jueves, 30 de mayo de 2013
martes, 28 de mayo de 2013
¿PAISAJE ETERNO?
La tierra entera es un cementerio. Cada ser vivo es paisaje y abono de un paisaje fugaz, volátil, pasajero. Son millones de años acumulando en la corteza del planeta los restos de esos particulares instantes animados de formas que llamamos vida.
Me lo dijeron en el colegio: Los seres vivos son aquellos que nacen, crecen, se reproducen y mueren. Me lo dijeron en los templos: polvo eres y en polvo te convertirás.
Caen al piso las hojas de los helechos y los dinosaurios, los peces vela, las hormigas, las flores, los tucanes.
Me lo dijeron en el colegio: Los seres vivos son aquellos que nacen, crecen, se reproducen y mueren. Me lo dijeron en los templos: polvo eres y en polvo te convertirás.
Caen al piso las hojas de los helechos y los dinosaurios, los peces vela, las hormigas, las flores, los tucanes.
El viento y las tormentas, la peste, el fuego y la fatiga, las aguas desbordadas o estancadas o profundas, la enfermedad, el hambre, el odio y el hastío y, sobre todo, aquel extraño designio llamado edad, son cinceles de la muerte que esculpen los atuendos del planeta.
Es reciente esa costumbre de colocar sobre el ser muerto algún signo, una piedra, una cruz, una flor, una palabra. Hace muy poco que una forma de vida añora la presencia de sus propios pasos y trata de coronar con geometrías su efímera existencia.
Mi padre y mi madre optaron por ser incinerados y sus cenizas reposan en el sótano de una iglesia. Da igual. Otro manto invisible envuelve el paisaje y en vez de nube o penumbra lo cobija con llantos o sonrisas. Sigue el universo su ruta hacia el vacío y, por pura vanidad, para aburrirse menos, de repente se mira en el espejo.
Diego García Moreno
mayo28 de 2013- Bogotá.
martes, 21 de mayo de 2013
20.001 visitas
A las cinco y treinta y cuatro de la mañana, dos horas después de abrir el ojo para consagrarme al particular oficio de engañar con supuestas actividades creativas al insomnio, me entero por la casilla "estadísticas" que mi blog ha alcanzado las veinte mil y una visitas. Me siento un pelao de barrio logrando por primera vez llegar a la treinta y una con un balón desinflado. Me siento una quinceañera apagando las velitas de un bizcocho blanco colocado en medio de la fiesta. Me da una dicha de productor de canal televisivo descubriendo que la curva de su audiencia ha aumentado en época de apagones eléctricos y treguas guerrilleras. Recuerdo las alegrías compartidas cuando llenaba el álbum de láminas de la copa mundo o el de animalitos prehistóricos. Me siento un coleccionista de indulgencias que ahorra bendiciones para evitarse unas vacaciones en el purgatorio. Me provoca correr hacia la tumba de mi mamá para contarle que todas esas carajadas que escribo han logrado abrirse paso solitas en el extraño mundo de la incomunicación cibernética. Me siento solo como siempre que le escribo cartas a un destinatario fraccionado, anónimo, tan solitario y efímero como el protagonista de la noticia del día que cree que ha logrado llamar la atención de un congreso de dioses desocupados.
lunes, 20 de mayo de 2013
SIEMPRE PITO
Siempre pito. Aunque esté en sandalias, pito. Voltéese, y
vuelvo y pito. ¿Serán las calzas sobre mis caries? ¿Será la mallita del stent en la obstrucción de mi arteria
descendente anterior? ¿Será la acumulación de vapor de mercurio que ya está
condensándose en mis venas? El hecho es que pito y me provoca decirle a la oficial
de aduanas de la puerta de acceso a la sala de espera de los vuelos nacionales
que sí, que soy culpable. Pero me hace un empujoncito con la punta de su bastón
detector de metales y me desprecia con un "siga, señor... ¡el siguiente!"
Claro que he sido atrapado en varias oportunidades. Me han confiscado dos
cortauñas, una llave bristol con mango ergonómico para ajustar los tornillos de
las ruedas de los patines y una navaja suiza, divina, que heredé de mi
abuelo. Somos secuestradores en
potencia. Asesinos por naturaleza.
