sábado, 23 de marzo de 2013

VOZ EN OFF


Me inclino y tomo la foto privilegiando el cielo. La gorda de Botero mira hacia arriba, las tres palmeras ayudan a definir la proyección de su vista y el edificio del Museo de Antioquia es apenas un soporte donde se confunden sus troncos.  Es una foto limpia, me diría un amigo. Engañosa, diría yo. Bastaría que incline la cámara  para que entren a cuadro el escuálido indigente que chupa pegante y la puta obesa que me hace propuestas matinales, sentada en una banca tras la familia de Anorí, abuela, dos tías, tres hermanas, dos encinta, el marica, el borracho y el muchacho pilo, y cuatro muchachitos que inmortalizan su viaje en los escenarios de bronce comiendo cono o chupando bom-bom-bún. Un leve movimiento en picado y empezaría su acción la horda de desplazados que revolotea entre las estatuas y los turistas de turno. Pero me mantengo fiel a la estética de oficina de turismo. Me dan ganas de grabar sin cambiar el ángulo  ni el encuadre para tener constancia del sonido. Plano fijo limpio,  sonido en off atronador y vergonzoso.  Buses, gritos, aullidos.  Escuchar el incesante "gonorrea hijueputa" que inmortalizó Víctor Gaviria en sus películas  entremezclado con los cantos y los murmullos quejumbrosos de los mutilados y los pregones de los vendedores de baratijas chinas, cidís con selección de música de carrilera y plancha, y dulces caseros, pegajosos.  Cómo desconcierta este centro de Medellín. Cómo calienta la periferia del alma con una sobredosis de ofusque y engaña a la temperatura ambiente con la piel metálica y fría de las gordas y el abanicar de la miseria gris, olorosa,  desnuda.


miércoles, 20 de marzo de 2013

BARRANQUILLA SIN ÁLBUM



Olvidé la cámara. ¡Mierda! dije durísimo. Una mirada silenciosa de chofer de taxi  por el retrovisor sonó a "¿y a este qué le pasa?". Olvídelo, no le contesté. Y empecé a ver fotos fallidas durante el recorrido hacia Barranquilla. En el recién nacido aeropuerto El Dorado levantado a codazos sobre las ruinas  futuras -aun activas- del viejo edificio;  desde la ventanilla del avión cuando su sombra cruzaba la serpiente brillante del Magdalena para lanzarse a la pista dura, seca, larga, del aeropuerto Cortissoz donde todavía bailan los fantasmas de los primeros aviones que vinieron a oxidarse en este trópico  arenoso.   Frente al muelle deteriorado por los azotes del mar y el tiempo terco de Puerto Colombia; en la plaza de San Nicolás vacía, retocada, falseada, aparentemente remodelada por los afanes higiénicos de un alcalde progresista. Ante los portones o frente a los  balcones cargados con añoranzas libanesas y huellas  de un siglo disuelto por la avalancha de vidrios y paredes blancas extraídos de una postal de Miami.  En los ventorrillos desplazados a las callejuelas del centro, atestados  con una panoplia de flores sintéticas de insoportables colores. En las conferencias del festival donde los nuevos amigos exponían bajo el hielo de los aires acondicionados las razones que los impulsaban a escribir o hacer cine; entre tintos con fondo de cocoteros y baldosas del damero blanco y negro donde proponíamos que para el año entrante la sede del FICBAQ debería ser el Hotel del Prado sin importar quién lo administre. Frente a La Troja vacía de un lunes sin carnaval donde hubiera querido bailar "yo soy el cantante" y zamparme un aguardiente.  No hubo fotos. Tres días después, de retorno al aeropuerto, esquivando trancones asentados en vías empolvadas y arenosas por donde bajarán tras el próximo aguacero los arroyos arrastrando carros mal parqueados y millones de bolsitas plásticas caídas con desdén de las manos de cientos de miles de barranquilleros desprevenidos, ví mi último cliché fallido: sobre unos montículos de tierra seca, apoyados sobre las bocas de sus tazas que tantas veces calmaron las necesidades humanas, siete inodoros ajados, moribundos, tomaban el sol y me susurraban al oído: vuelve, pero en carnaval; prepara tu cuerpo para el jolgorio y el olvido, pero  no olvides la cámara: la memoria es un juguete que adora atravesarse y jugar entre la deriva de los  vivos.   

