viernes, 19 de abril de 2013

LA GARZA Y EL GALLINAZO



LA GARZA Y EL GALLINAZO

La enorme señora dispuso para la venta un arrume de bagres y bocachicos destripados y cargó a sus espaldas el espejo brillante del río. El Sinú se despertó tranquilo. El gallinazo, atento en la baranda, sabía que era cuestión de espera. Por costumbre aprendió que no requería de mayor esfuerzo para obtener el sustento. Y la garza blanca, picoteando en el fango entre latas, plásticos y trozos de icopor,  prolongaba  su desayuno con apetitosos alevinos.

Bastaron diez minutos para que el mercado callejero alrededor de la plaza de Lorica se convirtiera en una pelotera y que la belleza morisca que habíamos alabado al amanecer fuese devorada por la gritería y el sofoco; para que el gallinazo se volviera un buitre negro en un lodazal maloliente y la garza una especie de pajarraco absurdo adornando una cloaca.


Cuando el taxi, cargado con las cajas de cartón repletas de  frutas y verduras que compramos para llevar a Isla Fuerte abandonó el pueblo y aceleró en dirección al mar, miré las fotos que había tomado al amanecer. La iglesia y la plaza de mercado acariciadas por una luz diáfana bajo un cielo azul no guardaban ningún trazo de la ofuscación que un par de horas después habían mellado mi paciencia.El calor, el sudor, el olor, la gritería, los mosquitos, el tropel habían echado al traste las vivencias, pero no las imágenes, de un de un trópico multicolor que había salido a buscar para borrar el otro agite gris, impersonal y congelado de Bogotá.  

Envidié a la garza y al gallinazo. Me desconcertaron sus actitudes imperturbables ante los atropellos del sol enfurecido y del incontrolable gentío. Sonreí al verlas disfrutando los torbellinos del trópico entre el paraíso y la mierda. "Calmate, hombre", me dije, "zambullite en el mar y ahogá tus lamentos de intolerante citadino.

Diego García Moreno- Bogotá abril 2013




viernes, 5 de abril de 2013

LAS CIMAS DE LA NOSTALGIA

























Hay quienes, en su condición de extranjeros, caen en ataques de desarraigo cuando repentinamente anhelan el olor de la guayaba o los aromas de la papaya verde. La  nostalgia los envuelve. Un manto de añoranza les ahoga los días. En mi caso, estas crisis eran provocadas por la ausencia prolongada de  las montañas. Tratando de calmar esa afección, en Chicago caminaba hasta lo alto de los puentes buscando un punto de vista que me trajera  barreras y horizontes lejanos, sensaciones de tienda campesina con nombres como "bellavista" o "la mejor divisa".  Parecería  un remedio ridículo pero cumplía un efecto preventivo, como  la aspirina para niños que hoy en día tomo diariamente para mis afecciones cardiovasculares.   Calmé el problema hace unos buenos años  viniéndome a vivir a Bogotá al lado de los cerros en un apartamento con muchos atardeceres y ventanas.  En las Torres del Parque de Salmona recuperé y satisfice mi condición de balconero obsesivo.   A pesar del remedio que pareciera definitivo, a veces siento carencias, pulsaciones extremas que me incomodan y despiertan  extrañas variables de la envidia.
Cruzaba un puente de Transmilenio sobre la Avenida ciudad de Quito cuando vi en contraluz un anuncio publicitario anormal, aparatoso, contundente, inusualmente elevado. Sobre un enorme tubo, habían encaramado una rampa de ciclismo extremo. Y coronando su más elevado montículo, en total equilibrio, la silueta de un ciclista  en acción,  detenido en la cima, sus ruedas quietas,  daba la sensación de  habitar un mirador eterno, de haber coronado el punto cero en el que la gravedad y el impulso ascendente se neutralizan. Lo enfoqué, lo fotografié y exclamé: ¡Cómo me gustaría habitar esa tribuna donde el aquí y el allá desaparecen!
El Retiro, abril 2 de 2013
Diego García Moreno

miércoles, 3 de abril de 2013

9 DE ABRIL EN LA CINEMATECA DISTRITAL

"LAS CASTAÑUELAS DE NOTRE DAME", "EL CORAZÓN" Y "BEATRIZ GONZÁLEZ ¿POR QUÉ LLORA SI YA REÍ" de DIEGO GARCÍA MORENO EN LA CINEMATECA DISTRITAL EN EL DÍA DE LA MEMORIA. Entrada libre.