Somos sospechosos y cualquier metal mediocortapunzante olvidado en
nuestros bolsillos o maletín de mano nos delata. Reconozco que siento algo de
orgullo. Me imagino apretándole la sien al piloto de la nave con mi llave
bristol con una mano, mientras que con mi cortauñas pongo en jaque al copiloto
y con la navaja sostenida entre mis dientes tengo a raya a todas las azafatas y
así pitaré con un motivo válido, así sonarán las sirenas de los bomberos y las
alarmas de la fuerza aérea y se escucharán todos los berridos de los pasajeros
que como yo han pitado pasando bajo el umbral de esa extraña puerta invisible
donde se conjugan las paranoias milimétrias de un mundo globalizado.
Diego García Moreno
Bogotá- Mayo 20 de 2013
sábado, 18 de mayo de 2013
EL LEGADO DE LA PÉRDIDA
www.revistadiners.com.co/articulo/78_809137_el-legado-de-la-perdida
Este artículo de Melba Escobar y Dominique Rodríguez con fotos de Laurie Castelli fue publicado en la Revista Diners en noviembre de 2012.
Este artículo de Melba Escobar y Dominique Rodríguez con fotos de Laurie Castelli fue publicado en la Revista Diners en noviembre de 2012.
El legado de la pérdida
Melba Escobar y Dominique Rodríguez /Fotos: Laurie Castelli
Nov 23 de 2012
El premiado documental de Diego García-Moreno que explora la obra de Beatriz González se ha convertido en un poderoso vehículo para preguntarnos cómo despedimos a nuestros muertos.
Pantaleón lo sabe. Sabe distinguir quién se fue con deudas pendientes y quién se fue tranquilo. Lo sabe al mirarles los ojos a quienes van a llorar. Es el sepulturero del cementerio de La Palma, enCundinamarca, un lugar en el que caben todos los muertos, no solo los del pueblo, sino los N.N. que maldijo la guerra de los noventa con su anonimato, y los alias, a quienes también la violencia les robó la identidad. Para él, todos merecen encontrar un lugar de paz. Por eso, en algunas de las lápidas, su complicidad, que no es otra cosa que un poco de compasión con el dolor del otro, aparece en un saludo para la eternidad a manera de epitafio: “Pantaleón, sepulturero y mejor amigo”.
Justamente, este hombre le permite al documentalista Diego García-Moreno entrar en el terreno sensible de la muerte, y así intentar entender cómo celebramos ese adiós definitivo en diferentes lugares del país. La figura certera y fuerte de quien vive rodeado de muerte, le devuelve la humanidad a un acto que, de tan presente, se nos volvió una cifra aséptica.
El tema de la muerte venía rondando a García-Moreno. De hecho en 1999 hizo una película que llamó Colombia Horizontal (La cama, la hamaca, la estera, la acera y el ataúd), en la que empezaban las preguntas, sus preguntas sobre el final de la existencia. Luego descubrió fascinado aThomas Lynch, un poeta y ensayista norteamericano y director por más de 25 años de una funeraria familiar en Michigan quien todo lo dijo en el libro El enterrador. Más tarde se topó con un cuadro y no descansó hasta entender por qué le hablaba tanto esa imagen. Tuvo que hacer de ésta otra película. Era una mujer anciana, de piel azul verdoso y pelo corto, desnuda y vulnerable, tomándose la cara con dolor.
Se trataba del Autorretrato llorando de Beatriz González, la artista que cambió la ironía por la desazón, por la angustia de vivir en un país en el que los muertos aparecen en los ríos, en las selvas o calcinados dentro de un palacio. La artista que, para devolver la paz de tantas almas en pena, selló con dibujos a manera de ritual 8.959 osarios en los Columbarios del Cementerio Central de Bogotá, para que estas “auras anónimas” pudieran por fin descansar. Es así como su documental titulado ¿Por qué llora si ya reí?, hace un recorrido por la historia reciente del país a través de la obra pictórica de González. Al final, llegó un premio por ese trabajo, un Simón Bolívar de Periodismo. Pero también una muerte. La de su madre.
