuros atuendos exhibidos por las maniquíes de ojos verdes enormes  pintados a mano, pronunciadas  pestañas negras o pardas  incrustadas en la piel de yeso color piel, casi rosada, que la clientela  veía blancas, por supuesto,  y unas manos moldeadas con gestos muy estilizados, más bien deformes, unidas al brazo por unas muñecas ajustables que un importador italiano le vendió al viejo Oliverio convenciéndolo  de que era lo más sofisticado en la moda europea que siempre va de la mano del  arte moderno.  A  quién comprarle el ajuar sino a mi abuelo que tenía diploma de sastre de París y era tan devoto que tenía  la costumbre de viajar a Tierra Santa en vacaciones, o al santuario de Fátima o al de Guadalupe de brazo de doña Ernestina, mi abuela,  su señora, que era presidente de la Legión de María y, a pesar de lo renga, y de la hinchazón de sus rodillas,  recorría cada año, con redoble de bandas de guerra,  la procesión del Sagrado Corazón desde el parque de Boston hasta el de Bolívar. En la noche, los  neónes jugaban con el nombre del almacén de mi abuelo y,  si uno cerraba los ojos antes de dormir, era tal el resplandor que entraba por las ventanas  que se veían parches rojos, azules y blancos cambiando de color entre  los párpados.

¿Adónde llevarían ese anuncio luminoso que marcó más mis sueños de infancia que la enorme torre original, la de París, con la que conviví sin pena ni gloria más de doce años en mi juventud profesional?  El edificio fue derribado. En el lugar donde mi abuelo tuvo su éxito como costurero,  hoy hay un supermercado Éxito, propiedad de una multinacional  francesa. El clima de Medellín es tan caliente que no hay beata capaz de ponerse un traje de paño. Las maniquíes tienen un parecido a las muchachitas que pululan por las calles corriendo en sus motos y hoy soy yo quien deambula por estas calles perfumadas con un olor rancio a incienzo y bazuco, arrastrando un retumbar de tambores y un cierto desprecio a la memoria de una abuela que debe estar en los infiernos compartiendo fuego con una tal madre Laura que malgastó su tiempo embutiéndole el catolicismo a los indios emberas en las cercanías de Dabeiba.  El estrén de semana santa, las visitas a los monumentos, las ampollas en los pies y las luces bailarinas de la torre Eiffel de mi abuelo reposan en el olvido de Medellín. A lo mejor eran una premonición del impacto que tendría ese viaje a Urabá donde ya no queda uno solo de los aeropuertos donde solía aterrizar en las arduas jornadas de vuelo durante  mi vida de co- piloto. Pero son ya tantos años lejos de Medellín y tantas las escalas de mis vuelos sin avión por este país que poco a poco he aprendido a improvisar aterrizajes en las lagunas imprevistas de la memoria.

Medellín, marzo 27 de 2013
Diego García-Moreno

miércoles, 26 de junio de 2013

BOCANADAS de HUMO



No era posible amar, conspirar, vigilar, reposar tras el combate, esperar o simplemente delirar sin el humo del cigarrillo. Le dio salud, atmósfera y drama al cine de los años 50s. A mi abuela le cultivó un mechón amarillento en el cabello justo sobre su frente y un  edema pulmonar del que nunca se arrepintió.

El primer cigarrillo que me fumé fue un "Cruz" sin filtro, una extinta marca de envoltorio burdo, puro tabaco negro  ultra-nicotinizado,  que le robamos a Isabel la mayordoma de la finquita de mi abuelo. Tendríamos once años cuando entramos con Juangui y Carlos Santiago a su cuarto y nos encaletamos un pucho para cada cual. Como el paquete tenía 144 unidades y ella se había fumado un par de docenas,  nunca notaría el asalto.

Nos encaramamos en un  guayabo en medio de un bosque de cítricos protegido por un guadual y comenzamos a chupar humo y a toser hasta que el mareo me hizo  perder el equilibrio y caí al suelo desde tres metros de altura asegurando una luxación de muñeca, un regaño con jalón de oreja  y una culpa brutal para el resto de las vacaciones.