http://noticias-diegogarciamoreno.blogspot.com/search?updated-min=2013-01-01T00:00:00-08:00&updated-max=2014-01-01T00:00:00-08:00&max-results=4

sábado, 23 de marzo de 2013

VOZ EN OFF


Me inclino y tomo la foto privilegiando el cielo. La gorda de Botero mira hacia arriba, las tres palmeras ayudan a definir la proyección de su vista y el edificio del Museo de Antioquia es apenas un soporte donde se confunden sus troncos.  Es una foto limpia, me diría un amigo. Engañosa, diría yo. Bastaría que incline la cámara  para que entren a cuadro el escuálido indigente que chupa pegante y la puta obesa que me hace propuestas matinales, sentada en una banca tras la familia de Anorí, abuela, dos tías, tres hermanas, dos encinta, el marica, el borracho y el muchacho pilo, y cuatro muchachitos que inmortalizan su viaje en los escenarios de bronce comiendo cono o chupando bom-bom-bún. Un leve movimiento en picado y empezaría su acción la horda de desplazados que revolotea entre las estatuas y los turistas de turno. Pero me mantengo fiel a la estética de oficina de turismo. Me dan ganas de grabar sin cambiar el ángulo  ni el encuadre para tener constancia del sonido. Plano fijo limpio,  sonido en off atronador y vergonzoso.  Buses, gritos, aullidos.  Escuchar el incesante "gonorrea hijueputa" que inmortalizó Víctor Gaviria en sus películas  entremezclado con los cantos y los murmullos quejumbrosos de los mutilados y los pregones de los vendedores de baratijas chinas, cidís con selección de música de carrilera y plancha, y dulces caseros, pegajosos.  Cómo desconcierta este centro de Medellín. Cómo calienta la periferia del alma con una sobredosis de ofusque y engaña a la temperatura ambiente con la piel metálica y fría de las gordas y el abanicar de la miseria gris, olorosa,  desnuda.


miércoles, 20 de marzo de 2013

BARRANQUILLA SIN ÁLBUM



Olvidé la cámara. ¡Mierda! dije durísimo. Una mirada silenciosa de chofer de taxi  por el retrovisor sonó a "¿y a este qué le pasa?". Olvídelo, no le contesté. Y empecé a ver fotos fallidas durante el recorrido hacia Barranquilla. En el recién nacido aeropuerto El Dorado levantado a codazos sobre las ruinas  futuras -aun activas- del viejo edificio;  desde la ventanilla del avión cuando su sombra cruzaba la serpiente brillante del Magdalena para lanzarse a la pista dura, seca, larga, del aeropuerto Cortissoz donde todavía bailan los fantasmas de los primeros aviones que vinieron a oxidarse en este trópico  arenoso.   Frente al muelle deteriorado por los azotes del mar y el tiempo terco de Puerto Colombia; en la plaza de San Nicolás vacía, retocada, falseada, aparentemente remodelada por los afanes higiénicos de un alcalde progresista. Ante los portones o frente a los  balcones cargados con añoranzas libanesas y huellas  de un siglo disuelto por la avalancha de vidrios y paredes blancas extraídos de una postal de Miami.  En los ventorrillos desplazados a las callejuelas del centro, atestados  con una panoplia de flores sintéticas de insoportables colores. En las conferencias del festival donde los nuevos amigos exponían bajo el hielo de los aires acondicionados las razones que los impulsaban a escribir o hacer cine; entre tintos con fondo de cocoteros y baldosas del damero blanco y negro donde proponíamos que para el año entrante la sede del FICBAQ debería ser el Hotel del Prado sin importar quién lo administre. Frente a La Troja vacía de un lunes sin carnaval donde hubiera querido bailar "yo soy el cantante" y zamparme un aguardiente.  No hubo fotos. Tres días después, de retorno al aeropuerto, esquivando trancones asentados en vías empolvadas y arenosas por donde bajarán tras el próximo aguacero los arroyos arrastrando carros mal parqueados y millones de bolsitas plásticas caídas con desdén de las manos de cientos de miles de barranquilleros desprevenidos, ví mi último cliché fallido: sobre unos montículos de tierra seca, apoyados sobre las bocas de sus tazas que tantas veces calmaron las necesidades humanas, siete inodoros ajados, moribundos, tomaban el sol y me susurraban al oído: vuelve, pero en carnaval; prepara tu cuerpo para el jolgorio y el olvido, pero  no olvides la cámara: la memoria es un juguete que adora atravesarse y jugar entre la deriva de los  vivos.   