Aeropuerto de Barranquilla, marzo 20 de 2012
Diego García Moreno

viernes, 15 de marzo de 2013

Espumas



El naufragio de la canoa del viejo Willi en la "Balada del mar no visto"  (1984) fue en un espumero del río Medellín en el tramo encañonado entre Barbosa y Porce. Esa imagen idílica esconde un líquido cuya esencia ácida es capaz de  corroer cualquier trozo de piel u elemento orgánico que caiga en su corriente. Cuanta mierda química y humana que se le vierte al gran desagüe se convierte en un seductor manto blanco, liviano y terso a la vista, que hizo exclamar a mi tía como tres veces: Ay, qué belleza.  Cuenta  don Tomás Carrasquilla que un siglo atrás el río Medellín tenía un hermoso cauce que recorría el valle de Aburrá  jugueteando entre meandros y que sus playas expelían  brillitos de oropel o de pura arena de oro - el mismo mineral  que alimentó el desastre de la conquista, y el que ahora buscan como locos los beneficiarios de la locomotora minera-. Regresé casi treinta años después al sitio donde descargamos la canoa.   Imaginaba que la ciudad más innovadora del mundo había solucionado el desastre producido a su río, pero vaya desilusión la que me llevé: el espumero se había dimensionado. Abstraído en el  caudal sospechoso, no me dí cuenta de  que un copo de espuma  había despegado  de su lecho y volaba con rumbo a mi observatorio hasta que  tropezó contra mi cámara  y empañó su lente.
Diego García Moreno.
Marzo 15 de 2013

sábado, 9 de marzo de 2013

La Rebeca




Está muy pispa la niña pero ¿le viste esos codos tan feos? Mi abuela era implacable. Nos forzaba a esculcar los defectos de nuestras noviecitas hasta hacernos dudar de su belleza. Y agregaba "no hay nada más hermoso que la belleza natural". ¿Serían los codos algún segmento artificial? De todas maneras, seguramente, eso influyó en el rechazo que me producen las narices pasadas por cirugía plástica, las nalgas, las tetas, las inyecciones de botox. Por muy fino que haya sido el cirujano, ahí le quedó la desproporción. Me encantan las narices con carácter, las que hacen juego con la cara, los ojos, la memoria genética. En cambio esas flechitas apuntando al cielo con dos microcicatrices en los bordes me hacen creer que esa cara no le corresponde a la persona que me mira. Fue peatoneando en Bogotá que me encontré a la Rebeca. Una hermosa mujer desnuda reclinada llenando su cántaro de agua, perdón su totumo. La vi de espaldas. Fui a retratarla cuando, vaya sorpresa, me percaté que le habían amputado la nariz.¿Cómo se les ocurrió, carajo, violentar a tal punto a esta belleza? Supongo que a esta mujer el escultor Luis Luchinelli, su creador, le construyó una nariz helénica, de aquellas que descendían rectas desde la frente... a lo mejor no: fue el primer representante de la versión afroquimbaya y le regaló una nariz chata con respiraderos amplios... vaya a saberse. Esperemos que algún día ese trozo de piedra tallado regrese a su fosa nasal calcárea y nos cuente su versión. Mientras, celebremos que todavía queda un rincón en nuestra urbe donde el arte osa reclinarse a celebrar el agua y es capaz de generar reflejos en los que hasta los más perratiados edificios se ven bellos e invitan a celebrar la dicha de vivir entre tanta incertidumbre. 

jueves, 7 de marzo de 2013

El mico y la danta



¡Es que Sergio es un mico! y todos nos poníamos orgullosos. Se encaramaba a un escaparte o a los palos de mango en par saltos; trepando muros o palmas de coco era igual a los pelaos de la costa. ¡Es un mico! Quién iba a dudarlo. Había que verlo subir por las paredes rocosas de una cascada en el Chocó. Se agarraba de cualquier voladizo, de una fisura, de cualquier superficie rugosa que pudiera servir de escalón. En cambio, yo era un desastre: gordito y flojo, incapaz de escalar un par de metros así me agarrara de un bejuco o me encaramaran  sobre los hombros de un grande. Fue después, cuando  la palabra trepador se volvió denuncia  de una detestable actitud humana, que empecé a sentir un cierto placer  sabiéndome portador de unos genes de danta o, a lo mejor, de hipopótamo.

jueves, 28 de febrero de 2013

AL FINAL



AL FINAL

Todos los días mi papá comía huevos revueltos al desayuno.  Eso de ponerse ruana, solo fue al final. Él era más bien un viejo de suéter de Medellín. El bastón tampoco fue su herramienta cotidiana. No recuerdo haberlo visto  nunca caminar apoyado  en una vara de madera, a pesar de la cojera  que le dejó el polio de su infancia. Cuando íbamos a misa, colocaba firmemente su mano en mi nuca o en la de cualquiera de mis hermanos. Quién sabe quién, al final, le regaló ese bastón. El gesto de su boca devela que al final se había quedado mueco. Extraño, en mis recuerdos tampoco lo veo desdentado ni colocando en un vasito una caja de dientes antes de dormir. Pero, lo más insólito, al final, es la  correa roja del reloj que, seguramente, le colocó una nieta cuando descubrió que un abuelito es un muñeco exquisito que camina, se viste, come, y que nunca se niega cuando lo invitan a jugar.