Pero era tan bonito el gesto de los grandes al fumar. Tan prodigioso verlos sacando anillos de humo por la boca, soplándole neblina  a la cara de la novia. Que es para pedirle un beso, me dijo en secreto un amigo de mi hermano Luis Fernando. Fumando espero al hombre que yo quiero, exhalaba Sarita Montiel y las nubes se agitaban tras los cristales de alegres ventanales.

Mi padre odiaba el cigarrillo y mi mamá lo ignoraba. Fumé en mi adolescencia y en mi juventud, como hasta los treinta. Fue compañero de borracheras, de ocios y de amores hasta que un día comenzó a provocarme dolores de cabeza y sensación de podredumbre en las encías. Y ahí paré. Hoy en día lo detesto. Apesta su olor en la ropa. Rechazo los labios de aquellas que lo aspiran. Me ahogo con solo sentirlo invadiendo el poco oxígeno que en la ciudad ha quedado e invito a mis amigos fumadores a calmar sus necesidades en el balcón o al lado de una ventana abierta.

Escucho lo que digo y me espanto.  Me produce tanto terror reconocerme confesando la fobia que hoy me atormenta  como viendo las encías podridas que la ley obliga a estampar en las cajetillas para espantar a los consumidores. Y escucho las quejas de algunos allegados empedernidos que me preguntan  que qué protejo, que qué defiendo,  si la santidad y la pureza, la sanidad y el juicio son virtudes esculpidas en la  represión y la hipocresía,   que por qué juzgar el dulce vicio de inhalar los humos propagados por  las hojas de una planta  que hemos domesticado y multiplicado para satisfacer los rituales que, con desdén o fe,  día a día practicamos.

Me marea la moral y caigo de la rama. He perdido la capacidad de calcular la distancia al piso, pero aseguro una luxación de cadera, una sordera larga... pero lo de la culpa si es distinto, porque  con seguridad en un par de minutos, bajo el efecto aletargador de un alzheimer que se gesta, estaré preguntando ¿y qué fue lo que pasó? ¿por qué tanta humareda en el horizonte?

Diego García Moreno @
-Junio 26 de 2013

viernes, 21 de junio de 2013

EL MONO, EL OSO Y AMPARITO.


Cuando era copiloto debía mantener bien lustrados mis zapatos.  No importaba que tuviera que salir de la cabina a verificar en la plataforma empantanada del aeropuerto de Bahía Solano si las cajas de pescado que llevábamos para Medellín estaban bien atadas con cabuya o si la señora de Puerto Berrío, a quien le había encargado la carne, me la había empacado con doble bolsa plástica para que no chorreara sangre en la bodega del avión. "El Mono" sabía que la presentación de la tripulación debía ser impecable sin importar el destino de los vuelos ni el número de caballos de fuerza de los motores de  la nave: por eso recorría todos los rincones de la terminal de Medellín buscando señores vestidos de negro y galones dorados en las mangas del saco para ofrecerles sus servicios. Habíamos hecho un pacto por mensualidades y me esperaba  puntualmente  para embolármelos en el descanso que nos daban entre el vuelo a Otú y el de Urabá. Les sacaba el barro y el polvo que traían las lluvias y las sequías a esas pistas medio salvajes en los territorios del más allá.  

Hace un par de años, en El zócalo de Méjico me encontré "El Oso",  una especie de torre de control con aspecto de trono en la que se lustran los zapatos los señores que van al trabajo y los turistas curiosos. A diferencia de "El Mono" que se sentaba en un pequeño banquito y acurrucado pasaba el cepillo o el trapo untado de betún negro y luego le sacaba lustre con un pañito o un fieltro, "El Oso", opto por llamar así al lustrabotas mejicano, hacía su trabajo de pie  pues el zapato del cliente descansaba a la altura de su pecho y cuando estaba vacía esa especie de torre de control en la que se encaramaba el cliente, se sentaba a esperar en una cómoda silla de oficina. 