Aeropuerto de Barranquilla, marzo 20 de 2012
Diego García Moreno

viernes, 15 de marzo de 2013

Espumas



El naufragio de la canoa del viejo Willi en la "Balada del mar no visto"  (1984) fue en un espumero del río Medellín en el tramo encañonado entre Barbosa y Porce. Esa imagen idílica esconde un líquido cuya esencia ácida es capaz de  corroer cualquier trozo de piel u elemento orgánico que caiga en su corriente. Cuanta mierda química y humana que se le vierte al gran desagüe se convierte en un seductor manto blanco, liviano y terso a la vista, que hizo exclamar a mi tía como tres veces: Ay, qué belleza.  Cuenta  don Tomás Carrasquilla que un siglo atrás el río Medellín tenía un hermoso cauce que recorría el valle de Aburrá  jugueteando entre meandros y que sus playas expelían  brillitos de oropel o de pura arena de oro - el mismo mineral  que alimentó el desastre de la conquista, y el que ahora buscan como locos los beneficiarios de la locomotora minera-. Regresé casi treinta años después al sitio donde descargamos la canoa.   Imaginaba que la ciudad más innovadora del mundo había solucionado el desastre producido a su río, pero vaya desilusión la que me llevé: el espumero se había dimensionado. Abstraído en el  caudal sospechoso, no me dí cuenta de  que un copo de espuma  había despegado  de su lecho y volaba con rumbo a mi observatorio hasta que  tropezó contra mi cámara  y empañó su lente.
Diego García Moreno.
Marzo 15 de 2013

sábado, 9 de marzo de 2013

La Rebeca




Está muy pispa la niña pero ¿le viste esos codos tan feos? Mi abuela era implacable. Nos forzaba a esculcar los defectos de nuestras noviecitas hasta hacernos dudar de su belleza. Y agregaba "no hay nada más hermoso que la belleza natural". ¿Serían los codos algún segmento artificial? De todas maneras, seguramente, eso influyó en el rechazo que me producen las narices pasadas por cirugía plástica, las nalgas, las tetas, las inyecciones de botox. Por muy fino que haya sido el cirujano, ahí le quedó la desproporción. Me encantan las narices con carácter, las que hacen juego con la cara, los ojos, la memoria genética. En cambio esas flechitas apuntando al cielo con dos microcicatrices en los bordes me hacen creer que esa cara no le corresponde a la persona que me mira. Fue peatoneando en Bogotá que me encontré a la Rebeca. Una hermosa mujer desnuda reclinada llenando su cántaro de agua, perdón su totumo. La vi de espaldas. Fui a retratarla cuando, vaya sorpresa, me percaté que le habían amputado la nariz.¿Cómo se les ocurrió, carajo, violentar a tal punto a esta belleza? Supongo que a esta mujer el escultor Luis Luchinelli, su creador, le construyó una nariz helénica, de aquellas que descendían rectas desde la frente... a lo mejor no: fue el primer representante de la versión afroquimbaya y le regaló una nariz chata con respiraderos amplios... vaya a saberse. Esperemos que algún día ese trozo de piedra tallado regrese a su fosa nasal calcárea y nos cuente su versión. Mientras, celebremos que todavía queda un rincón en nuestra urbe donde el arte osa reclinarse a celebrar el agua y es capaz de generar reflejos en los que hasta los más perratiados edificios se ven bellos e invitan a celebrar la dicha de vivir entre tanta incertidumbre. 