Diego García Moreno
febrero 28 de 2013

sábado, 23 de febrero de 2013

CIBER - DEPENDENCIA


Mi hijo no enciende la tele.  Le fastidia. En cambio, se la pasa escarbando en las redes de su portátil. Yo no he podido cortar con la"pantalla chica", a pesar de que cada que la enciendo la insulto. Ahora me pasa que veo televisión mientras tengo encendido también el compu.  Soy espectador de noticias trágicas del mundo y de caprichos personales que envían los ciudadanos "del común." La curiosidad me ha llevado a las redes sociales y , según mi esposa, me he vuelto un "vicioso" de facebook.  He intentado twitear, pero no soy bueno para trinar frases famosas y limitar mis  opiniones o deseos verbales a 140 caracteres. Me gusta más ese espacio confesional, íntimo, que la gente construye en el "care libro". Coincide este nuevo hábito con la costumbre de tomar fotos a toda hora, en cualquier parte. Las descargo en el macbook y me pregunto qué historia insinúan o esconden. Siento lástima de abandonarlas en los archivos digitales  y  empiezo a  jugar con ellas.  




Cuando subo alguna , empieza el  rebote de  comentarios de  "amigos"  o la cascadita "me gusta" .  Siento la presencia de un público y me excito. Últimamente decidí agregarles un cuento.  Son  crónicas pequeñas que cumplen el mismo papel que los bocetos de artista. Han aumentado los fanes.  Estoy haciendo arte, le digo a Sally,   pero ella no me cree. Estoy fabricando mi canal de noticias, insisto, pero tampoco  me cree.  Ya me lo reconocerás, querida. A pesar de que ningún  pasquín publicaría mis editoriales cotidianos, en este mundo cibernético ellos van abriéndose su camino, van definiendo su ventana, su público.  Lo que "me gusta" es que me entretengo y siento que ellos se entretienen colocando "me gusta". 

viernes, 22 de febrero de 2013

LA SONRISA LIBERAL



Mi padre que era tan liberal no podía entender cómo sus hijos no iban a misa. Para no arrastrar semejante culpa, todos los días asistía a una ceremonia religiosa en nombre de cada uno de sus ateos. El día de sus funerales todos estuvimos frente a su ataúd escuchando la homilía de un cura hindú que alababa la generosidad de Gustavo y su espíritu musical. Hoy me encontré esta foto y me dio la sensación de que esa sonrisita es la misma que tuvo el día de su despedida al vernos a todos reunidos en el espacio que tanta pereza nos daba visitar. 

LA JAQUECA


Tenía siete años cuando me atacaron por primera vez los brillos. Son los mismos cristales fosforescentes que bailan en primer plano. Se desplazan, se modifican, inventan mosaicos de colores y me impiden ver. Eran las siete de la noche. No distinguía en mi plato las papas ni el arroz, el cuadro del sagrado corazón eran unos parches de luz sangrienta, mi madre una presencia descompuesta. Comencé a llorar. Me estoy quedando ciego, dije. Calma, calma, me pedía ella, mientras acariciaba mi frente. Veinte minutos después habían desaparecido los brillos, pero el dolor de cabeza era insoportable. Me maltrataba el resplandor de las bombillas, los reflejos, la iluminación. Cualquier ruido se convertía en un estruendo. Cualquier grito de un juego de niños se volvía algarabía, herida, punzón.  Parecía que sobre mi cráneo un angelito barroco, semidesnudo, se había acomodado para golpear la sien.  Con un martillo golpeaba y golpeaba marcando el bombeo del corazón. Sigue siendo igual. Por fortuna no estaba solo.  Luis Fernando, mi hermano, me consoló: "A mí me da algo parecido" y dijo la palabra. Escuché por primera vez la incómoda palabra. La afección duró dos o tres días, como ahora. Me dieron aspirinas y agüitas de hierbas. Desde entonces me acompaña el temor de ser atacado de nuevo por esa palabra que conjuga la ceguera y el dolor, me aterra tener que tropezarme con ese vocablo que asocio con un estruendo, con un derrumbe, con una quebrazón de vasos en la poceta: jaqueca.
febrero 20 de 2013
Bogotá.