No ascendí a ese mirador privilegiado. Desde que opté por calzar siempre unos comodísimos zapatos de gamusa y piso sintético no requiero de sus servicios. Pero sí me vinieron recuerdos de Amparito, una lustrabotas poeta que filmé mientras recorría las oficinas ministeriales del Barrio La Candelaria, sacándole brillo a los botines de los funcionarios bogotanos mientras les recitaba el último poema que le había compuesto a su descompuesta ciudad*. 

Sí, no volví a volar ni a lustrarme los zapatos. Pero, como cardiópata profesional que me he vuelto, me llama la atención la relación existente entre el corazón y los lustrabotas: El Mono ejercía el oficio de corazón; El oso colocaba su objeto de trabajo frente a su corazón, y Amparito le sacaba brillo a los zapatos siguiendo la pulsación de las palabras que le dictaba su corazón.


* Enlace al video La ciudad de Amparo:

https://www.youtube.com/watch?v=j9wOvyLeWMw La ciudad de Amparo

Diego García Moreno @
Bogotá, junio 21 de 2013

sábado, 15 de junio de 2013

DE VAINILLA Y PISTACHO


Llamada telefónica No.1

Chupáte un cono, quitáte esa rabia, tené. Le dio 5 mil pesos y siguió en la moto. Nano vaciló pero al final compró un cono de dos bolas, pistacho y vainilla. Caminó por la séptima y, cuando sintió que el azúcar le subía el optimismo, se preguntó si lo mejor era llamar a la mamá o quedarse mirando gente y vitrinas. Miró vitrinas durante media hora y luego llamó a la mamá y le dijo: mamá, perdonáme. La mamá le perdonó, como siempre, y le rogó que no fuera a perder el tiempo chupando cono ni viendo pendejadas en las vitrinas.

Llamada telefónica No.2

Ayer peleó con la novia y hoy no quiere levantarse. Consideró cortarse las venas pero sabe que se desmaya con solo ver una gota de sangre. En vez de perder el apetito, cuando se deprime come desaforadamente. Antes de acostarse devoró tres hamburguesas y dos vasos de leche. Suena el teléfono. No va a contestarle a nadie. Vuelve y suena el teléfono. En la pantallita digital se inscribe el nombre de ella. Matilde. No va a contestarle a nadie... mucho menos a ella. Coloca el celular en modo vibrador y lo tapa con la almohada. Siente el ronroneo debajo de su oreja. Una, dos, tres veces. Mierda, dice, y contesta. Un aló perezoso, con tono moribundo. Señor, ¿usted conoce a Matilde Urrutia? Es que la ha atropelló una moto y en su teléfono está su número telefónico, es el último que marcó antes del accidente. ¿Y qué le pasó? Está inconsciente, se golpeó el cráneo. Las visitas a la sala de cuidados intensivos son restringidas. Dice que es el novio. Espere, hay dos personas arriba. Cuando la madre sale, le entrega el ficho y lo mira a los ojos. No le dice nada y se va. El hermano tiene ganas de escupirle la cara  pero se limita a murmurarle "pobre güebón". Frente al cuerpo en estado vegetal se le escapan dos lágrimas. Caminando por la séptima, decide comprar un helado. No es capaz de decidir el sabor que quiere. A su lado un muchacho compra un cono de dos bolas, vainilla y pistacho. Déme uno igual. Cuando siente que el azúcar le devuelve el optimismo, considera que no hay que cortarse las venas. El doctor le dijo que es probable que ella despierte y entonces la llamará a pedirle perdón.