jueves, 7 de marzo de 2013

El mico y la danta



¡Es que Sergio es un mico! y todos nos poníamos orgullosos. Se encaramaba a un escaparte o a los palos de mango en par saltos; trepando muros o palmas de coco era igual a los pelaos de la costa. ¡Es un mico! Quién iba a dudarlo. Había que verlo subir por las paredes rocosas de una cascada en el Chocó. Se agarraba de cualquier voladizo, de una fisura, de cualquier superficie rugosa que pudiera servir de escalón. En cambio, yo era un desastre: gordito y flojo, incapaz de escalar un par de metros así me agarrara de un bejuco o me encaramaran  sobre los hombros de un grande. Fue después, cuando  la palabra trepador se volvió denuncia  de una detestable actitud humana, que empecé a sentir un cierto placer  sabiéndome portador de unos genes de danta o, a lo mejor, de hipopótamo.

jueves, 28 de febrero de 2013

AL FINAL



AL FINAL

Todos los días mi papá comía huevos revueltos al desayuno.  Eso de ponerse ruana, solo fue al final. Él era más bien un viejo de suéter de Medellín. El bastón tampoco fue su herramienta cotidiana. No recuerdo haberlo visto  nunca caminar apoyado  en una vara de madera, a pesar de la cojera  que le dejó el polio de su infancia. Cuando íbamos a misa, colocaba firmemente su mano en mi nuca o en la de cualquiera de mis hermanos. Quién sabe quién, al final, le regaló ese bastón. El gesto de su boca devela que al final se había quedado mueco. Extraño, en mis recuerdos tampoco lo veo desdentado ni colocando en un vasito una caja de dientes antes de dormir. Pero, lo más insólito, al final, es la  correa roja del reloj que, seguramente, le colocó una nieta cuando descubrió que un abuelito es un muñeco exquisito que camina, se viste, come, y que nunca se niega cuando lo invitan a jugar.

Diego García Moreno
febrero 28 de 2013

sábado, 23 de febrero de 2013

CIBER - DEPENDENCIA


Mi hijo no enciende la tele.  Le fastidia. En cambio, se la pasa escarbando en las redes de su portátil. Yo no he podido cortar con la"pantalla chica", a pesar de que cada que la enciendo la insulto. Ahora me pasa que veo televisión mientras tengo encendido también el compu.  Soy espectador de noticias trágicas del mundo y de caprichos personales que envían los ciudadanos "del común." La curiosidad me ha llevado a las redes sociales y , según mi esposa, me he vuelto un "vicioso" de facebook.  He intentado twitear, pero no soy bueno para trinar frases famosas y limitar mis  opiniones o deseos verbales a 140 caracteres. Me gusta más ese espacio confesional, íntimo, que la gente construye en el "care libro". Coincide este nuevo hábito con la costumbre de tomar fotos a toda hora, en cualquier parte. Las descargo en el macbook y me pregunto qué historia insinúan o esconden. Siento lástima de abandonarlas en los archivos digitales  y  empiezo a  jugar con ellas.  