vicio-bernético

Mi hijo no enciende la tele.  Le fastidia. En cambio, se la pasa escarbando en las redes de su portátil. Yo no he podido cortar con la "pantalla chica", a pesar de que cada que la enciendo la insulto. Ahora me pasa que veo televisión mientras tengo encendido también el compu.  Soy espectador de noticias trágicas del mundo y de caprichos personales que envían los ciudadanos "del común." La curiosidad me ha llevado a las redes sociales y , según mi esposa, me he vuelto un "vicioso" de facebook.  He intentado twitear, pero no soy bueno para trinar frases famosas y limitar mis  opiniones o deseos verbales a 140 caracteres. Me gusta más ese espacio confesional, íntimo, que la gente construye en el "carelibro". Coincide este nuevo hábito con la costumbre de tomar fotos a toda hora, en cualquier parte. Las descargo en el macbook y me pregunto qué historia insinúan o esconden. Siento lástima de abandonarlas en los archivos digitales  y  empiezo a  jugar con ellas.  
Cuando subo alguna , empieza el  rebote de  comentarios de  "amigos"  o la cascadita "me gusta" .  Siento la presencia de un público y me excito. Últimamente decidí agregarles un cuento.  Son  crónicas pequeñas que cumplen el mismo papel que los bocetos de artista. Han aumentado los fanes.  Estoy haciendo arte, le digo a Sally,   pero ella no me cree. Estoy fabricando mi canal de noticias, insisto, pero tampoco  me cree.  Ya me lo reconocerás, querida. A pesar de que ningún  pasquín publicaría mis editoriales cotidianos, en este mundo cibernético ellos van abriéndose su camino, van definiendo su ventana, su público.  Lo que "me gusta" es que me entretengo y siento que ellos se entretienen colocando "me gusta"

miércoles, 13 de febrero de 2013

LA ESTÉTICA COLPATRIA-SCOTIABANK




¿Querían ver? Vean: LA ESTÉTICA COLPATRIA-SCOTIABANK. Repito lo que dije:"Guacamayas y poporos, sombreros vueltiaos y marimondas, tucanes y salseros, se nos vino encima la estética populista y demagoga del scotiabank.                                    








Los capitales canadienses que seguramente traen la platica de la minería se compraron Colpatria y se convirtieron en el faro de la ciudad.

 El falo de la más ramplona plástica con la que pretenden seducirnos a todos. Por todos los dioses, ¿qué es este tormento visual que nos pusieron encima? La más alta torre del país, hasta el momento, bombardea la ciudad con esas gráficas ramplonas con las que los señores banqueros pretenden alabar nuestros símbolos patrios y seducir con sus espejitos a los primitivos habitantes.

domingo, 10 de febrero de 2013

El cuerpo de la luz




Exterior día. Amanecer. El día sin carros.

El cuerpo de la luz no cesa de buscar su forma. Le gusta convertirse en manto etéreo en las mañanas húmedas y acariciar por instantes las materias caprichosas. Luego se esconde para hacernos creer que es un simple misterio repetitivo y cotidiano que hace visible los caminos y las cosas. A veces se hincha, pesa y azota. Otras, se hace rogar y cumple a la cita cuando se agotan los minutos, cuando sus adoradores deprimidos desfallecen. Casi siempre lo ignoramos. Poco le importa: sabe que su destino es engañar e iluminar, hacer creer que llega por primera vez y propiciar suspiros. Últimamente se ha vuelto veleidoso. Debe ser porque hemos inventado artefactos cuya única misión es constatar la multiplicidad de sus proezas.
Bogotá, febrero 8 de 2013 — en el  Parque de La Independencia.

jueves, 7 de febrero de 2013

El Bigote y Panamá


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No recuerdo cuándo me dejé crecer el primer bigote. Hay una pista en la bitácora de vuelo del año 76: cuando volaba DC-3, presenté a la Aerocivil la libreta con una foto en blanco y negro para que lo sellaran: era una sombrita con cuatro pelos.  Cuando chiquito, viendo la foto de mi bisabuelo Tulio llegué a creer que heredaría esa melena domada sobre la boca; pero no, más bien heredé el cutis medio lampiño de mi abuelo José y algo de su calvicie.
Esta mañana, mientras esperaba que una paloma se posara en la cabeza de una estatua en el Parque de la Independencia, volví a a pensar en el bigote. Ese señor parece con cuernos sobre la boca, pensé. Acaricié mi bigotito y me dieron ganas de afeitarme. Mi bisabuelo fue contemporáneo del héroe de mármol. Era la moda: todos se dejaban crecer el bigote:  Reyes, Marroquí, Núñez, Caro, ese tal Joaquín F. Uribe a  quien encontré treinta metros más arriba en el mismo parque con una paloma en la cabeza. Se confunden los rostros de todos esos varones de fines del XIX y principios del veinte.  
El hombre del bigote se llama Carlos Martínez Silva, un santandereano de San Gil, el más importante representante de su estirpe: también godo, también  embajador en Washington, la mano derecha de José Manuel Marroquí. Esta joyita fue protagonista en la negociación con los gringos que condujo a la separación de Panamá. Uy, me acordé del gato de bronce de Botero: un gato gordo que tiene un enorme bigote que acostumbran robárselo los iconoclastas o  los vándalos.
¿Será que habrá un varón de melena contemporánea, un rasta, un travesti, una nena, una mujer, un indigente,  alguien que le arranque el bigote a este individuo y se vuele en una buseta,  en un  transmilenio, o en un DC-3... y así su efigie nos devele ese aspecto de cordero escaldado con el que queda un país cuando le amputan una apéndice?