Llamada telefónica No.3

Ahora te llamo, estoy trabajando. En realidad, tenía ganas de orinar y tenía que hacerlo ya. Se lavó las manos al salir del baño y le dio gracias a la compañera que la había relevado por dos minutos. Pensó en él y sonrió. Es muy necio. Siempre que la llama le dice que la quiere besar desde la boca hasta la cuca. Ella se sonroja y le pide que no sea tan así. Pero le gusta y sabe que cuando lo encuentre irán a la cama y la besará desde la boca hasta la cuca. La compañera no sabe de qué hablan, ni le importa. Lo único que quiere es que se acabe el día rápido y salir corriendo hacia la guardería de bienestar familiar a recoger su hijita de casi dos años. Entra un muchacho con el cutis cubierto de acné. Saca un billete de cinco mil y pide un cono de dos bolas, vainilla y pistacho. Justo cuando lo está sirviendo entra otro señor, regordete y con cara de atormentado. Inspecciona la oferta multicolor de helados y no parece capaz de decidir. Mira al muchacho que recibe un cono de vainilla y pistacho y le pide a la empleada que le de uno igual. Qué raro. Nunca había vendido dos conos de vainilla y pistacho seguidos. Suena el teléfono. Es él. Le pregunta qué sabor tiene para ofrecerle. Ella sonríe y se sonroja. La compañera piensa que  para el segundo cumpleaños de su hija estaría bien darle un ponqué con un helado. El de vainilla le gusta... ¿y el de pistacho le gustará?  La vendedora que habla por el teléfono le dice a su interlocutar, perdoname mi amor, tengo que atender a los clientes.

Diego García Moreno @
Bogotá, junio 15 de 2013

jueves, 6 de junio de 2013

CONFESIONES DE UN EMBALSAMADOR DE COLIBRÍES.


1. El tataranieto víctima.

¿Quién ha subido al santuario de Monserrate de rodillas para pedir perdón por haber matado a un colibrí?

De niño, yo maté muchos. Con rifles de copa y mucho cuidado. Les apuntaba al centro del pecho, que no vaya el proyectil a pegarle en el cuello o en los hombros porque se vuelven un desastre en el momento de embalsamarlos. Yo los mataba en nombre de la ciencia.  En el 3C, el Club Científico Colombiano, éramos hijos del naturalismo francés del siglo XIX y salíamos de excursión cada quince días a diversas zonas geográficas con el fin de reunir especies animales, vegetales y minerales para llevar a las colecciones del Museo de historia natural del colegio.

Desde hace un par de años, un colibrí  visita mi balcón. Creía que era por buena educación... Después comprendí que es un tataranieto de un colibrí que asesiné en La Estrella, Antioquia. En vez de buscar el néctar de la flor de cera que sembré en un matero, me observa con una calma despampanante. Aprovecha que estoy desarmado, me apunta con el pico y me  exige disculpas, reparación.  Sin modular cantos ni palabras me aconseja que repita el peregrinaje.

Afortunadamente las rodilleras que han diseñado para los jugadores de jockey  amortiguan el dolor y evitan que las raspaduras de la  piel se conviertan en llagas.


@Diego García Moreno
Bogotá, junio 6-2013

domingo, 2 de junio de 2013

UN METEORITO DE DOMINGO



Si en el silencio de la tarde de un domingo un enorme meteorito nos cayera
En ninguna estrella se lamentaría nuestra ausencia
Tal vez un ángel ebrio levantaría su copa
Brindaría por el enorme vacío abierto en su calendario
Y un dios torpe tendría que ponerse a fabricar otro juguete
menos ponzoñoso que ese raro engendro sepultado en el olvido

Diego García Moreno
Bogotá, junio 2 de 2012

sábado, 1 de junio de 2013

TINTE AZULOSO

Mi mamá y yo.



Mi mamá decidió que mis canas estaban muy amarillas. Entonces me tiñó con un tinte azuloso que ella utilizaba. Y como estábamos de prisa para ir a la premiére de mi película "Beatriz González ¿por qué llora si ya reí?" le tocó secarme el pelo. Al salir de la película me dijo: Está muy buena tu película, esa artista es impresionante, pero qué pereza vivir como esa señora todo el tiempo pensando en la muerte. Después mi mamá se murió, a mí me dio un infarto pero no me morí. Al año siguiente me la pasé de cementerio en cementerio mostrando la película.

martes, 28 de mayo de 2013

¿PAISAJE ETERNO?