Cuando subo alguna , empieza el  rebote de  comentarios de  "amigos"  o la cascadita "me gusta" .  Siento la presencia de un público y me excito. Últimamente decidí agregarles un cuento.  Son  crónicas pequeñas que cumplen el mismo papel que los bocetos de artista. Han aumentado los fanes.  Estoy haciendo arte, le digo a Sally,   pero ella no me cree. Estoy fabricando mi canal de noticias, insisto, pero tampoco  me cree.  Ya me lo reconocerás, querida. A pesar de que ningún  pasquín publicaría mis editoriales cotidianos, en este mundo cibernético ellos van abriéndose su camino, van definiendo su ventana, su público.  Lo que "me gusta" es que me entretengo y siento que ellos se entretienen colocando "me gusta". 

viernes, 22 de febrero de 2013

LA SONRISA LIBERAL



Mi padre que era tan liberal no podía entender cómo sus hijos no iban a misa. Para no arrastrar semejante culpa, todos los días asistía a una ceremonia religiosa en nombre de cada uno de sus ateos. El día de sus funerales todos estuvimos frente a su ataúd escuchando la homilía de un cura hindú que alababa la generosidad de Gustavo y su espíritu musical. Hoy me encontré esta foto y me dio la sensación de que esa sonrisita es la misma que tuvo el día de su despedida al vernos a todos reunidos en el espacio que tanta pereza nos daba visitar. 

LA JAQUECA


Tenía siete años cuando me atacaron por primera vez los brillos. Son los mismos cristales fosforescentes que bailan en primer plano. Se desplazan, se modifican, inventan mosaicos de colores y me impiden ver. Eran las siete de la noche. No distinguía en mi plato las papas ni el arroz, el cuadro del sagrado corazón eran unos parches de luz sangrienta, mi madre una presencia descompuesta. Comencé a llorar. Me estoy quedando ciego, dije. Calma, calma, me pedía ella, mientras acariciaba mi frente. Veinte minutos después habían desaparecido los brillos, pero el dolor de cabeza era insoportable. Me maltrataba el resplandor de las bombillas, los reflejos, la iluminación. Cualquier ruido se convertía en un estruendo. Cualquier grito de un juego de niños se volvía algarabía, herida, punzón.  Parecía que sobre mi cráneo un angelito barroco, semidesnudo, se había acomodado para golpear la sien.  Con un martillo golpeaba y golpeaba marcando el bombeo del corazón. Sigue siendo igual. Por fortuna no estaba solo.  Luis Fernando, mi hermano, me consoló: "A mí me da algo parecido" y dijo la palabra. Escuché por primera vez la incómoda palabra. La afección duró dos o tres días, como ahora. Me dieron aspirinas y agüitas de hierbas. Desde entonces me acompaña el temor de ser atacado de nuevo por esa palabra que conjuga la ceguera y el dolor, me aterra tener que tropezarme con ese vocablo que asocio con un estruendo, con un derrumbe, con una quebrazón de vasos en la poceta: jaqueca.
febrero 20 de 2013
Bogotá.

vicio-bernético

Mi hijo no enciende la tele.  Le fastidia. En cambio, se la pasa escarbando en las redes de su portátil. Yo no he podido cortar con la "pantalla chica", a pesar de que cada que la enciendo la insulto. Ahora me pasa que veo televisión mientras tengo encendido también el compu.  Soy espectador de noticias trágicas del mundo y de caprichos personales que envían los ciudadanos "del común." La curiosidad me ha llevado a las redes sociales y , según mi esposa, me he vuelto un "vicioso" de facebook.  He intentado twitear, pero no soy bueno para trinar frases famosas y limitar mis  opiniones o deseos verbales a 140 caracteres. Me gusta más ese espacio confesional, íntimo, que la gente construye en el "carelibro". Coincide este nuevo hábito con la costumbre de tomar fotos a toda hora, en cualquier parte. Las descargo en el macbook y me pregunto qué historia insinúan o esconden. Siento lástima de abandonarlas en los archivos digitales  y  empiezo a  jugar con ellas.  
Cuando subo alguna , empieza el  rebote de  comentarios de  "amigos"  o la cascadita "me gusta" .  Siento la presencia de un público y me excito. Últimamente decidí agregarles un cuento.  Son  crónicas pequeñas que cumplen el mismo papel que los bocetos de artista. Han aumentado los fanes.  Estoy haciendo arte, le digo a Sally,   pero ella no me cree. Estoy fabricando mi canal de noticias, insisto, pero tampoco  me cree.  Ya me lo reconocerás, querida. A pesar de que ningún  pasquín publicaría mis editoriales cotidianos, en este mundo cibernético ellos van abriéndose su camino, van definiendo su ventana, su público.  Lo que "me gusta" es que me entretengo y siento que ellos se entretienen colocando "me gusta". 