La suma de estos acontecimientos fueron llevando a Diego a la misma conclusión de Lynch: “Losrituales funerarios son las cosas que hacemos para resguardar la vida que tuvimos del frío, del sinsentido, del vacío, del ruidoso parloteo y de la cegadora oscuridad.” (El enterrador). Nuestras formas del adiós dicen más sobre quiénes somos, de lo que jamás sospecharíamos.
Y sí. Como reza el dicho, “la muerte es la gran igualadora”. No sirve ser rico ni pobre, obispo o rapero, blanco, mestizo, indio o negro, a todos nos toca por igual: “En Colombia se conjuga la diversidad del mundo”, continúa Diego, “pero si lo cogemos por separado, vamos a entender que cada uno tiene sus rituales, su cosmogonía, sus prácticas vitales y su patrimonio funerario”.
Para explorar esa diversidad, Diego y su equipo trabajaron en un mapa del país con cinco elementos. Primero pensaron en el precolombino, donde hay una relación directa con los espacios funerarios desde lo simbólico. Los otros cuatro espacios son los monumentales, como el Cementerio Centralen Bogotá; los étnicos, las fosas comunes y los camposantos. Y con una mirada más amplia e histórica, el equipo ha incluido el Palacio de Justicia, Armero e incluso la plaza de Soacha donde asesinaron a Galán y reclutaron a muchos de los llamados “falsos positivos”.
Pero también hay otras formas de morir. Un indígena le dijo a Diego que una muerte es perder una lengua colectiva.
A las sesiones de esta monumental idea que llamó Proyectando memoria, se convoca por medio de radio y perifoneo y no es de extrañarse que la afluencia de gente no sea masiva. “No fue el caso deSan Bernardo”, aclara, al ser un pueblo familiarizado con la muerte. Hasta ahora no se sabe por qué sus habitantes se transforman en momias. Si bien esto era común en Egipto o entre los incas, un proceso químico propiciaba el fenómeno. En San Bernardo, en cambio, sucede de forma natural: “dicen que es por comer guatila, o balú”, añade. El cementerio del pueblo es un museo donde las momias se exhiben con nombre propio, junto a una foto y una pequeña reseña.
Así, la película se presenta en diferentes camposantos del país y parte de la pregunta de cómo se duelen de la muerte los otros, que somos nosotros mismos. Pasando por los alabaos y los arrullos de comunidades afrodescendientes del Pacífico colombiano, a las tumbas con que Marsella acoge a más de 500 N.N. traídos por las aguas del Cauca para darles sepultura, o a las momias en vitrina en San Bernardo, o a la monumentalidad de cementerios como el Central de Bogotá o el San Pedro de Medellín, o a la desentendida indiferencia con que en Útica conviven con la opulencia de una vegetación paradisiaca temiendo el río que un día ha de causar una avalancha, o a la rabiosa celebración de la vida tan ligada a la muerte de tribus urbanas en comunas y barrios deprimidos, o a la rebeldía con que en Circasia fundaron el cementerio libre, para darles sepultura a todos aquellos que en el pasado no tenían derecho a un entierro; la pregunta, al final, acaba siempre en uno mismo, en sus duelos y ausencias y en la manera de celebrar la vida desde la pérdida en un país inmenso y dolido, que a pesar de sus esfuerzos por olvidar muchas veces recuerda y que no deja de recrear rituales para rendirles tributo a sus ausentes.
El legado de la pérdida es el bello título de una novela de la escritora indobritánica Kiran Desai. Aquí es también una verdad que García-Moreno va trazando en su peregrinaje: tenemos aquello que nos falta, esa ausencia nos pertenece, es nuestro legado y en la medida en que aprendamos a apropiarnos de él, seremos más capaces de abrazar la vida.
“Los rituales funerarios son las cosas que hacemos para resguardar la vida que tuvimos del frío, del sinsentido y del vacío”. Thomas Lynch, El enterrador.