Cementerio de La Palma, Cundinamarca, Colombia.
La tierra entera es un cementerio. Cada ser vivo es paisaje y abono de un paisaje fugaz, volátil, pasajero. Son millones de años acumulando en la corteza del planeta los restos de esos particulares instantes animados de formas que llamamos vida. 

Me lo dijeron en el colegio: Los seres vivos son aquellos que nacen, crecen, se reproducen y mueren. Me lo dijeron en los templos: polvo eres y en polvo te convertirás. 

Caen al piso las hojas de los helechos y los dinosaurios, los peces vela, las hormigas,  las flores, los tucanes.

El viento y las tormentas, la peste, el fuego y la fatiga, las aguas desbordadas o estancadas o profundas, la enfermedad, el hambre, el odio y el hastío y, sobre todo,  aquel extraño designio llamado edad, son cinceles de la muerte que esculpen los atuendos del planeta.

Es reciente esa costumbre de colocar sobre el ser muerto algún signo,  una piedra, una cruz, una flor, una palabra. Hace muy poco que una forma de vida añora la presencia de sus propios pasos y trata de coronar con geometrías su efímera existencia. 

Mi padre y mi madre optaron por ser incinerados y sus cenizas reposan en el sótano de una iglesia. Da igual. Otro manto invisible envuelve el paisaje y en vez de nube o penumbra lo cobija con llantos o sonrisas. Sigue el universo su ruta hacia el vacío y, por pura vanidad, para aburrirse menos, de repente se mira en el espejo.

Diego García Moreno
mayo28 de 2013- Bogotá.


martes, 21 de mayo de 2013

20.001 visitas

A las cinco y treinta y cuatro de la mañana, dos horas después de abrir el ojo para consagrarme al particular oficio de engañar con supuestas actividades creativas al insomnio, me entero por la casilla "estadísticas"  que mi blog ha alcanzado las veinte mil y una visitas. Me siento un pelao de barrio logrando por primera vez llegar a la treinta y una con un balón desinflado. Me siento una quinceañera apagando las velitas de un bizcocho blanco colocado en medio de la fiesta.   Me da una dicha de productor de canal televisivo descubriendo que la curva de su audiencia ha aumentado en época de apagones eléctricos y treguas guerrilleras. Recuerdo las alegrías compartidas cuando llenaba el álbum de láminas de la copa mundo o el de animalitos prehistóricos. Me siento un coleccionista de indulgencias que ahorra bendiciones para evitarse unas vacaciones en el purgatorio.  Me provoca correr hacia la tumba de mi mamá para contarle que todas esas carajadas que escribo han logrado abrirse paso solitas en el extraño mundo de la incomunicación cibernética. Me siento solo como siempre que le escribo cartas a un destinatario fraccionado, anónimo, tan solitario y efímero como el protagonista de la noticia del día que cree que ha logrado llamar la atención de un congreso de dioses desocupados.