miércoles, 13 de febrero de 2013

LA ESTÉTICA COLPATRIA-SCOTIABANK




¿Querían ver? Vean: LA ESTÉTICA COLPATRIA-SCOTIABANK. Repito lo que dije:"Guacamayas y poporos, sombreros vueltiaos y marimondas, tucanes y salseros, se nos vino encima la estética populista y demagoga del scotiabank.                                    








Los capitales canadienses que seguramente traen la platica de la minería se compraron Colpatria y se convirtieron en el faro de la ciudad.

 El falo de la más ramplona plástica con la que pretenden seducirnos a todos. Por todos los dioses, ¿qué es este tormento visual que nos pusieron encima? La más alta torre del país, hasta el momento, bombardea la ciudad con esas gráficas ramplonas con las que los señores banqueros pretenden alabar nuestros símbolos patrios y seducir con sus espejitos a los primitivos habitantes.

domingo, 10 de febrero de 2013

El cuerpo de la luz




Exterior día. Amanecer. El día sin carros.

El cuerpo de la luz no cesa de buscar su forma. Le gusta convertirse en manto etéreo en las mañanas húmedas y acariciar por instantes las materias caprichosas. Luego se esconde para hacernos creer que es un simple misterio repetitivo y cotidiano que hace visible los caminos y las cosas. A veces se hincha, pesa y azota. Otras, se hace rogar y cumple a la cita cuando se agotan los minutos, cuando sus adoradores deprimidos desfallecen. Casi siempre lo ignoramos. Poco le importa: sabe que su destino es engañar e iluminar, hacer creer que llega por primera vez y propiciar suspiros. Últimamente se ha vuelto veleidoso. Debe ser porque hemos inventado artefactos cuya única misión es constatar la multiplicidad de sus proezas.
Bogotá, febrero 8 de 2013 — en el  Parque de La Independencia.

jueves, 7 de febrero de 2013

El Bigote y Panamá


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No recuerdo cuándo me dejé crecer el primer bigote. Hay una pista en la bitácora de vuelo del año 76: cuando volaba DC-3, presenté a la Aerocivil la libreta con una foto en blanco y negro para que lo sellaran: era una sombrita con cuatro pelos.  Cuando chiquito, viendo la foto de mi bisabuelo Tulio llegué a creer que heredaría esa melena domada sobre la boca; pero no, más bien heredé el cutis medio lampiño de mi abuelo José y algo de su calvicie.
Esta mañana, mientras esperaba que una paloma se posara en la cabeza de una estatua en el Parque de la Independencia, volví a a pensar en el bigote. Ese señor parece con cuernos sobre la boca, pensé. Acaricié mi bigotito y me dieron ganas de afeitarme. Mi bisabuelo fue contemporáneo del héroe de mármol. Era la moda: todos se dejaban crecer el bigote:  Reyes, Marroquí, Núñez, Caro, ese tal Joaquín F. Uribe a  quien encontré treinta metros más arriba en el mismo parque con una paloma en la cabeza. Se confunden los rostros de todos esos varones de fines del XIX y principios del veinte.  
El hombre del bigote se llama Carlos Martínez Silva, un santandereano de San Gil, el más importante representante de su estirpe: también godo, también  embajador en Washington, la mano derecha de José Manuel Marroquí. Esta joyita fue protagonista en la negociación con los gringos que condujo a la separación de Panamá. Uy, me acordé del gato de bronce de Botero: un gato gordo que tiene un enorme bigote que acostumbran robárselo los iconoclastas o  los vándalos.
¿Será que habrá un varón de melena contemporánea, un rasta, un travesti, una nena, una mujer, un indigente,  alguien que le arranque el bigote a este individuo y se vuele en una buseta,  en un  transmilenio, o en un DC-3... y así su efigie nos devele ese aspecto de cordero escaldado con el que queda un país cuando le amputan una apéndice?