Bogotá, enero 28 de 2013
Diego garcía moreno 

La sonrisita de mi padre



Mi padre que era tan liberal no podía entender cómo sus hijos no iban a misa. Para no arrastrar semejante culpa, todos los días asistía a una ceremonia religiosa en nombre de cada uno de sus ateos. El día de sus funerales todos estuvimos frente a su ataúd escuchando la homilía de un cura hindú que alababa la generosidad de Gustavo y su espíritu musical. Hoy me encontré esta foto y me dio la sensación de que esa sonrisita es la misma que tuvo el día de su despedida al vernos a todos reunidos en el espacio que tanta pereza nos daba visitar. 

sábado, 26 de enero de 2013

LOS PREMIOS y LA VIRGEN




El profesor de gimnasia era el mecenas de las artes: regaló el busto de un torito en yeso para galardonar al mejor artista el día del acto público de los niños de segundo de primaria. Habíamos ensayado un mes para recitar ante los papás "Simón el bobito" de Rafael Pombo. Qué aplausos.
-¡Divinos! ¡Todos estuvieron maravillosos! -dijo la madre superiora-  ¡Yo no soy capaz de escoger! que decida La Virgen... A ver,   que cada uno diga un numero del uno al nueve.
Crucé los dedos y busqué con la mirada a mi mamá entre el público. Nada.
-Es tu turno, Dieguito.
Dije Siete y me dí la bendición. Por primera vez una monja me mató el ojo. Y el ganador es...  Me puse colorado al escuchar mi nombre.
Hace unos meses,  en el auditorio del Teatro Mayor Santo Domingo, cuando me entregaron el premio especial del jurado en los premios nacionales de periodismo Simón Bolívar, volví a ponerme rojo y vi a todos los jurados vestidos de monja matándome el ojo. Mi mamá no estaba entre el público pero La Virgen, a sabiendas de que casi todos los periodistas sensatos son ateos, decidió premiar al único que no tenía nada que ver con el oficio.

Bogotá, enero 24 de 2013
Diego García Moreno

miércoles, 23 de enero de 2013

La tentación del pernil.



 LA TENTACIÓN DEL PERNIL

Subíamos entre la niebla hacia el  Alto de Letras. El willys que nos precedía, con la gente colgando como siempre, andaba despacito y nos hacía eterno el viaje. De pronto, en una rectica aumentó la visibilidad,  me le arrimé y me abrí para pasarlo y ahí lo ví. Le grité entonces a mi hijo:
-Mirá, mirá, Tomás, tomale una foto.
-¿Dónde está la cámara?
- Aquí, mirá.
Casi no logro sacarla de la cartuchera que llevaba en mi correa. Me enredé, solté el volante y casi estrello un bus de Rápido Ochoa que bajaba enflechado hacia Mariquita.
- Cuidado, pa. Manejá.
- Fresco, ya, ya. Prendela.
El muchacho logró tomarle tres fotos, y me le pasó. Mirálas.  Estaban fuera de foco.
- Mierda, ¿no viste el pernil?
- ¿Cuál qué?
Desaceleré y dejé que volviera a pasarnos.
- Ahí lo tenés.
- Listo. Click!
_ ¿Quedó en foco?
- Sí.
Y aceleré a fondo. Empezó a llover. Se partió la plumilla del limpia-brisas y sentí el rayón en el vidrio.  Mierda. Detuve el auto. Le quité la plumilla y levanté su soporte. Seguimos la ruta atentos para no rodar por el precipicio. Dejando a Manizales, el hambre que teníamos nos obligó a parar en un restaurante. Mientras yo pedía una arepa de chócolo con quesito, Tomás me miró con un gesto de reproche y me dijo:
- Pa, casi me matás.
Perdoná, mijo.
Tomás pidió un chorizo. Mientras se lo comía recordé el infarto que me ocasionó un taponamiento en la arteria descendente anterior.  Cero y van dos. Casi estiro la pata, pensé.  Cerdos, puercos, marranos, chanchos y lechonas...  ¿por qué siempre nos hacen caer en la tentación?


martes, 22 de enero de 2013

DJ papá


Oprima el botón play para ver el video. Puede hacerlo antes de leer, mientras lee o después de leer.