lunes, 20 de mayo de 2013

SIEMPRE PITO


Siempre pito. Aunque esté en sandalias, pito. Voltéese, y vuelvo y pito. ¿Serán las calzas sobre mis caries? ¿Será la mallita del stent en la obstrucción de mi arteria descendente anterior? ¿Será la acumulación de vapor de mercurio que ya está condensándose en mis venas? El hecho es que pito y me provoca decirle a la oficial de aduanas de la puerta de acceso a la sala de espera de los vuelos nacionales que sí, que soy culpable. Pero me hace un empujoncito con la punta de su bastón detector de metales y me desprecia con un "siga, señor... ¡el siguiente!" Claro que he sido atrapado en varias oportunidades. Me han confiscado dos cortauñas, una llave bristol con mango ergonómico para ajustar los tornillos de las ruedas de los patines y una navaja suiza, divina, que heredé de mi abuelo.  Somos secuestradores en potencia. Asesinos por naturaleza.  Somos sospechosos y cualquier metal mediocortapunzante olvidado en nuestros bolsillos o maletín de mano nos delata. Reconozco que siento algo de orgullo. Me imagino apretándole la sien al piloto de la nave con mi llave bristol con una mano, mientras que con mi cortauñas pongo en jaque al copiloto y con la navaja sostenida entre mis dientes tengo a raya a todas las azafatas y así pitaré con un motivo válido, así sonarán las sirenas de los bomberos y las alarmas de la fuerza aérea y se escucharán todos los berridos de los pasajeros que como yo han pitado pasando bajo el umbral de esa extraña puerta invisible donde se conjugan las paranoias milimétrias de un mundo globalizado.


Diego García Moreno

Bogotá- Mayo 20 de 2013

sábado, 18 de mayo de 2013

EL LEGADO DE LA PÉRDIDA

www.revistadiners.com.co/articulo/78_809137_el-legado-de-la-perdida‎

Este artículo de Melba Escobar y Dominique Rodríguez con fotos de Laurie Castelli fue publicado en la Revista Diners en noviembre de 2012.