Bogotá, enero 28 de 2013
Diego garcía moreno 

La sonrisita de mi padre



Mi padre que era tan liberal no podía entender cómo sus hijos no iban a misa. Para no arrastrar semejante culpa, todos los días asistía a una ceremonia religiosa en nombre de cada uno de sus ateos. El día de sus funerales todos estuvimos frente a su ataúd escuchando la homilía de un cura hindú que alababa la generosidad de Gustavo y su espíritu musical. Hoy me encontré esta foto y me dio la sensación de que esa sonrisita es la misma que tuvo el día de su despedida al vernos a todos reunidos en el espacio que tanta pereza nos daba visitar. 

sábado, 26 de enero de 2013

LOS PREMIOS y LA VIRGEN




El profesor de gimnasia era el mecenas de las artes: regaló el busto de un torito en yeso para galardonar al mejor artista el día del acto público de los niños de segundo de primaria. Habíamos ensayado un mes para recitar ante los papás "Simón el bobito" de Rafael Pombo. Qué aplausos.
-¡Divinos! ¡Todos estuvieron maravillosos! -dijo la madre superiora-  ¡Yo no soy capaz de escoger! que decida La Virgen... A ver,   que cada uno diga un numero del uno al nueve.
Crucé los dedos y busqué con la mirada a mi mamá entre el público. Nada.
-Es tu turno, Dieguito.
Dije Siete y me dí la bendición. Por primera vez una monja me mató el ojo. Y el ganador es...  Me puse colorado al escuchar mi nombre.
Hace unos meses,  en el auditorio del Teatro Mayor Santo Domingo, cuando me entregaron el premio especial del jurado en los premios nacionales de periodismo Simón Bolívar, volví a ponerme rojo y vi a todos los jurados vestidos de monja matándome el ojo. Mi mamá no estaba entre el público pero La Virgen, a sabiendas de que casi todos los periodistas sensatos son ateos, decidió premiar al único que no tenía nada que ver con el oficio.

Bogotá, enero 24 de 2013
Diego García Moreno

miércoles, 23 de enero de 2013

La tentación del pernil.



 LA TENTACIÓN DEL PERNIL

Subíamos entre la niebla hacia el  Alto de Letras. El willys que nos precedía, con la gente colgando como siempre, andaba despacito y nos hacía eterno el viaje. De pronto, en una rectica aumentó la visibilidad,  me le arrimé y me abrí para pasarlo y ahí lo ví. Le grité entonces a mi hijo:
-Mirá, mirá, Tomás, tomale una foto.
-¿Dónde está la cámara?
- Aquí, mirá.
Casi no logro sacarla de la cartuchera que llevaba en mi correa. Me enredé, solté el volante y casi estrello un bus de Rápido Ochoa que bajaba enflechado hacia Mariquita.
- Cuidado, pa. Manejá.
- Fresco, ya, ya. Prendela.
El muchacho logró tomarle tres fotos, y me le pasó. Mirálas.  Estaban fuera de foco.
- Mierda, ¿no viste el pernil?
- ¿Cuál qué?
Desaceleré y dejé que volviera a pasarnos.
- Ahí lo tenés.
- Listo. Click!
_ ¿Quedó en foco?
- Sí.
Y aceleré a fondo. Empezó a llover. Se partió la plumilla del limpia-brisas y sentí el rayón en el vidrio.  Mierda. Detuve el auto. Le quité la plumilla y levanté su soporte. Seguimos la ruta atentos para no rodar por el precipicio. Dejando a Manizales, el hambre que teníamos nos obligó a parar en un restaurante. Mientras yo pedía una arepa de chócolo con quesito, Tomás me miró con un gesto de reproche y me dijo:
- Pa, casi me matás.
Perdoná, mijo.
Tomás pidió un chorizo. Mientras se lo comía recordé el infarto que me ocasionó un taponamiento en la arteria descendente anterior.  Cero y van dos. Casi estiro la pata, pensé.  Cerdos, puercos, marranos, chanchos y lechonas...  ¿por qué siempre nos hacen caer en la tentación?