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viernes, 3 de mayo de 2013
SE ROBARON LOS CABALLOS
SE ROBARON LOS CABALLOS. Eran de madera finísima. Los esmaltes de colores soportaban la inclemencia del tiempo. Cuentan que unos galeristas avivatos aprovecharon el traslado del carrusel hacia el Parque Nacional para cambiar los originales por unas copias en fibra de vidrio de colores desteñidos y que los vendieron por sumas astronómicas a unas galerías Newyorkinas. Pero los designios burocráticos de la capital son inciertos y el tiovivo volvió a su emplazamiento de origen. Desde hace varios años la estructura giratoria permanece abandonada en el Parque de la Independencia. Las réplicas de los corceles desaparecieron. Los niños escuchan de sus padres relatos de unas bestias orgullosas sobre las que cabalgaron acompañados por músicas de feria. Últimamente han llegado jóvenes que hacen acrobacia entre sus hierros y piñones. La fuerza centrífuga obliga a que las miradas de los transeúntes se concentre en las acciones corporales que adornan su núcleo. Solo algunos cuerpos ansiosos, resguardados por eucaliptus centenarios, logran protegerse de su atracción y se funden en reacciones químicas que la piel celebra y la moral pacata bogotana mira de soslayo y se sonroja.
Bogotá, enero 3 de 2013
Diego García Moreno
miércoles, 1 de mayo de 2013
ODA AL SOFÁ
Ganó la gripa y el sofá. Perdió el Real Madrid y enterraron al Barza.
La Feria del libro fue una noticia más en la tele y en la prensa. Por fortuna
una buena entrevista a Saramago en un pasquín me deja más inquietudes que un paseo
entre hangares enormes repletos de estantes y compradores. Aprendí en Nat-Geo
que por lo menos un kilo de mi peso lo componen microorganismos, bacterias y,
por supuesto, el nuevo virus que al parecer se fue o está muerto o purgando una
condena por torturador y asesino, por haberme desaguado por la nariz y los
ojos, por haberme postrado con mala saña a rumiar una nube de incertidumbre y
tonterías. Un agripado es un tonto. Está envuelto en una nube de modorra y
desaliento. Es un ser culpable y despreciado. Basta la expresión de quien cruza
la puerta: Por Dios, estás vuelto mierda. Ni te arrimes. Te conviertes en un
objeto contaminante, digno de la hoguera y el desprecio. Por fortuna tengo un
sofá. Un sofá de cuero. La herencia más amable que me haya dejado la
civilización depredadora. Sólida estructura en madera pesada, gruesa,
amortiguada con espuma sintética, supongo, y el todo envuelto en un suave cuero
de mamífero gigante, extinto y bondadoso. Bien cosido, bien curado y bien
teñido. Reemplazó mi lecho nupcial y el abominable catre de hospital, mantuvo
su temperatura a pesar de las gélidas ventiscas de la sabana. Soportó los
torrenciales aguaceros de estos trópicos andinos. Me acogió con cariño, sin
emitir chirridos ni crujidos, mantuvo su actitud de matrona imperturbable mientras la piel de mis
fosas nasales perdía, kleenex tras kleenex, su tersura. Fueron centenas de estornudos, variables
dramáticos de todos los "aachijas", "achúus"
"aaachiiís". Miles de llamados quejumbrosos y suspiros profundos o rotos que se perdían en el tiempo inútil de
la gripa. Resfrío, constipación,
enfriamiento, catarro, romadizo, gripa, gripe, influenza, gripa aviar, gripa
aH1N1, gripa H5N1... gripa A, gripa B, gripa C. Pobres humanos, qué debilidad,
cuán frágiles somos. Bienaventurado aquél a quien el destino le ha deparado
pasar su afección en el lecho voluptuoso de un sofá.
- Diego García Moreno.
- Bogotá, mayo 1 de 2013
martes, 30 de abril de 2013
LA TAGUA Y EL DEMONIO
Encontré una pepa de tagua en mi zapato. Mercedes me aseguró
que era un ardid del demonio. Debe
estar desprogramado. Con tanto sinvergüenza robando y matando y haciendo
porquerías en el pueblo, por qué, carajo, se encartaría con el alma vacía de un
pobre desgraciado como yo que no le ha hecho mal a nadie, le dije. Por
desocupado y cansón, por perezoso... porque ya no bailas, ni te tomas un trago
ni cuentas chistes, por aburrido, me dijo. La mujer siguió trapeando como si nada ocurriera. Tres goteras de sudor rodaron por mi
frente y las manos se me pusieron frías.