El legado de la pérdida
El legado de la pérdida
Melba Escobar y Dominique Rodríguez /Fotos: Laurie Castelli
Nov 23 de 2012
El premiado documental de Diego García-Moreno que explora la obra de Beatriz González se ha convertido en un poderoso vehículo para preguntarnos cómo despedimos a nuestros muertos.
Pantaleón lo sabe. Sabe distinguir quién se fue con deudas pendientes y quién se fue tranquilo. Lo sabe al mirarles los ojos a quienes van a llorar. Es el sepulturero del cementerio de La Palma, enCundinamarca, un lugar en el que caben todos los muertos, no solo los del pueblo, sino los N.N. que maldijo la guerra de los noventa con su anonimato, y los alias, a quienes también la violencia les robó la identidad. Para él, todos merecen encontrar un lugar de paz. Por eso, en algunas de las lápidas, su complicidad, que no es otra cosa que un poco de compasión con el dolor del otro, aparece en un saludo para la eternidad a manera de epitafio: “Pantaleón, sepulturero y mejor amigo”.
Justamente, este hombre le permite al documentalista Diego García-Moreno entrar en el terreno sensible de la muerte, y así intentar entender cómo celebramos ese adiós definitivo en diferentes lugares del país. La figura certera y fuerte de quien vive rodeado de muerte, le devuelve la humanidad a un acto que, de tan presente, se nos volvió una cifra aséptica.
El tema de la muerte venía rondando a García-Moreno. De hecho en 1999 hizo una película que llamó Colombia Horizontal (La cama, la hamaca, la estera, la acera y el ataúd), en la que empezaban las preguntas, sus preguntas sobre el final de la existencia. Luego descubrió fascinado aThomas Lynch, un poeta y ensayista norteamericano y director por más de 25 años de una funeraria familiar en Michigan quien todo lo dijo en el libro El enterrador. Más tarde se topó con un cuadro y no descansó hasta entender por qué le hablaba tanto esa imagen. Tuvo que hacer de ésta otra película. Era una mujer anciana, de piel azul verdoso y pelo corto, desnuda y vulnerable, tomándose la cara con dolor.
Se trataba del Autorretrato llorando de Beatriz González, la artista que cambió la ironía por la desazón, por la angustia de vivir en un país en el que los muertos aparecen en los ríos, en las selvas o calcinados dentro de un palacio. La artista que, para devolver la paz de tantas almas en pena, selló con dibujos a manera de ritual 8.959 osarios en los Columbarios del Cementerio Central de Bogotá, para que estas “auras anónimas” pudieran por fin descansar. Es así como su documental titulado ¿Por qué llora si ya reí?, hace un recorrido por la historia reciente del país a través de la obra pictórica de González. Al final, llegó un premio por ese trabajo, un Simón Bolívar de Periodismo. Pero también una muerte. La de su madre.
La suma de estos acontecimientos fueron llevando a Diego a la misma conclusión de Lynch: “Losrituales funerarios son las cosas que hacemos para resguardar la vida que tuvimos del frío, del sinsentido, del vacío, del ruidoso parloteo y de la cegadora oscuridad.” (El enterrador). Nuestras formas del adiós dicen más sobre quiénes somos, de lo que jamás sospecharíamos.
Y sí. Como reza el dicho, “la muerte es la gran igualadora”. No sirve ser rico ni pobre, obispo o rapero, blanco, mestizo, indio o negro, a todos nos toca por igual: “En Colombia se conjuga la diversidad del mundo”, continúa Diego, “pero si lo cogemos por separado, vamos a entender que cada uno tiene sus rituales, su cosmogonía, sus prácticas vitales y su patrimonio funerario”.
Para explorar esa diversidad, Diego y su equipo trabajaron en un mapa del país con cinco elementos. Primero pensaron en el precolombino, donde hay una relación directa con los espacios funerarios desde lo simbólico. Los otros cuatro espacios son los monumentales, como el Cementerio Centralen Bogotá; los étnicos, las fosas comunes y los camposantos. Y con una mirada más amplia e histórica, el equipo ha incluido el Palacio de JusticiaArmero e incluso la plaza de Soacha donde asesinaron a Galán y reclutaron a muchos de los llamados “falsos positivos”.
Pero también hay otras formas de morir. Un indígena le dijo a Diego que una muerte es perder una lengua colectiva.
A las sesiones de esta monumental idea que llamó Proyectando memoria, se convoca por medio de radio y perifoneo y no es de extrañarse que la afluencia de gente no sea masiva. “No fue el caso deSan Bernardo”, aclara, al ser un pueblo familiarizado con la muerte. Hasta ahora no se sabe por qué sus habitantes se transforman en momias. Si bien esto era común en Egipto o entre los incas, un proceso químico propiciaba el fenómeno. En San Bernardo, en cambio, sucede de forma natural: “dicen que es por comer guatila, o balú”, añade. El cementerio del pueblo es un museo donde las momias se exhiben con nombre propio, junto a una foto y una pequeña reseña.
Así, la película se presenta en diferentes camposantos del país y parte de la pregunta de cómo se duelen de la muerte los otros, que somos nosotros mismos. Pasando por los alabaos y los arrullos de comunidades afrodescendientes del Pacífico colombiano, a las tumbas con que Marsella acoge a más de 500 N.N. traídos por las aguas del Cauca para darles sepultura, o a las momias en vitrina en San Bernardo, o a la monumentalidad de cementerios como el Central de Bogotá o el San Pedro de Medellín, o a la desentendida indiferencia con que en Útica conviven con la opulencia de una vegetación paradisiaca temiendo el río que un día ha de causar una avalancha, o a la rabiosa celebración de la vida tan ligada a la muerte de tribus urbanas en comunas y barrios deprimidos, o a la rebeldía con que en Circasia fundaron el cementerio libre, para darles sepultura a todos aquellos que en el pasado no tenían derecho a un entierro; la pregunta, al final, acaba siempre en uno mismo, en sus duelos y ausencias y en la manera de celebrar la vida desde la pérdida en un país inmenso y dolido, que a pesar de sus esfuerzos por olvidar muchas veces recuerda y que no deja de recrear rituales para rendirles tributo a sus ausentes.
El legado de la pérdida es el bello título de una novela de la escritora indobritánica Kiran Desai. Aquí es también una verdad que García-Moreno va trazando en su peregrinaje: tenemos aquello que nos falta, esa ausencia nos pertenece, es nuestro legado y en la medida en que aprendamos a apropiarnos de él, seremos más capaces de abrazar la vida.
“Los rituales funerarios son las cosas que hacemos para resguardar la vida que tuvimos del frío, del sinsentido y del vacío”. Thomas Lynch,  El enterrador.