Nos acostamos a las 10. El despertador sonó a las dos y media de la mañana. Nos tomamos un café y con mucha decisión salimos para allá.
¡ChisPUN! ¡ChisPUN! ¡ChisPUN!¡ChisPUN!,
A pesar de la oscuridad y el hacinamiento, logramos armar camino hasta la mitad de la pista donde intermitentemente se dibujaban las siluetas en la tarima. Siente  el ritmo, gesticula, baila.
¡ChisPUN! ¡ChisPUN! ¡ChisPUN! ¡ChisPUN!
Que por qué está usted aquí, me preguntó al oído una muchacha encomendada por unos extranjeros grandotes que movían su humanidad al compás atronador del hiper-repetitivo bajo electrónico. Dígales que seguramente por las mismas razones que ellos. Me dieron ganas de decirles que tal vez porque soy vendedor de pepas o de bazuco o que quizás porque me gustan los jovencitos como ellos o que a ellos qué les importa. Pero todo era cool y sonreí.
Unos tubos luminosos empezaron a bailar en la pared. Cuatro reflectores azules mandaban bocanadas de luz que rebotaban en las caras de la gente. Aumenté la mímica de mi danza. El sótano de la discoteca estaba repleto. Una muchachita sorpendida me miraba. En un instante de luz lanzó un grito inaudible:
-¡El abuelo!
Mis canas, arrugas y el perfil de la barriga  me habían convertido en  una atracción de circo. Aguanté, me disolví, bailé, no les conté que soy el papá del DJ.

viernes, 18 de enero de 2013

CUCURRUCUCÚ- que ando

CUCURRUCUCÚ- que ando.
Las palomas adoran reposar sobre las cabezas de las estatuas. Miran, cagan y cucurrucuquéan hasta que por el exhosto de un bus sale una explosión repentina; entonces vuelan espantadas por el temor genético acumulado en varios siglos de masacres a punta de escopeta. Todas las mañanas cruzo el Parque de la Independencia camino a mi oficina  y me topo con una paloma oronda en la cabeza de la estatua de un tal Joaquín F. Vélez. ¿Quién sería ese señor? Vaya sorpresa: fue un activo político cartagenero de finales del siglo XIX; íntimo amigo de Rafael Núñez, fue su embajador ante  el Vaticano y el encargado de estampar la firma en el concordato; y, como si fuera poco, fue el jefe militar del departamento de Bolívar durante la guerra de los mil días... vaya méritos para ganarse una efigie de mármol en el hermoso y maltratado parque. Esta mañana me detuve y miré la paloma justo en el momento en que una atronadora explosión ciudadana me despertó la memoria genética del pánico acumulado durante la época del terrorismo mafioso, pero la paloma no voló, se acomodó en ese nido varonil cargado con honores de guerra y melodías gregorianas, cucurruquió, cagó y me miró con un aire pretencioso de espíritu santo.

miércoles, 3 de octubre de 2012

El LUNAR ROSADO


Un manto de nubes blancas oculta la tierra. El avión las atraviesa y busca el azul. Miro a través de la ventana buscándola. Era un ángel raro capaz de convertirse en figura fugaz, serena, juguetona entre esta acumulación de repollas blancas. Me acuerdo del lunar de su brazo. Era rosado pero tenía forma de nube. Era el sello de su oficio. Ángel. Nunca pensé cuando ella estaba viva que era un ángel raro. Un ángel con un lunar rosado en su brazo en forma de nube. Rosado es más tierno. Podría ser hasta ridículo. Pero no en un brazo. Ahora que se fue, su condición se devela. Qué horrible para esa señora, me dijo refiriéndose a la protagonista de mi última película: todo el tiempo piensa en la muerte. Ella tenía previsto no pensar en la muerte. Ayer hablé con ella. Estaba feliz. El fin de semana pasado había visto el Cerrotusa y el Cerrobravo desde la finca de Adriana Castro. Me habló ayer de la Sinifaná. Me preguntó que cuándo iría a Medellín. Yo le respondí que no sabía. Todavía me quedan muchos eventos en los cementerios. Estamos ayudando a vivir el duelo del país. La semana pasada visitamos tres cementerios diferentes. Recuerdo que después de cada presentación de la película de Beatriz González le dije a Danielita Castro: quiero irme a Medellín, mi madre se irá pronto y quiero estar cerca. Como era su costumbre, se adelantó. Ella preveía todo. Seguramente entendió que no era el momento de detener la vida de los hijos para que estuvieran a su lado. Ella nos acompaña. Sergio está en Méjico, andando con Mavila, en su ley. Yo voy errando por los espacios funerarios pensando en el luto del país. Ayudando a sanar heridas con Proyectando Memoria.
Vuelvo en avión a Medellín a enterrar a mi madre. Me fuí de Medellín en el 77, hace 35 años en un avión. Recuerdo ese viaje en una aero-comander con el capi Escobar. Las nubes y el brillo del cielo eran los mismos. En ese momento presentí que dejaba la tierra y a mi madre. Ahora vuelvo y sé que dejé a mi madre desde ese momento. Volví a visitarla muchas veces. Fuimos innumerables veces juntos a la finca. Y ella siempre con esa cara sana, como eterna, tranquila. Lo único que fue perdiendo fue el oído. Tenía pensamientos propios, no necesitaba escuchar tanto. Se fue quedando sorda. Guardaba otros sonidos que escuchó de nosotros mientras éramos niños, jóvenes, hombrecitos y mujeres en su ruta. Ahora no es necesario escuchar tanto desastre, tanta miseria, tanta guerra, tanta violencia. Mi madre se fue y Luis Fernando me cuenta que le vio la  cara apacible, contenta. Quiero verla para guardar esa última imagen. Su nariz grande, su piel lozana. Su mirada tímida y sin la más mínima gota de agresividad. Qué bueno haber tenido una madre ecuánime y generosa.