Ví un gallinazo sobrevolando el camino que conduce al cementerio y, por
el mismo sendero, llegar una moto a mi puerta. La conducía un negro flaco que traía
como carga a un gordito con piel blanca y brillante como de vajilla china. Soy
el párroco nuevo, disculpen por la demora. Casi no llega, murmuró Mercedes.
Hace dos días está ahí tirado en el piso, esperando. Es hora de que se
confiese, muévase pues, y me descargó un escobazo. Que me queme en los infiernos antes de hablarle a un beato. Y
me entró tal ofuscación que me levanté dispuesto a largarme.
¡Mierda!, grité al ponerme el zapato. ¡Esta puta pepa de tagua me ha partido el dedo chiquito! Y
la lancé con tal odio, sin fijarme a qué le daba, que sólo escuché el estruendo
de un bulto cayendo al piso. La mujer se quedó muda, el negro encendió la moto,
el cura estiró la pata y el gallinazo eructó un suspiro: tenía resuelto el día
y sabía que en el pueblo no faltaban las provisiones para llevar al nido.
Diego García Moreno
abril 28 de 2013
jueves, 25 de abril de 2013
DEMOLICIÓN VESPERTINA
Si la demolición hubiese sido al mediodía no le hubiera prestado atención, pero siendo al atardecer no pude hacer otra cosa que ver, oír, callar y pensar. Esperé a que la luz del poniente fuera apareciendo por los boquetes de los muros que le abría a golpes el brazo de la grúa. Ví el techo caer, las vigas resquebrajarse, los marcos de las puertas y ventanas siendo extendidos en el piso. Esperé a que la noche ganara terreno y se diseñara un nuevo horizonte sobre los cimientos de lo que fue una gran casa en los límites del barrio. La ingeniera en su casco blanco se mostraba satisfecha. El comprador de antigüedades mentalmente acomodaba las piezas recuperables en el patio de su almacén. La grúa apagó el motor. Los obreros se despidieron. La ingeniera y yo nos ignoramos y partimos. El celador, de botas, envuelto en una capa plástica, caminó lentamente sobre los escombros. Una ráfaga de brisa helada sacudió el bosque a nuestras espaldas. Me pareció escuchar murmullos, oraciones, lamentos, un algarabía de cubiertos y trastes, una bandada de adioses optando por camuflarse entre el ruido de los autos que cruzaban veloces hacia la noche.
Diego García Moreno
bogotá, abril 25 de 2013
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viernes, 19 de abril de 2013
LA GARZA Y EL GALLINAZO
LA GARZA Y EL GALLINAZO
La enorme señora dispuso para la venta un arrume de bagres y bocachicos destripados y cargó a sus espaldas el espejo brillante del río. El Sinú se despertó tranquilo. El gallinazo, atento en la baranda, sabía que era
cuestión de espera. Por costumbre aprendió que no requería de mayor esfuerzo
para obtener el sustento. Y la garza blanca, picoteando en el fango entre
latas, plásticos y trozos de icopor, prolongaba su
desayuno con apetitosos alevinos.
Bastaron diez minutos para que el mercado callejero
alrededor de la plaza de Lorica se convirtiera en una pelotera y que la belleza
morisca que habíamos alabado al amanecer fuese devorada por la gritería y el
sofoco; para que el gallinazo se volviera un buitre negro en un lodazal maloliente
y la garza una especie de pajarraco absurdo adornando una cloaca.
Cuando el taxi, cargado con las cajas de cartón repletas
de frutas y verduras que compramos
para llevar a Isla Fuerte abandonó el pueblo y aceleró en dirección al mar,
miré las fotos que había tomado al amanecer. La iglesia y la plaza de mercado acariciadas
por una luz diáfana bajo un cielo azul no guardaban ningún trazo de la
ofuscación que un par de horas después habían mellado mi paciencia.El calor,
el sudor, el olor, la gritería, los mosquitos, el tropel habían echado al
traste las vivencias, pero no las imágenes, de un de un trópico multicolor que
había salido a buscar para borrar el otro agite gris, impersonal y congelado de
Bogotá.