viernes, 3 de mayo de 2013

SE ROBARON LOS CABALLOS





SE ROBARON LOS CABALLOS. Eran de madera finísima. Los esmaltes de colores soportaban la inclemencia del tiempo. Cuentan que unos galeristas avivatos aprovecharon el traslado del carrusel hacia el Parque Nacional para cambiar los originales por unas copias en fibra de vidrio de colores desteñidos y que los vendieron por sumas astronómicas a unas galerías Newyorkinas. Pero los designios burocráticos de la capital son inciertos y el tiovivo volvió a su emplazamiento de origen. Desde hace varios años la estructura giratoria permanece abandonada en el Parque de la Independencia. Las réplicas de los corceles desaparecieron. Los niños escuchan de sus padres relatos de unas bestias orgullosas sobre las que cabalgaron acompañados por músicas de feria. Últimamente han llegado jóvenes que hacen acrobacia entre sus hierros y piñones. La fuerza centrífuga obliga a que las miradas de los transeúntes se concentre en las acciones corporales que adornan su núcleo. Solo algunos cuerpos ansiosos, resguardados por eucaliptus centenarios, logran protegerse de su atracción y se funden en reacciones químicas que la piel celebra y  la moral pacata bogotana mira de soslayo y se sonroja.


Bogotá, enero 3 de 2013
Diego García Moreno 

miércoles, 1 de mayo de 2013

ODA AL SOFÁ






Ganó la gripa y el sofá. Perdió el  Real Madrid y enterraron al Barza. La Feria del libro fue una noticia más en la tele y en la prensa. Por fortuna una buena entrevista a Saramago en un pasquín me deja más inquietudes que un paseo entre hangares enormes repletos de estantes y compradores. Aprendí en Nat-Geo que por lo menos un kilo de mi peso lo componen microorganismos, bacterias y, por supuesto, el nuevo virus que al parecer se fue o está muerto o purgando una condena por torturador y asesino, por haberme desaguado por la nariz y los ojos, por haberme postrado con mala saña a rumiar una nube de incertidumbre y tonterías. Un agripado es un tonto. Está envuelto en una nube de modorra y desaliento. Es un ser culpable y despreciado. Basta la expresión de quien cruza la puerta: Por Dios, estás vuelto mierda. Ni te arrimes. Te conviertes en un objeto contaminante, digno de la hoguera y el desprecio. Por fortuna tengo un sofá. Un sofá de cuero. La herencia más amable que me haya dejado la civilización depredadora. Sólida estructura en madera pesada, gruesa, amortiguada con espuma sintética, supongo, y el todo envuelto en un suave cuero de mamífero gigante, extinto y bondadoso. Bien cosido, bien curado y bien teñido. Reemplazó mi lecho nupcial y el abominable catre de hospital, mantuvo su temperatura a pesar de las gélidas ventiscas de la sabana. Soportó los torrenciales aguaceros de estos trópicos andinos. Me acogió con cariño, sin emitir chirridos ni crujidos, mantuvo su actitud de matrona  imperturbable mientras la piel de mis fosas nasales perdía, kleenex tras kleenex,  su tersura. Fueron centenas de estornudos, variables dramáticos de todos los "aachijas", "achúus" "aaachiiís". Miles de llamados quejumbrosos y suspiros profundos o rotos  que se perdían en el tiempo inútil de la gripa.  Resfrío, constipación, enfriamiento, catarro, romadizo, gripa, gripe, influenza, gripa aviar, gripa aH1N1, gripa H5N1... gripa A, gripa B, gripa C. Pobres humanos, qué debilidad, cuán frágiles somos. Bienaventurado aquél a quien el destino le ha deparado pasar su afección en el lecho voluptuoso de un sofá.
  • Diego García Moreno.
  • Bogotá, mayo 1 de 2013 
He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.