Ojalá que este enorme duelo sirva también para calmar de alguna manera el vacío que deja la ausencia de mi madre. Adiós, querida Beatriz, cuánto te queremos. Septiembre 18-3012

jueves, 19 de enero de 2012

La Colombia de Beatriz González según Diego García Moreno

El fúnebre correr de los años en una Colombia herida por la violencia de una triada de facciones armadas marcó profundamente el alma colectiva de esa nación. Los rastros de sangre, dolor y amargura pueden encontrarse desperdigados por muchos sitios, pero se hayan resumidos, de manera contundente, en la obra pictórica de Beatriz González.

Abundan, en su quehacer pictórico, la reproducción de imágenes icónicas aparecidas en periódicos y otros medios, pero trasladadas a su particularísimo lenguaje visual de trazos simples y gran colorido, cuyos motivos, gradualmente, devinie- ron desde las obras del arte universal a sucesos destacados y acabaron por presentar el rostro deformado y amenazante del poder y la política: los sucesivos presidentes lo mismo en recepciones festivas que en rituales religiosos, que con militares rindiendo honores. Y acabó incluyendo en su pintura, pero también en muebles, cortinas y otros objetos intervenidos, las siluetas de la violencia y la muerte que campean en Colombia desde hace varias décadas. Y finalizó con un lienzo emblemático: Autorretrato desnuda llorando, en 1997.
Al mirar estas variadas etapas de su desarrollo como artista, el documentalista Diego García-Moreno fue descubriendo que detrás de esta pintora -a quien la teórica Martha Traba identificó como la respuesta pictórica, desde el Tercer Mundo, al pop estadounidense- se hallaba, ni más ni menos, la síntesis de la historia colombiana reciente. Pero no de la oficial, sino de una más íntima, cercana y dolorosa: la del ciudadano común, indefenso ante las fuerzas que amedrentan su vida cotidiana. Y al acercarse, cámara en mano, a la creadora, coincidió con el inicio de uno de sus proyectos más ambiciosos: la intervención Auras anónimas, en la que cubrió las ocho mil criptas vacías del Cementerio Central de Bogotá, conocido popularmente como Columbario, con ocho distintas siluetas de dos hombres cargando un cadáver en un palo. Esos tres años de trabajo de la pintora fueron seguidos silenciosa y humildemente por el documentalista, a quien le tomó todavía un año más concluir el documental Beatriz González / Por qué llora si ya reí (Colombia, 2010), que recorrió festivales como Bafici argentino, el Visions du Réel suizo y el FIPA de Biarritz, además de otros especializados en documentales en Buenos Aires, Tesalónica, Cuernavaca, Bogotá, Cali y Medellín.
Formado en cinematografía en París, ciudad donde residió varios años realizando audiovisuales para instituciones diversas, Diego García-Moreno retornó a su natal Colombia para fundar La Maraca Producciones y dar clases en la Universidad Nacional de Medellín. Entre sus cintas se hallan la trilogía Colombia elemental (1992), Colombia horizontal (1998) y Colombia con-sentido (2000), además de Las castañuelas de Notre Dame, el corazón (2006), ¿Y cómo para qué de arte de qué? (2008) y ¡Danza, Colombia! (2009).
-¿Cómo ocurrió este encontronazo de una forma visual tan reciente como el cine con otra tan antigua como es el arte pictórico?
-En casi todas mis películas me había tocado la acrobacia de darle importancia a las cosas, poner el cine a la disposición de un objeto o de alguien que no tuviera importancia para darle relevancia estética. El caso de Beatriz fue muy interesante porque es un personaje famoso, y su obra, que es un hecho plástico, un hecho visual, no necesita de la cinematografía para obtener conocimiento. Pero a pesar de que la obra de Beatriz hace un seguimiento en la historia, nunca se había leído como tal. Eran hechos independientes: cuadros dispersos en el tiempo, pero unidos no generaban el discurso que le diera un sentido de tiempo. Cuando veo su obra, siento que ahí hay un documental: ella la hacía sin un propósito de narrativa temporal. Entonces me pareció muy interesante hacer un documental sobre ese documental, en formatos distintos, porque uno es el cine y en el otro está la plástica. Ahí empezó el reto, digamos.
-Además, fue fruto de un trabajo prolongado, de un seguimiento metódico, de un rigor que exigió mucho tiempo.