Envidié a la garza y al gallinazo. Me desconcertaron sus actitudes imperturbables ante los atropellos del sol enfurecido y del incontrolable gentío. Sonreí al verlas disfrutando los torbellinos del trópico entre el paraíso y la mierda. "Calmate, hombre", me dije, "zambullite en el mar y ahogá tus lamentos de intolerante citadino.
Diego García Moreno- Bogotá abril 2013
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Lorica, Córdoba, Colombia
viernes, 5 de abril de 2013
LAS CIMAS DE LA NOSTALGIA
Hay quienes, en su condición de extranjeros, caen en ataques de desarraigo cuando repentinamente anhelan el olor de la guayaba o los aromas de la papaya verde. La nostalgia los envuelve. Un manto de añoranza les ahoga los días. En mi caso, estas crisis eran provocadas por la ausencia prolongada de las montañas. Tratando de calmar esa afección, en Chicago caminaba hasta lo alto de los puentes buscando un punto de vista que me trajera barreras y horizontes lejanos, sensaciones de tienda campesina con nombres como "bellavista" o "la mejor divisa". Parecería un remedio ridículo pero cumplía un efecto preventivo, como la aspirina para niños que hoy en día tomo diariamente para mis afecciones cardiovasculares. Calmé el problema hace unos buenos años viniéndome a vivir a Bogotá al lado de los cerros en un apartamento con muchos atardeceres y ventanas. En las Torres del Parque de Salmona recuperé y satisfice mi condición de balconero obsesivo. A pesar del remedio que pareciera definitivo, a veces siento carencias, pulsaciones extremas que me incomodan y despiertan extrañas variables de la envidia.
Cruzaba un puente de Transmilenio sobre la Avenida ciudad de Quito cuando vi en contraluz un anuncio publicitario anormal, aparatoso, contundente, inusualmente elevado. Sobre un enorme tubo, habían encaramado una rampa de ciclismo extremo. Y coronando su más elevado montículo, en total equilibrio, la silueta de un ciclista en acción, detenido en la cima, sus ruedas quietas, daba la sensación de habitar un mirador eterno, de haber coronado el punto cero en el que la gravedad y el impulso ascendente se neutralizan. Lo enfoqué, lo fotografié y exclamé: ¡Cómo me gustaría habitar esa tribuna donde el aquí y el allá desaparecen!
El Retiro, abril 2 de 2013
Diego García
Moreno
miércoles, 3 de abril de 2013
9 DE ABRIL EN LA CINEMATECA DISTRITAL
"LAS CASTAÑUELAS DE NOTRE DAME", "EL CORAZÓN" Y "BEATRIZ GONZÁLEZ ¿POR QUÉ LLORA SI YA REÍ" de DIEGO GARCÍA MORENO EN LA CINEMATECA DISTRITAL EN EL DÍA DE LA MEMORIA. Entrada libre.