martes, 22 de enero de 2013

DJ papá


Oprima el botón play para ver el video. Puede hacerlo antes de leer, mientras lee o después de leer.

Nos acostamos a las 10. El despertador sonó a las dos y media de la mañana. Nos tomamos un café y con mucha decisión salimos para allá.
¡ChisPUN! ¡ChisPUN! ¡ChisPUN!¡ChisPUN!,
A pesar de la oscuridad y el hacinamiento, logramos armar camino hasta la mitad de la pista donde intermitentemente se dibujaban las siluetas en la tarima. Siente  el ritmo, gesticula, baila.
¡ChisPUN! ¡ChisPUN! ¡ChisPUN! ¡ChisPUN!
Que por qué está usted aquí, me preguntó al oído una muchacha encomendada por unos extranjeros grandotes que movían su humanidad al compás atronador del hiper-repetitivo bajo electrónico. Dígales que seguramente por las mismas razones que ellos. Me dieron ganas de decirles que tal vez porque soy vendedor de pepas o de bazuco o que quizás porque me gustan los jovencitos como ellos o que a ellos qué les importa. Pero todo era cool y sonreí.
Unos tubos luminosos empezaron a bailar en la pared. Cuatro reflectores azules mandaban bocanadas de luz que rebotaban en las caras de la gente. Aumenté la mímica de mi danza. El sótano de la discoteca estaba repleto. Una muchachita sorpendida me miraba. En un instante de luz lanzó un grito inaudible:
-¡El abuelo!
Mis canas, arrugas y el perfil de la barriga  me habían convertido en  una atracción de circo. Aguanté, me disolví, bailé, no les conté que soy el papá del DJ.

viernes, 18 de enero de 2013

CUCURRUCUCÚ- que ando

CUCURRUCUCÚ- que ando.
Las palomas adoran reposar sobre las cabezas de las estatuas. Miran, cagan y cucurrucuquéan hasta que por el exhosto de un bus sale una explosión repentina; entonces vuelan espantadas por el temor genético acumulado en varios siglos de masacres a punta de escopeta. Todas las mañanas cruzo el Parque de la Independencia camino a mi oficina  y me topo con una paloma oronda en la cabeza de la estatua de un tal Joaquín F. Vélez. ¿Quién sería ese señor? Vaya sorpresa: fue un activo político cartagenero de finales del siglo XIX; íntimo amigo de Rafael Núñez, fue su embajador ante  el Vaticano y el encargado de estampar la firma en el concordato; y, como si fuera poco, fue el jefe militar del departamento de Bolívar durante la guerra de los mil días... vaya méritos para ganarse una efigie de mármol en el hermoso y maltratado parque. Esta mañana me detuve y miré la paloma justo en el momento en que una atronadora explosión ciudadana me despertó la memoria genética del pánico acumulado durante la época del terrorismo mafioso, pero la paloma no voló, se acomodó en ese nido varonil cargado con honores de guerra y melodías gregorianas, cucurruquió, cagó y me miró con un aire pretencioso de espíritu santo.

He sido un cultivador de cartas... pero se extinguen los huertos, las postales, los destinos. Busco materos, balcones, ventanas, lienzos libres donde pueda sembrar mis dudas, mis palabras, las cascadas de imagen que a veces se me ocurren. Dale hombre, me han dicho algunas fieles amistades, invéntate un blog, escribe. Ya verás que es un buen andén para compartir tu risa, tu silencio, tus desdichas. Curioso, dócil, ingenuo, acepto jugar a lo impreciso.