-El documentalismo contemporáneo es difícil porque descubre procesos en el tiempo y tiene que quedarse ahí hasta que el mismo tiempo le diga al autor que ha llegado al final. No estaba haciendo un formato de televisión para poder crearlo rápido. Con Beatriz fueron tres años de grabación y casi un año de postproducción para armar la historia de una manera que no pareciera que nos habíamos gastado cuatro años. ¿Cómo voy a mezclar a la modelo con el cuadro y con el pintor del cuadro? Hay una cosa que me fascina del documental: sentir el devenir de los personajes, contar y estar en el momento preciso.
-Hay una complejidad grande en este acercamiento, porque no requiere solamente develar cierta información sino construirla en su entorno particular.
-Beatriz está acostumbrada a dar entrevistas. La misma información verbal que da durante uno o dos años la pue- de ofrecer en 45 minutos; pero yo la descompuse, la fraccioné para tener instancias dramáticas diferentes. Y la aparición de esa obra en el columbario fue como un banquete que tenía que seguir. Desde el principio uno se pregunta: ¿será que esta señora está tan loca que es capaz de hacerlo?, ¿será que su salud va a aguantar?, ¿será que tendrá problema con esta otra gente?, ¿será que va a solucionar los problemas materiales? Y es una belleza ver cómo se construye una obra del cemento, del yeso, de los palitos. Todo eso va creando una tensión muy interesante. Es un proyecto súper ambicioso. Sobre todo cuando uno ve que es una señora de casi 75 años, sola, con una voluntad férrea enfrentándose a algo importante para un país. Y ahí volvemos a entrar en el momento histórico y en el hecho ético: el suceso de la guerra, de la filosofía de la lectura, y yo como narrador de mi tiempo deseo con- tar con un hecho simbólico cómo es la vivencia de ese acto histórico.
DISTRIBUCIÓN
Y actos de liberación
El anterior documental de Diego García-Moreno se titula El corazón gratuitamente: la historia de un soldado que sobrevivió a la explosión de una mina anti- personal -o quiebrapatas, como le llaman en Colombia-; con una esquirla en el músculo cardiaco le descubrió una serie de coincidencias asombrosas. El grupo más importante de cirujanos especialistas en operaciones de corazón abierto por traumas era colombiano, resultado de la violencia acaecida en los años ochenta y noventa en Medellín. El país fue consagrado al Sagrado Corazón. A la esposa del doctor que realizó la operación le descubren una arritmia cardiaca.
Así que luego de su recorrido natural por festivales, decidió que la película tenía que ser vista por el público. Ante la negativa de distribuidores y exhibidores de programarla en salas, comenzó a darle salida a la cinta, que implicó una gran inversión de dinero y de tiempo en los sitios de conflicto, en los lugares donde están las minas y las ciudades donde los efectos de la guerra se vivían cotidianamente. Decidió que la cinta se convirtiera en un intermediario de una socie- dad polarizada.
Así, reunió a estudiantes de medicina que tomaban la presión de la gente antes de entrar al cine. Acto seguido, les entregaba una antología de poemas de escritores colombianos del siglo XIX y XX cuyo tópico fuese el corazón. En la sala pasaban canciones populares, pegajosas, sobre el tema. Y al final de la proyección se armaba un diálogo con los espectadores, ya sensibilizados, sobre el país, la enfermedad y la vida.
-Al que le tocaba ese espectáculo nunca se le iba a olvidar la película. Lo habíamos bombardeado desde muchos puntos para que su cuerpo y su reflexión tuviera ahí una huellita -recuerda el cineasta.
Con el documental sobre Beatriz González realizó durante un año la ruta Proyectando la memoria, monólogo a tres voces que llevaba cine, arte y reflexión por los espacios funerarios de Colombia, lo mismo sitios precolombinos que cementerios monumentales, campo- santos y fosas comunes.

-Los cineastas nos mantenemos llorando. Que no nos distribuyen, que no podemos hacer nuestra obra porque no nos dan la plata. Ahí digo: ¡coño, más que cineastas, considerémonos artistas! Bajémonos un poco todo ese halo de poder que nos da el cine y hagamos un acto de liberación. Yo creo que eso es un reto que tenemos los cineastas en países como los nuestros y que puede producir mucho placer si le logramos dar ese carácter de invención a la distribución.





Este artículo se publicó originalmente en la sección de cultura del diario El Financiero (16/I/2012).


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He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.