http://noticias-diegogarciamoreno.blogspot.com/search?updated-min=2013-01-01T00:00:00-08:00&updated-max=2014-01-01T00:00:00-08:00&max-results=4
http://noticias-diegogarciamoreno.blogspot.com/search?updated-min=2013-01-01T00:00:00-08:00&updated-max=2014-01-01T00:00:00-08:00&max-results=4
sábado, 23 de marzo de 2013
VOZ EN OFF
Me inclino y tomo la foto privilegiando el cielo. La gorda
de Botero mira hacia arriba, las tres palmeras ayudan a definir la proyección
de su vista y el edificio del Museo de Antioquia es apenas un soporte donde se
confunden sus troncos. Es una foto
limpia, me diría un amigo. Engañosa, diría yo. Bastaría que incline la cámara para que entren a cuadro el escuálido
indigente que chupa pegante y la puta obesa que me hace propuestas matinales,
sentada en una banca tras la familia de Anorí, abuela, dos tías, tres hermanas,
dos encinta, el marica, el borracho y el muchacho pilo, y cuatro muchachitos
que inmortalizan su viaje en los escenarios de bronce comiendo cono o chupando
bom-bom-bún. Un leve movimiento en picado y empezaría su acción la horda de
desplazados que revolotea entre las estatuas y los turistas de turno. Pero me
mantengo fiel a la estética de oficina de turismo. Me dan ganas de grabar sin
cambiar el ángulo ni el encuadre
para tener constancia del sonido. Plano fijo limpio, sonido en off atronador y vergonzoso. Buses, gritos, aullidos. Escuchar el incesante "gonorrea
hijueputa" que inmortalizó Víctor Gaviria en sus películas entremezclado con los cantos y los
murmullos quejumbrosos de los mutilados y los pregones de los vendedores de
baratijas chinas, cidís con selección de música de carrilera y plancha, y
dulces caseros, pegajosos. Cómo
desconcierta este centro de Medellín. Cómo calienta la periferia del alma con
una sobredosis de ofusque y engaña a la temperatura ambiente con la piel
metálica y fría de las gordas y el abanicar de la miseria gris, olorosa, desnuda.
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miércoles, 20 de marzo de 2013
BARRANQUILLA SIN ÁLBUM
Olvidé la cámara. ¡Mierda! dije durísimo. Una mirada
silenciosa de chofer de taxi por
el retrovisor sonó a "¿y a este qué le pasa?". Olvídelo, no le
contesté. Y empecé a ver fotos fallidas durante el recorrido hacia
Barranquilla. En el recién nacido aeropuerto El Dorado levantado a codazos
sobre las ruinas futuras -aun activas-
del viejo edificio; desde la
ventanilla del avión cuando su sombra cruzaba la serpiente brillante del
Magdalena para lanzarse a la pista dura, seca, larga, del aeropuerto Cortissoz
donde todavía bailan los fantasmas de los primeros aviones que vinieron a
oxidarse en este trópico arenoso. Frente al muelle deteriorado por los azotes del mar y el
tiempo terco de Puerto Colombia; en la plaza de San Nicolás vacía, retocada,
falseada, aparentemente remodelada por los afanes higiénicos de un alcalde progresista. Ante
los portones o frente a los
balcones cargados con añoranzas libanesas y huellas de un siglo disuelto por la avalancha
de vidrios y paredes blancas extraídos de una postal de Miami. En los ventorrillos desplazados a las
callejuelas del centro, atestados
con una panoplia de flores sintéticas de insoportables colores. En las
conferencias del festival donde los nuevos amigos exponían bajo el hielo de los
aires acondicionados las razones que los impulsaban a escribir o hacer cine;
entre tintos con fondo de cocoteros y baldosas del damero blanco y negro donde proponíamos que
para el año entrante la sede del FICBAQ debería ser el Hotel del Prado sin importar quién
lo administre. Frente a La Troja vacía de un lunes sin carnaval donde hubiera
querido bailar "yo soy el cantante" y zamparme un aguardiente. No hubo fotos. Tres días después, de
retorno al aeropuerto, esquivando trancones asentados en vías empolvadas y
arenosas por donde bajarán tras el próximo aguacero los arroyos arrastrando carros
mal parqueados y millones de bolsitas plásticas caídas con desdén de las manos
de cientos de miles de barranquilleros desprevenidos, ví mi último cliché
fallido: sobre unos montículos de tierra seca, apoyados sobre las bocas de sus
tazas que tantas veces calmaron las necesidades humanas, siete inodoros ajados,
moribundos, tomaban el sol y me susurraban al oído: vuelve, pero en carnaval;
prepara tu cuerpo para el jolgorio y el olvido, pero no olvides la cámara: la memoria es un juguete que adora atravesarse
y jugar entre la deriva de los vivos.
Aeropuerto de Barranquilla, marzo 20 de 2012
Diego García Moreno
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viernes, 15 de marzo de 2013
Espumas
El naufragio de la canoa del viejo Willi en la "Balada
del mar no visto" (1984) fue
en un espumero del río Medellín en el tramo encañonado entre Barbosa y Porce. Esa
imagen idílica esconde un líquido cuya esencia ácida es capaz de corroer cualquier trozo de piel u
elemento orgánico que caiga en su corriente. Cuanta mierda química y humana que
se le vierte al gran desagüe se convierte en un seductor manto blanco, liviano
y terso a la vista, que hizo exclamar a mi tía como tres veces: Ay, qué
belleza. Cuenta don Tomás Carrasquilla que un siglo
atrás el río Medellín tenía un hermoso cauce que recorría el valle de Aburrá jugueteando entre meandros y que sus
playas expelían brillitos de
oropel o de pura arena de oro - el mismo mineral que alimentó el desastre de la conquista, y el que ahora
buscan como locos los beneficiarios de la locomotora minera-. Regresé casi
treinta años después al sitio donde descargamos la canoa. Imaginaba que la ciudad más innovadora del mundo había
solucionado el desastre producido a su río, pero vaya desilusión la que me
llevé: el espumero se había dimensionado. Abstraído en el caudal sospechoso, no me dí cuenta
de que un copo de espuma había despegado de su lecho y volaba con rumbo a mi
observatorio hasta que tropezó
contra mi cámara y empañó su lente.
Diego García Moreno.
Marzo 15 de 2013
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sábado, 9 de marzo de 2013
La Rebeca
Está muy pispa la niña pero ¿le viste esos codos tan feos? Mi abuela era implacable. Nos forzaba a esculcar los defectos de nuestras noviecitas hasta hacernos dudar de su belleza. Y agregaba "no hay nada más hermoso que la belleza natural". ¿Serían los codos algún segmento artificial? De todas maneras, seguramente, eso influyó en el rechazo que me producen las narices pasadas por cirugía plástica, las nalgas, las tetas, las inyecciones de botox. Por muy fino que haya sido el cirujano, ahí le quedó la desproporción. Me encantan las narices con carácter, las que hacen juego con la cara, los ojos, la memoria genética. En cambio esas flechitas apuntando al cielo con dos microcicatrices en los bordes me hacen creer que esa cara no le corresponde a la persona que me mira. Fue peatoneando en Bogotá que me encontré a la Rebeca. Una hermosa mujer desnuda reclinada llenando su cántaro de agua, perdón su totumo. La vi de espaldas. Fui a retratarla cuando, vaya sorpresa, me percaté que le habían amputado la nariz.¿Cómo se les ocurrió, carajo, violentar a tal punto a esta belleza? Supongo que a esta mujer el escultor Luis Luchinelli, su creador, le construyó una nariz helénica, de aquellas que descendían rectas desde la frente... a lo mejor no: fue el primer representante de la versión afroquimbaya y le regaló una nariz chata con respiraderos amplios... vaya a saberse. Esperemos que algún día ese trozo de piedra tallado regrese a su fosa nasal calcárea y nos cuente su versión. Mientras, celebremos que todavía queda un rincón en nuestra urbe donde el arte osa reclinarse a celebrar el agua y es capaz de generar reflejos en los que hasta los más perratiados edificios se ven bellos e invitan a celebrar la dicha de vivir entre tanta incertidumbre.
jueves, 7 de marzo de 2013
El mico y la danta
¡Es que Sergio es un mico! y todos nos poníamos orgullosos.
Se encaramaba a un escaparte o a los palos de mango en par saltos; trepando muros o palmas de coco era
igual a los pelaos de la costa. ¡Es un mico! Quién iba a dudarlo.
Había que verlo subir por las paredes rocosas de una cascada en el Chocó. Se
agarraba de cualquier voladizo, de una fisura, de
cualquier superficie rugosa que pudiera servir de escalón. En cambio, yo era un
desastre: gordito y flojo, incapaz de escalar un par de metros así me agarrara
de un bejuco o me encaramaran
sobre los hombros de un grande. Fue después, cuando la palabra trepador se volvió
denuncia de una detestable actitud
humana, que empecé a sentir un cierto placer sabiéndome portador de unos genes de danta o, a lo mejor, de
hipopótamo.
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He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.





















